El Ángel de la ventana de Occidente. Gustav Meyrink (I Parte)
¡Qué sentimiento tan turbador! ¡Tener en la mano, atado y sellado, el legado de un muerto! Es como si tenues e invisibles hilos, parecidos a los de las telas de araña, se escapasen de él, para conducirte mucho más allá, en un imperio de tinieblas.
El sabio cierre del paquete, el papel azul cuidadosamente plegado sobre el papel de embalaje, prueban, con un silencioso testimonio, la intención y el gesto premeditado de alguien vivo que sentía acercarse la muerte. Reúne, clasifica y envuelve: cartas, notas, cajitas impregnadas de su importancia antigua y a la vez de su decadencia actual, vacías de recuerdos ya ha mucho desvanecidos; al hacer esto, imagina venir un heredero, un lejano personaje, casi un extraño —¡yo!— un hombre que no conocerá su desaparición y sólo se afectará si el paquete cerrado, abandonado en el reino
El Rostro Verde (15). Gustav Meyrink. 1916. Conclusión
Las horas pasaban con una insoportable lentitud, parecía que la noche no quisiera terminar nunca.
El sol se elevó por fin, pero el cielo permaneció negro. Sólo una raya del color del azufre brillaba en el horizonte, como si una esfera semioscura de borde incandescente se hubiese inclinado sobre la Tierra.
Un pálido amanecer se infiltraba en el cuarto. El álamo, los matorrales lejanos, las torres de Amsterdam, aparecían débilmente iluminados, como si la iluminación procediera de un foco empañado. La llanura se extendía como un gran espejo turbio. Hauberrisser miró con los prismáticos hacia la ciudad, que envuelta en una luz lívida, se destacaba del fondo sombrío y parecía esperar la muerte a cada instante.
Un tímido y desalentado repique de campanas vibró a lo lejos. Bruscamente se calló, un
El Rostro Verde (14). Gustav Meyrink. 1916. Capítulo XIII
El doctor Sephardi había pedido al barón Pfeill y a Swammerdam que vinieran a su casa. Llevaban más de una hora en su biblioteca.
Era ya noche cerrada. Hablaron de mística, de filosofía, de la Cabala, y del extraño Lázaro Eidotter, el cual, liberado hacía tiempo, había retornado a su negocio de bebidas alcohólicas, pero la conversación volvía siempre a la persona de Hauberrisser.
Al día siguiente era el entierro de Eva.
—¡Es terrible!. ¡Pobre hombre! —exclamó Pfeill, levantándose para andar por la habitación con pasos agigantados—. Si me pongo en su lugar me dan escalofríos —se paró y miró a Sephardi—. ¿No deberíamos ir a verlo y hacerle compañía?. ¿Qué opina usted, Swammerdam?. ¿Podemos excluir que se
El Rostro Verde (13). Gustav Meyrink. 1916. Capítulo XII
Soplo de descomposición en el aire. Días agonizantes con un calor de incubadora y noches brumosas. La hierba de los prados cubierta al amanecer de telas de araña como manchas blanquecinas de moho. Entre los terrones marrón-violeta, charcos de agua fría y oscura que han dejado de creer en el sol. Flores de color paja que carecen de fuerzas para erguir las cabezas hacia el cielo transparente. Titubeantes mariposas de alas rotas, descoloridas. En las alamedas de la ciudad, las crujientes hojas cuelgan de tallos mustios. Como una mujer ajada que no hallara colores lo suficientemente chillones para disimular su edad, la naturaleza comenzaba a acicalarse con los multicolores afeites del otoño.
* * *
Hacía tiempo que el nombre de Eva van Druysen había sido olvidado en Amsterdam.
El barón Pfeill la dio por muerta, y Sephardi se vistió de luto. Únicamente
El Rostro Verde (12). Gustav Meyrink. 1916. Capítulo XI
Las semanas pasaron y Eva seguía sin aparecer. El barón Pfeill y Sephardi se enteraron de la noticia a través de Hauberrisser, y pusieron en marcha todo lo imaginable para dar con la desaparecida. Fijaron anuncios en todos las calles con sus señas personales y el caso no tardó en transformarse en el tema de conversación predilecto de todo Amsterdam.
La casa de Hauberrisser se vio asediada por un vaivén contínuo, la gente se apiñaba ante la puerta, entraban uno tras otro pretendiendo haber encontrado algún objeto perteneciente a Eva. Se ofrecía una fuerte recompensa a quien trajese alguna información sobre su paradero.
Se extendieron diversos rumores según los cuales había sido vista en tal o cual sitio; se recibieron cartas anónimas pobladas de alusiones oscuras, misteriosas, acusando a personas inocentes de haber raptado a la jo
El Rostro Verde (11). Gustav Meyrink. 1916. Capítulo X
El primer acto de Sephardi, la mañana siguiente a su visita a Hilversum, consistió en ir a ver al psiquiatra Debrouwer para informarse sobre el caso de Lázaro Eidotter.
Estaba demasiado convencido de la inocencia del viejo judío como para no sentirse obligado a intervenir en favor de su correligionario, más en cuanto que el doctor Debrouwer pasaba por ser un alienista extremadamente mediocre y de diagnóstico poco seguro.
Aunque Sephardi sólo había visto a Eidotter una vez en su vida, sentía gran simpatía por él.
El sólo hecho de que formara parte de un círculo de místicos cristianos siendo judío, permitía suponer que era un Chassid cabalístico, y todo lo referente a esta extraña secta judía le interesaba en el mayor grado.
* * *
No se había equivocado al suponer
El Rostro Verde (10). Gustav Meyrink. 1916. Capítulo IX
CAPÍTULO IX
Después de cenar, Hauberrisser permaneció durante una hora con el barón Pfeill y el doctor Sephardi. Estuvo distraído y taciturno. Su pensamiento estaba tan centrado en Eva que se sobresaltaba cada vez que se dirigían a él.
Pensó en los días venideros y de pronto le resultó insoportable su soledad en Amsterdam, pese a que poco tiempo atrás le había gustado tanto. Aparte de Pfeill y Sephardi, cuya personalidad lo atrajo desde el primer momento, no tenía amigos ni conocidos, y por otro lado, hacía mucho tiempo que había roto las relaciones con su patria. Ahora que conocía a Eva, ¿sería capaz de soportar su habitual existencia de ermitaño?.
Consideró la posibilidad de trasladarse a Amberes, en donde al menos podría respirar el mismo aire que ella. Y quizás pudie
El Rostro Verde (9). Gustav Meyrink. 1916. Capítulo VIII
Eva tenía intención de visitar a su tía, la señorita de Bourignon, a la mañana siguiente, para consolarla, y coger posteriormente un tren expreso hacia Amberes.
Pero una carta que encontró a su llegada al hotel, una carta redactada con prisa y salpicada de restos de lágrimas, la indujo a revisar su decisión.
La anciana señorita, totalmente derrumbada al parecer por el impacto de los acontecimientos del Zee Dijk, daba cuenta de su firme determinación de no salir del convento hasta que no se le calmara el dolor y se sintiera en condiciones de afrontar con renovado interés los asuntos de este mundo. En la última frase se quejaba de una insoportable jaqueca que le impedía recibir cualquier visita.
Eva se tranquilizó al comprobar que el equilibrio emocional de la vieja dama no se habia alterado en absoluto. Decidió mandar s
El Rostro Verde (8). Gustav Meyrink. 1916. Capítulo VII
El coche cruzaba el barrio elegante de Hilversum. Por una avenida de tilos penetró en el parque que rodeaba la soleada villa Buitenzorg.
El barón Pfeill aguardaba en lo alto de la escalera. Al ver a su amigo Hauberrisser apearse del automóvil descendió alegremente los peldaños.
—Es magnífico que hayas venido, amigo, ya me estaba temiendo que mi telegrama no te hubiese hallado en tu gruta doméstica… ¿Te ha ocurrido algo?. Pareces maditabundo. Otra cosa: Dios te bendiga por haberme enviado a este maravilloso conde Ciechonski. Es un consuelo en estos tiempos tan desolados —Pfeill estaba de tan buen humor que ni siquiera cedió la palabra a su amigo, el cual protestó vivamente, intentando informar a Pfeill acerca del estafador—. Esta mañana ha venido a verme, y naturalmente, lo he invitado a almorzar. Si no me equivoco, faltan ya un par
El Rostro Verde (7). Gustav Meyrink. 1916. Capítulo VI
Hauberrisser había dormido casi hasta el mediodía; no obstante sentía un pesado cansancio en todos sus miembros cuando abrió los ojos.
El deseo de saber qué contenía el rollo que le cayó durante la noche y de dónde pudo salir, lo había perseguido en sueños, como esa molesta sensación de espera que suele ahuyentar el reposo cuando uno, antes de dormir, decide despertarse a una hora determinada. Se levantó, examinó las paredes revestidas de madera de la alcoba y no tardó en hallar la puertecilla abatible del armario secreto que había ocultado el rollo. Aparte de unas gafas rotas y algunas plumas de ganso estaba vacío, y a juzgar por las manchas de tinta, había sido utilizado como escritorio por el antiguo inquilino.
Hauberrisser aplastó los folios enrollados e intentó descifrarlos. Los caracteres se encontrab
El Rostro Verde (6). Gustav Meyrink. 1916. Capítulo V
Eva van Druysen retuvo un momento al viejo coleccionista de mariposas antes de seguir a los demás, que subían ya a la buhardilla de Klinkherbogk.
—Disculpe, señor Swammerdam, sólo quería hacerle una breve pregunta, aunque en realidad tendría muchas cosas que preguntarle. Lo que acaba de decir acerca de la histeria y sobre la fuerza oculta de los nombres me ha emocionado hondamente, pero por otra parte…
—¿Me permite que le dé un consejo, señorita? —Swammerdam se paró y la miró a los ojos con gravedad—. Comprendo muy bien que lo que acaba de escuchar haya podido desconcertarla. No obstante puede sacarle gran provecho si lo toma como una primera lección y si no busca instrucciones espirituales en otros sino en sí misma. Sólo las enseñanzas que proceden de nuestro propio espíritu llegan a buena h
El Rostro Verde (5). Gustav Meyrink. 1916. Capítulo IV
El barón Pfeill se dirigía hacia la estación central con la intención de tomar el tren de la tarde que lo llevaría a su casa de campo de Hilversum.
Había llegado ya al puerto, atravesando el barullo de los puestos y tiendas del mercado, cuando el ruido ensordecedor de cientos de campanas le indicó que eran la seis. No tendría tiempo de coger el tren.
Rápidamente decidió volver hacia el centro. Casi le aliviaba haber perdido el tren, puesto que así le quedaban un par de horas para arreglar un asunto que lo traía de cabeza desde que se despidió de Hauberrisser.
Se detuvo ante un maravilloso edificio de estilo barroco, con ladrillos rojos y tejas blancas, situado en la sombría alameda de la Heerengracht. Durante un instante se quedó mirando la inmensa ventana corredera que cubría casi toda la fachada del primer pis
El Rostro Verde (4). Gustav Meyrink. 1916. Capítulo III
Hauberrisser caminaba por las calles preso de una furiosa agitación cuya causa ignoraba por completo. Al pasar ante el circo donde actuaba la tropa zulú de Usibepu, no podía ser otra que la mencionada por Zitter Arpad, reflexionó un momento sobre si debía asistir al espectáculo, pero desistió enseguida, ¿qué le importaba a él que un negro supiese emplear la magia?. No era la curiosidad de ver algo extraordinario lo que le impulsaba a errar y le provocaba semejante inquietud. Algo imponderable, amorfo, que flotaba en el aire, excitaba su sistema nervioso. Era el mismo hálito opresivo y misterioso que a veces, ya antes de emprender el viaje a Holanda, lo sofocaba con tanta vehemencia que no podía eludir la idea del suicidio.
Se preguntó de dónde provenía esta vez. ¿Acaso de los emigrantes judíos que había visto, en virtud
El Rostro Verde (3). Gustav Meyrink. 1916. Capítulo II
Desde hacía meses, Holanda estaba inundada de extranjeros de todas las nacionalidades que habían abandonado su vieja patria. Apenas había acabado la guerra, y el escenario ya estaba poblado de luchas políticas internas cuyo número aumentaba constantemente. Muchos extranjeros se refugiaron en las ciudades holandesas, algunos pensaban quedarse definitivamente, otros solo se detuvieron para orientarse, para decidir en qué parte de la tierra se establecerían en lo sucesivo.
La fútil profecía de que al término de la guerra europea se produciría una oleada de emigrantes procedentes de las capas sociales más pobres y de las regiones más desvastadas, se vio totalmente desmentida por la realidad. Los barcos disponibles para navegar hacia el Brasil y otras regiones famosas por su abundancia, eran ciertamente insuficientes para transportar la gran multitud de pasaj
El Rostro Verde (2). Gustav Meyrink. 1916. Capítulo I
CAPÍTULO I
El forastero de vestimenta distinguida, que se había detenido en la acera de la calla Jodenbree, leyó una curiosa inscripción en letras blancas, excéntricamente adornadas, en el negro rótulo de una tienda que estaba al otro lado de la calle:
Salón de artículos misteriosos
de
Chidher el Verde
Por curiosidad, o por dejar de servir de blanco al torpe gentío que se apiñaba a su alrededor y se burlaba de su levita, su reluciente sombrero de copa y sus guantes —todo tan extraño en ese barrio de Amsterdam—, atravesó la calzada repleta de carros de verdura. Lo siguieron un par de golfos con las manos hondamente enterradas en sus anchos y deformados pantalones de lona azul, la espalda encorvada, vagos y callados, arrastrando sus zuecos de madera. La tienda de Chidher daba a un estrecho voladizo acristalado que rodea



