El país del tiempo de las sanguijuelas
En el cementerio de la parroquia del pequeño pueblo de Runkel, un lugar apartado, como fuera del mundo, descansaba para toda la eternidad el cuerpo de mi abuelo. Su tumba de piedra estaba prácticamente cubierta de musgo y apenas se leía el epitafio. Pero bajo dicho epitafio, tan reciente como si hubiera sido hecho ayer mismo, se ven con absoluta claridad cuatro letras alrededor de una cruz:
V | I |
V | O |
VIVO*. Eso quiere decir estoy vivo. Ése fue el significado del que recibí noticia cuando leí por primera vez la inscripción, siendo apenas un niño. Una palabra que impresionó tan hondamente mi alma como si el muerto hubiera abandonado su tumba.
* Así en el original. (N. del T.)
VIVO. Estoy vivo. Algo extraño, algo muy raro de ver en una tumba de piedra. Algo que aún hoy, al recordarlo, me provoca un vuelco del corazón. Y siempre, cuando rememoro aquel lejano día de mi infancia, experimento la sensación de que caí en un pozo interminable la primera vez que estuve ante la tumba de mi abuelo. La imaginación me hace ver a mi abuelo —al que no conocí vivo— yaciendo en su tumba, incorrupto a pesar del paso del tiempo, con las manos caídas a lo largo del cuerpo, con sus ojos abiertos y translúcidos como el cristal, inmóviles; alguien que ha escapado de la putrefacción y espera paciente y silencioso el momento de resucitar.
He visitado los cementerios de las parroquias de muchos pueblos, guiados mis pasos por un deseo vago, extraño, del que no puedo dar cuenta exacta, sólo para leer los epitafios de las tumbas. Únicamente dos veces vi el anagrama de la cruz con la palabra VIVO, una en Danzig y otra en Nuremberg. En ambos casos el nombre del muerto había sido casi borrado por el dedo del tiempo; en ambos casos la palabra VIVO brillaba con toda la fuerza del instinto indomable de la vida.
De joven oí contar que mi abuelo no dejó escrita ni una sola línea. Por eso lo más apasionante, para mí, fue descubrir en el cajón de un viejo escritorio —un recuerdo de familia— cierta cantidad de notas escritas por él y encuadernadas como si de un libro se tratasen. En una de ellas leí esta extraña sentencia:
¿Cómo puede escapar un hombre de la muerte, si no es cesando en su espera y renunciando a toda ilusión?
Eso me hizo atisbar alguna interpretación posible, más allá de su significado, de la palabra VIVO, que acompañaba continuamente mis pensamientos desde aquella edad tan temprana en que la vi y me dijeron qué significaba; una palabra que se me antojaba fantástica, casi un conjuro a repetir miles de veces, tanto como yo me la repetía en mis pensamientos, en sueños, en los momentos más insospechados de la vigilia. Si alguna vez había pensado que fue una mano extraña la que acaso escribiera VIVO en la tumba de mi abuelo, bajo su ya irreconocible epitafio, tras leer aquello que él mismo había escrito en las notas ya no me cupo duda alguna de que para él VIVO tuvo un significado mucho más profundo del que se me dijo cuando era niño y del que yo mismo había supuesto antes de hallar sus escritos. Y como consecuencia de esta intuición comencé a interesarme por la vida del padre de mi padre. Y en tanto lo hice, y en tanto leí y estudié a lo largo de mucho tiempo todas y cada una de las líneas de aquellas notas, hoja tras hoja, confirmé que mi intuición primera contenía un razonamiento verosímil.
Muchas de esas notas, sin embargo, tienen un carácter tan privado que no sería propio darlas a conocer a otros ojos. Eso justifica que no entre yo en detalles, salvo en el caso de alguien que aparece ahí citado muchas veces, Johann Hermann Obereit.
Lo que sí parece evidente a través de sus notas, a las que bien podríamos llamar sucintas memorias, es que mi abuelo fue miembro de una sociedad secreta llamada Los de Philae*, una orden que hundía sus raíces en el antiguo Egipto y que había sido fundada, al parecer, por el legendario Hermes Trismegistus**. Mi abuelo había anotado incluso ciertos rituales secretos y los signos para que los miembros se reconocieran entre sí. El nombre de Johann Hermann Obereit, como he dicho, aparecía frecuentemente citado. Fue químico y gran amigo de mi abuelo, por lo que pude entrever; tengo la impresión de que incluso vivieron juntos en Runkel.
* Se refiere a seguidores de Philae (Jazirat Filah, en árabe, del copto Pilak, que significa tanto fin como lugar remoto). Philae es una isla del Nilo conocida también en la tradición gnóstica egipcia como Jazirat al-Birba, o Isla Templo. (N. del T.)
** Trimegisto o Trismegisto, del griego trismegistri, tres veces grande. Nombre que daban los griegos al Mercurio egipcio o Hermes, al que consideraban inventor de las artes y las letras. Los alquimistas lo tenían por el descubridor del arte de transformar los metales. (N. del T.)
Como es lógico, sentí deseos de saber muchas más cosas acerca de un antepasado tan notorio como lo fue mi abuelo, y acerca también de su renuncia del mundo para entregarse al estudio de una antigua filosofía que cultivaba el espíritu y sólo el espíritu, por lo que entendí a través de la lectura de sus notas. Decidí entonces dirigirme a Runkel en busca de algún descendiente de Obereit, por si conservaba recuerdos familiares o cualquier escrito.
Runkel es un pueblo pequeño y lejano, al margen del tiempo; un pueblo que parece nacido de un sueño o de un clamor ancestral, una especie de reliquia legada por la Edad Media. Sus callejas y pasajes son estrechos como no puede suponerse, y silenciosos como la misma muerte. Impera allí el castillo de Runkelstein, señorío de los antiguos Príncipes de Wied, levantado sobre la pura roca.
A la mañana siguiente a mi llegada me dirigí pronto al cementerio de la parroquia, llevado por un impulso irresistible. Despertaron de golpe los días de mi niñez y de mi primera juventud, para llenarme la memoria a medida que recorría las tumbas y leía mecánicamente sus epitafios y los nombres de quienes allí reposaban eternamente, mientras pisaba la hierba y las hojas caídas de los árboles. No tardé mucho en verme ante la tumba de mi abuelo, leyendo la mística inscripción. Y no pasó mucho tiempo hasta que me di cuenta de que, en contra de lo que había supuesto, no estaba solo.
Un anciano de cabello blanco y surcos muy pronunciados en el rostro, se hallaba sentado en una tumba algo más allá, con la barbilla apoyada en la empuñadura de marfil de su bastón. Me miró con curiosidad a medida que me dirigía hacia él; vi que sus ojos eran brillantes, muy vivos; los ojos de alguien que, al mirar, recuerda. Vestía ropas muy anticuadas, las propias de los retratos del tiempo de Luis Felipe*, o de los comienzos de la era victoriana. Estaba atónito, no tanto por su presencia como por la intuición que me hacía temblar conmocionado mientras avanzaba lentamente hacia donde se encontraba aquel hombre. Y sin parar le pregunté sin más si era Obereit.
* El Duque de Orleans (1773—1850), Rey de Francia de 1830 a 1848, perteneció al grupo de nobles que dio apoyo a la Revolución, adhiriendo al Club de los jacobinos a partir de 1790. Héroe de la guerra con Austria, devino en Duque de Orleans tras la muerte de su padre, ejecutado por los jacobinos. Artífice de la reconciliación de las casas de Borbón y Orleans, se opuso denodadamente a Napoleón. Tras abdicar buscó refugio en Inglaterra, donde murió. (N. del T.)
—Sí, yo soy Johann Hermann Obereit —dijo el anciano sin dar muestras de sorpresa ante mi pregunta.
Me faltó el aliento al oírle hablar. No disminuyeron ni mi sorpresa ni mi emoción durante todo el tiempo que estuvimos hablando.
No es común una experiencia como la que tuve, la de hablar cara a cara con un hombre de aspecto mucho más viejo que el mío entonces, yo que tantos años de vida tenía cuando nos encontramos. Me dijo que contaba con un siglo y medio de años a sus espaldas, por lo que no pude por menos que sentirme un niño ante él, a pesar de mis canas, cuando hablaba de Napoleón y de otros personajes históricos a los que había conocido, como quien habla de amigos que murieron ayer.
—En Runkel —dijo sonriendo—, creen que soy en realidad mi nieto… —y señaló una tumba por la que pasábamos, pues habíamos comenzado a caminar entre las sepulturas, en la que se veía con claridad el año de 1798—. Lo cierto es que soy yo quien debería yacer de verdad ahí —siguió diciendo—, y como no quiero que la gente de por aquí me tome por una especie de Matusalén, por eso digo que soy mi nieto y por eso está ahí mi sepultura vacía. La palabra VIVO —dijo como si me adivinara el pensamiento— sólo aparecerá en esa tumba si alguna vez muero realmente.
Nos hicimos muy amigos e insistió en que me quedara allí. Estuve un mes entero en Runkel; noche tras noche nos entregábamos a profundas reflexiones y debates sobre un sinfín de cosas. Pero siempre que le preguntaba por el significado de aquella sentencia leída entre las notas de mi abuelo, cambiaba de conversación.
—¿Cómo puede escapar un hombre de la muerte, si no es cesando en su espera y renunciando a toda ilusión? ¿Qué quiere decir eso? —le preguntaba yo.
Una noche, la última que pasaría en Runkel, hablamos de los antiguos procesos contra las brujas. Dije que aquellas pobres mujeres no eran más que histéricas bárbaramente sacrificadas, cuando me replicó con una pregunta:
—¿Así que no cree usted que un hombre pueda abandonar su cuerpo y vivir a través de las edades? —dijo mirándome intensamente.
Negué con la cabeza.
—Eso me parece delirante —respondí, echándome a reír—. En cuanto a las brujas, creo que está suficientemente probado que accedían al trance mediante la ingestión de narcóticos, eso es lo que las llevaba a creer que abandonaban su cuerpo y volaban en escobas.
Pareció sumirse en una profunda reflexión.
—Puede que usted crea que yo mismo viajo a través de las edades sólo con mi imaginación —dijo al fin y volvió a sumirse en una especie de meditación.
Tras un largo silencio, que no interrumpí, se levantó lentamente para dirigirse a su escritorio. Volvió con un pequeño volumen entre las manos.
—Quizá pueda interesarle algo que escribí a raíz de una experiencia vivida hace muchos años —señaló—. Debo decirle, sin embargo, que en aquel tiempo era yo muy joven y aún estaba lleno de esperanza.
Comprendí por la expresión de sus ojos, tristes entonces, que en efecto aquello lo había escrito muchos años atrás.
—Siempre he creído —comenzó a decir— en eso a lo que los hombres llaman vida. A pesar de todo lo que me ha ocurrido con el paso del tiempo… Perdí cuanto más quería, mi esposa, mis hijos… todo… Entonces, cuando más solo me hallaba en este mundo, tuve la ventura de conocer a su abuelo… Fue él quien me ayudó a comprender que nuestros deseos y aspiraciones sólo son expectativas, ilusiones, una larga espera… Y me ayudó a comprender igualmente cómo se enraciman, cómo se devoran entre sí las esperanzas, las expectativas, la espera, para quitarnos del rostro la máscara y que rueden las lágrimas propias del llanto de esos fantasmagóricos vampiros que penan eternamente. Llamamos a ese proceso el tiempo de las sanguijuelas, pues son las sanguijuelas las que succionan la sangre de nuestro corazón, henchido de tiempo, para quitarnos la savia de la vida. El tiempo, amigo mío, es una sanguijuela. En esta misma habitación en la que nos encontramos decidí hace muchos años emprender la conquista de la muerte mediante el estrangulamiento de todas las esperanzas, tan devastadoras como ese tiempo que indefectiblemente deviene en una sanguijuela. Y entonces… —hizo una pausa y respiró profundamente para hallar de nuevo el resuello que le faltaba—, y entonces me convertí en una especie de leño que no diferencia si lo acarician o si lo golpean con el hacha, si lo arrojan al agua o lo echan al fuego… Desde aquel día, al menos eso quiero creer, me he desprovisto del sufrimiento consustancial a la esperanza. Ya no necesito buscar consuelo; en realidad, ya no preciso de nada. Además, ¿dónde podría hallar lo que necesitara? Sé qué soy, naturalmente; sé también quién soy… Sé que vivo… Pero hay una diferencia fundamental entre vivir y estar vivo.
—Lo que dice parece muy simple, pero es terrible —lo interrumpí profundamente conmovido por sus palabras.
—No crea. Las cosas son simplemente lo que parecen —dijo sonriendo tristemente—; el problema radica en que albergamos esperanzas. Al margen de este sentimiento, de este dolor de corazón, le aseguro que se ve uno imbuido de una suerte de beatitud que acaso comprenda usted si le digo que es muy parecida a un sueño confortador. Es una especie de dulce melodía que calma los nervios. Y en esa calma puedo saber quién soy realmente. Cuando nace en el corazón esa melodía, ya no muere. Ni durante el sueño, ni cuando el mundo exterior nos llama y agita con sus oleadas, ni cuando llega la hora de la muerte cesa esa melodía.
»Le diré por qué mueren los hombres tan pronto, por qué no viven esos miles de años que dicen las escrituras de los antiguas patriarcas que debe vivir el hombre… Son como las primeras hojas del árbol, pero olvidan que pertenecen al tronco; por eso mueren los hombres en el primer otoño… Ahora le diré cómo he logrado preservar mi cuerpo de esa devastación.
»Hay una doctrina antigua, muy antigua, tanto como la misma humanidad, que se ha transmitido oralmente hasta nuestros días, aunque son muy pocos los que la conocen. Esa doctrina nos enseña a mantenernos en pie ante el umbral de la muerte, y a traspasarlo incluso sin perder la conciencia de que lo hacemos; sólo el que ha muerto en su primer otoño lo traspasa inconscientemente. Quien logra traspasar incólume ese umbral deviene en un maestro de sí mismo, en un hacedor de su propia existencia. Así gana un nuevo ser, en sí mismo, sin dejar de ser… Y ese nuevo ser que refuerza el sí mismo es la herramienta que nos da la facultad de convertir nuestras manos y nuestros pies en los órganos imprescindibles.
»El latido del corazón y nuestro hálito insuflan la vida al espíritu, capaz así de ir en pos del tiempo, a través de las edades, como fueron los israelitas tras salir de Egipto, como las aguas del Mar Rojo se hicieron a un lado para permitirles el paso.
»Así he ido yo, a través del tiempo, a despecho de las torturas sufridas, preservando siempre a mi espíritu de los sinsabores para fortalecer el cuerpo y hacer que sólo obedezca a mi espíritu. Muy pronto me sentí libre de ataduras, como nos sentimos al soñar que volamos… Pero también es cierto que alguna vez sentí que caía irremediablemente hasta verme arrastrado por una corriente negra que parecía ir del sur al norte. En nuestro lenguaje gnóstico llamamos a eso cruzar el Jordán. Vadear peligrosamente la existencia, no tanto con el agua al cuello como con la sangre a la altura de nuestras orejas. Cuando hice ese tránsito oí voces que me alertaban, que me llamaban a volver atrás. Estuve a punto de hacerlo, asustado, temeroso ante aquellas voces que me invitaban a desistir como tantos lo habían hecho. Pero entonces vi unas piedras que sobresalían del agua y a las que me así, resistiendo al torrente hasta que pude nadar y alcanzar la orilla. Allí me vi, en mitad de la noche, desnudo como un niño recién nacido. Habían desaparecido de mí los caracteres de mi sexo, pero poseía ahora un tercer ojo, que era como el ojo de Polifemo. Un ojo que me guiaba en la oscuridad y me llevaba de tierra en tierra y de isla en isla.
»Fui a lo largo de un camino bañado por la luna, pero no sentía el suelo bajo mis pies. Cuando intentaba tocar los árboles o los arbustos, no los sentía en mis manos. Era como si hubiese entre lo que me rodeaba y yo una cortina de aire que me impidiera el contacto. La fosforescencia de las hojas y de las ramas caídas todo lo cubría, imposibilitando la visión. Pero el perfil de las cosas semejaba vagamente la existencia de algo blando y húmedo como los moluscos y todo parecía extraordinariamente sobredimensionado. Pájaros de grandes plumas, pájaros de ojos redondos y enormes… Animales como perros gigantescos que se deslizaban lentamente sobre el musgo para acercarse a mí y observarme…
»Había una viscosidad indescriptible en todos aquellos extraños seres que me rodeaban.
»Eso me hizo cobrar consciencia de quién era realmente, y de lo que era: algo tan real como lo que me rodeaba; algo, a la vez, tan deletéreo como lo que me rodeaba; algo, en fin, que habitaba las sombras a medias entre lo terrenal y lo imposible; a medias entre lo real y lo que parecía soñado, como esas sombras que se devoran a sí mismas en la muy larga espera de la felicidad. Como el hambre que mata a los cachorros de los animales del bosque, cuando sus madres salen en busca de alimento y tardan en volver, así crecen los espectros en esa región de los espíritus, y así los espectros, para no morir definitivamente, absorben la sangre de las criaturas de este mundo, como las sanguijuelas y como las arañas. Los poderes de la vida no son nada, pues ante ese ansia de sangre se desvanece toda esperanza; todo es voracidad en ese país del tiempo de las sanguijuelas; y sólo la voracidad impera mientras alguien aguarda en vano la culminación de sus esperanzas.
»Tras salir milagrosamente indemne de ese tránsito, llegué a una ciudad habitada por mucha gente… A unos los había conocido en la tierra. Traté de preservarme, cuanto me fue posible, de sus vanas esperanzas; más aún, traté de abortar sus propias esperanzas. Vi que cuanto más erraban a la espera de la concreción de sus esperanzas, más caían en la devastación que los tornaba vampiros, esos seres demoníacos que habían devorado sus corazones sin que pudieran darse cuenta, precisamente porque los vampiros también albergan la esperanza de vivir a través de las edades para redimirse y así van devorando el tiempo y la vida de los píos. Y así vi cómo también los píos se convierten en monstruos de grandes garras y ojos encendidos, en busca de sangre con la que hinchar sus mejillas.
»En aquella ciudad vi también un banco con un letrero que anunciaba en sus ventanas:
Fortuna
Despacho de Lotería
Todos los boletos
son ganadores
del Primer Premio.
»De aquel banco salía gente arrastrando sacos llenos de oro, mostrando grandes sonrisas triunfales en sus rostros de labios tumefactos: eran fantasmas que se habían dejado la existencia en la tierra buscando la suerte, insaciables de ganancias.
»Entré en el gran hall del banco, que semejaba un templo colosal, con columnas que parecían llegar al cielo. Allí, en su trono hecho con sangre coagulada, reinaba un monstruo con cuatro brazos. Su cuerpo era humano, pero tenía la cabeza de una hiena y reía abriendo sus grandes mandíbulas. Era el dios de la guerra, aquel a quien las naciones más salvajes y supersticiosas elevan sus preces para pedir la victoria sobre el enemigo.
»Lleno de horror salí corriendo, angustiado por aquella atmósfera de corrupción y decadencia. Me perdí en las calles, pero sólo para desembocar ante un palacio esplendoroso como nunca me había sido dado contemplar palacio alguno. Todo, las piedras, la ornamentación, el esplendor, en fin, me resultaba familiar. Era como si yo mismo lo hubiera construido, o soñado. Comencé a subir la escalinata de mármol. En la gran puerta que había ante mí pude leer… mi nombre: JOHANN H. OBEREIT. Entré. Una vez en el interior me vi con un manto de púrpura y sentado a una mesa en la que había viandas propias de un festín. Miles de esclavas bellísimas servían ese festín. De inmediato reconocí en ellas a todas las mujeres que dieron placer a mis sentidos a lo largo de mi vida, incluso aquellas con las que sólo pasé un momento.
»Un sentimiento de odio indescriptible me invadió cuando reparé en que todas ellas no me habían hecho sino caer en la perversión vestida con todos los lujos que había sido mi vida; fue así como yo mismo hice un llamamiento a mi salvación acudiendo a mi propio ser, el único que podía liberarme de las vanas esperanzas y de las expectativas que aún anidaban en mi alma.
»Con auténtico pavor contemplé entonces el discurrir de mi vida entera, una vida desperdiciada en la espera, en la constante espera que sólo conduce a la muerte. En ese sentimiento pasé unas pocas horas.
»Como una burbuja había transcurrido mi vida. Le aseguro que lo último que vemos en esta tierra es precisamente lo que genera nuevas esperanzas, una nueva espera. El mundo entero viene a ser preservado de sus miserias, así, por el pestífero hálito de lo decadente. ¿Quién no ha experimentado esa enervante debilidad que se apodera de uno cuando está sentado en la sala de espera de un médico o de un abogado? Pues eso a lo que llamamos vida no es más que la sala de espera de la muerte.
»Repentinamente había comprendido al fin qué es el tiempo. Nosotros mismos estamos hechos al margen del tiempo. Los cuerpos parecen algo en sí mismos, pero no son más que tiempo coagulado. Nuestro diario peregrinar sólo nos conduce a la tumba, que es una forma de regresar al tiempo, y de esperar en vano la consecución final de las esperanzas, pero los síntomas de ese proceso no son distintos de los que se producen con el hielo, cuando vuelve a ser agua.
»Ahora lo comprendo todo, al fin; este conocimiento hierve en mi mente y me llena de dudas que se acrecientan de continuo y hacen que el conocimiento muestre un gesto de horror en el rostro con que me alumbra. Hace años que supe qué tenía que hacer: luchar contra la muerte con todas las armas disponibles; luchar contra esos fantasmas que succionan nuestra sangre como los vampiros.
»Sí, los vampiros saben perfectamente cómo hacerse invisibles a los hombres, cómo ocultarse a nuestras miradas, pues nuestros ojos son los parásitos de nuestra existencia. Esa es la mayor y más diabólica treta de los vampiros: hacernos creer que no existen. Pero desde que adquirí ese conocimiento del que le he hablado, mi vida gira en torno a dos ideas: expulsar la idea de la ilusión y la idea de la espera.
—Creo —intervine entonces, aprovechando un silencio del anciano—que yo no sería capaz de dar ese primer paso necesario para emprender el viaje del que usted me ha hablado. Y lo creo así porque estoy seguro de que mi alma, como la de todos los hombres, se alimenta de la ilusión y de la espera, y sólo contraviniendo esos anhelos del alma podrá llegar al estado de placidez que usted propone. Mi alma vive de la esperanza… Pero…
—Sí, pues contravenga usted a su alma —me interrumpió—. La esperanza vive en usted mismo, en su propia vida. Bien, sea usted el eje sobre el cual tenga que girar su alma, no permita que el proceso siga produciéndose a la inversa. Conviértase en un autómata, conviértase en un muerto viviente, eso es lo que le sugiero… No se deje tentar por las frutas más sabrosas y así acabará con la esperanza del deleite. No alargue usted jamás una mano, para que nadie se la tome. Al principio parecerá usted un vagabundo penando en busca de consuelo por los desiertos, pero lentamente su soledad le hará descubrir el brillo real de las cosas, por lo que podrá contemplarlas en su verdad —tanto las más bellas como las más feas—; y comprenderá entonces que la verdad de las cosas es su único esplendor. Todo, así, carecerá para usted de importancia, y le dará a la vez lo mismo que las cosas no la tengan… Todo evento, todo cuanto suceda ante sus ojos, será importante en la misma medida en que carecerá de toda importancia. Será como matar al dragón y beber su sangre; podrá decirse entonces: navegué a través de un mar sin orillas y de una vida sin fin, con velas de nieve.
Todo lo anterior fueron las últimas palabras que me dijo Johann Hermann Obereit. No he vuelto a verlo.
Han pasado muchos años desde aquel día, pero he tratado de seguir, tan bien como me ha sido posible hacerlo, su doctrina. No obstante, ni la ilusión ni la espera son ajenas a mi corazón.
Soy quizá demasiado débil como para arrancar de mí esas palabras, por lo que seguramente jamás adornará mi tumba esta leyenda:
V | I |
V | O |
La casa de la última farola. Tomo I: El Relojero

«¿Esto?, ¿arreglarlo?, hacer que marche otra vez?», preguntó asombrado el anticuario, empujando sus gafas hasta la frente y mirándome perplejo. «¿Por qué quiere usted ponerle en marcha? ¡Si sólo tiene una manilla!... ¡y la esfera carece de cifras!», agregó observando cuidadosamente el reloj a la viva luz de una lámpara, «en lugar de las horas sólo tiene rostros florales, cabezas de animales y de diablos». Empezó a contar; después alzó su rostro con un interrogante en su mirada: «¿Catorce? ¡El día se divide en doce horas! En mi vida he visto una obra más extraña. Le daré un consejo: déjelo como está. Doce horas al día son ya bastante difíciles de soportar. ¿Quién se tomaría hoy el trabajo de descifrar la hora según este sistema numérico? Sólo un loco.»
No quise decir que toda mi vida había sido yo ese loco, que nunca había poseído otro reloj, y que quizás por eso había venido demasiado pronto, y guardé silencio. De ello dedujo el anticuario que mi deseo de ver al reloj funcionando de nuevo seguía imperturbable; sacudió la cabeza, tomó un cuchillito de marfil y abrió cuidadosamente la caja guarnecida de piedras preciosas y donde -de pie sobre una cuádriga- se veía una criatura fantástica pintada en esmalte: un hombre con pechos de mujer, dos serpientes a modo de piernas; su cabeza era la de un gallo. En la mano derecha llevaba el sol y en la izquierda un látigo.
«Seguramente se trata de un antiguo recuerdo de familia», adivinó el anticuario. «¿No dijo usted antes que se había parado esta noche? ¿A las dos? Esta pequeña cabeza de búfalo roja con dos cuernos indica seguramente la segunda hora.»
No recordaba haber dicho algo semejante, pero, en efecto, el reloj se había parado la noche pasada a las dos. Es posible que hubiera hablado de ello, pero yo no podía recordar nada: me sentía aún muy afectado, pues a esa misma hora había sufrido un grave ataque de corazón y creí que me moría. En un estado de semi-inconsciencia vacilante me había aferrado a un pensamiento: si se pararía o no el reloj. Mis sentidos, ya oscurecidos, me hicieron sin duda confundir el corazón y el reloj asociándolos a una misma idea. Quizá los moribundos piensen de modo parecido. ¿Quizá por eso es tan frecuente que los relojes se paren cuando sus dueños mueren? Desconocemos la fuerza mágica que un pensamiento puede llevar consigo.
«Es curioso», dijo el anticuario después de un rato; mantenía la lupa bajo la lámpara, de modo que un foco de luz cegadora incidía sobre el reloj, y me indicaba unas letras que estaban grabadas en la cara interna de la tapa dorada.
Entonces leí: «Summa Scientia Nihil Scire».
«Es curioso», repitió el anticuario, «este reloj es la obra de un loco. Ha sido hecho en nuestra ciudad. No creo equivocarme. Existen muy pocos ejemplares de éstos. Nunca había pensado que pudieran funcionar realmente. Creí que eran sólo el pasatiempo de un loco, que tenía el pequeño capricho de escribir su divisa en todos sus relojes: "La mayor sabiduría nada es". No entendí bien lo que quería decir. ¿Quién podía ser ese loco al que se refería? El reloj era muy antiguo, procedía de mi abuelo, pero lo que el anticuario acababa de decir que sonaba como si el "loco" cuyas manos habían construido el reloj viviera todavía.
Antes de que pudiera formular la pregunta apareció en mi imaginación -con más claridad y nitidez que si atravesara la habitación- un hombre que avanzaba en medio de un paisaje invernal, la figura alta y delgada de un anciano, iba sin sombrero, su pelo tupido y blanco como la nieve ondeaba en el viento y su cabeza -contrastando con su elevada figura- parecía pequeña, su rostro sin barba y de rasgos agudamente recortados, los ojos negros y muy juntos, como los de un pájaro de presa. Vistiendo un descolorido abrigo largo de terciopelo raído, como los que llevaban en su tiempo los patricios de Nüremberg, caminaba por aquellos parajes.
«Exactamente», murmuró el anticuario asintiendo con aire distraído, «exactamente: el loco».
«¿Por qué ha dicho exactamente?», pensé. «Por casualidad», añadí inmediatamente; «sólo son palabras vacías. ¡Si yo no he abierto la boca!» Como sucede con frecuencia, ha usado ese "exactamente" para subrayar una frase que acababa de pronunciar; no se refiere en modo alguno a la imagen del anciano que yo estaba recordando; no tiene relación alguna en mi memoria, para despertar hoy, irrumpiendo con a la escuela, tenía que pasar siempre por un muro largo y desolado que rodeaba un parque de olmos. Día a día, durante años incluso, mis pasos se iban haciendo más rápidos a medida que recorría el muro, pues siempre me invadía una incierta sensación de temor. Posiblemente -hoy ya no lo recuerdo- porque me imaginaba (o tal vez lo había oído decir) que allí vivía un loco, un relojero que aseguraba que los relojes eran seres vivientes... ¿o me equivocaba? Si hubiera sido un recuerdo de algún suceso de mis tiempos escolares, ¿cómo es posible que una sensación mil veces vivida haya dormitado en mi memoria, para despertar hoy irrumpiendo con tal vehemencia ... ? Evidentemente, habían transcurrido cuarenta años desde aquello; ¿pero era ésta una razón suficiente?
«Quizá lo haya vivido en el tiempo en que mi reloj señala una hora que no es la acostumbrada», exclamé en tono divertido.
El anticuario se quedó mirándome extrañado al no entender el sentido de mis palabras.
Continué cavilando y llegué a una conclusión: el muro que rodea el parque debe existir todavía. ¿Quién se hubiera atrevido a demolerlo? Entonces corría ya el rumor de que eran las murallas básicas de una iglesia que debería ser terminada en el futuro. ¡Nadie destruye una cosa así! ¿Viviría aún el relojero? Seguramente él podría arreglar mi reloj, al que yo tanto amaba. ¡Si supiera al menos cuándo y dónde le vi! No podía haber sido recientemente, pues estábamos en verano y según la visión que tuve, su imagen aparecía en medio de un paisaje invernal.
Estaba tan inmerso en mis pensamientos que no podía seguir las largas explicaciones que, de repente, había iniciado el anticuario. Sólo de vez en cuando, percibía algunas frases deslabazadas que llegando a mí en un murmullo enmudecían después como un romper de olas en la playa; en las pausas sentía zumbar mis oídos y hervir la sangre como todo hombre viejo cuando escucha atentamente; sólo el ruido del trajín cotidiano le hace olvidarlo; es un zumbido lejano implacable y amenazante: el aleteo del buitre que remontándose desde los abismos del tiempo se va acercando lentamente y cuyo nombre es «muerte»...
No sabía a ciencia cierta si el que me hablaba era el hombre que tenía el reloj en la mano o ese ser que hay en mí, y que a veces despierta en un corazón solitario -cuando alguien se acerca al armario que contiene los recuerdos olvidados- para cuidar, como secreto guardián solícito, de que estos recuerdos no mueran.
En ocasiones me sorprendía a mí mismo corroborando algo que decía el anticuario y luego pensaba: ha expresado alguna idea que me era conocida; pero cuando trataba de reflexionar sobre ella no me era posible sacarla del pasado y percibirla intelectualmente. No: las ideas permanecían rígidas como figuras sin vida; el sonido de las palabras se extinguía antes que el oído pudiera transmitir su mensaje a la mente. No comprendía ya su sentido. Pasando del reino temporal al reino espacial, parecían rodearme como máscaras muertas.
«Si el reloj funcionara de nuevo», dije exteriorizando el martirio de mis reflexiones e interrumpiendo con ello el discurso del comerciante. Lo había dicho refiriéndome a mi corazón, pues sentía que quería olvidarse de latir y me aterrorizaba la idea de que la manecilla de mi vida pudiera pararse de repente ante una flor fantástica, un animal o un demonio, como de hecho se había parado el reloj ante la cifra que indicaba las catorce horas. Así yo quedaría expulsado para siempre a la eternidad de un tiempo ya transcurrido.
El anticuario me devolvió el reloj; seguramente creyó que me había referido a éste.
Mientras recorría desiertas callejuelas nocturnas, cruzaba plazas adormecidas y pasaba por casas soñolientas iluminadas por farolas centelleantes, hube de pensar -por la seguridad con que avanzaba- que el anticuario me había indicado donde vivía el relojero sin nombre, y donde estaba el muro que rodeaba el parque de olmos. ¿No fue él quien me dijo que sólo el viejo podía curar a mi reloj enfermo? ¡Quién sino él podía haberme dado tal seguridad! También debió describirme -sin que yo fuera consciente de ello- el camino que conducía a su casa, pues mis pies parecían conocerlo exactamente: ellos me llevaron a las afueras de la ciudad haciéndome recorrer una calle blanca que atravesando olorosas praderas estivales parecía conducir a la infinitud.
Pegadas a mis talones me seguían dos negras serpientes, que atraídas por la clara luz de la luna habían salido de la tierra. Quizá fueran ellas las que me sugerían aquellos pensamientos envenenados: no le encontrarás, hace cien años que murió.
Para escapar de ellas torcí rápidamente a la izquierda, adentrándome en un sendero; entonces apareció mi sombra surgiendo asimismo del suelo y las devoró. Ha acudido para guiarme, pensé, y sentí un profundo alivio al verla caminar segura, sin vacilar un instante; continuamente la miraba sintiéndome feliz al no tener que cuidarme del camino. Poco a poco fue acudiendo a mi mente aquella extraña sensación indescriptible que había tenido en mi niñez cuando, jugando conmigo mismo, cerraba los ojos y caminaba con paso seguro sin preocuparme de una posible caída: es como si el cuerpo escapara de todo temor terreno, como un jubiloso grito interior, como un reencuentro con el yo inmortal que exclama: ¡ahora no me puede ocurrir nada!
Entonces apareció el enemigo hereditario que el hombre lleva en sí: la fría y lúcida razón y con ella la última duda de que quizá no encontrara a aquel que buscaba.
Después de caminar largo rato mi sombra se deslizó rápidamente en una zanja que había a lo largo de la calle y desapareció, dejándome solo; entonces supe que había llegado a la meta.
¡En caso contrario no me hubiera abandonado!
Con el reloj en la mano me encontré de repente en la estancia del hombre que -yo lo sabía a ciencia cierta- era el único que podía hacerlo funcionar de nuevo.
Sentado ante una pequeña mesa de arce contemplaba inmóvil a través de una lupa -fijada a su frente por una correa- un objeto diminuto y brillante que yacía sobre la mesa de clara madera veteada. En la blanca pared que se encontraba a sus espaldas había una inscripción con letras en forma de arabescos y ordenadas en círculo como si fueran las cifras de un gran reloj:
«Summa Scientia Nihil Scire».
Respiré profundamente: ¡aquí estoy a salvo! Este exorcismo alejaba de mí la odiada e imperiosa necesidad de pensar, aquellas cavilaciones apremiantes: ¿Cómo has entrado? ¿A
través del muro? ¿Por el parque?
En un estante cubierto de terciopelo rojo aparecen en gran número -quizá lleguen al centenar- toda clase de relojes: esmaltados en azul, en verde, en amarillo; decorados con joyas o grabados, unos reducidos al esqueleto, otros lisos y con entalladuras, algunos aplastados o en forma de huevo. Aunque no se los oye -su tic-tac es demasiado débil-, el aire que los rodea se presiente cargado de vida; como si allí estuviese enclavado un reino de enanos en afanoso trajín.
Sobre un basamento hay una pequeña roca de feldespato carnoso, de la que surgen –formadas por piedras de bisutería- flores multicolores; entre ellas, un esqueleto humano con su correspondiente guadaña, que espera -con aire inocente- el momento de segarlas. Se trata de un «relojito de la muerte» de estilo romántico-medieval. Cuando comienza la siega, golpea con su guadaña el fino cristal de la campana, que, como una pompa de jabón o como el sombrero de una gran seta de fábula, está a su lado.
La esfera, situada en la parte inferior, parece la entrada de una cueva donde las dentadas ruedas permanecen inmóviles.
De las paredes -llegando hasta el techo- cuelgan relojes y más relojes: antiguos, con orgullosas caras costosamente enriquecidas; en actitud descuidada, dejan oscilar su péndulo proclamando, en un bajo profundo, su majestuoso tic-tac.
En la esquina, de pie en su fanal de cristal, una «blancanieves» hace como si durmiera; pero un leve palpitar rítmico indica que nada escapa a su mirada. Otras nerviosas damitas de estilo rococó -el orificio de la llave bellamente decorado- aparecen sobrecargadas de adornos compitiendo -hasta faltarles la respiración- por acelerar el ritmo de los segundos. Los diminutos pajes que las acompañan se apresuran emitiendo risitas sofocadas: zic-zic-zic.
Otros, formados en larga fila y cubiertos de hierro, plata y oro, como caballeros armados, parecen borrachos que dormitan emitiendo ronquidos de vez en cuando y haciendo sonar sus cadenas como si al despertar de su embriaguez fueran a luchar con el mismísimo Cronos.
En una cornisa, un leñador con pantalones tallados en caoba, y nariz de cobre reluciente, mueve la sierra sin cesar, desmenuzando el tiempo en partículas de serrín...
Las palabras del viejo me sacaron de mi ensimismamiento:
«Todos han estado enfermos; yo les he devuelto la salud». Le había olvidado, hasta el punto de que al principio creí que su voz era el sonido de uno de los relojes.
La lupa que había empujado hacia arriba aparecía en medio de su frente como el tercer ojo de Schiva y en su interior relucía una chispa: reflejo de la lámpara del techo.
Asintió con la cabeza y me miró con tal fuerza que mis ojos quedaron fijos en los suyos: «Sí, han estado enfermos; han creído que podían cambiar su destino yendo más de prisa o más despacio. Han perdido su dicha cayendo en el error de que podían ser los dueños del tiempo. Librándolos de esta quimera, he devuelto la tranquilidad a sus vidas. Algunos como tú -saliendo, en sueños, de la ciudad en las noches de luna- encuentran el camino hacia mí y trayéndome su reloj me piden, entre quejas y ruegos, que le sane; pero a la mañana siguiente lo han olvidado todo, incluso mi medicina».
«Sólo aquellos que comprenden mi lema», señaló a sus espaldas, refiriéndose a la frase escrita en la pared, «sólo esos dejan sus relojes aquí, bajo mi tutela».
Algo comenzó a clarear en mí mente: el lema debe encerrar algún misterio. Quise preguntar, pero el anciano levantó la mano en actitud amenazante: «No hay que desear saber; la sabiduría viviente viene por sí sola! La frase tiene veinticinco letras; son como las cifras de un gran reloj invisible que señala una hora más que los relojes de los mortales de cuyo ciclo no hay escape posible; por eso los "cuerdos" se burlan diciendo: ¡Mira ése! ¡Qué loco! Se burlan y no se dan cuenta del aviso: "No te dejes atrapar por el ciclo del tiempo". Se dejan guiar por la pérfida manilla del "entendimiento", que prometiéndoles eternamente nuevas horas, sólo les trae viejos desengaños».
El viejo guardó silencio. Con una muda súplica le entregué mi reloj muerto. Lo tomó en su bella mano blanca y delgada y cuando, abriéndolo, echó una mirada a su interior, sonrió casi imperceptiblemente. Con una aguja rozó cuidadosamente la maquinaria de ruedas y tomó de nuevo la lupa. Sentí que un ojo experto examinaba mi corazón.
Pensativamente contemplé su rostro tranquilo. Por qué -me pregunté- le temería yo tanto cuando era niño.
De repente me invadió un espanto sobrecogedor: éste, en quien espero y confío, no es un ser verdadero. ¡De un momento a otro va a desaparecer! No, gracias a Dios: era solamente la luz de la lámpara que había vacilado para engañar así a mis ojos.
Y fijando de nuevo mi vista en él, seguí cavilando: ¿Le he visto hoy por primera vez? ¡No puede ser! Nos conocemos desde... Entonces, vino a mí el recuerdo, penetrándome con la claridad del rayo: nunca había caminado -siendo escolar- a lo largo de un muro blanco; nunca había temido que detrás de éste habitase un relojero loco; había sido la palabra «loco» para mí vacía e incomprensible la que en mi niñez me había asustado cuando se me amenazaba con convertirme en «eso» si no entraba pronto en razón.
Pero el anciano que estaba ante mí, ¿quién era? Tenía la impresión de que también esto lo sabía: ¡Una imagen, no un hombre! ¡Qué otra cosa iba a ser! Una imagen que, como una sombra incipiente, crecía secretamente en mi alma; un grano de semilla que había arraigado en mí, al comienzo de mi vida, cuando en la camita blanca -mi mano en la de aquella vieja niñera- escuchaba medio en sueños aquellas palabras monótonas... que decían... si, ¿cómo decían...?
Sentí en la garganta una sensación de amargura, una tristeza abrasadora: ¡Todo lo que me rodeaba no era más que apariencia fugaz!
Quizá dentro de un minuto despierte de mi sonambulísmo: me encontraré ahí fuera a la luz de la luna y tendré que volver a casa, junto a los seres vivientes poseídos de entendimiento.
¡Muertos en la ciudad!
«En seguida, en seguida termino», oí la voz tranquilizadora del relojero, pero no me sirvió de consuelo, pues la fe que en mi pecho albergara se había extinguido.
¿Cómo decían aquellas palabras de la niñera? Necesitaba, quería saberlo a toda costa... Poco a poco fueron acudiendo a mi memoria sílaba tras sílaba:
«Si tu corazón se te para en el pecho, no tienes más que llevárselo; a todo reloj capaz es él de poner de nuevo en marcha».
«Tenía razón», dijo el relojero distraidamente mientras su mano soltaba la aguja; y en aquel instante se deshicieron mis sombríos pensamientos. Se levantó y puso el reloj en estrecho contacto con mi oído; escuché: marchaba regularmente, en concordancia con los latidos de mi corazón.
Quise darle las gracias, pero no encontré las palabras; me sentía ahogado de alegría y de vergüenza por haber dudado de él.
«No te aflijas», me consoló, «no ha sido culpa tuya. He sacado una ruedecita y la he vuelto a colocar. Estos relojes son muy delicados; a veces no pueden con la segunda hora. ¡Aquí lo tienes! ¡Tómalo de nuevo, pero no digas a nadie que funciona! Se burlarían de ti e intentarían hacerte daño. Desde la juventud lo has llevado contigo y has creído en las horas que marca: catorce en lugar de la una de la madrugada, siete en lugar de seis, domingo en lugar de día laboral, imágenes en lugar de cifras muertas.
¡Sigue siéndole fiel, pero no lo digas a nadie! ¡Nada hay más estúpido que un mártir que se jacta de serlo! Llévalo oculto en tu corazón y en el bolsillo lleva uno de esos relojes burgueses, oficialmente regulados, con su esfera blanca y negra, para que puedas ver siempre qué hora es para los otros. Y nunca te dejes envenenar por el hedor pestilente de la «segunda hora». Como sus once hermanas, está muriendo. La invade un fulgor rojo prometedor como la aurora. Rápidamente se tornará roja como la llama y la sangre. Los viejos pueblos del Este la llaman la «hora de los bueyes». Pasan los siglos y ella continúa apaciblemente: el buey ara.
Pero súbitamente -en la noche- los bueyes se convierten en búfalos rugientes, el demonio los acucia con sus cuernos y pisotean los campos en una ira ciega y salvaje; luego aprenden de nuevo a cultivar los campos; el reloj burgués se pone de nuevo en marcha, pero sus manecillas no marcan el tiempo -en su trayectoria circular- del animal humano. Todas sus horas traman algún propósito -cada una con su ideal propio-, pero el mundo se verá invadido por un monstruo.
Tu reloj se ha parado a las dos; la hora de la destrucción. Pero ha tenido la benevolencia de seguir; otros se mueren en ella y se pierden en el reino de la muerte. El ha encontrado el camino hacia aquel de cuyas manos salió. ¡Piensa en esto! Si lo ha logrado es porque tú le has amado y cuidado toda una vida; nunca te has enojado con él, aunque su tiempo no coincide con el de la tierra».
Acompañándome hasta la puerta me tendió la mano al despedirse y dijo: «Hace un momento dudaste si yo vivía o no. Créeme: soy más viviente que tú mismo. Ahora conoces exactamente el camino que te lleva a mí. Pronto nos veremos; quizá pueda enseñarte a curar relojes enfermos. Entonces -señaló el lema escrito en la pared- tal vez esa frase se realice en ti:
“Nihil scire omnia posse
No saber nada es poderlo todo”».
