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<rss xmlns:dc="http://purl.org/dc/elements/1.1/" xmlns:content="http://purl.org/rss/1.0/modules/content/" xmlns:atom="http://www.w3.org/2005/Atom" version="2.0"><channel><atom:link href="https://gustavmeyrink.blogia.com/feed.xml" rel="self" type="application/rss+xml"/><title>La obra  de Gustav Meyrink</title><description>&lt;b&gt;Blog dedicado a la obra de Gustav Meyrink&lt;/b&gt;.  Pretendemos reunir la obra de este escritor a fin de que sea m&#xE1;s accesible a los lectores en lengua espa&#xF1;ola. Esta web no tiene finalidad comercial, ni pretende competir con editoriales convencionales, sino solamente reproducir obras agotadas o dif&#xED;cilmente encontrables de este autor.</description><link>https://gustavmeyrink.blogia.com</link><language>es</language><lastBuildDate>Sun, 10 Dec 2023 12:02:20 +0000</lastBuildDate><generator>Blogia</generator><item><title>El &#xC1;ngel de la ventana de Occidente. Gustav Meyrink (I Parte)</title><link>https://gustavmeyrink.blogia.com/2010/060901-el-angel-de-la-ventana-de-occidente-gustav-meyrink-i-parte-.php</link><guid isPermaLink="true">https://gustavmeyrink.blogia.com/2010/060901-el-angel-de-la-ventana-de-occidente-gustav-meyrink-i-parte-.php</guid><description><![CDATA[<p style="text-align: justify;">&iexcl;Qu&eacute; sentimiento tan turbador! &iexcl;Tener en la mano, atado y sellado, el legado de un muerto! Es como si tenues e invisibles hilos, parecidos a los de las telas de ara&ntilde;a, se escapasen de &eacute;l, para conducirte mucho m&aacute;s all&aacute;, en un imperio de tinieblas.<br /><br />El sabio cierre del paquete, el papel azul cuidadosamente plegado sobre el papel de embalaje, prueban, con un silencioso testimonio, la intenci&oacute;n y el gesto premeditado de alguien vivo que sent&iacute;a acercarse la muerte. Re&uacute;ne, clasifica y envuelve: cartas, notas, cajitas impregnadas de su importancia antigua y a la vez de su decadencia actual, vac&iacute;as de recuerdos ya ha mucho desvanecidos; al hacer esto, imagina venir un heredero, un lejano personaje, casi un extra&ntilde;o &mdash;&iexcl;yo!&mdash; un hombre que no conocer&aacute; su desaparici&oacute;n y s&oacute;lo se afectar&aacute; si el paquete cerrado, abandonado en el reino de los vivos, encuentra el camino hasta &eacute;l.<br /><br />Est&aacute; constelado de imponentes sellos rojos, los de mi primo John Roger, con las armas de mi madre y de su familia. Desde ya hac&iacute;a mucho los primos y las t&iacute;as llamaban a este hijo de un hermano de mi madre: &laquo;El &uacute;ltimo de su raza&raquo;, y estas palabras, aparte de las consonancias extranjeras de su nombre, resonaban en mi o&iacute;do como un t&iacute;tulo solemne, cuando, con un orgullo un poco risible, las pronunciaban con sus labios secos y arrugados, exhalando en una peque&ntilde;a tos el resto de una raza casi extinguida.<br /><br />El &aacute;rbol geneal&oacute;gico &mdash;en mi imaginaci&oacute;n por la imagen her&aacute;ldica&mdash; est&aacute; curiosamente ramificado en tierra extranjera. Se ha enraizado en Escocia, ha prosperado en toda Inglaterra, pasa por estar emparentado de cerca con una de las m&aacute;s importantes familias del Pa&iacute;s de Gales. Vigorosos brotes se han multiplicado en Suecia, en Am&eacute;rica, finalmente en Estiria y en Alemania. En todas partes se han debilitado y en Gran Breta&ntilde;a el tronco se est&aacute; secando. Un &uacute;ltimo renuevo resist&iacute;a todav&iacute;a, aqu&iacute;, en el sur de Austria: mi primo John Roger.<br /><br />Y este &uacute;ltimo renuevo, Inglaterra lo ha segado.<br /><br />&laquo;Su Se&ntilde;or&iacute;a&raquo;, mi abuelo materno, todav&iacute;a ten&iacute;a en mucho las tradiciones y los t&iacute;tulos de sus antepasados.<br /><br />&iexcl;Y tan s&oacute;lo era un simple ganadero de Estiria!. John Roger, mi primo, hab&iacute;a tomado otros caminos; se dedic&oacute; a las ciencias naturales y a una especie de medicina diletante de la psicopatolog&iacute;a moderna, hizo grandes viajes y se instruy&oacute; con una gran perseverancia en Viena y Zurich, Alep y Madras, Alejandr&iacute;a y Tur&iacute;n, cerca de maestros diplomados o no, cubiertos del polvo de Oriente o enarbolando la camisa almidonada de los Occidentales, pero eminentes conocedores de los abismos del alma.<br /><br />Algunos a&ntilde;os antes de declararse la guerra se instal&oacute; en Inglaterra: debi&oacute; de ir para investigar sobre la existencia y el origen de nuestra familia. No s&eacute; nada m&aacute;s, s&oacute;lo que all&iacute; habr&iacute;a descubierto alg&uacute;n raro y profundo secreto. Fue entonces cuando la guerra le sorprendi&oacute;, y como era oficial de reserva austr&iacute;aco, se le intern&oacute;; cuando sali&oacute; del campo, al cabo de cinco a&ntilde;os, era un hombre acabado. Ya no cruz&oacute; el canal de la Mancha y muri&oacute; en alg&uacute;n lugar de Londres, dejando tras &eacute;l unos pocos bienes sin importancia, y a partir de ahora dispersados entre los diversos miembros de la familia.<br /><br />Me toca en suerte, adem&aacute;s de algunos recuerdos, el paquete recibido hoy, en el cual, escrito por su propia mano, ha puesto mi nombre. &iexcl;Muerto es el &aacute;rbol, excluido el blas&oacute;n!<br /><br />Pero es s&oacute;lo un pensamiento vano por mi parte: ning&uacute;n heraldo procede con semejante proclamaci&oacute;n tan solemne y sombr&iacute;a.<br /><br />Excluido el blas&oacute;n, murmuraba mientras romp&iacute;a los sellos rojos. Ya nadie m&aacute;s los pondr&aacute;.<br /><br />Son majestuosas, espl&eacute;ndidas armas que&hellip; &iquest;que yo rompo? Extra&ntilde;a impresi&oacute;n: &iquest;no es como si de golpe yo dijera una mentira?<br /><br />S&iacute;, yo rompo estas armas, pero qui&eacute;n sabe, &iexcl;quiz&aacute; las despierte de un largo sue&ntilde;o! El escudo, bifurcado en su base, lleva a la derecha sobre un campo de azur una espada de plata en palo sobre una colina de sinople &mdash;alusi&oacute;n al se&ntilde;or&iacute;o de Gladhill de nuestros antepasados en Worcester. A la izquierda, en un campo de plata, un &aacute;rbol verde; entre sus ra&iacute;ces nace una fuente de plata, a causa de Mortlake en Middlesex. Y, en la parte verde que se termina en punta, una l&aacute;mpara encendida recuerda las l&aacute;mparas de los primeros cristianos: s&iacute;mbolo ins&oacute;lito, que los heraldistas han considerado siempre con gran asombro.<br /><br />Dudo en romper el &uacute;ltimo sello, tan bellamente puesto para el placer de los ojos. &iquest;Pero qu&eacute; es eso?<br /><br />Debajo del escudo. &iexcl;No es del todo una l&aacute;mpara encendida! &iexcl;Es un cristal! &iexcl;Un dodecaedro regular, aureolado de gloriosos rayos! &iexcl;S&iacute;, es un carb&uacute;nculo radiante, no una humilde l&aacute;mpara de aceite! y de nuevo se apodera de m&iacute; una extra&ntilde;a turbaci&oacute;n, una emoci&oacute;n que querr&iacute;a abrirse paso hasta mi conciencia, y que habr&iacute;a dormido desde, s&iacute;, desde hac&iacute;a siglos.<br /><br />Lapis sacer sanctificatus et praecipuus manifestationis* (*En lat&iacute;n en el texto: &laquo;piedra sagrada santificada y principio de la manifestaci&oacute;n&raquo;).<br /><br />Observo moviendo la cabeza esta incomprensible novedad en el viejo blas&oacute;n tan familiar. &iexcl;Un sello que estoy seguro de no haber visto jam&aacute;s! O mi primo John Roger lo ha hecho componer, o&hellip; s&iacute;, est&aacute; claro: el corte, tan limpio, es moderno, indudablemente: John Roger ha hecho fabricar en Londres un nuevo sello.<br /><br />&iquest;Pero por qu&eacute;? &mdash;&iexcl;A causa de la l&aacute;mpara! Lo descubro de pronto como una cosa que cae por su propio peso: la l&aacute;mpara s&oacute;lo era una corrupci&oacute;n tard&iacute;a y estramb&oacute;tica. Desde siempre el blas&oacute;n ha llevado un cristal radiante. &mdash;&iquest;Pero y la inscripci&oacute;n?&mdash; Descubro una singular complicidad entre este cristal y mi mundo interior. &iexcl;Cristal de roca! Recuerdo que en una leyenda, un carb&uacute;nculo resplandec&iacute;a con todos sus destellos en el c&eacute;nit, pero la he olvidado.<br /><br />Una &uacute;ltima duda. Al final rompo el &uacute;ltimo sello, deshago los nudos. Delante m&iacute;o se esparcen viejas cartas, actas, archivos, extractos, amarillentos pergaminos cubiertos de caracteres rosacrucianos, diario &iacute;ntimo, im&aacute;genes, pent&aacute;culos herm&eacute;ticos m&aacute;s o menos podridos, algunas sucias encuademaciones con viejos cobres, un mont&oacute;n de cuadernos atados juntos de todas las maneras; y tambi&eacute;n peque&ntilde;os cofres de marfil llenos de sorprendentes telas, monedas, fragmentos de madera incrustados de plata y oro, a manera de reliquias; y luego, huesecillos pulidos y tallados en caras como cristales, muestras del mejor carb&oacute;n f&oacute;sil de Devonshire, y buen n&uacute;mero de objetos heter&oacute;clitos. Emerge una nota, con la austera y acompasada escritura<br /><br />de John Roger:<br /><br />&iexcl;Lee o no leas! &iexcl;Quema o persevera! A&ntilde;ade polvo al polvo. Nosotros, de la raza de Ho&euml;l Dhat, pr&iacute;ncipes de Gales, estamos muertos. Mascee.<br /><br />&iquest;Me son destinadas estas frases? Me pregunto. Es probable. No comprendo nada, pero no me siento impelido a romperme la cabeza en ella. Semejo un ni&ntilde;o que de todo se dijera: &laquo;&iexcl;Qu&eacute; necesidad tengo de saberlo ahora! &iexcl;Ya lo aprender&eacute; m&aacute;s tarde por m&iacute; mismo!&raquo; &iquest;Pero, a pesar de todo, qu&eacute; significa esta palabra &laquo;Mascee&raquo;? Pica mi curiosidad. Abro el diccionario y leo:<br /><br />&laquo;Mascee = expresi&oacute;n anglo-china que quiere decir poco m&aacute;s o menos: &iexcl;Qu&eacute; importa! Un sentido muy cercano al del Nitchevo ruso.&raquo;<br /><br />* * *<br /><br />Ya era muy entrada la noche cuando ayer me levant&eacute; de la mesa, despu&eacute;s de una larga meditaci&oacute;n sobre la suerte de mi primo John Roger y sobre la fugacidad de nuestras esperanzas y de todas las cosas, dejando para ma&ntilde;ana un inventario m&aacute;s detallado de mi herencia. Me puse en la cama y me dorm&iacute; r&aacute;pidamente.<br /><br />Aparentemente la idea del cristal en el blas&oacute;n me hab&iacute;a seguido hasta en mi sue&ntilde;o; en todo caso, nunca creo haber tenido un sue&ntilde;o tan singular.<br /><br />En alguna parte, sobre m&iacute;, reluc&iacute;a el carb&uacute;nculo arriba en las tinieblas. Un rayo emanado de su palidez golpe&oacute; mi frente y tuve la neta percepci&oacute;n que as&iacute; se establec&iacute;a, entre mi cabeza y la piedra preciosa, una ligaz&oacute;n importante. Intentaba sustraerme de ella, pues una angustia me hab&iacute;a asido, moviendo mi cabeza de un lado a otro, pero era imposible escapar al rayo. Mientras me esforzaba girando y volviendo a girar la cabeza, tuve una experiencia desconcertante: por decirlo de alguna manera, me pareci&oacute; que el rayo del carb&uacute;nculo todav&iacute;a permanec&iacute;a clavado en mi frente cuando hund&iacute;a mi rostro en la almohada. Y tuve la precisa sensaci&oacute;n que un nuevo rostro se moldeaba detr&aacute;s de mi cabeza: me crec&iacute;a una segunda faz. No sent&iacute;a ning&uacute;n espanto; pero era molesto no poder ya de ninguna manera escapar al rayo.<br /><br />La cabeza de Jano, me dec&iacute;a, pero en mi sue&ntilde;o sab&iacute;a que eso era simplemente una reminiscencia de mis humanidades latinas, ya que intentaba tranquilizarme; por lo tanto, no estaba tranquilo. &iquest;Jano? &mdash;No, es est&uacute;pido: &iexcl;Jano! &iquest;Pero qu&eacute;, entonces? Con una insistencia irritante, mi conciencia on&iacute;rica se paraba en este &laquo;y entonces qu&eacute;&raquo;. Adem&aacute;s no llegaba a definir &laquo;qui&eacute;n era yo&raquo;. Despu&eacute;s, pas&oacute; otra cosa: el carb&uacute;nculo descendi&oacute; de sus lejanas alturas hasta tocar la parte superior de mi cabeza. Experimentaba una sensaci&oacute;n de extra&ntilde;eza impensable, tanto, que no sabr&iacute;a formularla. Un objeto, ca&iacute;do de un lejano astro, no me habr&iacute;a podido sorprender m&aacute;s. No s&eacute; por qu&eacute; cuando reflexiono sobre este sue&ntilde;o, pienso siempre en la paloma que descendi&oacute; del cielo en el bautismo de Jes&uacute;s por el asceta Juan. Cuanto m&aacute;s se acercaba el carb&uacute;nculo, m&aacute;s derecho ca&iacute;a el rayo sobre mi cabeza, quiero decir, sobre la l&iacute;nea que part&iacute;a mis dos cabezas. Poco a poco experimentaba una sensaci&oacute;n de ardor, comparable a la del hielo, y esta sensaci&oacute;n nueva para m&iacute;, me despert&oacute;.<br /><br />He pasado todo el d&iacute;a siguiente rumiando este sue&ntilde;o.<br /><br />Dudoso, perezoso, un medio recuerdo emerg&iacute;a de las brumas de mi primera infancia. Se trata de una f&aacute;bula, de un cuento, de una ficci&oacute;n o de una lectura &mdash;quiz&aacute; de cualquier otra cosa&mdash; donde aparec&iacute;an un carb&uacute;nculo y un rostro, o una forma, que no se llamaba &laquo;Jano&raquo;. Una imagen muy vaporosa emerg&iacute;a de las profundidades de mi memoria:<br /><br />Cuando, en mi infancia, me sentaba sobre las rodillas de mi abuelo, el que se llamaba &laquo;Su Se&ntilde;or&iacute;a&raquo; y que a pesar de todo no era m&aacute;s que un peque&ntilde;o propietario estiriano, el viejo sire, mientras yo aseguraba mi posici&oacute;n a horcajadas sobre sus rodillas, me contaba a media voz todo tipo de historias. <br /><br />Todo lo que he retenido de la leyenda se desarrollaba sobre las rodillas de este abuelo, &eacute;l mismo medio legendario. Hablaba de un sue&ntilde;o: &laquo;Los sue&ntilde;os, hijo m&iacute;o, son t&iacute;tulos m&aacute;s grandiosos que los de la nobleza y de los se&ntilde;or&iacute;os. No lo olvides. Si te conviertes en el heredero digno de este nombre, te legar&eacute; quiz&aacute; un d&iacute;a nuestro sue&ntilde;o: el sue&ntilde;o de Ho&euml;l Dhat.&raquo; Y entonces, con una voz apagada, cargada de misterio, en un susurro sobre mi oreja, como si temiera que el aire de la habitaci&oacute;n hubiera de sorprender sus palabras, mientras continuaba haci&eacute;ndome saltar en sus rodillas, me habl&oacute; de un carb&uacute;nculo en un pa&iacute;s al que ning&uacute;n mortal puede llegar a menos de ser introducido en &eacute;l por qui&eacute;n ha vencido la muerte y poseer una corona de oro y un cristal sacado del doble rostro de&hellip; &iquest;de? Creo recordar que hablaba de esta criatura ambivalente del sue&ntilde;o como de un antepasado o de un genio tutelar de nuestra familia. Pero ah&iacute; mi memoria ya falla: todo flota en una niebla claroscura.<br /><br />De todos modos, nunca hab&iacute;a so&ntilde;ado nada semejante hasta hoy. &iquest;Era el sue&ntilde;o de Ho&euml;l Dhat? Comentar m&aacute;s no servir&iacute;a de nada. Por otra parte me ha interrumpido la visita de mi amigo Serge Lipotine, el viejo anticuario de Werrengasse.<br /><br />Lipotine &mdash;apodado en la ciudad &laquo;Nitchevo&raquo;&mdash; antiguo anticuario titular de Su Majestad el Zar, sigue siendo, a pesar de sus vicisitudes, un personaje notable y t&iacute;pico. Antes millonario, conocedor, experto de fama mundial en el arte asi&aacute;tico; hoy un pobre viejo revendedor que espera una muerte cierta mientras vende baratijas m&aacute;s o menos chinas; siempre zarista, hasta la m&eacute;dula de los huesos. Debo a su olfato infalible la posesi&oacute;n de algunas piezas incomparables, y, cosa curiosa, cada vez que me apasiono por un objeto particular, que creo dif&iacute;cilmente asequible, cada vez, Lipotine viene a verme casi inmediatamente y me trae un objeto similar.<br /><br />Hoy, como no hab&iacute;a nada interesante, le muestro el env&iacute;o de mi primo de Londres. Alab&oacute; un poco las viejas ediciones y las declar&oacute; &laquo;rar&iacute;simas&raquo;. Dos especies de medallones llamaron r&aacute;pidamente su inter&eacute;s: buen Renacimiento alem&aacute;n denotando m&aacute;s que las cualidades del oficio. Vio finalmente el blas&oacute;n de John Roger, tuvo un movimiento de sorpresa y se perdi&oacute; en reflexiones. Le pregunt&eacute; lo que le intrigaba. Alz&oacute; los hombros, encendi&oacute; un cigarrillo y guard&oacute; silencio.<br /><br />Un poco m&aacute;s tarde charl&aacute;bamos de bagatelas. Poco antes de retirarse me dijo: &laquo;&iquest;Sab&eacute;is, querido amigo, que nuestro buen Michel Arangelovitch Stroganof no durar&aacute; mucho m&aacute;s que su &uacute;ltimo paquete de cigarrillos? <br /><br />Sigue la norma. &iquest;Qu&eacute; podr&iacute;a hipotecar en el monte de piedad? Poco importa. Este es el fin, para nosotros los rusos: vamos en el sentido del sol, nacidos en el este para naufragar en el oeste. &iexcl;Qu&eacute; os vaya bien!&raquo;<br /><br />Lipotine se march&oacute;, yo segu&iacute;a perdido en mis pensamientos. As&iacute; Michel Stroganof, el viejo bar&oacute;n, una de mis buenas relaciones de caf&eacute; se preparaba a emigrar al verde reino de los muertos, al pa&iacute;s verde de Pers&eacute;fona. Desde que le conoc&iacute; s&oacute;lo viv&iacute;a de t&eacute; y de cigarrillos. Hab&iacute;a huido de Rusia y embarrancado aqu&iacute;, no pose&iacute;a nada m&aacute;s que lo que llevaba encima, a saber, media docena de sortijas adornadas de brillantes y el mismo n&uacute;mero, m&aacute;s o menos, de grandes relojes de oro: todo lo que hab&iacute;a podido meter en sus bolsillos antes de cruzar las l&iacute;neas bolcheviques. Viv&iacute;a de estas joyas, con la insolencia y las maneras de un gran se&ntilde;or, s&oacute;lo fumaba cigarrillos de los m&aacute;s caros, que hac&iacute;a traer de Oriente v&aacute;yase a saber por qu&eacute; medio. &laquo;Transformar las cosas de la tierra en humo, le gustaba decir, puede ser el &uacute;nico placer que podemos dar a Dios.&raquo; Lo que no le imped&iacute;a morir lentamente de hambre, y cuando no estaba sentado en la peque&ntilde;a tienda de Lipotine, helarse en su buhardilla de alg&uacute;n barrio bajo.<br /><br />As&iacute; el bar&oacute;n Stroganof, antiguo plenipotenciario de Su Majestad Imperial en Teher&aacute;n, agonizaba. &laquo;Poco importa. Sigue el orden&raquo;, como dice Lipotine. <br /><br />Con un suspiro pensativo, por ociosidad, me vuelvo con los manuscritos y los libros de John Roger. Cojo esto o aquello al azar y me absorbo en su lectura.<br /><br />* * *<br /><br />He pasado la jornada compulsando los documentos dejados por mi primo, y he concluido que era in&uacute;til esperar poder ordenar en un conjunto coherente estos fragmentos de antiguos estudios y estas viejas notas: nada se puede edificar de estos escombros. &laquo;Lee o quema&raquo;, me murmuraba sin cesar una voz interior. &laquo;&iexcl;El polvo al polvo!&raquo;<br /><br />En suma, &iquest;qu&eacute; tengo yo que ver con esta historia de un cierto John Dee, bar&oacute;n de Gladhill? &iquest;Qu&eacute; era un viejo ingl&eacute;s inclinado al tedio y seg&uacute;n todo parece un antepasado de mi madre?<br /><br />A pesar de todo no puedo decidirme a enviar este f&aacute;rrago al diablo. A veces las cosas tienen m&aacute;s poder sobre nosotros del que nosotros tenemos sobre las cosas: tienden a los vivos una especie de trampa al hacerse pasar por monstruos. No, no me decido a interrumpir una lectura que, de hora en hora, sin saber decir por qu&eacute;, me cautiva m&aacute;s. Del seno de este caos fragmentario emerge una forma crepuscular, bella y triste: la de un esp&iacute;ritu superior. De un hombre atrozmente extraviado que brill&oacute; en la ma&ntilde;ana de su vida para ver amontonarse las nubes en su madurez: perseguido, burlado, crucificado, reconfortado con hi&eacute;l y vinagre; un hombre que roz&oacute; el infierno, un elegido por tanto, que a fin de cuentas fue elevado a las altas esferas del cielo ya que era un alma noble, un &laquo;sapiente&raquo; audaz, un esp&iacute;ritu ardiente.<br /><br />No, la historia de John Dee, descendiente de uno de los m&aacute;s nobles linajes de la isla, de los viejos pr&iacute;ncipes y condes de Gales, mi antepasado por sangre materna, no ha de hundirse en el olvido.<br /><br />Pero no puedo escribir como querr&iacute;a lo que veo en ella. Me faltan casi todas las condiciones previas: la posibilidad de un estudio personal y el eminente saber de mi primo en un dominio que unos califican de &laquo;oculto&raquo;; del que algunos creen desembarazarse poni&eacute;ndole el t&eacute;rmino de &laquo;parasicolog&iacute;a&raquo;. Carezco, en esta materia, de experiencia y de criterios. No puedo hacer nada m&aacute;s que intentar, con un cuidado escrupuloso, aportar a este embrollo de vestigios un orden y un plan racional: &laquo;Preservar y transmitir, siguiendo las palabras de mi primo John Roger.<br /><br />Ciertamente, esto no es m&aacute;s que disponer un fr&aacute;gil mosaico. &iquest;Pero los restos de unas ruinas no son a menudo m&aacute;s emocionantes que una casa coqueta? Enigm&aacute;tica esa sonrisa de los contornos de una boca que desmiente la profunda melancol&iacute;a ligada a la nariz: enigm&aacute;tica, esa mirada fija bajo una frente ausente; enigm&aacute;tico ese rel&aacute;mpago de frescor de pronto rosa, sobre un fondo que se esteriliza. Enigm&aacute;tico, enigm&aacute;tico&hellip;<br /><br />Me costar&aacute; semanas, si no meses, de fatigoso trabajo desenmara&ntilde;ar, primera etapa indispensable, esta madeja ya medio podrida. Dudo: &iquest;Debo hacerlo? Si tuviera una onza de certeza, si un invisible consejero interior me soplase esta decisi&oacute;n, dejar&iacute;a con toda irreverencia que este bazar se hiciera humo para &laquo;dar placer al buen Dios&raquo;.<br /><br />Cada vez se impon&iacute;a m&aacute;s en m&iacute; el pensamiento del bar&oacute;n Michel Arangelovitch Stroganof, que est&aacute; a punto de morir y ya no puede fumar sus cigarrillos, quiz&aacute; porque el buen Dios tiene escr&uacute;pulo de que un hombre le testimonie tanta cortes&iacute;a.<br /><br />* * *<br /><br />Hoy, otra vez, el sue&ntilde;o del carb&uacute;nculo. Ha sucedido como en la noche precedente, pero la sensaci&oacute;n de fr&iacute;o debida al descenso del cristal hasta mi doble cabeza ya no me era dolorosa en absoluto, de manera que no me he despertado. &iquest;Es esto debido a que el carb&uacute;nculo ha tomado posesi&oacute;n definitiva de mi cabeza? No lo s&eacute;. Ha sido en el instante en que el rayo luminoso ilumina a la vez los dos rostros de mi cabeza, cuando he visto que era esta criatura de dos cabezas &mdash;y por consiguiente, otro. Me he visto, como es el caso de &laquo;Jano&raquo;, mover los dos labios de uno de los rostros, mientras que el otro permanec&iacute;a inm&oacute;vil. Y este mudo indudablemente era &laquo;yo&raquo;. El &laquo;otro&raquo; se libraba a largos y vanos esfuerzos para emitir un sonido, luchando para salir de un profundo sue&ntilde;o y pronunciar una palabra. <br /><br />Finalmente los labios modelaron un aliento y exhalaron esta frase dirigida a m&iacute;: &laquo;&iexcl;No ordenes! &iexcl;No te creas capaz! Donde la raz&oacute;n pone orden, provoca una inversi&oacute;n de las causas primeras y prepara la destrucci&oacute;n. Lee y d&eacute;jate guiar por la mano y no siembres estragos. Lee y d&eacute;jate guiar por m&iacute;&hellip;&raquo;<br /><br />Sent&iacute; cual martirio, en mi &laquo;otra&raquo; cabeza, el esfuerzo de estas palabras, lo que, seg&uacute;n parece, me despert&oacute;. Es extra&ntilde;o mi estado de esp&iacute;ritu. &iquest;Qu&eacute; suceder&aacute;? &iquest;Un espectro se libera en m&iacute;? &iquest;Un espejismo nacido en el sue&ntilde;o quiere mezclarse en mi vida? &iquest;Soy objeto de un desdoblamiento de conciencia y me volver&eacute; loco? Al contrario, me encuentro en perfecto estado de salud, l&uacute;cido, sin la menor propensi&oacute;n a sentirme &laquo;doble&raquo; y mucho menos coaccionado, ya sea en el pensar o en el actuar. Soy absolutamente due&ntilde;o de mis emociones, de mis intenciones. &iexcl;Soy libre!&hellip;<br /><br />Todav&iacute;a un trozo de recuerdo de mis cabalgadas sobre las rodillas de mi abuelo, viene a mi memoria; me dec&iacute;a que el genio tutelar era mudo, pero que un d&iacute;a hablar&iacute;a. Entonces llegar&iacute;a el fin de los d&iacute;as de la sangre; la corona ya no se cernir&iacute;a por encima de su cabeza, sino que replandecer&iacute;a en su Doble Frente. &iquest;Jano empezaba a hablar? &iquest;Es el fin de los d&iacute;as para los de nuestra sangre? &iquest;Soy el &uacute;ltimo heredero de Ho&euml;l Dhat?&hellip; No importa, las palabras impresas en mi memoria tienen un claro sentido: &laquo;&iexcl;Lee y d&eacute;jate guiar por m&iacute;!&raquo; Y, &laquo;la raz&oacute;n provoca una inversi&oacute;n de las causas primeras&raquo;&hellip; Sea pues, obedecer&eacute; la orden dada; pero no, no es una orden; por otra parte, me negar&iacute;a a dejarme mandar, es un consejo, s&iacute;, un consejo, &iexcl;un simple consejo! &iquest;Y por qu&eacute; raz&oacute;n no lo seguir&iacute;a? No lo clasificar&eacute;. Transcribir&eacute; al azar aquello que mi mano atrape.<br /><br />He tomado, sin mirar, una hoja del mont&oacute;n; reconozco la abrupta escritura de mi primo John Roger y leo: Todo ha terminado desde hace mucho. Muertos desde hace mucho tiempo est&aacute;n los hombres que aparecen en estos documentos biogr&aacute;ficos, con sus envidias y pasiones: en su polvo, yo, John Roger. me atrevo a escudri&ntilde;ar, de la misma manera como ellos hab&iacute;an actuado en relaci&oacute;n a otros hombres que hab&iacute;an desaparecido mucho antes que ellos, como ellos han desaparecido para m&iacute;, hoy violador de sus cenizas. &iquest;Qu&eacute; es lo que est&aacute; muerto? &iquest;Qu&eacute; es lo que ha sucedido? Lo que he pensado, hecho, anta&ntilde;o, todav&iacute;a es hoy acto y pensamiento: todo lo que tiene poder est&aacute; vivo. Seguramente, todos nosotros no hemos encontrado lo que hab&iacute;amos buscado; la verdadera llave del tesoro de vida, la llave misteriosa, la b&uacute;squeda de la cual basta para magnificar el sentido y la obra de toda una vida. &iquest;Qui&eacute;n ha visto por encima suyo la corona del carb&uacute;nculo? &iquest;Nosotros, los descubridores, qu&eacute; hemos encontrado? Nada m&aacute;s que la desgracia inconce<br />bible y la visi&oacute;n de la muerte, &iexcl;de la que, adem&aacute;s, es dicho que debe ser vencida! Pero sabe que la llave reposa en el abismo de las aguas tumultuosas. Quien no se sumerge en s&iacute; mismo no la obtiene. &iquest;El &Uacute;ltimo D&iacute;a de la Sangre no hab&iacute;a sido el objeto de un or&aacute;culo para nuestro linaje? Ninguno de entre nosotros ha visto este &uacute;ltimo d&iacute;a. &iquest;Debemos felicitarnos? Acusarnos tambi&eacute;n, sin duda.<br /><br />El personaje de las dos cabezas no se me ha mostrado, a pesar de todas mis evocaciones. No he visto el carb&uacute;nculo. As&iacute; debe ser. A quien el diablo no vuelve la cabeza violentamente hacia atr&aacute;s, se dirigir&aacute; irresistiblemente hacia la tierra de los muertos y no ver&aacute; nunca levantarse la luz. &iquest;Pero a qui&eacute;n de entre nosotros, los de la sangre de John Dee, el Baphomet ha hablado? John Roger<br /><br />Este nombre, &laquo;Baphomet&raquo;, me dio como un martillazo. Por el amor de Dios, &iexcl;el Baphomet! &iexcl;S&iacute;, es el nombre que no quer&iacute;a venirme a la memoria! &iexcl;Es el Coronado de doble rostro, el dios del sue&ntilde;o hereditario de mi abuelo! Son las s&iacute;labas que me murmuraba en la oreja, desprendi&eacute;ndolas al ritmo de un aliento como si quisiera hund&iacute;rmelas en el alma mientras que, cual peque&ntilde;o caballero, cabalgaba de arriba a abajo y de abajo a arriba sobre su falda.<br /><br />&iquest;Baphomet? &iquest;Baphomet?<br /><br />&iquest;Pero, qu&eacute; es el Baphomet?<br /><br />Es el s&iacute;mbolo herm&eacute;tico de la antigua Orden secreta de los Caballeros del Temple; lo singular por excelencia, m&aacute;s pr&oacute;ximo para el Templario que todo lo que le es pr&oacute;ximo y permaneciendo por esta misma raz&oacute;n, un dios desconocido.<br /><br />&iquest;Los barones de Gladhill fueron Templarios? Me hac&iacute;a la pregunta. Era posible, al menos para uno u otro, &iquest;qui&eacute;n sabe? Lo que dicen los manuales y los rumores p&uacute;blicos es abstruso: Baphomet ser&iacute;a el &laquo;bajo demiurgo&raquo;, &iexcl;sutileza de la degenerada jerarqu&iacute;a gn&oacute;stica! &iquest;Pero por qu&eacute; dos rostros? &iquest;Y por qu&eacute;. adem&aacute;s, soy yo quien desarrolla en sue&ntilde;os estos dos rostros? Un hecho, entre los dem&aacute;s, es cierto: yo, &uacute;ltimo reto&ntilde;o de esta familia inglesa de los Dee de Galdhill, me encuentro &laquo;en el fin de los D&iacute;as de la Sangre&raquo;. Y siento confusamente que estar&iacute;a presto a obedecer si el Baphomet se dignase a hablar&hellip;<br /><br />En ese instante Lipotine interrumpi&oacute; mis especulaciones. Me tra&iacute;a noticias de Stroganof. Mientras tranquilamente se liaba un cigarrillo me contaba que las hem&oacute;lisis agotaba al bar&oacute;n y que quiz&aacute; un m&eacute;dico no ser&iacute;a in&uacute;til, aunque s&oacute;lo fuera para dulcificar su fin. <br /><br />&mdash;Pero&hellip; &mdash;Lipotine hizo, con un despreocupado encogimiento de hombros, el gesto de contar dinero.<br /><br />Comprend&iacute;, iba a abrir un caj&oacute;n del escritorio en el cual guardo lo m&iacute;o.<br /><br />Lipotine puso su mano sobre mi brazo, levant&oacute; sus espesas cejas con una expresi&oacute;n indefinible, como si quisiera decir: &laquo;Sobre todo no me d&eacute; caridad&raquo;, y mordisque&oacute; su cigarrillo:<br /><br />&mdash;Espere, estimado se&ntilde;or. &mdash;Sac&oacute; de su gab&aacute;n una peque&ntilde;a caja atada con bramante y me la tendi&oacute;<br /><br />refunfu&ntilde;ando:<br /><br />&mdash;El &uacute;ltimo bien de Michel Arangelovitch. Os pide que teng&aacute;is la bondad de aceptarlo. Os pertenece.<br /><br />Tom&eacute; el objeto dudando. Era una peque&ntilde;a arca de plata maciza muy simple, provista de un sistema de cerraduras secretas a la vez que decorativas y eficaces. A juzgar por los montantes y las cerraduras, era un modelo ejecutado por un orfebre de Toula de la &eacute;poca remota. Una pieza con un trabajo interesante. Di a Lipotine una suma que cre&iacute;a correspond&iacute;a a su valor. Arrug&oacute; negligentemente los billetes y los meti&oacute; sin contarlos en el bolsillo de su chaleco.<br /><br />&mdash;Michel Arangelovitch podr&aacute; morir decentemente&mdash;. El asunto qued&oacute; arreglado sin otro comentario.<br /><br />Poco despu&eacute;s me dej&oacute;.<br /><br />Poseo ahora un cofre de plata maciza cerrado que no puedo abrir. Lo he intentado durante horas sin resultado. Har&iacute;a falta una sierra o al menos unos se&ntilde;ores alicates para triunfar sobre estos montantes, y para estropear el bello cofre. Dej&eacute;moslo tal como est&aacute;.<br /><br />* * *<br /><br />D&oacute;cil a la orden recibida en el sue&ntilde;o, he tomado luego el primer fasc&iacute;culo que me ha venido a la mano y empiezo a resumir el manuscrito de la historia de John Dee, mi antepasado. Redacto en el orden exacto que las diversas hojas me vienen a la mano.<br /><br />El Baphomet debe saber lo que resultar&aacute;. Pero siento una gran curiosidad por ver c&oacute;mo se desarrollar&aacute;n los sucesos de una vida y especialmente por encontrar de nuevo los caminos de un destino, de una existencia acabada desde hace muchos, muchos a&ntilde;os (si la voluntad personal no interviene y si la inteligencia no intenta &laquo;corregir la fortuna&raquo;). La primera toma de la mano &laquo;obediente&raquo; ya habr&iacute;a de haberme vuelto desconfiado. He de comenzar por la copia de una carta de un informe, el contenido del cual, a primera vista, no tiene nada que ver con John Dee y su historia. Se refiere a una tropa de Ravenheads (&laquo;cabezas de cuervos&raquo;) que parecen desempe&ntilde;ar un cierto papel en las disensiones religiosas de 1549 en Inglaterra. He aqu&iacute; el contenido literal del<br /><br />escrito:<br /><br />Informe del agente secreto, marca )+( a S.S.* el obispo Bonner, su superior en Londres.<br /><br />*. Su Se&ntilde;or&iacute;a. (N. del T.)<br /><br />El a&ntilde;o de Gracia de 1550.<br /><br />Vuestra Se&ntilde;or&iacute;a sabe qu&eacute; dif&iacute;cil es desenmascarar, tal como me lo ha ordenado, total o parcialmente, las herej&iacute;as demon&iacute;acas y la apostas&iacute;a galesa de un alto personaje tan sospechoso como el llamado John Dee. Ella tambi&eacute;n sabe que Su Se&ntilde;or&iacute;a el gobernador se expone cada d&iacute;a m&aacute;s a estas ignominiosas suposiciones, desgraciadamente muy bien fundadas. A pesar de todo me atrevo a enviar mediante un hombre seguro a Vuestra Se&ntilde;or&iacute;a este informe secreto redactado en la agencia que yo asumo, a fin que Ella mida mi celo en satisfacer sus deseos y en agrandar as&iacute; mis m&eacute;ritos para el cielo. Vuestra Se&ntilde;or&iacute;a me ha amenazado con Su c&oacute;lera, con el banco y la tortura, si no consegu&iacute;a prender en mis redes el o los instigadores de las recientes impudencias del populacho contra nuestra santa religi&oacute;n. Le ruego encarecidamente desv&iacute;e todav&iacute;a un poco Sus rayos de su pobre pero abnegado servidor, al considerar los hechos que hoy le mando, los cuales evidencian la culpabilidad de dos malvados.<br /><br />Vuestra Se&ntilde;or&iacute;a conoce muy bien la escandalosa actitud de S.S. el protector actual; tambi&eacute;n sabe c&oacute;mo, por la negligencia &mdash;por no decir m&aacute;s&mdash; de este &uacute;ltimo, la hidra venenosa de la insubordinaci&oacute;n, de la rebeli&oacute;n, de la profanaci&oacute;n de los santos sacramentos, de las iglesias y de los claustros, puede, de manera alarmante, levantar cabeza una vez m&aacute;s en Inglaterra. As&iacute; pues, a fines de Diciembre del A&ntilde;o de Gracia 1549 bandas enteras de chusma sediciosa han aparecido en el Pa&iacute;s de Gales, como si naciesen del suelo. Se trata de bateleros desterrados, vagabundos ,y ya se les suman algunos campesinos y artesanos fren&eacute;ticos. Una banda constituida al azar, sin disciplina y sin objetivo, que se ha hecho componer un pend&oacute;n en el cual figura, pintado en negro, una espantosa cabeza de cuervo, an&aacute;logo al s&iacute;mbolo secreto de los alquimistas. Es por ello por lo que se llaman a s&iacute; mismos Ravenheads.<br /><br />Delante hay un feroz camorrista, de oficio maestro carnicero en Welshpool y llamado Bartlett Green. Se comporta como capit&aacute;n y jefe de la banda, defiende espantosos prop&oacute;sitos contra Dios y el Salvador, pero especialmente profiere horribles blasfemias contra la Sant&iacute;sima Virgen Mar&iacute;a, diciendo que nuestra santa reinade los Cielos no es m&aacute;s que un doble y una copia de la Gran Diosa, o mejor del &iacute;dolo e insigne demonio que &eacute;l llama &laquo;Isa&iacute;s la Negra&raquo;.<br /><br />Si este Bartlett Green no posee naturalmente el descaro y el coraje que manifiesta en p&uacute;blico, no se puede negar que su condenado &iacute;dolo e hija del infierno, Isa&iacute;s, no le haya dotado; &eacute;l habr&iacute;a recibido como regalo un zapato de plata que lo conduce, donde quiere, a la victoria y al triunfo. Hay que lamentar por Dios que el hombre y su banda parecen gozar en todas partes de una protecci&oacute;n tan evidente de Beelzebuth y de sus secuaces que hasta ahora ni mosquetes, ni veneno, ni emboscada, ni refriega han conseguido causarle el menor ara&ntilde;azo.<br /><br />Falta mencionar un segundo punto, aunque no quiera tenerlo todav&iacute;a por cierto. Los golpes, las razias, los tratos con los se&ntilde;ores malintencionados de la provincia, as&iacute; como las salidas de la banda de los Ravenheads no ser&iacute;an dirigidos por el siniestro y repelente Bartlett. sino por un se&ntilde;or oculto que dispone de toda suerte de medios eficaces, dinero, cartas y consejos secretos, para acelerar los asuntos como un verdadero vicario de Sat&aacute;n.<br /><br />Quiz&aacute; habr&iacute;a de buscarse este mentor entre la gente de cualidad, entre los grandes personajes del reino. <br /><br />&iexcl;Sucede justamente que el susodicho John Dee es de &eacute;sos!<br /><br />Estos &uacute;ltimos d&iacute;as, a fin de atraer al pueblo de Gales al lado del diablo, se ha atacado al m&aacute;s santo de los lugares de gracia y de milagro, la tumba del santo obispo de Dunstan de Brederock. La han devastado hasta sus cimientos, saqueado, han dispersado indignamente las santas reliquias a los vientos, en una palabra, una abominable cat&aacute;strofe a se&ntilde;alar. Esto es debido a que el pueblo cre&iacute;a a pies juntillas en la inviolabilidad de la tumba de San Dunstan. Seg&uacute;n la tradici&oacute;n, la c&oacute;lera y el rayo celeste deb&iacute;an pulverizar a cualquiera que osase acercarse con mano sacr&iacute;lega. Es f&aacute;cil imaginar con que sarcasmos y burlas este Bartlett ha ridiculizado el lugar santo y aliado a su causa un buen n&uacute;mero de insensatos.<br /><br />A&uacute;n otra noticia que en estos mismos instantes llega a mis o&iacute;dos: un n&oacute;mada moscovita, un raro c&oacute;mplice, conocido un poco en todas partes por diversos alborotos y rumores, despu&eacute;s de haberse encontrado con Bartlett Green en secreto, ha tenido con &eacute;l varias entrevistas que no inspiran confianza.<br /><br />No se le llama de otro modo que Mascee, alg&uacute;n apodo del que ignoro el sentido. Se le intitula: &laquo;Maestro del Zar de Rusia&raquo;. Es un hombre seco y gris que ha superado en mucho la cincuentena, de un acusado tipo t&aacute;rtaro. En el pa&iacute;s ha debido hacerse pasar por comerciante dedicado al tr&aacute;fico de todo tipo de curiosidades y objetos raros rusos y chinos, hasta el presente d&iacute;a de hoy se ha dedicado a este comercio. Un buen p&aacute;jaro sospechoso que nadie sabe de donde sale.<br /><br />Desgraciadamente, hasta ahora no ha sido posible apoderarse del dicho maestro Mascee, visto que llega y se evapora como el humo.<br /><br />Un detalle, todav&iacute;a, que podr&iacute;a permitirnos cogerlo en el m&aacute;s breve espacio de tiempo: ni&ntilde;os de Brederock habr&iacute;an visto, poco despu&eacute;s del drama, a este Moscovita irse hacia la cripta profanada de San Dunstan, introducirse entre las losas rotas, y salir con dos bolas ya limpias, una blanca y una roja, de un volumen an&aacute;logo al de las pelotas de juego normales y que parec&iacute;an torneadas en un marfil reluciente y precioso. <br /><br />Entonces las habr&iacute;a contemplado con alborozo, antes de meterlas en su bolsillo y de abandonar el lugar a toda prisa. Adem&aacute;s de esto tengo buenas razones para creer que el maestro habr&aacute; querido tomar &eacute;l mismo las bolas a causa de su rareza y que bajo las apariencias de comerciante de tales curiosidades, intentar&aacute; llevarlas r&aacute;pidamente a su hombre. En consecuencia, he hecho proceder a una encuesta apremiante en lo que hace a dichas bolas, a pesar que no puedo suministrar ning&uacute;n dato sobre el ladr&oacute;n.<br /><br />Me queda un &uacute;ltimo escr&uacute;pulo, y no quisiera disimularlo a Vuestra Se&ntilde;or&iacute;a, que Dios me ha designado por confesor. Hace poco tiempo me ha ca&iacute;do entre las manos una correspondencia de mi superior oficial, S.S. el Gobernador. He visto en ello un signo del cielo, y secretamente la he confiscado. He encontrado en este dosier el informe de un cierto doctor, actual preceptor de Su Gracia lady Elizabeth, princesa de Inglaterra, el contenido del cual es al menos singular. Adjunto en el presente informe, en su forma original, un trozo de pergamino que creo haber sustra&iacute;do del conjunto sin levantar ninguna sospecha. He aqu&iacute; lo que el preceptor manda a S.S. el Se&ntilde;or Gobernador:<br /><br />Hasta el momento de cumplir sus catorce a&ntilde;os todo ha sido lo mejor para lady Elizabeth. Luego, de manera sorprendente, la princesa ha abandonado los h&aacute;bitos que eran antes los suyos para volverse hacia ocupaciones peculiares en una mujer. En particular, boxear, trepar, pellizcar o divertirse con sus sirvientas o compa&ntilde;eras de juego, torturar, cortar vivos ratoncillos y ranas, ya no puede decirse que la princesa se ocupa de la plegaria y se aplica en el estudio de las santas Escrituras, se dir&iacute;a que el diablo y su s&eacute;quito la incitan.<br /><br />Adem&aacute;s lady Ellionor, la hija de lord Huntington, de diecis&eacute;is a&ntilde;os, se queja de tener en el pecho manchas verdes y azules, mientras la princesa desplega ardor en el juego. En la pasada Santa Gertrudis, lady Elizabeth de Inglaterra decidi&oacute; una salida con sus compa&ntilde;eras por las landas de Uxbridge y esta tropa desordenada, sin ninguna protecci&oacute;n, galop&oacute; hasta m&aacute;s all&aacute; de la landa &mdash;como si fuera una brigada infernal&mdash; sin orden ni concierto. &iexcl;Hasta se las ha comparado con las condenadas Amazonas paganas!<br /><br />Lady Ellionor, ya mencionada, inform&oacute; el otro d&iacute;a que lady Elizabeth hab&iacute;a visitado en el bosque de Uxbridge a una vieja bruja y hab&iacute;a ordenado a esa vieja ramera, con una arrogancia bien principesca, informarle sobre su destino, como ya lo hizo anteriormente su noble abuela la reina Macbeth.<br /><br />Lady Elizabeth, princesa de Inglaterra, obtuvo de la bruja no s&oacute;lo todo tipo de sentencias, murmullos y profec&iacute;as, sino tambi&eacute;n un desagradable brebaje, que har&iacute;a pensar en un diab&oacute;lico filtro de amor y que se habr&aacute; bebido. La bruja ha escrito sus or&aacute;culos en un pergamino; adjunto este corpus delicti, del que no puedo decir nada, sino que est&aacute; escrito por la bruja, pues soy incapaz de comprender una sola palabra, a mis ojos es un maldito galimat&iacute;as. Adjunto igualmente la ficha concerniente al pergamino.<br /><br />Quiera Vuestra Gracia Episcopal tomar buena nota de las observaciones de su siempre solicito a servirlo y perseverante.<br /><br />Firmado: )+(&nbsp; Agente secreto.<br /><br />El fragmento de pergamino que el agente secreto adjuntaba en 1550 en su carta a Bonner, impertinentemente apodado el &laquo;Obispo Sangriento&raquo;, est&aacute; redactado en los t&eacute;rminos que a continuaci&oacute;n se leer&aacute;; mi primo John Roger ha a&ntilde;adido un comentario como si se tratase, seg&uacute;n todo parece, de una profec&iacute;a de la bruja de Uxbridge a la princesa Elizabeth, m&aacute;s tarde reina de Inglaterra:<br /><br />Fragmento de pergamino.<br /><br />He hostigado a Gaea la Madre Negra.<br /><br />He descendido en la hendidura m&aacute;s de setenta veces siete pelda&ntilde;os.<br /><br />&laquo;&iexcl;Animo, reina Elizabeth!&raquo; ha dicho la Madre.<br /><br />&laquo;&iexcl;Has bebido tu salvaci&oacute;n!&raquo; o&iacute; gritar a la guardiana.<br /><br />&Eacute;l separa, &eacute;l une de nuevo, mi brebaje;<br /><br />&Eacute;l separa la mujer del hombre.<br /><br />El interior est&aacute; sano, el exterior todav&iacute;a est&aacute; enfermo.<br /><br />El todo subsiste mientras que la mitad perece.<br /><br />&iexcl;Yo protejo &mdash;y yo dispongo&mdash; y yo hechizo!<br /><br />Al lecho nupcial te conduzco el novio.<br /><br />&iexcl;Sed Uno en la noche! Sed Uno en el d&iacute;a que vendr&aacute;.<br /><br />&iexcl;Basta de distinguir por ilusiones el yo y el t&uacute;!<br /><br />Basta de separar, uno aqu&iacute;, otro all&aacute;, los que trepan la cuesta real.<br /><br />En fin, el sacramento de mi elixir, hecho de Dos Uno, quien ve en la noche delante y detr&aacute;s, que nunca duerme, que vela para la eternidad y los Eones para &eacute;l son como los que velan un d&iacute;a.<br /><br />&iexcl;No temas! &iexcl;&Aacute;nimo, Elizabeth!<br /><br />&iexcl;El cristal negro ha salido de su ganga! Est&aacute; prometido.<br /><br />Que restablecer&aacute; la corona de los &Aacute;ngulos, aquella &mdash;&iexcl;Mira!&mdash;<br /><br />Que se rompi&oacute; en los or&iacute;genes &mdash;y despu&eacute;s permaneci&oacute; rota.<br /><br />Una mitad para ti, otra para el de la espada de plata que se recrea en la colina verde.<br /><br />El horno del fundidor espera, tambi&eacute;n el crisol nupcial,<br /><br />&iexcl;Que el oro unido al oro<br /><br />Restaure la ancestral obra maestra y la vieja corona!<br /><br />Al fragmento de pergamino de la bruja se ha a&ntilde;adido el siguiente post-scriptum del agente secreto )+(.<br /><br />Notifica sucintamente que el conductor de los Ravenheads del que se hac&iacute;a alusi&oacute;n en la carta al obispo Bonner, &laquo;Bastlett Green&raquo;, ha sido hecho preso y encarcelado. Helo aqu&iacute;:<br /><br />Post-scriptum: Lunes despu&eacute;s de la resurrecci&oacute;n de Nuestro Se&ntilde;or.<br /><br />La gentuza de Bartlett Green ha sido masacrada; a &eacute;l se le ha capturado sin la menor herida, cosa que parece incre&iacute;ble si tenemos en cuenta los terribles golpes que ha recibido. Este granuja, este salteador de caminos, este hereje se encuentra ahora cargado de buenas cadenas de seguridad, vigilado noche y d&iacute;a, de manera que ninguno de sus demonios ni incluso su Isa&iacute;s la Negra, pueda sacarlo de all&iacute;. Adem&aacute;s el exorcismo de Sat&aacute;n ha sido pronunciado en sus dos palmas, por tres veces, reforz&aacute;ndolos con signos de la cruz y de agua bendita, para asegurar su salvaci&oacute;n&hellip;<br /><br />El autor de esta carta pone en Dios la esperanza de que la profec&iacute;a de San Dunstan se confirmar&aacute; plenamente y que perseguir&aacute;, atormentar&aacute; y castigar&aacute; a los profanadores y los instigadores de la profanaci&oacute;n <br />&mdash;John Dee, quiz&aacute;&mdash; hasta que la muerte fatal les llegue. Am&eacute;n.<br />Firmado: )+(Agente secreto.<br /><br />El legajo, que mi ciega mano tom&oacute; despu&eacute;s de la herencia de mi primo John Roger, contiene &mdash;descubro inmediatamente&mdash; un diario &iacute;ntimo de nuestro antepasado sir John Dee. Trae, es evidente, la conclusi&oacute;n de la carta del agente secreto y las fechas son casi las mismas. El cuaderno anuncia:<br /><br />Fragmentos del diario de John Dee de Gladhill, a partir del d&iacute;a en el que se festej&oacute; su nominaci&oacute;n de Maestro.<br /><br />En la fiesta de San Antonio, 1549.<br /><br />Una nominaci&oacute;n de Maestro debe comportar una enorme fiesta ante el Se&ntilde;or. &iexcl;Bien! Veremos iluminarse los rostros de los mejores esp&iacute;ritus de Inglaterra. &iexcl;Pero yo quiero mostrarles bien pronto quien es el maestro entre ellos!<br /><br />&iexcl;Oh! &iexcl;Maldito d&iacute;a! &iexcl;Maldita noche! &mdash;No. me enga&ntilde;o: &iexcl;Oh! &iexcl;Noche de bendici&oacute;n! &mdash;Mi pluma chirria de manera lastimera, porque, por as&iacute; decirlo, mi mano todav&iacute;a est&aacute; ebria, &iexcl;s&iacute;, ebria!&mdash; Pero &iquest;mi esp&iacute;ritu? &iexcl;Claro y di&aacute;fano! Y una vez m&aacute;s: &iexcl;a la cama, cerdo! &iexcl;No desciendas por debajo de ti mismo!&mdash; Un hecho es m&aacute;s resplandeciente que el sol: yo soy el maestro del futuro. Veo en una continuaci&oacute;n sin fin &iexcl;reyes! &iexcl;Reyes sentados en el trono de Engelland!<br /><br />Mi cabeza se torna l&uacute;cida. Pero tengo el sentimiento de que va a estallar, mientras pienso en la noche &uacute;ltima y de lo que me ha colmado. Conviene reflexionar y proceder con un informe exacto. De casa de Guilford Talbot donde tuvo lugar la fiesta, un sirviente me ha conducido a mi casa. Dios sabe c&oacute;mo. Al menos no ser&iacute;a la m&aacute;s aspaventada cocci&oacute;n que se haya tomado desde la fundaci&oacute;n de Inglaterra, yo&hellip; Bien. <br /><br />Baste decir que estaba tan borracho, que No&eacute; en su vida no pudo estarlo m&aacute;s. La noche era tibia y lluviosa, lo que, para empezar, favorec&iacute;a la acci&oacute;n del vino. He debido caerme cada cuatro pasos como lo atestiguan mis manchadas vestiduras.<br /><br />Cuando me encontr&eacute; en mi dormitorio, envi&eacute; el sirviente al diablo, diciendo que no quer&iacute;a ser tratado como un ni&ntilde;o en el momento en que deb&iacute;a combatir los demonios del vino y despojarme de mis vestiduras para acostarme, al igual que anteriormente hizo el viejo No&eacute;.<br /><br />En una palabra, intent&eacute; desnudarme solo. Lo consegu&iacute; y me abalanc&eacute; ferozmente sobre el espejo. Entonces vi gesticular ante m&iacute; el m&aacute;s miserable, el m&aacute;s lastimoso, el m&aacute;s abyecto de los rostros: un brib&oacute;n de alta pero huidiza frente, sobre la que, adem&aacute;s, ca&iacute;an algunos raros mechones morenos, como para subrayar la irrupci&oacute;n de los m&aacute;s bajos instintos fuera de un cerebro degenerado. Los ojos azules peque&ntilde;os, insolentes, que en lugar de expresar dignidad, transpiraban los vapores del vino. Una boca larga, abierta, como la de un sucio chivo, donde hubi&eacute;rase debido esperar los finos labios, moldeados por el mando, de un descendiente de Roderick; un grueso cuello, hombros ca&iacute;dos, en una palabra &iexcl;una buena caricatura, una abominaci&oacute;n de Dee,<br />de Gladhill!<br /><br />Una rabia fr&iacute;a me embarg&oacute;; me enderec&eacute; bien recto y aull&eacute; contra el individuo del cristal:<br /><br />&mdash;&iexcl;Cerdo! &iquest;Qui&eacute;n eres? Cachivache embadurnado de arriba a abajo por el barro de los caminos, &iquest;no tienes verg&uuml;enza de ofrecerte a mis ojos? No has o&iacute;do el precepto: &laquo;&iexcl;Qu&eacute; sean dioses!&raquo; M&iacute;rame: &iquest;tienes el m&aacute;s m&iacute;nimo parecido conmigo, el descendiente de Ho&euml;l Dhat? &iexcl;No, especie de fantasma nocturno, malogrado, encorvado y sucio de un joven noble! &iexcl;Especie de espantajo de gorri&oacute;n desinchado, alias magister liberarum artium*! &iexcl;Ya no podr&aacute;s burlarte de mi figura por mucho m&aacute;s tiempo! &iexcl;Vas a caer ante m&iacute; en mil pedazos al mismo tiempo que este espejo!<br /><br />*. En lat&iacute;n en el texto: maestro en artes liberales. (N. del T.).<br /><br />Y levant&eacute; el brazo para golpear. Tambi&eacute;n &eacute;l lo levant&oacute;, con un aire compasivo, al menos as&iacute; me lo pareci&oacute; a trav&eacute;s de los vapores de la embriaguez.<br /><br />Una repentina y profunda piedad hacia mi compa&ntilde;ero del espejo me embarg&oacute;, y continu&eacute;:<br /><br />&mdash;John, si todav&iacute;a as&iacute; mereces ser llamado, &iexcl;puerco! &iexcl;John, te conjuro por el Hoyo de San Patricio, vuelve en ti! &iexcl;Debes reformarte, debes renacer en esp&iacute;ritu si has de conservar mi amistad! &iexcl;Lev&aacute;ntate, condenado bergante&hellip;!<br /><br />Y al instante la imagen del espejo tuvo un movimiento de orgullo, el cual, es cierto, consider&aacute;ndolo a sangre fr&iacute;a, ven&iacute;a de m&iacute;; pero en mi estado de embriaguez, tom&eacute; el pulso repentino del personaje por una decisi&oacute;n de mejorarse y prosegu&iacute; colmado de emoci&oacute;n:<br /><br />&mdash;Al menos v&eacute;s, miserable hermano, que no puedes continuar as&iacute;. Y me alegro, querido, de verte aspirar al renacimiento en esp&iacute;ritu; en efecto&hellip;<br /><br />Y las l&aacute;grimas de la piedad m&aacute;s profunda surgieron de mis ojos. <br /><br />&mdash;En efecto, &iquest;qu&eacute; otra cosa pod&iacute;a esperarse de ti?<br /><br />Mi interlocutor del espejo tambi&eacute;n derramaba abundantes l&aacute;grimas, lo que en mi inconcebible locura, afianz&oacute; en m&iacute; la idea de que hab&iacute;a pronunciado palabras fabulosamente importantes, y exhortaba as&iacute; a mi pecador arrepentido:<br /><br />&mdash;Es un favor del cielo hacia ti, mi hermano ca&iacute;do, me hayas mostrado hoy tu miseria, cara a cara.<br /><br />Despi&eacute;rtate al fin y haz todo lo que puedas, pues yo te digo, sin considerar tu futuro, yo&hellip; &mdash;Un enorme hipo, seguido de n&aacute;useas, debido al vino del que estaba lleno hasta el cogote, me priv&oacute; del uso de la voz. Entonces &mdash;&iexcl;oh glacial escalofr&iacute;o!&mdash; me lleg&oacute; la voz de mi interlocutor, dulce y regular, pero como transmitida a trav&eacute;s de un largo tubo:<br /><br />&mdash;No tendr&eacute; reposo ni descanso hasta que no haya conquistado las costas de Groenlandia detr&aacute;s de las cuales luce la luz boreal, hasta que no haya puesto el pie en Groenlandia y sometido Groenlandia bajo mi poder. A quien le es dado Groenlandia en feudo, a &eacute;ste le pertenece el imperio de m&aacute;s all&aacute; del oc&eacute;ano y la corona de Engelland.<br /><br />Luego la voz se call&oacute;.<br /><br />C&oacute;mo he llegado a mi cama, con tal borrachera, no lo s&eacute;. Era presa de vertiginosos pensamientos que no pod&iacute;a impedir y que me cruzaban casi sin tocarme.<br /><br />Me sumerg&iacute;an y sin embargo los controlaba.<br /><br />Del cristal del espejo sal&iacute;a un rayo, como si constituyese el hogar de todos esos torbellinos de pensamientos, &iexcl;estrellas fugaces! Este rayo me toc&oacute; y toc&oacute; detr&aacute;s de m&iacute;, en la trayectoria de lo que vendr&aacute;, todos mis descendientes. &iexcl;Una causa era echada al mundo por los siglos! Con una mano titubeante, anotaba algunas palabras en mi diario. Luego, en el curso de mi sue&ntilde;o, fui admitido a contemplar el largo linaje de reyes salidos de mi sangre y misteriosamente enterrados en m&iacute;.<br /><br />Hoy s&eacute; cu&aacute;ndo ser&eacute; rey de Inglaterra, y &iquest;qu&eacute; obst&aacute;culo me impedir&aacute; realizar esta sorprendente apoteosis sobrenatural y sin embargo prometida a mi esp&iacute;ritu? &iexcl;Cuando sea rey de Inglaterra, mis hijos, mis nietos, los hijos de mis nietos se sentar&aacute;n en el trono que yo habr&eacute; conquistado! &iexcl;Bien! &iexcl;He aqu&iacute; mi salvaci&oacute;n! &iexcl;Por el estandarte de San Jorge! &iexcl;Tambi&eacute;n yo veo el camino, yo, John Dee!<br /><br />En la fiesta de San Pablo, 1549<br /><br />He reflexionado largamente en las v&iacute;as de acceso a la corona.<br /><br />Grey, Boleyn son nombres de mi &aacute;rbol geneal&oacute;gico. Soy de sangre real. Eduardo, el rey, est&aacute; enfermo. Bien pronto terminar&aacute; de escupir sus pulmones. El trono es herencia compartida de dos mujeres. &iexcl;El dedo de Dios! &iquest;Mar&iacute;a? Entre las manos de los papistas. Estoy a matar con los curas, &iexcl;desde siempre! Pero sobre todo, Mar&iacute;a tiene en su pecho el mismo gusano envenenado que su hermano Eduardo. Tose. &iexcl;Puaj! Que se vaya al diablo. Tiene las manos fr&iacute;as y h&uacute;medas.<br /><br />As&iacute; pues, asunto concluido con Dios y el destino: &iexcl;Elizabeth! Su estrella sube, a pesar de las trampas tendidas por el Anticristo.<br /><br />&iquest;Qu&eacute; ha sucedido hasta ahora? Nos hemos conocido. Dos encuentros en Richmond. Uno en Londres. En Richmond. para cogerle un nen&uacute;far he echado a perder mis zapatos y mis medias en la ci&eacute;naga. <br /><br />En Londres, a pesar de todo, he atrapado una cinta de su cintura, me lo ha agradecido con una bofetada en pleno rostro. Suficiente para un primer contacto, pens&eacute; yo.<br /><br />He despachado a Richmond mensajeros seguros. Hay que encontrar una ocasi&oacute;n.<br /><br />Buenas noticias referentes a las ideas y disposiciones de lady Elizabeth. Se ha cansado de los maestros y busca la aventura. &iexcl;Si tan s&oacute;lo supiera d&oacute;nde encontrar a Mascee el Moscovita!<br /><br />Hoy me llega de Holanda un mapa de Groenlandia dibujado por mi amigo y maestro en cartograf&iacute;a: <br /><br />Georges M&eacute;rcalo.<br /><br />En la fiesta de Santa Dorotea.<br /><br />De repente hoy, Mascee, aparece en el umbral de mi puerta. Me ha preguntado si necesitaba algo. Tiene unas nuevas curiosas piezas de Asia. No poco ha dejado de sorprenderme su visita pues bien recientemente he intentado informarme de &eacute;l sin ning&uacute;n resultado. Tambi&eacute;n me ha jurado que nadie le hab&iacute;a visto llegar. Su presencia en mi casa, en las circunstancias actuales, no es ning&uacute;n chiste. Puede costarme la cabeza. El obispo Bonner tiene ojos en todas partes.<br /><br />Me ha mostrado dos bolas de marfil, una roja y otra blanca constituidas por dos hemisferios atornillados uno a otro. No hay nada particular en el interior. Se las he comprado tanto por impaciencia como para ponerlo de buen humor. Me ha prometido hacer todo lo que le sea posible. Le he pedido un poderoso filtro m&aacute;gico que otorgue amor y felicidad al que abastezca la carga encantadora. Me ha dicho que &eacute;l no pod&iacute;a prepararlo pero que pod&iacute;a consegu&iacute;rmelo. Ello me es indiferente. La v&iacute;a m&aacute;s corta. R&aacute;pido a la meta. En cuanto a las bolas de marfil, me he puesto a zurrarlas por una especie de capricho. De pronto, es absurdo, me han dado miedo y las he tirado por la ventana.<br /><br />Mascee el maestro del &laquo;Zar&raquo; me ha pedido para la confecci&oacute;n del filtro cabellos, sangre, saliva, y&hellip; &iexcl;Puaj! Ahora ya tiene lo que necesita. Asqueroso, &iexcl;pero si s&oacute;lo eso pod&iacute;a llevarme a la meta! <br /><br />En la fiesta de Santa Gertrudis, 1549<br /><br />Hoy me sucede que de ning&uacute;n modo puedo apartarme de singulares pensamientos amorosos por lady Elizabeth. Esto es lo que hay de nuevo. En verdad, hasta el presente era totalmente indiferente a mi coraz&oacute;n. Ahora debo conformarme en la profec&iacute;a del espejo. Ciertamente, no hab&iacute;a ning&uacute;n enga&ntilde;o en el interior. El fuego inaudito encendido por el suceso me devora el alma, tan alegre como su ma&ntilde;ana. <br /><br />Pero hoy todos mis pensamientos dan vueltas. Por San Jorge, escrib&iacute;a abajo de esta p&aacute;gina: &iexcl;&hellip;por mi prometida! &iexcl;&iexcl;&iexcl;Elizabeth!!!<br /><br />&iquest;Qu&eacute; sabe ella de m&iacute;? Casi nada. Eventualmente que me moj&eacute; los pies pescando los nen&uacute;fares, quiz&aacute; que poseo una bofetada de su mano.<br /><br />Nada m&aacute;s.<br /><br />&iquest;Y qu&eacute; s&eacute; yo de lady Elizabeth?<br /><br />Es una ni&ntilde;a extra&ntilde;a. Dura y tierna a la vez. Directa y franca, pero cerrada como un libro viejo. Sue&ntilde;o con su libertad de modales, con sus camareras y sus compa&ntilde;eras. Tengo un poco la impresi&oacute;n de encontrarme delante de un tunante vestido de muchacha que har&iacute;a falta corregir.<br /><br />Pero la osad&iacute;a y el poder de su mirada me placen. Si no me equivoco pisa de buena gana los cuernos de ciertos miembros eclesi&aacute;sticos y no manifiesta gran respeto a nadie.<br /><br />Pero es capaz, cuando quiere, de mendigar como una gata. &iquest;Me habr&iacute;a, si no, enlodado en la marisma?<br /><br />Y la bofetada no ten&iacute;a nada de benigna, sino la acariciadora dulzura de una pata de gato con todas sus u&ntilde;as extendidas.<br /><br />In sumir&iacute;a*, como dice la l&oacute;gica, &iexcl;es real!<br /><br />*. En lat&iacute;n en el texto: en resumen. (N. del T.)<br /><br />No, no es una vil pieza la que acecho, y hoy este pensamiento me mantiene animado.<br /><br />Mascee ha desaparecido de nuevo.<br /><br />Un hombre de confianza me informa hoy del paseo a caballo de la princesa el d&iacute;a de Santa Gertrudis.<br /><br />D&iacute;a milagroso tambi&eacute;n para m&iacute;. La princesa cabalgaba por el bosque de Uxbridge y el maestro Mascee le ha indicado, pues ella se hab&iacute;a perdido, el camino de la guarida de la madre Brigitte en la landa.<br /><br />&iexcl;Elizabeth ha bebido el filtro del amor! La bendici&oacute;n del cielo est&aacute; con nosotros. Lady Ellionor de Huntington bien dar&iacute;a su salvaci&oacute;n eterna para demoler el matrimonio. &iquest;No intent&oacute;, con su inconveniente arrogancia, hacer caer la copa de la mano de la princesa? Pero fall&oacute; su golpe.<br /><br />Odio esta orgullosa Ellionor de coraz&oacute;n fr&iacute;o.<br /><br />Por encima de todo ardo de deseos de irme a Richmond. Tan pronto est&eacute;n arreglados algunos asuntos, rotos ciertos compromisos, encontrar&eacute; el pretexto.<br /><br />As&iacute; pues, &iexcl;hasta pronto Elizabeth!<br /><br />En la fiesta de los Siete Dolores.<br /><br />Estoy preocupado. Los &uacute;ltimos asuntos de los Ravenheads me desagradan en sumo grado.<br /><br />En la fiesta de San Quirico.<br /><br />No llego a explicarme la endeblez de S.S. el gobernador de Gales. &iquest;Por qu&eacute; no hace nada para proteger, o al<br /><br />menos reemplazar a los Ravenheads?<br /><br />El movimiento evang&eacute;lico toca a su fin. &iquest;El lord protector traiciona a sus partidarios?<br /><br />Quiz&aacute; he sido un imb&eacute;cil. No sirve de nada hacer causa com&uacute;n con la gentuza. Si no arras&aacute;is con un solo golpe, la inmundicia se engancha a vuestra medias.<br /><br />No. No merezco ninguna censura. Las noticias que tengo del campo reformado son seguras. No hay ning&uacute;n medio posible para ellos de recular.<br /><br />El lord protector &mdash;(aqu&iacute; la hoja ha sido desgarrada)&mdash; para la conquista de Groenlandia. &iquest;Para qu&eacute; me encarnizar&eacute; en buscar otra tropa de marinos capaces de todo y de jornaleros despedidos cu&aacute;ndo se imponga esta poderosa expedici&oacute;n al norte de Irlanda?<br /><br />&iexcl;Obedezco a mi estrella! Perderse en cogitaciones in&uacute;tiles no lleva a nada.<br /><br />En la fiesta del Jueves Santo.<br /><br />&iexcl;Esta condenada angustia! Aqu&iacute; las cosas se vuelven d&iacute;a a d&iacute;a m&aacute;s inquietantes. Verdaderamente si un hombre pudiera desprenderse de todo tipo de miedo y de inquietudes secretas que se albergan en su conciencia, creo que estar&iacute;a bien a punto para ser un taumaturgo. Y todav&iacute;a sin noticias del &laquo;maestro del zar&raquo;, ni noticias de Londres.<br /><br />Los &uacute;ltimos donativos a la caja de guerra de Bartlett Green &mdash;&iexcl;ojal&aacute; no hubiera o&iacute;do ese nombre en mi vida!&mdash; han agotado mis recursos y todav&iacute;a m&aacute;s. &iexcl;Sin un apoyo de Londres no podr&eacute; continuar! Hoy conozco la m&aacute;s insolente incursi&oacute;n operada por este Bartlett en un nido de papistas. &iexcl;El diablo puede haberlo modelado y acorazado pero a su gente todav&iacute;a no! &iexcl;Una empresa absurda! Si resulta vencedor, Mar&iacute;a la t&iacute;sica no reinar&aacute;. As&iacute; pues, Elizabeth, &iexcl;vuelo hacia ti!<br /><br />Viernes santo.<br /><br />&iquest;El cerdo de detr&aacute;s del espejo se despertar&aacute;? &iquest;El borracho me mira todav&iacute;a con sus ojos esparrancados?<br /><br />&iquest;De qu&eacute; est&aacute;s ebria, alma vil?<br /><br />&iquest;De borgo&ntilde;a?<br /><br />&iexcl;No, confi&eacute;salo, lastimoso harapo, est&aacute;s ebrio de angustia! &iexcl;Dios m&iacute;o, Dios m&iacute;o! &iexcl;Ten&iacute;a el presentimiento!<br /><br />Es el fin de los Ravenheads. Se les ha cercenado.<br /><br />El gobernador, le escupo en el rostro, le escupo entre los dientes, Su Se&ntilde;or&iacute;a.<br /><br />&iexcl;Rep&oacute;rtate, s&eacute; un hombre! A pesar de todos, los Ravenheads obedecer&aacute;n a mi pu&ntilde;o. Ravenheads, hijos m&iacute;os, &iexcl;hurra! &iexcl;hurra!<br /><br />&iexcl;Adelante, viejo Johnny, adelante!<br /><br />&iexcl;Adelante!<br /><br />D&iacute;a de Pascua 1549.<br /><br /><br />&iquest;Qu&eacute; har&eacute; ahora&hellip;?<br /><br />Esta tarde estaba sentado, a punto de estudiar el mapa de Mercator, cuando la puerta de mi habitaci&oacute;n se abri&oacute; y un desconocido entr&oacute;.<br /><br />Ning&uacute;n signo distintivo, ninguna arma, ning&uacute;n indicio me permit&iacute;a identificarlo. Se dirigi&oacute; a m&iacute; y me dijo:<br /><br />&mdash;John Dee: ha llegado el momento de batirse en retirada. El pa&iacute;s es malsano para ti. Todos tus caminos est&aacute;n cerrados por tus enemigos. Tu meta te ha hecho perder la cabeza. S&oacute;lo te queda abierta una v&iacute;a; pasa el mar.<br /><br />El hombre se fue sin saludar, yo me qued&eacute; sentado, petrificado.<br /><br />Finalmente me levant&eacute;, sal&iacute; al corredor, baj&eacute; la escalera: ning&uacute;n signo de mi tan poco ardiente visitante.<br /><br />Pregunt&eacute; al portero: &laquo;&iquest;Bellaco, a qui&eacute;n has introducido en mi casa en hora semejante?&raquo;<br /><br />El portero me respondi&oacute;:<br /><br />&mdash;&iexcl;Nadie que yo sepa, mi se&ntilde;or!<br /><br />Entr&eacute; de nuevo en la casa sin decir palabra, y permanec&iacute; ah&iacute;, sentado, perdido en mis pensamientos.<br /><br />Lunes despu&eacute;s de la santa fiesta de la Resurrecci&oacute;n de Nuestro Se&ntilde;or.<br /><br />No puedo decidirme a huir. &iquest;Pasar el mar? Esto significa: adi&oacute;s Inglaterra, adi&oacute;s a mis planes, mis esperanzas y desde luego dir&iacute;a &iexcl;adi&oacute;s Elizabeth!<br /><br />La advertencia era buena. S&eacute; que los Ravenheads han tra&iacute;do la desgracia. &iexcl;La profanaci&oacute;n de la tumba de Dunstant ha desencadenado el desastre!, dir&aacute;n los cat&oacute;licos. &iquest;Causar&aacute; mi perdici&oacute;n?<br /><br />&iquest;Y c&oacute;mo ser&iacute;a ello posible? &iexcl;Tengamos coraje! &iexcl;A qui&eacute;n se le ocurrir&aacute; decir que he conspirado con bandidos, yo, el bar&oacute;n John Dee de Gladhill!<br /><br />Lo confieso, fue una imprudencia, una necedad por mi parte. &iexcl;Ya no temas, Johnny! &iexcl;Estoy sentado en mi refugio, cultivo las letras, soy un honorable gentilhombre y un sabio!<br /><br />No me desembarazo de mis dudas. &iquest;Cu&aacute;ntas monedas comporta todav&iacute;a el equipamiento del &aacute;ngel &laquo;Temor&raquo;?<br /><br />&iquest;No valdr&iacute;a m&aacute;s abandonar por un tiempo el pa&iacute;s?<br /><br />&iexcl;Que maldici&oacute;n, estar desprovisto de mis &uacute;ltimos subsidios! Sin embargo, si me dirigiera a Guilford me prestar&iacute;a.<br /><br />&iexcl;De acuerdo! Ma&ntilde;ana por la ma&ntilde;ana&hellip;<br /><br />&iquest;Por el amor de Dios y de todos los santos, qu&eacute; sucede ah&iacute; fuera? &iquest;Qu&eacute; significa ese chisch&aacute;s de armas delante de la puerta? &iquest;No es la voz del capit&aacute;n Perkins que da &oacute;rdenes, el capit&aacute;n Perkins, de la polic&iacute;a del Obispo Sangriento?<br /><br />Aprieto los dientes: me obligo a escribir hasta el &uacute;ltimo minuto. Golpean mi puerta con mazas. La calma vuelve, esta puerta no es tan f&aacute;cil de hundir, y quiero, quiero, debo escribir hasta el fin. <br /><br />Sigue una nota de la mano de mi primo John Roger mencionando que nuestro antepasado Dee fue arrestado por el capit&aacute;n Perkins, tal como se infiere del documento original adjunto, cuyos t&eacute;rminos son:<br /><br />Carta original del capit&aacute;n Perkins de la polic&iacute;a episcopal a Su Se&ntilde;or&iacute;a el obispo Bonner en Londres, relativa a la denuncia y a la entrega a las autoridades de John Dee.<br /><br />Fecha ilegible.<br /><br />Es para informar a Vuestra Se&ntilde;or&iacute;a, que hemos detenido a sir John Dee, buscado por la polic&iacute;a en su casa de Deestone. Lo hemos sorprendido ante un tintero abierto y una pluma de oca h&uacute;meda, inclinado sobre un mapa geogr&aacute;fico. Pero no hemos encontrado ning&uacute;n escrito.<br /><br />El traslado a Londres ha tenido lugar por la noche.<br /><br />He puesto el detenido en la celda interior n.&deg; 37, que es la m&aacute;s s&oacute;lida y la m&aacute;s segura de la Torre. Creo as&iacute; haber prevenido toda posibilidad de contacto entre el prisionero y sus c&oacute;mplices, que son numerosos, influyentes y dif&iacute;ciles de desenmascarar. Pero por si acaso digo que su n&uacute;mero de calabozo es el 73 en lugar del 37, ya que el poder de ciertos amigos del prisionero llega muy lejos. Tampoco se puede confiar absolutamente en el carcelero, visto la codicia de este tipo de gente y la cantidad de dinero que distribuyen los herejes.<br /><br />La connivencia de John Dee con la infame banda de los Ravenheads ya est&aacute; por as&iacute; decirlo establecida y las preguntas en el potro acabar&aacute;n por desvelar bien pronto el resto.<br /><br />El Obediente servidor de V.S. GUY PERKINS, m.p. capit&aacute;n.<br /><br />El Hoyo de San Patricio<br /><br />Mientras terminaba de leer estas &uacute;ltimas palabras en el diario de John Dee, un estridente timbrazo son&oacute; en la puerta de la calle. Abro. Un muchacho me da una carta de parte de Lipotine. No me gusta ser interrumpido en mi trabajo, y puesto de mal humor, falto a una costumbre nacional: &iexcl;olvido la propina! &iquest;C&oacute;mo solucionarlo ahora? Son tan raras las ocasiones en que Lipotine me dirige comunicados a trav&eacute;s de un mensajero y &eacute;ste nunca es el mismo. Lipotine debe tener entre los j&oacute;venes de la ciudad innumerables amigos serviciales.<br /><br />Veamos la nota. Lipotine me escribe:<br /><br />1,&deg; de mayo. San Socius.<br /><br />Michel Arangelovitch os agradece por el m&eacute;dico. Se siente aliviado.<br /><br />A prop&oacute;sito, lo hab&iacute;a olvidado: os pide que orient&eacute;is con la mayor precisi&oacute;n el arca de plata siguiendo el meridiano del lugar, de manera que las l&iacute;neas onduladas que componen el motivo chino cincelado en la tapa le sean paralelas.<br /><br />El por qu&eacute; de esta precauci&oacute;n no sabr&iacute;a dec&iacute;rselo, pues Michel Arangelovitch ha sido presa de un nuevo ataque de hemolisis en el momento en el que me daba esta comisi&oacute;n para usted y ya no he podido interrogarlo m&aacute;s.<br /><br />Parece ser que la vieja arca de plata desea verse situada paralelamente al meridiano y que es en esta posici&oacute;n donde se encuentra mejor. &iexcl;Dadle tanto como pod&aacute;is este placer! Esto puede pareceres un sue&ntilde;o absurdo, excusadle, pero cuando se ha, como yo, pasado toda la vida en intimidad con viejas cosas desusadas, se conoce un poco sus h&aacute;bitos y se adquiere esa habilidad que permite responder a las secretas plegarias de estos objetos hipocondr&iacute;acos y mani&aacute;ticos. Nosotros los rusos somos sensibles a estos matices. <br /><br />&iquest;Pens&aacute;is que ni la Rusia actual ni nuestra antigua Rusia han dado lugar a manifestaciones tan delicadas? Ciertamente, es un hecho notorio: los hombres desprecian los valores del alma y les parece natural maltratarlas. Pero las bellas y viejas cosas son sensibles.<br /><br />No ignor&eacute;is por lo dem&aacute;s que la susodicha banda de l&iacute;neas onduladas de estilo chino del arca de Toula representa el viejo s&iacute;mbolo tao&iacute;sta del Indefinido, incluso en ciertos casos de la eternidad. Nota totalmente<br />personal.<br /><br />Vuestro servidor LIPOTINE.<br /><br />Tir&eacute; la carta a la papelera.<br /><br />Hum, el &laquo;regalo&raquo; del agonizante bar&oacute;n Stroganof toma ante mis ojos un aspecto temible. Me veo forzado a ir a buscar mi br&uacute;jula y determinar en detalle las exactas coordenadas del meridiano: naturalmente mi escritorio est&aacute; al sesgo. &iexcl;Este vigoroso mueble, por venerable que sea, nunca ha reivindicado nada ni ha llegado a exigir su orientaci&oacute;n conforme el meridiano, bajo la pretensi&oacute;n de su buena salud! <br /><br />&iexcl;Qu&eacute; secreta usurpaci&oacute;n cometemos respecto a todo lo que nos viene de Oriente! He orientado correctamente el arca de Toula. &iexcl;Todav&iacute;a hay locos &mdash;yo por ejemplo&mdash; para mantener que los hombres son due&ntilde;os de su voluntad! &iquest;Pero cu&aacute;l es el fruto de mis buenas disposiciones? Todo lo que hay sobre mi escritorio, mi mismo escritorio, toda la habitaci&oacute;n, incluyendo el orden familiar que le es propio, todo me salta a los ojos, desde ahora todo est&aacute; al sesgo. &iexcl;Este honorable meridiano parece dar el tono a mi situaci&oacute;n!<br /><br />&Eacute;l o el arca. &iexcl;Todo se encuentra situado, puesto y enganchado al sesgo, al sesgo a causa de este condenado producto de Asia! Paseo mi mirada del escritorio a la ventana, &iquest;y qu&eacute; veo? Dentro y fuera, todo est&aacute; &laquo;al sesgo&raquo;.<br /><br />Esto no durar&aacute; mucho; el desorden me pone nervioso. O esta arca desaparece de mi mesa, o&hellip; &iexcl;Por el amor de Dios! &iexcl;No puedo trastocar toda mi casa en funci&oacute;n de este objeto y de su meridiano! Me siento, miro fijamente este Kobold de Toula y suspiro: es esto &mdash;&iexcl;por el Hoyo de San Patricio!&mdash; y no otra cosa: el arca est&aacute; &laquo;en el orden&raquo;, est&aacute; &laquo;orientado&raquo;; mi escritorio, mi habitaci&oacute;n, toda mi existencia, van al azar, no corresponden a una orientaci&oacute;n deliberada, y &iexcl;no lo sab&iacute;a hasta hoy mismo! &iexcl;Es un pensamiento desagradable!<br /><br />Para escapar a la creciente obsesi&oacute;n de tener que, como un estratega, pensar en la reorganizaci&oacute;n de todos mis muebles a partir del escritorio y orientarlos de una manera nueva, me precipito a los papeles de Roger.<br /><br />Me viene a la mano una hoja de notas, de su altiva escritura, titulada arriba:<br /><br />El Hoyo de san Patricio.<br /><br />&iquest;Qu&eacute; sucede en mi alma para que haya puesto en mis labios, en el momento preciso, este juramento que hasta hoy mismo me era totalmente desconocido? Lo ten&iacute;a en la punta de la lengua. &iexcl;Sin que tuviera la menor suposici&oacute;n de su origen! &iexcl;Un momento! Todo se esclarece de pronto&mdash; hojeo de prisa hacia atr&aacute;s el manuscrito que tengo ante m&iacute;&mdash;esto se halla en el diario de John Dee: &laquo;&iexcl;John, yo te conjuro por el Hoyo de san Patricio, vuelve en ti! Has de ser mejor, has de renacer en esp&iacute;ritu, si quieres conservar mi amistad&raquo;, grita el joven se&ntilde;or a su doble del espejo, &laquo;&iexcl;por el Hoyo de san Patricio, vuelve en ti!&raquo;.<br /><br />Extra&ntilde;o. Muy extra&ntilde;o. &iquest;Acaso ser&eacute; la r&eacute;plica de John Dee? &iquest;O bien soy mi propio reflejo y me contemplo a m&iacute; mismo al amparo del descuido, de la suciedad y de una nube de humo? &iquest;Ya se vive en estado de embriaguez cuando, cuando se vive en una casa no orientada seg&uacute;n el meridiano? &iexcl;Y ahora me pongo a so&ntilde;ar y a divagar en pleno d&iacute;a! &iexcl;El olor de moho del mont&oacute;n de documentos me sube a la cabeza! &iquest;Qu&eacute; hay en relaci&oacute;n a este Hoyo de San Patricio? Atrapo en el legajo &mdash;con una especie de escalofr&iacute;o&mdash; la hoja que me informar&aacute;. Relata una vieja leyenda:<br /><br />El santo obispo Patricio, antes de abandonar Escocia por Irlanda, escal&oacute; una monta&ntilde;a para ayunar y rezar. <br /><br />Mir&oacute; en la lejan&iacute;a y vio que el pa&iacute;s herv&iacute;a de serpientes y reptiles venenosos. Levant&oacute; su vara y amenaz&oacute; con tal premura a esa laya que desapareci&oacute; babeando y silbando. All&iacute; arriba llegaron las gentes del lugar para burlarse de &eacute;l. &Eacute;l habl&oacute; para o&iacute;dos sordos e implor&oacute; a Dios un signo que espantase esos hombres, y golpe&oacute; con su vara la roca sobre la que estaban. La roca se abri&oacute; formando un hoyo redondo del que se escaparon fuego y humo. Y la sima se abri&oacute; hasta el coraz&oacute;n de la tierra, y los clamores de blasfemia, que son el Hosannah de los Condenados, subieron y se esparcieron fuera del hoyo. Los habitantes se horrorizaron, pues vieron sin enga&ntilde;o, que san Patricio hab&iacute;a abierto el infierno para ellos. <br /><br />Y san Patricio habl&oacute;: quien entra ah&iacute;, dice, no ha de buscar penitencia, ya no tiene necesidad de nada. Ser&aacute; constituido de oro macizo y fundir&aacute; como glucosa, de una ma&ntilde;ana a la otra. Numerosos son los que entran, raros son los que vuelven. Pues el fuego del destino sublima o devora a cada uno seg&uacute;n su naturaleza.<br /><br />Este es el Hoyo de san Patricio; todos pueden saber lo que hay en el vientre y ver si es capaz de sufrir el bautismo del Diablo para acceder a la vida eterna. Pero todav&iacute;a hoy corre el rumor entre el pueblo que el hoyo permanece siempre abierto; sin embargo, s&oacute;lo lo puede ver un candidato erguido y designado para esta experiencia, nacido el l.&deg; de Mayo, de una bruja o de una puta. Y cuando el disco negro de la luna nueva pasa sobre la vertical del hoyo, entonces suben hacia &eacute;l las imprecaciones, arrancadas del coraz&oacute;n de la tierra, de los condenados, la ferviente s&uacute;plica del mundo infernal que se invierte; caen sobre el lugar como una lluvia fina y tan pronto como tocan tierra se cambian en espectros de gatos negros.<br /><br />* * *<br /><br />&iexcl;Meridiano, me repito, banda ondulada! &iexcl;S&iacute;mbolo chino de la eternidad! &iexcl;El Hoyo de san Patricio! &iexcl;La advertencia de mi antepasado John Dee a su compa&ntilde;ero del espejo en el caso de que quisiera mantener su amistad! Y &laquo;numerosos son lo que entran y raros los que vuelven.&raquo; &iexcl;Gatos negros fantasmas! Todo ello da vueltas en mi pensamiento aterrorizado y engendra en mi cabeza un torbellino insensato de representaciones y aspectos. Sin embargo, un estado de esp&iacute;ritu muy agudo y doloroso, parpadea para abrirse paso como un rayo de sol detr&aacute;s de una nube galopante. Pero siento que para condensar este estado hasta el momento de la f&oacute;rmula debo tomar conciencia de mi embotamiento y sacudirlo.<br /><br />* * *<br /><br />As&iacute; pues, en el nombre de Dios, est&aacute; decidido, ma&ntilde;ana &laquo;orientar&eacute;&raquo; mi habitaci&oacute;n &laquo;seg&uacute;n el meridiano&raquo;, ya que debe ser as&iacute;, y por fin encontrar&eacute; la calma. <br /><br />&iexcl;Un bonito traj&iacute;n en perspectiva! &iexcl;Condenada arca de Toula!<br /><br />* * *<br /><br />Vuelvo a mis hojas. Tengo ante m&iacute; un peque&ntilde;o volumen encuadernado en tafilete verde. La encuademaci&oacute;n data m&aacute;s o menos de finales del XVII. La escritura del texto debe ser la del mismo John Dee; la forma de las letras, la graf&iacute;a responden a la del diario. El peque&ntilde;o volumen muestra se&ntilde;ales de fuego y algunas p&aacute;ginas est&aacute;n completamente destruidas.<br /><br />En la p&aacute;gina de portada encuentro una observaci&oacute;n redactada con min&uacute;sculos caracteres y por una mano extra&ntilde;a. Bien conciso:<br /><br />&laquo;A quemar cuando Isa&iacute;s la Negra est&eacute; al acecho de la luna menguante. &iexcl;Para la salvaci&oacute;n de tu alma, quema!&raquo;<br /><br />Supongo que un desconocido propietario del volumen ha debido seguir este consejo al pie de la letra. Quiz&aacute; ha contemplado &laquo;Isa&iacute;s la Negra&raquo; inclinada en el balc&oacute;n de la luna menguante y de golpe lo ha tirado tal cual en el fuego para desembarazarse de &eacute;l. &iquest;Qui&eacute;n, qui&eacute;n puede haberlo retirado antes de que se haya carbonizado enteramente? &iquest;Qui&eacute;n ha sido el que se ha quemado los dedos con esta finalidad?<br /><br />Ning&uacute;n signo, ninguna nota lo precisa.<br /><br />La advertencia misma seguro que no es de la mano de John Dee. Debe haberla escrito un hereje despu&eacute;s de una experiencia fastidiosa.<br /><br />Los fragmentos legibles del tafilete verde est&aacute;n acompa&ntilde;ados de esta nota de Roger:<br /><br />&laquo;Libro de notas de John Dee, fechado del 1553, as&iacute; pues, tres o cuatro a&ntilde;os m&aacute;s tarde que el Diario.&raquo;<br /><br />El zapato de plata de Bartlett Green.<br /><br />Este relato, despu&eacute;s de innumerables d&iacute;as de tribulaciones est&aacute; redactado por m&iacute;, maestro John Dee, que anteriormente me conduje como un pobre fantoche y un marmit&oacute;n demasiado curioso, ante mi propio espejo y mi propia memoria, y pudiera esta saludable advertencia grabarse en el esp&iacute;ritu de todos los de mi sangre que vendr&aacute;n despu&eacute;s de m&iacute;. Deber&aacute;n llevar la corona calentada al blanco, hoy lo s&eacute; con m&aacute;s certeza que nunca. Con todo la corona les har&aacute; morder el polvo como yo lo he mordido, si se complacen en la frivolidad y la presunci&oacute;n, si no ven el enemigo que los acecha rastreramente, hora a hora y busca c&oacute;mo devorarlos. <br /><br />Cuanto m&aacute;s alta la Corona m&aacute;s feroz la irrisi&oacute;n del infierno.<br /><br />Sigue el relato de lo que me ha sucedido, por la gracia de Dios al d&iacute;a siguiente del santo d&iacute;a de Pascua de finales de abril de 1549:<br /><br />Por la tarde de ese d&iacute;a, mientras mis inquietudes y mis dudas sobre mi destino llegaban a su punto m&aacute;s &aacute;lgido, el capit&aacute;n Perkins y los hombres armados del Obispo Sangriento, como correctamente se ha apodado a este monstruo de forma humana que hac&iacute;a estragos en Londres bajo los rasgos del obispo Bonner, se abrieron paso hasta m&iacute; y me detuvieron en nombre del rey, &iexcl;en nombre de Eduardo, el ni&ntilde;o t&iacute;sico! Mi amargo re&iacute;r aument&oacute; el enojo de los esbirros que me condujeron con malos modos.<br /><br />Consegu&iacute;, antes de la estrepitosa entrada del coco, hacer desaparecer las hojas que acaba de llenar con mis reflexiones y disimularlas en el seguro escondrijo de la muralla, donde, por suerte, ya se encontraba al abrigo de las sospechas todo lo que, en esas horas tormentosas, podr&iacute;a haberme traicionado. Por suerte tambi&eacute;n hab&iacute;a tirado ya hac&iacute;a mucho las bolas de marfil de Mascee por la ventana, lo que despu&eacute;s no me fue un peque&ntilde;o consuelo, cuando, en el transcurso de la noche, o&iacute; al capit&aacute;n episcopal Perkins preguntarse pesadamente por ciertas bolas que ten&iacute;a especial consigna de buscar. Las cosas, en lo que concierne a las &laquo;curiosidades asi&aacute;ticas&raquo; han debido presentarse bajo un aspecto singular, y eso me mostr&oacute; que no se pod&iacute;a fiar plenamente en el maestro del zar.<br /><br />La noche era pesada; una r&aacute;pida cabalgada junto a una escolta muy ruda nos permiti&oacute; llegar a Warwick al amanecer. In&uacute;til describir las etapas del d&iacute;a en habitaciones enrejadas o torreones. Finalmente, al caer la noche en la vigilia del 1&deg; de mayo, llegamos a Londres y el capit&aacute;n Perkins me puso en una celda semisubterr&aacute;nea. Todas estas y otras precauciones, tomadas a mi alrededor, me permitieron darme cuenta que se esforzaban en mantener mi traslado en el m&aacute;s absoluto secreto, con el temor constante de una emboscada intentada para mi liberaci&oacute;n. Me preguntaba, en ese tiempo, de qu&eacute; lado habr&iacute;a podido venir.<br /><br />El capit&aacute;n en persona me introdujo en la mazmorra; y cuando los cerrojos fueron echados desde el exterior con un ruido herrumbroso, me encontr&eacute; de pronto pasablemente embrutecido, en un silencio y una oscuridad profunda, y mi paso a tientas resbal&oacute; en un barro fofo.<br /><br />Nunca hubiera podido imaginar que algunos minutos en una c&aacute;rcel pudieran despertar en un coraz&oacute;n humano un sentimiento de abandono tan total. Nunca en mi vida hab&iacute;a o&iacute;do ese d&eacute;bil zumbido de la sangre en la oreja que me invad&iacute;a a cada instante como la tumultuosa resaca de un mar de soledad.<br /><br />De repente me hel&oacute; el sonido de una voz firme y burlona que parec&iacute;a venir a mi encuentro desde el muro invisible, como un saludo de la horrible oscuridad: <br /><br />&laquo;&iexcl;Bendita sea tu llegada, maestro Dee! &iexcl;Bienvenido al oscuro reino de los dioses infernales! &iexcl;As&iacute; tropieces en el umbral, se&ntilde;or de Gladhill!&raquo;<br /><br />Una risa lacerante sigui&oacute; este diluvio de sarcasmos, acompa&ntilde;ada a fuera por el murmullo lejano de una tormenta que de repente estall&oacute; con tanta violencia como para ensordecer y engullir esta siniestra risa en su crepitante algazara.<br /><br />En el mismo instante, un rayo rasg&oacute; la oscuridad de la mazmorra y lo que vi, en el resplandor azufrado del fuego celeste, me traspas&oacute; como una aguja helada desde la coronilla hasta el hueso sacro: no estaba s&oacute;lo en el calabozo; en el muro de piedra tallada, enfrente de la puerta por la cual hab&iacute;a sido echado, hab&iacute;a colgado un hombre, cargado de pesadas cadenas, los brazos y las piernas separadas en la posici&oacute;n de la cruz de san Patricio.<br /><br />&iquest;Estaba realmente colgado ah&iacute;? Le hab&iacute;a visto el tiempo de una pulsaci&oacute;n al resplandor del rel&aacute;mpago. Y r&aacute;pidamente se lo hab&iacute;a tragado la oscuridad. &iquest;No era una simple ilusi&oacute;n? En un abrir y cerrar de ojos hab&iacute;a visto llamear ante m&iacute; esta terror&iacute;fica imagen, como si nunca hubiera tenido realidad fuera de m&iacute;, como si hubiera salido de mi cerebro para tomar posesi&oacute;n de mi alma sin tener sustancia corporal. &iquest;C&oacute;mo un hombre vivo, dislocado por este abominable suplicio de la cruz, pod&iacute;a tener esos imperturbables y burlones prop&oacute;sitos, risa de ese re&iacute;r sarc&aacute;stico? Hubo un segundo asalto de rel&aacute;mpagos; fueron tan seguidos y r&aacute;pidos que sus ondas palpitantes iluminaron la b&oacute;veda con una luz falsa. Verdaderamente, Dios justo, un hombre estaba ah&iacute; colgado, no hab&iacute;a duda: ten&iacute;a el aspecto de un gallo, el rostro casi cubierto de mechones rojizos, la boca ancha, por as&iacute; decirlo, sin labios, entreabri&eacute;ndose por encima de una barba roja y enzarzada, presta a dejar escapar una nueva risa. Su expresi&oacute;n no mostraba el menor s<br />ufrimiento, a pesar del suplicio de los anillos que apretaban sus manos y sus pies. S&oacute;lo pude balbucear estas palabras dirigidas a &eacute;l: &laquo;&iquest;Qui&eacute;n eres t&uacute;, &eacute;se, el del muro?&raquo; Un trueno me interrumpi&oacute;. &laquo;Ya habr&iacute;as debido reconocerme en la oscuridad, joven se&ntilde;or&raquo;, me respondi&oacute; una voz clara y burlona. &laquo;&iexcl;Quien ha prestado dinero, se dice, reconoce a un deudor por el olor!&raquo;<br /><br />El fr&iacute;o del espanto me cruz&oacute;. &laquo;&iquest;Quieres decir que t&uacute; eres&hellip;?&raquo; <br /><br />&laquo;&iexcl;Pues claro! Soy Bartlett Green, cuervo de los maestros cuervos, protector de los imp&iacute;os de Brederock, este triunfador que ha hecho cerrar la boca al mismo San Dunstan y que aqu&iacute; cumple ahora las funciones del hospedero con insignia de fr&iacute;as cadenas y del buen fuego de le&ntilde;a para viajeros perdidos a altas horas de la noche tales como t&uacute;, alto y poderoso protector de los Reformados por la cabeza y los miembros.&raquo; <br /><br />Una risa salvaje que hizo estremecer el cuerpo del crucificado, sin que &eacute;l experimentara, lo que parece milagroso, el menor dolor, concluy&oacute; ese espantoso discurso.<br /><br />&laquo;Entonces estoy perdido&raquo;, balbuce&eacute; para m&iacute; mismo y me desplom&eacute; sobre un peque&ntilde;o taburete de madera carcomida que acababa de apercibir.<br /><br />La tormenta hab&iacute;a llegado al paroxismo de su violencia, ninguna conversaci&oacute;n era posible en medio de ese cielo desencadenado, pero no me hallaba en estado de poder hablar m&aacute;s. Ve&iacute;a ante mis ojos mi muerte ineludible, y no una muerte dulce y r&aacute;pida, pues deb&iacute;a saberse abiertamente que era yo quien mov&iacute;a los hilos de los Ravenheads. No conoc&iacute;a mucho de los m&eacute;todos que el Obispo Sangriento, s&oacute;lo lo que se comentaba, juzgaba necesarios &laquo;para preparar a sus v&iacute;ctimas, seg&uacute;n sus disposiciones al arrepentimiento, a ver el para&iacute;so de lejos&raquo;.<br /><br />Una loca angustia me cerraba la garganta. No era la aprehensi&oacute;n de una muerte r&aacute;pida y caballerosa, &iexcl;era el indecible y corrosivo terror de las repugnantes manipulaciones del verdugo, del problem&aacute;tico potro, invisible, exalando sus vapores de sangre! La angustia del sufrimiento que precede a la muerte es lo que enreda a los seres en los hilos de la vida terrestre: si este sufrimiento fuera suprimido, el temor desaparecer&iacute;a igualmente de este mundo.<br /><br />La tormenta estaba en pleno auge, pero yo no la o&iacute;a. A veces, del muro que estaba frente a m&iacute; sal&iacute;a ungrito, una risa ruidosa, tan cercana en la oscuridad, que me golpeaba en la oreja; no le prestaba atenci&oacute;n. Me hab&iacute;a abandonado a mi p&aacute;nico, a mis dementes esfuerzos para no pensar m&aacute;s que en mi liberaci&oacute;n.<br /><br />No rec&eacute; ni un minuto.<br /><br />Cuando la tormenta, al cabo de una hora quiz&aacute;, no lo s&eacute; bien, se calmaba, mis pensamientos tambi&eacute;n tomaron un cauce m&aacute;s sereno, m&aacute;s ordenado, m&aacute;s l&uacute;cido. Una primera certidumbre fue constatar que estaba a merced de Bartlett Green, admitiendo que todav&iacute;a no me hubiera traicionado. Mi salvaci&oacute;n m&aacute;s inmediata estaba supeditada a sus palabras o a su silencio, y s&oacute;lo a eso.<br /><br />Resolv&iacute; pues considerar con una precavida tranquilidad la posibilidad de conducir a Bartlett a mis puntos de vista y de persuadirlo a que se calle puesto que ya no tiene nada que ganar ni nada que perder, y al mismo tiempo temblaba al ver la espantosa coyuntura en la que me hallaba, al ver mis proyectos, mis esperanzas y mi inteligencia derrumbarse unos sobre otros, bajo el empuje de un horror insuperable.<br /><br />Bartlett Green imprimi&oacute; a su gigantesco cuerpo un lento balanceo, como si quisiera danzar entre los grillos que aprisionaban sus articulaciones. Estos balanceos se fueron haciendo m&aacute;s y m&aacute;s fuertes y ligeros; se hubiera dicho, en la siniestra claridad de ese amanecer de mayo, que el bandido crucificado disfrutaba del mismo placer que si se hallara oscilando en una hamaca entre dos j&oacute;venes abedules, esto despu&eacute;s que sus tendones y sus huesos crujieran m&aacute;s y mejor, como si hubieran sido sometidos al esfuerzo de cien potros. <br /><br />Entonces se puso a cantar a todo pulm&oacute;n, sin embargo su canto se convert&iacute;a en el clamor de un grito escoc&eacute;s adaptado a las intenciones de su grosero embrujo: <br /><br />&iexcl;Hurra! &iexcl;Que tibio es el aire<br /><br />Despu&eacute;s del tiempo de la muda, en mayo!<br /><br />&iexcl;Hurra!<br /><br />&iexcl;Maulla gata m&iacute;a! &iexcl;Maulla gato m&iacute;o!<br /><br />Preparaos para seguir el rastro<br /><br />&iexcl;Hurra!<br /><br />&iexcl;Hurra! &iexcl;En el c&eacute;sped florece la violeta<br /><br />Despu&eacute;s del tiempo de la muda, en mayo!<br /><br />&iexcl;Hurra!<br /><br />El a&ntilde;o pasado os escaldaron el vientre<br /><br />Cuando el gran concierto de gatos<br /><br />&iexcl;Hurra!<br /><br />&iexcl;Hurra! &iexcl;El estornino canta en la rama<br /><br />Despu&eacute;s del tiempo de la muda, en mayo!<br /><br />&iexcl;Hurra!<br /><br />En el m&aacute;s alto m&aacute;stil, balance&aacute;ndonos, cantamos<br /><br />&iexcl;Oh, Madre Isa&iacute;s!<br /><br />&iexcl;Hurra!<br /><br />No puedo describir el espanto a que me lanz&oacute; esta salvaje melopea del jefe de los Ravenheads. S&oacute;lo pod&iacute;a pensarse esto: su suplicio hab&iacute;a desencadenado en &eacute;l una repentina crisis de locura. Hoy todav&iacute;a, al querer describir la escena, mi sangre se hiela.<br /><br />Entonces los cierres de la puerta fueron quitados con gran ruido met&aacute;lico y entr&oacute; un guardi&aacute;n seguido de dos ayudantes. Desataron al crucificado del muro y lo dejaron caer al suelo como una inmundicia. &laquo;Las seis pasadas, se&ntilde;or Bartlett, se burl&oacute; groseramente el guardi&aacute;n. Sabed apreciar el duradero placer que vuestro balanceo del muro os procurar&aacute; bien pronto. Quiz&aacute; os ser&aacute; concedido el permiso de daros ese placer todav&iacute;a una vez m&aacute;s, con la ayuda del diablo, luego empezareis vuestro viaje al cielo, como Elias, en un carro de fuego. &iexcl;Mirad un poco quien os conduce, haciendo un gran gancho, hasta el fondo del Hoyo de san Patricio de donde no se vuelve!&raquo;<br /><br />Con un gru&ntilde;ido de satisfacci&oacute;n Bartlett Creen se arrastr&oacute; hacia un mont&oacute;n de paja y replic&oacute; vigorosamente: <br /><br />&laquo;Te lo digo en verdad, David, especie de carro&ntilde;a celeste de cabo de varas que t&uacute; eres: &iexcl;hoy estar&iacute;as conmigo en el para&iacute;so, si me apeteciera el ir a dar una vuelta en &eacute;l! &iexcl;Pero no lo esperes, suceder&aacute; de otro modo para ti, seg&uacute;n tus pobres concepciones papistas! &iexcl;D&oacute;nde debo con premura citarte para tu bautismo, querido ni&ntilde;o de mi coraz&oacute;n!&raquo;<br /><br />Vi a la sucia turba persignarse de espanto. El guardi&aacute;n recul&oacute;, lleno de un temor supersticioso, hizo con la mano el gesto de los irlandeses para conjurar el mal de ojo y chill&oacute;: &laquo;&iexcl;Desv&iacute;a de m&iacute; tu condenado Ojo Blanco, primer Nacido del Infierno! San David de Gales, que ya era mi buen patr&oacute;n y protector en el tiempo en que estaba a&uacute;n en pa&ntilde;ales, me conoce. Devolver&aacute;, fr&iacute;os a la tierra, tus mal&eacute;ficos encantamientos.&raquo; <br /><br />Luego sali&oacute; tropezando de la celda con sus ac&oacute;litos, perseguido por la sonora risa de Bartlett Green. Detr&aacute;s de &eacute;l dej&oacute; agua fresca y una hogaza de pan. <br /><br />Hubo un momento de calma.<br /><br />Con la luz del d&iacute;a gris que se levantaba, vi el rostro de mi compa&ntilde;ero de cautiverio. Su ojo derecho, blanco mezclado de opalescencia lechosa, reluc&iacute;a en la luz de la ma&ntilde;ana como si tuviera una mirada fija y de una insondable maldad. Era la mirada de un muerto&hellip; De uno que, al pasar de la vida a la muerte, ha visto el horror. Este ojo blanco estaba ciego.<br /><br />Aqu&iacute; empieza una serie de hojas deterioradas por el fuego. El texto est&aacute; totalmente confuso. Luego todo el conjunto vuelve a ser legible.<br /><br />&laquo;&iquest;Agua? &iexcl;Es malvas&iacute;a!&raquo; bram&oacute; Bartlett; alz&oacute; el pesado c&aacute;ntaro, a pesar de sus articulaciones rotas, y bebi&oacute; tanto que tem&iacute; por mi peque&ntilde;a parte, pues ten&iacute;a mucha sed, &laquo;&iexcl;para mi l&uacute;cido esp&iacute;ritu esto no es m&aacute;s que una fiesta &mdash;huc&mdash; no siento ning&uacute;n dolor &mdash;huc&mdash; ni temor! &iexcl;Dolor y temor son gemelos! Quiero confiarte una cosa, maestro Dee, que no te han ense&ntilde;ado en ninguna escuela superior &mdash;huc&mdash; cuando sea desembarazado de mi cuerpo solo ser&eacute; m&aacute;s libre &mdash;huc&mdash; y soy invulnerable a lo que vosotros llam&aacute;is muerte hasta mis treinta y tres a&ntilde;os cumplidos &mdash;huc&mdash; es decir, hoy. El 1.&deg; de mayo, cuando las brujas proceden al aquelarre de los gatos, mi tiempo se acaba. &iexcl;Oh si mi madre me hubiera guardado en su calor un mes m&aacute;s, no me encontrar&iacute;a en este mal momento y a&uacute;n tendr&iacute;a tiempo de vengarme de ese zarrampl&iacute;n obispo sangriento! Al obispo tu&hellip;&raquo; (Se&ntilde;ales de fuego en el documento.)<br /><br />&hellip;despu&eacute;s de lo que Bartlett Green me golpe&oacute; debajo del cuello &mdash;mi jub&oacute;n hab&iacute;a sido desgarrado por los soldados y ten&iacute;a el pecho medio descubierto&mdash;, me toc&oacute; la clav&iacute;cula y me dijo: &laquo;Helo aqu&iacute;, este es el misterioso huesecillo del que quiero hablar. Se le llama hip&oacute;fisis del Cuervo. Segrega la sal secreta de la vida. <br /><br />No se descompone en la Tierra. Es por lo que los Jud&iacute;os han desatinado un poco en lo referente a la resurrecci&oacute;n en el juicio final, hay que comprenderlo de otra manera, los que estamos iniciados en el secreto de la luna nueva, hemos resucitado hace mucho tiempo. &iquest;Y c&oacute;mo lo he aprendido, maestro? No me parece que est&eacute;s muy avanzado en el Gran Arte, a pesar de tus numerosos conocimientos latinos y universales. Te lo dir&eacute;, maestro: porque este peque&ntilde;o hueso luce en una luz que los otros no pueden ver&hellip;&raquo; (Se&ntilde;ales de fuego.) &hellip;Como se comprender&aacute; sin dificultad, el discurso de este salteador de caminos hizo subir en m&iacute; el fr&iacute;o del horror, de manera que encontr&eacute; gran dificultad en articular con una voz &aacute;tona: &laquo;&iquest;As&iacute; yo llevo un signo, yo tambi&eacute;n, que en mi vida no he supuesto?&raquo; &laquo;Si, se&ntilde;or, respondi&oacute; Bartlett con gran seriedad, t&uacute; est&aacute;s marcado. <br /><br />Llevas la marca del signo de los Grandes Vivientes Invisibles, en la cadena de los cuales nadie penetra, pues nadie de entre los que la componen desde el principio ha sido abandonado nunca; y nadie m&aacute;s puede descubrir el acceso antes del fin de los D&iacute;as de la Sangre, ten pues confianza, hermano Dee, que aunque t&uacute; quiz&aacute; procedes de otra Piedra y evoluciones en un c&iacute;rculo adverso, no te vender&eacute; nunca a la gentuza que husmea debajo de nosotros. &iexcl;Nosotros somos, desde el origen, superiores al gent&iacute;o que ve el Exterior y se queda tibio por la eternidad de las eternidades!&raquo; (Se&ntilde;ales de fuego en el manuscrito.)<br /><br />&hellip;Y lo confieso, al escuchar estas palabras de Bartlett animadas por un aliento interior que no ced&iacute;a, empezaba, pero en secreto, a enrojecer de angustia ante este rudo compa&ntilde;ero, que se tomaba tan a la ligera la perspectiva de ver multiplicado por diez su suplicio, quiz&aacute; m&aacute;s all&aacute; de los l&iacute;mites del horror, para asegurar mi salvaci&oacute;n al precio de ese silencio que me promet&iacute;a.<br /><br />&laquo;Soy hijo de un sacerdote, prosigui&oacute; Bartlett. Mi madre era una persona de calidad, la Se&ntilde;orita Lendenzart, como se la llamaba, pero podr&iacute;a suponerse que s&oacute;lo era un apodo. &iquest;De d&oacute;nde ven&iacute;a? &iquest;En qu&eacute; se ha convertido? Es todav&iacute;a un misterio hoy para m&iacute;. Pero era un esp&eacute;cimen de mujer honorable, que respond&iacute;a al nombre de Mar&iacute;a, antes que los m&eacute;ritos de mi padre la hubieran arrastrado a la perdici&oacute;n.&raquo; (Se&ntilde;ales de fuego en el manuscrito.)<br /><br />&hellip;Aqu&iacute; explot&oacute; la extra&ntilde;a risa de Bartlett, su extra&ntilde;a risa insensible; despu&eacute;s de una pausa continu&oacute;: &laquo;Mi padre era el sacerdote m&aacute;s fan&aacute;tico, m&aacute;s despiadado y m&aacute;s cobarde a la vez que haya jam&aacute;s encontrado. Me hab&iacute;a recogido por compasi&oacute;n de mi miserable estado, y yo deb&iacute;a expiar los pecados de mi desconocido padre, dec&iacute;a &eacute;l, sin sospechar que yo sab&iacute;a secretamente que este padre era &eacute;l mismo. Hab&iacute;a hecho de m&iacute; su criado y su monaguillo&raquo;.<br /><br />&laquo;Muy pronto me orden&oacute; hacer penitencia y me oblig&oacute; a estar durante horas, noche tras noche, en la iglesia, en roquete a pesar del riguroso fr&iacute;o, rezando sin descanso en los escalones de piedra del altar, para obtener para mi "padre" el perd&oacute;n de sus faltas. Y cuando me derrumbaba por la debilidad y el sue&ntilde;o, tomaba un l&aacute;tigo y golpeaba hasta hacerme sangrar. Un espantoso odio invadi&oacute; entonces mi coraz&oacute;n contra El que<br /><br />estaba ah&iacute; colgado de la cruz por encima del altar, y de pronto, sin que me diera cuenta de como hab&iacute;a sucedido, contra las letan&iacute;as que hab&iacute;a de recitar, que se giraban en mi cerebro y sal&iacute;an de mi boca al rev&eacute;s. Giraba as&iacute; los rezos, lo que me llenaba el alma de una c&aacute;lida y desconocida voluptuosidad. Durante mucho tiempo mi padre no se dio cuenta, pues yo refunfu&ntilde;aba en voz baja, hasta que un d&iacute;a descubri&oacute; el secreto, aull&oacute; de c&oacute;lera y de temor de ser suspendido de sus funciones, maldijo el nombre de mi madre, se persign&oacute; y corri&oacute; a buscar un hacha para matarme. Pero yo me adelant&eacute; a &eacute;l y le part&iacute; el cr&aacute;neo hasta la mand&iacute;bula, uno de sus ojos cay&oacute; en la losa cerca de m&iacute; y me mir&oacute; fijamente por debajo. Y supe que mis oraciones invertidas se hab&iacute;an hundido hasta el centro de la tierra, en lugar de subir, lo que hacen, al decir de los Jud&iacute;os, las lamentaciones de los hombres piadosos.&raquo;<br /><br />&laquo;He olvidado decirte, estimado hermano John Dee, que antes mi propio ojo derecho fue cegado una noche por un espantoso resplandor que vi de repente ante m&iacute;, es totalmente posible que fuese resultado de un latigazo de mi padre, no lo s&eacute;. En cualquier caso abri&eacute;ndole la cabeza hab&iacute;a justificado el precepto: ojo por ojo y diente por diente. &iexcl;S&iacute;, amigo, este Ojo Blanco, que horroriza tanto a la chusma, lo he altamente merecido por la oraci&oacute;n!&raquo; (Se&ntilde;ales de fuego en el manuscrito.)<br /><br />&laquo;Ten&iacute;a catorce a&ntilde;os reci&eacute;n cumplidos cuando dej&eacute; a mi se&ntilde;or padre con la cabeza dividida en dos, en un mar de sangre delante del altar; por un sinf&iacute;n de caminos hui a Escocia, donde entr&eacute; como aprendiz de un carnicero; cre&iacute;a, en efecto, que conseguir&iacute;a sin dificultad golpear los bueyes y los becerros en pleno cerebro, con la maza, despu&eacute;s de haber hendido con tanta precisi&oacute;n la tonsura de mi padre. Lejos de conseguirlo, cada vez que levantaba el hacha, la escena de la iglesia se dibujaba con fuerza ante mis ojos hasta rozarme, como si a cualquier precio no hubiera de prostituir ese bello recuerdo al abatir los animales. Segu&iacute; mi camino hasta hundirme en el coraz&oacute;n de las monta&ntilde;as de Escocia, errando de pueblo en pueblo, millas y millas. Con una cornamusa robada tocaba para los habitantes cantos de trueno, que les hac&iacute;an poner la piel de gallina sin saber por qu&eacute;. El porqu&eacute; yo lo sab&iacute;a muy bien: les serv&iacute;a el texto de las letan&iacute;as que por fuerza hab&iacute;a devanado ante el altar y que, en estas ocasiones, siempre al rev&eacute;s y el sentido de arriba abajo, volv&iacute;an a enloquecer mi coraz&oacute;n con su ritmo implacable. &iexcl;Tambi&eacute;n cuando andaba de noche por la landa soplaba la cornamusa! En particular, cuando la luna llena brillaba, el placer me embargaba y era como si las melod&iacute;as resbalaran bajando a lo largo de mi espinazo, como si esa oraci&oacute;n del Rev&eacute;s ganara r&aacute;pidamente mis pies viajeros, para llegar, a trav&eacute;s de ellos, hasta las entra&ntilde;as de la tierra. Una vez, a medianoche &mdash;justamente era el 1.&deg; de mayo y la fiesta de los Druidas, la luna llena empezaba a menguar&mdash; una mano invisible que sali&oacute; del negro suelo me tom&oacute; firmemente por el pie, de manera que no pod&iacute;a dar un paso m&aacute;s. Qued&eacute; ah&iacute; como fascinado y tambi&eacute;n al instante dej&eacute; de tocar. Entonces se levant&oacute; un viento glacial que sal&iacute;a, me parece, de un hoyo redondo en el suelo sito muy cerca de m&iacute;; fui paralizado de la coronilla a los dedos de los pies, lo percib&iacute; igualmente en la nuca, lo que me hizo volver: entonces vi de pie detr&aacute;s m&iacute;o a alguien, se hubiera dicho que era un pastor, pues ten&iacute;a en la mano un largo bast&oacute;n bifurcado en forma de Y may&uacute;scula. Detr&aacute;s de &eacute;l un reba&ntilde;o de corderos negros. Antes yo no hab&iacute;a visto ni al reba&ntilde;o ni a &eacute;l, pues deber&iacute;a de haber pasado a su lado, pensaba yo, con los ojos cerrados, medio durmiendo, pues ciertamente no era una aparici&oacute;n, como se hubiera podido suponer, sino una persona de carne y hueso como tambi&eacute;n su reba&ntilde;o; mi nariz, al oler el olor a lana mojada que exhalaba el reba&ntilde;o, tambi&eacute;n lo testificaba.&raquo; (Se&ntilde;ales de fuego). Se&ntilde;al&oacute; mi Ojo Blanco y dijo: &laquo;Porque t&uacute; eres llamado&raquo;. (Se&ntilde;ales de fuego).<br /><br />Un espantoso secreto m&aacute;gico deb&iacute;a de estar expuesto aqu&iacute;, pues la mano de una tercera persona, en lo alto de la p&aacute;gina carbonizada, ha escrito con tinta roja: &laquo;&iexcl;T&uacute;, que no tienes el coraz&oacute;n suficientemente s&oacute;lido para resistir, no leas m&aacute;s! &iexcl;T&uacute;, que dudas de la fuerza de tu alma, escoge: aqu&iacute; resignaci&oacute;n y reposo, all&iacute;, curiosidad y perdici&oacute;n!&raquo; <br /><br />Siguen en el tafilete verde hojas casi totalmente destruidas. De citas aisladas, se puede deducir que el pastor hab&iacute;a revelado a Bartlett misterios que deb&iacute;an relacionarse con el culto de una oscura diosa de la antig&uuml;edad, bajo la influencia m&aacute;gica de la luna. Este conjunto de espantosos ritos todav&iacute;a vive hoy en Escocia, en los cuentos populares, con el nombre de &laquo;Taighearm&raquo;. M&aacute;s lejos se comprende que Bartlett Green, hasta su encarcelamiento en la torre, hab&iacute;a guardado una castidad absoluta, lo que parece mucho m&aacute;s milagroso, pues un bandolero no acostumbra especialmente a destacar por su virginidad sexual. &iquest;Se trataba de una determinaci&oacute;n o de una aversi&oacute;n cong&eacute;nita hacia la mujer? Nada en las escuetas citas del texto permiten saberlo. A partir de ah&iacute;, los desmanes del fuego van atenu&aacute;ndose y se puede leer claramente lo que sigue: &laquo;S&oacute;lo comprend&iacute; a medias los prop&oacute;sitos del pastor referentes al don que me har&iacute;a un d&iacute;a Isa&iacute;s la Negra &mdash; entonces, ciertamente, s&oacute;lo era un "Semi" iniciado&mdash; &iexcl;c&oacute;mo pod&iacute;a ser que un objeto material surgiera del mundo invisible! Le pregunt&eacute; c&oacute;mo podr&iacute;a conocer que hab&iacute;a llegado el tiempo de esa concesi&oacute;n; me dijo: <br /><br />"Oir&aacute;s el gallo cantar". No hab&iacute;a ganado nada, los gallos cantan cada ma&ntilde;ana en los pueblos. No vi tampoco el inter&eacute;s de un punto que me se&ntilde;al&oacute; como importante: que ya no conocer&iacute;a ni el temor terrestre ni el dolor. <br /><br />Esto me pareci&oacute; secundario, pues ten&iacute;a la convicci&oacute;n de ya ser un atrevido bastante endurecido. Pero los a&ntilde;os y la madurez llegan, o&iacute; el canto del gallo del que me hab&iacute;a querido hablar, es decir, en mi mismo. Hasta entonces no sab&iacute;a que todo debe comenzar en la sangre de los hombres antes de concretizarse en el exterior por un hecho positivo. Despu&eacute;s he recibido el presente de Isa&iacute;s, el "zapato de plata"; hasta entonces, en el transcurso de una larga espera, tuve extra&ntilde;as visiones, mi vida fue sembrada de fen&oacute;menos: palpamientos de invisibles dedos h&uacute;medos, gusto de amargo en la lengua, quemaduras en la coronilla, como si un fuego al rojo me moldeara una tonsura en el cuero cabelludo, picaz&oacute;n y picadas en la superficie de las manos y los pies, maullidos en el o&iacute;do interno. Signos escritos que no pod&iacute;a leer, pero que se parec&iacute;an a los de los jud&iacute;os, aparecieron en mi piel como en una erupci&oacute;n para desaparecer inmediatamente despu&eacute;s, con s&oacute;lo que el sol brillara encima. A veces tambi&eacute;n me invad&iacute;a un ardiente deseo de mujer, que me devoraba como un fuego interior y que me parec&iacute;a tanto m&aacute;s extraordinario, puesto que siempre he tenido horror por esas mujeres y por las porquer&iacute;as que saben tan bien intrigar en todas partes con los hombres. Luego, cuando o&iacute; el canto del gallo subir por mi espina dorsal, despu&eacute;s de haber sido mojado hasta los huesos, como por un bautismo, por una lluvia helada, cuando no hab&iacute;a ni una nube encima m&iacute;o, volv&iacute;, la noche dru&iacute;dica del 1.&deg; de mayo, a la landa, la recorr&iacute; en zig zag y me encontr&eacute;, sin haberlo buscado, ante el Hoyo&hellip;&raquo; (Se&ntilde;ales de fuego.) <br /><br />&laquo;Siguiendo las instrucciones del pastor hab&iacute;a arrastrado tras de m&iacute; el carro que llevaba los cincuenta gatos negros. Encend&iacute; un fuego y cuando hube terminado las imprecaciones de la luna llena, mi sangre se puso a circular en mis venas cargada de un indescriptible frenes&iacute;, hasta el punto que me sal&iacute;a espuma de la boca.<br /><br />Tom&eacute; el primer gato, lo ensart&eacute; y empec&eacute; el "Taighearm" gir&aacute;ndolo lentamente para asarlo. Alrededor de media hora sus horribles maullidos me martillearon las orejas, una media hora que me pareci&oacute; durar meses, de tal modo empez&oacute; a alargar el tiempo la intolerable empresa a la que obedec&iacute;a. Me pregunt&eacute; primero c&oacute;mo podr&iacute;a soportar ese juego espantoso repetido cincuenta veces, pero sab&iacute;a que me estaba prohibido aflojar antes del &uacute;ltimo gato y que deb&iacute;a vigilar severamente para impedir cualquier interrupci&oacute;n del grito. Sin tardanza los de la caja hab&iacute;an comprendido su parte y respond&iacute;an a coro. De pronto sent&iacute; despertarse en m&iacute; los esp&iacute;ritus de la demencia que dormitan en el cerebro de todo hombre, y mi alma se arranc&oacute; por trozos. Y estos esp&iacute;ritus, lejos de permanecer en m&iacute;, se escaparon de mi boca como un aliento en la noche helada y subieron para formar en la luna un halo tornasolado. La idea propia del "Taighearm" era, me hab&iacute;a dicho el pastor, extirpar todas las ra&iacute;ces del miedo y del dolor que se escond&iacute;an en el fondo de m&iacute;, al hacerme proceder con el suplicio de los animales sagrados de la diosa, los gatos negros: el n&uacute;mero de ra&iacute;ces se elevaba a cincuenta. A la inversa, suponiendo que el Nazareno haya querido tomar sobre &eacute;l todo el sufrimiento de las criaturas, ha olvidado los animales. Y cuando el temor y el dolor, exudados de mi sangre, hayan llegado al mundo de las apariencias, el de la luna, de donde sacan su origen, entonces mi verdadero Yo quedar&aacute; desnudo y la muerte ser&aacute; vencida para siempre con sus consecuencias, a saber, el olvido del "&iquest;Qui&eacute;n soy yo?" y la p&eacute;rdida de toda conciencia. "M&aacute;s tarde, a&ntilde;adi&oacute;, las llamas devorar&aacute;n tu cuerpo como han devorado la de los gatos, pues hay que pagar lo que es debido a la ley de la tierra, &iquest;pero qu&eacute; importa?"&raquo;<br /><br />&laquo;El "Taighearm" ha durado dos noches m&aacute;s un d&iacute;a. He aprendido a percibir, de manera palpable, la naturaleza del tiempo; todo mi alrededor, por m&aacute;s lejos que mi mirada pudiera extenderse, el matorral estaba desecado, negro de duelo por la horrible calamidad. Ya en el transcurso de la primera noche mi Sentido interior empezaba a manifestarse; primero fui capaz, en medio del horrible concierto de p&aacute;nico al que se libraban los gatos de la caja, de distinguir todas y cada una de las voces. Las cuerdas de mi alma vibraban detr&aacute;s como en eco hasta que una se rompi&oacute;, luego otra y otra. Mi oreja se hab&iacute;a pasado al diapas&oacute;n de la m&uacute;sica de las esferas abismales; desde entonces s&eacute; lo que significa "Entender". No es necesario que te tapes las orejas, hermano Dee: de ahora en adelante ni una palabra m&aacute;s sobre los gatos. Ahora se dedican a jugar, quiz&aacute; en el cielo, "al gato y al rat&oacute;n" con las almas de los curas.&raquo;<br /><br />&laquo;S&iacute;. Y la luna llena brillaba arriba, y el fuego estaba apagado. Mis rodillas temblaban, mientras yo oscilaba como un junco. Deb&iacute; de permanecer alg&uacute;n tiempo as&iacute;, mientras la tierra giraba, pues vi a la luna voltear aqu&iacute; y all&aacute; en lo alto para hundirse finalmente en el cielo. Constat&eacute; tambi&eacute;n que mi otro ojo se hab&iacute;a vuelto ciego, pues ya no encontraba los bosques y las lejanas monta&ntilde;as, s&oacute;lo una muda oscuridad. No s&eacute; como sucedi&oacute;, pero de pronto vi, con mi Ojo Blanco, que hasta entonces estaba muerto, un mundo extra&ntilde;o: en el aire volaban unos singulares p&aacute;jaros azules con rostro de hombres barbudos, estrellas con largas patas de ara&ntilde;a surcando el cielo, &aacute;rboles f&oacute;siles caminando, peces provistos de manos se comunicaban con signos mudos; hab&iacute;a muchos otros objetos bizarros, el contacto de los cuales me sorprend&iacute;a y a la vez me parec&iacute;a familiar, como si ya hubiera asistido ah&iacute; abajo al nacimiento de todo el Recuerdo y solamente lo hubiera olvidado. <br /><br />"Antes" y "Despu&eacute;s" hab&iacute;an cambiado de aspecto para m&iacute;, pudiera decirse que el tiempo hab&iacute;a sufrido enteramente un desplazamiento lateral&hellip; (Se&ntilde;ales de fuego)&hellip; En la lejan&iacute;a un humo negro se levantaba del suelo, llano como una plancha, ensanch&aacute;ndose siempre hasta formar en el cielo un tri&aacute;ngulo de profundas tinieblas con la punta hacia abajo; el tri&aacute;ngulo estall&oacute;, una fisura carmes&iacute; la entreabri&oacute; de arriba a abajo: un monstruoso huso daba vueltas a una velocidad fren&eacute;tica&hellip; (Se&ntilde;ales de fuego)&hellip; vi finalmente la repugnante madre Isa&iacute;s la Negra hilar en la rueca, con sus mil manos, la carne de los hombres&hellip; por la fisura la sangre rezumaba hacia abajo&hellip; algunas gotas, saltando del suelo, me hisopearon, de manera que tuve el cuerpo moteado, como un enfermo atacado de la peste roja. Era el misterioso bautismo de la sangre&hellip; (Se&ntilde;ales de fuego) gracias al cual el grito del nombre de la Gran Madre ha despertado a su hijita que hasta entonces dorm&iacute;a en m&iacute; el sue&ntilde;o de la simiente y que se ha mezclado en m&iacute; para la vida eterna y yo atado a ella para siempre, en la participaci&oacute;n de la ambivalencia del ser. Desde entonces no he conocido el celo del hombre, le soy invulnerable para siempre. &iquest;C&oacute;mo podr&iacute;a la maldici&oacute;n tomar a quien ha encontrado su propia parte femenina y la lleva en &eacute;l? M&aacute;s tarde, cuando recobr&eacute; el uso de mis ojos de hombre, una mano sali&oacute; de las profundidades del hoyo en la landa y me tendi&oacute; un objeto que luc&iacute;a como la plata mate. Sab&iacute;a que no hac&iacute;a falta cogerlo con los dedos de la tierra, pero la hija de Isa&iacute;s en m&iacute; alarg&oacute; su bella pata de gato y me ofreci&oacute; el zapato, "El zapato de plata", que desembaraza de todo temor a quien lo lleva. Luego me un&iacute; a una compa&ntilde;&iacute;a de saltimbanquis en calidad de bailar&iacute;n de la cuerda floja y de domador&hellip; Jaguares, leopardos y panteras hu&iacute;an a un rinc&oacute;n de la jaula llenos de miedo cuando les clavaba mi Ojo Blanco&hellip; (Se&ntilde;ales de fuego)&hellip; Ignoraba igualmente todo el arte del fun&aacute;mbulo y no tuve nunca necesidad de aprenderlo ya que, gracias al "zapato de plata", el cual me hab&iacute;a quitado todo temor, ca&iacute;das y v&eacute;rtigos eran imposibles, tanto m&aacute;s cuando mi&nbsp; "prometida" oculta reun&iacute;a en ella el peso de mi cuerpo. Ya te veo, hermano Dee, te preguntas: &iquest;por qu&eacute; este Bartlett Green, a pesar de todo, no ha sido nada mejor que un saltimbanqui y que un bandolero? Quiero responderte ya: "No ser&eacute; una fuerza liberada hasta despu&eacute;s del bautismo del Fuego, cuando haya padecido el "Taighearm". Entonces me convertir&eacute; en el capit&aacute;n de los Ravenheads invisibles, y en el M&aacute;s All&aacute;, les tocar&eacute; a los papistas un canto que les har&aacute; resonar durante siglos sus t&iacute;mpanos. &iexcl;Se esforzar&aacute;n en vano en disparar sus flechas, no podr&aacute;n herir con eso!&hellip; &iquest;Dudas, joven maestro, que tenga el Zapato de plata? &iexcl;Mira, hombre de poca fe!" Y Bartlett apoy&oacute; la punta de su boca contra su tal&oacute;n izquierdo a fin de sacarlo, pero de repente se detuvo, ensanch&oacute; sus fosas nasales a modo de un carn&iacute;voro, mostr&oacute; sus puntiagudos dientes y resopl&oacute;. <br /><br />Entonces, con un tono burl&oacute;n: "&iquest;Hueles, hermano Dee? &iexcl;La pantera viene!" Yo retuve mi aliento y tambi&eacute;n a m&iacute; me pareci&oacute; oler en el aire el olor de la pantera. Al instante o&iacute; un paso fuera, ante la puerta del calabozo&hellip;&raquo; <br /><br />&laquo;Un minuto despu&eacute;s quitaban los pesados cerrojos de hierro.&raquo; <br /><br />Aqu&iacute; se interrumpe el relato consignado en el tafilete verde de mi antepasado John Dee, y yo me abandono a una meditaci&oacute;n pensativa.<br /><br />* * *<br /><br />&iexcl;El olor de la pantera! Le&iacute; una vez, no s&eacute; donde, que las cosas viejas pueden contener una maldici&oacute;n, un encantamiento, un sortilegio capaz de actuar sobre quien las llevaba a su casa y se ocupaba de ellas. &iquest;Qui&eacute;n sabe lo que se desencadena cuando se silba a un caniche polvoriento encontrado en el transcurso de un paseo tard&iacute;o? Se le acoge por compasi&oacute;n en una habitaci&oacute;n caliente y luego un buen d&iacute;a el diablo aparece en su negro pelaje.<br /><br />&iquest;Me suceder&aacute; a m&iacute;, descendiente de John Dee, lo que sucedi&oacute; anteriormente al doctor Fausto? &iquest;He penetrado, por la emmohecida herencia de mi primo John Roger, en el aura de una iniciaci&oacute;n completa? &iquest;He atra&iacute;do fuerzas, conjurado poderes que t&aacute;citamente residen en ese f&aacute;rrago de reliquias, como gusanos que gestan en la madera?<br /><br />* * *<br /><br />Interrumpo la redacci&oacute;n de mi resumen del cuaderno verde de John Dee para mencionar lo que acaba de suceder. Confieso hacerlo a rega&ntilde;adientes. Una extra&ntilde;a curiosidad, un impulso de proseguir, adentr&aacute;ndome en la lectura del relato del encarcelamiento de mi antepasado, me posee. Ardo en deseos, como un lector de novelas excitado, de conocer la continuaci&oacute;n de los eventos en la prisi&oacute;n de Bonner, el Obispo Sangriento, y de saber qu&eacute; entend&iacute;a Bartlett Green por esa singular exclamaci&oacute;n: &laquo;&iexcl;Huele a pantera!&raquo;.<br /><br />Hablemos francamente: desde hace d&iacute;as no puedo desembarazarme del sentimiento que todo este asunto de la herencia de John Roger ha empezado &laquo;por mandato&raquo;. Experimento hasta en la punta de mis dedos la necesidad de no proceder, en la redacci&oacute;n de esta singular biograf&iacute;a de mi antepasado ingl&eacute;s, ni seg&uacute;n mi fantas&iacute;a, ni seg&uacute;n mi elecci&oacute;n, sino de obedecer como el &laquo;Jano&raquo; o, si se prefiere mi versi&oacute;n, el &laquo;Baphomet&raquo; de mi sue&ntilde;o me ha ordenado: leo y escribo dej&aacute;ndome guiar por &eacute;l. No sabr&iacute;a decir c&oacute;mo act&uacute;a esa voluntad directora ni de qu&eacute; emana.<br /><br />Tomo de nuevo la pluma, animado por un singular estado de &aacute;nimo. Desde el momento en que me decid&iacute; a restablecer la palabra de Bartlett Green y de John Dee en el cuaderno medio consumido, a penas si ha transcurrido media hora. Sin embargo, ya no pdr&iacute;a decir con exactitud si en ese lapso de tiempo guardo presente en mi esp&iacute;ritu el recuerdo real de percepciones verdaderas, o si debo tenerlas por simples alucinaciones, por sombras de eventos fugitivos y ficticios que traidoramente hubieran invertido mi conciencia medio despierta. Resumiendo: mi habitaci&oacute;n ol&iacute;a a &laquo;Pantera&raquo;, es innegable; ten&iacute;a m&aacute;s justamente la vaga sensaci&oacute;n de un olor a fiera, en m&iacute; hab&iacute;a la visi&oacute;n de una jaula en un circo y de grandes gatos que iban y ven&iacute;an sin cesar detr&aacute;s de los barrotes alineados hasta el infinito.<br /><br />Sobresaltado. Golpeaban precipitadamente la puerta de mi despacho. <br /><br />Mi &laquo;&iexcl;Entre!&raquo; que era, menos amable, cualquier cosa &mdash;ya he hecho alusi&oacute;n a mi horror a ser molestado de improvisto en mi trabajo&mdash; fue seguido de la apertura de la puerta. Vi el rostro ansioso, espantado de mi vieja pero buena gobernanta, formada por m&iacute;, que me presentaba por as&iacute; decirlo, excusas mudas; y al mismo tiempo, casi toc&aacute;ndola, me ca&iacute;a impetuosamente del cielo, como proyectada, pudiera decirse, por un resorte, una dama, alta, muy delgada, vestida con un traje oscuro y tornasolado.<br /><br />&iquest;C&oacute;mo podr&iacute;a describir, sin forzar las palabras, la entrada de esta mujer, la cual daba la impresi&oacute;n de una cierta esencia aristocr&aacute;tica pero demasiado segura en verdad para no haberse vuelto un reflejo? Surgi&oacute; de la manera m&aacute;s rom&aacute;ntica, pudiera creerse que sal&iacute;a de mi papel. Pero apenas restablecido de mi primera impresi&oacute;n me digo: esta mujer me es totalmente extra&ntilde;a. Una mujer de mundo. Su porte no permite suponer ninguna duda al respecto. Inclin&oacute; su p&aacute;lida bella cabeza, como si buscara alguna cosa ante ella, caminaba, o m&aacute;s bien se deslizaba levantando la frente uniformemente hacia m&iacute;, se detuvo al lado de mi escritorio. Su mano palp&oacute; los bordes de la mesa, tal como ve hacerse a los ciegos expertos, para encontrar, con la punta de los dedos, un lugar donde apoyarse. Luego esa fuerte mano cerrada se pos&oacute; calmadamente y todo el cuerpo de la extranjera pareci&oacute; recibir apoyo y serenidad.<br /><br />Muy cerca, estaba el arca de Toula.<br /><br />Con esa inimitable facilidad que no se aprende, domin&oacute; la embarazosa, o mejor dicho, la extra&ntilde;a situaci&oacute;n, pronunciando dos frases de excusa mientras sonre&iacute;a, se le notaba un innegable acento eslavo, y r&aacute;pidamente remiti&oacute; mis desordenados pensamientos hacia una direcci&oacute;n precisa, mediante estas palabras: <br /><br />&mdash;Brevemente, se&ntilde;or, he venido a haceros una s&uacute;plica. &iquest;Me la conceder&eacute;is?<br /><br />Ante semejante demanda, formulada con una sonrisa por una mujer de una belleza tan excepcional, que por una vez quiere descender de su natural altivez, un hombre bien nacido s&oacute;lo podr&aacute; encontrar una respuesta: <br /><br />&mdash;Con sumo gusto, si est&aacute; en mi poder&hellip;<br /><br />Deb&iacute; responder alguna cosa semejante, pues una r&aacute;pida mirada de una dulzura inexpresable, de una complicidad casi cari&ntilde;osa, se pase&oacute; sobre m&iacute;. Al mismo tiempo, una risa suave, indolente, extraordinariamente agradable, coloreaba esas palabras que me interrumpieron con vivacidad: <br /><br />&mdash;Os lo agradezco. No deb&eacute;is temer por un deseo extravagante. Mi petici&oacute;n es muy simple. Su &eacute;xito s&oacute;lo reposa en vuestra inmediata buena voluntad.<br /><br />Ella titubeaba de manera curiosa.<br /><br />Yo me apresuraba:<br /><br />&mdash;En ese caso, si os entiendo bien, se&ntilde;ora&hellip;<br /><br />Percibi&oacute; la lentitud con la que me sal&iacute;an las palabras y exclam&oacute;:<br /><br />&mdash;&iexcl;Si mi carta est&aacute; sobre vuestro escritorio! &mdash;Y se puso a re&iacute;r con su risa ben&eacute;fica e insinuadora.<br /><br />Segu&iacute; con los ojos la direcci&oacute;n de su mano, singularmente estrecha, no peque&ntilde;a, sino moldeada en una sustancia blanda y dura a la vez. Efectivamente, vi una carta, situada en el &aacute;ngulo de mi escritorio, junto al arca de ilusionista ruso de Lipotine; en ning&uacute;n momento pens&eacute; c&oacute;mo pod&iacute;a haber llegado ah&iacute;. La tom&eacute;. <br /><br />ASSIA CHOTOKALOUGUINE<br /><br />El nombre estaba grabado, coronado con una extravagante corona de pr&iacute;ncipe. En el C&aacute;ucaso, todav&iacute;a hay nombres principales y armas circasianas que llevan, bajo la dominaci&oacute;n tanto de Rusia como de Turqu&iacute;a, el t&iacute;tulo de pr&iacute;ncipe.<br /><br />Observaba sin error posible, en los rasgos de la dama, ese acusado corte que se acerca tanto al tipo oriental como al tipo griego, recordando los c&aacute;nones de la belleza en Persia.<br /><br />Luego me inclin&eacute; ligeramente hacia mi visitante, que ahora estaba sentada con la espalda suavemente apoyada en el respaldo del sill&oacute;n al lado de mi escritorio, mientras sus indolentes dedos acariciaban de tiempo en tiempo el arca de Toula. La vigilaba, presa de la repentina inquietud que sus dedos no la desplazaran, pero no hizo nada.<br /><br />&mdash;Vuestra s&uacute;plica es una orden para m&iacute;, princesa.<br /><br />Sin transici&oacute;n realz&oacute; un poco su talla altiva en el sill&oacute;n y empez&oacute; a hablar, no sin dedicarme a&uacute;n una vez esa mirada de oro tornasolado, indescriptiblemente c&aacute;lida, electrizante:<br /><br />&mdash;Serge Lipotine me es un viejo conocido, quiz&aacute; lo ignor&aacute;is. &Eacute;l es quien compuso la colecci&oacute;n de mi padre en Iekaterinodar. &Eacute;l es quien ha despertado en m&iacute; el amor por los objetos antiguos bellos y singulares. <br /><br />Yo colecciono cosas de mi pa&iacute;s natal, los tejidos, los hierros forjados, los&hellip; especialmente las armas. Y especialmente, entre las armas, ciertas que son, me atrever&iacute;a a decir, muy preciadas entre nosotros. Tiene entre otras&hellip;<br /><br />Su voz, su acento extranjero, musical, maltrataba maravillosamente los sonidos alemanes, titubeaba sin parar, rimaba las palabras como si fuera mediante una mecedora, y me parec&iacute;a sentirla pasar a mi sangre, luego refluir por una especie de resaca apenas perceptible. Lo que dec&iacute;a no me importaba, al menos en ese instante; pero la cadencia de sus palabras engendraba en m&iacute; un estado de embriaguez ligera que supe descubrir al momento y al que acusaba yo de haber dado, una vez pasado, a casi todo lo que se hab&iacute;a dicho, hecho o s&oacute;lo pensado entre nosotros, el aspecto de un sue&ntilde;o. Aqu&iacute; la princesa dio fin a la descripci&oacute;n de su man&iacute;a, y saltando al motivo principal, dijo:<br /><br />&mdash;Lipotine me env&iacute;a a usted. S&eacute; por &eacute;l que est&aacute;is en posesi&oacute;n de una pieza muy rara, muy noble y muy preciosa que pasa por ser muy antigua: una lanza, quiero decir el hierro de la lanza, de un trabajo &uacute;nico. Un temple excelente, por lo que s&eacute;. Estoy exactamente informada, Lipotine me ha dado la descripci&oacute;n. Quiz&aacute; la hab&eacute;is adquirido por su mediaci&oacute;n. No importa&hellip; (opon&iacute;a una sorprendente resistencia a toda objeci&oacute;n que pudiera formular), no importa, deseo adquirir esa lanza. &iquest;Quer&eacute;is ced&eacute;rmela? &iexcl;Os lo ruego!<br /><br />Farfull&oacute;, por as&iacute; decirlo, las &uacute;ltimas palabras. Estaba muy tirada hacia delante, a punto de saltar, pens&eacute;: y me asombr&eacute;, hasta tuve una fugitiva sonrisa interior por esa desconcertante avidez del coleccionista que puede ponerse al acecho y recogerse antes del salto desde que ve o s&oacute;lo huele una presa codiciada, como una pantera cazando.<br /><br />&mdash;&iquest;Una pantera!<br /><br />Otra vez esa palabra que me hac&iacute;a estremecer, &iexcl;pantera! En la vida de John Dee, Bartlett Green es un buen personaje de novela, me parece. &iexcl;Sus sentencias se graban en la memoria!<br /><br />En previsi&oacute;n del motivo que ahora se abordaba, mi princesa circasiana se balanceaba en el borde de su sill&oacute;n, y en su bello rostro se marcaban las arrugas, de ning&uacute;n modo disimuladas, de la espera, de una gratitud presta, de una aprehensi&oacute;n nerviosa y de una mimosidad elocuente.<br /><br />Apenas si estaba en estado de disimular mi sincera y triste decepci&oacute;n, as&iacute; que decid&iacute; sonre&iacute;r y responder con todo el dolor posible:<br /><br />&mdash;Princesa, en verdad me volv&eacute;is desgraciado. Vuestra demanda es tan peque&ntilde;a y la ocasi&oacute;n de poder satisfacer el deseo de una persona de vuestro rango y tan encantadora, tan rara, que apenas si tengo fuerzas para decepcionaros: no poseo el arma que me hab&eacute;is descrito y jam&aacute;s la he visto.<br /><br />Contra todo lo esperado la princesa estall&oacute; en un re&iacute;r candido, y con la indulgente paciencia de una joven madre a quien su adorable hijo acaba de decir por descuido una mentira, se inclin&oacute; todav&iacute;a un poco m&aacute;s hacia m&iacute;:<br /><br />&mdash;Lipotine lo sabe. Yo lo s&eacute;: vos sois el feliz poseedor de esa lanza, que ardo en deseos de adquirir. Ibais a vend&eacute;rmela. Os lo agradezco de todo coraz&oacute;n.<br /><br />&mdash;&iexcl;Siento desesperadamente, se&ntilde;ora, teneros que decir que Lipotine se enga&ntilde;a! &iexcl;Que Lipotine se ha equivocado! &iexcl;Que Lipotine. de una manera o de otra, comete una equivocaci&oacute;n, en una palabra&hellip;<br /><br />La princesa se levant&oacute; con un balanceado movimiento de todo su cuerpo. Vino hacia m&iacute;. Su paso&hellip; &iexcl;ah, su paso! de pronto se proyecta en mi memoria. Su paso era silencioso, como si se ondulara en la punta de los pies, el&aacute;stico, a veces casi fugitivo, sin un ruido, con una gracia&hellip; &iexcl;A donde me arrastran mis pensamientos! <br /><br />&iexcl;Estoy loco!<br /><br />La princesa respondi&oacute;:<br /><br />&mdash;Es posible. Naturalmente, Lipotine se habr&aacute; confundido. La lanza no est&aacute; en vuestra posesi&oacute;n. No tiene importancia, pero hab&eacute;is prometido&hellip; d&aacute;rmela.<br /><br />Sent&iacute; como el desespero me arrancaba los pelos. Al mismo tiempo me esforzaba, mediante cada fibra de mi ser, en no disgustar esta bella criatura que estaba all&iacute; de pie ante m&iacute;, tensa por la espera. Su extraordinarios ojos bordados de oro totalmente abiertos, me aprisionaban en el incomparable embrujo de su sonrisa. Apenas si consegu&iacute;a retenerme de tomarla por las manos o de dejarle caer una lluvia de besos o de l&aacute;grimas de rabia, de mi rabia por no poder satisfacerla. Febrilmente me realc&eacute; en toda mi altura, la mir&eacute; directamente a la cara con franqueza y poniendo en mi voz toda la entristecida probidad de la que era capaz, le dije: <br /><br />&mdash;Por &uacute;ltima vez, princesa, os lo repito: no soy el poseedor de la lanza, o del hierro de la lanza que&nbsp; busc&aacute;is, no puedo serlo, pues en mi vida he tenido, es verdad, diversos gustos particulares, he sucumbido a tal o cual inclinaci&oacute;n de coleccionista, pero nunca en el dominio de las armas o de las partes de las armas, ni de una manera general en los hierros, de donde y de cualquier car&aacute;cter que sean&hellip;<br /><br />Me detuve lleno de un espanto interior mientras que a pesar m&iacute;o se me sub&iacute;an los colores a la cara por una falsa verg&uuml;enza, pues, ante m&iacute; esta mujer de alta cuna estaba de pie, sonriendo con gracia, en absoluto irritada, y su mano derecha se deslizaba tocando sin cesar el arca de Toula de Lipotine, este elocuente esp&eacute;cimen de trabajo met&aacute;lico que revocaba mis protestas al rango de la m&aacute;s grosera mentira, como si fuera a conferir a su plata ya trabajada, l&iacute;neas magn&eacute;ticas. &iquest;C&oacute;mo encontrar de pronto una explicaci&oacute;n? Buscaba las palabras. La princesa, con su mano levantada, me lo impidi&oacute;:<br /><br />&mdash;Os creo de coraz&oacute;n, se&ntilde;or, no os apen&eacute;is. No he deseado forzar el secreto de vuestros gustos particulares. Seguramente Lipotine se equivoca. Tambi&eacute;n yo puedo equivocarme. Pero os pido una vez m&aacute;s&nbsp; todav&iacute;a con toda&hellip; la obstinaci&oacute;n, con toda la&hellip; torpeza de una esperanza quiz&aacute; demasiado&hellip; extravagante, esta arma de la que Lipotine me ha&hellip;<br /><br />Ca&iacute; a sus pies. Ya me sent&iacute;a de un humor un poco teatral; me pareci&oacute;, por un momento, que no ten&iacute;a a mi disposici&oacute;n ninguna actitud m&aacute;s fuerte ni a la vez m&aacute;s tierna para expresar mi impaciencia, mi embarazo y mi enojo. Reun&iacute; mis pensamientos para una arenga que concluir&iacute;a finalmente en mi victoria. Abr&iacute; la boca y quise empezar: &laquo;Princesa&raquo;, con una risa suave, dulce. S&iacute;, debo escribir: fascinante, se desliz&oacute; ante m&iacute; hacia la puerta, se volvi&oacute; a&uacute;n una vez para decir:<br /><br />&mdash;Se&ntilde;or, veo c&oacute;mo batall&aacute;is. Creedme, os comprendo y comparto vuestros sentimientos. &iexcl;Repensaos! <br /><br />&iexcl;Resignaos a la decisi&oacute;n que me satisfar&aacute;! Volver&eacute; otra vez. Pues me conceder&eacute;is mi demanda. Me dar&eacute;is el hierro de la lanza. &mdash;Ya se hab&iacute;a eclipsado.<br /><br />* * *<br /><br />Ahora, la habitaci&oacute;n est&aacute; impregnada del ligero perfume caracter&iacute;stico de su presencia. Un perfume que me es desconocido: suave, fugaz&hellip; Un extracto de flores ins&oacute;litas, y sin embargo: un h&aacute;lito, entre los otros, &aacute;spero, singularmente excitante, en todo caso, no s&eacute; c&oacute;mo salir de &eacute;l, en todo caso -salvaje- indeciblemente excitante-absurdo-voluptuoso-opresor-manipulador-esperanzas sin objeto-un malestar y -un temor, s&oacute;lo ahora lo confieso, que va al fondo del ser. &iexcl;Qu&eacute; visita!<br /><br />Hoy, lo siento, no estoy en estado de ponerme al trabajo. Me propongo ir a casa de Lipotine en Werrengasse.<br /><br />Debo anotar todav&iacute;a dos peque&ntilde;os hechos que en este preciso instante recuerdo: cuando la princesa Chotokalouguine ha penetrado en mi despacho, la puerta se hallaba en la espesa oscuridad de las oscuras cortinas dobles medio corridas en la ventana de detr&aacute;s del escritorio. &iquest;Porqu&eacute; ahora quiero imaginar que he visto, durante una fracci&oacute;n de segundo en el momento en que entraba, resplandecer sus ojos en la oscuridad como los de ciertos animales que brillan con el fulgor de una piedra fosforescente? &iexcl;Sin embargo, s&eacute; perfectamente que no es el caso! Y luego: la princesa llevaba un vestido de seda negra rayada de plata, me ha parecido; en su textura se cre&iacute;a ver fluir hilos y olas del estallido del metal ensordecido. Ya estoy enso&ntilde;ando,&nbsp; dejo errar involuntariamente mi vista sobre el arca de Toula. Este negro incrustado de plata&hellip; creo que el vestido da mucho que pensar.<br /><br />* * *<br /><br />Ya ca&iacute;a la tarde cuando dej&eacute; la casa, para ir al encuentro de Lipotine en su tienda de Werrengasse.<br /><br />Esfuerzo in&uacute;til. El establecimiento estaba cerrado, vi un peque&ntilde;o cartel puesto en la reja de hierro con la siguiente nota: &laquo;De viaje&raquo;. <br /><br />No estaba en absoluto satisfecho. Al lado una puerta daba acceso a un patio interior, donde pod&iacute;a verse detr&aacute;s de la tienda el domicilio privado de Lipotine. Cruc&eacute; el patio; la persiana de su triste ventana estaba cerrada, pero mis reiterados golpes consiguieron que una puerta vecina se abriera; una mujer me pregunt&oacute; lo que quer&iacute;a. Me confirm&oacute; que el ruso se hab&iacute;a ido esa misma ma&ntilde;ana. No sab&iacute;a cuando volver&iacute;a.<br /><br />Hab&iacute;a hecho alusi&oacute;n a un fallecimiento de alg&uacute;n bar&oacute;n ruso en la miseria y ahora que hab&iacute;a muerto, Lipotine deb&iacute;a de arreglar sus asuntos. Creo que sab&iacute;a suficiente para comprender que el bar&oacute;n Stroganof se hab&iacute;a fumado su &uacute;ltimo cigarrillo y despedido. Estas tristes circunstancias hab&iacute;an obligado a Lipotine a abstenerse&hellip; &iexcl;Es molesto! La vista de ese postigo cerrado redoblaba la fuerza y la urgencia de mi deseo: el de poder hablar de la princesa con el viejo anticuario, obtener de &eacute;l aclaraciones y si es posible un consejo referente a ese desventurado hierro de lanza. Me parec&iacute;a veros&iacute;mil que Lipotine me hubiera confundido con otro comprador de esas curiosidades, o que teniendo el objeto a&uacute;n en su posesi&oacute;n, se imagin&oacute;, confundido por el h&aacute;bito, hab&eacute;rmelo vendido. En ambos casos quiz&aacute; todav&iacute;a ser&iacute;a posible conseguir ese hierro de lanza; y debo confesarlo, estaba dispuesto a pagar una suma desproporcionada si lo encontraba y pod&iacute;a comprarlo, a fin de ofrecerlo a la princesa Chotokalouguine. Me sorprendo de c&oacute;mo giran mis pensamientos alrededor de la aventura de hoy. Tambi&eacute;n siento que me sucede alguna cosa que no puedo elucidar como yo quisiera. &iquest;Por qu&eacute; no quiere alejarse de m&iacute; el pensamiento de que Lipotine no est&aacute; en absoluto de viaje, sino que est&aacute; tranquilamente sentado en su tienda, y que ha o&iacute;do perfectamente las preguntas sobre ese hierro de lanza que le hice mentalmente mientras estaba de pie ante su ventana y que incluso me respondi&oacute;, aunque yo lo haya olvidado ahora? &iquest;O quiz&aacute; fui finalmente a su tienda, convers&eacute; largo y tendido con &eacute;l, y ya no sabr&iacute;a nada m&aacute;s? Tambi&eacute;n podr&iacute;a venirme a la mente un suceso que yo habr&iacute;a vivido hace&hellip; hace un siglo, suponiendo que ya hubiera estado en este mundo&hellip;<br /><br />Todav&iacute;a quiero hacer notar que para volver he seguido los viejos baluartes desde donde se ve una hermosa vista sobre los prados, las colinas y las monta&ntilde;as cercanas. El anochecer era muy agradable y el paisaje a mis pies se extend&iacute;a lejos bajo el claro de luna. Incluso hab&iacute;a tal claridad que con mis ojos buscaba maquinalmente el disco de la luna que deb&iacute;a de esconderse en alguna parte entre las cimas majestuosas de los casta&ntilde;os. En ese mismo instante apareci&oacute;, casi llena, difundiendo una extra&ntilde;a luminosidad verdosa en un halo rojo, entre los troncos que sobrepasaban el muro. Mientras contemplaba con sorpresa su luz cargada de vapores y la extra&ntilde;a comparaci&oacute;n me atormentaba como una herida sangrante &mdash;y esto, una vez m&aacute;s todav&iacute;a, desencaden&oacute; en m&iacute; un estado de alma que se formul&oacute; esta pregunta: &iquest;Todo esto es real, o s&oacute;lo se trata de un muy viejo recuerdo?&mdash; vi el creciente de la luna subir bastante alto fuera de la perpendicular del baluarte. Y en ese mismo minuto se recort&oacute; sobre el disco reluciente la precisa silueta de una esbelta mujer, que parec&iacute;a venir a mi encuentro, hacia el baluarte, en el curso de un paseo vespertino. Cre&iacute; ver acercarse su forma todav&iacute;a m&aacute;s, flotar entre los casta&ntilde;os, s&iacute;, flotar: es el t&eacute;rmino exacto&hellip; y esto despert&oacute; en m&iacute; la impresi&oacute;n que la princesa, surgida de la luna menguante, en su vestido negro tejido de plata, ven&iacute;a hacia m&iacute;&hellip; <br /><br />Luego, a medida que esa forma disminu&iacute;a, tambi&eacute;n yo sent&iacute; disminuir mi conocimiento, y qued&eacute; prosternado contra el parapeto, como un est&uacute;pido, hasta el momento en que, habiendo recobrado mis sentidos, me di un golpe en la frente y me consider&eacute; candidato al manicomio.<br /><br />Retom&eacute;, turbado, el camino de retorno. Al caminar me puse a canturrear las palabras de una confusa melod&iacute;a que ten&iacute;a en la cabeza, y que intentaba reconstruir a la cadencia de mi paso, sin saber ni el porqu&eacute; ni el c&oacute;mo&hellip;<br /><br />En la noche reluciente de plata<br /><br />En la noche reluciente de plata<br /><br />Cont&eacute;mplame<br /><br />Cont&eacute;mplame<br /><br />T&uacute; que frecuentas mi pensamiento<br /><br />T&uacute; que permaneces siempre ah&iacute; abajo&hellip;<br /><br />Este ins&iacute;pido ritornelo me ha perseguido hasta aqu&iacute;, a mi habitaci&oacute;n y he tenido dificultades en expulsar de m&iacute; su lacerante monoton&iacute;a. &iquest;Pero por qu&eacute; todo se resume tan singularmente en estas palabras:<br /><br />En la luna menguante?&hellip;<br /><br />Me los traen, pienso. Se agazapan en m&iacute; como&hellip; como gatos negros.<br /><br />En resumidas cuentas, hay muchos puntos singularmente significativos en lo que me ha sucedido. &iquest;A menos que s&oacute;lo sea el espectador? Todo ha empezado, si no me equivoco, desde que me ocupo de los papeles de mi primo John Roger.<br /><br />Pero qu&eacute; diablos tiene la luna menguante&hellip; Un escalofr&iacute;o me recorre y s&eacute;, de pronto, porqu&eacute; estas dos palabras me vienen a la lengua&hellip; &iexcl;La advertencia a&ntilde;adida en el diario de John Dee, por una mano extranjera! <br /><br />&hellip; &iexcl;En el cuaderno de tafilete verde!<br /><br />Y sin embargo lo repito: &iquest;Qu&eacute; relaci&oacute;n podr&iacute;a haber entre la enigm&aacute;tica amonestaci&oacute;n de un supersticioso del siglo XVII contra los misterios del diablo escoc&eacute;s, en todo el horror de su iniciaci&oacute;n, y mi paseo crepuscular con su pintoresca salida de la luna por encima del baluarte de nuestra buena y vieja ciudad? <br /><br />&iquest;Qu&eacute; he de hacer de ello, y qu&eacute; me sucede a m&iacute;, que vivo en el siglo XX?<br /><br />* * *<br /><br />La noche de ayer todav&iacute;a pesa en mis miembros. He dormido mal. Confusos sue&ntilde;os me han atormentado.<br /><br />Su Se&ntilde;or&iacute;a mi abuelo me hac&iacute;a saltar sobre sus rodillas y me repet&iacute;a incansablemente en la oreja una palabra doble, que he olvidado, pero que ten&iacute;a alguna cosa que ver con &laquo;c&iacute;rculo&raquo; y &laquo;lanza&raquo;. Tambi&eacute;n volv&iacute; a ver el &laquo;otro rostro&raquo; detr&aacute;s m&iacute;o; me daba una orden terminante de estar atento, casi deber&iacute;a decir de permanecer alerta. Pero ya no puedo acordarme de cu&aacute;l era el peligro contra el cual deb&iacute;a de prevenirme. La princesa apareci&oacute; tambi&eacute;n entre las im&aacute;genes de esos sue&ntilde;os &mdash;&iexcl;naturalmente!&mdash; pero tampoco s&eacute; nada m&aacute;s de ese encuentro. &iexcl;Adem&aacute;s, es de locos hablar de encuentros a prop&oacute;sito de visiones tan delirantes! <br /><br />Sea lo que sea tengo la cabeza pesada y me siento particularmente feliz de encontrarme ante una tarea tan acaparadora para desembarazarme completamente de mis pensamientos nocturnos. Con esa disposici&oacute;n de esp&iacute;ritu, es agradable compulsar viejos manuscritos. Tanto m&aacute;s agradable cuanto que el diario de John Dee, m&aacute;s de lo que se puede juzgar a primera vista, est&aacute;, desde el punto y aparte en el que ayer me detuve hasta el fin, en un estado pasable. Me pongo pues a mi traducci&oacute;n y a mi transcripci&oacute;n.<br /><br />El zapato de plata de Bartlett Green<br /><br />En nuestra celda, d&eacute;bilmente iluminada por los primeros rayos del alba, entr&oacute;, solo, un hombre de negro, de una talla un poco por encima de la media, y a pesar de su corpulencia, con un paso y unos gestos prodigiosamente &aacute;giles. Percib&iacute; un fuerte olor que emanaba del movimiento dado a su sotana por su r&aacute;pida entrada, ciertamente un olor a carnicero. Este pastor de almas de rostro redondo, de mejillas agradablemente florecidas &mdash;un confortable tonel de vino de misa, se le hubiera podido suponer&mdash; ten&iacute;a la mirada caracter&iacute;stica, fija, medio imperiosa, medio desconfiada, de ojos amarillos, sin ning&uacute;n signo particular sobre sus vestidos y sin escolta, al menos si estaba presente permaneci&oacute; siempre invisible, era, lo supe de buenas a primeras, Su Se&ntilde;or&iacute;a sir Bonner, el Obispo Sangriento de Londres en persona. Bartlett Green estaba agachado, mudo, delante m&iacute;o. Sus globos oculares giraron lentamente, calmadamente y siguiendo con atenci&oacute;n cada movimiento del visitante. Mientras tanto yo observaba los acontecimientos, todo temor hab&iacute;a desaparecido extra&ntilde;amente en m&iacute;, y acord&eacute; mi conducta con la del martirizado jefe de los Ravenheads, inm&oacute;vil en mi asiento, como si no hiciera el menor caso de nuestro hu&eacute;sped de paso silencioso.<br /><br />Este &uacute;ltimo se gir&oacute; bruscamtente, camin&oacute; hacia Bartlett, le empuj&oacute; ligeramente con el pie, y sin transici&oacute;n, rugi&oacute; con una ruda voz ordenando:<br /><br />&laquo;&iexcl;De pie!&raquo;<br /><br />Apenas si Bartlett Green movi&oacute; las pupilas. Su mirada se alz&oacute; sesgadamente hacia el verdugo de su carne y respondi&oacute; con una voz cavernosa, que dej&oacute; en rid&iacute;culo el tono de su interlocutor:<br /><br />&laquo;&iexcl;Demasiado pronto, &aacute;ngel-trompeta del juicio! Todav&iacute;a no es la hora de la resurrecci&oacute;n de los muertos.<br /><br />&iexcl;Ves, todav&iacute;a estamos vivos!&raquo;<br /><br />&mdash;&laquo;&iexcl;Lo constato con disgusto, monstruo del infierno!&raquo; escupi&oacute; el obispo con una voz extraordinariamente dulce, de una benignidad sacerdotal que contrasta singularmente con el sentido de sus palabras, as&iacute; como con el rugido de pantera usado antes.<br /><br />Y Su Se&ntilde;or&iacute;a prosigui&oacute; con el mismo tono dulz&oacute;n:<br /><br />&laquo;Escucha. Bartlett, la insondable misericordia ha previsto entre sus decretos la eventualidad de tu contricci&oacute;n y confesi&oacute;n. Haz una confesi&oacute;n general, y el principio del descenso a los infiernos en la pez ardiente te ser&aacute; diferido, quiz&aacute; evitado. Tu tiempo de penitencia terrestre no puede ser reducido.&raquo;<br /><br />Una risa, o m&aacute;s bien una especie de trueno medio retenido fue la &uacute;nica respuesta de Bartlett. Vi una sacudida de c&oacute;lera reprimida perturbar al obispo hasta lo m&aacute;s hondo, pero guard&oacute; un sorprendente control sobre s&iacute; mismo. Avanz&oacute; un paso hacia el miserable mont&oacute;n de carne humano sacudido, sobre un mont&oacute;n de inmundicias, por una risa silenciosa, y continu&oacute;:<br /><br />&laquo;&iexcl;Eh! veo, Batlett que eres de buena constituci&oacute;n. La b&uacute;squeda de la verdad mediante la tortura s&oacute;lo ha podido domaros un poco, all&iacute; donde otros ya habr&iacute;an salido de su piel con su alma hedionda. Dios quiera que el estimable barbero, s&iacute;, el m&eacute;dico mismo, a quien la necesidad os conf&iacute;a, sepa recomponeros&hellip; Mi clemencia, al igual que mi rigor, cree firmemente que dentro de algunas horas saldr&eacute;is de este agujero con &mdash;la voz del obispo se convert&iacute;a aqu&iacute; en un ronroneo de los m&aacute;s &iacute;ntimos y de los m&aacute;s amables&mdash; vuestro compa&ntilde;ero de miseria y de infortunio en este lugar, sir Dee, vuestro fiel amigo.&raquo;<br /><br />Era la primera vez que el obispo me alud&iacute;a. Al o&iacute;r ahora pronunciar mi nombre me dio un golpe de esos que te despiertan con sobresalto de un sue&ntilde;o cualquiera y te conducen a la realidad. En efecto, durante un momento, tuve la impresi&oacute;n de asistir a una muy lejana fantasmagor&iacute;a o a una grotesca comedia sin ninguna relaci&oacute;n con mi persona y mi existencia. Ahora ya era un hecho; por la puntilla tan dulce como horrible del obispo, estaba implicado en el n&uacute;mero de los actores. &iexcl;Si Bartlett confesaba que me conoc&iacute;a, estaba perdido! Pero cuando el horror repentino que desencaden&oacute; en m&iacute; la conciencia de mi situaci&oacute;n apenas si hab&iacute;a tenido tiempo de expulsar la sangre de mi coraz&oacute;n a mis ardientes venas, Bartlett, con una flema y una imperturbabilidad indescriptibles, gir&oacute; la cabeza a mi lado y refunfu&ntilde;&oacute;:<br /><br />&laquo;&iquest;Un gentilhombre que comparte mi lecho? Gracias por este honor, hermano obispo. Yo cre&iacute;a que hab&iacute;as querido darme por compa&ntilde;ero alg&uacute;n sastre, a fin de que aprenda de vuestra buena escuela c&oacute;mo el miedo le puede sacar el alma por los calzones.&raquo;<br /><br />Este insultante discurso de Bartlett, tan inesperado, me hiri&oacute; de improvisto en mi orgullo de anta&ntilde;o, hasta el punto de darme el impulso &mdash;bien pronto refrenado&mdash; de saltar. La c&oacute;lera normal y la desconfianza me compusieron una expresi&oacute;n que de ning&uacute;n modo escap&oacute; a los ojos observadores del obispo Bonner. Al instante comprend&iacute; la intenci&oacute;n del valeroso Bartlett; una confiada gran paz llen&oacute; mi coraz&oacute;n, de manera que decid&iacute; interpretar bien mi papel en la comedia y a replicar, en toda causa, tanto a Bartlett como al obispo, de la manera m&aacute;s adecuada.<br /><br />Mientras tanto sir Bonner disimulaba su decepci&oacute;n de tener que esperar a otra ocasi&oacute;n para saltar sobre sus dos presas como una pantera, detr&aacute;s de un ronroneante bostezo que, de hecho, recordaba en demas&iacute;a el expresivo mal humor de un gran gato.<br /><br />&laquo;&iquest;No quieres pues conocer a &eacute;ste, ni de vista ni de nombre, buen maestro Bartlett?&raquo; dijo el obispo, zalamero, inaugurando una nueva manera. <br /><br />Pero Bartlett Green se content&oacute; con gru&ntilde;ir.<br /><br />&laquo;&iexcl;Quisierais que conociera al se&ntilde;orito, apenas salido de las mantillas, que me hab&eacute;is metido en mi nicho, se&ntilde;or loco! &iexcl;Quisiera vivir todav&iacute;a suficientemente para ver con mis ojos al tal especie de joven perro lloraduelos deslizarse por la puerta de pez hirviente de vuestro cielo; pero no soy, como vos, amigo y hermano de leche de ning&uacute;n vil gentilhombre, compadre Bonner!&raquo;<br /><br />&laquo;&iexcl;Lengua de v&iacute;bora, condenada carne de ca&ntilde;&oacute;n!&raquo; grit&oacute; el obispo por una vez espont&aacute;neo, pues su fuerza de contenci&oacute;n hab&iacute;a llegado al l&iacute;mite. Se oy&oacute; entonces ante la entrada del calabozo un sugetivo chisch&aacute;s de armas. &laquo;&iexcl;La madera y la pez son frusler&iacute;as para ti, primer nacido de Belceb&uacute;! &iexcl;Hay que construirte una hoguera de azufre para darte un aperitivo del que te espera en la casa de tu padre!&raquo;<br /><br />El obispo vociferaba, el rostro enrojecido por una c&oacute;lera creciente, y rechinaba de dientes mientras que sus palabras se ahogaban. Pero Bartlett Green replic&oacute; con un estallido de risa, empez&oacute; a balancearse cada vez con m&aacute;s fuerza de un lado a otro sobre sus dislocados miembros, espect&aacute;culo que me hel&oacute; de espanto. <br /><br />&laquo;&iexcl;Te equivocas, hermano Bonner! cort&oacute; por lo bajo. &iexcl;No sirve para mi belleza, como t&uacute; esperas, el azufre! Los ba&ntilde;os de azufre son buenos para los franceses; no quiero decir con ello que no tengas necesidad de una cura de esta especie de agua termal, &iexcl;ja! &iexcl;ja! escucha, pobre aprendiz, all&aacute; donde deber&aacute;s acurrucarte, llegado tu tiempo, el olor del azufre pasar&aacute; por almizcle y aliento embalsamado de Persia.&raquo;<br /><br />&laquo;Confiesa, demonio con cabeza de cerdo, rugi&oacute; el obispo Bonner, que este gentilhombre, John Dee, es tu hermano de rapi&ntilde;a y de asesinato, si no&hellip;&raquo;<br /><br />&laquo;&iquest;Si no?&raquo; repiti&oacute; Bartlett Green con un eco burl&oacute;n.<br /><br />&laquo;&iexcl;R&aacute;pido, las esposas!&raquo; jade&oacute; el obispo.<br /><br />Y los criados se precipitaron al interior de la celda con todos sus arreos. Este Bartlett tullido alz&oacute; entonces&nbsp; su mano derecha con una risa silbante: hundi&oacute; su pulgar entre sus poderosas mand&iacute;bulas y de un solo golpe se mordi&oacute; la falange hasta ver el hueso y escupi&oacute; al rostro del obispo con una segunda risa infernal, al punto la sangre y la baba regaron las mejillas y la sotana del horrible sacerdote. &laquo;&iexcl;Ah&iacute;!&raquo;, una terrible risa estall&oacute; despu&eacute;s del golpe, y Bartlett lanz&oacute; contra el obispo, con una lengua tan locuaz, una tal cantidad de injurias y de imprecaciones que me parece imposible reproducirlas aunque mi memoria fuese capaz de recordar la m&aacute;s peque&ntilde;a parte. Resaltaba, del total, la muy horrible y garantizada promesa de recibirlo fraternalmente &laquo;ah&iacute; abajo&raquo; cuando &eacute;l, Bartlett, saliendo de las llamas de la hoguera, hubiera atrapado al vuelo la tierra del M&aacute;s All&aacute;, que &eacute;l llamaba &laquo;Verde&raquo;. No quer&iacute;a atormentarle ni hacerle zarandear en la pez y el azufre, &iexcl;oh! no, quer&iacute;a tornarle bien por mal y enviarle &mdash;a &eacute;l su querido hijo&mdash; peque&ntilde;as diablesas de la m&aacute;s olorosa y original manera, el emperador del cual, adem&aacute;s, bien pod&iacute;a ser franc&eacute;s. As&iacute; quer&iacute;a sazonarle cada hora de su estancia en la dulzura del infierno y en la amargura del infierno, pues en el M&aacute;s All&aacute;&hellip;<br /><br />&laquo;En el M&aacute;s All&aacute;, mi beb&eacute;, as&iacute; habl&oacute; Bartlett para concluir su monstruosa predicci&oacute;n, te corregir&aacute;s con aullidos y gemidos, y nos dedicar&aacute;s la hediondez de tu barrizal a nosotros los pr&iacute;ncipes de la Piedra Negra, a nosotros los coronados con la impasibilidad coronada.&raquo;<br /><br />Ser&iacute;a vano querer describir los espantosos pensamientos, el desencadenamiento de una jaur&iacute;a de pasiones o s&oacute;lo las sombras de horror que, durante este diluvio de invectivas, se animaban a lo largo del rostro del obispo Bonner. Este robusto hombre permanec&iacute;a ah&iacute; de pie como si hubiera echado ra&iacute;ces; detr&aacute;s suyo la insolencia de los verdugos y los soldados hab&iacute;a quedado reducida a las dimensiones del rinc&oacute;n m&aacute;s oscuro donde se amontonaban, pues cada uno de ellos ten&iacute;a un temor supersticioso que el &laquo;mal de ojo&raquo; del Ojo Blanco no les hiriera con un mal del que hubieran de sufrir toda su vida.<br /><br />Finalmente sir Bonner se arranc&oacute; de su atontamiento y limpi&oacute; con su manga de seda las manchas de las que estaba cubierto. Luego, muy calmo, casi dulce, pero con una especie de ardor contenido en la voz, dijo: <br />&laquo;No me ense&ntilde;as nada nuevo sobre el virtuosismo del esp&iacute;ritu del mal, del Enemigo y del Mentiroso, aprendiz de brujo. Pero me incitas a acelerar las cosas, con el fin de que un demonio tan realizado no reciba por m&aacute;s tiempo los rayos del sol celeste.&raquo;<br /><br />&laquo;Date prisa&raquo;, respondi&oacute; Bartlett, con un tono seco y brusco: &laquo;lejos de mi nariz, carro&ntilde;a, son necesarias fumigaciones para sanear el aire en el que t&uacute; has respirado.&raquo;<br /><br />Con mano soberana el obispo hizo un gesto y los esbirros se acercaron para tomar a Bartlett. Pero se acurruc&oacute; para escapar a su asalto, se volvi&oacute; sobre su larga espalda y les mostr&oacute; la planta de su pie desnudo: <br />saltaron, conjuntamente, hacia atr&aacute;s.<br /><br />&laquo;&iexcl;Mirad! grit&oacute;, he aqu&iacute; el zapato de plata que me ha dado la abuela Isa&iacute;s. Despu&eacute;s de llevarlo tanto tiempo, &iquest;c&oacute;mo el dolor y el temor pod&iacute;an haber hecho mella en m&iacute;? &iexcl;Yo escapo a esas min&uacute;sculas enfermedades!&hellip;&raquo; Constat&eacute; con horror que a ese pie le faltaban todos los dedos; el mu&ntilde;&oacute;n desnudo parec&iacute;a un gran zapato de metal: la lepra resplandeciente lo hab&iacute;a ra&iacute;do. Batlett era semejante a ese leproso de la Biblia del cual est&aacute; escrito que era blanco como la nieve reluciente&hellip;<br /><br />&laquo;&iexcl;Peste y lepra!&raquo; aullaron los soldados; tiraron sus picas y las esposas y se precipitaron en loca huida por la puerta abierta del calabozo. Sir Bonner se qued&oacute;, el rostro p&aacute;lido de horror y de repulsi&oacute;n, dudando entre el orgullo y el temor, pues la lepra plateada es reputada entre la gente avisada y los sabios como un mal eminentemente contagioso. Recul&oacute; lentamente, &eacute;l, que hab&iacute;a venido a gustar el placer de saborear sobre nosotros, pobres prisioneros, sus instintos de poder; paso a paso recul&oacute; ante Barlett que se arrastraba persigui&eacute;ndolo, rechaz&aacute;ndolo con su pie leproso, vomitando siempre sus sarcasmos y blasfemias m&aacute;s all&aacute; de toda medida contra el pr&iacute;ncipe de la Iglesia. Sir Bonner, la bravura del cual no aumentaba, puso punto final en la puerta diciendo con una voz entrecortada, mientras que se deslizaba fuera: <br /><br />&laquo;Hoy mismo esta peste ser&aacute; quemada en fuego s&eacute;ptuple. Pero t&uacute; c&oacute;mplice del &uacute;ltimo c&iacute;rculo del infierno &mdash;este insulto se dirig&iacute;a a m&iacute;&mdash;debes gustar el sabor de las llamas que nos liberar&aacute;n de este monstruo, para experimentar con aplicaci&oacute;n, por ti mismo, que todav&iacute;a pueden purificar tu alma perdida. &iexcl;Por gracia te liberaremos de la hoguera de los herejes inmediatamente!&raquo;<br /><br />&Eacute;stas fueron las &uacute;ltimas bendiciones que recog&iacute; de la boca del Obispo Sangriento. Confieso que por un instante me precipitaron en un abismo, en todos los horrores de la angustia y en las representaciones m&aacute;s espantosas. En efecto, se dice de sir Bonner que sobresale en el arte de matar tres veces a sus v&iacute;ctimas: la primera vez por su sonrisa, la segunda por sus prop&oacute;sitos, la tercera por su verdugo; esto debe ser cierto, pues este hombre me ha hecho sufrir el m&aacute;s terrible suplicio antes que el incre&iacute;ble milagro de mi liberaci&oacute;n me haya ahorrado la tercera muerte que su mano me destinaba&hellip;<br /><br />Apenas me qued&eacute; solo de nuevo con Bartlett, &eacute;l rompi&oacute; el silencio en el que se hab&iacute;a sumido nuestro calabozo por los cloqueos de su risa; casi bonach&oacute;n, se arrastr&oacute; hacia m&iacute;:<br /><br />&laquo;D&eacute;jalo correr, hermano Dee. El espanto te descompone como si tuvieras un millar de piojos y de garrapatas debajo de los pelos, por lo que veo. Pero tambi&eacute;n es verdad que he hecho lo que he podido para cortar por lo sano con toda complicidad entre t&uacute; y yo &mdash; bien veo que te has dado cuenta&mdash;, tambi&eacute;n es verdad que t&uacute; saldr&aacute;s sano y salvo de esta aventura, a lo m&aacute;s mi asunci&oacute;n te quemar&aacute; un poco la barba. Esto, sop&oacute;rtalo como hombre.&raquo;<br /><br />Incr&eacute;dulo, levant&eacute; mi cansada cabeza en la que zumbaba dolorosamente el eco de todos los tormentos, de todos los horrores a los cuales hab&iacute;a asistido. Adem&aacute;s, como es habitual cuando el alma est&aacute; agotada debido a un exceso de emociones y de tribulaciones, me encontraba con una disposici&oacute;n casi indiferente y por as&iacute; decirlo desprendida de toda preocupaci&oacute;n; recordaba con satisfecha sonrisa el vil terror del obispo y sus secuaces cuando vieron el &laquo;zapato de plata&raquo; de la lepra en mi compa&ntilde;ero de condena y me acerqu&eacute; por una especie de desaf&iacute;o, hacia el hombre marcado con ese signo.<br /><br />Bartlett se dio cuenta y gru&ntilde;&oacute; seg&uacute;n su extra&ntilde;a manera habitual, de donde conclu&iacute; que este salvaje compa&ntilde;ero estaba conmocionado por un sentimiento que, en un hombre de cualquier otra naturaleza, se habr&iacute;a podido interpretar como un toque de emoci&oacute;n humana.<br /><br />Abroch&oacute; lentamente su casaca de cuero sobre su velludo pecho al que no cubr&iacute;a ninguna camisa, y sin m&aacute;s me dijo:<br /><br />&laquo;Avanza sin segundas intenciones, hermano Dee; el don de mi graciosa Dama es tal, que cada uno debe gan&aacute;rselo por sus propios medios. No puedo transmit&iacute;rtelo, aunque yo bien lo quisiera.&raquo;<br /><br />Todav&iacute;a cloque&oacute; una vez m&aacute;s con su risa medio reprimida, lo que me produjo un escalofr&iacute;o. Pero bien pronto prosigui&oacute;:<br /><br />&laquo;As&iacute; pues, lo he hecho de la mejor manera para fastidiar al sacerdote el placer de descubrir que est&aacute;bamos confabulados; pero, querido m&iacute;o, no hac&iacute;a nada por amor a ti; actu&eacute; as&iacute; porque deb&iacute;a en funci&oacute;n de algo que yo s&eacute; y que no puede ser de otra manera. Pues t&uacute; eres el joven pr&iacute;ncipe real de este tiempo, se&ntilde;or Dee; a ti te est&aacute; prometida la corona del Pa&iacute;s Verde, la Dama de los tres imperios te espera.&raquo;<br /><br />Casi me desvanezco al o&iacute;r esas palabras en la boca del bandido y salteador y apenas si pude mantener mi sangre fr&iacute;a. Con todo, r&aacute;pidamente supuse lo que hab&iacute;a podido suceder, y cre&iacute;, no sin emoci&oacute;n, descubrir una relaci&oacute;n entre Bartlett ese nacido vagabundo, ese mago negro, y la bruja de la landa de Uxbridge, incluso con el mismo Mascee.<br /><br />Como si hubiera adivinado mi pensamiento, Bartlett continu&oacute;:<br /><br />&laquo;Conozco perfectamente a la hermana Zeire de Uxbridge, y tambi&eacute;n al maestre del zar moscovita. &iexcl;Ten cuidado! Es un alcahuete; pero t&uacute;, hermano, &iexcl;debes reinar, con pleno conocimiento y determinaci&oacute;n! Las bolas roja y blanca que t&uacute; has tirado por la ventana de tu casa&hellip;&raquo;<br /><br />Solt&eacute; una risa rebelde:<br /><br />&laquo;Est&aacute;s bien informado Bartlett, &iquest;as&iacute; el llamado Mascee trabaja tambi&eacute;n bajo el pend&oacute;n de la cabeza de cuervo?&raquo;<br /><br />Bartlett respondi&oacute; tranquilamente:<br /><br />&laquo;Que diga: "Te equivocas", o que diga: "Pueda ser", no ganar&aacute;s ninguna inteligencia con ello. Pero voy a ense&ntilde;arte&hellip;&raquo; y el bandido me expuso hora por hora, minuto por minuto mis hechos y gestos durante la noche en que los esbirros del obispo me hab&iacute;an arrestado; me indic&oacute; el lugar y la manera en que se abr&iacute;a el escondrijo en el que hab&iacute;a metido todo tipo de escritos secretos con una gran prudencia y m&uacute;ltiples precauciones, hasta el punto de no querer confiarlos ni a mi diario. Riendo me rindi&oacute; detallada cuenta de todos mis actos, tan naturalmente como si fuera yo mismo, o bien hubiera estado presente a mi lado; ning&uacute;n hombre en el mundo y de ninguna manera habr&iacute;a podido mostrar semejante doble vista.<br /><br />Ya no supe dominar mi sorpresa ni mi impresi&oacute;n de horror delante del martirizado jefe Ravenhead, tan superior a los dones m&aacute;s extraordinarios, a las pr&aacute;cticas y a los poderes que dominaba como jugando; le mir&eacute; a la cara sin decir palabra, luego balbuce&eacute;: &laquo;T&uacute; que no conoces el dolor, que triunfas sobre los dolores visibles del cuerpo, que, seg&uacute;n tus propias palabras, tienes la poderosa ayuda de tu soberana y diosa, Isa&iacute;s la Negra, a tu lado, t&uacute;. finalmente, que puedes ver incluso las cosas m&aacute;s escondidas&hellip; &iquest;C&oacute;mo est&aacute;s ah&iacute;. Yaciendo miserablemente, cargado de cadenas, con los miembros rotos y a punto de ser presa de las llamas? &iquest;C&oacute;mo no escapas de estos muros mediante una operaci&oacute;n m&aacute;gica?&raquo;<br /><br />En el intervalo, Bartlett hab&iacute;a sacado de su pecho un peque&ntilde;o saco de cuero que ahora ten&iacute;a en su mano libre y balanceaba ante mis ojos como un p&eacute;ndulo. Riendo me dijo: <br /><br />&laquo;&iquest;No te he prevenido, hermano Dee, que en los t&eacute;rminos de nuestra ley mi tiempo se ha cumplido? He ofrecido los gatos en oblaci&oacute;n al fuego, debo a mi vez ser la v&iacute;ctima propiciatoria del fuego, puesto que hoy cumplo mis treinta a&ntilde;os. Hoy soy todav&iacute;a este miserable Bartlett Green a quien se puede torturar, desgarrar, quemar, y te hablo como el hijo de una puta y de un sacerdote; pero ma&ntilde;ana, se acab&oacute;: el hijo del hombre es elevado al rango de prometido en la casa de la Gran Madre. Pues el tiempo de mi dominio ha llegado.<br /><br />&iexcl;Hermano Dee, todos vendr&eacute;is en compa&ntilde;&iacute;a a fisgonear c&oacute;mo gobierno en la vida eterna!&hellip; Pero para que siempre recuerdes mis palabras, para que encuentres mi camino, recibe en herencia mi tesoro terrestre y&hellip;&raquo; <br /><br />Destrucciones intencionadas interrumpen aqu&iacute; la continuidad del relato. Parece como si esta destrucci&oacute;n sea imputable a la propia mano de John Dee. La naturaleza del regalo hecho por Bartlett Green al se&ntilde;or Dee destaca claramente en las primeras frases de la continuaci&oacute;n del diario que ya se halla en buen estado. <br /><br />(Se&ntilde;ales de fuego)&hellip; de manera que, hacia la cuarta hora de la tarde todos los preparativos para el desarrollo de la venganza imaginada por el Obispo Sangriento estaban terminados. <br /><br />Vinieron a llevarse a Bartlett Green; y yo, John Dee, despu&eacute;s de una media hora ya estaba sentado solo en el calabozo; muchas veces tuve en mis manos el regalo poco visible de Bartlett para examinarlo. Era un peque&ntilde;o trozo de carb&oacute;n puro, negro, del grueso de un dedo, tallado en forma de octaedro casi regular y normalmente pulido. Seg&uacute;n las explicaciones y la palabra de su antiguo propietario, con tan s&oacute;lo un poco de magia negra, podr&eacute; ver aparecer en las caras relucientes de esta especie de espejo ya sea la imagen de un evento actual que se desarrolla en la lejan&iacute;a, ya sea la representaci&oacute;n de futuras peripecias de mi destino. Pero no vi nada semejante; sin duda a causa de la turbaci&oacute;n de mi esp&iacute;ritu. El mismo Bartlett me hab&iacute;a dicho que era totalmente contrario y nefasto en tales experiencias.<br /><br />Finalmente aguc&eacute; el o&iacute;do y o&iacute; el ruido del cerrojo de mi calabozo. R&aacute;pidamente retorn&eacute; el misterioso carb&oacute;n al abrigo del viejo saco de cuero de Bartlett y &eacute;ste en el forro de mi casaca.<br /><br />Inmediatamente entr&oacute; una escolta de soldados del obispo armados hasta los dientes y pens&eacute;, con un escalofr&iacute;o de horror, que se trataba nada menos que de conducirme a la muerte sin ni tan siquiera juicio en el m&aacute;s corto espacio de tiempo. Se hab&iacute;a decidido de otra manera: deb&iacute;a, a fin de preparar mejor y de ablandar mi alma endurecida, ser conducido muy cerca de la hoguera para que mis cabellos se chamuscasen y viera arder a Bartlett Green. Es muy posible que Satan&aacute;s haya empujado al obispo a forzar por este medio, aprovechando los sufrimientos del condenado a muerte y del horror que yo manifestar&iacute;a, una confesi&oacute;n suya o m&iacute;a referente a nuestra asociaci&oacute;n, o de obligarnos de alguna manera a traicionarnos. No podr&iacute;a insistir en este drama que se ha impreso en mi memoria para toda la vida, dejando en mi alma una marca como grabada&nbsp; con hierro candente. S&oacute;lo quiero hacer notar, resumiendo, que el obispo Bonner recogi&oacute; del espect&aacute;culo del suplicio de Bartlett Green, unos frutos totalmente distintos de los que hab&iacute;<br />a imaginado en la voracidad de su repugnante curiosidad.<br /><br />Hacia la quinta hora Bartlett puso el pie en la hoguera, tan alegre como si se le hubiera dicho que subiera al lecho nupcial; por el capricho de mi pluma reencuentro en mi esp&iacute;ritu sus propias palabras, le o&iacute; confiarme que hoy esperaba ser el prometido de su Gran-Madre, manera un poco irreverente de presumir su retorno al pa&iacute;s de su alma, cerca de Isa&iacute;s la Negra.<br /><br />Cuando hubo subido al pat&iacute;bulo, grit&oacute; fuertemente al obispo riendo: &laquo;&iexcl;Cu&iacute;dese, se&ntilde;or cura, cuando entone el canto del retorno, en proteger su cr&aacute;neo calvo, puesto que quiero humedecerlo con una gota de pez y de azufre en llamas que os trabajar&aacute; el cerebro hasta vuestro cercano viaje al infierno!&raquo;<br /><br />La hoguera hab&iacute;a sido construida con un esmero y un refinamiento de una crueldad tan impensable, como nunca jam&aacute;s antes se hab&iacute;a visto, y quiera Dios que no se vea jam&aacute;s otra igual en este mundo miserable. Para precisar, se hab&iacute;a erigido sobre un h&uacute;medo mont&oacute;n de madera de pino que ard&iacute;a muy mal, una p&eacute;rtiga a la que Bartlett estaba atado mediante grapas de hierro. Pero este &aacute;rbol del martirio estaba rodeado hasta arriba de mechas de azufre, y una corona de pez y azufre muy voluminosa hab&iacute;a sido enganchada encima de la cabeza del pobre pecador.<br /><br />Cuando el verdugo hubo prendido la madera, un poco en todas partes, con su antorcha, las mechas de azufre se incendiaron todas a la vez y condujeron las oleaginosas llamas hasta la corona que cubr&iacute;a la cabeza del culpable, de manera que una larga lluvia de azufre y de pez en llamas empez&oacute; a caer gota a gota sobre &eacute;l. Pero, a despecho de este abominable espect&aacute;culo, se puede decir que para este sorprendente hombre, atado a su poste, se trataba s&oacute;lo de un refrescante chaparr&oacute;n de primera, de un man&aacute;. No dej&oacute; en todo ese tiempo de mancillar al obispo con los m&aacute;s ultrajantes y virulentos sarcasmos, de manera que el pont&iacute;fice sentado en su trono de terciopelo estaba mucho m&aacute;s en la picota que su v&iacute;ctima en la hoguera. Y, si hubiera podido encontrar un pretexto decente para escabullirse del papel de acusaci&oacute;n p&uacute;blica, la v&iacute;ctima de la cual conoc&iacute;a sus faltas m&aacute;s secretas y no se priv&oacute; lo m&aacute;s m&iacute;nimo en exponerlas, sir Bonner lo habr&iacute;a hecho con gran alegr&iacute;a, renunciando con gusto a alimentarse con esta ejecuci&oacute;n. Parec&iacute;a herido por una inconcebible fascinaci&oacute;n, incapaz de hacer otra cosa que temblar de rabia y de verg&uuml;enza contenidas y dar, con la boca espumeante, orden tras orden a sus servidores de acelerar por todos los medios una faena que primero hab&iacute;a pensado prolongar de la m&aacute;s horrible manera. Sin embargo, era extraordinario ver c&oacute;mo ninguno de los proyectiles que finalmente fueron copiosamente lanzados a modo de granizo sobre el supliciado lograron acallarle, era como si toda su persona fuera indestructible, invulnerable. Finalmente se amonton&oacute; madera seca y fagotes mezclados con estopa en la hoguera a fin de hacer crecer el brasero y Bartlett desapareci&oacute; entre las llamas y el humo. Pero entonces se puso a cantar con una atronadora voz de regocijo, como algunas horas antes en la prisi&oacute;n cuando se balanceaba en el muro, y con el crepitar de la madera reson&oacute;, l&uacute;gubre y radiante a la vez, su salvaje melopea:<br /><br />&iexcl;Hurra! El chorlito canta en la rama.<br /><br />Despu&eacute;s de la muda de mayo.<br /><br />&iexcl;Hurra!<br /><br />Nosotros cantamos, totalmente balanceado en lo alto del m&aacute;stil.<br /><br />&iexcl;Hurra! &iexcl;Madre Isa&iacute;s!<br /><br />&iexcl;Hurra!<br /><br />Un silencio de muerte hab&iacute;a invadido el lugar del suplicio; el espanto y el horror se hab&iacute;an apoderado del verdugo y de los soldados, de los jueces, de los sacerdotes y de los se&ntilde;ores que temblaban de pies a cabeza.<br /><br />Era un espect&aacute;culo casi risible. Deb&iacute;a verse, sobre todo, a Su Se&ntilde;or&iacute;a el obispo Bonner sentado sobre su trono semejante a un fantasma p&aacute;lido, petrificado, las manos crispadas en los brazos de su sill&oacute;n. Con sus hura&ntilde;os ojos fijos en las llamas. Cuando el &uacute;ltimo sonido de la queja expir&oacute; en la boca de Bartlett Green que ard&iacute;a, vi al obispo titubear mientras lanzaba un grito de condenado. &iquest;Se levant&oacute; una ventolera de la hoguera? Lo cierto es que un chorro de llamas, parecidas a lenguas de un amarillo rojizo, se levant&oacute; de golpe de la hoguera, revolote&oacute;, se dispers&oacute; en chispas y se arremolin&oacute;, subiendo oblicuamente en el cielo crepuscular hacia el trono episcopal, justo sobre la cabeza de Sir Bonner. Si una gota de azufre infernal toc&oacute; y ardi&oacute; en esa cabeza, como lo hab&iacute;a profetizado Bartlett pocas horas antes, no sabr&iacute;a decirlo. Se habr&iacute;a podido creer a juzgar por la cara revulsiva del Obispo Sangriento, y si su grito apenas fue perceptible, es quiz&aacute; porque el caos de la masa de hombres que llenaba la empestada plaza impidi&oacute; o&iacute;rlo.<br /><br />Debo a&ntilde;adir, para ser fiel en mi relaci&oacute;n, que, mientras me llevaba la mano a la frente para borrar los horrores de esas horas, cuando recuper&eacute; mis cabales, un mech&oacute;n de cabellos que hab&iacute;a ardido en mi cabeza cay&oacute; a mis pies&hellip;<br /><br />La noche siguiente a los horribles sucesos de ese d&iacute;a la pas&eacute; en mi solitaria c&aacute;rcel; s&oacute;lo puedo confiar a mi diario una peque&ntilde;a parte de las circunstancias tan extraordinarias por las que estuvo marcada; lo que quiero decir es, pero, que esa noche permanecer&aacute; para m&iacute; siempre inolvidable, como todo lo que me ha sucedido en la prisi&oacute;n del Obispo Sangriento en Londres.<br /><br />Durante el anochecer y la primera parte de la noche, no s&oacute;lo esperaba un nuevo interrogatorio sino tambi&eacute;n la discusi&oacute;n en el tribunal del obispo Bonner. Mi confianza referente a las palabras prof&eacute;ticas de Bartlett era mediocre, lo confieso, aunque hubiera tomado una y otra vez su negro cristal para intentar descubrir, en las pulidas caras de ese insignificante mineral, una imagen de mi futuro. Pronto la oscuridad hab&iacute;a invadido el calabozo, y a diferencia de la noche precedente, el guardi&aacute;n no juzg&oacute; necesario &mdash;o quiz&aacute; se trataba de una prohibici&oacute;n formal&mdash; traer una luz a mi celda.<br /><br />Despu&eacute;s de haberme instalado para meditar, no s&eacute; hasta qu&eacute; hora, sobre mi destino y el del bandido, a quien suspirando envidiaba por haber terminado, sea lo que sea, con toda especie de males y cautiverio ulterior, me hund&iacute;a hacia medianoche en la pesada somnolencia del agotamiento.<br /><br />Me pareci&oacute; entonces que la pesada puerta de mi in pace se abr&iacute;a de una manera totalmente inexplicable y que Bartlett entraba sin ninguna ceremonia o preparativo particular, bien plantado, derecho, de estatura casi imponente, muy alegre y desbordante de facultades, lo que me llen&oacute; del m&aacute;s profundo estupor, tanto m&aacute;s que mi conciencia, que permanec&iacute;a despierta, no dejaba de tener en cuenta ni un instante el hecho que hab&iacute;a sido, pocas horas antes, juzgado y quemado. R&aacute;pidamente le habl&eacute; con un calmado tono y le preguntaba, en nombre de la Trinidad, si se reconoc&iacute;a por un fantasma o por Bartlett Green en persona, aunque despachado a aqu&iacute; de manera sorprendente por otro mundo.<br /><br />Sobre ello, Bartlett, con su risa habitual, que le sub&iacute;a de lo m&aacute;s profundo de su pecho, respondi&oacute; que no era ning&uacute;n fantasma, sino el verdadero Bartlett Green sano y floreciente, que adem&aacute;s no ven&iacute;a de otro mundo, sino de este, el actual, del que en adelante habitaba el rev&eacute;s, pues no hay &laquo;M&aacute;s All&aacute;&raquo;, sino que en todas partes donde la vida se desplega, hay un mundo &uacute;nico que reviste muchos, sino innumerables aspectos y medios de penetraci&oacute;n, de manera que el suyo difer&iacute;a evidentemente un poco del m&iacute;o. <br /><br />Esto no son m&aacute;s que balbuceantes proposiciones muy por debajo de la claridad, de la simplicidad de la evidencia que habr&iacute;a querido describir y que, en ese instante de lucidez semiconsciente, me imaginaba poseer; pues mi comprensi&oacute;n de la realidad de la que hablaba Bartlett se ba&ntilde;aba por as&iacute; decirlo en la luz del sol, de manera que los secretos del espacio, del tiempo, de la constituci&oacute;n del ser, aparec&iacute;an di&aacute;fanos y se ofrec&iacute;an a mi esp&iacute;ritu. Bartlett me inculc&oacute; en esas horas un muy notable conocimiento de m&iacute; mismo y de mi futuro que he conservado preciosamente hasta el &uacute;ltimo detalle.<br /><br />Y si esa noche todav&iacute;a pod&iacute;a dudarlo, temer una ilusi&oacute;n, si pod&iacute;a creerme el juguete de un sue&ntilde;o mentiroso, ahora ya estoy tan plenamente instruido por el cumplimiento extraordinario y perfectamente irracional de sus profec&iacute;as que al contrario, estar&iacute;a loco si hoy concediera menos cr&eacute;dito a lo que me ha anunciado para el ma&ntilde;ana. S&oacute;lo un punto permanece para m&iacute; insoluble: el motivo que empujaba a Bartlett Green a ocuparse de mis asuntos con esa conciencia y a tomarme totalmente bajo su benefactora direcci&oacute;n; pues hasta este d&iacute;a jam&aacute;s ha manifestado ninguna veleidad de perjudicarme ni tomado aires de corruptor infernal; por otra parte yo habr&iacute;a sido un hombre capaz de chillarle un potente y en&eacute;rgico vade retro Satan&aacute;s, para que sea engullido por ese infierno al cual habr&iacute;a pretendido arrastrarme.<br /><br />Desde la eternidad su v&iacute;a no es la m&iacute;a; y siempre tomo buena nota que no act&uacute;a para hacerme bien, sino para ajustarse a un programa que se le ha, por as&iacute; decirlo, indicado con el dedo. <br /><br />Instado por mis preguntas, me declar&oacute;, esa famosa noche, que quedar&iacute;a libre a la ma&ntilde;ana del d&iacute;a siguiente. <br /><br />Y mientras que, totalmente incr&eacute;dulo, dadas las circunstancias y la gratuidad de sus afirmaciones, le hac&iacute;a sufrir un estrecho interrogatorio, queri&eacute;ndole demostrar la patente absurdidad y la inverosimilitud de lo que me promet&iacute;a, &eacute;l cloque&oacute; con su caracter&iacute;stica risa, exactamente como en vida, y dijo: <br /><br />&laquo;&iexcl;Hermano Dee, eres un imb&eacute;cil. Ves el sol de cara y rechazas el testimonio de tus ojos! Pero ya que s&oacute;lo eres un novicio en el Arte, un trozo de mineral puede tener para ti m&aacute;s valor que una palabra viva. Toma pues mi regalo cuando est&eacute;s despierto y contempla lo que tu conciencia no es capaz de atrapar al vuelo.&raquo; <br /><br />Indicaciones importantes, que yo no s&eacute; formular, concernientes a la conquista de Groenlandia y la urgencia, incluso la imperiosa necesidad de esta empresa para el conjunto de mi futuro destino, constituyeron lo esencial de su ense&ntilde;anza. Tambi&eacute;n debo mencionar que Bartlett Green, en el curso de sus visitas ulteriores &mdash;y todav&iacute;a me visita a menudo&mdash; no ha dejado de mostrarme, con una constancia y una firmeza siempre mayores, esta v&iacute;a y no otra para llegar a mi meta suprema, al objeto de mis esfuerzos m&aacute;s ardientes; en primer lugar, me afirm&oacute;, obtendr&eacute; la corona de Groenlandia; &iexcl;y ya empiezo a comprender la advertencia!&hellip; Luego me despert&eacute;: la luna menguante luc&iacute;a alta en el cielo de manera que un cuadrado de luz de un blanco azulado se proyectaba desde la peque&ntilde;a ventana hasta mis pies. Pose&iacute;do por un creciente deseo saqu&eacute; de su saco el&nbsp; cristal de carb&oacute;n y lo puse en ese haz de luz lunar, presentando una de las caras del espejo oscuro a la claridad del astro. Se produjeron reflejos azulados, luego de un negro ca<br />si violeta y durante largo rato, aparte de esta observaci&oacute;n, no pude descubrir nada. Pero de pronto subi&oacute; a lo largo de mi cuerpo una singular calma, perceptible, y el cristal negro dej&oacute; de temblar en mi mano, pues mis dedos se hab&iacute;an tornado firmes y seguros as&iacute; como el resto de mi persona.<br /><br />La luz de la luna sobre el cristal se carg&oacute; de iriscencias, luego se elevaron volutas de opalescencia lechosa, que siempre iban desliz&aacute;ndose hasta formar, en la cara del espejo, un contorno luminoso, una especie de imagen, primero min&uacute;scula, semejante a un juego de gnomos a la claridad de la luna. Con rapidez, sin embargo, la imagen se extend&iacute;a en anchura y en profundidad, la visi&oacute;n escap&oacute; al espacio permaneciendo concreta, y yo me encontraba dentro. Y vi&hellip;&raquo; (Se&ntilde;ales de fuego).<br /><br />Una vez m&aacute;s el texto del diario ha sido aqu&iacute; destruido cuidadosamente, pero el pasaje suprimido no es largo. Seg&uacute;n puedo juzgar, mi antepasado, con su propia mano, ha hecho de manera que sea ilegible. Parece que le ha venido la idea, despu&eacute;s de haberlo redactado, de no dejar su secreto en manos de un lector inoportuno, pues pod&iacute;a ser peligroso despu&eacute;s de su aventura en la Torre. Hay un fragmento de carta insertado en este lugar. Sin duda alguna mi primo Roger lo ha sacado de otra parte y puesto ah&iacute; en el curso de su trabajo, pues lleva sin error posible una nota de su escritura.<br /><br />Todo lo que queda de un documento relativo al secreto de la liberaci&oacute;n de John Dee despu&eacute;s de su encarcelamiento en la Torre.<br /><br />En cuanto al destinatario de esta carta, el estado actual del fragmento no permite determinarlo, lo que tampoco tiene importancia, pues echando una mirada en la vida de John Dee, a la luz de este fragmento, muestra que nuestro h&eacute;roe debe su liberaci&oacute;n a la princesa Elizabeth.<br /><br />Doy aqu&iacute; el contenido integral:<br /><br />&laquo;&hellip;siendo cierto para m&iacute; (John Dee) que os conf&iacute;o, como &uacute;nico hombre en la tierra digno de ello, el secreto m&aacute;s sublime y a la vez m&aacute;s peligroso de mi vida. Y aunque no tuviera otro motivo, debo obrar as&iacute; en todas mis empresas pasadas y futuras, para el honor y la gloria temporal de nuestra graciosa Soberana, Su Virginal Majestad Elizabeth, mi Gran reina.<br /><br />Ser&eacute;, pues, muy breve.<br /><br />Cuando la princesa real tuvo conocimiento de mi desesperada situaci&oacute;n, hizo llamar &mdash;con una bravura y una prudencia que ciertamente no hubiera podido esperarse en una ni&ntilde;a de su edad&mdash; a nuestro amigo com&uacute;n Leicester; pidi&oacute; que le dijera, palabra de caballero, hasta donde llegaban sus buenas disposiciones, su amor y su lealtad hacia m&iacute;. Cuando hubo constatado que estaba dispuesto a todo, resuelto a sacrificarse &eacute;l mismo si era necesario, se puso en acci&oacute;n, con un coraje inaudito, para asegurar mi liberaci&oacute;n. Tambi&eacute;n quisiera poner simplemente en evidencia, minimizando mi importancia y no sabiendo fundar mejor mi admiraci&oacute;n, un hecho que bien puedo atestiguar: saber que el desprecio del peligro, su juvenil presunci&oacute;n, incluso su loca audacia, rasgos de su naturaleza que a veces se le han podido reprochar, le han empujado a hacer lo que parec&iacute;a imposible y que sin embargo, era el &uacute;nico medio de lograr mi salvaci&oacute;n. Sirvi&eacute;ndose de llaves verdaderas y falsas &mdash;&iexcl;el cielo sabe qui&eacute;n se las hab&iacute;a puesto en las manos!&mdash; se introdujo durante la noche en la canciller&iacute;a de Estado del rey Eduardo, el cual, justamente en esa &eacute;poca, manten&iacute;a con el obispo Bonner unas buenas relaciones de amistad y trabajo.<br /><br />Encontr&oacute; y abri&oacute; el cofrecillo que conten&iacute;a el papel oficial con el anagrama del rey y redact&oacute;, imitando con osad&iacute;a su escritura y r&uacute;brica, la orden de liberarme inmediatamente; puso el sello privado de Eduardo, siempre guardado bajo llave con celosas precauciones, y que hab&iacute;a, por un prodigio inconcebible, descubierto. <br /><br />Todo fue ejecutado con una circunspecci&oacute;n, una astucia, y al mismo tiempo una audacia tan sorprendentes que nunca la menor duda pudo levantarse sobre el documento. S&iacute;, el mismo rey Eduardo, cuando m&aacute;s tarde vio este aut&oacute;grafo, qued&oacute; tan trastornado por el escalofriante testimonio de la magia de ese esp&eacute;cimen de su escritura &mdash;del que no ten&iacute;a la menor idea&mdash; que ha preferido callarse y reconocerlo por suyo. Nos podemos preguntar si no descubri&oacute; la falsificaci&oacute;n y si no prefiri&oacute; resignarse sin decir palabra, para no verse obligado a confesar que semejante acto se hab&iacute;a podido perpetrar con tanta impudencia y premeditaci&oacute;n desde su entorno inmediato. En resumen, a la ma&ntilde;ana del d&iacute;a siguiente, al levantarse el sol. Robert Dudley &mdash;m&aacute;s tarde duque de Leicester&mdash;produjo gran alboroto en el despacho del obispo Bonner y present&oacute; la carta que le calificaba para sustraer inmediatamente al prisionero del tribunal eclesi&aacute;stico en los t&eacute;rminos que daba la orden. &iexcl;Y la cosa result&oacute;!<br /><br />Nunca he podido saber, ni nadie, lo que conten&iacute;a el pretendido escrito de la mano del rey Eduardo, &iexcl;concebido y redactado por una infanta de diecis&eacute;is a&ntilde;os! S&eacute; que el Obispo Sangriento, p&aacute;lido y con todo el cuerpo temblando, dio la orden a su guardia personal, ante la presencia de Dudley, quien representaba al rey, de devolverme la libertad. Es todo lo que me atrevo a confiaros, mi muy querido amigo. Y comprender&eacute;is a trav&eacute;s de estas veladas confidencias, que os conf&iacute;o dudando, el car&aacute;cter de este "lazo eterno" del que ya os he hablado diversas veces referente a nuestra muy graciosa y seren&iacute;sima reina&hellip;&raquo;<br /><br />Aqu&iacute; termina el fragmento de la carta.<br /><br />En el diario de John Dee, en el dorso de las frases tornadas ilegibles, figura solamente este p&aacute;rrafo:<br /><br />Esa misma ma&ntilde;ana, la predicci&oacute;n de Bartlett se cumpli&oacute; en todos sus puntos; fui sacado de mi molesta postura sin tergiversaciones ni dilaci&oacute;n, y conducido, por mi amigo de juventud y compa&ntilde;ero Leicester, de la Torre a un lugar seguro donde el obispo Bonner dif&iacute;cilmente pod&iacute;a suponer mi presencia, a&uacute;n menos irme a buscar, en el caso que la natural versatilidad de su persona le hubiera hecho lamentar su conducta. Hasta aqu&iacute; llegar&eacute; con mis comentarios, y no cometer&eacute; la temeridad de pretender explicar el fin del fin y dar la secundam rationem a las impenetrables v&iacute;as de Dios. S&oacute;lo revelo que la maravillosa y casi incre&iacute;ble audacia de mis salvadores, su destreza, fue ayudada, adem&aacute;s de una evidente asistencia divina, por la turbaci&oacute;n que se apoder&oacute; del alma del obispo Bonner despu&eacute;s del suplicio de Bartlett Green. Para precisar, s&eacute; directamente de su capell&aacute;n, poco importa c&oacute;mo, que esa noche el obispo no hab&iacute;a pegado ojo; que empez&oacute; a pasearse a lo largo y a lo ancho de su gabinete durante horas, dando muestras de la confusi&oacute;n m&aacute;s total: que despu&eacute;s hab&iacute;a ca&iacute;do en una especie de delirio muy extra&ntilde;o en el curso del cual hab&iacute;a manifestado un espanto indescriptible. <br /><br />En un tono casi suplicante hab&iacute;a mantenido con un visitante invisible discursos incomprensibles y sostenido contra toda suerte de imaginarios demonios un horrible combate de varias horas: finalmente chill&oacute; muy fuertemente: &laquo;Reconozco que no tengo poder sobre ti, reconozco que el fuego me devora, &iexcl;el Fuego! &iexcl;el Fuego!&raquo; despu&eacute;s de ello el capell&aacute;n, que se hab&iacute;a precipitado hacia &eacute;l, lo encontr&oacute; en el suelo, desvanecido. No insistir&eacute; sobre otros rumores que me han llegado referentes al presente caso. Lo que he sabido es tan abominable que mi alma y conciencia temer&iacute;an morir de espanto si solamente intentase reunir mis fuerzas y ponerlo sobre el papel.<br /><br />As&iacute; termina la relaci&oacute;n de John Dee consagrada al Zapato de plata de Bartlett Green.<br /><br />* * *<br /><br />Dos d&iacute;as de vida campestre y de vagar por la monta&ntilde;a me han rehecho. De repente resolv&iacute; abandonar mi escritorio y su orientaci&oacute;n as&iacute; como el meridiano, las reliquias comidas por los gusanos del antepasado Dee, y me he arrancado, como si de una c&aacute;rcel se tratara, de la influencia de mi casa y de mi trabajo.<br /><br />&iquest;No es placentero, me dec&iacute;a, durante la primera hora que con mi paso hac&iacute;a sonar los matorrales de los contrafuertes, que sienta las exactas sensaciones que debi&oacute; experimentar John Dee cuando se paseaba en el llano escoc&eacute;s, despu&eacute;s de haber escapado de su prisi&oacute;n? Y sonre&iacute; ante la idea que me pasaba por la cabeza: <br /><br />John Dee deb&iacute;a sentir el coraz&oacute;n tan alegre, tan exaltado, casi saltando de su pecho por el sentimiento de su nueva libertad, como yo, aproximadamente trescientos cincuenta a&ntilde;os m&aacute;s tarde, cuando pis&oacute; el suelo de una landa an&aacute;loga a la que hoy correteo en Alemania del Sur. Deb&iacute;a ser en Escocia, m&aacute;s o menos en la regi&oacute;n de Sidlaw Hills, de la que he o&iacute;do hablar muy a menudo a mi abuelo. Esta asociaci&oacute;n de ideas no tiene nada de sorprendente, pues, en nuestra infancia, este abuelo anglo-estiriano nos subrayaba muy a menudo la afinidad del car&aacute;cter, las analog&iacute;as que exist&iacute;an entre los altos llanos escoceses y los que anuncian las regiones monta&ntilde;osas de Alemania.<br /><br />Y mi ensue&ntilde;o segu&iacute;a su curso.<br /><br />En mi casa me ve&iacute;a enclaustrado, pero no como alguien que se encierra para escrutar el pasado, no; yo estaba all&iacute;, sentado en mi mesa, en vilo, semejante a una piel vac&iacute;a, a una larva de insecto que, despu&eacute;s del invierno y la metamorfosis, permanece pegada al lugar de su muerte, de donde alegremente me escap&eacute; para transformarme en retozona mariposa acabada de nacer, y aprovechar all&aacute; arriba en los brezos rosas mi libertad totalmente nueva. Era tan fuerte la representaci&oacute;n engendrada por ese sentimiento que experimentaba un verdadero horror ante la idea de volver a la vida cotidiana de mi casa. Se me pon&iacute;a la carne de gallina imaginando la piel realmente vac&iacute;a e instalada para siempre en mi mesa, y a la que deb&iacute;a reintegrarme, como un doble gris, para sumergirme de nuevo en mi pasado.<br /><br />Esas caprichosas fantasmagor&iacute;as se desvanecieron r&aacute;pidamente cuando llegu&eacute; a mi casa, pues en la escalera choqu&eacute; con Lipotine que bajaba despu&eacute;s de una visita infructuosa. No quise dejarlo marchar, sino que, aunque la fatiga del viaje me abrumaba, lo conduje al punto a mis apartamentos. A quemarropa, con su habitual vivacidad, saci&oacute; el deseo que hab&iacute;a en m&iacute; de hablar con &eacute;l acerca de la princesa, de Stroganof, y para decirlo todo, de&hellip;<br /><br />Ciertamente, Lipotine me acompa&ntilde;&oacute; y permaneci&oacute; toda la tarde cerca de m&iacute;.<br /><br />&iexcl;Una tarde memorable!. O, para ser m&aacute;s exacto, una memorable conversaci&oacute;n degenerada en tarde, pues Lipotine estaba m&aacute;s hablador que de costumbre y daba libre curso a cierto humor chistoso, que a veces hab&iacute;a notado, de modo que me aparec&iacute;an en &eacute;l muchos rasgos nuevos o, al menos, diferentes de los que mostraba de ordinario.<br /><br />Me habl&oacute; de la muerte del bar&oacute;n Stroganof, tan rico en resonancias filos&oacute;ficas, y de sus propios tr&aacute;fagos, en tanto que ejecutor testamentario de una herencia que consist&iacute;a en dos o tres piezas de ropa que hab&iacute;an permanecido colgadas en su habitaci&oacute;n como&hellip; larvas de mariposa. Me impresion&oacute; ver usar a Lipotine una imagen id&eacute;ntica a la que no abandon&oacute; mi esp&iacute;ritu durante mis d&iacute;as de peregrinaciones. Y pensamientos r&aacute;pidos, fugaces, hac&iacute;an desfilar en m&iacute; su procesi&oacute;n de hormigas; me preguntaba si la aventura de la muerte no se dirige un poco a franquear una puerta dando acceso a la libertad mientras permanece donde estaba el capullo vac&iacute;o &mdash;vestido del que se desembaraza&mdash; piel, que ya en el curso de nuestra vida &mdash;como lo hab&iacute;a aprendido en mi reciente experiencia&mdash; a veces abandonamos como una envoltura extranjera que nos inspira horror, el horror que experimentar&iacute;a un muerto si fuera invitado a volver a entrar en su cad&aacute;ver&hellip; <br /><br />En el &iacute;nterin, Lipotine hablaba de unas y otras cosas, con su descosida manera un poco ir&oacute;nica, pero esperaba en vano que dirigiera por &eacute;l mismo la conversaci&oacute;n hacia la princesa Chotokalouguine. Una rara timidez me retuvo mucho tiempo a incitarle sobre ello pese a mi deseo; finalmente la impaciencia pudo m&aacute;s, y mientras preparaba el t&eacute;, le pregunt&eacute; sin m&aacute;s rodeos cual hab&iacute;a sido su intenci&oacute;n al enviarme la princesa y c&oacute;mo se le hab&iacute;a ocurrido decirle que me hab&iacute;a vendido una antigua arma.<br /><br />&mdash;&iquest;Y por qu&eacute; no os habr&iacute;a vendido una? &mdash;respondi&oacute; Lipotine con toda la serenidad.<br /><br />Ese tono me irrit&oacute;; repliqu&eacute;, con m&aacute;s vivacidad de la que hubiera deseado:<br /><br />&mdash;&iexcl;Pero, Lipotine, deb&eacute;is saber, sin embargo, si me hab&eacute;is vendido o no alg&uacute;n antiguo hierro de lanza persa o Dios sabe de donde! Es m&aacute;s: sab&eacute;is perfectamente que nunca no&hellip;<br /><br />Me interrumpi&oacute; con, en el tono, una inalterable indiferencia: &laquo;No es necesario decir, noble amigo, que os he vendido la lanza&raquo;.<br /><br />Sus p&aacute;rpados se bajaron: sus dedos amontonaban briznas de tabaco para meterlas en la punta del cigarrillo. Todo en su actitud expresa la evidencia. Pero comenc&eacute; de nuevo:<br /><br />&mdash;&iexcl;Brome&aacute;is, amigo m&iacute;o! Nunca os he comprado una cosa semejante. &iexcl;Nunca he visto en vuestra casa sea lo que sea que se parezca! &iexcl;Os equivoc&aacute;is de un modo tal que apenas si puedo comprenderlo!<br /><br />&mdash;&iquest;Seguro? respondi&oacute; Lipotine indolentemente. Entonces, es que os he vendido el arma anteriormente.<br /><br />&mdash;&iexcl;Nunca! !Ni ahora ni antes! !Recobraos! !Antes! !Qu&eacute; quer&eacute;is decir! &iquest;Cu&aacute;nto hace que nos conocemos<br />en total? &iexcl;Seis meses! &iexcl;Ciertamente deb&eacute;is, para un lapso de tiempo tan corto, ser capaz de reunir vuestros recuerdos!<br /><br />Lipotine me dirigi&oacute; por lo bajo una mirada oblicua y declar&oacute;:<br /><br />&mdash;Cuando dije &laquo;anteriormente&raquo;, quise decir: en una vida anterior, en otra encarnaci&oacute;n.<br /><br />&mdash;&iquest;Qu&eacute; quer&eacute;is decir? &iquest;En una&hellip;?<br /><br />&mdash;En una encarnaci&oacute;n precedente, &mdash;repiti&oacute; claramente. Cre&iacute; descubrir un matiz de burla en su voz; y le repliqu&eacute; en el mismo tono de rechifla:<br /><br />&mdash;&iexcl;Ah! &iexcl;Seguramente! &mdash;Lipotine guard&oacute; silencio.<br /><br />Pero quer&iacute;a saber porqu&eacute; me hab&iacute;a lanzado la princesa encima, y volv&iacute; a la carga:<br /><br />&mdash;Tambi&eacute;n os agradezco el haberme permitido conocer una dama que&hellip;<br /><br />&Eacute;l mene&oacute; la cabeza. Yo prosegu&iacute;:<br /><br />&mdash;Desgraciadamente la mistificaci&oacute;n que hab&eacute;is considerado necesaria me ha puesto en un embarazo.<br /><br />Quisiera, en lo que est&eacute; en mi poder, ayudar a la princesa Chotokalouguine a procurarse el arma que desea&hellip;<br /><br />&mdash;&iexcl;Pero si est&aacute; en vuestra posesi&oacute;n! &mdash;asegur&oacute; Lipotine con una hip&oacute;crita serenidad.<br /><br />&mdash;&iexcl;Lipotine, hoy hablaros es imposible!<br /><br />&mdash;&iquest;Por qu&eacute;, imposible?<br /><br />&mdash;&iexcl;Es para volverse loco! Ment&iacute;s a una dama, le dais la falaciosa esperanza de hallar en mi posesi&oacute;n un arma&hellip;<br /><br />&mdash;Que yo os he procurado.<br /><br />&mdash;&iexcl;Que hombre! Me hab&eacute;is dicho hace un instante&hellip;<br /><br />&mdash;Que era en el curso de una encarnaci&oacute;n precedente. &iexcl;Eso puede ser! &mdash;Lipotine puso cara de volver a sus reflexiones y gru&ntilde;&oacute;:<br /><br />&mdash;Puede suceder que se inviertan los siglos.<br /><br />Vi que no hab&iacute;a nada que hacer esta tarde para hablar seriamente con el anticuario. Estaba, sin decirlo, un poco irritado. Pero necesitaba sus consejos y le dije, en un tono de broma un poco seco:<br /><br />&mdash;&iexcl;L&aacute;stima que no pueda enviar a la princesa a la encarnaci&oacute;n precedente del precioso objeto que ella busca con tanto ardor!<br /><br />&mdash;&iquest;Por qu&eacute; no? &mdash;interrog&oacute; Lipotine.<br /><br />&mdash;Porque la princesa no aprobar&iacute;a ciertamente vuestra escapatoria tan c&oacute;moda como filos&oacute;fica.<br /><br />&mdash;&iexcl;No dig&aacute;is eso! (Lipotine solt&oacute; una risa). La princesa es rusa.<br /><br />&mdash;&iquest;Y qu&eacute;?<br /><br />&mdash;Rusia es joven. Muy joven a&uacute;n, para lo que piensan algunos de vuestros compatriotas. M&aacute;s joven que todos nosotros. Pero Rusia tambi&eacute;n es vieja. Muy vieja. Nadie se sorprende de ello. Nosotros podemos llorar como reci&eacute;n nacidos y computar los siglos como los tres viejos de la barba de plata en su isla en medio del mar.<br /><br />Conoc&iacute;a este orgullo eslavo. No pude reprimir un acento burl&oacute;n:<br /><br />&mdash;Ya s&eacute;, los Rusos son el pueblo de Dios en la tierra.<br /><br />Y Lipotine ri&eacute;ndose burlonamente: <br /><br />&mdash;Quiz&aacute;. En efecto, est&aacute;n a la entera disposici&oacute;n del diablo. Por lo dem&aacute;s, todo ello no hace m&aacute;s que un mundo.<br /><br />Mi necesidad de dejar en rid&iacute;culo esta filosof&iacute;a forjada a base de t&eacute; y de cigarrillos, que es la enfermedad nacional rusa, se duplic&oacute;. Respond&iacute;:<br /><br />&mdash;&iexcl;Sabidur&iacute;a digna de un anticuario! Las cosas del pasado, no importa de qu&eacute; &eacute;poca sean, cuando caen en nuestras manos hoy vivas, nos ense&ntilde;an la nada del espacio y del tiempo, que s&oacute;lo estamos sujetos&hellip;<br /><br />Ten&iacute;a la intenci&oacute;n de contarle precipitadamente un c&uacute;mulo de banalidades semejantes, encadenadas sin ning&uacute;n orden unas detr&aacute;s de otras para cortarle sus alas de fil&oacute;sofo, pero me interrumpi&oacute; sonriendo y con un leve movimiento hacia adelante de su cabeza de p&aacute;jaro:<br /><br />&mdash;Puede ser, me dijo, que las antig&uuml;edades me hayan instruido. Por otra parte, la m&aacute;s venerable antig&uuml;edad que yo conozco, soy yo mismo. En realidad me llamo: Mascee.<br /><br />No hay palabras para describir el espanto en el que me sumergi&oacute; esta declaraci&oacute;n. Por un instante me pareci&oacute; que mi cabeza se transformaba en una masa nebulosa y flotante. Una agitaci&oacute;n casi imposible de dominar me pose&iacute;a y s&oacute;lo consegu&iacute; imponer a mi fisonom&iacute;a una banal expresi&oacute;n de sorpresa y curiosidad mientras le preguntaba:<br /><br />&mdash;&iquest;De d&oacute;nde conoc&eacute;is este nombre, Lipotine? &iexcl;No pod&eacute;is imaginaros hasta qu&eacute; punto me interesa! En verdad este nombre no me es totalmente desconocido.<br /><br />&mdash;&iquest;De verdad? &mdash;dijo lac&oacute;nicamente Lipotine. Su rostro se mantuvo impenetrable.<br /><br />&mdash;Si. Este nombre y quien lo lleva, debo confesarlo, me preocupan mucho desde hace un cierto tiempo&hellip;<br /><br />&mdash;&iquest;Desde vuestra m&aacute;s tierna infancia? &mdash;se burl&oacute;.<br /><br />&mdash;&iexcl;S&iacute;, seguro! &mdash;me apresur&eacute; a responder. Desde que tengo estos&hellip; estos&hellip;<br /><br />Di involuntariamente dos pasos hacia mi escritorio en el cual se hallaban escampados en desorden los materiales de mi trabajo; Lipotine vio todo ello y no tuvo dificultad en sacar sus conclusiones. Me interrumpi&oacute; con una evidente expresi&oacute;n de satisfacci&oacute;n:<br /><br />&mdash;&iquest;Quer&eacute;is decir desde que ten&eacute;is en vuestra posesi&oacute;n estos documentos y notas sobre la vida de un cierto John Dee, Mago negro e Iluminado del tiempo de la reina Elizabeth? Es cierto, Mascee tambi&eacute;n ha conocido a ese personaje.<br /><br />Sent&iacute; c&oacute;mo la impaciencia me dominaba.<br /><br />&mdash;&iexcl;O&iacute;dme ahora, Lipotine! &mdash;dije&mdash;, ya os hab&eacute;is burlado bastante de m&iacute; por esta tarde. Os transijo los otros jerogl&iacute;ficos, pong&aacute;moslos en la cuenta de vuestro buen humor, pero &iquest;c&oacute;mo hab&eacute;is llegado, c&oacute;mo hab&eacute;is descubierto este nombre: Mascee?<br /><br />&mdash;Pero, si yo cre&iacute;a hab&eacute;roslo ya confiado&hellip; dijo impasible e indolentemente Lipotine.<br /><br />&mdash;S&iacute;, un ruso. El &laquo;maestro del zar&raquo;, as&iacute; le llaman en ocasiones los documentos.<br /><br />&mdash;&iquest;Pero vos? &iquest;Qu&eacute; ten&eacute;is que ver con &eacute;l? &mdash;Lipotine se levant&oacute;, encendi&oacute; un nuevo cigarrillo:<br /><br />&mdash;&iexcl;Chanza, querido! Se conoce al maestro del zar en&hellip; nuestro c&iacute;rculo. &iquest;Qu&eacute; habr&iacute;a de imposible en que una familia de anticuarios como la m&iacute;a descienda de ese Mascee? Pero naturalmente no es m&aacute;s que una suposici&oacute;n, mi muy noble amigo, &iexcl;una simple suposici&oacute;n!<br /><br />Y tom&oacute; su abrigo y sombrero.<br /><br />&mdash;He aqu&iacute; algo en verdad divertido, exclam&eacute;. El &laquo;maestro del zar&raquo;. &iquest;Conoc&eacute;is por la historia de vuestropa&iacute;s esta singular figura? Surge tambi&eacute;n de viejos textos y documentos ingleses, y por as&iacute; decirlo, se introduce en mi vida&hellip;<br /><br />Las palabras me ven&iacute;an a la boca sin hacerlo expresamente.<br /><br />Pero Lipotine me tendi&oacute; la mano derecha mientras con la izquierda as&iacute;a el picaporte de la puerta:<br /><br />&mdash;Por as&iacute; decirlo en vuestra vida, mi muy noble protector. Ciertamente, sois, en la espera, simplemente inmortal. Pero &eacute;l&hellip; (Lipotine dud&oacute;, gui&ntilde;&oacute; el ojo y me apret&oacute; otra vez la mano.) &Eacute;l, digamos para m&aacute;s simplicidad &laquo;yo&raquo;, sabedlo, yo soy eterno. Toda criatura es inmortal, s&oacute;lo que no lo sabe o lo olvida y cuando viene al mundo o lo deja es porque no puede sostener que posee la vida eterna. Quiz&aacute; otra vez volveremos a hablar de ello. Espero que durante mucho tiempo todav&iacute;a nos mantendremos codo a codo. As&iacute; que, &iexcl;hasta pronto!<br /><br />Y baj&oacute; la escalera.<br /><br />Yo qued&eacute; ah&iacute; turbado y aturdido. Meneando la cabeza me esforzaba en reflexionar. &iquest;Estaba Lipotine ebrio? Un cierto destello en su mirada me hab&iacute;a hecho suponer varias veces que hab&iacute;a bebido. Pero propiamente ebrio nunca lo hab&iacute;a visto. Ten&iacute;a el esp&iacute;ritu un poco trastornado, pero lo tiene desde que lo conozco. &iexcl;Con un destino de destierro y setenta a&ntilde;os, hay con qu&eacute; perturbar las energ&iacute;as del alma! &iexcl;Como m&iacute;nimo es singular que tambi&eacute;n sepa algo sobre el &laquo;maestro del zar&raquo;, y que le est&eacute;, a fin de cuentas, emparentado, si tenemos en cuenta sus palabras! &iexcl;Me gustar&iacute;a que me dijera qu&eacute; sabe realmente de este hombre! Pero, &iexcl;maldici&oacute;n! En el asunto de la princesa no he dado ni un paso.<br /><br />Esperemos un d&iacute;a m&aacute;s favorable y disposiciones m&aacute;s sensatas. Lipotine habr&aacute; de facilitarme esclarecimientos y una mejor respuesta. &iexcl;No me dejar&eacute; tratar m&aacute;s como a un burro! &iexcl;Y ahora al trabajo!<br /><br />* * *<br /><br />Fiel a mi resoluci&oacute;n, meto la mano sin mirar en lo hondo del caj&oacute;n que contiene el env&iacute;o de John Roger, y saco un cuaderno encuadernado en cart&oacute;n. Presumo, al abrirlo, que, seg&uacute;n todas las apariencias, debe formar parte de una serie de cuadernos semejantes, pues el relato empieza directamente sin t&iacute;tulo. De tiempo en tiempo, se se&ntilde;ala una fecha. La escritura, aunque muy cambiada con relaci&oacute;n a la del Diario, es incontestablemente la de John Dee.<br /><br />Empiezo la transcripci&oacute;n:<br /><br />Memorias de John Dee, esq, escritas durante el per&iacute;odo de su madurez. En el a&ntilde;o de gracia 1578<br /><br />Hoy, d&iacute;a de la fiesta de la Resurrecci&oacute;n de Nuestro Se&ntilde;or, yo John Dee, he abandonado de buena ma&ntilde;ana mi cama y me he deslizado sin ruido fuera de mi habitaci&oacute;n para no turbar el sue&ntilde;o de mi mujer Jane &mdash;mi mujer actual, mi segunda mujer&mdash; y de Arthur, mi muy querido hijo.<br /><br />Algo me ha empujado a escaparme de nuestra alquer&iacute;a, en la dulzura plateada de esta primavera que se despertaba, pero no sabr&iacute;a dar la raz&oacute;n de este algo, sino que estaba ligada al tr&aacute;gico recuerdo de esta misma ma&ntilde;ana de Pascua, tal como hab&iacute;a empezado para m&iacute; hace veintiocho a&ntilde;os.<br /><br />Tengo numerosos motivos para agradecer aqu&iacute;, sinceramente y desde el fondo del coraz&oacute;n, la suerte impenetrable, o para decirlo mejor, al Dios misericordioso, cuya Providencia me permite hoy, a mis casi cincuenta y siete a&ntilde;os, saborear, en posesi&oacute;n de todas mis facultades f&iacute;sicas y espirituales, la dulzura de la vida, y contemplar c&oacute;mo en el horizonte se levanta el sol en su majestad.<br /><br />La mayor parte de los que antes quer&iacute;an mi vida han muerto, y sir Bonner, el Obispo Sangriento, tan s&oacute;lo es un objeto de repulsi&oacute;n para el pueblo cuando se evocan las historias del pasado, o un coco con el que las nodrizas amenazan a los ni&ntilde;os malos.<br /><br />&iquest;Pero qu&eacute; me ha sucedido? &iquest;Qu&eacute; ha sido de la profec&iacute;a y de los ardorosos deseos concebidos por mi esp&iacute;ritu en los d&iacute;as de mi fogosa juventud&hellip;? Apenas si puedo imaginar el paso de los a&ntilde;os con su contenido de proyectos, de ilusiones y de fuerzas prodigadas.<br /><br />Removiendo semejantes pensamientos, que por otra parte se impon&iacute;an en m&iacute; desde hac&iacute;a tiempo, andaba por el borde del peque&ntilde;o curso de agua que dio un d&iacute;a su nombre a nuestro tronco: el rio Dee; o m&aacute;s modestamente el arroyo Dee, que mucho me recuerda, con su c&oacute;mico fluir de prisa, el curso acelerado de todos nuestros asuntos humanos. Llegu&eacute;, con estos pensamientos, al lugar donde el arroyo encierra con su multiplicado serpenteo la colina de Mortlake; luego sus aguas se expanden en la oquedad de una antigua cantera de arcilla, hasta formar una especie de estanque cubierto de ca&ntilde;as que se desposaba con la pendiente del ribazo. A primera vista parece que el Dee acabe ah&iacute; su curso y se complazca en ese charco donde se pierde.<br /><br />Me par&eacute;, en contemplaci&oacute;n, ante las ca&ntilde;as dulcemente agitadas que cubr&iacute;an ese para&iacute;so de los sapos. No s&eacute; cu&aacute;nto tiempo dur&oacute; mi enso&ntilde;aci&oacute;n. Reflexiones que no ten&iacute;an nada de agradables se impusieron en m&iacute; y tomaron la forma de una pregunta lacerante que sent&iacute;a detr&aacute;s de mi frente: &iquest;no era ese el destino de John Dee, mi destino, el que reflejaba el rio Dee, como para poner el s&iacute;mbolo ante mis ojos? Una r&aacute;pida carrera, y prematuramente, una ci&eacute;naga, una agua estancada, culebras de agua, sapos, ranas, juncos, y arriba, en la tibieza de la luz del sol, las vueltas y revueltas de una lib&eacute;lula de alas tornasoladasy suntuosas como una pedrer&iacute;a: <br /><br />atrapad al vuelo esta ilusoria maravilla, tendr&eacute;is en la mano un vil gusano de alas vidriosas.<br /><br />Mientras as&iacute; so&ntilde;aba, mi mirada se cruz&oacute; con una gran larva gris oscura, que con el creciente calor de la primaveral ma&ntilde;ana, estaba justamente a punto de despuntar en una joven y todav&iacute;a h&uacute;meda lib&eacute;lula. Bien pronto, el insecto, tiritando, se despeg&oacute; de su lecho de ca&ntilde;as amarillentas, en el cual qued&oacute; abandonada la cris&aacute;lida, espectral, casi lacerada por ese combate que se asemejaba a la angustia de la muerte y la del nacimiento. Los c&aacute;lidos rayos del sol secaron bien pronto sus fr&aacute;giles alas. Despu&eacute;s de varios intentos tom&oacute; impulso, se expandi&oacute; con gracia, mediante un continuado y fant&aacute;stico frotamiento de sus patas traseras, se&nbsp; puso a vibrar con ardor, y con un &uacute;ltimo esfuerzo el peque&ntilde;o y zumbador elfo alz&oacute; el vuelo, resplandeciente, y se perdi&oacute; un instante despu&eacute;s, con un vuelo tembloroso entre las felices profundidades de la atm&oacute;sfera. <br /><br />Pero la larva muerta permaneci&oacute; r&iacute;gida en las ca&ntilde;as marchitas que flotaban en el cieno del estanque. <br /><br />&laquo;Este es el secreto de la vida, pronunci&eacute; en voz alta. As&iacute; el principio inmortal ha cambiado una vez m&aacute;s de piel, as&iacute; la triunfante voluntad se ha arrancado, una vez m&aacute;s, de su prisi&oacute;n para seguir su vocaci&oacute;n.&raquo;<br /><br />Y me vi de pronto llevado hacia atr&aacute;s en medio de una larga serie de im&aacute;genes que llenaban mi pasado; me vi en la Torre, agachado cerca de Bartlett Green; leyendo viejos papeles y cazando liebres en la monta&ntilde;osa guarida de Robert Dudley en Escocia; en Greenwich confeccionando un hor&oacute;scopo para la joven Elizabeth, la feroz, la irreductible; en Ofen, en Hungr&iacute;a, componiendo sentencias y elogios para el emperador Maximiliano; urdiendo, durante meses, secretos a voces con Nicol&aacute;s Grudius, secretario oculto del emperador Carlos y con adeptos rosacruces m&aacute;s ocultos a&uacute;n. Me vi en carne y hueso, enredado en miles y miles de burlescas aventuras, miles y miles de devoradoras angustias que me reduc&iacute;an al desespero y me cegaban el esp&iacute;ritu: enfermo en Nancy, cuando era hu&eacute;sped del duque de Lorraine; en Richmond, ardiendo de deseos amorosos, en un delirio de proyectos y de esperanzas para esta criatura ardiente y fr&iacute;a a la vez, pronta a decidirse como el rel&aacute;mpago o a eternizarse en supuestas dudas, por ella&hellip; por ella&hellip;<br /><br />Y me vi en la cabecera de la cama de mi primera mujer, de mi enemiga, la funesta Ellionor, mientras ella se debat&iacute;a contra la muerte; vi c&oacute;mo la abandonaba a su agon&iacute;a para correr en el parque de Mortlake, hacia ella, hacia ella, hacia Elizabeth.<br /><br />&iexcl;Larva! &iexcl;Disfraz! &iexcl;Fantasma!. Yo soy todo eso; no soy nada de todo eso; soy el gusano gris&aacute;ceo que se corrompe en la tierra entre sus rabiosas garras, tanto aqu&iacute; como all&aacute;, para dar nacimiento al Otro, al Arc&aacute;ngel, al verdadero John Dee, el conquistador de Groenlandia, el hacedor de mundos, el joven pr&iacute;ncipe real! &iexcl;Una y otra vez ese gusano retorci&eacute;ndose, y nunca la prometida! &iexcl;Oh juventud! &iexcl;Oh fuego! &iexcl;Oh mi reina! <br /><br />Este paseo matinal, era el paseo crepuscular de un viejo hombre de cincuenta y siete a&ntilde;os que a los veintisiete hab&iacute;a cre&iacute;do poder apoderarse de la corona de Inglaterra y subir al trono del Nuevo Mundo.<br /><br />&iquest;Y qu&eacute; ha sucedido a lo largo de estos treinta largos a&ntilde;os, desde que ocup&eacute; en Par&iacute;s la silla m&aacute;s apreciada, teniendo por disc&iacute;pulos a sabios y por asiduos oyentes a un rey de Francia y a un duque? &iquest;En qu&eacute; trampa el &aacute;guila se ha cogido las alas, cuando tend&iacute;a hacia el sol? &iquest;En qu&eacute; redes se ha enredado, de manera que comparte su suerte con los mirlos y las codornices, la suerte de las aves de corral? &iexcl;Debe agradecer todav&iacute;a al cielo el no haber acompa&ntilde;ado a los zorzales fritos en la sart&eacute;n!<br /><br />En la serenidad de esta ma&ntilde;ana de Pascua, he visto pasar toda mi vida ante m&iacute;: pero no de la manera que ordinariamente se habla de los recuerdos del pasado; no, me he visto en carne y hueso &laquo;detr&aacute;s de m&iacute;&raquo; habitando el envoltorio larvario de cada periodo, y he sufrido la tortura de volver a entrar en cada una de esas formas corporales abandonadas desde el principio de mi vida consciente hasta hoy. Esta vuelta a trav&eacute;s del infierno de mi inanidad no ha sido sin embargo in&uacute;til, ya que de repente he sentido la estupefacci&oacute;n de ver claro, como si un sol cegador iluminase el sendero de mis vagabundeos. Y he juzgado saludable sacar provecho de la lecci&oacute;n de hoy y contar lo que he visto. He aqu&iacute;, pues, la recapitulaci&oacute;n de lo que me ha sucedido durante los &uacute;ltimos veintiocho a&ntilde;os.<br /><br />Retrospectiva.<br /><br />Roderick el Grande, de Gales, es mi bisabuelo y Ho&euml;l Dhat el Bueno, elogiado desde siglos en las canciones populares, es la gloria de nuestra raza. As&iacute; mi sangre es m&aacute;s antigua que la de las &laquo;dos Rosas&raquo; de Inglaterra, y tan real como la de todos los pr&iacute;ncipes que han podido solicitar el trono.<br /><br />Que los dominios del conde de Dee, al tiempo que su t&iacute;tulo, hayan sido dispersos, troceados y perdidos no quita nada a la gloria de nuestra sangre. Mi padre, Rowland Dee, bar&oacute;n de Gladhill, hombre de costumbres liberales y de car&aacute;cter feroz, s&oacute;lo hab&iacute;a sabido conservar de la herencia ancestral la fortaleza de Deestone y una hacienda de pasable extensi&oacute;n, la renta de la cual bastaba apenas para satisfacer sus brutales pasiones, al tiempo que su singular ambici&oacute;n: educarme, a m&iacute;, su &uacute;nico hijo y el &uacute;ltimo de la vieja raza, para dotar a nuestra casa de una nueva sangre y de una nueva gloria.<br /><br />Quer&iacute;a reparar conmigo las faltas de su padre y de sus ancestros. Tambi&eacute;n, en lo que se trataba de mi futuro, hizo todo lo que estaba en su mano; s&oacute;lo me conoc&iacute;a someramente, &eacute;ramos tan dispares de temperamento y car&aacute;cter como el agua y el fuego, le debo la expansi&oacute;n de mis tendencias y la realizaci&oacute;n de mis deseos, que le eran bien extra&ntilde;os. Este hombre que execraba los libros y que no ten&iacute;a suficientes sarcasmos para todo tipo de ciencia, favoreci&oacute; tanto como pudo mis dones intelectuales; un repentino orgullo le llev&oacute; a concederme la educaci&oacute;n m&aacute;s escogida que pudiera darse en Inglaterra a un hombre rico y de alto rango. En Londres y en Chelmesford me puso entre las manos de los m&aacute;s eminentes maestros de la &eacute;poca. <br /><br />Complet&eacute; mi instrucci&oacute;n en St-John's College, en el c&iacute;rculo de los esp&iacute;ritus m&aacute;s distinguidos y versados en las artes. Y cuando, a la edad de veintitr&eacute;s a&ntilde;os y no sin honor, hube obtenido el t&iacute;tulo de bachiller de Cambridge, que no se puede comprar ni obtener fraudulentamente, mi padre dio una fiesta en Deestone, y no temi&oacute; tener que hipotecar un tercio de sus bienes para poder pagar las deudas verdaderamente reales que hab&iacute;a contra&iacute;do para la ocasi&oacute;n. Poco despu&eacute;s muri&oacute;.<br /><br />Mi madre, una mujer tranquila, fina, melanc&oacute;lica, hab&iacute;a muerto ya hac&iacute;a mucho; me vi de pronto, con veinticuatro a&ntilde;os, heredero &uacute;nico e independiente de unos dominios todav&iacute;a imponentes y de un t&iacute;tulo de brillo secular.<br /><br />Si m&aacute;s arriba he subrayado tan netamente el contraste de nuestras dos natrualezas, es s&oacute;lo para hacer resaltar el milagro sucedido en el alma de un hombre al que s&oacute;lo le gustaban las armas, el juego, la caza, el vino y que pudo conceder suficiente valor a las siete artes liberales, aunque las despreciara, para esperar &mdash;y esperar de mi inclinaci&oacute;n por ellas&mdash; un incremento de la gloria de nuestra casa, suficientemente probada por la desgracia de los tiempos. Pero no quiero decir que no haya heredado una buena parte de la salvaje, indomable y desenfrenada naturaleza de mi padre. Las pendencias y la bebida, y muchos rasgos menos confesables de mi car&aacute;cter, ya me hab&iacute;an puesto, apenas pasada la adolescencia, en situaciones a veces muy&nbsp; escabrosas, hasta hacerme correr graves peligros. Entre esas aventuras a las que me lanzaba con la exhuberancia de la juventud m&aacute;s que con la audacia, mi relaci&oacute;n con los Ravensheads no fue quiz&aacute; la m&aacute;s penosa, pero dio a mi vida una orientaci&oacute;n fatal.<br /><br />Sin preocuparme por el ma&ntilde;ana, mi deliberada preferencia por la vida aventurera me incit&oacute;, desde la muerte de mi padre, a confiar la casa y las tierras a mi regidor, para viajar como un se&ntilde;or, sobrepasando con mucho mis modestas rentas. La gran vida, las universidades &mdash;y tambi&eacute;n, para decir verdad, la gran fama de conocimientos oficiales y ocultos que entonces se les asociaba&mdash; me llevaron a Lovaina y a Utrecht, a Leyden y a Par&iacute;s.<br /><br />El gran matem&aacute;tico Cornelius Gemma. Frisius, el digno continuador de Euclides en el pa&iacute;s del Norte. El muy famoso Gerhardus Mercator, el primero entre los ge&oacute;grafos y los astr&oacute;nomos de mi tiempo, fueron ah&iacute; mis maestros. Volv&iacute; a mi casa con la reputaci&oacute;n de un f&iacute;sico y de un astr&oacute;nomo al lado del cual nadie en Inglaterra pod&iacute;a compararse. &iexcl;Y ten&iacute;a veinticuatro a&ntilde;os! No me sent&iacute;a poco orgulloso, y mi orgullo, tanto el natural como el hereditario, encontraban en esta constataci&oacute;n el alimento que deseaban. <br /><br />El rey no quiso fijarse en mi juventud ni en mis extravagancias y me nombr&oacute; profesor de griego en el colegio de la Santa Trinidad en Cambridge, al que ten&iacute;a una afici&oacute;n y protecci&oacute;n particular: &iquest;qu&eacute; distinci&oacute;n habr&iacute;a halagado m&aacute;s mi vanidad que la de ense&ntilde;ar en la misma c&aacute;tedra que anteriormente hab&iacute;a penado como escolar?<br /><br />Maestro, entre j&oacute;venes de mi edad cuando no mayores, mi collegium graeciae* habr&iacute;a sido mejor llamarlo collegium Bacchi et Veneris**. Y ciertamente me pongo a sonre&iacute;r cuando evoco hoy esa representaci&oacute;n de la Paz de Arist&oacute;fanes el Viejo, el dios de la comedia; fue representada por mis alumnos y compa&ntilde;eros y puesta en escena milagrosamente por m&iacute; mismo. Constru&iacute;, siguiendo las indicaciones del poeta, un gigantesco cole&oacute;ptero de un aspecto terrible, en el interior del cual hab&iacute;a disimulado un mecanismo tan ingenioso que el animal se elev&oacute; directamente a los aires por encima de la cabeza de los espectadores que gritaban presos de un espanto supersticioso, y huy&oacute; zumbando hacia el cielo, acompa&ntilde;ado de una algazara maloliente, a llevar su mensaje ante el trono de J&uacute;piter. <br /><br />*. En lat&iacute;n en el texto: colegio griego. (N. del T.)<br /><br />**. En lat&iacute;n en el texto: colegio de Baco y de Venus. (N. del T.)<br /><br />Val&iacute;a la pena ver c&oacute;mo los buenos profesores y magistri*, junto con los honorables ciudadanos y noblezas, levantaron la cabeza, y luego, de golpe, se precipitaron bajo sus asientos presas de terror, aflicci&oacute;n y horror ante el tenebroso prodigio del impertinente, joven y mil veces demasiado h&aacute;bil mago John Dee. <br /><br />*. En lat&iacute;n en el texto: maestros. (N. del T.)<br /><br />El tumulto, las risas, los clamores y los gritos de esa jornada habr&iacute;an podido instruirme, si hubiese estado m&aacute;s atento sobre lo que es este mundo en el que he nacido y en el que estoy condenado a vivir. Ya que este mundo, as&iacute; como el pueblo que le da su ley, responde a una digresi&oacute;n de petulancia, a una farsa inofensiva, por el odio feroz y la seriedad mortal de su venganza.<br /><br />Esa misma noche asaltaron mi casa para apoderarse del agente del diablo que yo era, y arrastrarme ante su imb&eacute;cil y demente tribunal. El decano y el superior de la facultad entonaron, semejantes a negros buitres, los anatemas que repet&iacute;a la multitud para denunciar este &laquo;ultraje ante la faz de Dios&raquo; con un mechanicus* animado. <br /><br />Y sin mi amigo Dudley-Leicester, sin la dignidad y la inteligencia del rector del colegio, qui&eacute;n sabe si desde esa noche esa turba sabia y profana, en algunas horas, no me habr&iacute;a hecho pasar de la vida a la muerte para saciar, con la &uacute;ltima gota de mi sangre, sus apetitos malsanos.<br /><br />*. En lat&iacute;n en el texto: mec&aacute;nico. (N. del T.)<br /><br />Pero hu&iacute; en un r&aacute;pido caballo y pude ganar mi castillo de Deestone; de ah&iacute;, cruc&eacute; el mar y me fui a Lovaina, c&eacute;lebre por su universidad. Dej&eacute; detr&aacute;s de m&iacute; un honorable cargo, un salario nada despreciable, un nombre arrastrado y vuelto a arrastrar en el barro de las suposiciones por los cuidados de esas almas justas y piadosas. <br /><br />En esa &eacute;poca poco me inquietaban el silbido de las calumnias, inoperantes, seg&uacute;n me parec&iacute;a, ya que amenazaban aqu&iacute; y all&aacute; a gente de un rango muy inferior al m&iacute;o. Todav&iacute;a no hab&iacute;a adquirido la completa experiencia del mundo, que se resume en esto: &iexcl;no hay ning&uacute;n personaje por alto que sea ni ning&uacute;n calumniador por peque&ntilde;o y despreciable que sea su nacimiento, que no puedan ser asociados en un momento dado por la hostilidad de alguien m&aacute;s grande, para preparar con la m&aacute;s mala baba de todas las criaturas un veneno para la sangre noble!<br /><br />&iexcl;Oh vosotros, los hombres de mi casta, al precio de qu&eacute; amarguras he aprendido desde entonces a conoceros!<br /><br />En Lovaina tuve el placer de estudiar la qu&iacute;mica y la alquimia y de sondear la naturaleza de las cosas, en la medida en que se puede aprender de un maestro. Despu&eacute;s, siempre en Lovaina, constru&iacute; con grandes gastos mi propio laboratorio y anduve solo, pacientemente, siguiendo las huellas de los misterios naturales y divinos. <br /><br />Esto me vali&oacute; adquirir conocimientos y luces sobre los elementa naturae*.<br /><br />*. En lat&iacute;n en el texto: elementos de la naturaleza. (N. del T.)<br /><br />En este momento se me llam&oacute; magister liberarum artium*. Y como los simples y venenosos rumores que corr&iacute;an en mi pa&iacute;s no pod&iacute;an prenderme ni incluso seguirme hasta aqu&iacute;, bien pronto me gan&eacute; un inmenso prestigio entre los eruditos y los no eruditos; cuando en oto&ntilde;o, tom&eacute; posesi&oacute;n de la c&aacute;tedra de astronom&iacute;a en Lovaina, contaba entre mis alumnos a los duques de Mantua y de Medinaceli, que ven&iacute;an a caballo para seguir mis cursos, un d&iacute;a por semana, desde Bruselas donde el emperador Carlos V ten&iacute;a su campamento. Diversas veces su misma Majestad me honr&oacute; con su presencia y no permiti&oacute; que las costumbres, el ceremonial del collegii** fuese modificado lo m&aacute;s m&iacute;nimo por su causa. Sir William Pickering, honorable letrado gentilhombre de mi pa&iacute;s, Mathias Haco y Johanes Capito, dan&eacute;s, fueron igualmente asiduos oyentes de mis conferencias. Fue entonces cuando aconsej&eacute; al emperador Carlos que abandonase sin demora los Pa&iacute;ses Bajos, ya que sab&iacute;a por ciertos infalibles indicios, resultado de un minucioso estudio, que una epidemia se preparaba para ese invierno, que ser&iacute;a h&uacute;medo, y yo me sent&iacute;a obligado a mostrarle lealmente esa amenaza. El emperador, muy sorprendido, se puso a re&iacute;r y no quiso dar cr&eacute;dito a la predicci&oacute;n; m&aacute;s de uno de los se&ntilde;ores de su s&eacute;quito aprovecharon esta buena ocasi&oacute;n para intentar, mediante sus bromas y burlas, hacerme perder el visible favor de Su Majestad: desde ya hac&iacute;a tiempo los celos y el furor los ro&iacute;an. Pero el duque de Medina Coeli, con muchas recomendaciones, le aconsej&oacute; que no tuviera por banalidad esta advertencia. En efecto, yo hab&iacute;a explicado al duque, cuyas buenas disposiciones conoc&iacute;a, sobre qu&eacute; innegables pruebas fundaba mis previsiones.<br /><br />*. En lat&iacute;n en el texto: maestro de las Artes liberales. (N. del T.)<br /><br />**. En lat&iacute;n en el texto: colegio. (N. del T.)<br /><br />Desde el inicio del a&ntilde;o los s&iacute;ntomas de la epidemia se multiplicaron, de manera que Carlos V levant&oacute; su campamento de Bruselas y abandon&oacute; r&aacute;pidamente el pa&iacute;s, no sin invitarme a seguirlo; otros urgentes proyectos me obligaron a declinar este honor, pero me compens&oacute; ofreci&eacute;ndome una suma principesca y una cadena de oro que, adem&aacute;s de su valor como metal, demostraba su m&aacute;s que halagadora intenci&oacute;n. Poco despu&eacute;s, la &laquo;muerte de la tos&raquo; se declar&oacute; en Holanda y se desencaden&oacute; con una tal violencia que en dos meses se contabilizaron treinta mil muertos en la ciudad y sus alrededores.<br /><br />Yo me puse al abrigo del flagelo transportando mi morada a Par&iacute;s. All&iacute; tuve por alumnos en geometr&iacute;a euclidiana y en astronom&iacute;a a Turnebus y Petrus Remus, el fil&oacute;sofo, Ran&ccedil;on y Fernet, dos grandes m&eacute;dicos, el matem&aacute;tico Petrus Nonus. Bien pronto vino tambi&eacute;n a escucharme el rey Enrique II que me hizo el honor, como el emperador Carlos V, de sentarse a mis pies. Por mediaci&oacute;n del duque de Montluc, se me propuso la plaza de rector de una academia que ser&iacute;a creada especialmente para m&iacute;, o una c&aacute;tedra de profesor en la universidad de Par&iacute;s, con las mejores promesas para el futuro. Pero todo ello para m&iacute; s&oacute;lo era un juego, y por orgullo lo rechac&eacute; ri&eacute;ndome. Mi negra estrella me devolvi&oacute; a Inglaterra. En Lovaina, en efecto, un fantasmag&oacute;rico brujo escoc&eacute;s &mdash;quiz&aacute; era el inquietante pastor de Bartlett Green&mdash; que Nicol&aacute;s Grudius, camarero secreto del emperador Carlos, hab&iacute;a sacado de no s&eacute; donde, me hab&iacute;a anunciado formalmente que estaba destinado a subir en Inglaterra a la cima de los honores y del &eacute;xito. Estas palabras se hundieron en mi alma como si tuvieran un sentido m&aacute;gico, reservado solamente para m&iacute;, aunque no me apareci&oacute; claramente. <br /><br />Desde entonces resuenan en mi o&iacute;do y estimulan mi loca ambici&oacute;n. Volv&iacute; pues a mi pa&iacute;s y me dej&eacute; arrastrar en la terrible y sangrienta confrontaci&oacute;n entre los partidarios del Papa y los de Lutero, eran los tiempos de la Reforma, y que, empezando por la familia real hasta acabar por el pueblo m&aacute;s bajo, levantaba unos contra otros, hermanos y parientes. Yo abrac&eacute; la causa de los reformados y me imaginaba conquistar con gran lucha el amor y la mano de Elizabeth, que le era favorable. He contado fielmente en otro diario &iacute;ntimo c&oacute;mo todo fracas&oacute;, y no es mi intenci&oacute;n volver sobre ello.<br /><br />* * *<br /><br />Robert Dudley, conde de Leicester, el mejor amigo que he tenido en mi vida, volvi&oacute;, despu&eacute;s de mi liberaci&oacute;n &mdash;deber&iacute;a decir mejor: despu&eacute;s de mi evasi&oacute;n de la torre donde el obispo Bonner me ten&iacute;a entre sus garras&mdash; m&aacute;s cortos los d&iacute;as de retiro que pas&eacute; en su castillo escoc&eacute;s de Sidlaw Hills, cont&aacute;ndome, diversas veces, las deliberaciones y las peripecias de la misma. Y mis &aacute;vidos o&iacute;dos nunca estaban satisfechos de o&iacute;r describir la infantil temeridad, y la decisi&oacute;n que la princesa Elizabeth hab&iacute;a manifestado en esa circunstancia. Pero yo sab&iacute;a m&aacute;s, mucho m&aacute;s de lo que Dudley pod&iacute;a suponer. Sab&iacute;a, sab&iacute;a, con una desenfrenada alegr&iacute;a que me sub&iacute;a hasta hacerme un nudo en la garganta, que la princesa Elizabeth hab&iacute;a&nbsp; hecho por m&iacute; tanto o m&aacute;s de lo que habr&iacute;a hecho por ella misma, &iexcl;ya que hab&iacute;a bebido el filtro de amor preparado a partir de mi sustancia por Mascee y la bruja de Uxbridge!<br /><br />Este pensamiento, junto a la certidumbre de que el filtro actuaba, de lo que la incre&iacute;ble audacia desplegada por la princesa en este asunto me parec&iacute;a una prueba evidente, me exalt&oacute; en el m&aacute;s alto grado. Gracias al poder m&aacute;gico, era el maestro: por la virtud de ese brebaje me hab&iacute;a deslizado en el alma y en la voluntad de Lady Elizabeth, ya nada nunca me desalojar&iacute;a de ah&iacute;, y en verdad, nada me ha desalojado hasta hoy, a pesar de los incomprensibles contratiempos de mi destino.<br /><br />&laquo;&iexcl;Yo impongo!&raquo; Esta hab&iacute;a sido la divisa de mi padre durante su vida, despu&eacute;s que la hubiera recibido de su padre, como &eacute;ste la hab&iacute;a recibido del suyo; me parece que era tan vieja como la raza de los Dee. Y &laquo;Yo impongo&raquo; fue tambi&eacute;n el principio de mis aspiraciones y de mi voluntad desde mi juventud, el est&iacute;mulo de todas mis empresas, de todos mis &eacute;xitos, tanto en mi vida de hombre de armas como en mi vida de sabio. <br /><br />&laquo;&iexcl;Yo impongo!&raquo; esto ha hecho de m&iacute; en mi juventud un maestro y un consejero de emperadores y de reyes, y me atrevo a decir, uno de los hombres m&aacute;s c&eacute;lebres por sus dones naturales y su cultura, de mi tiempo y de mi pa&iacute;s. &laquo;&iexcl;Yo impongo!&raquo; esto me ha librado de las garras de la Inquisici&oacute;n, y &laquo;&iexcl;Yo impongo?&raquo;<br /><br />&hellip;&iexcl;Pobre loco! &iquest;Qu&eacute; he &laquo;impuesto&raquo; durante estos treinta a&ntilde;os? &iquest;En los diez a&ntilde;os de mi mayor poder como hombre? &iquest;D&oacute;nde est&aacute; la corona de Engelland? &iquest;Qu&eacute; ha sido del trono de Groenlandia y de esos Estados del Oeste que hoy llevan el nombre de un marinero de agua dulce, Am&eacute;rico Vespucci?<br /><br />Pasar&eacute; por encima de los cinco tristes a&ntilde;os que un veleidoso e insensato destino todav&iacute;a reservaba a la t&iacute;sica Mar&iacute;a de Inglaterra para poder arrojar a la Gran Breta&ntilde;a en una nueva y vana confusi&oacute;n y conceder a los papistas una nefasta ocasi&oacute;n para restablecer su her&eacute;tica y sectaria hegemon&iacute;a.<br /><br />Para m&iacute; estos a&ntilde;os representaron un sabio favor de la Providencia que puso un freno a mis pasiones, pues emple&eacute; este periodo de forzada inactividad estudiando y preparando con el mayor cuidado mis planes de Conquista de Groenlandia. Sab&iacute;a, con un calmado sentimiento de triunfo, que mi hora, que nuestra hora, llegar&iacute;a; la hora de la gloriosa reina y la m&iacute;a; yo, su esposo designado por la profec&iacute;a y por el destino.<br /><br />Cuando vuelvo a pensar en esta profec&iacute;a, me parece que desde que nac&iacute; estaba mezclada en mi sangre, quiero decir que desde entonces hasta hoy nada ha cambiado: ya la &iacute;ntima certeza de mi real destino impregnaba mi infancia; y quiz&aacute; esta certeza, exagerada por mi sangre, sea la causa de que nunca se me haya ocurrido examinar de m&aacute;s cerca los fundamentos.<br /><br />Todav&iacute;a hoy, infinitas desilusiones, fracasos sin paliativos no han hecho perturbar lo m&aacute;s m&iacute;nimo esta convicci&oacute;n, esta fe anclada en lo m&aacute;s profundo de mi alma, sea cual sea el testimonio que los hechos me muestren.<br /><br />&iquest;Pero los hechos dan testimonio contra m&iacute;?<br /><br />Hoy vuelvo a sentir la necesidad de hacer como los comerciantes un recuento de mis bienes, escribiendo con justicia las reivindicaciones de mi alma y de mi voluntad, y los resultados de mi vida en las hojas del Debe y del Haber del libro de mi destino. Ya que he sentido la terminante orden de una voz interior que me invitaba a establecer este balance sin demora.<br /><br />Soy incapaz de precisar, ya sea mediante documentos, ya sea mediante recuerdos, lo que justificaba la creencia, enraizada desde mi m&aacute;s tierna infancia como algo que ca&iacute;a por su propio peso, en mi predestinaci&oacute;n a un trono. &iexcl;Y no pod&iacute;a ser otro que el trono de Inglaterra! me repet&iacute;a incansablemente, y algo en m&iacute; me imped&iacute;a dudarlo. Como hacen los gentilhombres venidos a menos que representan para su casa un fin sin gloria, mi padre Rowland, a menudo me hab&iacute;a vanagloriado, con pomposos t&eacute;rminos, el rango y el prestigio de nuestra familia, insistiendo en nuestro parentesco con los Green y los Boleyn; especialmente cuando un ujier real se aprestaba a tomar un jornal de tierra o un trozo de bosque. El recuerdo de esos humillantes incidentes quiz&aacute; ha contribuido a exaltar, por contraste, mis sue&ntilde;os de futuro. <br /><br />Sin embargo, el primer testimonio, la primera predicci&oacute;n de mis proezas futuras se remonta, si puedo decirlo, a la famosa noche despu&eacute;s de la fiesta de mi nominaci&oacute;n en el grado de Maestro, en la que borracho me contempl&eacute; en el cristal de mi espejo. Las palabras de entonces, las palabras que fueron pronunciadas por mi imagen espectral, resuenan todav&iacute;a hoy en mis o&iacute;dos: ni la imagen, ni las palabras parec&iacute;an venir de m&iacute;, pues mi aspecto reflejado difer&iacute;a de mi aspecto tangible, y los prop&oacute;sitos que o&iacute;a no emanaban de m&iacute;, sino de mi doble y vibraban en el espejo. No he podido dejarme enga&ntilde;ar ni por los sentidos ni por la memoria, ya que mientras el espejo me hablaba, desembriagado de golpe, me hallaba totalmente l&uacute;cido, de pies a cabeza.<br /><br />Luego vino la extra&ntilde;a profec&iacute;a de la bruja de Uxbridge a Lady Elizabeth. M&aacute;s tarde la princesa me hizo llegar una copia secreta, mediante nuestro com&uacute;n amigo Robert Dudley, en la cual hab&iacute;a a&ntilde;adido tres palabras que llevo, hoy como entonces, en mi coraz&oacute;n: verificetur in acternis*. Despu&eacute;s el singular Bartlett Green, gran iniciado, actualmente tengo la plena convicci&oacute;n de ello, en terribles m&iacute;stenos que en la Alta Escocia tienen algunos adeptos o disc&iacute;pulos, me revel&oacute; en la torre, mediante promesas y alusiones a&uacute;n m&aacute;s claras, un destino del que &eacute;l era valedor y del que los signos eran patentes. Me hab&iacute;a saludado como el &laquo;joven pr&iacute;ncipe real&raquo;, expresi&oacute;n que por otra parte me he inclinado a veces a interpretar alqu&iacute;micamente. Adem&aacute;s, a menudo me ha venido la idea&nbsp; de que deb&iacute;a comprender la &laquo;corona&raquo; que me es destinada, en un sentido que no tiene nada de&nbsp; terrestre&hellip;<br /><br />*. En lat&iacute;n en el lexto: a verificar en la eternidad. (K. del T.)<br /><br />Ese inculto carnicero me abri&oacute; los ojos a la importancia de la n&oacute;rdica Thule, de Groenlandia, que se extend&iacute;a como un puente abierto a los territorios y a los inmensos tesoros de las Indias, las cuales s&oacute;lo hab&iacute;an sido descubiertas y puestas bajo el cetro espa&ntilde;ol por el aventurero Col&oacute;n y Pizarro en su menor y menos interesante parte. Me mostr&oacute;, quebrada, la corona del mar Occidental, de Inglaterra y de Am&eacute;rica del Norte, un d&iacute;a ambas partes ser&aacute;n reunidas: entonces el rey y la reina, unidos por el matrimonio reinar&aacute;n en el trono de las Islas y de las Nuevas Indias.<br /><br />Una vez m&aacute;s me asedi&oacute; este pensamiento: &iquest;realmente hay que tomarlo en un sentido terrestre? Y fue &eacute;l &mdash;no s&oacute;lo en la Torre, sino despu&eacute;s, cuando por dos veces se me apareci&oacute; en carne y hueso y me habl&oacute; cara a cara&mdash; quien consolid&oacute; en mi pecho como si fuera con una nueva grapa de hierro, la divisa de Roderick: &laquo;&iexcl;Yo impongo!&raquo;<br /><br />Fue &eacute;l, fue &eacute;l quien en una de sus visitas me sacudi&oacute; para obtener de m&iacute; el supremo esfuerzo &mdash;la &uacute;ltima violencia&mdash; y que por la terrible persuasi&oacute;n de su elocuencia, luminosa como una raz&oacute;n omnisciente y bienhechora como agua helada en un fuego ardiente, me incit&oacute;, me sedujo y me decidi&oacute; a forzar a hacer a mi reina lo que ante su naturaleza llena de dudas y enigmas parec&iacute;a tener siempre que diferir. <br /><br />Una vez m&aacute;s todav&iacute;a: &iquest;hay que lomar todo esto en el sentido terrestre?<br /><br />Hablar&eacute; de ello cuando llegue el momento, y contin&uacute;o interes&aacute;ndome a&uacute;n en esos a&ntilde;os muertos esperando descubrir, al hacerlo, el escondido vicio de mi ardiente esfuerzo.<br /><br />Despu&eacute;s de la muerte de Mar&iacute;a de Inglaterra, ten&iacute;a entonces treinta y tres a&ntilde;os cumplidos, me pareci&oacute; que mi tiempo hab&iacute;a llegado. Por otra parte, los planes que hab&iacute;a elaborado con el mayor cuidado para la expedici&oacute;n militar y la ocupaci&oacute;n de Groenlandia, as&iacute; como para su puesta en pr&aacute;ctica en tanto que base y cabeza de puente de una met&oacute;dica conquista de Am&eacute;rica del Norte, estaban finalmente listos. No hab&iacute;a descuidado el menor detalle que fuera suceptible de adelantar o de atrasar, ya sea bajo el aspecto geogr&aacute;fico y n&aacute;utico, ya sea bajo el aspecto militar, una empresa concebida a una escala tan vasta. As&iacute; pues lo ten&iacute;a todo a punto para una inminente entrada en acci&oacute;n del poder&iacute;o ingl&eacute;s, una acci&oacute;n que cambiar&iacute;a la faz del mundo. <br /><br />Adem&aacute;s, las cosas hab&iacute;an tomado el viento m&aacute;s favorable. Ya en noviembre de 1558, mi joven reina me hab&iacute;a hecho pedir a trav&eacute;s del fiel Dudley, desde entonces conde de Leicester, el levantamiento del hor&oacute;scopo&nbsp; correspondiente al d&iacute;a de su coronaci&oacute;n en Westminster. Con raz&oacute;n interpret&eacute; el requerimiento como un saludo, un gesto amigable y ardorosamente me puse a pedir a los astros y a la misma voluntad divina que atestiguaran por su gloria creciente, por la m&iacute;a, consagrada por la profec&iacute;a, y por nuestra com&uacute;n misi&oacute;n real. <br /><br />El hor&oacute;scopo, cuya espl&eacute;ndida constelaci&oacute;n anunciaba efectivamente un incomparable per&iacute;odo de florecimiento y cosecha para Inglaterra y para la reina Elizabeth, me vali&oacute;, adem&aacute;s de un apreciable regalo monetario, calurosos elogios que mostraban indicios de algo que era m&aacute;s que una pol&iacute;tica real. Acept&eacute; el dinero con repugnancia, pero las diversas promesas de su favor, llenas de misterio, que me hac&iacute;a llegar por el canal de Leicester, me confirmaban en mi m&aacute;s firme esperanza de ver bien pronto realizarse todos mis sue&ntilde;os.<br /><br />Sin embargo, &iexcl;nada se realiz&oacute;!<br /><br />La reina Elizabeth se puso a jugar conmigo y hasta hoy no ha habido un desenlace pausible a este juego.<br /><br />Todo ello forzosamente me ha costado serenidad de esp&iacute;ritu, confianza en Dios y en las potencias celestes, tensi&oacute;n de mi voluntad y de toda mi naturaleza, superior e inferior, ninguna descripci&oacute;n podr&iacute;a dar cuenta. He desperdiciado en ello energ&iacute;as capaces de edificar un mundo y luego destruirlo.<br /><br />En primer lugar, parece que el halagador t&iacute;tulo de &laquo;Reina Virgen&raquo; que de repente en todas partes acariciaba el o&iacute;do de Elizabeth hasta el punto que el buen tono ya no quiso otro para Su Majestad, le plujo en tal grado que la sola expresi&oacute;n le daba vueltas en la cabeza, y resolvi&oacute; conformarse al ideal que le propon&iacute;a. Por desgracia su indomable car&aacute;cter, su independencia y su orgullo natural la llevaron a otra cosa, as&iacute; las fuertes exigencias de su temperamento carnal bien pronto reclamaron las satisfacciones del sexo, aunque por v&iacute;as un tanto singulares, de las que la inversi&oacute;n no estaba excluida.<br /><br />Y una vez &mdash;poco antes de nuestra primera discusi&oacute;n violenta&mdash; aunque es imposible que hubiera habido desprecio, cuando me invit&oacute; a Windsor Castle, donde podr&iacute;amos reunimos con m&aacute;s libertad, yo declin&eacute; la invitaci&oacute;n en un arranque de c&oacute;lera, pues no me resignaba tan s&oacute;lo a pasar una noche con una doncella en celo; lo que yo quer&iacute;a, era ver levantarse el d&iacute;a de nuestra com&uacute;n y real gloria.<br /><br />As&iacute; pues, es posible que el rumor seg&uacute;n el cual mi amigo Dudley, menos exigente, habr&iacute;a aceptado con alegr&iacute;a lo que yo me hab&iacute;a negado a m&iacute; mismo como lo negu&eacute; a la bien amada de mi deseo intemporal, no carezca de fundamento. S&oacute;lo Dios sabe si me he equivocado.<br /><br />Lo que hice mucho m&aacute;s tarde, empujado por las formales advertencias de Bartlett Green &mdash;el No-Nacido, el Nunca-Muerto. El que Va y Viene&mdash; termin&oacute; por atraer sobre mi cabeza el rayo de una maldici&oacute;n, que desde ya hac&iacute;a tiempo rondaba a mi alrededor para aniquilarme, y que tarde o temprano me habr&iacute;a golpeado; quiz&aacute; me estaba reservada por un insondable decreto. Y si he resistido a ese rayo &mdash;aunque haya irremediablemente socavado mi fuerza vital y la paz de mi alma&mdash; no quiere ello decir que en otra &eacute;poca o bajo otra conjunci&oacute;n de astros, su violencia no me habr&iacute;a aniquilado.<br /><br />Hoy, sin embargo, s&oacute;lo soy el vestigio de mi poder&iacute;o de anta&ntilde;o; s&oacute;lo hoy s&eacute; &iexcl;contra qu&eacute; lucho! La conducta cruel y equ&iacute;voca de Elizabeth hacia m&iacute; hizo que &mdash;en mi c&oacute;lera de ver d&iacute;a tras d&iacute;a faltar a su promesa de llamarme a Windsor Castle, no para horas de charlas zalameras o burlonas, sino para deliberaciones serias&mdash; abandonara una vez m&aacute;s Inglaterra y fuera a encontrarme con el emperador Maximiliano en Hungr&iacute;a, con la intenci&oacute;n de someter a este osado emperador mis planes de conquista y de colonizaci&oacute;n de Am&eacute;rica del Norte.<br /><br />Mientras iba de camino, un curioso remordimiento se apoder&oacute; de m&iacute;, me pareci&oacute; que me aprestaba a traicionar mi m&aacute;s &iacute;ntimo secreto, el que me ataba a mi reina, algo me advirti&oacute; y me hizo echarme atr&aacute;s, como si un cord&oacute;n umbilical me ligase m&aacute;gicamente a su naturaleza materna.<br /><br />Me content&eacute; con exponer al emperador algunas de mis teor&iacute;as sobre la astrolog&iacute;a y la alquimia, a resultas de lo que fui r&aacute;pidamente ligado a su Corte como matem&aacute;tico y astr&oacute;logo imperial. S&oacute;lo a esto se limitaron nuestras relaciones.<br /><br />Al a&ntilde;o siguiente (el cuarenta de mi vida) volv&iacute; a Inglaterra e hice las paces con una Elizabeth m&aacute;s seductora y a la vez m&aacute;s r&iacute;gida que nunca en su frialdad real. Fui su hu&eacute;sped en Greenwich: d&iacute;as de grave emoci&oacute;n, pues por primera vez prest&oacute; una despierta atenci&oacute;n a mi exposici&oacute;n y me agradeci&oacute; muy sinceramente por el fruto de mis trabajos cient&iacute;ficos. Me prometi&oacute; con calor su protecci&oacute;n contra la hostilidad de esp&iacute;ritus timoratos y me introdujo en la confidencia de sus propios planes, deseos y preocupaciones m&aacute;s &iacute;ntimas. <br /><br /><br /></p>]]></description><pubDate>Wed, 09 Jun 2010 21:14:00 +0000</pubDate></item><item><title>El Rostro Verde (15). Gustav Meyrink. 1916. Conclusi&#xF3;n</title><link>https://gustavmeyrink.blogia.com/2009/122216-el-rostro-verde-15-gustav-meyrink-1916-conclusion.php</link><guid isPermaLink="true">https://gustavmeyrink.blogia.com/2009/122216-el-rostro-verde-15-gustav-meyrink-1916-conclusion.php</guid><description><![CDATA[<p style="text-align: justify;">Las horas pasaban con una insoportable lentitud, parec&iacute;a que la noche no quisiera terminar nunca.<br /><br />El sol se elev&oacute; por fin, pero el cielo permaneci&oacute; negro. S&oacute;lo una raya del color del azufre brillaba en el horizonte, como si una esfera semioscura de borde incandescente se hubiese inclinado sobre la Tierra.<br /><br />Un p&aacute;lido amanecer se infiltraba en el cuarto. El &aacute;lamo, los matorrales lejanos, las torres de Amsterdam, aparec&iacute;an d&eacute;bilmente iluminados, como si la iluminaci&oacute;n procediera de un foco empa&ntilde;ado. La llanura se extend&iacute;a como un gran espejo turbio. Hauberrisser mir&oacute; con los prism&aacute;ticos hacia la ciudad, que envuelta en una luz l&iacute;vida, se destacaba del fondo sombr&iacute;o y parec&iacute;a esperar la muerte a cada instante.<br /><br />Un t&iacute;mido y desalentado repique de campanas vibr&oacute; a lo lejos. Bruscamente se call&oacute;, un mugido sordo llen&oacute; el aire, y el &aacute;lamo se inclin&oacute; hacia la tierra como un gemido.<br /><br />R&aacute;fagas de viento barrieron el suelo como latigazos, peinando la hierba seca y arrancando los escasos matojos. Tras pocos minutos, todo el paisaje desapareci&oacute; por el aire a causa de una gigantesca nube de polvo. Cuando volvi&oacute; a emerger era apenas reconocible: los diques se hab&iacute;an convertido en espuma blanca y permanec&iacute;an derribados en la tierra turbia, como troncos desmembrados. El hurac&aacute;n rugia con interrupciones cada vez m&aacute;s breves, pronto no se oy&oacute; m&aacute;s que un incesante bramido. A cada momento aumentaba su furia; el robusto &aacute;lamo estaba doblado, formando un &aacute;ngulo recto a pocos pies del suelo. Sin ramas, casi reducido a un tronco liso, se manten&iacute;a inm&oacute;vil en esa posici&oacute;n, oprimido por las masas a&eacute;reas que se desencadenaban por encima de &eacute;l.<br /><br />S&oacute;lo el manzano se manten&iacute;a quieto, como en un islote protegido de los vientos por una mano invisible, no se movia ni una sola de sus flores.<br /><br />Vigas y piedras, escombros de casas, muros enteros, pasaban volando ante la ventana.<br /><br />Entonces el cielo se torn&oacute; de un color gris claro y la oscuridad se disolvi&oacute; en una luz fr&iacute;a y plateada.<br /><br />Hauberrisser crey&oacute; que la rabia del hurac&aacute;n iba a calmarse, pero vio con espanto c&oacute;mo se desprend&iacute;a el corcho del &aacute;lamo, convertido en fragmentos, desapareciendo sin dejar rastro. Inmediatamente, antes de que pudiera darse cuenta de lo que ocurr&iacute;a, las chimeneas de las f&aacute;bricas del suroeste se quebraron por la base, transform&aacute;ndose en finas lanzas de polvo blanco que la tormenta se llev&oacute; con la rapidez del rayo.<br /><br />Los campanarios corrieron la misma suerte, uno tras otro; durante algunos segundos se vieron sus masas negruzcas elevadas por los torbellinos de tif&oacute;n, y luego, rayas escapando hacia el horizonte, puntos&hellip; y nada m&aacute;s.<br /><br />En poco tiempo, la regi&oacute;n no fue m&aacute;s que rayas horizontales desfilando ante la ventana con tanta rapidez que la mirada no era capaz de distinguir objetos aislados.<br /><br />Hasta el cementerio hab&iacute;a sido minado y desnudado, a juzgar por las planchas de ata&uacute;d y las cruces que pasaban volando por delante de la casa, siempre en posici&oacute;n horizontal y sin cambiar de rumbo, como si carecieran de peso.<br /><br />Hauberrisser oy&oacute; el gemido de las vigas del techo. Esperaba a cada instante verlas derrumbarse. Se le ocurri&oacute; la idea de bajar al portal y echar los cerrojos para que el viento no arrancara los postigos, pero una vez que lleg&oacute; a la puerta del cuarto, volvi&oacute; sobre sus pasos.<br /><br />Advertido por una voz interior, comprendi&oacute; que si apretaba la manivela la terrible corriente de aire quebrar&iacute;a los cristales de las ventanas y dejar&iacute;a penetrar a las fuerzas desencadenadas, de manera que toda la casa se desmoronar&iacute;a en un instante. S&oacute;lo podr&iacute;a hacer frente a la destrucci&oacute;n mientras la colina protegiera la casa de la violencia del viento, mientras que las puertas cerradas aislaran los cuartos entre s&iacute; como si fueran alveolos de abejas.<br /><br />El aire de la habitaci&oacute;n estaba helado y enrarecido. Una hoja de papel revolote&oacute; desde el escritorio hasta la cerradura de la puerta, donde se qued&oacute; pegada.<br /><br />Hauberrisser volvi&oacute; a acercarse a la ventana. Mir&oacute; hacia fuera: el hurac&aacute;n se hab&iacute;a acrecentado, era un r&iacute;o impetuoso cuyo soplo dispersaba el agua de los diques, pulveriz&aacute;ndola en el aire. Las praderas se parec&iacute;an a una reluciente alfombra de felpa gris, y donde antes se alzaba el &aacute;lamo no quedaba m&aacute;s que un tronco con una melena de fibras agitada por el viento. El rugido era tan mon&oacute;tono y ensordecedor que Hauberrisser empez&oacute; a creer que estaba rodeado por un silencio de muerte. Fue s&oacute;lo al fijar con unos clavos las temblorosas ventanas, al dejar de o&iacute;r los martillazos, cuando volvi&oacute; a reparar en el estruendo que reinaba fuera.<br /><br />Durante mucho tiempo no se atrevi&oacute; a mirar hacia la ciudad, por temor a ver barridas la iglesia de San Nicol&aacute;s y la vecina casa del Zee Dijk, donde se hallaban Pfeill y Swammerdam. Cuando por fin se atrevi&oacute; a mirar, t&iacute;mido y lleno de miedo, la vio alzarse intacta hacia el cielo, rodeada por un mont&oacute;n de escombros. &laquo;&iquest;Cu&aacute;ntas ciudades quedar&aacute;n todav&iacute;a de pie en Europa?", se pregunt&oacute;, estremecido. &laquo;Toda la ciudad de Amsterdam est&aacute; arrasada. Una cultura decadente se ha convertido en una pila de polvorientas inmundicias&raquo;.<br /><br />Entonces, al comprender el impacto del acontecimiento en toda su plenitud, se sinti&oacute; horrorizado.<br /><br />Las impresiones del d&iacute;a anterior, el cansancio resultante y el repentino estallido de la cat&aacute;strofe lo hab&iacute;an mantenido en una especie de aturdimiento mental ininterrumpido que s&oacute;lo ahora comenzaba a disiparse. Recobr&oacute; la lucidez. Se golpe&oacute; la frente.<br /><br />&mdash;&iquest;He estado dormido?.<br /><br />Su mirada repar&oacute; en el manzano, que por un incomprensible milagro, hab&iacute;a conservado todo su florido adorno, intacto. Se acord&oacute; de haber enterrado el rollo entre sus ra&iacute;ces el d&iacute;a anterior, le pareci&oacute; que toda una eternidad hab&iacute;a transcurrido en este corto lapso de tiempo.<br /><br />&iquest;No hab&iacute;a escrito que pose&iacute;a la facultad de separarse de su cuerpo?.<br /><br />&iquest;Por qu&eacute; no lo hab&iacute;a hecho?. &iquest;Ayer, durante la noche, o esta ma&ntilde;ana al iniciarse el hurac&aacute;n?. &iquest;Por qu&eacute; no lo hac&iacute;a ahora?.<br /><br />Por un instante volvi&oacute; a conseguirlo: pudo ver su cuerpo apoyado en la ventana como una silueta vaga, extra&ntilde;a. El mundo exterior, a pesar de la devastaci&oacute;n, ya no era, como en otras ocasiones, una imagen fantasmal privada de vida. Ante &eacute;l se extend&iacute;a una nueva tierra animada por vitales vibraciones. El presentimiento de un indescriptible encanto le atraves&oacute; el coraz&oacute;n. Todo lo que le rodeaba parec&iacute;a querer adquirir una nitidez duradera&hellip; El manzano, &iquest;no era acaso Chidher, el &aacute;rbol eternamente "verde"?. Un instante despu&eacute;s, Hauberrisser estaba unido nuevamente a su cuerpo, contemplando el hurac&aacute;n, pero ahora sab&iacute;a que tras la imagen de destrucci&oacute;n se ocultaba la nueva tierra prometida que acababa de ver con los ojos del alma.<br /><br />Su coraz&oacute;n lat&iacute;a con fuerza, agitado por una jubilosa esperanza: sent&iacute;a que se encontraba en el umbral del &uacute;ltimo y supremo despertar, dentro de &eacute;l, el f&eacute;nix bat&iacute;a sus alas para volar hacia el &eacute;ter. Sinti&oacute; tan n&iacute;tidamente la cercan&iacute;a de un acontecimiento que sobrepasar&iacute;a de lejos toda experiencia humana, que apenas se atrev&iacute;a a respirar. Era casi como aquel d&iacute;a en el parque de Hilversum, cuando bes&oacute; a Eva, el mismo batir helado de las alas del &aacute;ngel de la muerte, pero mezclado esta vez con el presentimiento de una futura vida indestructible. Las palabras de Chidher el Verde resonaron en sus o&iacute;dos como si las pronunciara el manzano en flor: "Te dar&eacute;, a causa de Eva, el amor que nunca acaba". Pens&oacute; en los innumerables muertos que yac&iacute;an enterrados bajo los escombros de la destrozada ciudad, era incapaz de sentirse triste por ellos. &laquo;Resucitar&aacute;n, aunque con otra apariencia, hasta que alcancen la forma &uacute;ltima, la suprema forma del "Ser despierto", el que ya no muere. La naturaleza tambi&eacute;n se rejuvenecer&aacute;, como el f&eacute;nix&raquo;.<br /><br />Una inesperada agitaci&oacute;n se apoder&oacute; de &eacute;l con tanta fueza que crey&oacute; sofocarse: &iquest;no era la presencia de Eva lo que sent&iacute;a tan cerca?. Un soplo roz&oacute; su rostro.<br /><br />&iquest;Qu&eacute; coraz&oacute;n, sino el de Eva, pod&iacute;a latir tan cerca del suyo?. Era como si unos sentidos nuevos intentaran nacer en &eacute;l para abrirle el mundo invisible que se interpenetra con el mundo visible. De un instante a otro pod&iacute;a caer de sus ojos la venda que a&uacute;n lo ocultaba.<br /><br />&mdash;&iexcl;Dame una se&ntilde;al de que est&aacute;s cerca de m&iacute;, Eva! &mdash;suplic&oacute; suavemente&mdash;. No dejes que pierda la fe en tu venida.<br /><br />&mdash;Cuan miserable ser&iacute;a el amor que no fuese capaz de superar el tiempo y el espacio &mdash;oy&oacute; murmurar a una voz. El pelo se le puso de punta bajo el exceso de conmoci&oacute;n ps&iacute;quica&mdash;. Aqu&iacute;, en este cuarto, me cur&eacute; de los horrores de la Tierra, y aqu&iacute; esperar&eacute; a tu lado hasta la hora de tu despertar.<br /><br />Un apacible sosiego lo envolvi&oacute;. Mir&oacute; a su alrededor, en la habitaci&oacute;n reinaba una alegre y paciente espera, como una llamada contenida de la primavera, todas las cosas estaban como dispuestas y listas para el milagro de una inconcebible transmutaci&oacute;n. Oy&oacute; los latidos de su coraz&oacute;n.<br /><br />Percib&iacute;a que la habitaci&oacute;n, las paredes y los objetos que lo rodeaban no eran m&aacute;s que formas externas, enga&ntilde;osas, formas que se prolongaban en el mundo de los cuerpos como sombras de un reino invisible. En cada momento pod&iacute;a abr&iacute;rsele la puerta del pa&iacute;s de los inmortales.<br /><br />Intent&oacute; imaginar lo que suceder&iacute;a cuando sus sentidos interiores se despertaran:<br /><br />&laquo;&iquest;Estar&aacute; Eva conmigo, ir&eacute; a su encuentro, la ver&eacute; y hablar&eacute; con ella, como hacen las criaturas de esta Tierra?. &iquest;O nos habremos convertido en colores, en sonidos sin forma que se mezclan?. &iquest;Estaremos rodeados de materia, como aqu&iacute;, o atravesaremos el espacio c&oacute;smico igual que rayos de luz?. &iquest;Se transformar&aacute; tambi&eacute;n el mundo de la materia, y nosotros, cambiaremos con &eacute;l?. &iquest;Participaremos en esa transmutaci&oacute;n?&raquo;. Comprendi&oacute; que ser&iacute;a una operaci&oacute;n completamente natural, y no obstante, nueva e inconcebible para &eacute;l. Quiz&aacute;s fuera una operaci&oacute;n semejante a la formaci&oacute;n de esos torbellinos de viento que hab&iacute;a visto nacer de la nada durante el d&iacute;a anterior, torbellinos que adoptaban formas tangibles y perceptibles para todos los sentidos de su cuerpo. De todos modos no pod&iacute;a explicarse el fen&oacute;meno con claridad.<br /><br />El presentimiento de un indecible &eacute;xtasis lo estremeci&oacute; de tal manera que supo muy n&iacute;tidamente que la realidad de la experiencia que le esperaba iba a superar con creces todo cuanto pudiera imaginar.<br /><br />* * *<br /><br />El tiempo pasaba.<br /><br />Parec&iacute;a ser el mediod&iacute;a: un c&iacute;rculo luminoso estaba suspendido en lo alto del cielo, difuminado por la neblina. &iquest;Segu&iacute;a haciendo estragos el hurac&aacute;n?. Hauberrisser escuch&oacute; con atenci&oacute;n.<br /><br />No hab&iacute;a nada que pudiera servir como referencia. Los diques estaban vac&iacute;os, no hab&iacute;a en ellos el menor rastro de movimiento. En lo que abarcaba la vista, no quedaba ni un arbusto. La hierba estaba aplastada. Ni una sola nube en el firmamento, la atm&oacute;sfera se manten&iacute;a inm&oacute;vil.<br /><br />Cogi&oacute; el martillo y lo dej&oacute; caer. Lo oy&oacute; chocar contra el suelo con estr&eacute;pito. Comprendi&oacute; que, en el exterior, todo se hab&iacute;a calmado. Pero los ciclones segu&iacute;an soplando sobre la ciudad, como pudo observar con los prism&aacute;ticos. Bloques de piedra sobrevolaban el aire; surg&iacute;an trombas de agua del puerto, se deshac&iacute;an, volv&iacute;an a formarse y se alejaban en el mar.<br /><br />&iexcl;Ay!. &iquest;Se equivocaba quiz&aacute;s?. &iquest;No estaba viendo c&oacute;mo temblaban las dos torres de la iglesia de San Nicol&aacute;s?. Finalmente se hundi&oacute; una de ellas, y la otra se elev&oacute; en el aire, girando sobre s&iacute; misma, y estall&oacute; como un cohete. Su inmensa campana qued&oacute; suspendida por un momento entre el cielo y la tierra. Despu&eacute;s cay&oacute; silenciosamente. A Hauberrisser se le par&oacute; la circulaci&oacute;n de la sangre: &iexcl;Swammerdam!. &iexcl;Pfeill!.<br /><br />&iexcl;No, no, no pod&iacute;a haberles sucedido nada: &laquo;Chidher el Verde, el eterno &aacute;rbol de la humanidad, los protege con sus ramas&raquo;. &iquest;Acaso no predijo Swammerdam que sobrevivir&iacute;a a la iglesia?. &iquest;Y no exist&iacute;an islotes como aquel manzano en flor en su oasis de c&eacute;sped verde, donde la vida se hallaba protegida de la destrucci&oacute;n con objeto de preservarla para la nueva era?. <br />En ese instante, el golpe de la campana al estrellarse, alcanz&oacute; la casa. Los muros retumbaron bajo el impacto de la onda expansiva con un sonido &uacute;nico, tan tremendo y perturbador que Hauberrisser crey&oacute; sentir c&oacute;mo se le quebraban los huesos del cuerpo, como si fueran de cristal, casi perdi&oacute; el conocimiento.<br /><br />&mdash;Las murallas deJeric&oacute; han ca&iacute;do&hellip; &mdash;escuch&oacute; la voz fuerte de Chidher el Verde resonando en la habitaci&oacute;n&mdash; Ha resucitado de entre los muertos.<br /><br />Silencio absoluto. Luego, el grito de un ni&ntilde;o. Hauberrisser, perturbado, mir&oacute; a su alrededor. Finalmente volvi&oacute; en s&iacute;.<br /><br />Reconoci&oacute; las paredes desnudas de su cuarto, pero era como si al mismo tiempo fuesen las murallas de un templo, adornadas con frescos que representaban a dioses egipcios. Se hallaba en medio de la estancia. Las dos apariencias del cuarto eran reales. Ve&iacute;a las vigas de madera del suelo ser a la vez las baldosas del templo. Dos mundos se interpenetraban, se fund&iacute;an en uno solo, quedando a la vez separados entre s&iacute;, como si Hauberrisser estuviera simult&aacute;neamente dormido y despierto. Desliz&oacute; la mano sobre la cal de la pared, palp&oacute; la superficie rugosa, y sin embargo tuvo la absoluta certeza de que sus dedos tocaban una alta estatua dorada, en la cual crey&oacute; reconocer a la diosa Isis sentada en su trono. Una nueva conciencia se hab&iacute;a a&ntilde;adido a la habitual conciencia humana que hab&iacute;a pose&iacute;do hasta entonces, enriqueci&eacute;ndolo con la percepci&oacute;n de un mundo nuevo que absorv&iacute;a el antiguo, siendo paralelo, transform&aacute;ndolo y dej&aacute;ndolo perpetuarse de una manera milagrosa.<br /><br />Todos sus sentidos, uno tras otro, despertaron en &eacute;l doblemente, como flores que se abren, y salen del capullo. Las vendas se le cayeron de los ojos. Durante un largo momento no pudo comprender lo que hab&iacute;a sucedido, como alguien que en toda su vida no ha visto m&aacute;s que la superficie de las cosas y de golpe toma conciencia de una tercera dimensi&oacute;n.<br /><br />Comprendi&oacute; gradualmente que hab&iacute;a alcanzado la meta de esta v&iacute;a, cuyo recorrido total es la raz&oacute;n secreta de toda existencia humana: convertirse en un ciudadano de dos mundos. Nuevamente grit&oacute; un ni&ntilde;o.<br /><br />* * *<br /><br />&iquest;No hab&iacute;a dicho Eva que quer&iacute;a ser madre cuando volviera a &eacute;l?. Record&oacute;, estremecido.<br /><br />&iquest;Y no llevaba la diosa Isis un ni&ntilde;o vivo y desnudo en sus brazos?. Alz&oacute; la vista y la vio sonre&iacute;r. Ella se mov&iacute;a.<br /><br />Los frescos se tornaban cada vez m&aacute;s n&iacute;tidos, m&aacute;s coloridos, m&aacute;s luminosos. Hab&iacute;a utensilios sagrados en la habitaci&oacute;n. Todo era tan claro que Hauberrisser olvid&oacute; el aspecto del cuarto y no vio alrededor m&aacute;s que las rojas y doradas pinturas. Con el esp&iacute;ritu ausente fij&oacute; la vista en el rostro de la diosa y, lentamente, un vago recuerdo le vino a la mente: &iexcl;Eva!. &iexcl;Pero si era Eva, que ocupaba el lugar de la diosa egipcia!. Se llev&oacute; las manos a la cabeza, no acababa de creerlo.<br /><br />&mdash;&iexcl;Eva!. &iexcl;Eva! &mdash;grit&oacute;.<br /><br />A trav&eacute;s de los muros del templo vio reaparecer las paredes de su cuarto. La diosa segu&iacute;a sonri&eacute;ndole desde el trono, pero ante &eacute;l, muy cerca, se hallaba una mujer joven y vigorosa, viva y real, el fiel retrato terrestre de la aparici&oacute;n.<br /><br />&mdash;&iexcl;Eva!. &iexcl;Eva! &mdash;Hauberrisser la abraz&oacute;, cubri&eacute;ndola de besos, con un grito de j&uacute;bilo y de indecible alegr&iacute;a.<br /><br />&mdash;&iexcl;Eva!&hellip;<br /><br />Durante largo rato, estrechamente abrazados, contemplaron la ciudad muerta a trav&eacute;s de la ventana.<br /><br />Hauberrisser percibi&oacute; un pensamiento tal como si fuera la voz de Chidher el Verde, dici&eacute;ndole:<br /><br />&mdash;Ayudad, como lo hago yo, a las futuras generaciones a construir un nuevo mundo con los escombros del antiguo, para que llegue el d&iacute;a en que yo tambi&eacute;n pueda sonre&iacute;r.<br /><br />El cuarto y el templo hab&iacute;an cobrado una nitidez semejante. Como la cabeza de Jano, Hauberrisser pod&iacute;a contemplar al mismo tiempo el mundo terrestre y el de m&aacute;s all&aacute;, distinguiendo claramente las cosas y los detalles:<br /><br />Era un ser vivo.<br /><br />Aqu&iacute; abajo y en el m&aacute;s all&aacute;.<br /><br />FIN</p>]]></description><pubDate>Tue, 22 Dec 2009 16:28:00 +0000</pubDate></item><item><title>El Rostro Verde (14). Gustav Meyrink. 1916. Cap&#xED;tulo XIII</title><link>https://gustavmeyrink.blogia.com/2009/122215-el-rostro-verde-14-gustav-meyrink-1916-capitulo-xiii.php</link><guid isPermaLink="true">https://gustavmeyrink.blogia.com/2009/122215-el-rostro-verde-14-gustav-meyrink-1916-capitulo-xiii.php</guid><description><![CDATA[<p style="text-align: justify;">El doctor Sephardi hab&iacute;a pedido al bar&oacute;n Pfeill y a Swammerdam que vinieran a su casa. Llevaban m&aacute;s de una hora en su biblioteca.<br /><br />Era ya noche cerrada. Hablaron de m&iacute;stica, de filosof&iacute;a, de la Cabala, y del extra&ntilde;o L&aacute;zaro Eidotter, el cual, liberado hac&iacute;a tiempo, hab&iacute;a retornado a su negocio de bebidas alcoh&oacute;licas, pero la conversaci&oacute;n volv&iacute;a siempre a la persona de Hauberrisser.<br /><br />Al d&iacute;a siguiente era el entierro de Eva.<br /><br />&mdash;&iexcl;Es terrible!. &iexcl;Pobre hombre! &mdash;exclam&oacute; Pfeill, levant&aacute;ndose para andar por la habitaci&oacute;n con pasos agigantados&mdash;. Si me pongo en su lugar me dan escalofr&iacute;os &mdash;se par&oacute; y mir&oacute; a Sephardi&mdash;. &iquest;No deber&iacute;amos ir a verlo y hacerle compa&ntilde;&iacute;a?. &iquest;Qu&eacute; opina usted, Swammerdam?. &iquest;Podemos excluir que se rompa esa tranquilidad incomprensible en la que est&aacute; sumergido?. Si de repente volviera en s&iacute; y se encontrara solo y abandonado en su dolor&hellip;<br /><br />Swammerdam neg&oacute; con la cabeza:<br /><br />&mdash;No se preocupe por &eacute;l, se&ntilde;or. La desesperaci&oacute;n ya no puede alcanzarlo. Eidotter dir&iacute;a que sus luces han sido intercambiadas.<br /><br />&mdash;Su fe tiene algo terrible&hellip; &mdash;murmur&oacute; Sephardi&mdash; cuando lo oigo hablar de esa manera siento una especie de&hellip; espanto &mdash;vacil&oacute; un instante, pregunt&aacute;ndose si no ir&iacute;a a abrir una llaga&mdash;. Cuando asesinaron a su amigo Klinkherbogk, usted nos preocup&oacute; mucho. Cre&iacute;mos que el suceso lo hundir&iacute;a. Eva me pidi&oacute; muy particularmente que fuese a verlo e intentara consolarlo. &iquest;D&oacute;nde pudo hallar la fuerza para soportar con tanto valor un horrible acontecimiento que deb&iacute;a haber sacudido los fundamentos de su fe?.<br /><br />Swammerdam le interrumpi&oacute;:<br /><br />&mdash;&iquest;Se acuerdan de la palabras que Klinkherbogk pronunci&oacute; antes de morir?.<br /><br />&mdash;S&iacute;, frase por frase. Y m&aacute;s tarde comprend&iacute; tambi&eacute;n su significado. No cabe duda de que previ&oacute; exactamente su fin antes de que el negro entrara en el cuarto. Lo que dijo acerca del rey de Etiop&iacute;a bastar&iacute;a para probarlo.<br /><br />&mdash;Precisamente el hecho de que se haya realizado su profec&iacute;a es lo que me consol&oacute;. Al principio, naturalmente, estaba derrumbado, pero cuando comprend&iacute; la magnitud del acontecimiento me pregunt&eacute;. &iquest;Qu&eacute; es preferible?. &iquest;Que una palabra pronunciada en trance se realice o que una ni&ntilde;a enferma de tisis y un viejo y decr&eacute;pito zapatero vivan alg&uacute;n tiempo m&aacute;s?. <br />&iquest;Hubiera sido mejor que el esp&iacute;ritu mintiera?. Desde entonces el recuerdo de aquella noche es para m&iacute; una fuente de alegr&iacute;a pura y serena.<br /><br />&raquo;&iquest;Qu&eacute; importa que los dos tuvieran que morir?. Cr&eacute;anme, ahora est&aacute;n m&aacute;s a gusto.<br /><br />&mdash;&iquest;Est&aacute;s, pues, firmemente convencido de que existe una vida despu&eacute;s de la muerte? &mdash;pregunt&oacute; Pfeill&mdash;. Yo, desde luego, tambi&eacute;n lo creo &mdash;a&ntilde;adi&oacute; en voz baja.<br /><br />&mdash;Ciertamente estoy convencido de ello. Claro que el para&iacute;so no es un lugar, sino un estado. Pero la vida en la Tierra tampoco es m&aacute;s que un estado.<br /><br />&mdash;&iquest;Y usted&hellip; a&ntilde;ora ese estado?.<br /><br />&mdash;N&hellip;No &mdash;Swammerdam vacil&oacute; como si le costara hablar del tema. Un viejo lacayo de librea morada vino a anunciar la llamada telef&oacute;nica para el se&ntilde;or. Sephardi se levant&oacute; y abandon&oacute; la habitaci&oacute;n.<br /><br />Swammerdam prosigui&oacute; inmediatamente su discurso. Pfeill comprendi&oacute; que no estaba destinado para los o&iacute;dos de Sephardi.<br /><br />&mdash;La cuesti&oacute;n del para&iacute;so es un arma de doble filo. Hay mucha gente a la que podemos herir mortalmente al decirles que all&aacute; no hay m&aacute;s que im&aacute;genes.<br /><br />&mdash;&iquest;Im&aacute;genes?. &iquest;Qu&eacute; quiere decir con esto?.<br /><br />&mdash;Se lo explicar&eacute; con un ejemplo. Mi mujer, que como usted sabe, muri&oacute; hace muchos a&ntilde;os, me quer&iacute;a infinitamente, y yo a ella. Ahora, ella est&aacute; en el "m&aacute;s all&aacute;" y sue&ntilde;a que estoy con ella. No sabe que no es sino mi imagen lo que est&aacute; con ella. Si lo supiera, el para&iacute;so ser&iacute;a para ella un infierno.<br /><br />&raquo;Todos los moribundos que pasan al otro lado encuentran all&iacute; las im&aacute;genes de lo que a&ntilde;oran, y las toman por reales, incluso las de aquello que les importaba mucho &mdash;a&ntilde;adi&oacute; se&ntilde;alando hacia los estantes llenos de libros&mdash;. Mi mujer cre&iacute;a en la Virgen. Ahora sue&ntilde;a con que est&aacute; en sus brazos.<br /><br />&raquo;Los propagadores de las luces que pretenden arrancar a las masas de la religi&oacute;n no saben lo que hacen. La verdad s&oacute;lo es para una &eacute;lite restringida. Deber&iacute;a quedar oculta a las masas. Quien s&oacute;lo conoce la mitad de ella entra al morir en un para&iacute;so sin color. El gran deseo de Klinkherbogk en esta tierra era ver a Dios, ahora est&aacute; en el m&aacute;s all&aacute; y ve a "Dios".<br /><br />&raquo;Era una persona sin conocimientos ni cultura, no obstante salieron de su boca palabras de verdad, engendradas por su sed de Dios. Pero un destino misericordioso le impidi&oacute; descubrir su sentido profundo.<br /><br />&raquo;Durante mucho tiempo yo no comprend&iacute; la raz&oacute;n; ahora la comprendo. S&oacute;lo habr&iacute;a entendido la mitad de la verdad, y su deseo de contemplar a Dios no se hubiera realizado, ni en la realidad ni en los sue&ntilde;os del m&aacute;s all&aacute;&raquo; &mdash;se interrumpi&oacute; al o&iacute;r los pasos de Sephardi.<br /><br />Pfeill comprendi&oacute; instintivamente el por qu&eacute;: probablemente sab&iacute;a del amor que sent&iacute;a por Eva. Sab&iacute;a que Sephardi, a pesar de ser un cient&iacute;fico, era profundamente religioso y piadoso, y no quer&iacute;a destruirle su "para&iacute;so", la ilusi&oacute;n de un m&aacute;s all&aacute; donde reunirse con Eva. Swammerdam prosigui&oacute;:<br /><br />&mdash;Acababa de decir que el hecho de ver realizada la profec&iacute;a de Klinkherbogk ha restado importancia a su muerte atroz, convirtiendo mi dolor en alegr&iacute;a. Tambi&eacute;n esto puede ser un "intercambio de las luces"; la transformaci&oacute;n de la amargura en la dulzura, lo cual s&oacute;lo puede lograrlo el poder de la verdad.<br /><br />&mdash;Sigue siendo para m&iacute; un enigma sin soluci&oacute;n &mdash;interrumpi&oacute; Sephardi&mdash; la manera c&oacute;mo consigue usted vencer el dolor gracias al conocimiento. Yo tambi&eacute;n intento combatir el dolor que me produce la muerte de Eva por medio de pensamientos filos&oacute;ficos, pero tengo la sensaci&oacute;n de que nunca me aliviar&aacute;n.<br /><br />Swammerdam lade&oacute; la cabeza, pensativo.<br /><br />&mdash;Naturalmente. Esto se debe a que sus conocimientos son generados por el pensamiento, y no por la "palabra interior". Sin darnos cuenta desconfiamos de nuestros propios conocimientos y por ello nos parecen grises y muertos. Por el contrario, las inspiraciones que vienen de la palabra interior son regalos vivos de la verdad que nos alegran indeciblemente cada vez que nos acordamos de ellos.<br /><br />&raquo;Desde que sigo esta "v&iacute;a", rara vez he o&iacute;do la palabra interior, y sin embargo, toda mi existencia es iluminada por ella.<br /><br />&mdash;&iquest;Y todo lo que dijo se hizo realidad? &mdash;pregunt&oacute; Sephardi, reprimiendo una duda en su voz&mdash;. &iquest;O no se trataba de profec&iacute;as?.<br /><br />&mdash;S&iacute;. Hab&iacute;a tres profec&iacute;as referentes al lejano futuro. La primera era as&iacute;: gracias a mi ayuda se abrir&aacute; para una joven pareja un camino espiritual que permanec&iacute;a sepultado desde hace miles de a&ntilde;os; muchos podr&aacute;n acceder a &eacute;l en el porvenir. Es el &uacute;nico camino que da a la vida su verdadero valor, que da un sentido a la existencia. Esta profec&iacute;a se ha convertido en el contenido de mi vida. De la segunda de las profec&iacute;as prefiero no hablar, si lo hiciera me tomar&iacute;an por loco.<br /><br />Pfeill pregunt&oacute;:<br /><br />&mdash;&iquest;Se est&aacute; refiriendo a Eva?.<br /><br />Swammerdam no contest&oacute;, limit&aacute;ndose a sonre&iacute;r. Finalmente dijo:<br /><br />&mdash;Y la tercera carece de importancia, aunque ello es imposible; no les interesar&iacute;a.<br /><br />&mdash;&iquest;Tiene indicios del cumplimiento de al menos alguna de las tres predicciones? &mdash;pregunt&oacute; Sephardi.<br /><br />&mdash;S&iacute;. Tengo una ineludible certeza. Poco me importa que se realicen, me basta con saber que soy incapaz de dudar de su realizaci&oacute;n.<br /><br />&raquo;Ustedes no pueden comprender lo que significa sentir la verdad a flor de piel, la verdad que nunca se equivoca. Son cosas de las que hay que tener una experiencia propia.<br /><br />&raquo;Nunca experiment&eacute; lo que se llama una visi&oacute;n "sobrenatural" salvo en una ocasi&oacute;n, en sue&ntilde;os. Se me apareci&oacute; la imagen de mi mujer en una &eacute;poca en que yo andaba buscando un escarabajo verde. Nunca dese&eacute; "contemplar a Dios"; jam&aacute;s se me apareci&oacute; un &aacute;ngel, como a Klinkherbogk; nunca encontr&eacute;, como L&aacute;zaro Eidotter, al profeta Elias, pero la vivencia de la palabra b&iacute;blica "Bienaventurados los que no han visto y han cre&iacute;do" me ha recompensado mil veces por ello. En m&iacute; la frase se ha hecho realidad. He cre&iacute;do donde no hab&iacute;a nada que creer, y he aprendido a considerar posibles cosas imposibles.<br /><br />&raquo;A veces siento junto a m&iacute; a alguien gigantesco y todopoderoso, o s&eacute; que &eacute;l protege a &eacute;ste o a aqu&eacute;l. No lo veo ni lo oigo, pero s&eacute; que est&aacute; ah&iacute;.<br /><br />&raquo;No espero verlo alguna vez, pero pongo toda mi esperanza en &eacute;l. S&eacute; que tiene que venir una &eacute;poca terrible, espantosa, que ser&aacute; precedida por un hurac&aacute;n de una intensidad nunca vista. No me importa vivir o no esa &eacute;poca, soy feliz sabiendo que vendr&aacute;.<br /><br />Un escalofr&iacute;o recorri&oacute; a Pfeill y a Sephardi cuando oyeron estas palabras que Swammerdam pronunci&oacute; con una fr&iacute;a calma.<br /><br />&mdash;Me han preguntado esta ma&ntilde;ana que d&oacute;nde cre&iacute;a yo que pod&iacute;a haberse escondido Eva durante tanto tiempo. &iquest;C&oacute;mo podr&iacute;a yo saberlo?. Sab&iacute;a que vendr&iacute;a, eso s&iacute;, y efectivamente vino. Y tan seguro como que yo estoy aqu&iacute; s&eacute; que no est&aacute;&hellip; muerta. &Eacute;l la protege con su mano.<br /><br />&mdash;Pero&hellip; &iexcl;si est&aacute; en un ata&uacute;d, en la iglesia!. &iexcl;Ma&ntilde;ana la enterrar&aacute;n! &mdash;exclamaron Pfeill y Sephardi al mismo tiempo.<br /><br />&mdash;Aunque la enterraran mil veces, aunque tuviera en mis manos su cr&aacute;neo, sabr&iacute;a que no ha muerto.<br /><br />&mdash;Est&aacute; loco &mdash;le dijo Pfeill a Sephardi cuando Swammerdam ya se hab&iacute;a marchado.<br /><br />* * *<br /><br />Las altas ventanas ojivales de San Nicol&aacute;s desped&iacute;an una luz tenue, un resplandor procedente del interior iluminaba la niebla nocturna.<br /><br />Apoyando la espalda contra la tapia del jard&iacute;n, confundido con la sombra, el negro Usibepu esperaba inm&oacute;vil a que pasara el guardia encargado de vigilar las mal afamadas calles del puerto desde que sucedieron los funestos acontecimientos del Zee Dijk. Tras o&iacute;r c&oacute;mo se alejaban los cansinos pasos, se subi&oacute; por las rejas, escal&oacute; un &aacute;rbol y salt&oacute; desde all&iacute; al tejado, abriendo la claraboya con precauci&oacute;n y dej&aacute;ndose caer suavemente, como un gato. En el centro de la nave, sobre un catafalco de plata, reposaba Eva, las manos juntas sobre el pecho, los ojos cerrados y la sonrisa r&iacute;gida, en medio de un mont&oacute;n de rosas blancas. Cirios rojos y dorados, gordos como un brazo y altos como un hombre, velaban a ambos lados del sarc&oacute;fago y en la cabecera, con sus inm&oacute;viles llamas.<br /><br />En un nicho de la pared se hallaba la imagen de la Virgen Negra con el ni&ntilde;o en brazos, y ante ella, suspendido de una cadena brillante que colgaba del techo, centelleaba el cristalino coraz&oacute;n de rub&iacute; de una l&aacute;mpara eterna.<br /><br />Tras las rejas, manos y pies de cera p&aacute;lida, muletas con la inscripci&oacute;n "gracias a Mar&iacute;a", estatuas de Papas con sus tiaras blancas en la cabeza tallada en madera policromada, la mano alzada en adem&aacute;n de bendici&oacute;n.<br /><br />Sin hacer ruido, el negro se desliz&oacute; de columna en columna, lleno de sorpresa al contemplar aquellas cosas tan extra&ntilde;as para &eacute;l. Cuando vio los miembros de cera, su rostro se contrajo en una mueca, crey&oacute; que proced&iacute;an de enemigos vencidos. Acech&oacute; a trav&eacute;s de las ranuras de los confesionarios y palp&oacute; con desconfianza las grandes estatuas de los santos, quer&iacute;a comprobar que no estaban vivos.<br /><br />Tras convencerse de que se hallaba solo, se acerc&oacute; de puntillas a la muerta, contempl&aacute;ndola largo rato con tristeza. Algo aturdido por su belleza, acarici&oacute; sus cabellos rubios y sedosos, y se sobresalt&oacute; como si temiera interrumpir su sue&ntilde;o. &iquest;Por qu&eacute; se hab&iacute;a asustado tanto de &eacute;l aquella noche en el Zee Dijk?. No acababa de comprenderlo.<br /><br />Cada una de las mujeres que hab&iacute;a deseado, ya fuera negra o blanca, se hab&iacute;a sentido orgullosa de ser suya. Incluso Antje, la camarera de la taberna del puerto, que tambi&eacute;n era una mujer blanca y ten&iacute;a el pelo rubio. Con ninguna hab&iacute;a tenido que recurrir a la magia Vid&ucirc;, todas vinieron por s&iacute; mismas a echarse en sus brazos. &iexcl;Menos ella!. &iexcl;Todas a excepci&oacute;n de ella!.<br /><br />Por poseerla, &iexcl;cuan gustosamente habr&iacute;a renunciado a todo ese dinero por el que estrangul&oacute; aquella noche al viejo de la corona de papel!.<br /><br />Noche tras noche desde que huy&oacute; de los marineros, hab&iacute;a errado en vano por las calles para encontrarla. Ninguna de esas mujeres que esperan a los hombres en la oscuridad pudo decirle donde se encontraba.<br /><br />Se frot&oacute; los ojos con la mano.<br /><br />Como un confuso sue&ntilde;o desfilaron ante &eacute;l sus recuerdos: las t&oacute;rridas estepas de su patria, y el comerciante ingl&eacute;s que lo llev&oacute; a Ciudad del Cabo prometi&eacute;ndole que ser&iacute;a rey de los zul&uacute;es; la casa flotante que lo trajo a Amsterdam, el circo, junto a esa tropa de despreciables esclavos nubios con los que cada noche ten&iacute;a que ejecutar danzas guerreras, por un dinero que enseguida se le iba; esta ciudad de piedra donde su coraz&oacute;n se consum&iacute;a de nostalgia, nadie que entendiera su lengua&hellip;<br /><br />Acarici&oacute; suavemente el brazo de la muerta y en su rostro se dibuj&oacute; la expresi&oacute;n del m&aacute;s absoluto abandono. &iexcl;Ella no sab&iacute;a que por su causa hab&iacute;a perdido a su Dios!. Para que viniera hacia &eacute;l, invoc&oacute; al terrible Souquiant, el Dios-serpiente de rostro humano, perdiendo as&iacute; el poder de caminar sobre las piedras incandescentes. Despedido del circo y sin dinero, iban a mandarlo de vuelta a &Aacute;frica, donde volver&iacute;a como mendigo en lugar de como rey. Salt&oacute; del barco, y nadando, lleg&oacute; a la ribera.<br /><br />Durante el d&iacute;a se escond&iacute;a en las embarcaciones, y por la noche recorr&iacute;a el Zee Dijk, busc&aacute;ndola a ella, a la que amaba m&aacute;s que a su estepa, m&aacute;s que a sus mujeres negras, m&aacute;s que al sol en el cielo, m&aacute;s que a todo.<br /><br />Desde entonces, una &uacute;nica vez se le hab&iacute;a vuelto a aparecer el Dios-serpiente, iracundo; durante un sue&ntilde;o le dio la cruel orden de llevar a Eva a casa de un rival. S&oacute;lo ahora ten&iacute;a el derecho devolver a verla, cuando ya estaba muerta.<br /><br />Preso de un profundo dolor, dej&oacute; la mirada errar por la sombr&iacute;a iglesia: &iquest;un hombre crucificado con una corona de espinas en la cabeza y clavos atraves&aacute;ndole las manos y los pies?. &iquest;Una paloma con un ramo verde en el pico?. &iquest;Un anciano con una gran bola dorada en las manos?. &iquest;Un joven atravesado de flechas?. S&oacute;lo dioses blancos, extra&ntilde;os, cuyos nombres no pod&iacute;a invocar por no conocerlos. No obstante, &iexcl;deb&iacute;an conocer la magia y saber resucitar a la muerta!. &iquest;De qui&eacute;n sino de ellos obtendr&iacute;a el se&ntilde;or Zitter Arpad el poder para hundirse cuchillos en la garganta, o tragarse huevos de gallina y hacerlos reaparecer?.<br />Una &uacute;ltima esperanza lo inund&oacute; al reparar en la imagen de la Virgen. Deb&iacute;a de ser una diosa porque llevaba una diadema en la cabeza. Era negra, de manera que quiz&aacute;s comprendiera su lengua. Se inclin&oacute; ante la imagen, retuvo el aliento hasta escuchar los gemidos de los enemigos sacrificados que esperaban su llegada a las puertas del cielo para servirle como esclavos. Se trag&oacute; la lengua con un estertor para penetrar en el reino donde el hombre puede hablar con los invisibles. Nada.<br /><br />Profunda, honda oscuridad en lugar de la p&aacute;lida luz verdosa que estaba acostumbrado a ver. No pod&iacute;a encontrar el camino hacia la diosa extranjera.<br /><br />Lentamente, y con tristeza, volvi&oacute; junto al ata&uacute;d, se acurruc&oacute; al pie y enton&oacute; el canto mortuorio de los zul&uacute;es, una liturgia salvaje y terrible: a veces b&aacute;rbaros sonidos guturales, a veces un murmulio como el golpe de los ant&iacute;lopes en fuga, roncos y desesperados rugidos, quejidos suaves y melanc&oacute;licos que ahora parec&iacute;an perderse en lejanos bosques y ahora despertaban con sollozos resonantes como el aullido de un perro que hubiera perdido a su amo.<br /><br />* * *<br /><br />Finalmente se levant&oacute;, quit&aacute;ndose una peque&ntilde;a cadena blanca que pend&iacute;a sobre su pecho. Estaba hecha de las v&eacute;rtebras cervicales de regias esposas estranguladas, era el s&iacute;mbolo de su dignidad como jefe de los zul&uacute;es, un fetiche sagrado que confer&iacute;a la inmortalidad a todos los que se lo llevaban a la tumba. Enroll&oacute; el horrible rosario en las manos de la muerta. <br />Era lo m&aacute;s valioso que hab&iacute;a pose&iacute;do nunca. &iquest;Qu&eacute; le importaba, de ahora en adelante, la inmortalidad?. No ten&iacute;a patria, ni aqu&iacute; ni en el m&aacute;s all&aacute;. &iexcl;Eva no pod&iacute;a ir al cielo de los negros, y &eacute;l no pod&iacute;a entrar en el para&iacute;so de los blancos!.<br /><br />* * *<br /><br />Un ligero ruido lo sobresalt&oacute;.<br /><br />Tendi&oacute; el o&iacute;do como una fiera preparada para saltar. Nada.<br /><br />No era m&aacute;s que el crujido de las f&uacute;nebres coronas que se marchitaban.<br /><br />Entonces su mirada repar&oacute; en un cirio que estaba al pie del catafalco. La llama temblaba y se inclinaba hacia un lado, como bajo el efecto de una corriente de aire. &iexcl;Alguien deb&iacute;a haber entrado en la iglesia!.<br /><br />De un salto se escondi&oacute; detr&aacute;s de una columna. Mir&oacute; fijamente en direcci&oacute;n a la sacrist&iacute;a, esperando que la puerta se abriese.<br /><br />Nadie.<br /><br />Cuando volvi&oacute; la cabeza hacia el f&eacute;retro se alzaba un trono de piedra en lugar del cirio. Estaba ocupado por un ser esbelto, de tama&ntilde;o sobrehumano; llevaba sobre la cabeza la corona de plumas del juez de los muertos. Se manten&iacute;a inm&oacute;vil. Estaba desnudo, con una tela roja y azul ci&ntilde;&eacute;ndole las caderas, sus manos sujetaban un cayado y un l&aacute;tigo: se trataba de un dios egipcio. De su cuello pend&iacute;a una cadena con una tablilla de oro. Frente a &eacute;l, al pie del ata&uacute;d, se ergu&iacute;a un hombre bronceado con cabeza de Ibis, sosteniendo en la mano el s&iacute;mbolo egipcio de la vida: la cruz rematada por un anillo.<br /><br />A cada lado del f&eacute;retro hab&iacute;a una silueta, la una con cabeza de gavil&aacute;n, la otra con cabeza de chacal. El zul&uacute; adivin&oacute; que hab&iacute;an venido a juzgar a la difunta. La diosa de la Verdad, con una t&uacute;nica ajustada y un tocado en forma de buitre, lleg&oacute; por el pasillo central y se acerc&oacute; a la muerta, la cual se incorpor&oacute; con rigidez. Le sac&oacute; el coraz&oacute;n del pecho y lo deposit&oacute; en una balanza.<br /><br />La silueta de la cabeza de chacal puso una estatuilla de bronce en el otro platillo. El gavil&aacute;n comprob&oacute; el peso.<br /><br />El platillo de la balanza en el que estaba el coraz&oacute;n de Eva se hundi&oacute; profundamente.<br /><br />El hombre de la cabeza de Ibis anot&oacute; el peso con un punz&oacute;n, en silencio, sobre una tablilla de cera. Entonces, el juez de los muertos dijo:<br /><br />&mdash;Ella fue, en la Tierra, una sirviente piadosa del se&ntilde;or de los dioses, como recompensa ha alcanzado el pa&iacute;s de la verdad y de la justicia. Despertar&aacute; como divinidad viviente y brillar&aacute; en el coro de los dioses que viven en los cielos, porque ella es de nuestra raza. As&iacute; est&aacute; escrito en el libro de la morada secreta.<br /><br />Desapareci&oacute; en ese instante como tragado por el suelo. Eva, con los ojos cerrados, baj&oacute; del ata&uacute;d. En medio de los dos dioses, y siguiendo al hombre de la cabeza de gavil&aacute;n, Eva traspas&oacute; los muros de la iglesia, silenciosamente, desapareciendo.<br /><br />Los cirios se transformaron en siluetas bronceadas que portaban llamas flameantes sobre sus cabezas, las cuales cubrieron con la tapa el ata&uacute;d vac&iacute;o.<br /><br />Un crujido se propag&oacute; en el interior de la iglesia cuando los tornillos penetraron en la madera.<br /><br /><br /><br />CAP&Iacute;TULO XIV<br /><br />Un invierno sombr&iacute;o y helado hab&iacute;a extendido una helada y blanca s&aacute;bana sobre Holanda, sobre sus llanuras, retir&aacute;ndola lentamente, muy lentamente. La primavera no llegaba. Como si la tierra no pudiera despertar.<br /><br />Vinieron los d&iacute;as p&aacute;lidos de mayo, y desaparecieron; las praderas segu&iacute;an sin reverdecer.<br /><br />Los &aacute;rboles estaban desnudos, secos, sin capullos, con las ra&iacute;ces heladas. Por todas partes campos negros y yertos, hierbas pardas y marchitas. Aterraba la total ausencia de viento. El mar estaba inm&oacute;vil, desde hac&iacute;a meses no ca&iacute;a una sola gota de lluvia, s&oacute;lo hab&iacute;a un sol ins&iacute;pido tras las nubes de polvo. Noches de bochorno, sin roc&iacute;o.<br /><br />El ciclo de la naturaleza parec&iacute;a haberse detenido. La angustia a causa de los amenazadores acontecimientos, atizada por predicadores que llamaban al arrepentimiento y que recorr&iacute;an las calles bramando sus c&aacute;nticos, hab&iacute;a prendido en la poblaci&oacute;n como en la terrible &eacute;poca de los anabaptistas. Se hablaba de la inevitable escasez de v&iacute;veres y del pr&oacute;ximo final del mundo.<br /><br />* * *<br /><br />Hauberrisser hab&iacute;a abandonado su piso de la Hooigracht para instalarse en una llanura al sureste de Amsterdam. Viv&iacute;a solitario en una casa secularmente aislada, la cual, seg&uacute;n las leyendas, hab&iacute;a sido un dolmen. Se hallaba adosada a una peque&ntilde;a colina, en medio de un p&oacute;lder*.<br /><br />*. Terreno pantanoso ganado al mar y que una vez desecado se dedica al cultivo.<br /><br />Al regresar del entierro de Eva hab&iacute;a reparado en ella. Como llevaba mucho tiempo deshabitada, pudo alquilarla enseguida. Ese mismo d&iacute;a trajo sus enseres, y con la llegada del invierno hizo instalar algunas comodidades. Deseaba estar a solas consigo mismo, lejos de los hombres, los cuales le parec&iacute;an sombras sin vida. Desde su ventana pod&iacute;a ver la ciudad, con sus sombr&iacute;as construcciones y su bosque de m&aacute;stiles, yaciendo ante &eacute;l como un humeante monstruo erizado.<br /><br />Cuando enfocaba con los prism&aacute;ticos las dos torres de la Iglesia de San Nicol&aacute;s se sent&iacute;a invadido por una sensaci&oacute;n extra&ntilde;a: como si no fueran cosas lo que ve&iacute;a ante s&iacute;, sino recuerdos dolorosos, petrificados, que intentaban alcanzarlo con sus crueles brazos. Pero r&aacute;pidamente se disolv&iacute;an, fundi&eacute;ndose con las casas y los tejados de la nebulosa lejan&iacute;a.<br /><br />Al principio visit&oacute; de vez en cuando la tumba de Eva en el cercano cementerio, pero su visita siempre hab&iacute;a resultado un paseo mec&aacute;nico, carente de sentido.<br />Intentaba imaginarse que ella yac&iacute;a all&iacute;, bajo la tierra, y pensaba que deb&iacute;a experimentar tristeza, pero esta idea se le antojaba tan insensata que a menudo olvidaba depositar sobre la tumba las flores que tra&iacute;a, y volv&iacute;a a llev&aacute;rselas de vuelta. La noci&oacute;n del "dolor ps&iacute;quico" se hab&iacute;a convertido para &eacute;l en una palabra sin sentido, perdiendo todo poder sobre su vida sentimental.<br /><br />A veces, al reflexionar sobre esta extra&ntilde;a transformaci&oacute;n de su ser, casi sent&iacute;a miedo de su propia persona.<br /><br />* * *<br /><br />Una tarde se hallaba sentado ante la ventana, contemplando la puesta de sol.<br /><br />Frente a la casa se alzaba un &aacute;lamo ajado en un desierto de c&eacute;sped pardusco y seco. Solamente un poco m&aacute;s lejos, rodeado de una peque&ntilde;a pradera verde, crec&iacute;a, como en un oasis, un manzano cubierto de flores, era la &uacute;nica se&ntilde;al de vida en toda la regi&oacute;n, los campesinos acud&iacute;an en ocasiones a &eacute;l en peregrinaje. &laquo;La humanidad, el f&eacute;nix eterno, se ha reducido a cenizas en el curso de los siglos, &mdash;pens&oacute; mientras dejaba errar la mirada por las tristes llanuras&mdash;, &iquest;resucitar&aacute; alg&uacute;n d&iacute;a?&raquo;. Record&oacute; la aparici&oacute;n de Chidher el Verde y sus palabras en el sentido de que se hab&iacute;a quedado en la tierra para "dar".<br /><br />&mdash;Y yo, &iquest;qu&eacute; hago? &mdash;se pregunt&oacute;&mdash;. &iexcl;Me he convertido en un cad&aacute;ver andante, un &aacute;rbol desecado como ese &aacute;lamo de ahi fuera!. &iquest;Qui&eacute;n sabe, aparte de m&iacute;, que existe una segunda vida misteriosa?. Swammerdam me indic&oacute; el camino, y un desconocido me lo explic&oacute; con su diario. S&oacute;lo yo guardo con avaricia los frutos que el destino me ha dado. Incluso mis mejores amigos, Pfeill y Sephardi, creen que me he retirado a llorar por Eva. &iquest;Tengo derecho a apartarme de los hombres porque me parezcan fantasmas que yerran sin meta por la existencia?. &iquest;O porque me parezcan orugas reptando por los suelos sin saber que son futuras mariposas?.<br /><br />Un vivo deseo de ir en el acto a la ciudad y plantarse en una esquina, como uno m&aacute;s de los itinerantes profetas que anunciaban el d&iacute;a del Juicio, y gritar a las masas que existia un puente entre las dos vidas, entre &eacute;sta y la del m&aacute;s all&aacute;, lo empuj&oacute; a adoptar una decisi&oacute;n repentina. Pero inmediatamente se corrigi&oacute;: &laquo;No har&iacute;a m&aacute;s que arrojar perlas a los cerdos. La masa no podr&iacute;a comprenderme. Suplican que baje del cielo un dios al que poder vender y crucificar. Y los pocos valiosos que andan buscando un camino de liberaci&oacute;n, &iquest;me escuchar&iacute;an?. No. Los que dicen la verdad han perdido credibilidad&raquo;.<br /><br />No pudo evitar pensar en lo que hab&iacute;a dicho Pfeill acerca de que antes de regalarle algo a alguien habr&iacute;a que preguntarle si estar&iacute;a dispuesto a aceptar el regalo.<br /><br />&mdash;No, imposible, &mdash;se dijo, y empez&oacute; a reflexionar: &laquo;Es curioso pero cuanto m&aacute;s rico se hace uno en experiencias interiores, menos puede transmitirlas a los dem&aacute;s. Cada vez me alejo m&aacute;s de los hombres, hasta que llegue un momento en el cual ya no podr&aacute;n o&iacute;r mi voz&raquo;.<br /><br />Constat&oacute; que ya casi hab&iacute;a alcanzado ese l&iacute;mite. Record&oacute; el diario y las singulares circunstancias en las que le hab&iacute;a llegado.<br /><br />&laquo;Lo continuar&eacute; con la descripci&oacute;n de mi propia vida, y abandonar&eacute; al destino lo que pueda ocurrir con &eacute;l. El que me dijo que se hab&iacute;a quedado para dar a todos seg&uacute;n sus deseos deber&aacute; ocuparse de &eacute;l como si fuese mi testamento, entreg&aacute;ndolo a quienes puedan sacarle provecho, a aqu&eacute;llos que aspiran a despertar espiritualmente. Si un solo ser alcanzara la inmortalidad gracias a mi relato, mi existencia habr&iacute;a tenido sentido&raquo;.<br /><br />Con la intenci&oacute;n de reforzar las instrucciones del pergamino con sus propias experiencias y de llevarlo a su anterior vivienda para depositarlo en el armario secreto, se sent&oacute; y comenz&oacute; a escribir:<br /><br />&laquo;Al desconocido que me seguir&aacute; en el tiempo:<br /><br />&raquo;Cuando leas estas p&aacute;ginas, la mano que las escribi&oacute; quiz&aacute;s est&eacute; podrida desde hace mucho tiempo.<br /><br />&raquo;Tengo la certeza de que se descubrir&aacute;n ante tus ojos en el preciso momento en que m&aacute;s las necesites, como el ancla de un desamparado barco que fuera a estrellarse contra los arrecifes.<br /><br />&laquo;En el diario que se encuentra junto al m&iacute;o hallar&aacute;s una doctrina que incluye todo lo que una persona necesita para pasar, como por un puente, a un nuevo mundo poblado de maravillas. Lo &uacute;nico que puedo a&ntilde;adir es la descripci&oacute;n de mi vida y de los estados espirituales que he alcanzado gracias a esta doctrina. Con s&oacute;lo reforzar en t&iacute; la certeza de que realmente existe una v&iacute;a secreta que conduce m&aacute;s all&aacute; de la humanidad mortal, mis l&iacute;neas cumplir&iacute;an su cometido.<br /><br />&raquo;Un soplo de inminentes terrores llena la noche en la que escribo estas palabras, terrores que no me conciernen a m&iacute;, sino a los innumerables que no maduraron en el &aacute;rbol de la vida. No s&eacute; si ver&eacute; por mis ojos corporales esa "primera hora" a la que alude mi predecesor en su diario, tal vez &eacute;sta sea mi &uacute;ltima noche. Pero, aunque abandone esta tierra ma&ntilde;ana o dentro de unos a&ntilde;os, tiendo mi mano hacia el futuro, hacia la tuya.<br /><br />&raquo;&iexcl;C&oacute;gela, como cog&iacute; yo la de mi predecesor, para que no se rompa la cadena de la ense&ntilde;anza del "despertar" y lega t&uacute; tambi&eacute;n este testamento a los que te sigan!&raquo;.<br /><br />* * *<br /><br />El reloj pasaba ya de la medianoche cuando su relato lleg&oacute; al punto donde Chidher el Verde le impidi&oacute; suicidarse. Iba y ven&iacute;a por la habitaci&oacute;n, sumergido en sus pensamientos. Comprendi&oacute; que all&iacute; se iniciaba el gran abismo que separa la comprensi&oacute;n de un ser normal, por muy imaginativo y cr&eacute;dulo que sea, de la de una persona espiritualmente despierta. <br />&iquest;Exist&iacute;an palabras para expresar aproximadamente lo que hab&iacute;a vivido a partir de aquel momento, casi sin interrupci&oacute;n?. Dud&oacute; mucho rato. No sab&iacute;a si deb&iacute;a acabar el relato con la muerte de Eva; fue a la habitaci&oacute;n contigua para buscar un estuche plateado que habia mandado hacer con objeto de albergar el rollo. Cuando registr&oacute; el armario tropez&oacute; con la calavera de papel mach&eacute; que habia comprado un a&ntilde;o antes en el sal&oacute;n de art&iacute;culos misteriosos.<br /><br />La observ&oacute; a la luz de la l&aacute;mpara, meditabundo, y le vino a la mente la misma idea de anta&ntilde;o:<br /><br />&laquo;Es m&aacute;s dif&iacute;cil sonre&iacute;r eternamente que encontrar el cr&aacute;neo que llevaba uno puesto en una vida anterior&raquo;. Esta idea le pareci&oacute; como la promesa de que aprender&iacute;a a sonre&iacute;r en un futuro feliz.<br /><br />Su vida pasada, con sus apasionados y dolorosos deseos, le result&oacute; tan incomprensiblemente extra&ntilde;a y lejana como si hubiera sido vivida por ese ridiculo y a la vez prof&eacute;tico objeto de papel, en vez de por su propia cabeza. No pudo evitar una sonrisa al pensar que ten&iacute;a&hellip; su propio cr&aacute;neo en la mano.<br />Habia dejado atr&aacute;s el mundo como si fuera la tienda de un ilusionista llena de baratijas y cachivaches.<br /><br />* * *<br /><br />Volvi&oacute; a tomar la pluma y escribi&oacute;:<br /><br />&laquo;Cuando Chidher el Verde se hubo marchado, y con &eacute;l, de forma incomprensible, todo dolor relacionado con Eva, me dispuse a acercarme a la cama para besar las manos de Eva cuando vi a un hombre arrodillado, la cabeza apoyada en el brazo de la muerta, en el cual reconoc&iacute;, con sorpresa, mi propio cuerpo. No pod&iacute;a verme a mi mismo, si inclinaba la mirada para ver mis miembros no percib&iacute;a m&aacute;s que un vacio. Al mismo tiempo, el hombre de al lado de la cama se levant&oacute; y mir&oacute; sus pies, como yo mismo hab&iacute;a cre&iacute;do hacerlo. Era como si fuese mi sombra y tuviese que ejecutar cualquier movimiento que yo le ordenara.<br /><br />&raquo;Me inclin&eacute; sobre la muerta y fue &eacute;l quien lo hizo. Supongo que sufr&iacute;a al hacerlo, puede ser, pero no lo s&eacute;. Para m&iacute;, la que yac&iacute;a all&iacute;, inm&oacute;vil, con una r&iacute;gida sonrisa en los labios, era el cad&aacute;ver de una joven desconocida, hermosa como un &aacute;ngel, una imagen de cera que no me llegaba al coraz&oacute;n, una estatua de cera que se parec&iacute;a a Eva en todos sus rasgos, pero sin que fuera m&aacute;s que su imagen. Me hac&iacute;a tan inmensamente feliz el hecho de que no fuera Eva la muerta, sino una desconocida, que no pod&iacute;a pronunciar palabra a causa de la alegr&iacute;a.<br /><br />&raquo;Luego entraron tres personajes en la habitaci&oacute;n. Reconoc&iacute; en ellos a mis amigos. Vi que se acercaban a mi cuerpo para consolarlo. Mi "sombra" sonre&iacute;a sin contestar.<br /><br />&raquo;&iquest;C&oacute;mo hubiera podido contestar, si no era capaz de hacer nada sin que yo se lo ordenara?.<br /><br />&raquo;Mis amigos, y las numerosas personas que vi despu&eacute;s en la iglesia y durante el entierro, eran tambi&eacute;n sombras para m&iacute;, como mi propio cuerpo. El coche f&uacute;nebre, los caballos, los portadores de antorchas, las coronas, las casas ante las cuales pasamos, el cementerio, el cielo, la tierra y el sol: todo no eran m&aacute;s que im&aacute;genes sin vida interior, del color de un pa&iacute;s de sue&ntilde;o al que yo echaba un vistazo, feliz y contento, porque todo aquello ya no me concern&iacute;a. Desde entonces mi libertad ha ido creciendo, y s&eacute; que he sobrepasado el umbral de la muerte. A veces, durante la noche, veo mi cuerpo acostado, oigo su respiraci&oacute;n regular, todo ello estando yo despierto. &Eacute;l tiene los ojos cerrados, pero yo puedo mirar a mi alrededor y estar donde quiera. Cuando &eacute;l camina yo puedo descansar, y descansar cuando &eacute;l anda. Pero si me dan ganas, puedo ver a trav&eacute;s de sus ojos y o&iacute;r con sus o&iacute;dos, mas entonces todo es triste y oscuro a mi alrededor, y vuelvo a ser como los dem&aacute;s hombres: un fantasma m&aacute;s en el reino de los fantasmas. Cuando me desprendo de mi cuerpo y lo observo como a una sombra que ejecuta autom&aacute;ticamente mis &oacute;rdenes y participa de la vida aparente del mundo, experimento un estado tan extra&ntilde;o que no s&eacute; c&oacute;mo describ&iacute;rtelo.<br /><br />&raquo;Supon que te encuentras en un cine, con el coraz&oacute;n feliz porque acabas de sentir una gran alegr&iacute;a, y que contemplas en la pantalla a tu propio cuerpo sucumbiendo de dolor ante el lecho de muerte de la mujer amada, de la cual t&uacute; sabes que no est&aacute; muerta, sino en casa, esper&aacute;ndote. Imag&iacute;nate que m&aacute;s tarde oyeras a tu imagen proferir desesperados gritos de dolor con tu misma voz, como si &eacute;sta saliera por un altavoz, di, &iquest;te impresionar&iacute;a este espect&aacute;culo?.<br /><br />&raquo;Quisiera que lo vivieras t&uacute; mismo.<br /><br />&raquo;Entonces sabr&iacute;as, como yo lo s&eacute; ahora, que existe una posibilidad de escapar a la muerte.<br /><br />&raquo;El grado que he podido alcanzar es esa gran soledad de la que habla mi predecesor en su diario. Podr&iacute;a ser para m&iacute; a&uacute;n m&aacute;s terrible que la vida terrestre si fuera el &uacute;ltimo pelda&ntilde;o de la escalera que se me permitiese subir. Pero la jubilosa certidumbre de que Eva no ha muerto me eleva por encima de todo.<br /><br />&raquo;Aunque todav&iacute;a no puedo ver a Eva, s&eacute; que s&oacute;lo tengo que dar un peque&ntilde;o paso m&aacute;s en el camino del despertar para encontrarla, y de una manera mucho m&aacute;s real que cualquiera que nunca hubiera cre&iacute;do posible. Lo &uacute;nico que nos separa ya es una delgada pared, a trav&eacute;s de la cual podemos sentir nuestra mutua presencia. &iexcl;Cu&aacute;nto m&aacute;s profunda e incomparablemente calmada es ahora mi esperanza de hallarla si la cotejo con la &eacute;poca en que la invocaba hora tras hora!.<br /><br />&raquo;Entonces se trataba de una espera que me consum&iacute;a, ahora tengo una certeza que me llena de alegr&iacute;a.<br /><br />&raquo;Existe un mundo invisible que interpenetra al mundo visible. Tengo la certeza de que Eva habita en &eacute;l como en una oculta demora, esper&aacute;ndome.<br /><br />&raquo;Si tu destino fuera similar al m&iacute;o y hubieras perdido a un ser amado, no creas que ser&aacute; posible volver a encontrarlo si no eliges el "camino del despertar".<br /><br />&raquo;Piensa en lo que Chidher el Verde me dijo: "quien no aprende a ver en la tierra tampoco aprender&aacute; en el m&aacute;s all&aacute;". Gu&aacute;rdate de la ense&ntilde;anza de los espiritistas como si fuera veneno, son una de las pestes m&aacute;s temibles que jam&aacute;s azotaron a la humanidad. Los espiritistas tambi&eacute;n afirman que entran en contacto con los muertos, creen que los muertos vienen a ellos; pero no es m&aacute;s que una ilusi&oacute;n. Afortunadamente, no saben quienes son los que vienen a ellos, si lo supieran tendr&iacute;an miedo. Debes comenzar por ser t&uacute; mismo invisible antes de emprender el camino hacia los invisibles, por vivir simult&aacute;neamente aqu&iacute; abajo y all&aacute; arriba, al igual que yo me he vuelto invisible incluso a los ojos de mi propio cuerpo.<br /><br />&raquo;Yo todav&iacute;a no he llegado tan lejos como para que se me conceda la visi&oacute;n del otro mundo, pero sin embargo, s&eacute; que los que abandonaron la tierra estando ciegos no se hallan all&iacute;. Son como melod&iacute;as que se han extraviado en el aire y yerran por el universo hasta que vuelvan a encontrar unas cuerdas en las que poder vibrar nuevamente. El sitio donde ellos creen estar no es un lugar, es una isla de ensue&ntilde;os, sin dimensiones, poblada de sombras, mucho menos real que la Tierra.<br /><br />&raquo;En verdad, s&oacute;lo el ser despierto es inmortal. Los soles y los dioses perecen, &uacute;nicamente &eacute;l sobrevive y puede llevar a cabo lo que desee. No hay ning&uacute;n dios por encima de &eacute;l. No es vano el que nuestro camino se denomine la v&iacute;a pagana: lo que los creyentes llaman Dios no es sino un estado que ellos mismos podr&iacute;an alcanzar si fueran capaces de creer en s&iacute; mismos. Pero en su incurable ceguera se han creado un obst&aacute;culo que no osan franquear, se han fabricado una imagen para adorarla en lugar de convertirse en ella.<br /><br />&raquo;Si quieres rezar, reza a tu yo invisible. Es el &uacute;nico dios que presta o&iacute;dos a las oraciones. Los dem&aacute;s dioses te dar&aacute;n piedras en lugar de pan.<br /><br />&raquo;Infelices aqu&eacute;llos cuyas s&uacute;plicas sean o&iacute;das despu&eacute;s de rezar a un &iacute;dolo. Perder&aacute;n su yo, puesto que nunca jam&aacute;s ser&aacute;n capaces de creer que el favor se lo proporcionaron ellos mismos. Cuando tu yo invisible aparezca en t&iacute; como una realidad, lo reconocer&aacute;s por el hecho de que proyecta una sombra. Yo tampoco supe qui&eacute;n era hasta el d&iacute;a en que vi mi cuerpo como una sombra. Llegar&aacute; el d&iacute;a en el cual los hombres, los seres humanos, proyectar&aacute;n sombras luminosas sobre la tierra en lugar de las vergonzosas manchas negras de ahora, y nuevas estrellas se levantar&aacute;n. &iexcl;Contribuye t&uacute; tambi&eacute;n a que se haga la luz!&raquo;.<br /><br />* * *<br /><br />Hauberrisser se levant&oacute; bruscamente, enroll&oacute; los folios y los meti&oacute; en el estuche de plata.<br /><br />Ten&iacute;a la n&iacute;tida sensaci&oacute;n de que alguien lo incitaba a darse prisa. En el cielo se vislumbraba ya la primera claridad de la ma&ntilde;ana naciente. El aire ten&iacute;a un color plomizo, y la reseca llanura que se extend&iacute;a frente a la ventana se parec&iacute;a a un inmenso tapete de lana gris donde los canales trazaban rayas claras. Sali&oacute; de la casa con la intenci&oacute;n de dirigirse a Amsterdam. Tras haber dado unos pocos pasos, renunci&oacute; a su proyecto de ir a esconder el documento en su anterior domicilio de la Hooigracht. Volvi&oacute; a proveerse de una pala. Comprendi&oacute; que deb&iacute;a enterrarlo en alg&uacute;n sitio cercano. Pero, &iquest;d&oacute;nde?. &iquest;Acaso en el cementerio?. Tom&oacute; esa direcci&oacute;n. No, all&iacute; tampoco.<br /><br />Su mirada se detuvo en el manzano en flor. Era alli. Cav&oacute; un hoyo y deposit&oacute; en &eacute;l el estuche con el manuscrito.<br /><br />Despu&eacute;s fue lo m&aacute;s r&aacute;pidamente que pudo a la ciudad, atravesando praderas y puentecillos con la gris&aacute;cea luz del alba. Una gran preocupaci&oacute;n por sus amigos, como si corrieran alg&uacute;n peligro, lo inquietaba de repente.<br /><br />A pesar de la hora tan temprana el aire estaba reseco y caluroso, como anunciando tormenta.<br /><br />Una calma sofocante daba a la regi&oacute;n una apariencia siniestra, cadav&eacute;rica. El sol colgaba como un disco de amarillo metal deslucido tras un velo de espeso vapor. A lo lejos, al oeste, sobre el Zuidersee, ard&iacute;a un c&uacute;mulo de nubes rojas, parec&iacute;a la tarde en vez de la ma&ntilde;ana.<br /><br />Impulsado por el vago temor de llegar demasiado tarde, tomaba atajos siempre que pod&iacute;a, caminando a trav&eacute;s de los campos y las desiertas carreteras, pero parec&iacute;a que la ciudad no quisiera acercarse.<br /><br />Poco a poco, a medida que el d&iacute;a avanzaba, el aspecto del cielo se iba transformando: nubes blanquecinas en forma de ganchos se torc&iacute;an como gusanos gigantescos azotados por invisibles torbellinos ante el fondo p&aacute;lido, sin cambiar nunca de sitio; era como una lucha de monstruos a&eacute;reos enviados a la Tierra desde el espacio c&oacute;smico.<br /><br />Como descomunales vasos volcados, remolinos en forma de embudos con la punta hacia arriba se hallaban suspendidos en el aire; fieras con las fauces abiertas se abalanzaban las unas sobre las otras, aglomer&aacute;ndose en un mont&oacute;n amenazador. S&oacute;lo en la tierra continuaba reinando la misma calma macabra, un viento al acecho.<br /><br />Un alargado tri&aacute;ngulo negro, una nube de langosta africana, pas&oacute; delante de &eacute;l, oscureciendo su luz, de manera que por unos minutos toda la campi&ntilde;a estuvo sumergida en la noche; despu&eacute;s fue a parar a lo lejos, aterrizando de forma oblicua. Durante toda la caminata, Hauberrisser no hab&iacute;a tropezado con ning&uacute;n ser vivo, cuando de golpe, se percat&oacute; de la presencia de una extra&ntilde;a silueta sombr&iacute;a, de talla sobrenatural, con la nuca inclinada y ataviada con un talar.<br /><br />La distancia no le permiti&oacute; distinguir sus rasgos, pero reconoci&oacute; los ademanes, la vestimenta, el perfil de la cabeza con sus largos rizos adornando las sienes. Se trataba de un jud&iacute;o viejo. Cuanto m&aacute;s se aproximaba m&aacute;s irreal se tornaba su figura: med&iacute;a al menos siete pies de altura, no mov&iacute;a las piernas al andar y sus contornos ten&iacute;an algo vago, difuminado. <br />Hauberrisser crey&oacute; observar incluso que de vez en cuando, una parte de su cuerpo, el brazo o el hombro, se alejaba para volver inmediatamente a su sitio.<br /><br />Pocos minutos m&aacute;s tarde el jud&iacute;o era casi transparente, como si no estuviera formado por una masa compacta, sino por una acumulaci&oacute;n de innumerables puntos negros, separados entre s&iacute;. Entonces, cuando la silueta se puso a su lado silenciosamente, Hauberrisser comprob&oacute; que estaba constituida por un enjambre de hormigas voladoras que hab&iacute;an adoptado una forma humana y la manten&iacute;an: un incomprensible espect&aacute;culo de la naturaleza, parecido a aquel enjambre de abejas que un d&iacute;a vio en el jard&iacute;n del monasterio.<br /><br />Durante un rato se qued&oacute; absorto en el fen&oacute;meno, mir&aacute;ndolo con asombro alejarse hacia el sureste, hasta desaparecer como el humo sobre el mar.<br /><br />No acertaba a interpretar la aparici&oacute;n. &iquest;Era un presagio misterioso o era una mueca sin importancia de la naturaleza?. No le parec&iacute;a plausible que Chidher el Verde escogiera una forma tan fant&aacute;stica para hacerse visible.<br /><br />Con la cabeza llena de elucubraciones, atraves&oacute; el parque del oeste, dirigi&eacute;ndose hacia el Damrak para llegar cuanto antes a la casa de Sephardi. Un tumulto lejano le dio a entender que algo hab&iacute;a ocurrido.<br /><br />Pronto le fue imposible abrirse un camino a trav&eacute;s de las principales calles a causa de las densas masas agitadas. Decidi&oacute; internarse por las callejuelas de la Jodenbuurt.<br /><br />Los adeptos del Ej&eacute;rcito de Salvaci&oacute;n desfilaban como tropas, rezando en voz alta o bramando el salmo: "M&aacute;s la ciudad de Dios&hellip;".<br /><br />Hombres y mujeres, sumidos en un &eacute;xtasis religioso, se arrancaban las ropas y se desplomaban de rodillas, con espuma en la boca, vociferando obscenidades al mismo tiempo que aleluyas; fan&aacute;ticos secretarios de torso desnudo se flagelaban la espalda con convulsivas e hist&eacute;ricas risas; aqu&iacute; y all&aacute; se derrumbaban algunos epil&eacute;pticos, retorci&eacute;ndose sobre los adoquines. Otros adeptos de cualquier secta estrafalaria se "humillaban ante el Se&ntilde;or", una recogida muchedumbre los rodeaba, ten&iacute;an la cabeza descubierta y daban saltitos agachados, como ranas, y croaban: &laquo;&iexcl;Oh t&uacute;, mi amado ni&ntilde;ito Jes&uacute;s, ten piedad de nosotros!&raquo;.<br /><br />* * *<br /><br />Asqueado y horrorizado, Hauberrisser err&oacute; por toda clase de callejuelas tortuosas, teniendo que desviarse continuamente de su camino a causa del gent&iacute;o, hasta que ya no pudo avanzar m&aacute;s, vi&eacute;ndose encerrado por una multitud ante la sombr&iacute;a casa de la calle Jodenbree.<br /><br />El sal&oacute;n de art&iacute;culos misteriosos se hallaba cerrado, las persianas estaban echadas y faltaba el r&oacute;tulo. Delante de la tienda se levantaba una plataforma de madera dorada con un trono, ocupado por el "catedr&aacute;tico" Zitter Arpad, que se vest&iacute;a con un abrigo de armi&ntilde;o y ten&iacute;a la frente adornada por una diadema de brillantes, como una aureola. Lanzaba monedas de cobre con su efigie a la extasiada multitud y pronunciaba un discurso con voz potente, aunque apenas audible a causa de los incesantes gritos de "Hosanna", en &eacute;l se repet&iacute;an constantemente las instigaciones demag&oacute;gicas:<br /><br />&mdash;&iexcl;Quemad a las prostitutas y traedme su oro pecaminoso!.<br /><br />A duras penas logr&oacute; Hauberrisser abrirse paso hasta una esquina. Intentaba orientarse cuando alguien lo cogi&oacute; por el brazo, atray&eacute;ndolo hacia un portal. Reconoci&oacute; a Pfeill. Los dos hab&iacute;an acudido a la ciudad con la misma intenci&oacute;n, como pudieron constatar por las pocas palabras que llegaron a intercambiar, se gritaban por encima de las cabezas del gent&iacute;o, el cual no tard&oacute; en separarlos de nuevo.<br /><br />&mdash;&iexcl;Vente a casa de Swammerdam! &mdash;exclam&oacute; Pfeill.<br /><br />Era imposible detenerse, hasta los patios m&aacute;s peque&ntilde;os estaban inundados de gente. Cada vez que los dos amigos percib&iacute;an un hueco en el hervidero de personas que les permitiera juntarse, ten&iacute;an que aprovecharlo al m&aacute;ximo para poder avanzar, de manera que s&oacute;lo pod&iacute;an comunicarse con frases breves y precipitadas.<br /><br />&mdash;&iexcl;Un espantoso monstruo, este Zitter! &mdash;empez&oacute; Pfeill su entrecortado relato, hall&aacute;ndose ora delante de Hauberrisser, ora detr&aacute;s o a su lado, pero siempre separado de &eacute;l por un muro humano&mdash; La polic&iacute;a ha dejado de funcionar, as&iacute; que no puede detenerlo en el ejercicio de sus actividades&hellip; y la milicia, hace tiempo que no existe&hellip; Se las da de profeta Elias, y la gente le cree y lo adora&hellip; El otro d&iacute;a provoc&oacute; una horrible carnicer&iacute;a en el circo Carr&eacute;&hellip; el gent&iacute;o asalt&oacute; el circo&hellip; arrastraron a unas distinguidas se&ntilde;oritas extranjeras, cortesanas, desde luego, y lanzaron los tigres sobre ellas&hellip; Tiene la man&iacute;a de los C&eacute;sares&hellip; como Ner&oacute;n&hellip; Primero se cas&oacute; con la Rukstinat y despu&eacute;s, para apoderarse de su dinero, la en&hellip;<br /><br />&mdash;Envenen&oacute; &mdash;entendi&oacute; Hauberrisser vagamente.<br /><br />Acababa de separarse de Pfeill una procesi&oacute;n de encapuchados, con capirotes blancos y antorchas en las manos, cantando con voz indistinta y mon&oacute;tona la coral: &laquo;O sanctissima, o pi&hellip;issima dulcis virgo Maa&hellip;riii&hellip;aaa&raquo;, y apagando con ella las &uacute;ltimas palabras de su amigo.<br /><br />Pfeill volvi&oacute; a aparecer, ten&iacute;a la cara ennegrecida por el humo de las antorchas.<br /><br />&mdash;Luego perdi&oacute; todo su dinero en el poker. Y entonces, durante meses, fue m&eacute;dium en sesiones espiritistas. Tuvo una enorme clientela&hellip; Todo Amsterdam ha pasado por sus salones.<br /><br />&mdash;&iquest;Qu&eacute; tal est&aacute; Sephardi? &mdash;grit&oacute; Hauberrisser.<br /><br />&mdash;Lleva ya tres semanas en Brasil. Me pidi&oacute; que te transmitiera sus saludos&hellip; Ya antes de marcharse hab&iacute;a cambiado totalmente. S&eacute; poco de &eacute;l. Se le apareci&oacute; el hombre del rostro verde, y le dijo que deb&iacute;a fundar un estado jud&iacute;o en Brasil. Tambi&eacute;n le dijo que los jud&iacute;os, siendo como son el &uacute;nico pueblo internacional, estaban llamados a crear una nueva lengua que poco a poco fuera sirviendo de medio de comunicaci&oacute;n para todos los pueblos de la Tierra, acerc&aacute;ndolos as&iacute; los unos a los otros. Una especie de hebreo moderno, no lo s&eacute; exactamente.<br /><br />&raquo;A ra&iacute;z de la aparici&oacute;n, Sephardi cambi&oacute; totalmente, como de la noche a la ma&ntilde;ana&hellip; Dec&iacute;a que ahora ten&iacute;a una misi&oacute;n&hellip; Parece haber dado en el clavo con la fundaci&oacute;n de su estado sionista. Casi todos los jud&iacute;os de Holanda le siguieron, y todav&iacute;a llegan incontables muchedumbres de todos los pa&iacute;ses imaginables que quieren emigrar al Oeste&hellip; Esto es un completo hormiguero&hellip;<br /><br />Durante unos instantes los separ&oacute; una tropa de mujeres que entonaban c&aacute;nticos. Hauberrisser, al o&iacute;r la palabra "hormiguero", empleada por su amigo, no pudo evitar pensar en el extra&ntilde;o fen&oacute;meno que hab&iacute;a contemplado antes de llegar a la ciudad.<br /><br />&mdash;En los &uacute;ltimos tiempos, Sephardi frecuentaba bastante a un tal L&aacute;zaro Eidotter, al que he conocido entretanto &mdash;prosigui&oacute; Pfeill&mdash;. Es un viejo jud&iacute;o, una especie de profeta&hellip; &Uacute;ltimamente se encuentra en un estado de trance casi continuo&hellip; Todo lo que anuncia, se cumple. Hace poco predijo una terrible cat&aacute;strofe que se producir&iacute;a en Europa con objeto de preparar la llegada de una nueva era&hellip; Dec&iacute;a que se alegraba de perecer &eacute;l mismo en esa ocasi&oacute;n porque entonces le ser&iacute;a dado conducir hacia el reino de la plenitud a todos los que murieran. En cuanto a la cat&aacute;strofe, no andaba tan equivocado&hellip; Ya ves lo que est&aacute; pasando aqu&iacute;, Amsterdam est&aacute; a la espera del diluvio&hellip; La humanidad entera se ha vuelto loca&hellip; Hace tiempo que no funcionan los ferrocarriles, en otro caso habr&iacute;a ido a verte a tu arca de No&eacute;. Parece que hoy el frenes&iacute; ha llegado a su punto culminante&hellip; &iexcl;Ah!, tendr&iacute;a que contarte tantas cosas&hellip; Madre m&iacute;a, si no fuera por el constante alboroto del entorno, apenas se puede terminar una frase&hellip; Me han ocurrido muchas cosas incre&iacute;bles&hellip;<br /><br />&mdash;&iquest;Y Swammerdam, c&oacute;mo est&aacute;? &mdash;grit&oacute; Hauberrisser tratando de dominar el ulular de una tropa de hermanos autoflagelantes que avanzaban de rodillas.<br /><br />&mdash;Me envi&oacute; un mensajero &mdash;contest&oacute; Pfeill&mdash; para que fuera a verlo inmediatamente, despu&eacute;s de recogerte a t&iacute;&hellip; Menos mal que nos hemos encontrado por el camino&hellip; Tiene miedo por nosotros, seg&uacute;n lo que me comunic&oacute; el mensajero. Cree que s&oacute;lo estaremos seguros cerca de &eacute;l. Afirma que su voz interior le predijo una vez tres cosas, entre ellas la de que &eacute;l sobrevivir&iacute;a a la iglesia de San Nicol&aacute;s&hellip; Parece deducir de ello que saldr&aacute; vivo de la venidera cat&aacute;strofe, y quiere que estemos junto a &eacute;l para que, en vista de la nueva era, nos salvemos nosotros tambi&eacute;n.<br /><br />Estas fueron las &uacute;ltimas palabras que Hauberrisser pudo entender. Un clamor ensordecedor que sal&iacute;a de la plaza hacia la que se dirig&iacute;an los dos amigos, sacudi&oacute; el aire, propag&aacute;ndose r&aacute;pidamente: &laquo;&iexcl;El nuevo Jerusal&eacute;n ha aparecido en el cielo!&hellip; &iexcl;Un milagro, un milagro!&hellip; &iexcl;Dios nos sea propicio!&raquo;. Las voces corr&iacute;an de buhardilla en buhardilla, saltando por encima de los tejados, y llegaban hasta los rincones m&aacute;s lejanos de los suburbios. S&oacute;lo pudo ver a Pfeill mover los labios velozmente, como si le gritara algo con toda la fuerza de sus pulmones. Entonces se sinti&oacute; como aupado por aquel flujo humano sumido en la locura, y fue arrastrado sin poder oponer ninguna resistencia hasta la plaza de la Lonja.<br /><br />All&iacute;, la multitud era tan compacta que deb&iacute;a mantener los brazos pegados al cuerpo y apenas si pod&iacute;a mover las manos. Todas la miradas estaban fijas en el cielo.<br /><br />En lo alto del firmamento luchaban todav&iacute;a extra&ntilde;as siluetas nebulosas parecidas a gigantescos peces alados, pero por debajo se hab&iacute;an acumulado monta&ntilde;as de nubes coronadas de nieve, separadas por un valle iluminado por oblicuos rayos de sol, en el cual se divisaba el espejismo de una ciudad extranjera, meridional, con blancos tejados planos y portales moriscos. Hombres en flotantes albornoces, de orgullosos rostros cetrinos, atravesaban lentamente las pardas calles, tan pr&oacute;ximos y tan pavorosamente n&iacute;tidos que era posible distinguir los movimientos de sus pupilas cuando giraban la cabeza para, como parec&iacute;a, contemplar con indiferencia el tremendo tumulto de Amsterdam. Fuera de la ciudad, ante los baluartes, se extend&iacute;a un desierto rojizo cuyos l&iacute;mites se perd&iacute;an en las nubes, atravesado por caravanas de camellos que eran como sombras en el aire luminoso.<br /><br />Durante una hora permaneci&oacute; la visi&oacute;n en el cielo, con un esplendor multicolor, palideciendo posteriormente de manera paulatina. S&oacute;lo un minarete alto y esbelto, de una blancura tan cegadora como az&uacute;car centelleante, fue visible hasta el &uacute;ltimo momento, pero se desvaneci&oacute; s&uacute;bitamente en la neblina.<br /><br />* * *<br /><br />Era ya tarde cuando Hauberrisser, empujado continuamente por la marea humana, encontr&oacute; por fin la ocasi&oacute;n para ecapar del gent&iacute;o.<br /><br />Era absolutamente imposible llegar hasta la casa de Swammerdam porque ello supondr&iacute;a atravesar gran n&uacute;mero de calles y volver a pasar por la plaza de la Lonja. Decidi&oacute; regresar a su ermita y esperar un d&iacute;a m&aacute;s adecuado.<br /><br />Pronto se hall&oacute; de nuevo en las muertas y silenciosas praderas del p&oacute;lder. Todo el espacio bajo el cielo se hab&iacute;a transformado en una impenetrable masa polvorienta.<br /><br />Hauberrisser o&iacute;a crujir las hierbas secas bajo sus pies apresurados. La soledad era tan profunda como el murmullo de la sangre en sus o&iacute;dos.<br /><br />Tras &eacute;l yac&iacute;a la negra ciudad de Amsterdam, envuelta en el resplandor de una ensangrentada puesta de sol que recordaba una enorme antorcha en llamas.<br /><br />Ni un s&oacute;lo soplo de aire. De vez en cuando, un chapoteo, un pez que daba un salto en el aire.<br /><br />Cuando se consum&oacute; el crep&uacute;sculo, grandes manchas grises se arrastraron por la pradera como telas extendidas y en movimiento.<br /><br />Hauberrisser se dio cuenta de que se trataba de incontables hordas de ratones que se deslizaban a trav&eacute;s de los campos, agitados y emitiendo chillidos apagados.<br /><br />Conforme avanzaba la oscuridad, la naturaleza parec&iacute;a m&aacute;s inquieta, a pesar de que no se moviese tallo alguno. De cuando en cuando se formaban peque&ntilde;os torbellinos en las pantanosas aguas, sin que el menor soplo de aire las tocara, como originadas por el lanzamiento de una piedra invisible. Hauberrisser pod&iacute;a distinguir ya el &aacute;lamo de la puerta de su casa. <br />De golpe, surgiendo del suelo, se alzaron unas estructuras blancas en forma de columnas, interponi&eacute;ndose entre &eacute;l y la figura del &aacute;rbol.<br /><br />Avanzaron hacia &eacute;l como silenciosos fantasmas, dejando tras de s&iacute; anchas l&iacute;neas oscuras de hierbas calcinadas. Pasaron a su lado sin hacer el menor ruido, mudos espectros de la atm&oacute;sfera, p&eacute;rfidos y mort&iacute;feros.<br /><br />* * *<br /><br />Ba&ntilde;ado de sudor, Hauberrisser entr&oacute; en su casa.<br /><br />La mujer del jardinero del cercano cementerio, que se ocupaba de los quehaceres dom&eacute;sticos, le hab&iacute;a dejado la cena preparada. Estaba tan agitado que no pudo probar bocado.<br /><br />Desasosegado, se ech&oacute; en la cama sin desvestirse y esper&oacute;, sin pegar ojo, el d&iacute;a que iba a venir.<br /></p>]]></description><pubDate>Tue, 22 Dec 2009 16:26:00 +0000</pubDate></item><item><title>El Rostro Verde (13). Gustav Meyrink. 1916. Cap&#xED;tulo XII</title><link>https://gustavmeyrink.blogia.com/2009/122214-el-rostro-verde-13-gustav-meyrink-1916-capitulo-xii.php</link><guid isPermaLink="true">https://gustavmeyrink.blogia.com/2009/122214-el-rostro-verde-13-gustav-meyrink-1916-capitulo-xii.php</guid><description><![CDATA[<p style="text-align: justify;">Soplo de descomposici&oacute;n en el aire. D&iacute;as agonizantes con un calor de incubadora y noches brumosas. La hierba de los prados cubierta al amanecer de telas de ara&ntilde;a como manchas blanquecinas de moho. Entre los terrones marr&oacute;n-violeta, charcos de agua fr&iacute;a y oscura que han dejado de creer en el sol. Flores de color paja que carecen de fuerzas para erguir las cabezas hacia el cielo transparente. Titubeantes mariposas de alas rotas, descoloridas. En las alamedas de la ciudad, las crujientes hojas cuelgan de tallos mustios. Como una mujer ajada que no hallara colores lo suficientemente chillones para disimular su edad, la naturaleza comenzaba a acicalarse con los multicolores afeites del oto&ntilde;o.<br /><br />* * *<br /><br />Hac&iacute;a tiempo que el nombre de Eva van Druysen hab&iacute;a sido olvidado en Amsterdam.<br /><br />El bar&oacute;n Pfeill la dio por muerta, y Sephardi se visti&oacute; de luto. &Uacute;nicamente en el coraz&oacute;n de Hauberrisser su imagen no pod&iacute;a morir.<br /><br />Sin embargo, no hablaba de ella cuando ven&iacute;an a verlo sus amigos o el viejo Swammerdam. Se hab&iacute;a vuelto taciturno y reservado, s&oacute;lo conversaba con ellos sobre cosas indiferentes.<br /><br />No quer&iacute;a mostrar con sus palabras que se hab&iacute;a refugiado en la secreta esperanza de volver a ver a Eva, una esperanza que crec&iacute;a de d&iacute;a en d&iacute;a, pero que tem&iacute;a expresar como si al mencionarla destruyera una fr&aacute;gil redecilla.<br /><br />S&oacute;lo delante de Swammerdam dejaba entrever su estado de &aacute;nimo, sin expresarlo con palabras.<br /><br />Desde el momento que concluy&oacute; la lectura del rollo, se estaba operando en &eacute;l una transformaci&oacute;n que apenas si comprend&iacute;a. Al principio practicaba el ejercicio de la inmovilidad cada vez que se le ocurr&iacute;a. Por una parte se dedicaba a ello con curiosidad, y por otra con la actitud incr&eacute;dula de una persona que, de forma permanente, como una divisa de frustraci&oacute;n y desenga&ntilde;o, arrastra la siguiente convicci&oacute;n en el fondo de su alma: &laquo;De todas maneras no servir&aacute; para nada&raquo;.<br /><br />Al cabo de una semana limit&oacute; la duraci&oacute;n del ejercicio, de una hora o m&aacute;s en cualquier momento a un cuarto de hora por la ma&ntilde;ana, pero entreg&aacute;ndose a &eacute;l con todas sus fuerzas, y practic&aacute;ndolo por el ejercicio mismo en lugar de hacerlo con la fatigosa y siempre decepcionante esperanza de que algo maravilloso deber&iacute;a producirse.<br /><br />Pronto el ejercicio se le hizo indispensable, como un ba&ntilde;o refrescante que esperaba con gozo cada vez que se acostaba. Cierto es que durante el d&iacute;a se sent&iacute;a sacudido por violentos ataques de desesperaci&oacute;n al pensar en la idea de haber perdido a Eva. Rechazaba combatir estos pensamientos tan dolorosos por medio de la magia, habr&iacute;a sido como una huida frente al recuerdo abrasador de Eva, una actitud ego&iacute;sta, insensible, un autoenga&ntilde;o, pero a pesar de todo, un d&iacute;a que el sufrimiento se le hizo tan insoportable que s&oacute;lo el suicidio aparec&iacute;a como posible soluci&oacute;n, lo intent&oacute;.<br /><br />Se sent&oacute; derecho, como estaba descrito en las instrucciones, y trat&oacute; de conseguir a la fuerza un estado de vigilia superior, para, al menos moment&aacute;neamente, escapar de la intolerable tortura de sus pensamientos. Para su asombro, el intento dio resultado a la primera. Lo penetr&oacute; una incomprensible sensaci&oacute;n de certeza donde rebotaba cualquier duda, internamente experimentaba la afirmaci&oacute;n de que Eva viv&iacute;a, de que no corr&iacute;a peligro alguno. Antes, siempre que su pensamiento se volcaba en Eva, cien o m&aacute;s veces al d&iacute;a, hab&iacute;a sentido el azote de latigazos incandescentes, pero ahora interpretaba estos mismos pensamientos como la jubilosa noticia de que Eva, all&aacute; a lo lejos, pensaba en &eacute;l y le enviaba saludos. Lo que hab&iacute;a sido dolor, de golpe se convirti&oacute; en fuente de alegr&iacute;a.<br /><br />Por medio del ejercicio hab&iacute;a creado en su interior un refugio al que poder retirarse a cada instante, un refugio en donde hallar constantemente una renovada confianza, en donde conseguir ese crecimiento interior que para quienes no lo han experimentado no es m&aacute;s que una palabra desprovista de sentido. Antes de conocer este nuevo estado hab&iacute;a pensado que sustraerse al dolor por Eva era cicatrizar aceleradamente las llagas de su alma, una aceleraci&oacute;n del proceso de curaci&oacute;n efectuado por el tiempo para calmar la pena de los seres humanos. Se hab&iacute;a defendido con todas las fibras de su ser contra tal curaci&oacute;n, como lo har&iacute;a cualquiera al darse cuenta de que la atenuaci&oacute;n de la pena causada por la p&eacute;rdida de una persona amada conlleva siempre la difuminaci&oacute;n de su imagen, de la cual no quiere separarse. Pero antre ambos escollos, un estrecho sendero cuya existencia no pod&iacute;a sospechar, todo sembrado de flores, se hab&iacute;a abierto ante &eacute;l: la imagen de Eva no estaba cubierta por el polvo del pasado, como &eacute;l hab&iacute;a temido, no, s&oacute;lo el dolor se hab&iacute;a esfumado. En lugar de una imagen velada por las l&aacute;grimas, Eva misma hab&iacute;a resucitado para &eacute;l. En los minutos de calma interna sent&iacute;a su presencia con tanta nitidez como si estuviera ante &eacute;l en carne y hueso. A medida que se retiraba del mundo, consegu&iacute;a vivir horas de una felicidad tan profunda como nunca hubiese cre&iacute;do posible, horas durante las cuales iba de cognici&oacute;n en cognici&oacute;n, comprendiendo cada vez con mayor claridad que exist&iacute;an verdaderos milagros de experiencia interior, milagros que contrastaban con los hechos exteriores como la luz con la sombra, y no s&oacute;lo de modo aparente, como antes hab&iacute;a imaginado, sino efectivamente. La met&aacute;fora del F&eacute;nix le impresionaba cada d&iacute;a m&aacute;s hondamente. Siempre hallaba nuevos significados en ella, permiti&eacute;ndole comprender con una plenitud insospechada la extra&ntilde;a diferencia que hay entre los s&iacute;mbolos vivos y los s&iacute;mbolos muertos. Todo cuanto buscaba parec&iacute;a estar contenido en este s&iacute;mbolo inagotable. Solucionaba por &eacute;l los enigmas, como un ser omnisciente al que s&oacute;lo ten&iacute;a que preguntar para conocer la verdad. Mientras luchaba por dominar los pensamientos, se hab&iacute;a dado cuenta de que a veces, despu&eacute;s de lograrlo y de creer saber exactamente de qu&eacute; manera lo hab&iacute;a logrado, al d&iacute;a siguiente no pod&iacute;a encontrar ni la menor traza de este conocimiento en su memoria. Estaba tan borrado de su cerebro, y aparentemente, ten&iacute;a que partir de cero para descubrir de nuevo el m&eacute;todo. &laquo;El sue&ntilde;o de mi cuerpo me rob&oacute; los frutos que hab&iacute;a cosechado&raquo;, se sol&iacute;a decir en tales casos. Para evitarlo, decidi&oacute; mantenerse despierto todo el tiempo que pudiera, pero una ma&ntilde;ana lo ilumin&oacute; la idea de que la extra&ntilde;a desaparici&oacute;n de todo recuerdo no era m&aacute;s que el fen&oacute;meno de las "ascuas que se consumen", de las cuales el f&eacute;nix deb&iacute;a renacer sin cesar, rejuvenecido. Comprendi&oacute; que el hecho de crearse m&eacute;todos y pretender servirse de ellos, era algo terrestre y transitorio, que lo valioso no era el cuadro terminado, como hab&iacute;a dicho Pfeill, sino la capacidad de pintar. Tras entender esto, la lucha por el dominio de sus pensamientos hab&iacute;a pasado de ser un combate agotador a ser un continuo placer. Ascend&iacute;a de grado en grado sin darse cuenta, hasta constatar un d&iacute;a con sorpresa que pose&iacute;a la clave de un dominio con el que nunca hubiera osado so&ntilde;ar ni siquiera.<br /><br />&laquo;Es como si hasta el presente yo hubiera estado rodeado por un enjambre de pensamientos similares a abejas que se alimentaran de m&iacute;, &mdash;hab&iacute;a explicado a Swammerdam con el que, en aquella &eacute;poca, todav&iacute;a sol&iacute;a hablar de experiencias interiores&mdash;. Ahora puedo alejarlos a voluntad y vuelven a m&iacute; cargados de ideas, como abejas cargadas de miel. En otro tiempo me saqueaban, hoy me enriquecen&raquo;.<br /><br />Unas semanas m&aacute;s tarde hall&oacute; por casualidad en el pergamino la descripci&oacute;n de una experiencia an&aacute;loga, casi en los mismos t&eacute;rminos, y reconoci&oacute; con alegr&iacute;a intensa que hab&iacute;a elegido el buen camino del desarrollo interior sin haber recibido ninguna instrucci&oacute;n.<br /><br />Las p&aacute;ginas en cuesti&oacute;n hab&iacute;an estado pegadas unas a otras a causa de la humedad y el moho; se soltaron gracias a los rayos solares que alcanzaban el rollo desde la ventana.<br /><br />Tuvo conciencia de que en su pensamiento se hab&iacute;a producido una operaci&oacute;n id&eacute;ntica.<br /><br />En los &uacute;ltimos a&ntilde;os, y ya antes de la guerra, hab&iacute;a o&iacute;do y le&iacute;do muchas cosas acerca de lo que se denominaba m&iacute;stica, y de modo instintivo hab&iacute;a vinculado todo lo relacionado con ella con la noci&oacute;n de "oscuridad". Cuanto pudo aprender sobre ella llevaba el sello de la confusi&oacute;n y recordaba los &eacute;xtasis de un opi&oacute;mano. Y efectivamente, su juicio no era equivocado, porque lo que se entend&iacute;a por m&iacute;stica en el lenguaje corriente no era en realidad m&aacute;s que un ir a tientas a trav&eacute;s de la niebla. Ahora pod&iacute;a percatarse de la existencia de un aut&eacute;ntico estado m&iacute;stico, dif&iacute;cil de descubrir y a&uacute;n m&aacute;s dif&iacute;cil de conquistar, un estado que no s&oacute;lo quedaba por debajo de la realidad de las experiencias cotidianas, sino que la sobrepasaba con creces en vivacidad y vigor. No quedaba ya nada del entusiasmo de los "m&iacute;sticos" en &eacute;xtasis, ning&uacute;n aullido de libertad en vista de una redenci&oacute;n ego&iacute;sta, que para realzar su brillo, necesita el sangriento espect&aacute;culo de los condenados a las penas eternas del infierno. Tambi&eacute;n se hab&iacute;a desvanecido como una pesadilla la ruidosa satisfacci&oacute;n de esa masa bestial que se cree de lleno en la realidad mientras digiere.<br /><br />Tras apagar la luz, Hauberrisser se hab&iacute;a sentado ante su mesa. Esper&oacute; en medio de la oscuridad. La noche se extend&iacute;a como un pa&ntilde;o colgado de la ventana, oscuro y pesado.<br /><br />Sent&iacute;a la proximidad de Eva, pero no pod&iacute;a verla.<br /><br />Cuando cerraba los ojos, flotaban colores como nubes bajo sus ojos, disolvi&eacute;ndose y reconcentr&aacute;ndose. Por la experiencia que hab&iacute;a adquirido sab&iacute;a que esos colores constitu&iacute;an la materia con la cual pod&iacute;an crearse im&aacute;genes a voluntad, im&aacute;genes que en principo parec&iacute;an r&iacute;gidas e inertes, y que posteriormente, como animadas por una fuerza misteriosa, cobraban una vida aut&oacute;noma, se transformaban en seres parecidos a &eacute;l.<br /><br />Hac&iacute;a pocos d&iacute;as que hab&iacute;a conseguido por primera vez formar y animar de esta manera el rostro de Eva. Crey&oacute; hallarse en el buen camino que lo llevar&iacute;a a reunirse con Eva espiritualmente. Pero entonces record&oacute; el p&aacute;rrafo referente a las alucinaciones de las brujas y comprendi&oacute; que era all&iacute; donde comenzaba el reino ilimitado de los fantasmas, en el que bastaba entrar para no poder salir nunca m&aacute;s.<br /><br />Sinti&oacute; que cuanto m&aacute;s se desarrollara en &eacute;l la facultad de transformar en im&aacute;genes los deseos secretos de su alma, m&aacute;s peligro correr&iacute;a de extraviarse en un sendero que no permit&iacute;a el retorno.<br /><br />Rememor&oacute;, con un sentimiento simult&aacute;neo de horror y de a&ntilde;oranza, los instantes durante los cuales hab&iacute;a logrado evocar el fantasma de Eva; gris como una sombra al principio, y visti&eacute;ndose de color y de vida despu&eacute;s, hasta hallarse ante &eacute;l con toda la nitidez de un ser de carne y hueso.<br /><br />Todav&iacute;a sent&iacute;a el fr&iacute;o glacial que se apoder&oacute; de su cuerpo cuando, impulsado por un instinto m&aacute;gico, intent&oacute; involucrar los dem&aacute;s sentidos, el o&iacute;do y el tacto, en la visi&oacute;n.<br /><br />Desde entonces, se sorprend&iacute;a deseando resucitar la imagen ante sus ojos, y siempre ten&iacute;a que juntar todas sus fuerzas para resistir la tentaci&oacute;n.<br /><br />* * *<br /><br />La noche avanzaba, pero no pod&iacute;a decidirse a dormir. Constantemente lo cercaba el confuso presentimiento de que ten&iacute;a que existir alg&uacute;n medio para que Eva viniera hacia &eacute;l, pero no bajo una forma vamp&iacute;rica animada por el soplo de su propia alma, sino en carne y hueso.<br /><br />Emiti&oacute; sus pensamientos para que retornaran a &eacute;l cargados de nuevas inspiraciones acerca de la manera de lograr su prop&oacute;sito. Los progresos que hab&iacute;a hecho en las &uacute;ltimas semanas le hab&iacute;an mostrado que este m&eacute;todo consistente en emitir preguntas y aguardar pacientemente la respuesta, esta l&uacute;cida alternancia entre un estado activo y otro pasivo, ni siquiera fracasaba cuando se trataba de descubrir cosas que no hubieran podido ser desveladas por medio de procesos l&oacute;gicos de pensamiento.<br /><br />Las ideas le ven&iacute;an a la cabeza, una tras otra, y cada vez eran m&aacute;s fant&aacute;sticas e inusuales; todas resultaron demasiado ligeras al pesarlas en la balanza de sus sentimientos.<br /><br />Una vez m&aacute;s fue la clave del "estado de vigilia" la que le ayud&oacute; a abrir la cerradura secreta. Pero esta vez sinti&oacute; instintivamente que tambi&eacute;n su cuerpo, y no s&oacute;lo su conciencia, deb&iacute;a despertar en un nivel vital superior. Las fuerzas m&aacute;gicas dormitaban en el cuerpo, eran ellas las que ten&iacute;an que despertar para poder actuar sobre el mundo material.<br /><br />Record&oacute;, como un ejemplo instructivo, que la danza de los derviches &aacute;rabes no ten&iacute;a, en el fondo, otro fin que excitar el cuerpo para llevarlo al "estado de vigilia" superior.<br /><br />Como bajo el efecto de una inspiraci&oacute;n, pos&oacute; las manos sobre sus rodillas y se irgui&oacute;, imitando el adem&aacute;n de las estatuas de los dioses egipcios, los cuales le parecieron de repente, por sus est&aacute;ticos rostros, s&iacute;mbolos de un poder m&aacute;gico. Impuso a su cuerpo una inmovilidad cadav&eacute;rica mientras emit&iacute;a una corriente de voluntad abrasadora a trav&eacute;s de cada una de sus fibras. Al cabo de pocos minutos bull&iacute;a dentro de &eacute;l un incomparable hurac&aacute;n.<br /><br />En su cerebro resonaba una insensata mezcla de voces humanas y animales, ladridos furiosos de perros, el canto estridente de innumerables gallos. En la habitaci&oacute;n estall&oacute; un tumulto tal que parec&iacute;a que la casa iba a explotar. Las met&aacute;licas vibraciones de un gong reverberaban en sus huesos, como si el infierno anunciara el d&iacute;a del Juicio Final, tuvo la impresi&oacute;n de convertirse en polvo. La piel le escocia como una t&uacute;nica de Nessus, pero apret&oacute; los dientes y no consinti&oacute; a su cuerpo ni el menor movimiento. Entretanto llamaba a Eva sin cesar, con cada uno de los latidos de su coraz&oacute;n.<br /><br />Una voz apagada, apenas un murmullo y sin embargo capaz de atravesar el alboroto como la punta de una aguja, le advert&iacute;a que no jugase con fuerzas cuyo poder desconoc&iacute;a, que no pose&iacute;a la suficiente madurez para dominarlas, que de un momento a otro pod&iacute;an precipitarlo en una incurable locura. Hauberrisser no la escuch&oacute;.<br /><br />La voz se hac&iacute;a cada vez m&aacute;s potente, tanto que el ruido del entorno parec&iacute;a estar muy lejano; la voz le ped&iacute;a a gritos que volviese atr&aacute;s. Eva vendr&iacute;a con toda seguridad si no cesaba de llamarla a trav&eacute;s de esas oscuras fuerzas del infierno. Si viniera antes de cumplirse el tiempo de su evoluci&oacute;n espiritual, su vida se apagar&iacute;a en ese mismo momento, como la llama de una vela, y &eacute;l mismo se cargar&iacute;a as&iacute; con un fardo de dolor que ser&iacute;a incapaz de soportar. Apret&oacute; los dientes y continu&oacute; sin escuchar. La voz intent&oacute; convencerle con argumentos racionales, dici&eacute;ndole que Eva habr&iacute;a venido desde hac&iacute;a tiempo o que le habr&iacute;a enviado un mensaje si le fuera posible; ten&iacute;a pruebas suficientes de que estaba viva, constantemente le mandaba pensamientos llenos de amor y cada d&iacute;a experimentaba la certeza de su presencia muy cerca de &eacute;l&hellip; Hauberrisser no escuch&oacute;, sigui&oacute; llamando a Eva sin cesar.<br /><br />Lo consum&iacute;a el deseo de tenerla en sus brazos, aunque s&oacute;lo fuera por unos instantes.<br /><br />De pronto el tumulto enmudeci&oacute;. Hauberrisser vio entonces que la habitaci&oacute;n aparec&iacute;a iluminada como en pleno d&iacute;a.<br /><br />En el centro del cuarto, como surgido del suelo, se levantaba un poste de madera podrida que llegaba casi hasta el techo, rematado por una viga transversal, como una cruz decapitada.<br /><br />Una serpiente de color verde claro, gorda como un brazo, estaba enroscada en el poste, mir&aacute;ndole con sus ojos sin p&aacute;rpados.<br /><br />Su rostro, con la frente vendada por un trapo negro, era semejante al de una momia humana; la piel de los labios, disecada y fina como el pergamino, se ve&iacute;a muy estirada sobre los dientes amarillos y putrefactos.<br /><br />A pesar de la deformaci&oacute;n cadav&eacute;rica de los rasgos, Hauberrisser reconoci&oacute; en ellos un lejano parecido con el rostro de Chidher el Verde, tal como lo hab&iacute;a visto en la tienda de la calle Jodenbree.<br /><br />Con los cabellos erizados y el coraz&oacute;n parado por el horror, escuch&oacute; las palabras que surg&iacute;an lentamente, s&iacute;laba a s&iacute;laba, como un silbido atenuado, de la boca descompuesta:<br /><br />&mdash;&iquest;Qu&eacute;&hellip; qu&hellip; ieres&hellip; de&hellip; m&iacute;?.<br /><br />Durante un instante lo paraliz&oacute; un terror espantoso. Sent&iacute;a la muerte detr&aacute;s de &eacute;l, acech&aacute;ndole; crey&oacute; ver una horrible ara&ntilde;a negra desliz&aacute;ndose por la tabla de la mesa&hellip; Entonces su coraz&oacute;n grit&oacute; el nombre de Eva.<br /><br />Enseguida, la habitaci&oacute;n se vio nuevamente sumida en la oscuridad. Ba&ntilde;ado de sudor, busc&oacute; a tientas el interruptor de la luz y lo apret&oacute;. La cruz decapitada, donde estaba instalada la serpiente, hab&iacute;a desaparecido.<br /><br />Tuvo la impresi&oacute;n de que el aire estaba envenenado. Casi no pod&iacute;a respirar, los objetos giraban ante sus ojos.<br /><br />&mdash;&iexcl;Tiene que haber sido una alucinaci&oacute;n provocada por la fiebre! &mdash;se dijo, intentando en vano calmarse. Pero era incapaz de deshacerse de la angustia que lo ahogaba, del miedo a que todo lo que acababa de contemplar hubiera ocurrido efectivamente en la habitaci&oacute;n.<br /><br />El cuerpo se le llen&oacute; de escalofr&iacute;os al recordar la voz que lo hab&iacute;a advertido. La sola idea de volver a escucharla grit&aacute;ndole que con sus locos experimentos de magia hab&iacute;a puesto en peligro la vida de Eva le quemaba el cerebro. Crey&oacute; que se asfixiaba, se mordi&oacute; la mano, se tap&oacute; los o&iacute;dos, sacudi&oacute; los sillones para volver en s&iacute;, abri&oacute; la ventana y respir&oacute; el aire fr&iacute;o de la noche&hellip; pero no sirvi&oacute; de nada: la certidumbre interna de haber cometido un error irreparable en el dominio espiritual de las causas persist&iacute;a a pesar de todo. Como bestias enfurecidas, se abalanzaron sobre &eacute;l los pensamientos que, orgullosamente, cre&iacute;a haber dominado. Ninguna "voluntad de inmovilidad" le serv&iacute;a ya. El m&eacute;todo del "despertar" fracas&oacute; tambi&eacute;n.<br /><br />&mdash;Esto es una locura, locura, locura &mdash;repiti&oacute; convulsivamente, con los dientes apretados y dando fren&eacute;ticas vueltas por la habitaci&oacute;n&mdash;&iexcl;no ha pasado nada!. &iexcl;Fue una visi&oacute;n y nada m&aacute;s!. &iexcl;Estoy loco!. &iexcl;Imaginaci&oacute;n!. &iexcl;Fantas&iacute;a!. &iexcl;La voz me enga&ntilde;&oacute;, y tampoco la aparici&oacute;n era real!. &iquest;De d&oacute;nde saldr&iacute;an el poste, y la serpiente&hellip; y la ara&ntilde;a?.<br /><br />Se esforz&oacute; por soltar una fuerte carcajada con su boca torcida. &mdash;&iexcl;La ara&ntilde;a!. &iquest;Por qu&eacute; no est&aacute; ya? &mdash;intent&oacute; burlarse de s&iacute; mismo.<br /><br />Encendi&oacute; una cerilla para buscar debajo de la mesa, pero no tuvo el valor de mirar por miedo a que pudiese estar all&iacute;, como un residuo del fantasmal acontecimiento.<br /><br />Respir&oacute; aliviado al o&iacute;r unas campanas dando las tres de la madrugada.<br /><br />&mdash;Gracias a Dios, la noche se acaba.<br /><br />Se acerc&oacute; a la ventana, y asom&aacute;ndose, escudri&ntilde;&oacute; largo rato la noche caliginosa, para ser testigo, como cre&iacute;a, de las primeras se&ntilde;ales del crep&uacute;sculo. S&uacute;bitamente se dio cuenta de su verdadero motivo: estaba esperando, con los sentidos aguzados, que Eva viniese por fin.<br /><br />&laquo;Deseo tanto volver a verla que mi imaginaci&oacute;n me ha enga&ntilde;ado estando yo despierto y consciente, con esta pesadilla de fantasmas&raquo;; trat&oacute; de tranquilizarse atravesando de nuevo la habitaci&oacute;n, pero la nostalgia volv&iacute;a a apoderarse de &eacute;l. Entonces su mirada se qued&oacute; fija en una mancha oscura que hab&iacute;a en su suelo, una mancha que no record&oacute; haber visto nunca antes.<br /><br />Se agach&oacute; y vio que la madera estaba podrida justo en el sitio donde hab&iacute;a estado el poste de la serpiente.<br /><br />Se le cort&oacute; la respiraci&oacute;n, &iexcl;imposible que la mancha estuviera antes!.<br /><br />Un golpe violento, como si alguien llamara a la puerta, lo arranc&oacute; de su hipnosis.<br /><br />&iquest;Eva?.<br /><br />&iexcl;All&iacute;, otra vez!.<br /><br />&iexcl;No!. No pod&iacute;a ser Eva, era un pu&ntilde;o recio el que aporreaba la puerta de la calle.<br /><br />Corri&oacute; hacia la ventana y pregunt&oacute; qui&eacute;n andaba por ah&iacute;, en la oscuridad.<br /><br />No hubo respuesta.<br /><br />Al cabo de unos instantes se repitieron los rudos e impacientes golpes en la puerta. Tir&oacute; de una cuerda que permit&iacute;a abrir la puerta de abajo. El pestillo reson&oacute; estrepitosamente. Escuch&oacute; con atenci&oacute;n&hellip; Nadie. Ni el menor ruido en la escalera.<br /><br />Finalmente hubo un crujido apenas perceptible, como si una mano buscara la manivela.<br /><br />La puerta se abri&oacute; y el negro Usibepu entr&oacute; silenciosamente, iba descalzo y ten&iacute;a el pelo mojado a causa de la humedad de la niebla.<br /><br />Involuntariamente, Hauberrisser busc&oacute; un arma, pero el zul&uacute; no le hizo el menor caso, parec&iacute;a no verlo siquiera, dio la vuelta a la mesa con peque&ntilde;os y vacilantes pasos, su mirada estaba fija en el suelo, y su nariz dilatada temblaba constantemente, como la de un perro siguiendo un rastro.<br /><br />&mdash;&iquest;Qu&eacute; hace usted aqu&iacute;? &mdash;grit&oacute; Hauberrisser. El negro no le contest&oacute;, apenas gir&oacute; la cabeza.<br /><br />Su respiraci&oacute;n profunda y jadeante era un indicio de que se hallaba completamente inconsciente, como un son&aacute;mbulo.<br /><br />De golpe pareci&oacute; haber encontrado lo que buscaba, porque cambi&oacute; de direcci&oacute;n, y con la cara inclinada hacia el suelo, se acerc&oacute; a la mancha podrida.<br /><br />Entonces levant&oacute; la vista lentamente, como si siguiera una l&iacute;nea hacia el techo, hasta dejar la mirada suspendida en el aire. Su gesto era tan vivo, tan convincente, que Hauberrisser crey&oacute; ver por un momento surgir nuevamente la cruz decapitada.<br /><br />Ya no le cab&iacute;a duda de que era la serpiente lo que el negro miraba, sus ojos permanec&iacute;an clavados en un punto de la altura y sus gruesos labios murmuraban, como si hablara con ella. La expresi&oacute;n de su fisionom&iacute;a cambiaba incesantemente, pasando del deseo ardiente al hast&iacute;o cadav&eacute;rico, de la alegr&iacute;a salvaje a los celos flameantes y la rabia indomable.<br /><br />La inaudible conversaci&oacute;n hab&iacute;a terminado. Dirigi&oacute; la cabeza hacia la puerta y se acurruc&oacute; en el suelo.<br /><br />Hauberrisser lo vio abrir la boca, estaba preso de un espasmo, sac&oacute; la lengua y la retir&oacute; de un golpe, trag&aacute;ndosela, a juzgar por el gutural ruido y los movimientos de los m&uacute;sculos de su garganta.<br /><br />Sus pupilas comenzaron a temblar bajo los p&aacute;rpados abiertos y su rostro se ti&ntilde;&oacute; de un color gris&aacute;ceo, una palidez de muerte.<br /><br />Hauberrisser quiso acercarse a &eacute;l y sacudirlo para que se despertara, pero un cansancio inexplicable lo retuvo sobre la silla, como paralizado, apenas pod&iacute;a levantar el brazo. La catalepsia del negro se le hab&iacute;a contagiado.<br /><br />Como una pesadilla perpetua, inamovible, ajena al tiempo, se extend&iacute;a la habitaci&oacute;n ante sus ojos, con la sombr&iacute;a e inm&oacute;vil silueta del negro.<br /><br />El p&eacute;ndulo mon&oacute;tono de su coraz&oacute;n era lo &uacute;nico que parec&iacute;a continuar vivo. Hasta hab&iacute;an desaparecido sus temores por Eva.<br /><br />Varias veces oy&oacute; campanarios dando la hora, pero era incapaz de contar las campanadas, el let&aacute;rgico semi-sue&ntilde;o interpon&iacute;a entre los sones espacios casi eternos.<br /><br />Deb&iacute;an haber pasado varias horas cuando, por fin, el zul&uacute; empez&oacute; a moverse. Como a trav&eacute;s de un velo, Hauberrisser lo vio levantarse, y a&uacute;n en trance, salir de la habitaci&oacute;n. Junt&oacute; todas sus fuerzas para romper el estado de letargo y baj&oacute; corriendo tras el negro. Pero &eacute;ste ya hab&iacute;a desaparecido; la puerta de la casa estaba abierta de par en par y la espesa e impenetrable niebla hab&iacute;a absorbido todo rastro de Usibepu.<br /><br />Ya iba a volverse cuando escuch&oacute; de repente un paso ligero. Un instante despu&eacute;s Eva emerg&iacute;a del vapor blanquecino y se dirig&iacute;a hacia &eacute;l.<br /><br />Con un grito de j&uacute;bilo la tom&oacute; en sus brazos, pero ella parec&iacute;a totalmente extenuada, no recobr&oacute; el conocimiento hasta que la llev&oacute; a la habitaci&oacute;n y la deposit&oacute; suavemente en un sill&oacute;n. Entonces se mantuvieron abrazados durante largo tiempo, incapaces de concebir lo excesivo de su felicidad. &Eacute;l estaba de rodillas ante Eva, sin poder articular palabra, y ella, llena de ternura, hab&iacute;a cogido entre sus manos la cabeza de Hauberrisser, cubri&eacute;ndolo de besos una y otra vez. El pasado ya era para &eacute;l un mero sue&ntilde;o olvidado, cualquier pregunta acerca de los tr&aacute;gicos sucesos acontecidos, o sobre el paradero de Eva hasta ahora, habr&iacute;a sido como robar tiempo al precioso presente.<br /><br />Un flujo de sonidos invadi&oacute; la habitaci&oacute;n: se hab&iacute;an despertado las campanas de la iglesia. Pero no las oyeron. La p&aacute;lida luz de la ma&ntilde;ana oto&ntilde;al penetraba a trav&eacute;s de los cristales. No repararon en ella. S&oacute;lo ten&iacute;an ojos el uno para el otro. Hauberrisser le acariciaba las mejillas, le besaba las manos, los ojos, la boca, aspiraba el perfume de sus cabellos&hellip; todav&iacute;a no pod&iacute;a creer que era verdad y que sent&iacute;a latir el coraz&oacute;n de Eva contra el suyo.<br /><br />&mdash;&iexcl;Eva, Eva!. &iexcl;No me dejes nunca m&aacute;s!. &iexcl;Dime que nunca m&aacute;s me dejar&aacute;s, Eva!.<br /><br />Ella lo abraz&oacute;, frotando su mejilla contra la de &eacute;l.<br /><br />&mdash;No, no, siempre estar&eacute; cerca de t&iacute;. Incluso en la muerte. &iexcl;Soy tan feliz, tan indeciblemente feliz de haber podido venir a estar contigo!.<br /><br />&mdash;&iexcl;Eva, no hables de la muerte! &mdash;grit&oacute; Hauberrisser al sentir que las manos de su amada se tornaban fr&iacute;as&mdash;. &iexcl;Eva!. &iexcl;Eva!.<br /><br />Sus palabras fueron sofocadas por un torrente de besos.<br /><br />&mdash;No tengas miedo&hellip; ya no puedo abandonarte, amado m&iacute;o. El amor es m&aacute;s fuerte que la muerte. &Eacute;l lo dijo y &iexcl;&eacute;l no miente!. Estaba muerta y &eacute;l me devolvi&oacute; la vida. Siempre me devolver&aacute; la vida, aunque muera.<br /><br />Hablaba como si tuviera fiebre. Hauberrisser la levant&oacute; y la acomod&oacute; en la cama.<br /><br />&mdash;Me ha cuidado durante todo el tiempo que he estado enferma. Durante semanas me volv&iacute; loca, me agarraba al collar rojo que la muerte lleva en el cuello, colgaba en el aire, entre el cielo y la tierra. &iexcl;El rompi&oacute; el collar!. Desde entonces estoy libre. &iquest;No me sentiste a tu lado todo el tiempo, hora tras hora?. &iquest;Por qu&eacute;, por qu&eacute; pasan tan r&aacute;pidamente las horas?&hellip;<br /><br />Le falt&oacute; la voz.<br /><br />&mdash;&iexcl;D&eacute;jame&hellip; d&eacute;jame ser tu mujer!. Quiero ser madre cuando vuelva a estar contigo.<br /><br />Se entregaron a un amor salvaje, infinito. Se sumergieron, los sentidos perdidos, en un oc&eacute;ano de felicidad.<br /><br />* * *<br /><br />&mdash;&iexcl;Eva!. &iexcl;Eva!. &mdash;No contest&oacute;.<br /><br />&mdash;&iexcl;Eva!. &iquest;No me oyes?.<br /><br />Hauberrisser abri&oacute; bruscamente la cortina de la cama.<br /><br />&mdash;&iexcl;Eva!&hellip; &iexcl;Eva!&hellip;<br /><br />Cogi&oacute; su mano, la solt&oacute; y cay&oacute; inerte; escuch&oacute; su coraz&oacute;n y hab&iacute;a dejado de latir; sus ojos se hab&iacute;an quebrado.<br /><br />&mdash;&iexcl;Eva, Eva, Eva! &mdash;dio un grito horrible, se enderez&oacute; y fue hacia la mesa, titubeante&mdash; &iexcl;Agua, ir a por agua!.<br /><br />Entonces se derrumb&oacute;, como alcanzado por un pu&ntilde;etazo en la frente.<br /><br />&mdash;&iexcl;Eva!.<br /><br />El vaso estall&oacute; cort&aacute;ndole los dedos. Se puso de pie de un salto y corri&oacute; hacia la cama, tir&aacute;ndose de los pelos.<br /><br />&mdash;&iexcl;Eva!.<br /><br />Quiso tenerla contra s&iacute;; observ&oacute; la sonrisa de la muerte en su rostro r&iacute;gido y recost&oacute; la cabeza sobre su hombro, gimiendo de dolor.<br /><br />&laquo;Abajo en la calle alguien manipula unos recipientes met&aacute;licos&hellip; &iexcl;La lechera!&hellip; S&iacute;, s&iacute;, claro&hellip; Ruido met&aacute;lico. La lechera&hellip; Ruido met&aacute;lico&hellip;&raquo;. De pronto se sinti&oacute; incapaz de pensar. Oy&oacute; latir cerca de &eacute;l un coraz&oacute;n y cont&oacute; los latidos tranquilos y mon&oacute;tonos sin saber que eran suyos. Maquinalmente, acarici&oacute; las sedosas y largas mechas de cabellos rubios extendidos sobre la almohada. &laquo;&iexcl;Qu&eacute; hermosas son! &iquest;Por qu&eacute; ya no se oye el tic-tac del reloj?&raquo;. Elev&oacute; la mirada. &laquo;El tiempo se ha detenido. Naturalmente. Todav&iacute;a no es de d&iacute;a. Sobre el escritorio hay unas tijeras, y las dos velas del candelabro est&aacute;n encendidas. &iquest;Por qu&eacute; las habr&eacute; encendido?. Me olvid&eacute; de apagarlas cuando se fue el negro. Claro. Y despu&eacute;s ya no tuve tiempo de hacerlo porque vino Eva&hellip; &iquest;Eva?.<br /><br />Est&aacute;&hellip; &iexcl;Est&aacute; muerta!. &iexcl;Muerta!" &mdash;gimi&oacute; una voz en su interior; las llamas del dolor, un dolor terrible, intolerable, le envolvieron.<br /><br />&mdash;&iexcl;Terminar!. &iexcl;Terminar!. &iexcl;Eva!. Tengo que seguirla. &iexcl;Eva, Eva!. Esp&eacute;rame. &iexcl;Eva, tengo que seguirte! &mdash;jadeante, se precipit&oacute; sobre el escritorio y quiso hundirse las tijeras en el coraz&oacute;n, pero se detuvo&mdash;. &iexcl;No, la muerte es demasiado poco!. &iexcl;Saldr&eacute; ciego de este maldito mundo!.<br /><br />Entreabri&oacute; las puntas para clav&aacute;rselas en los ojos, loco de desesperaci&oacute;n, cuando una mano le golpe&oacute; en el brazo con tanta violencia que las tijeras cayeron al suelo con estr&eacute;pito.<br /><br />&mdash;&iquest; Quieres ir al reino de los muertos a buscar a los vivos?. &mdash;Chidher el Verde se encontraba ante &eacute;l, igual que aquel d&iacute;a en la tienda de Jodenbuurt, vestido con un talar negro y los rizos blancos cay&eacute;ndole sobre las sienes.<br /><br />&mdash;&iquest;Crees que "all&iacute;" est&aacute; la realidad?. No es m&aacute;s que un para&iacute;so pasajero para los espectros obcecados, de la misma forma que la Tierra es un para&iacute;so pasajero para los so&ntilde;adores ciegos. Quien no aprende a "ver" en la Tierra tampoco lo har&aacute; en el otro lado. &iquest;Piensas que porque su cuerpo est&eacute; ah&iacute; tendido Eva no podr&aacute; resucitar?. Ella vive, eres t&uacute; quien todav&iacute;a est&aacute; muerto. Quien ha alcanzado la vida una vez, como ella, ya no puede morir, y el que est&aacute; muerto, como t&uacute;, puede nacer a la vida.<br /><br />Cogi&oacute; el candelabro e invirti&oacute; la posici&oacute;n de las dos velas, la de la izquierda hacia la derecha y la de la derecha hacia la izquierda. Hauberrisser dej&oacute; de percibir los latidos de su coraz&oacute;n, como si de golpe hubiera desaparecido de su pecho.<br /><br />&mdash;Tan cierto como que ahora puedes poner la mano en mi costado es que estar&aacute;s unido a Eva cuando tengas la nueva vida espiritual. Que la gente la crea muerta, &iquest;qu&eacute; te importa?. No se puede esperar de los dormidos que vean a los despiertos.<br /><br />&raquo;Hiciste una invocaci&oacute;n del amor pasajero &mdash;se&ntilde;al&oacute; el lugar en el que hab&iacute;a surgido el poste de la serpiente, pos&oacute; su pie sobre la mancha podrida y &eacute;sta desapareci&oacute;&mdash;. Te he tra&iacute;do el amor pasajero porque no me qued&eacute; en la tierra para tomar. Me qued&eacute; para dar. A cada cual lo que desea. Pero los hombres no saben lo que su alma desea. Si lo supieran, ser&iacute;an videntes.<br /><br />&raquo;En la tienda m&aacute;gica del mundo deseaste unos ojos nuevos, para ver las cosas terrestres bajo una nueva luz. Recuerda, &iquest;no te dije que primero tendr&iacute;as que perder los viejos ojos a fuerza de llanto antes de poder recibir unos ojos nuevos?.<br /><br />&raquo;Deseaste conocimiento y te di el diario de uno de los m&iacute;os que vivi&oacute; en esta casa cuando su cuerpo era todav&iacute;a perecedero. Eva dese&oacute; el amor inmortal. Se lo di, y te lo dar&eacute; tambi&eacute;n a t&iacute;, por intermedio de ella. El amor ef&iacute;mero es un amor fantasmal. Cuando veo brotar en la Tierra un amor que se eleva por encima de lo fantasmal, extiendo sobre &eacute;l mis manos como unas ramas protectoras, para preservarlo de la muerte, porque no s&oacute;lo soy el fantasma del rostro verde, tambi&eacute;n soy Chidher, el &aacute;rbol eternamente reverdecido&raquo;.<br /><br />* * *<br /><br />Cuando el ama de llaves, la se&ntilde;ora Ohms, llev&oacute; el desayuno a la habitaci&oacute;n, contempl&oacute; con espanto el cad&aacute;ver de una bella joven tendido sobre la cama, y a Hauberrisser arrodillado ante ella, con la mano de la muerta apretada contra su mejilla.<br /><br />Mand&oacute; un mensajero a buscar a sus amigos, a Pfeill y a Sephardi.<br /><br />Cuando llegaron lo creyeron desmayado y se acercaron a &eacute;l. Retrocedieron aterrados ante la expresi&oacute;n sonriente de su rostro y el brillo de sus ojos.</p>]]></description><pubDate>Tue, 22 Dec 2009 16:25:00 +0000</pubDate></item><item><title>El Rostro Verde (12). Gustav Meyrink. 1916. Cap&#xED;tulo XI</title><link>https://gustavmeyrink.blogia.com/2009/122213-el-rostro-verde-12-gustav-meyrink-1916-capitulo-xi.php</link><guid isPermaLink="true">https://gustavmeyrink.blogia.com/2009/122213-el-rostro-verde-12-gustav-meyrink-1916-capitulo-xi.php</guid><description><![CDATA[<p style="text-align: justify;">Las semanas pasaron y Eva segu&iacute;a sin aparecer. El bar&oacute;n Pfeill y Sephardi se enteraron de la noticia a trav&eacute;s de Hauberrisser, y pusieron en marcha todo lo imaginable para dar con la desaparecida. Fijaron anuncios en todos las calles con sus se&ntilde;as personales y el caso no tard&oacute; en transformarse en el tema de conversaci&oacute;n predilecto de todo Amsterdam.<br /><br />La casa de Hauberrisser se vio asediada por un vaiv&eacute;n cont&iacute;nuo, la gente se api&ntilde;aba ante la puerta, entraban uno tras otro pretendiendo haber encontrado alg&uacute;n objeto perteneciente a Eva. Se ofrec&iacute;a una fuerte recompensa a quien trajese alguna informaci&oacute;n sobre su paradero.<br /><br />Se extendieron diversos rumores seg&uacute;n los cuales hab&iacute;a sido vista en tal o cual sitio; se recibieron cartas an&oacute;nimas pobladas de alusiones oscuras, misteriosas, acusando a personas inocentes de haber raptado a la joven y de tenerla retenida, cartas escritas por locos y por malintencionados; las echadoras de naipes surgieron por docenas, igual que los "videntes" que presum&iacute;an de facultades que no pose&iacute;an. El alma colectiva de la poblaci&oacute;n, que hasta ahora le hab&iacute;a parecido inofensiva, revelaba sus m&aacute;s bajos instintos: la codicia, la maledicencia, la jactancia, las p&eacute;rfidas calumnias. Algunas descripciones llevaban tal sello de veracidad que a menudo Hauberrisser recorr&iacute;a la ciudad, acompa&ntilde;ado por un polic&iacute;a, para entrar en pisos ajenos en los que, seg&uacute;n las declaraciones, se hallaba presa Eva.<br /><br />La esperanza y la decepci&oacute;n jugaban con &eacute;l como una pelota. De pronto no qued&oacute; ni una calle, v&iacute;a o plaza, donde no hubiera registrado una o m&aacute;s casas, yendo siempre tras pistas falsas. Era como si la ciudad se vengara as&iacute; de su anterior indiferencia. Swammerdam ven&iacute;a todas las ma&ntilde;anas a verlo. Esta visita constitu&iacute;a para &eacute;l un consuelo en medio de tanta tristeza. A pesar de llegar siempre con las manos vac&iacute;as, de que su &uacute;nica respuesta a la pregunta habitual era un simple movimiento de cabeza, su expresi&oacute;n de inquebrantable serenidad le transmit&iacute;a una vez m&aacute;s la fuerza necesaria para afrontar los obst&aacute;culos. No volvieron a hablar del manuscrito, pero Hauberrisser intu&iacute;a que &eacute;ste era el verdadero objetivo del viejo coleccionista. Una ma&ntilde;ana, Swammerdam no pudo contenerse m&aacute;s.<br /><br />&mdash;&iquest;Todav&iacute;a no ha comprendido que una hornada de pensamientos ajenos y hostiles est&aacute; asalt&aacute;ndole para quitarle la raz&oacute;n? &mdash;pregunt&oacute;, apartando la vista&mdash;. Si fueran avispas furiosas las que lo atacaran, enseguida sabr&iacute;a de qu&eacute; se trata. &iquest;Por qu&eacute; no hace frente a este enjambre de moscas del destino como si fueran avispas? &mdash;Swammerdam se interrumpi&oacute; bruscamente y se fue de la habitaci&oacute;n.<br /><br />Un poco avergonzado, Hauberrisser reaccion&oacute;. Redact&oacute; una nota en la que dec&iacute;a que estaba de viaje y que todas las informaciones referentes a Eva van Druysen deb&iacute;an comunicarse directamente a la polic&iacute;a de ahora en adelante. Mand&oacute; al ama de llaves que la pegara en la puerta.<br /><br />Pese a eso no consigui&oacute; calmarse. Por lo menos diez veces por hora sent&iacute;a deseos de bajar y arrancar la nota. Cogi&oacute; el rollo y se forz&oacute; a leerlo, pero sus pensamientos se perd&iacute;an en la b&uacute;squeda de Eva tras de cada l&iacute;nea. Cada vez que fijaba su atenci&oacute;n en el papel se dec&iacute;a a s&iacute; mismo que era una idiotez estudiar unas cuestiones tan puramente te&oacute;ricas, tan desconectadas de la realidad, en un momento en el que cada minuto deb&iacute;a dedicarse a la acci&oacute;n.<br /><br />Estaba dispuesto a encerrar el cuaderno en el escritorio cuando sinti&oacute; muy claramente que se hallaba dominado por una fuerza p&eacute;rfida e invisible. Se detuvo un instante para reflexionar, pero m&aacute;s que reflexionar, lo que hizo fue escuchar.<br /><br />&mdash;&iquest;Qu&eacute; fuerza extra&ntilde;a e inquietante es &eacute;sta &mdash;se interrog&oacute; a s&iacute; mismo&mdash;que suplanta a mi propio Yo y me obliga a hacer lo contrario de lo que hab&iacute;a decidido un minuto antes?. &iquest;Quiero leer y no voy a poder?.<br /><br />Hoje&oacute; nuevamente el libro, y cada vez que le surg&iacute;a una dificultad volv&iacute;a a asaltarlo el mismo pensamiento insistente: &laquo;D&eacute;jalo ya, no vas a encontrar el principio. Es un trabajo in&uacute;til&raquo;. Puso en guardia a su voluntad para no permitirle entrar. Su vieja costumbre de autoobservarse exig&iacute;a una vez m&aacute;s sus derechos.<br /><br />&mdash;&iexcl;Si por lo menos pudiera hallar el principio! &mdash;gimi&oacute; dentro de &eacute;l una voz enga&ntilde;osa e hip&oacute;crita mientras pasaba las hojas mec&aacute;nicamente. El texto mismo le dio entonces la respuesta.<br /><br />&laquo;Es el principio &mdash;ley&oacute; en un p&aacute;rrafo al azar, sorprendido de tropezarse justo con esta palabra&mdash; que le falta al hombre. No es que sea dif&iacute;cil encontrarlo, el obst&aacute;culo consiste en la idea obsesiva de tener que buscarlo.<br /><br />&raquo;La vida es misericordiosa, nos regala un comienzo en cada instante. A cada segundo, nos es planteada la cuesti&oacute;n: &iquest;qui&eacute;n soy yo?. Pero no somos nosotros quienes la planteamos, por eso no encontramos el principio.<br /><br />&raquo;Cuando nos la planteemos seriamente, habr&aacute; llegado el d&iacute;a en cuyo crep&uacute;sculo morir&aacute;n aquellos pensamientos par&aacute;sitos que se hab&iacute;an introducido en la fiesta de nuestra alma, para asistir al banquete.<br /><br />&raquo;El arrecife de coral que ha ido construyendo a lo largo de milenios y al que llamamos "nuestro cuerpo" es su obra, su nido, su refugio. Para hacernos al mar, primero tenemos que abrir una brecha en el arrecife de cal y arcilla, y luego tenemos que disolverlo para que vuelva a su estado espiritual original. M&aacute;s tarde te ense&ntilde;ar&eacute; c&oacute;mo construir una casa nueva con las ruinas de este arrecife&raquo;.<br /><br />Hauberrisser deposit&oacute; el rollo sobre la mesa para meditar un poco. Poco le importaba ya que la p&aacute;gina fuera un borr&oacute;n o una copia de una carta que al autor dirig&iacute;a a un desconocido, la segunda persona empleada en el texto hab&iacute;a conseguido capturarlo, hacerle creer que &eacute;l era el &uacute;nico destinatario. Decidi&oacute; interpretar el manuscrito en este sentido de ahora en adelante. Repar&oacute; especialmente en una cosa: el escrito, a veces, se parec&iacute;a a un discurso tal como hubieran podido pronunciarlo Pfeill, Sephardi o Swammerdam. Ahora comprend&iacute;a que los tres estaban impregnados del mismo esp&iacute;ritu que emanaba de la agenda enrollada, los tres se hab&iacute;an convertido en una especie de dobles para lograr que el peque&ntilde;o se&ntilde;or <br />Hauberrisser, actualmente tan desamparado y tan hastiado del mundo, se transformara en un ser realizado.<br /><br />&laquo;Ahora escucha lo que tengo que decirte: &iexcl;&Aacute;rmate para los tiempos venideros!.<br /><br />&raquo;Pronto el reloj del universo dar&aacute; las doce, la cifra es roja y est&aacute; ba&ntilde;ada de sangre. Por este signo la reconocer&aacute;s. La primera hora nueva ser&aacute; precedida por un hurac&aacute;n. Vela para que no te sorprenda dormido, porque los que entren en el nuevo d&iacute;a con los ojos cerrados seguir&aacute;n siendo las mismas bestias de antes y ya nunca se despertar&aacute;n. Existe un equinoccio espiritual. La primera hora nueva de la que te he hablado es un punto de inversi&oacute;n a partir del cual la luz se coloca en equilibrio con la oscuridad.<br /><br />&raquo;Durante otro milenio m&aacute;s, los hombres aprendieron a dominar la naturaleza y a descifrar sus leyes. Bienaventurados aquellos que comprendieron el sentido de tal trabajo, los que captaron que la ley interior es igual a la exterior, pero una octava m&aacute;s alta. Estos son los llamados a la cosecha, los dem&aacute;s son siervos que labran la tierra con la vista inclinada.<br /><br />&raquo;Desde el diluvio est&aacute; oxidada la llave que abre nuestra naturaleza interior. La clave es estar despierto, estar despierto lo es todo. De nada est&aacute; m&aacute;s convencido el hombre que de estar despierto. Pero en realidad se halla preso en una red de ensue&ntilde;os que &eacute;l mismo ha tejido. Cuanto m&aacute;s apretada est&eacute; la red, m&aacute;s s&oacute;lido ser&aacute; el reino del sue&ntilde;o. Los que se enredan en ella duermen, andan por la vida como manadas hacia el matadero, ap&aacute;ticos, indiferentes, sin pensar.<br /><br />&raquo;Los so&ntilde;adores de entre ellos no ven sino a trav&eacute;s de las mallas un mundo enrejado, no ven sino porciones enga&ntilde;osas, no saben que se trata de fragmentos desprovistos de sentido de un todo gigantesco, y gu&iacute;an su conducta por ellos. Tales so&ntilde;adores no son los poetas ni las personas fant&aacute;sticas, como podr&iacute;as creer. Son los hacendosos, los laboriosos, los incansables de este mundo, los ro&iacute;dos por la rabia de actuar. Se parecen a feos escarabajos afan&aacute;ndose por escalar un tubo liso, escalarlo y volverse a caer una vez arriba.<br /><br />&raquo;Se imaginan que est&aacute;n despiertos, pero lo que creen vivir no es en realidad m&aacute;s que un sue&ntilde;o predeterminado hasta en el menor detalle y en el que la voluntad no tiene ninguna influencia. Ha habido y hay algunas personas conscientes de que sue&ntilde;an, son pioneros aproxim&aacute;ndose al baluarte. Detr&aacute;s de ellos se esconde un Yo eternamente despierto, videntes como Goethe, Schopenhauer y Kant, pero carec&iacute;an de las armas imprescindibles para tomar al asalto la fortaleza y su llamada a la lucha no despert&oacute; a los dormidos.<br /><br />&raquo;Estar despierto lo es todo.<br /><br />&raquo;El primer paso es tan sencillo que est&aacute; al alcance de cualquier ni&ntilde;o. El que no sabe c&oacute;mo se anda no quiere renunciar a las muletas heredadas de sus antepasados. Estar despierto lo es todo.<br /><br />&raquo;Est&aacute; despierto en todo lo que hagas. No creas que ya lo est&aacute;s. No, est&aacute;s durmiendo y so&ntilde;ando.<br /><br />&raquo;Junta todas tus fuerzas y, durante un momento, obl&iacute;gate a sentir c&oacute;mo recorre tu cuerpo esta sensaci&oacute;n: &iexcl;ahora estoy despierto!. Si consigues experimentar esa sensaci&oacute;n reconocer&aacute;s inmediatamente que tu anterior estado era como el de un son&aacute;mbulo, como el de un drogado.<br /><br />&raquo;Es el primer paso todav&iacute;a vacilante de un largo, largo viaje desde la servidumbre hacia la omnipotencia. Avanza as&iacute;, de despertar en despertar.<br /><br />&raquo;No hay un s&oacute;lo pensamiento torturador que no pueda vencerse de esta manera. Lo dejas en el camino y ya no podr&aacute; alcanzarte, te elevar&aacute;s sobre &eacute;l como la copa del &aacute;rbol se eleva por encima de las ramas secas.<br /><br />&raquo;Una vez que hayas logrado extender el estado de vigilia a tu cuerpo, los dolores cesar&aacute;n por s&iacute; mismos como hojas marchitas. Los ba&ntilde;os por inmersi&oacute;n en agua helada de los jud&iacute;os y los brahmanes, las vigilias nocturnas de los disc&iacute;pulos budistas y los ascetas cristianos, los suplicios a que se someten los faquires de la India, no son m&aacute;s que ritos externos petrificados, vestigios de un esfuerzo prehist&oacute;rico por despertar y permanecer despierto. Lee los libros sagrados de todos los pueblos de la Tierra. La ense&ntilde;anza secreta acerca del estado de vigilia los recorre en su totalidad como un hilo rojo. Es la escalera del cielo de Jacob, que luch&oacute; durante toda la noche con el &aacute;ngel del Se&ntilde;or, hasta que el "d&iacute;a" le trajo la victoria. Debes subir de escal&oacute;n en escal&oacute;n, de luz en luz, si deseas vencer a la muerte; las armas de la muerte son el sue&ntilde;o y el aturdimiento. El escal&oacute;n inferior de la escalera de Jacob se llama "genio". &iquest;Con qu&eacute; palabras podr&iacute;amos designar los escalones superiores?. La masa los desconoce y los considera como leyendas. La historia de Troya tambi&eacute;n fue considerada una leyenda durante siglos, hasta que alguien tuvo el coraje de comprobarla realizando excavaciones.<br /><br />&raquo;En el camino del despertar, tu primer enemigo ser&aacute; tu propio cuerpo. Luchar&aacute; contra t&iacute; hasta el primer canto del gallo. Pero si llegas a ver amanecer el d&iacute;a de la eterna vigilia, te distinguir&aacute;s de todos esos son&aacute;mbulos que se creen seres humanos y son en realidad dioses dormidos; entonces el sue&ntilde;o se alejar&aacute; para siempre de tu cuerpo y ser&aacute;s due&ntilde;o del universo.<br /><br />&raquo;Ser&aacute;s capaz de obrar milagros si lo deseas, y ya no tendr&aacute;s que esperar humildemente que a alg&uacute;n falso dios le plazca obsequiarte&hellip; o cortarte la cabeza.<br /><br />&raquo;Una felicidad habr&aacute; desaparecido para t&iacute;: la felicidad del perro fiel, siempre contento de reconocer la superioridad de un amo al que puede servir. Preg&uacute;ntate: &iquest;cambiar&iacute;as, incluso en tu estado actual, tu vida por la de tu perro?.<br /><br />&raquo;&iexcl;Que no te espante el temor de no alcanzar la meta en esta vida!. El que pisa una vez nuestro camino, siempre volver&aacute; al mundo con una madurez interna suficiente para continuar su trabajo. Nace como "genio".<br /><br />&raquo;El camino que te muestro est&aacute; sembrado de extraordinarias experiencias: personas ya fallecidas, a las que t&uacute; conoc&iacute;as en vida, resucitar&aacute;n ante t&iacute; y te hablar&aacute;n. Se te aparecer&aacute;n formas luminosas, ba&ntilde;adas de claridad, que te bendecir&aacute;n. &iexcl;No ser&aacute;n m&aacute;s que im&aacute;genes!&hellip; im&aacute;genes emanadas de tu cuerpo cayendo en una m&aacute;gica muerte bajo la influencia de tu voluntad transformada, formas que se convertir&aacute;n de materia en esp&iacute;ritu de la misma manera que el hielo se disuelve en nubes de vapor al entrar en contacto con el fuego.<br /><br />&raquo;Cuando todo lo cadav&eacute;rico haya sido arrancado de tu cuerpo podr&aacute;s decir que el sue&ntilde;o se ha alejado de t&iacute; para siempre. Entonces se consumar&aacute; ese milagro que los seres humanos no pueden creer porque no lo comprenden, porque no saben que materia y energ&iacute;a son la misma cosa, el milagro de que, aunque te entierren, no haya cad&aacute;ver en el ata&uacute;d.<br /><br />&raquo;S&oacute;lo entonces, y no antes, sabr&aacute;s distinguir la esencia de la apariencia. Aquel a quien encuentres en esos momentos no podr&aacute; ser sino uno de los que te precedieron en el camino. Los dem&aacute;s s&oacute;lo ser&aacute;n sombras.<br /><br />&raquo;Hasta ese instante no sabr&aacute;s si eres el m&aacute;s desdichado o el m&aacute;s feliz de los hombres. Pero no temas, ninguno de los que optaron por el camino del despertar fue abandonado por sus gu&iacute;as, aunque se extraviaran.<br /><br />&raquo;Voy a decirte c&oacute;mo podr&aacute;s reconocer si una aparici&oacute;n es realidad o es una quimera: si se te acerca mientras tu conciencia est&aacute; turbada, y los objetos del mundo exterior se confunden o se desvanecen ante tus ojos, entonces no te fies. &iexcl;Tienes que estar ojo avizor!. Porque es una parte de t&iacute;&hellip; Si no adivinas su significado oculto, no es m&aacute;s que un fantasma sin consistencia, una sombra, un ladr&oacute;n que roe tu vida.<br /><br />&raquo;Los ladrones que roban la fuerza del alma son peores que los ladrones de la Tierra. Te atraen como fuegos fatuos hacia el pantano de una enga&ntilde;osa esperanza para abandonarte en las tinieblas y desaparecer para siempre.<br /><br />&raquo;No te dejes enga&ntilde;ar por ning&uacute;n milagro aparente que hagan para ayudarte, por ning&uacute;n nombre sagrado que adopten, por ninguna profec&iacute;a que puedan enunciar, aunque &eacute;sta se cumpliera; son tus enemigos mortales, deshauciados del infierno de tu cuerpo, contra ellos habr&aacute;s de luchar por la supremac&iacute;a.<br /><br />&raquo;Las fuerzas que exhiben son las tuyas propias, se han apoderado de ellas para mantenerte en la esclavitud. No pueden vivir m&aacute;s que a costa de tu vida, pero si los vences, se derrumbar&aacute;n, se convertir&aacute;n en d&oacute;ciles instrumentos que podr&aacute;s mantener a tu antojo. Son innumerables las v&iacute;ctimas que se han cobrado entre los hombres. Repasa la historia de los visionarios y los sectarios, constatar&aacute;s que la v&iacute;a que sigues est&aacute; cubierta de cr&aacute;neos. De forma inconsciente la humanidad ha levantado un muro contra ellos: el materialismo. Este muro constituye una protecci&oacute;n infalible; es un s&iacute;mbolo del cuerpo y al mismo tiempo es una prisi&oacute;n que impide ver lo que hay m&aacute;s all&aacute;.<br /><br />&raquo;Ahora, cuando el muro se desmorona lentamente y el f&eacute;nix de la vida interior renace de sus cenizas, los buitres de otro mundo comienzan tambi&eacute;n a batir sus alas. Por ello, ten cuidado. S&oacute;lo la balanza en la que pesar&aacute;s tu conciencia te podr&aacute; indicar si puedes fiarte de las apariciones, cuanto m&aacute;s despierta est&eacute; tu conciencia en mayor medida se inclinar&aacute; a tu favor la balanza. Si un gu&iacute;a o un hermano espiritual se te aparece, tendr&aacute; que hacerlo sin saquear tu conciencia; como el incr&eacute;dulo Tom&aacute;s, podr&aacute;s poner tu mano en su costado.<br /><br />&raquo;Ser&iacute;a f&aacute;cil evitar las apariciones y sus peligros, bastar&iacute;a que te comportaras como una persona normal. &iquest;Pero qu&eacute; ganar&iacute;as con ello?. Quedar&iacute;as aprisionado en la c&aacute;rcel de tu cuerpo hasta que el verdugo "muerte" te arrastrara al cadalso. El deseo de los mortales de contemplar a los seres sobrenaturales despierta simult&aacute;neamente a los fantasmas de los infiernos, porque es un deseo impuro, &aacute;vido, porque prefiere "tomar" en lugar de suplicar que se le ense&ntilde;e a "dar".<br /><br />&raquo;Toda persona que vive en la Tierra como en una prisi&oacute;n, todo ser piadoso que implora su salvaci&oacute;n, todos conjuran sin darse cuenta el mundo de los fantasmas. Hazlo t&uacute; tambi&eacute;n. &iexcl;Pero hazlo conscientemente!. &iquest;Existe una mano que guarda a aqu&eacute;llos que lo hacen inconscientemente, convirtiendo en islotes los pantanos donde deber&iacute;an extraviarse inexorablemente?. No quisiera negarlo rotundamente, ya que no lo s&eacute;, pero no lo creo.<br /><br />&raquo;Cuando tu camino atraviesa el reino de los fantasmas, te percatar&aacute;s poco a poco de que no son m&aacute;s que pensamientos que de golpe se han hecho visibles. Esta es la raz&oacute;n de que te parezcan extra&ntilde;os y adopten formas de criaturas, el lenguaje de las formas es distinto del lenguaje del cerebro.<br /><br />&raquo;Entonces habr&aacute; llegado el momento de que se lleve a cabo en t&iacute; una transformaci&oacute;n ins&oacute;lita: las personas que te rodean se convertir&aacute;n en fantasmas.<br /><br />&raquo;Todos los seres que has amado se convertir&aacute;n s&uacute;bitamente en espectros. Incluido tu propio cuerpo.<br /><br />&raquo;Es la soledad m&aacute;s terrible que uno pueda imaginar, la soledad de un peregrino en un desierto donde quien no sabe hallar la fuente de la vida est&aacute; condenado a morir de sed. Cuanto acabo de decirte est&aacute; escrito igualmente en los libros de los hombres piadosos de todos los pueblos: la venida de un nuevo reino, la vigilia, la superaci&oacute;n del cuerpo y de la soledad. <br />No obstante, un abismo infranqueable nos separa de estos religiosos, ellos creen que los hombres buenos entrar&aacute;n un d&iacute;a en el para&iacute;so, y que los malos ser&aacute;n arrojados a las tinieblas del infierno, nosotros sabemos que llegar&aacute; un tiempo en el que muchos despertar&aacute;n y ser&aacute;n separados de los que duermen, como los amos se separan de los esclavos. Los que est&aacute;n dormidos no pueden comprender a los despiertos. Nosotros sabemos que el bien y el mal no existen, sino solo la "verdad" y el "error". Ellos creen que el "estado de vigilia" consiste en entregarse a las oraciones, manteniendo abiertos los ojos y los sentidos durante toda la noche, nosotros sabemos que el "estado de vigilia" es un despertar del Yo inmortal, y que la falta de sue&ntilde;o experimentada por el cuerpo es una consecuencia natural de ese despertar. Ellos creen que hay que descuidar y despreciar al cuerpo porque es pecaminoso, nosotros sabemos que el pecado no existe, que tenemos que comenzar por el cuerpo y que hemos bajado a la Tierra para transformarlo en esp&iacute;ritu. Ellos creen que para purificar el esp&iacute;ritu es necesario retirarse a la soledad con el cuerpo, nosotros sabemos que hay que incomunicar primero al esp&iacute;ritu para transfigurar el cuerpo. S&oacute;lo a t&iacute; te incumbe elegir tu camino, el nuestro o el de ellos. Tu elecci&oacute;n debe efectuarse por tu propia y libre voluntad. Yo no tengo derecho a aconsejarte. Vale m&aacute;s cosechar el fruto amargo de la propia iniciativa que seguir un consejo ajeno y contemplar un fruto dulce en el &aacute;rbol.<br /><br />&raquo;No act&uacute;es como tantos que pese a conocer muy bien lo que est&aacute; escrito: "examinad todas las cosas y conservad de entre ellas la mejor", no examinan nada y conservan lo primero que se les presenta.&raquo;<br /><br />* * *<br /><br />La p&aacute;gina hab&iacute;a llegado a su fin, el tema qued&oacute; interrumpido. Al cabo de un rato de b&uacute;squeda, Hauberrisser crey&oacute; haber encontrado la continuaci&oacute;n. El desconocido al cual iba dirigido el texto parec&iacute;a haberse decidido por la "v&iacute;a pagana de la dominaci&oacute;n del pensamiento", porque el autor continuaba su discurso en otro folio bajo el t&iacute;tulo de:<br /><br />&laquo;"EL F&Eacute;NIX"<br /><br />&raquo;En el d&iacute;a de hoy has sido admitido en nuestra comunidad, eres un nuevo eslab&oacute;n de la cadena que se extiende de eternidad en eternidad.<br /><br />&raquo;Mi responsabilidad termina aqu&iacute;, pasa a manos de otro a quien t&uacute; no puedes ver en tanto que tus ojos no dejen de pertenecer a la tierra.<br /><br />&raquo;Est&aacute; infinitamente lejos de t&iacute;, y sin embargo, est&aacute; muy cerca, no lo separa de t&iacute; el espacio, pero est&aacute; m&aacute;s all&aacute; de los l&iacute;mites del universo. Te rodea por todas partes como el agua rodea al nadador en el oc&eacute;ano, pero t&uacute; no sientes su presencia.<br /><br />&raquo;Nuestro s&iacute;mbolo es el f&eacute;nix, el s&iacute;mbolo del rejuvenecimiento, el &aacute;guila legendaria del cielo de Egipto, un &aacute;guila de plumaje purp&uacute;reo y dorado que tras consumirse en su nido de mirra vuelve siempre a renacer de sus cenizas.<br /><br />&raquo;Te dije que el principio del camino es tu propio cuerpo: quien sabe esto, puede iniciar el viaje en cualquier momento. Ahora te ense&ntilde;ar&eacute; a dar los primeros pasos: Debes separarte de tu cuerpo, pero sin querer abandonarlo, desprendi&eacute;ndote de &eacute;l como si aislaras la luz del calor. Ah&iacute; acecha ya tu primer enemigo.<br /><br />&raquo;Quien se arranca de su cuerpo para atravesar los espacios corre el riesgo de hacer lo mismo que las brujas, que no hacen m&aacute;s que extraer un cuerpo fantasmal de su grosero cuerpo terrestre, y montarlo como una escoba para acudir al aquelarre. La humanidad, con un instinto seguro, se ha forjado una protecci&oacute;n contra este peligro: se reserva siempre una <br />incr&eacute;dula sonrisa frente a la posibilidad de tales artilugios. T&uacute; ya no necesitas la duda para protegerte, t&uacute; tienes en lo que te he dado una armadura mucho m&aacute;s eficaz. Las brujas se imaginan estar participando en el aquelarre mientras que en realidad su cuerpo yace r&iacute;gido e inconsciente en la habitaci&oacute;n. Cambian la percepci&oacute;n terrestre por otra espiritual y dejan escapar lo mejor para ganar lo peor, en lugar de enriquecerse se empobrecen.<br /><br />&raquo;Ya habr&aacute;s deducido que ese no es el camino del despertar. Para comprender que t&uacute; no eres tu cuerpo &mdash;en contra de lo que piensan la mayor&iacute;a de los humanos&mdash; debes reconocer las armas con las cuales lucha por dominarte. Es cierto que por el momento est&aacute;s en su poder, tu vida se apagar&iacute;a si tu coraz&oacute;n dejara de latir y todo se hace oscuridad cuando &eacute;l cierra los ojos. T&uacute; crees que te mueves, pero s&oacute;lo es una ilusi&oacute;n, es &eacute;l quien se mueve sirvi&eacute;ndose de tu voluntad. T&uacute; crees pensar pero es &eacute;l quien genera los pensamientos, te hace creer que proceden de t&iacute; para que hagas todo lo que quiera. Si&eacute;ntate erguido y proponte no mover ni un s&oacute;lo miembro, no parpadear, quedarte inm&oacute;vil como una estatua: ver&aacute;s c&oacute;mo se abalanza sobre t&iacute; inmediatamente, lleno de odio, para obligarte a que te sometas nuevamente a &eacute;l. Te combatir&aacute; de mil maneras hasta que le permitas moverse de nuevo, su descomunal furor y su precipitaci&oacute;n en la lucha te pueden indicar hasta qu&eacute; punto teme por su supremac&iacute;a, y lo grande que debe ser tu poder para que recele tanto de t&iacute;.<br /><br />&raquo;Pero tu cuerpo esconde una trampa, pretende inducirte a pensar que es en este terreno, el de la voluntad interior, donde se libra la batalla decisiva por la supremac&iacute;a, pero esto solamente son escaramuzas en las cuales, si fuera necesario, estar&iacute;a dispuesto a dejarte vencer con objeto de subyugarte despu&eacute;s a&uacute;n m&aacute;s ferozmente. Los que consiguen la victoria en tales escaramuzas se convierten en los m&aacute;s desgraciados de los esclavos; se toman por vencedores y llevan en la frente un estigma: "car&aacute;cter fuerte". El fin que t&uacute; persigues no consiste en disciplinar tu cuerpo, le prohibes moverse con la &uacute;nica intenci&oacute;n de reconocer las fuerzas de que dispones. Dichas fuerzas son numeros&iacute;simas, y por ello, casi insuperables. <br />Podr&aacute;s sentir c&oacute;mo las dirige contra t&iacute;, una tras otra, si perseveras en esta medida aparentemente tan simple: permanecer inm&oacute;vil. Primero experimentar&aacute;s la potencia de los m&uacute;sculos que tienden a vibrar y temblar, el hervor de la sangre ba&ntilde;ando de sudor tu rostro, los latidos violentos del coraz&oacute;n, escalofr&iacute;os en la piel hasta que el vello se te eriza, vacilar todo tu cuerpo como si el centro de gravedad se hubiese desplazado. Todo esto podr&aacute;s superarlo a trav&eacute;s de la voluntad, pero no ser&aacute; solamente la voluntad: habr&aacute; ya un estado superior de vigilia escondido detr&aacute;s de ella, invisible bajo su yelmo m&aacute;gico. Incluso esta victoria carece de valor. Aunque llegaras a controlar tu respiraci&oacute;n y los latidos de tu coraz&oacute;n continuar&iacute;as siendo un "fakir", un "pobre". &iexcl;Un "pobre"!, la palabra lo dice todo&hellip;<br /><br />&raquo;Los siguientes adversarios que te opondr&aacute; tu cuerpo son los escurridizos enjambres de moscas del cerebro, los pensamientos. Contra ellos ya no sirve la espada de la voluntad. Cuanto m&aacute;s la blandas, m&aacute;s furiosamente zumbar&aacute;n a tu alrededor, y si lograras ahuyentarlos, aunque s&oacute;lo fuera un instante, ser&iacute;as vencido de otro modo: durmi&eacute;ndote, en los sue&ntilde;os.<br /><br />&raquo;En vano les ordenar&aacute;s que se mantengan quietos, s&oacute;lo hay una manera de escapar de ellos: refugi&aacute;ndote en el estado de vigilia superior.<br /><br />&raquo;La forma de alcanzar ese nivel debes hallarla por t&iacute; mismo. Tu sensibilidad tendr&aacute; que tantear incesante y cautelosamente, y al mismo tiempo tendr&aacute;s que exhibir una f&eacute;rrea decisi&oacute;n. Eso es todo lo que puedo decirte sobre el tema. Cualquier consejo que se te diera en relaci&oacute;n con esta penosa lucha ser&iacute;a como un veneno. Est&aacute;s frente a un escollo que nadie, salvo t&uacute; mismo, puede ayudarte a franquear.<br /><br />&raquo;No hace falta que ahuyentes los pensamientos para siempre. La lucha contra ellos tiene un prop&oacute;sito claro: llegar al estado superior de vigilia.<br /><br />&raquo;Despu&eacute;s de alcanzar dicho estado se te acercar&aacute; el reino de los fantasmas de que te habl&eacute;.<br /><br />&raquo;Surgir&aacute;n formas espantosas, luminiscentes, querr&aacute;n hacerte creer que proceden de otro mundo. Pero no ser&aacute;n sino pensamientos que todav&iacute;a no habr&aacute;s dominado, pensamientos que adoptan una forma invisible.<br /><br />&raquo;Recuerda esto: &iexcl;cuanto m&aacute;s majestuosa sea su apariencia, m&aacute;s nocivos resultar&aacute;n para t&iacute;!.<br /><br />&raquo;Muchas falsas creencias se elaboraron a partir de estas apariciones, haciendo que la humanidad retrocediera hacia las tinieblas. No obstante, cada uno de estos fantasmas posee un sentido profundo; no son s&oacute;lo im&aacute;genes. En lo que a t&iacute; se refiere, y entiendas o no su lenguaje simb&oacute;lico, son las marcas que se&ntilde;alan el nivel que has alcanzado en tu evoluci&oacute;n espiritual.<br /><br />&raquo;La etapa siguiente ya te la mencion&eacute;, en ella tus contempor&aacute;neos se convertir&aacute;n en fantasmas ante tus ojos. Esta etapa, como todo lo relacionado con el dominio espiritual, alberga simult&aacute;neamente el veneno y el antidoto.<br /><br />&raquo;Si te estancas en el punto de considerar a los humanos como a fantasmas, entonces s&oacute;lo habr&aacute;s absorbido el veneno, y ser&aacute;s como aqu&eacute;l de quien dicen las Escrituras: "Si no tienes amor, est&aacute;s vac&iacute;o como el metal que resuena". Pero si descubres el sentido oculto en cada una de estas sombras humanas, ver&aacute;s con los ojos del esp&iacute;ritu, y no s&oacute;lo su n&uacute;cleo vivo, sino tambi&eacute;n el tuyo propio. Entonces te ser&aacute; devuelto cuanto te fue quitado, como a Job. Estar&aacute;s&hellip; de nuevo&hellip; donde estabas antes, como gustan comentar ir&oacute;nicamente los insensatos. No saben que es muy distinto volver a casa tras una larga estancia en el extranjero que no haber salido nunca de ella.<br /><br />&raquo;Una vez que hayas alcanzado este punto, nadie sabe si se te conceder&aacute;n los poderes milagrosos que pose&iacute;an los profetas de la antig&uuml;edad, o si en lugar de ello encontrar&aacute;s la paz eterna. Tales fuerzas constituyen un don deliberado de quienes detentan la clave de los misterios.<br /><br />&raquo;Si las recibes y te sirves de ellas, debe ser en inter&eacute;s de la humanidad, que necesita signos as&iacute;.<br /><br />&raquo;Nuestra v&iacute;a acaba en la plena madurez, cuando la hayas conseguido ser&aacute;s digno de recibir el regalo de los poderes. &iquest;Te ser&aacute;n concedidos?. No lo s&eacute;.<br /><br />&raquo;Pero de las dos maneras te habr&aacute;s convertido en un f&eacute;nx, en tu mano est&aacute; alcanzarlo por la fuerza.<br /><br />&raquo;Antes de despedirme de t&iacute; quisiera ense&ntilde;arte c&oacute;mo podr&aacute;s reconocer un d&iacute;a, en el momento del "gran equinoccio", si est&aacute;s llamado a obtener el don de las fuerzas milagrosas. Escucha: Uno de aquellos que poseen la clave de los misterios se qued&oacute; en la Tierra para buscar y agrupar a los llamados. Al igual que &eacute;l no puede morir, su leyenda tampoco morir&aacute;. <br />Algunos sospechan que se trata del "Jud&iacute;o Errante", otros lo llaman Elias. Los gn&oacute;sticos pretenden identificarlo con Juan el Evangelista. Cualquiera que afirma haberlo visto describe su aspecto de modo distinto. No te dejes desconcertar si en el futuro encuentras personas que te lo describan as&iacute;. Es muy natural que cada uno lo vea de una manera. Un ser como &eacute;l, que ha transformado su cuerpo en esp&iacute;ritu, ya no est&aacute; ligado a ninguna forma fija.<br /><br />&raquo;Un ejemplo te mostrar&aacute; que tanto su forma como su rostro no pueden ser sino im&aacute;genes, im&aacute;genes que son una fantasmal apariencia de lo que en realidad es.<br /><br />&raquo;Supon que se te aparece como un ser de color verde. El verde, aunque puedas verlo, no es ning&uacute;n color en s&iacute; mismo, resulta de la combinaci&oacute;n del azul y el amarillo.<br /><br />&raquo;Esto lo saben todos los pintores. Pero pocos son los que saben que el mundo que nos rodea es como el color verde, que en verdad no es lo que parece ser.<br /><br />&raquo;Deduce de este ejemplo que si se te apareciera como un hombre de rostro verde, ello significar&aacute; que su aut&eacute;ntico rostro a&uacute;n no te ha sido revelado.<br /><br />&raquo;Si lo ves tal como es en realidad, es decir, como una forma geom&eacute;trica, como un sello en el cielo que nadie salvo t&uacute; puede ver, entonces sabr&aacute;s que est&aacute;s llamado a obrar milagros. Yo lo encontr&eacute; como un ser de carne y hueso, y pude poner mi mano en su costado. Su nombre era&hellip;&raquo;.<br /><br />Hauberriser adivin&oacute; el nombre. Estaba escrito sobre la p&aacute;gina que llevaba consigo constantemente, era ese nombre que se presentaba ante &eacute;l con tanta persistencia:<br /><br />"Chidher el Verde"</p>]]></description><pubDate>Tue, 22 Dec 2009 16:24:00 +0000</pubDate></item><item><title>El Rostro Verde (11). Gustav Meyrink. 1916. Cap&#xED;tulo X</title><link>https://gustavmeyrink.blogia.com/2009/122212-el-rostro-verde-11-gustav-meyrink-1916-capitulo-x.php</link><guid isPermaLink="true">https://gustavmeyrink.blogia.com/2009/122212-el-rostro-verde-11-gustav-meyrink-1916-capitulo-x.php</guid><description><![CDATA[<p style="text-align: justify;">El primer acto de Sephardi, la ma&ntilde;ana siguiente a su visita a Hilversum, consisti&oacute; en ir a ver al psiquiatra Debrouwer para informarse sobre el caso de L&aacute;zaro Eidotter.<br /><br />Estaba demasiado convencido de la inocencia del viejo jud&iacute;o como para no sentirse obligado a intervenir en favor de su correligionario, m&aacute;s en cuanto que el doctor Debrouwer pasaba por ser un alienista extremadamente mediocre y de diagn&oacute;stico poco seguro.<br /><br />Aunque Sephardi s&oacute;lo hab&iacute;a visto a Eidotter una vez en su vida, sent&iacute;a gran simpat&iacute;a por &eacute;l.<br /><br />El s&oacute;lo hecho de que formara parte de un c&iacute;rculo de m&iacute;sticos cristianos siendo jud&iacute;o, permit&iacute;a suponer que era un Chassid cabal&iacute;stico, y todo lo referente a esta extra&ntilde;a secta jud&iacute;a le interesaba en el mayor grado.<br /><br />* * *<br /><br />No se hab&iacute;a equivocado al suponer que el psiquiatra emitir&iacute;a un juicio totalmente err&oacute;neo. Apenas hab&iacute;a expresado su convicci&oacute;n de que Eidotter era inocente y de que sus confesiones se explicaban por un ataque de histeria, cuando fue interrumpido por el doctor Debrouwer, cuyo exterior delataba al pseudocient&iacute;fico de cabeza hueca:<br /><br />&mdash;El examen no ha revelado ninguna anomal&iacute;a. S&oacute;lo lo tengo en observaci&oacute;n desde ayer, pero est&aacute; claro que no hay ning&uacute;n s&iacute;ntoma patol&oacute;gico.<br /><br />&mdash;&iquest;Considera, entonces, que el viejo es un asesino consciente y que su confesi&oacute;n es ver&iacute;dica? &mdash;pregunt&oacute; el doctor Sephardi con sequedad.<br /><br />Los ojos del m&eacute;dico adoptaron una expresi&oacute;n de inteligencia sobrenatural. Se coloc&oacute; h&aacute;bilmente a contraluz, para que el reflejo de sus peque&ntilde;as gafas ovaladas realzara a&uacute;n m&aacute;s, si cab&iacute;a, su imponente rostro de pensador. Bajando la voz, como si de un secreto se tratara, dijo en tono misterioso:<br /><br />&mdash;No es que Eidotter sea el asesino, pero s&iacute; es c&oacute;mplice. Se trata de una conspiraci&oacute;n.<br /><br />&mdash;&iquest;Ah, s&iacute;?. &iquest;Y en qu&eacute; basa usted esa conclusi&oacute;n?.<br /><br />El doctor Debrouwer se inclin&oacute; hacia delante y susurr&oacute;:<br /><br />&mdash;Su confesi&oacute;n coincide en ciertos puntos con los hechos, por consiguiente, debe conocerlos. Se denunci&oacute; a s&iacute; mismo como asesino para que sus c&oacute;mplices tuvieran tiempo de escapar.<br /><br />&mdash;Se conocen, pues, todos los detalles del asesinato.<br /><br />&mdash;Desde luego. Uno de nuestros m&aacute;s c&eacute;lebres criminalistas los descubri&oacute; a partir del dictamen pericial. El zapatero Klinkherbogk, en un ataque de&hellip; dementia praecox &mdash;Sephardi tuvo que contener la sonrisa&mdash; apu&ntilde;al&oacute; a su nieta con una lezna, y cuando se dispon&iacute;a a abandonar el cuarto, fue asesinado por el criminal que acababa de entrar a la habitaci&oacute;n. Despu&eacute;s, el asesino tir&oacute; el cad&aacute;ver por la ventana, al canal. Se ha encontrado una corona de papel dorado que pertenec&iacute;a a Klinkherbogk flotando sobre el agua.<br /><br />&mdash;&iquest;Y el relato de Eidotter es exactamente igual?.<br /><br />&mdash;&iexcl;S&iacute;, precisamente! &mdash;el doctor Debrouwer solt&oacute; una carcajada&mdash;. Cuando los inquilinos supieron lo del asesinato, algunos de ellos quisieron despertar a Eidotter y lo encontraron desmayado, sin conocimiento. Est&aacute; claro que fing&iacute;a. Y por otra parte, de no haber participado en el crimen, no pod&iacute;a saber que la peque&ntilde;a muri&oacute; acuchillada por una lezna, no obstante lo mencion&oacute; expresamente en su confesi&oacute;n. El hecho de que tambi&eacute;n se haya declarado culpable del infanticidio tiene f&aacute;cil explicaci&oacute;n: lo hizo para confundir a la polic&iacute;a.<br /><br />&mdash;&iquest;Y de qu&eacute; modo pretende haber sorprendido al zapatero?.<br /><br />&mdash;Afirma que se subi&oacute; por una cadena que cuelga desde el tejado hasta el agua del canal, y luego dice que le rompi&oacute; el cuello a Klinkherbogk, que lo hab&iacute;a recibido alegre y con los brazos abiertos. Puras tonter&iacute;as, desde luego.<br /><br />&mdash;Dice usted que es imposible que supiera lo de la lezna. &iquest;No podr&iacute;a hab&eacute;rselo dicho alguien antes de entregarse a la polic&iacute;a?.<br /><br />&mdash;Imposible.<br /><br />Sephardi se qued&oacute; muy pensativo. Su hip&oacute;tesis inicial en el sentido de que Eidotter se hab&iacute;a declarado culpable para cumplir una misi&oacute;n imaginaria que se correspondiese con su nombre de "Sim&oacute;n, el portador de la cruz", no se ten&iacute;a en pie. Si el m&eacute;dico no ment&iacute;a, &iquest;c&oacute;mo era posible que Eidotter conociera el detalle de la lezna?. Sephardi intuy&oacute; que el caso del viejo ten&iacute;a que ver con fen&oacute;menos de adivinaci&oacute;n consciente.<br /><br />Abri&oacute; la boca para expresar su sospecha de que el asesino podr&iacute;a ser el zul&uacute;, pero antes de que pudiera pronunciar una sola palabra, sinti&oacute;, desde el fondo de su ser, un golpe violento que lo hizo callar enseguida.<br /><br />Hab&iacute;a sido casi como un contacto f&iacute;sico, pero a pesar de ello no concedi&oacute; mayor importancia al asunto. Se limit&oacute; a preguntar si le estaba permitido hablar con Eidotter.<br /><br />&mdash;En principio no deber&iacute;a consentirlo &mdash;respondi&oacute; Debrouwer&mdash; sobre todo porque usted, seg&uacute;n las informaciones del tribunal, estuvo con &eacute;l poco antes de los acontecimientos, en casa de Swammerdam. Pero si insiste, y en atenci&oacute;n a su inatacable reputaci&oacute;n de sabio aqu&iacute; en Amsterdam, exceder&eacute; con gusto mis atribuciones &mdash;toc&oacute; el timbre y orden&oacute; a un guardia que acompa&ntilde;ara a Sephardi a la celda.<br /><br />* * *<br /><br />El viejo jud&iacute;o, tal como se le pod&iacute;a ver a trav&eacute;s de la ventanilla de la puerta, estaba sentado ante la ventana enrejada, contemplando el cielo soleado.<br /><br />Al o&iacute;r la puerta se levant&oacute; con indiferencia.<br /><br />Sephardi se acerc&oacute; a &eacute;l r&aacute;pidamente y le apret&oacute; la mano.<br /><br />&mdash;He venido a verle, se&ntilde;or Eidotter, primero porque lo considero un deber de correligionario&hellip;<br /><br />&mdash;Correligionario &mdash;murmur&oacute; Eidotter respetuosamente, haciendo una reverencia.<br /><br />&mdash;&hellip;y segundo, porque estoy convencido de su inocencia.<br /><br />&mdash;Inocencia &mdash;repiti&oacute; el anciano como un eco.<br /><br />&mdash;Me temo que no conf&iacute;a en m&iacute; &mdash;continu&oacute; Sephardi tras un silencio&mdash;. No se preocupe, he venido como amigo.<br /><br />&mdash;Como amigo &mdash;dijo Eidotter como una m&aacute;quina.<br /><br />&mdash;&iquest;Acaso no me cree?. Me causar&iacute;a mucha pena.<br /><br />El viejo jud&iacute;o pas&oacute; la mano por la frente con lentitud, como si acabara de despertar.<br /><br />Poni&eacute;ndose la mano en el coraz&oacute;n, y articulando penosamente las palabras &mdash;se esforzaba por evitar todo rastro de dialecto&mdash; dijo:<br /><br />&mdash;Yo&hellip; yo no tengo&hellip; enemigos. &iquest;Y entonces?&hellip; Y por lo que ha dicho de que viene como amigo, &iquest;de d&oacute;nde sacar&eacute; el derecho de dudar de sus palabras?.<br /><br />&mdash;Muy bien. Me alegro. Voy a poder hablarle con toda franqueza, se&ntilde;or Eidotter &mdash;Sephardi acept&oacute; la silla que le ofrec&iacute;a el viejo, y se sent&oacute; de manera apropiada para poder observar su fisonom&iacute;a&mdash;. Si ahora le planteo algunas preguntas, no es por curiosidad, sino para ayudarle a salir de la fatal situaci&oacute;n en que se encuentra.<br /><br />&mdash;&hellip;Ayudarle&hellip; &mdash;murmur&oacute; Eidotter.<br /><br />Sephardi se call&oacute; durante un rato. Contempl&oacute; con atenci&oacute;n el rostro del anciano, que aparec&iacute;a inm&oacute;vil e impasible, sin la menor traza de emoci&oacute;n.<br /><br />Advirti&oacute; a primera vista las profundas arrugas que surcaban su cara, deb&iacute;a haber sufrido horriblemente. Sin embargo, repar&oacute; en un extra&ntilde;o contraste, un brillo ingenuo en sus ojos abiertos, una claridad como nunca hab&iacute;a visto en un jud&iacute;o ruso. En la habitaci&oacute;n de Swammerdam, pobremente iluminada, no se hab&iacute;a dado cuenta de ello. Hab&iacute;a tomado al viejo por un sectario, influenciado por una religiosidad exagerada, que oscilaba entre el fanatismo y la autoflagelaci&oacute;n. El hombre que ahora estaba frente a &eacute;l era completamente distinto. Sus labios no eran toscos, ni ten&iacute;an la expresi&oacute;n astuta y repugnante que sol&iacute;a caracterizar al t&iacute;pico jud&iacute;o ruso. En cada l&iacute;nea revelaban una extraordinaria potencia imaginativa.<br /><br />Sephardi no pod&iacute;a imaginarse que esa mezcla de pueril inocencia y decadencia senil fuera capaz de llevar un despacho de licores en un barrio de criminales.<br /><br />&mdash;D&iacute;game &mdash;empez&oacute; con tono amable&mdash; &iquest;c&oacute;mo se le ha ocurrido autoinculparse del asesinato de Klinkherbogk y de su nieta?. &iquest;Quer&iacute;a proteger a alguien?.<br /><br />Eidotter neg&oacute; con la cabeza:<br /><br />&mdash;&iquest;A qui&eacute;n tendr&iacute;a que proteger, si he sido yo el que los mat&oacute;?.<br /><br />Sephardi fingi&oacute; que daba cr&eacute;dito a su afirmaci&oacute;n:<br /><br />&mdash;&iquest;Y por qu&eacute; los mat&oacute;?.<br /><br />&mdash;Pues&hellip; por los mil florines.<br /><br />&mdash;&iquest;Y d&oacute;nde tiene guardado el dinero?.<br /><br />&mdash;Eso ya me lo preguntaron los Ga&oacute;nims &mdash;se&ntilde;al&oacute; hacia la puerta con el dedo pulgar&mdash;. No lo s&eacute;.<br /><br />&mdash;&iquest;No se arrepiente de lo que ha hecho?.<br /><br />&mdash;&iquest;Arrepentirme? &mdash;el viejo reflexion&oacute;&mdash;. &iquest;Por qu&eacute; iba yo a arrepentirme?. Si no es culpa m&iacute;a.<br /><br />Sephardi se sorprendi&oacute;. Aquello no era una respuesta de loco. Dijo sencillamente:<br /><br />&mdash;Desde luego que usted no tiene la culpa. Porque no ha cometido el crimen. Usted estaba durmiendo en la cama, todo se lo ha imaginado. Tampoco se subi&oacute; por la cadena. A su edad no hubiera podido hacerlo.<br /><br />Eidotter vacil&oacute;.<br /><br />&mdash;&iquest;Quiere decir que yo no soy el asesino?.<br /><br />&mdash;Naturalmente. Est&aacute; m&aacute;s claro que el agua.<br /><br />El anciano volvi&oacute; a meditar durante un instante antes de gru&ntilde;ir con indiferencia:<br /><br />&mdash;Bueno. Parece l&oacute;gico.<br /><br />En sus facciones no se esboz&oacute; ni la menor se&ntilde;al de alegr&iacute;a. Ni siquiera pareci&oacute; sorprenderse.<br /><br />El asunto le resultaba a Sephardi m&aacute;s enigm&aacute;tico cada vez. De haberse producido un cambio de conciencia en Eidotter, se reflejar&iacute;a en sus ojos, los cuales, sin embargo, ten&iacute;an todav&iacute;a la misma mirada pueril de antes. Tampoco pod&iacute;a tratarse de una simulaci&oacute;n intencionada, el anciano hab&iacute;a aceptado el hecho de su inocencia como algo que no merec&iacute;a ser comentado.<br /><br />&mdash;&iquest;Sabe lo que habr&iacute;a pasado de haber cometido usted el asesinato realmente? &mdash;pregunt&oacute; Sephardi con insistencia&mdash;. &iexcl;Lo habr&iacute;an condenado a muerte!.<br /><br />&mdash;&iexcl;Hm!. Condenado a muerte.<br /><br />&mdash;S&iacute;, se&ntilde;or. &iquest;No le asusta la idea?.<br /><br />Evidentemente, la cuesti&oacute;n no produc&iacute;a ning&uacute;n efecto en el viejo. Su rostro se volvi&oacute; tan s&oacute;lo algo m&aacute;s pensativo, como si lo iluminara un recuerdo. Alz&oacute; los hombros y dijo:<br /><br />&mdash;Han ocurrido cosas mucho m&aacute;s terribles en mi vida, se&ntilde;or doctor.<br /><br />Sephardi aguard&oacute; a que siguiera hablando, pero Eidotter se hab&iacute;a sumido nuevamente en un silencio de muerte.<br /><br />&mdash;&iquest;Siempre ha sido comerciante de licores?.<br /><br />El viejo sacudi&oacute; la cabeza, asintiendo.<br /><br />&mdash;&iquest;Marcha bien su negocio?.<br /><br />&mdash;No lo s&eacute;.<br /><br />&mdash;Pues si es tan indiferente con su negocio, un d&iacute;a lo perder&aacute; todo.<br /><br />&mdash;Claro, cuando uno se descuida &mdash;fue la ingenua respuesta de Eidotter.<br /><br />&mdash;&iquest;Y qui&eacute;n cuida de &eacute;l?. &iquest;Usted?. &iquest;O tiene mujer e hijos que se ocupen de &eacute;l?.<br /><br />&mdash;Mi mujer muri&oacute; hace mucho tiempo y&hellip; y los ni&ntilde;os tambi&eacute;n.<br /><br />Sephardi crey&oacute; ver un camino abierto hacia el coraz&oacute;n del anciano.<br /><br />&mdash;&iquest;No piensa de vez en cuando en los suyos con amor?. No s&eacute; si har&aacute; mucho tiempo desde que los perdi&oacute;, pero es imposible que se sienta feliz con su soledad. Ver&aacute;, yo tampoco tengo a nadie que se ocupe de m&iacute;, puedo ponerme en su lugar f&aacute;cilmente. No se lo pregunto por curiosidad, ni por descifrar el enigma que representa usted para m&iacute; &mdash;dijo, olvidando sin darse cuenta el motivo de su visita&mdash; lo hago por pura humanidad y&hellip;<br /><br />&mdash;&hellip;y porque su estado de &aacute;nimo lo necesita, y no puede evitarlo &mdash;complet&oacute; Eidotter, transformado por un instante.<br /><br />En el semblante hasta ahora apagado del viejo se reflej&oacute; por un momento un sentimiento de compasi&oacute;n y de profunda comprensi&oacute;n.<br /><br />Un segundo despu&eacute;s su cara volvi&oacute; a ser la misma p&aacute;gina en blanco del principio de la visita. Sephardi lo oy&oacute; murmurar, como ausente de esp&iacute;ritu:<br /><br />&mdash;Rabbi Jochanan dijo: &laquo;Formar un matrimonio acertado entre los seres humanos es un milagro m&aacute;s grande que el realizado por Mois&eacute;s en el mar Rojo&raquo;.<br /><br />Comprendi&oacute; de pronto que, aunque s&oacute;lo fuera por un instante, el viejo hab&iacute;a compartido su dolor por la p&eacute;rdida de Eva, un dolor del que &eacute;l mismo no era plenamente consciente en este momento. Record&oacute; una leyenda de los Chassidim seg&uacute;n la cual exist&iacute;an algunas personas en esa comunidad, que sin estar locos, presentaban toda la apariencia de estarlo, personas que al ser despojadas de su Yo experimentaban las penas y alegr&iacute;as de otros con tanta fuerza como si fuesen propias. Lo hab&iacute;a tomado por una f&aacute;bula. &iquest;Podr&iacute;a resultar que ese viejo de raz&oacute;n perturbada constituyera un vivo testimonio de la leyenda?. Su comportamiento, el hecho de que &eacute;l mismo creyera haber matado a Klinkherbogk, su forma de actuar hasta el momento, visto as&iacute; todo se situaba bajo una luz diferente.<br /><br />&mdash;&iquest;No recuerda si alguna vez se le ocurri&oacute; creer que hab&iacute;a hecho algo determinado y luego result&oacute; que en realidad era una acci&oacute;n de otra persona? &mdash;pregunt&oacute; Sephardi con sumo inter&eacute;s.<br /><br />&mdash;Nunca he reparado en ello.<br /><br />&mdash;&iquest;Es usted distinto de otras personas en cuanto a su modo de pensar, de sentir?. Distinto de m&iacute;, por ejemplo, o de su amigo Swammerdam. La otra tarde, cuando nos conocimos en su casa, no estuvo usted tan callado, se&ntilde;or Eidotter, sino mucho m&aacute;s vivo. &iquest;Tanto le ha afectado la muerte de Klinkherbogk? &mdash;lleno de compasi&oacute;n, cogi&oacute; la mano del viejo&mdash;. Si est&aacute; preocupado, o si necesita un descanso, conf&iacute;ese a m&iacute;, yo har&eacute; todo lo que pueda por ayudarle. Adem&aacute;s, no creo que ese negocio en el Zee Dijk sea lo m&aacute;s apropiado para usted. Quiz&aacute;s pueda encontrarle otra ocupaci&oacute;n m&aacute;s&hellip; digna. &iquest;Por qu&eacute; rechazar la amistad que se le ofrece?.<br /><br />Las c&aacute;lidas palabras de Sephardi le cayeron bien al anciano. Sonre&iacute;a con la felicidad de un ni&ntilde;o alabado, aunque no parec&iacute;a comprender lo que Sephardi le propon&iacute;a.<br /><br />&mdash;&iquest;Fui&hellip; fui distinto la otra tarde? &mdash;pregunt&oacute; al fin, balbuceante.<br /><br />&mdash;Desde luego. Habl&oacute; largamente conmigo y con los dem&aacute;s. Era como&hellip; m&aacute;s humano. Incluso lleg&oacute; a discutir con Swammerdam acerca de la Cabala. Deduje de ello que se hab&iacute;a dedicado usted mucho a la cuesti&oacute;n religiosa y a Dios.<br /><br />Sephardi se interrumpi&oacute; r&aacute;pidamente, un cambio se estaba produciendo en el viejo.<br /><br />&mdash;Cabala&hellip; Cabala &mdash;murmuraba Eidotter&mdash;. S&iacute;, claro, estudi&eacute; la Cabala. Mucho tiempo. Y Babli tambi&eacute;n y&hellip; y Jeruschalmi&hellip;<br /><br />Sus pensamientos empezaban a perderse en el pasado lejano; los articulaba como si fueran ajenos, se expresaba como si estuviera ense&ntilde;&aacute;ndole im&aacute;genes a otro, ahora despacio, ahora deprisa, conforme desfilaban por su memoria.<br /><br />&mdash;Lo que dice la Cabala sobre Dios est&aacute; equivocado. En la vida es completamente diferente. En aquella &eacute;poca, en Odessa, a&uacute;n no lo sab&iacute;a. En el Vaticano, en Roma, tuve que traducir pasajes del Talmud.<br /><br />&mdash;&iquest;Ha estado usted en el Vaticano? &mdash;exclam&oacute; Sephardi con asombro.<br /><br />El viejo no lo oy&oacute;.<br /><br />&mdash;Luego se me sec&oacute; la mano.<br /><br />Levant&oacute; el brazo derecho; los dedos de la mano aparec&iacute;an encorvados y nudosos como ra&iacute;ces, a causa de la artritis.<br /><br />&mdash;En Odessa los griegos ortodoxos me tomaron por un esp&iacute;a, por mis relaciones con los goyy&iacute;m romanos&hellip; y de pronto ardi&oacute; nuestra casa, pero Elias, su nombre sea alabado, nos salv&oacute; del peligro, y mi mujer Berurje, yo y los ni&ntilde;os, tan s&oacute;lo nos quedamos en la calle.<br /><br />&raquo;M&aacute;s tarde, tras la fiesta de los Tabern&aacute;culos, vino Elias y comi&oacute; en nuestra mesa. Yo sab&iacute;a que se trataba de Elias, pero Berurje pensaba que su nombre era Chidher el Verde.<br /><br />Sephardi se sobresalt&oacute;. &iexcl;El mismo nombre hab&iacute;a sido mencionado la tarde anterior en Hilversum, cuando el bar&oacute;n Pfeill cont&oacute; las experiencias de Hauberrisser!.<br /><br />&mdash;En la comunidad se re&iacute;an de m&iacute;. Siempre dec&iacute;an: &laquo;&iquest;Eidotter?, Eidotter es un Nebbochant, anda por ah&iacute; como un demente&raquo;. No sab&iacute;an que Elias me instru&iacute;a en la doble ley que Mois&eacute;s transmiti&oacute; a Josu&eacute;, de la boca al o&iacute;do &mdash;sus rasgos, iluminados por la revelaci&oacute;n, se transfiguraron&mdash;. Tampoco sab&iacute;an que El intercambi&oacute; en m&iacute; las dos luces de los Makifim. Despu&eacute;s hubo una persecuci&oacute;n de jud&iacute;os en Odessa. Tend&iacute; mi cabeza, pero el golpe fue a parar a Berurje, su sangre corri&oacute; por el suelo cuando intentaba proteger a los ni&ntilde;os. Los ni&ntilde;os murieron a golpes, uno tras otro.<br /><br />Sephardi se levant&oacute; de un salto, se tap&oacute; los o&iacute;dos, y espantado, clav&oacute; la vista en Eidotter, cuyo sonriente rostro no trasluc&iacute;a huella alguna de emoci&oacute;n.<br /><br />&mdash;Ribke, mi hija mayor, gritaba pidi&eacute;ndome ayuda cuando se abalanzaron sobre ella, pero me ten&iacute;an agarrado. Entonces la rociaron con petr&oacute;leo y&hellip; le prendieron fuego.<br /><br />Eidotter se call&oacute;. Baj&oacute; la cabeza, pensativo, y se puso a arrancarse hilillos de las costuras de su kaft&aacute;n. Parec&iacute;a tener plena conciencia. Sin embargo, no deb&iacute;a experimentar ning&uacute;n dolor, porque al cabo de un rato continu&oacute; con voz clara:<br /><br />&mdash;M&aacute;s tarde, cuando quise volver a estudiar la Cabala, no pude, porque ten&iacute;a intercambiadas las luces de los Makifim.<br /><br />&mdash;&iquest;Qu&eacute; quiere decir con eso? &mdash;pregunt&oacute; Sephardi, tembloroso&mdash;. &iquest;Que el terrible dolor hab&iacute;a trastornado su mente?.<br /><br />&mdash;El dolor, no. Y tampoco mi esp&iacute;ritu est&aacute; trastornado. Es como lo que se dice de los egipcios, que ten&iacute;an una poci&oacute;n que provoca el olvido. De otra manera, &iquest;c&oacute;mo podr&iacute;a haber sobrevivido?. Despu&eacute;s de aquello, durante mucho tiempo no supe qui&eacute;n era, y cuando recobr&eacute; la memoria, me faltaba lo que el hombre necesita para llorar, y tambi&eacute;n algunas cosas que hacen falta para pensar. Las Makifim estaban invertidas. Desde entonces tengo la cabeza en el coraz&oacute;n y el coraz&oacute;n en la cabeza, por decirlo de alguna manera. Sobre todo en determinados momentos.<br /><br />&mdash;&iquest;Podr&iacute;a explic&aacute;rmelo? &mdash;pregunt&oacute; Sephardi suavemente&mdash;. Pero s&oacute;lo si le apetece, por favor. No quisiera que crea que se lo pregunto por curiosidad.<br /><br />Eidotter lo cogi&oacute; de la manga.<br /><br />&mdash;Mire, doctor. Cuando le doy un pellizco a la tela, usted no siente ning&uacute;n dolor, &iquest;no?. Si le duele a la manga, &iquest;qui&eacute;n puede saberlo?. Pues lo mismo me sucede a m&iacute;. Lo s&eacute; muy bien, pero no lo siento. Porque mis sentimientos est&aacute;n en mi cerebro. Tampoco me es posible dudar de lo que se me dice, como sol&iacute;a hacerlo en mi juventud, en Odessa. Tengo que creerlo, porque mi cerebro est&aacute; en mi coraz&oacute;n. Del mismo modo, no puedo reflexionar como antes, o se me ocurre algo o no se me ocurre nada. Si se me ocurre, entonces es que es as&iacute; en realidad, lo percibo tan n&iacute;tidamente que no podr&iacute;a distinguir si lo he vivido o no. Por eso ni siquiera trato de reflexionar sobre ello.<br /><br />&mdash;&iquest;Y sus quehaceres cotidianos?. &iquest;C&oacute;mo se las arregla para llevarlos a cabo?.<br /><br />Eidotter se&ntilde;al&oacute; la manga nuevamente.<br /><br />&mdash;Cuando llueve la ropa nos protege de la humedad, y cuando brilla el sol nos protege del calor. Que usted se preocupe o no de ello no importa, la ropa lo hace por s&iacute; sola. Mi cuerpo se ocupa del negocio, pero yo no s&eacute; nada sobre eso. Rabb&iacute; Sim&oacute;n ben Eleasar dijo: &laquo;&iquest;Acaso visteis jam&aacute;s un p&aacute;jaro ejerciendo una profesi&oacute;n?. Y sin embargo se alimenta sin problemas. &iquest;No deber&iacute;a alimentarme sin problemas yo tambi&eacute;n?&raquo;. Naturalmente, si las Makifim no estuvieran intercambiadas dentro de mi, no podr&iacute;a dejar solo a mi cuerpo, estar&iacute;a atado a &eacute;l.<br /><br />Sephardi, reparando en la claridad del discurso, examin&oacute; los ojos del anciano y vio que, aparentemente, ya no se diferenciaban en nada de los de cualquier jud&iacute;o ruso. Al hablar, hac&iacute;a gestos con las manos, y su voz ten&iacute;a ahora un timbre persuasivo. Sus diferentes estados mentales se suced&iacute;an sin transici&oacute;n.<br /><br />&mdash;Claro que un hombre no puede conseguir esto por s&iacute; mismo &mdash;continu&oacute; Eidotter&mdash;. No sirven para nada los estudios, ni las oraciones, ni tampoco el Mikwa&oacute;th &mdash;el bautismo por inmersi&oacute;n. Nosotros solos no podemos lograrlo, tiene que venir alguien del m&aacute;s all&aacute; para intercambiarnos las luces.<br /><br />&mdash;&iquest;Cree que fue alguien del "m&aacute;s all&aacute;" quien lo hizo por usted?.<br /><br />&mdash;Claro que s&iacute;, fue Elias, el profeta, ya se lo he dicho. Cuando un d&iacute;a entr&oacute; en nuestro cuarto, yo ya sab&iacute;a que era &eacute;l al escuchar sus pasos. Previamente, al pensar que alg&uacute;n d&iacute;a pod&iacute;a ser nuestro hu&eacute;sped, cre&iacute;a que todos mis miembros temblar&iacute;an cuando lo viera ante m&iacute;. Usted sabe, doctor, que nosotros los Chassidim esperamos su llegada continuamente. Pero fue una cosa muy natural, como si cualquier jud&iacute;o ordinario entrara por la puerta. Ni siquiera mi coraz&oacute;n lati&oacute; m&aacute;s deprisa. Lo &uacute;nico que not&eacute; fue que, aunque me esforzara, yo no pod&iacute;a dudar de que era &eacute;l. Lo observ&eacute; atentamente y su cara me pareci&oacute; cada vez m&aacute;s familiar; de pronto supe que no hab&iacute;a pasado ni una noche en mi vida sin que lo hubiera visto en sue&ntilde;os. Como me hubiera gustado averiguar cu&aacute;ndo lo vi por primera vez, escarb&eacute; en mis recuerdos y vi pasar toda mi juventud, y mi infancia, y todav&iacute;a m&aacute;s temprano, me v&iacute; en otra vida anterior, como un hombre adulto, y nuevamente como un ni&ntilde;o, y as&iacute; segu&iacute;a. Yo nunca hab&iacute;a pensado que hubie ra vivido antes. El siempre estaba conmigo y siempre ten&iacute;a la misma edad y el mismo aspecto que el forastero que en ese momento se sentaba en mi mesa. Naturalmente, me fij&eacute; en cada uno de sus movimientos, en todo lo que hac&iacute;a. De no saber que era Elias nada me habr&iacute;a llamado la atenci&oacute;n, pero sabi&eacute;ndolo, cada gesto suyo adquir&iacute;a un significado profundo. En el curso de la conversaci&oacute;n intercambi&oacute; la posici&oacute;n de los candelabros de la mesa, entonces percib&iacute; claramente que hab&iacute;a invertido las luces dentro de m&iacute;. A partir de aquel instante fui otro hombre muy distinto, meschugge, como me dec&iacute;an en la comunidad. El motivo de que intercambiara las luces en mi interior lo conoc&iacute; m&aacute;s tarde, cuando masacraron a mi familia. Usted quer&iacute;a saber el por qu&eacute; de que Berurje creyera que se llamaba Chidher el Verde, &iquest;verdad, doctor?. Pues bien, ella pretend&iacute;a que se lo hab&iacute;a dicho.<br /><br />&mdash;&iquest;Y luego ya no volvi&oacute; a encontrarlo?. Coment&oacute; antes que le instruy&oacute; en la Merkaba, es decir, en la segunda ley secreta de Mois&eacute;s.<br /><br />&mdash;&iquest;Encontrarlo? &mdash;repiti&oacute; Eidotter, pas&aacute;ndose la mano por la frente como si tuviera que entender lentamente de qu&eacute; se estaba hablando&mdash;. &iquest;Encontrarlo?. Una vez conmigo, &iquest;c&oacute;mo podr&iacute;a haberse marchado?. El est&aacute; siempre conmigo.<br /><br />&mdash;&iquest;Y lo ve constantemente?.<br /><br />&mdash;No lo veo en absoluto.<br /><br />&mdash;Pero si dice que siempre est&aacute; con usted. &iquest;C&oacute;mo hay que entender eso?.<br /><br />&mdash;No puede entenderse con la raz&oacute;n, doctor.<br /><br />&mdash;&iquest;No podr&iacute;a explic&aacute;rmelo con un ejemplo?. &iquest;Le habla Elias cuando lo instruye, o qu&eacute; hace?.<br /><br />&mdash;Cuando usted se siente alegre&hellip; &iquest;est&aacute; con usted la alegr&iacute;a?. S&iacute;, naturalmente. Pero no puede verla ni o&iacute;rla. Pues as&iacute; es.<br /><br />Sephardi se call&oacute;. Advirti&oacute; que entre &eacute;l y el anciano se abr&iacute;a un abismo de incomprensi&oacute;n espiritual que era incapaz de franquear.<br /><br />En conjunto, lo que el viejo acababa de decirle concordaba con sus propias teor&iacute;as sobre la evoluci&oacute;n interior de la raza humana. &Eacute;l siempre hab&iacute;a dicho, como el d&iacute;a anterior en Hilversum, que este camino evolutivo se hallaba en la religi&oacute;n y en la fe religiosa, pero ahora que ten&iacute;a delante un ejemplo vivo en la persona del anciano, se sent&iacute;a sorprendido y decepcionado a la vez por la realidad. Deb&iacute;a reconocer que Eidotter, por el hecho de no estar sujeto al dolor, era infinitamente m&aacute;s rico que los dem&aacute;s humanos, le envidiaba su facultad, pero no se hubiera cambiado por &eacute;l. Una duda naci&oacute; en &eacute;l, la de si estar&iacute;a o no en lo cierto con respecto a lo que hab&iacute;a dicho en Hilversum sobre la v&iacute;a de la debilidad y la b&uacute;squeda de un redentor.<br /><br />Hab&iacute;a pasado toda su vida solo, aislado, rodeado de un lujo in&uacute;til, absorbido por estudios de todas clases. Ahora le pareci&oacute; haber pasado por alto muchas cosas y haberse perdido lo m&aacute;s importante.<br /><br />&iquest;Aspiraba efectivamente y con toda su alma a la llegada de Elias, como este pobre jud&iacute;o ruso?. No; a trav&eacute;s de sus lecturas se hab&iacute;a dado cuenta de que era necesario desearlo para que la vida interior despertara en &eacute;l, y su deseo se limitaba a la imaginaci&oacute;n. Ahora ten&iacute;a delante a un ser de carne y hueso que realmente consigui&oacute; realizar un deseo as&iacute;, y entonces &eacute;l, Sephardi, el gran sabio, se confesaba a s&iacute; mismo que no quer&iacute;a estar en su lugar. Profundamente avergonzado, se prometi&oacute; explicar en la pr&oacute;xima ocasi&oacute;n que viera a Hauberrisser, a Eva y al bar&oacute;n Pfeill, que en realidad no sab&iacute;a pr&aacute;cticamente nada, que se ve&iacute;a obligado a confirmar la opini&oacute;n de un comerciante de licores jud&iacute;o de mente perturbada acerca de las experiencias espirituales: "Esto no se comprende con la raz&oacute;n".<br /><br />&mdash;Es como un viaje al reino de la plenitud &mdash;continu&oacute; Eidotter tras un silencio durante el cual hab&iacute;a sonre&iacute;do felizmente&mdash; y no de un retorno, como cre&iacute;a antes. Pero, hasta que no tenga las luces invertidas, todo lo que crea una persona es err&oacute;neo, tan err&oacute;neo que no puede ser concebido. Uno espera la llegada de Elias, y cuando llega, se da cuenta de que en realidad no es &eacute;l quien ha venido, sino uno mismo quien ha ido a su encuentro. Uno cree tomar mientras est&aacute; dando. Creemos estar parados, esperando, y estamos en movimiento, buscando. El hombre camina mientras que Dios permanece quieto. Elias vino a nuestra casa, &iquest;lo reconoci&oacute; Berurje?. Ella no fue hacia &eacute;l y por tanto, &eacute;l no vino a ella, de modo que pens&oacute; que era un jud&iacute;o forastero que se llamaba Chidher el Verde.<br /><br />Sephardi mir&oacute; con emoci&oacute;n los ojos radiantes del anciano.<br /><br />&mdash;Ahora he comprendido muy bien lo que quiere decir, aunque no pueda sentirlo. Se lo agradezco. Quisiera poder hacer algo por usted.<br /><br />&raquo;Puedo garantizarle su libertad con toda seguridad, no ser&aacute; dif&iacute;cil convencer al doctor Debrouwer de que su confesi&oacute;n no guarda ninguna relaci&oacute;n con el asesinato. Aunque&hellip; &mdash;a&ntilde;adi&oacute;, m&aacute;s bien para s&iacute; mismo&mdash; por el momento, todav&iacute;a no s&eacute; como voy a explicarle el caso.<br /><br />&mdash;&iquest;Puedo pedirle un favor, doctor?.<br /><br />&mdash;Desde luego, naturalmente.<br /><br />&mdash;Entonces no le diga nada a ese de ah&iacute; fuera. Que siga creyendo que he sido yo. No quiero tener la culpa de que descubran al asesino. Ahora s&eacute; qui&eacute;n fue. Entre nosotros: fue un negro.<br /><br />&mdash;&iquest;Un negro?. &iquest;Como lo sabe, de repente? &mdash;exclam&oacute; Sephardi perplejo y algo receloso.<br /><br />&mdash;Es como sigue &mdash;explic&oacute; Eidotter con tranquilidad&mdash;: Cuando, tras haber estado unido a Elias como en un sue&ntilde;o no so&ntilde;ado, volv&iacute; parcialmente en m&iacute;, en la bodega, hab&iacute;a ocurrido algo entre tanto. Yo suelo creer que he presenciado las cosas, que he participado en ellas. Si alguien, por ejemplo, le ha pegado a un ni&ntilde;o, creo que lo he hecho yo, y tengo que ir a consolarlo. Si alguien se olvida de darle de comer a su perro, creo que ha sido un olvido m&iacute;o y voy a darle la comida. Y si luego, por casualidad, me entero de mi error, no tengo m&aacute;s que unirme un instante con Elias y volver enseguida para saber como sucedieron las cosas. Casi nunca lo hago, porque no tiene sentido, y adem&aacute;s, cuando me separo de Elias me da la impresi&oacute;n de quedarme ciego. Pero como usted ha estado meditando durante tanto rato, lo he hecho, y he visto que era un negro el que mat&oacute; a mi amigo Klinkherbogk.<br /><br />&mdash;&iquest;C&oacute;mo, c&oacute;mo ha podido ver que era un negro?.<br /><br />&mdash;Pues, volv&iacute;a a ascender mentalmente por la cadena, mir&aacute;ndome por fuera, y he visto que era un negro con un collar rojo en el cuello, descalzo y vestido con un mono azul. Al examinarme interiormente, constat&eacute; que yo era un salvaje.<br /><br />&mdash;Eso s&iacute; que habr&iacute;a de cont&aacute;rselo al doctor Debrouwer &mdash;exclam&oacute; Sephardi al levantarse.<br /><br />Eidotter lo retuvo por la manga.<br /><br />&mdash;&iexcl;Me prometi&oacute; guardar silencio, doctor!. No debe verterse sangre, por el amor de Elias. M&iacute;a es la venganza&hellip; y adem&aacute;s&hellip; &mdash;su semblante amable adopt&oacute; de pronto una expresi&oacute;n de fanatismo amenazador, prof&eacute;tico&mdash; adem&aacute;s, &iexcl;el asesino es uno de los nuestros!. No un jud&iacute;o, como est&aacute; usted pensando en este momento &mdash;explic&oacute; al percatarse de la cara de sorpresa que hab&iacute;a puesto Sephardi&mdash; pero s&iacute; uno de los nuestros. Acabo de reconocerlo, vi&eacute;ndolo internamente. &iquest;Que sea un asesino?. &iquest;Quien tiene derecho a juzgarlo?. &iquest;Nosotros?. &iquest;Usted y yo?. M&iacute;a es la venganza. El es un salvaje, y tiene su fe. Dios nos preserve a todos de tener una fe tan espantosa como la suya, pero su fe es aut&eacute;ntica y viva. Estos son los nuestros, los que tienen una fe que no se derrite en el fuego de Dios. Swammerdam, Klinkherbogk, y tambi&eacute;n el negro. &iquest;Qu&eacute; es eso de ser jud&iacute;o, cristiano, pagano?. S&oacute;lo nombres para qui&eacute;nes tienen una religi&oacute;n en lugar de una fe. As&iacute; que le prohibo decir lo que sabe sobre el negro. Si tengo que morir por &eacute;l, &iquest;podr&iacute;a usted privarme de realizar esta ofrenda?.<br /><br />* * *<br /><br />Conmovido, Sephardi volvi&oacute; a su casa.<br /><br />Le daba vueltas a la idea de que en el fondo, curiosamente, el doctor Debrouwer no se hab&iacute;a equivocado al sostener que Eidotter participaba en una conspiraci&oacute;n, y que aspiraba a ganar tiempo para el verdadero asesino. Todo concordaba, y sin embargo, el doctor Debrouwer no pod&iacute;a estar m&aacute;s alejado de la verdad. S&oacute;lo en ese momento comprendi&oacute; perfectamente las palabras de Eidotter: &laquo;Todo lo que cree una persona es err&oacute;neo en tanto sus luces no hayan sido invertidas, tan err&oacute;neo que no puede ser concebido. Creemos tomar cuando damos, creemos estar parados, esperando, y en realidad estamos andando y buscando&raquo;.<br /></p>]]></description><pubDate>Tue, 22 Dec 2009 16:17:00 +0000</pubDate></item><item><title>El Rostro Verde (10). Gustav Meyrink. 1916. Cap&#xED;tulo IX</title><link>https://gustavmeyrink.blogia.com/2009/122211-el-rostro-verde-10-gustav-meyrink-1916-capitulo-ix.php</link><guid isPermaLink="true">https://gustavmeyrink.blogia.com/2009/122211-el-rostro-verde-10-gustav-meyrink-1916-capitulo-ix.php</guid><description><![CDATA[<p style="text-align: justify;">CAP&Iacute;TULO IX<br /><br />Despu&eacute;s de cenar, Hauberrisser permaneci&oacute; durante una hora con el bar&oacute;n Pfeill y el doctor Sephardi. Estuvo distra&iacute;do y taciturno. Su pensamiento estaba tan centrado en Eva que se sobresaltaba cada vez que se dirig&iacute;an a &eacute;l.<br /><br />Pens&oacute; en los d&iacute;as venideros y de pronto le result&oacute; insoportable su soledad en Amsterdam, pese a que poco tiempo atr&aacute;s le hab&iacute;a gustado tanto. Aparte de Pfeill y Sephardi, cuya personalidad lo atrajo desde el primer momento, no ten&iacute;a amigos ni conocidos, y por otro lado, hac&iacute;a mucho tiempo que hab&iacute;a roto las relaciones con su patria. Ahora que conoc&iacute;a a Eva, &iquest;ser&iacute;a capaz de soportar su habitual existencia de ermita&ntilde;o?.<br /><br />Consider&oacute; la posibilidad de trasladarse a Amberes, en donde al menos podr&iacute;a respirar el mismo aire que ella. Y quiz&aacute;s pudiera verla de vez en cuando.<br /><br />Sufr&iacute;a al recordar la frialdad con que le comunic&oacute; su decisi&oacute;n de dejar en manos del tiempo o del azar la &uacute;ltima palabra en cuanto a si se establecer&iacute;a entre ellos un v&iacute;nculo duradero, pero luego evocaba sus besos, y embriagado por la felicidad, se solazaba en la fortuna de que se hubieran encontrado.<br /><br />Depend&iacute;a de &eacute;l, se dijo, que la separaci&oacute;n durara s&oacute;lo unos d&iacute;as. &iquest;Qu&eacute; le impedir&iacute;a ir a verla la semana siguiente y pedirle que mantuvieran el contacto?. Seg&uacute;n ten&iacute;a entendido ella era totalmente independiente y no ten&iacute;a que consultar con nadie sus determinaciones.<br /><br />Pero por muy claro y llano que le pareciese el camino hacia Eva, evalu&oacute; todas las circunstancias y no pudo evitar que una confusa sensaci&oacute;n de angustia se alzara como una barrera frente a sus esperanzas, un sentimiento irreductible que habia experimentado con nitidez por vez primera cuando se despidieron. Intentaba imaginar un futuro de color de rosa, se esforzaba a pensar en un desenlace satisfactorio, hac&iacute;a esfuerzos convulsivos para contrarrestar el implacable "no" que resonaba en su coraz&oacute;n. Estaba al filo de la desesperaci&oacute;n.<br /><br />Una larga experiencia le hab&iacute;a ense&ntilde;ado que, una vez despiertas esas raras certezas interiores acerca de la inminencia de una cat&aacute;strofe, y aunque en apariencia fueran infundadas, era in&uacute;til querer acallarlas. Quiso apaciguarse dici&eacute;ndose que su inquietud era una consecuencia natural del amor. Aguardaba con impaciencia el momento de enterarse de que Eva hab&iacute;a llegado sana y salva a Amberes.<br /><br />Sephardi y &eacute;l descendieron en la estaci&oacute;n de Westerpoort, que se hallaba m&aacute;s cerca del centro de la ciudad que la estaci&oacute;n central. Acompa&ntilde;&oacute; al doctor hasta la calle Heerengracht y una vez all&iacute; ech&oacute; a correr hacia el hotel Amstel con objeto de dejar un ramo de rosas para Eva, un ramo que Pfeill, adivinando sus pensamientos, le hab&iacute;a ofrecido sonriente.<br /><br />El conserje le comunic&oacute; que la se&ntilde;orita van Druysen acababa de partir, que si tomaba un taxi a&uacute;n pod&iacute;a llegar antes de la salida del tren.<br /><br />Un coche lo llev&oacute; r&aacute;pidamente a la estaci&oacute;n. Esper&oacute;.<br /><br />Los minutos pasaron y Eva no llegaba.<br /><br />Telefone&oacute; al hotel y tampoco hab&iacute;a vuelto all&iacute;. Le aconsejaron que preguntara en la consigna.<br /><br />Las maletas no hab&iacute;an sido retiradas. Sinti&oacute; oscilar el suelo bajo sus pies. Entonces, consumido de inquietud por Eva, comprendi&oacute; cu&aacute;nto la amaba. Ya no podr&iacute;a vivir sin ella.<br /><br />El ultimo obst&aacute;culo que se interpon&iacute;a entre ellos, una leve sensaci&oacute;n de ser a&uacute;n extra&ntilde;os el uno para el otro, se derrumb&oacute; completamente bajo el peso de su preocupaci&oacute;n. Sab&iacute;a que si la hallara ahora, la coger&iacute;a entre sus brazos y la cubrir&iacute;a de besos, y no la dejar&iacute;a marcharse nunca m&aacute;s.<br /><br />Faltaba un minuto. Ya apenas si le quedaban esperanzas de verla llegar. No obstante aguardar&iacute;a hasta que el tren se pusiera en marcha.<br /><br />Era evidente que le hab&iacute;a sucedido algo. Tuvo que obligarse a permanecer tranquilo.<br /><br />&iquest;Qu&eacute; camino podr&iacute;a haber tomado?. No ten&iacute;a ni un minuto que perder. Si no hab&iacute;a ocurrido ya lo peor todav&iacute;a quedaba un recurso: sopesar la situaci&oacute;n con esp&iacute;ritu fr&iacute;o y l&uacute;cido, que era un m&eacute;todo cuya validez hab&iacute;a constatado en sus viejos tiempos de ingeniero e inventor, un m&eacute;todo que pod&iacute;a ser una fuente casi inagotable de ideas ingeniosas. Desplegando todo su potencial imaginativo, trat&oacute; de desvelar el engranaje secreto de los acontecimientos, los cuales deb&iacute;an haberse producido antes de que Eva abandonara el hotel. Intent&oacute; ponerse en su lugar, especulando acerca de cu&aacute;l ser&iacute;a su estado de &aacute;nimo mientras esperaba el momento de marcharse.<br /><br />El hecho de que enviara previamente su equipaje en vez de utilizar el coche del hotel le hizo suponer que proyectaba ir a ver a alguien.<br /><br />Pero&hellip; &iquest;a quien?&hellip; &iquest;y tan tarde?&hellip;<br /><br />S&uacute;bitamente record&oacute; que Eva hab&iacute;a rogado a Sephardi que fuera a ver a Swammerdam lo antes posible.<br /><br />El viejo coleccionista de mariposas viv&iacute;a en el Zee Dijk &mdash;un barrio de criminales, seg&uacute;n dec&iacute;a el art&iacute;culo del asesinato&mdash;. &iexcl;S&iacute;!. No habia podido ir a ning&uacute;n otro sitio.<br /><br />Pens&oacute; en las terribles eventualidades que pod&iacute;an amenazarla en aquel barrio y le dieron escalofr&iacute;os. Hab&iacute;a o&iacute;do hablar de tabernas en las que se robaba a los extranjeros y, tras asesinarlos, arrojaban sus cuerpos al canal&hellip; el pelo se le erizaba al imaginar que hubiera podido ocurrirle algo as&iacute; a Eva.<br /><br />Instantes despu&eacute;s, el autom&oacute;vil cruzaba velozmente el puente de Openharen, que llevaba a la Iglesia de San Nicol&aacute;s. Se detuvieron. El ch&oacute;fer le explic&oacute; que era imposible entrar con el coche en los estrechos callejones del Zee Dijk, el se&ntilde;or deb&iacute;a ir a la taberna del "Pr&iacute;ncipe de Orange", le dijo mientras se&ntilde;alaba hacia un rayo de luz, y preguntar al tabernero por la direcci&oacute;n que buscaba.<br /><br />* * *<br /><br />La puerta de la taberna estaba abierta y Hauberrisser entr&oacute; precipitadamente. El local, excluyendo al hombre que estaba de pie detr&aacute;s del mostrador y que lo miraba con disimulo, se hallaba vac&iacute;o. A lo lejos estallaron fuertes gritos que parec&iacute;an proceder de alguna pelea.<br /><br />El tabernero, despu&eacute;s de recibir una propina, le indic&oacute; que el se&ntilde;or Swammerdam viv&iacute;a en el cuarto piso y, a rega&ntilde;adientes, le mostr&oacute; una escalera bastante peligrosa.<br /><br />&mdash;No, la se&ntilde;orita van Druysen no ha vuelto por nuestra casa &mdash;contest&oacute; el viejo coleccionista moviendo la cabeza despu&eacute;s de que Hauberrisser le contara sus preocupaciones.<br /><br />A&uacute;n no se hab&iacute;a acostado y se hallaba completamente vestido. Una &uacute;nica vela, casi consumida, sobre la mesa vac&iacute;a, y la expresi&oacute;n dolida de su rostro, daban a entender que hab&iacute;a pasado horas en la habitaci&oacute;n meditando acerca del terrible final de su amigo Klinkherbogk.<br /><br />Hauberrisser le cogi&oacute; la mano.<br /><br />&mdash;Perd&oacute;neme, se&ntilde;or Swammerdam, por sorprenderlo as&iacute;, en plena noche y sin ninguna consideraci&oacute;n hacia su dolor. S&iacute;, s&eacute; lo que acaba de perder&hellip; &mdash;se interrumpi&oacute; al advertir la expresi&oacute;n perpleja del anciano&mdash; incluso conozco los detalles, el doctor Sephardi me lo ha contado todo hoy. Si a Vd. le parece bien, luego podemos hablar de ello detenidamente, pero en este momento toda mi preocupaci&oacute;n es Eva. Si pensaba realmente venir a verle y la han asaltado por el camino&hellip; &iexcl;Por el amor de Dios, no quiero ni pensarlo!.<br /><br />Hauberrisser se incorpor&oacute; de un salto, y totalmente fuera de s&iacute; a causa de la inquietud, se puso a dar vueltas por el cuarto. Swammerdam reflexion&oacute; durante un rato y con tono optimista le dijo:<br /><br />&mdash;Por favor, no quisiera que interpretara mis palabras como una f&oacute;rmula vac&iacute;a y consoladora&hellip; La se&ntilde;orita van Druysen no ha muerto.<br /><br />Hauberrisser se dio la vuelta vehementemente.<br /><br />&mdash;&iquest;C&oacute;mo lo sabe?.<br /><br />El tono tranquilo y firme del anciano le hab&iacute;a quitado un peso de encima.<br /><br />Swammerdam vacil&oacute; un momento antes de contestar.<br /><br />&mdash;Porque entonces la ver&iacute;a &mdash;dijo finalmente a media voz. Hauberrisser le cogi&oacute; del brazo.<br /><br />&mdash;&iexcl;Le suplico que me ayude si puede!. S&eacute; que toda su vida ha estado presidida por la fe, quiz&aacute;s su mirada pueda ver m&aacute;s profundo que la m&iacute;a. Una persona imparcial puede ver a menudo&hellip;<br /><br />&mdash;No soy tan imparcial como Vd. cree, se&ntilde;or Hauberrisser &mdash;lo interrumpi&oacute;&mdash;. S&oacute;lo he visto una vez a la se&ntilde;orita, pero no exagero si le digo que la quiero tanto como si fuese mi hija. No me d&eacute; las gracias, no hay de qu&eacute;. Es absolutamente natural que haga todo lo que est&eacute; en mis d&eacute;biles manos para ayudarles a ella y a Vd., aunque para ello tenga que verter mi vieja e in&uacute;til sangre. Ahora esc&uacute;cheme tranquilamente, se lo ruego: probablemente est&aacute; en lo cierto al suponer que le ha ocurrido alg&uacute;n accidente. No fue a ver a su t&iacute;a, en tal caso yo lo hubiera sabido a trav&eacute;s de mi hermana que acaba de regresar del convento. No puedo asegurarle que la encontremos hoy, pero lo intentaremos por todos los medios. Y si no la hallamos, por favor, no se preocupe, estoy totalmente seguro de que&hellip; alguien en comparaci&oacute;n con el cual no somos nada, la protege. No quisiera emplear expresiones que le resulten enigm&aacute;ticas&hellip; Tal vez un d&iacute;a llegue el momento de poder decirle por qu&eacute; estoy tan firmemente convencido de que la se&ntilde;orita Eva habr&aacute; seguido un consejo que yo le di&hellip; Lo que le ha ocurrido hoy ser&aacute; posiblemente la primera consecuencia de ello. Mi amigo Klinkherbogk eligi&oacute; en su d&iacute;a un camino similar al que ahora ha tomado la se&ntilde;orita Van Druysen. Yo hab&iacute;a presentido su final desde hac&iacute;a mucho tiempo, pero me aferraba a la esperanza de poder evit&aacute;rselo con mis ardientes oraciones. La noche pasada me prob&oacute; algo que yo sab&iacute;a desde siempre: la oraci&oacute;n es un medio para despertar de manera intensa las fuerzas que dormitan dentro de nosotros. Creer que los rezos pueden modificar la voluntad de Dios es una locura. Los hombres que han puesto su suerte en manos del esp&iacute;ritu que mora en ellos mismos se rigen por la ley espiritual. Se han emancipado de la tutela de la tierra, cuyos due&ntilde;os ser&aacute;n un d&iacute;a. Los sucesos que les ocurren tienen un sentido, sirven siempre para impulsarlos hacia adelante. Todo cuanto les ocurre lo hacen en un momento y de una manera que jam&aacute;s podr&iacute;a ser m&aacute;s propicio. Cr&eacute;ame, se&ntilde;or, &eacute;se es el caso de la se&ntilde;orita Eva. Lo dif&iacute;cil es invocar al esp&iacute;ritu que debe guiar nuestro destino. S&oacute;lo oye la voz del que est&aacute; maduro, y la llamada debe ser dictada por el amor al pr&oacute;jimo, en otro caso se despertar&iacute;an en nosotros fuerzas tenebrosas.<br /><br />&raquo;Los Jud&iacute;os Cabalistas lo expresan as&iacute;: "Hay seres del imperio sin luz del S&iacute;, ellos interceptan las oraciones que no tienen alas". Con ello no se refieren a demonios que est&eacute;n fuera de nosotros, sino a los m&aacute;gicos venenos de nuestro interior, esos venenos que desintegran nuestro Yo cuando se despierta.<br /><br />&mdash;&iquest;Pero, no podr&iacute;a ser que como su amigo Klinkherbogk, Eva haya ido hacia su perdici&oacute;n? &mdash;exclam&oacute; Hauberrisser, agitado.<br /><br />&mdash;&iexcl;No!. D&eacute;jeme terminar, por favor. Nunca habr&iacute;a tenido el valor de darle un consejo tan peligroso si en aquel momento no hubiera percibido la presencia de aqu&eacute;l a quien acabo de mencionar. Ni Vd. ni yo somos nada frente a &eacute;l. Durante mi larga vida, y a trav&eacute;s de indecibles sufrimientos, he aprendido a distinguir su voz de las insinuaciones de los deseos humanos.<br /><br />El &uacute;nico peligro que corre la se&ntilde;orita Eva es el de escoger un mal momento para la invocaci&oacute;n, y ese momento peligroso, gracias a Dios, ya ha pasado. &iexcl;Hace apenas unas horas &mdash;Swammerdam sonri&oacute; con alegr&iacute;a&mdash; que ella ha sido escuchada!. Quiz&aacute;s&hellip; no quiero ufanarme por ello, porque tales cosas me suceden cuando estoy ausente y absorto, en trance&hellip; Quiz&aacute;s haya tenido yo la suerte de haber podido acudir en su ayuda.<br /><br />Fue hacia la puerta y la abri&oacute; para su hu&eacute;sped.<br /><br />&mdash;Ahora vamos a hacer lo que nos dicte la fr&iacute;a raz&oacute;n. En tanto que todo lo material no est&eacute; de nuestro lado, no tendremos derecho a esperar ayuda de lo espiritual. Bajemos a la taberna y ofrezca dinero a los marineros para que busquen a la se&ntilde;orita, prometa recompensar a quien la encuentre sana y salva. Podr&aacute; Vd. comprobar que son capaces de arriesgar sus vidas si fuera necesario. Estos hombres son mejores de lo que suele creerse, lo que pasa es que se han extraviado en la selva de sus almas y por ello dan la impresi&oacute;n de ser bestias salvajes. En ellos se oculta una porci&oacute;n de hero&iacute;smo que buena falta les har&iacute;a a tantos burgueses decentes. Esta capacidad heroica se manifiesta en ellos como salvajismo porque no saben reconocer la naturaleza de la fuerza que los impele. No temen a la muerte, y los hombres valientes nunca son malos en el fondo. El signo m&aacute;s evidente de que alguien lleva dentro de s&iacute; la inmortalidad es su desprecio por la muerte.<br /><br />Swammerdam y Hauberrisser penetraron en la taberna. La sala estaba repleta. En mitad de la misma, tendido en el suelo, yac&iacute;a el cad&aacute;ver del marinero chileno cuyo cr&aacute;neo hab&iacute;a sido destrozado por el negro.<br /><br />A preguntas de Swammerdam, el tabernero respondi&oacute; de manera evasiva, dijo que no hab&iacute;a sido m&aacute;s que una de tantas peleas de las que se produc&iacute;an a diario en el puerto.<br /><br />&mdash;&iexcl;El maldito negro de ayer&hellip;! &mdash;empez&oacute; a decir la camarera Antje, pero no pudo continuar porque el tabernero le propin&oacute; un violento golpe en las costillas.<br /><br />&mdash;&iexcl;C&aacute;llate, guarra! &mdash;le grit&oacute;&mdash;. Era un fogonero negro de un barco brasile&ntilde;o, &iexcl;&iquest;entendido?!.<br /><br />Hauberrisser llam&oacute; aparte a uno de los bribones, le dio una moneda y comenz&oacute; a interrogarle.<br /><br />Enseguida se vieron rodeados por toda una banda de tipos salvajes que les ofrec&iacute;an las m&aacute;s diversas descripciones de la forma en que hab&iacute;an ajustado las cuentas al negro. S&oacute;lo estaban de acuerdo en un punto: se trataba de un fogonero extranjero. El amenazador semblante del tabernero los manten&iacute;a a raya y sus gru&ntilde;idos les recordaban que bajo ning&uacute;n concepto deb&iacute;an dar ning&uacute;n detalle que pudiera delatar al zul&uacute;. Sab&iacute;an que, de hab&eacute;rseles ocurrido apu&ntilde;alar a tan valioso parroquiano, el tabernero no hubiera movido ni siquiera el dedo me&ntilde;ique, pero tambi&eacute;n sab&iacute;an que la sagrada ley portuaria los obliga a aliarse incluso con el enemigo cuando un peligro for&aacute;neo los amenazaba.<br /><br />Hauberrisser escuchaba con impaciencia las fanfarronadas cuando de pronto oy&oacute; algo que hizo que su sangre se le agolpara en el coraz&oacute;n: Antje mencion&oacute; que el negro hab&iacute;a asaltado a una dama joven y distinguida.<br /><br />Se apoy&oacute; un momento sobre Swammerdam para no derrumbarse. Luego vaci&oacute; su cartera en la mano de la camarera, era incapaz de pronunciar una sola palabra, y la invit&oacute; mediante se&ntilde;as a que contara lo ocurrido.<br /><br />Hab&iacute;an o&iacute;do gritos de mujer, contaron todos juntos, y salieron a la calle.<br /><br />&mdash;Yo la he tenido en mi regazo, estaba desmayada &mdash;exclam&oacute; Antje.<br /><br />&mdash;&iquest;Pero d&oacute;nde est&aacute;?. &iquest;D&oacute;nde est&aacute;? &mdash;grit&oacute; Hauberrisser.<br /><br />Los marineros se callaron, mir&aacute;ndose con perplejidad, como si acabaran de comprender. Nadie sab&iacute;a d&oacute;nde estaba Eva.<br /><br />&mdash;Yo la he tenido en mi regazo &mdash;insisti&oacute; Antje&mdash;. Se ve&iacute;a que no ten&iacute;a ni la menor idea del lugar en el que Eva hab&iacute;a desaparecido.<br /><br />Todos salieron corriendo, Hauberrisser y Swammerdam iban en medio del grupo. Exploraron las callejuelas gritando el nombre de Eva e iluminando cada rinc&oacute;n del jard&iacute;n de la iglesia.<br /><br />&mdash;Por all&iacute; se subi&oacute; el negro &mdash;explic&oacute; la camarera se&ntilde;alando hacia el tejado verde&mdash; y aqu&iacute; la dej&eacute; sobre el adoquinado, yo tambi&eacute;n quer&iacute;a perseguirlo, luego llevamos el muerto a la taberna y me olvid&eacute; de ella.<br /><br />Despertaron a los inquilinos de las casas vecinas para preguntarles si Eva se hab&iacute;a refugiado en alguna de ellas, pero en ninguna parte hab&iacute;a rastro alguno de la desaparecida.<br /><br />Roto el cuerpo y el alma, Hauberrisser prometi&oacute; todo lo que deseara al que fuese capaz de traerle noticias de Eva. Swammerdam intent&oacute; en vano tranquilizarlo. La idea de que Eva, desesperada por lo ocurrido, se hubiera suicidado tir&aacute;ndose al canal, le quitaba los &uacute;ltimos restos de sentido com&uacute;n. Los marineros se desplegaron a lo largo de toda la Nieuwe Vaart, hasta el muelle de Prins Hendrik, y volvieron sin el menor resultado.<br /><br />Pronto el barrio entero particip&oacute; en la b&uacute;squeda; los pescadores, apenas vestidos, sondearon los atracaderos con las farolas de sus barcos y prometieron que al amanecer rastrear&iacute;an todos los canales.<br /><br />A cada instante, Hauberrisser tem&iacute;a enterarse por boca de la camarera, que no cesaba de narrarle de mil maneras distintas los detalles del suceso, de que el negro hab&iacute;a violado a Eva. Esa pregunta le quemaba el coraz&oacute;n sin que se atreviese a formularla. Finalmente se decidi&oacute;, y balbuciendo, dio a entender lo que pensaba.<br /><br />Los golfos, que trataban de consolarlo jur&aacute;ndole que despedazar&iacute;an al zul&uacute; en cuanto lo hallaran, se quedaron callados, evitaron mirarlo a los ojos y algunos escupieron en silencio. Antje solloz&oacute; quedamente.<br /><br />A pesar de habitar en aquella inmundicia, todav&iacute;a era lo bastante mujer como para compadecerse del coraz&oacute;n roto de Hauberrisser. S&oacute;lo Swammerdam permanec&iacute;a tranquilo y sosegado. La inquebrantable confianza que se reflejaba en su rostro, la amable paciencia con la que mov&iacute;a la cabeza, sonriendo suavemente, cada vez que alguien hac&iacute;a la conjetura de que <br />Eva se hubiese ahogado, terminaron por inspirar una renovada actitud de esperanza en Hauberrisser. Finalmente sigui&oacute; el consejo del anciano, march&aacute;ndose a casa en su compa&ntilde;&iacute;a.<br /><br />&mdash;Ahora acu&eacute;stese y descanse &mdash;aconsej&oacute; Swammerdam cuando llegaron al piso&mdash;. No permita que las preocupaciones alteren su sue&ntilde;o. Se puede trabajar mejor con el alma cuando no es estorbada por las penas del cuerpo, se puede trabajar con ella mejor de lo que se imaginan los hombres. D&eacute;jeme que me encargue de todo lo que queda por hacer. Avisar&eacute; a la polic&iacute;a para que busque a su prometida. No es que espere mucho de ello, pero es necesario llevar a cabo todo lo que exige la raz&oacute;n sensata.<br />Por el camino, Swammerdam hab&iacute;a tratado de desviar hacia otros temas la atenci&oacute;n de Hauberrisser, de tal manera que el joven le cont&oacute; brevemente el hallazgo del diario enrollado y le mencion&oacute; sus planes de emprender unos estudios que se hab&iacute;an visto truncados quiz&aacute;s para siempre.<br /><br />El viejo, viendo que la desesperanza volv&iacute;a a nacer en el semblante de Hauberrisser, cogi&oacute; su mano y no la solt&oacute; durante un rato.<br /><br />&mdash;Quisiera transmitirle la seguridad que siento con respecto a la se&ntilde;orita Eva. Si tuviera tan s&oacute;lo una m&iacute;nima parte de ella, Vd. mismo sabr&iacute;a lo que el destino espera que haga. Pero entretanto, lo &uacute;nico que puedo hacer es darle un consejo. &iquest;Seguir&aacute; Vd. mi consejo?.<br /><br />&mdash;Puede estar seguro &mdash;prometi&oacute; Hauberrisser, nuevamente perturbado por el recuerdo de las palabras de Eva en Hilversum en el sentido de que Swammerdam, gracias a su viva fe, ser&iacute;a capaz de encontrar lo m&aacute;s elevado&mdash;. Conf&iacute;e en ello. Emana tanta fuerza de Vd. que a veces me da la sensaci&oacute;n de hallarme protegido contra el hurac&aacute;n por un &aacute;rbol milenario. <br />Cada palabra suya me reconforta.<br /><br />&mdash;Quiero contarle un peque&ntilde;o incidente &mdash;comenz&oacute; Swammerdam&mdash;que me ha servido de referencia en la vida, por muy insignificante que al principio me pareciera. En aquel entonces yo era a&uacute;n bastante joven y acababa de sufrir una decepci&oacute;n tan grande que la tierra se me antoj&oacute; durante mucho tiempo un lugar l&uacute;gubre e infernal. El destino me trataba como un verdugo implacable. Inmerso en tal estado de &aacute;nimo, sucedi&oacute; que un d&iacute;a fui testigo de la manera en que se adiestraba a un caballo. Lo ten&iacute;an atado a una larga correa, oblig&aacute;ndolo a dar vueltas en c&iacute;rculo sin que se le permitiera ni un segundo de reposo. Cada vez que llegaba a un obst&aacute;culo que deb&iacute;a saltar, lo esquivaba y se pon&iacute;a terco. Los latigazos llov&iacute;an sobre su lomo durante horas, pero el caballo se negaba a saltar. El hombre que lo atormentaba no era cruel, sufr&iacute;a visiblemente a consecuencia del brutal trabajo que deb&iacute;a cumplir. Ten&iacute;a una cara amable y bonachona, y cuando le reproch&eacute; su comportamiento, me contest&oacute;: &laquo;Preferir&iacute;a gastarme todo el jornal en comprarle terrones de az&uacute;car si con ello comprendiera lo que quiero de &eacute;l. Lo he intentado muchas veces, pero siempre sin resultado. Es como si el diablo habitara en este animal y le cegara el cerebro. Y eso que se le exige tan poca cosa&raquo;. Vi un ansia mortal en los delirantes ojos del caballo cada vez que se acercaba de nuevo al obst&aacute;culo, el temor a recibir m&aacute;s latigazos hac&iacute;a reverberar en ellos el miedo. Me romp&iacute; la cabeza intentando hallar otro medio de hacerse comprender por el pobre animal. Mientras le gritaba, primero con el esp&iacute;ritu y despu&eacute;s con palabras, que saltase porque de esa manera todo se acabar&iacute;a r&aacute;pidamente, tuve que constatar, muy a mi pesar, que el doloroso sufrimiento era el &uacute;nico maestro capaz de hacerle llegar a la meta. Entonces reconoc&iacute; s&uacute;bitamente que yo actuaba lo mismo que el caballo: el destino me estaba golpeando y todo lo que yo sab&iacute;a es que sufr&iacute;a.<br /><br />&raquo;Odiaba a la fuerza invisible que me torturaba, pero hasta aquel momento no hab&iacute;a acabado de comprender que todo aquello suced&iacute;a &uacute;nicamente para que yo realizara algo, quiz&aacute;s salvar un obst&aacute;culo espiritual que se hallaba ante m&iacute;.<br /><br />&raquo;Esta peque&ntilde;a experiencia se convirti&oacute; en un hito en mi camino: aprend&iacute; a amar a los seres invisibles que me empujaban hacia delante a latigazos, porque sent&iacute;a que hubiesen preferido darme az&uacute;car si con ello consiguieran elevarme a un escal&oacute;n superior al que ocupa la ef&iacute;mera humanidad.<br /><br />&raquo;El ejemplo que cito est&aacute; algo cojo, naturalmente &mdash;continu&oacute; Swammerdam con humor&mdash;. Cabe la pregunta de si el caballo progresar&iacute;a realmente por haber aprendido a saltar, o de si hubiera sido mejor dejarlo en su estado salvaje. Pero sobra que le diga esto. Para m&iacute; cont&oacute; sobre todo una cosa: hasta entonces hab&iacute;a vivido en la err&oacute;nea convicci&oacute;n de que todo lo malo que me suced&iacute;a era un castigo, atorment&aacute;ndome por descubrir la raz&oacute;n de merecerlo. De repente encontr&eacute; un sentido para los rigores del destino y aunque a menudo no comprend&iacute;a qu&eacute; obst&aacute;culo deb&iacute;a saltar, me esforzaba por ser un caballo d&oacute;cil.<br /><br />&raquo;Pude experimentar en m&iacute; mismo el extra&ntilde;o y oculto sentido b&aacute;sico del vers&iacute;culo b&iacute;blico que habla del perd&oacute;n de los pecados: con la noci&oacute;n del castigo hab&iacute;a desaparecido igualmente la del pecado. Sustitu&iacute; la caricatura de un Dios vengador por una fuerza ben&eacute;fica, despojada de forma, que s&oacute;lo deseaba instruirme, de la misma manera que el hombre quer&iacute;a instruir al caballo. A menudo he contado esta historia a otras personas, pero casi nunca ca&iacute;a en suelo f&eacute;rtil. La gente se persuad&iacute;a de que, siguiendo mi consejo, podr&iacute;an adivinar lo que el invisible "domador" esperaba de ellos. Y como los golpes del destino no cesaban inmediatamente, volv&iacute;an a caer en la vieja rutina, volv&iacute;an a cargarse con la misma cruz que antes, unos quej&aacute;ndose y otros refugi&aacute;ndose en una falsa humildad, "resignados". Le dir&eacute; una cosa: el que est&aacute; tan avanzado como para adivinar a veces lo que quieren de &eacute;l los seres del m&aacute;s all&aacute;, ya ha realizado la mitad del trabajo. El s&oacute;lo deseo de adivinarlo, por s&iacute; mismo, conlleva ya un cambio total en la concepci&oacute;n de la vida. La capacidad de adivinar, es algo m&aacute;s, es el fruto de esa semilla.<br /><br />&raquo;&iexcl;Es tan dif&iacute;cil adivinar lo que debemos hacer!. Nuestros primeros pasos son un tanteo irrazonable, las acciones que llevamos a efecto recuerdan a las de los lun&aacute;ticos, y no parecen estar relacionadas entre s&iacute;. Pero poco a poco vemos c&oacute;mo emerge un rostro del caos, un rostro en cuyas facciones podemos leer la voluntad del destino. Al principio s&oacute;lo hace muecas. <br />As&iacute; ocurre con todo lo grande. Cada nuevo invento, cada idea nueva que se manifiesta en el mundo es al comienzo una especie de mueca. El primer modelo de avi&oacute;n fue, durante mucho tiempo, y hasta que se convirti&oacute; en un aut&eacute;ntico aeroplano, una caricatura de un drag&oacute;n.<br /><br />&mdash;Quer&iacute;a Vd. decirme lo que cree que deber&iacute;a hacer &mdash;pidi&oacute; Hauberrisser casi con timidez. Adivinaba que el anciano se hab&iacute;a extendido tanto por temor a que su consejo, al que estimaba ostensiblemente como muy valioso, no fuese recibido con la debida consideraci&oacute;n y pudiera ser desechado.<br /><br />&mdash;Es cierto, se&ntilde;or. Pero ten&iacute;a que poner antes los fundamentos para que no se extra&ntilde;e por lo que voy a encomendarle. Tendr&aacute; que hacer algo que en su opini&oacute;n significar&aacute; m&aacute;s bien una interrupci&oacute;n del impulso natural que experimenta ahora. S&eacute;, porque es humano y comprensible, que en este momento s&oacute;lo desea buscar a Eva. No obstante, lo que debe hacer es lo que sigue: tiene Vd. que buscar la fuerza m&aacute;gica que excluir&aacute; que en el futuro le suceda otra desgracia a su novia. De otro modo podr&iacute;a ser que la encuentre &uacute;nicamente para volver a perderla, as&iacute; como los humanos se encuentran en la Tierra para ser separados por la muerte. Es necesario que la encuentre, pero no como se encuentra a un objeto perdido, sino de una manera nueva, encontrarla doblemente. Usted mismo me dijo en el camino que su vida estaba cambiando paulatinamente, como un r&iacute;o amenazado de perderse en las arenas. Todo ser humano llega alg&uacute;n d&iacute;a a este punto, aunque no sea en una sola existencia. Conozco eso. Es como una muerte que s&oacute;lo concierne al ser interior, dispensando al cuerpo. <br />Pero precisamente ese es el instante m&aacute;s valioso que poseemos, un instante que puede conducir a la victoria sobre la muerte. El esp&iacute;ritu de la tierra nota muy bien cuando est&aacute; corriendo el peligro de ser vencido por el hombre, por eso no tiende sus trampas m&aacute;s p&eacute;rfidas hasta ese momento. Plant&eacute;ese a s&iacute; mismo la pregunta: &iquest;qu&eacute; pasar&iacute;a si ahora encontrara a Eva?. De tener el valor suficiente para afrontar la verdad, tendr&iacute;a que contestarse que el curso de sus respectivas vidas continuar&iacute;a fluyendo a&uacute;n durante alg&uacute;n tiempo, pero finalmente se secar&iacute;a en las arenas de lo cotidiano. &iquest;No mencion&oacute; que Eva ten&iacute;a mucho miedo de casarse?. Es precisamente porque el destino quiere preservarla de ello, por eso les ha reunido tan r&aacute;pidamente como los ha separado.<br /><br />&raquo;En cualquier otra &eacute;poca su vivencia no ser&iacute;a m&aacute;s que una mueca de la vida, pero en &eacute;sta, cuando casi toda la humanidad se halla frente a un enorme vac&iacute;o, me parece imposible. No puedo conocer el contenido del rollo que le lleg&oacute; de tan misteriosa forma. Sin embargo, le aconsejo que deje de lado lo externo y busque lo que necesita en las lecciones escritas por aquel desconocido. Se lo aconsejo muy vivamente. Pese a que tropiece en ellas con las muecas de una desconcertante caricatura; aunque las mismas lecciones fuesen enga&ntilde;osas acabar&iacute;a encontrando en ellas lo que necesita.<br /><br />&raquo;Quien busca correctamente no puede hallar una mentira. No existe mentira en la que no pueda descubrirse la verdad. S&oacute;lo es necesario que el que busca se encuentre en el punto justo. &mdash;Swammerdam se despidi&oacute; de Hauberrisser con un r&aacute;pido apret&oacute;n de manos&mdash;. Y usted se encuentra hoy en ese punto exactamente. Podr&aacute; usted servirse sin peligro de temibles fuerzas que en otro momento lo conducir&iacute;an irremediablemente hacia la locura, porque ahora es el amor quien las convoca.</p>]]></description><pubDate>Tue, 22 Dec 2009 16:08:00 +0000</pubDate></item><item><title>El Rostro Verde (9). Gustav Meyrink. 1916. Cap&#xED;tulo VIII</title><link>https://gustavmeyrink.blogia.com/2009/122209-el-rostro-verde-9-gustav-meyrink-1916-capitulo-viii.php</link><guid isPermaLink="true">https://gustavmeyrink.blogia.com/2009/122209-el-rostro-verde-9-gustav-meyrink-1916-capitulo-viii.php</guid><description><![CDATA[<p style="text-align: justify;">Eva ten&iacute;a intenci&oacute;n de visitar a su t&iacute;a, la se&ntilde;orita de Bourignon, a la ma&ntilde;ana siguiente, para consolarla, y coger posteriormente un tren expreso hacia Amberes.<br /><br />Pero una carta que encontr&oacute; a su llegada al hotel, una carta redactada con prisa y salpicada de restos de l&aacute;grimas, la indujo a revisar su decisi&oacute;n.<br /><br />La anciana se&ntilde;orita, totalmente derrumbada al parecer por el impacto de los acontecimientos del Zee Dijk, daba cuenta de su firme determinaci&oacute;n de no salir del convento hasta que no se le calmara el dolor y se sintiera en condiciones de afrontar con renovado inter&eacute;s los asuntos de este mundo. En la &uacute;ltima frase se quejaba de una insoportable jaqueca que le imped&iacute;a recibir cualquier visita.<br /><br />Eva se tranquiliz&oacute; al comprobar que el equilibrio emocional de la vieja dama no se habia alterado en absoluto. Decidi&oacute; mandar su equipaje a la estaci&oacute;n y tomar el tren de la medianoche, el cual le hab&iacute;a sido recomendado por el conserje porque, seg&uacute;n dec&iacute;a, estar&iacute;a menos atestado que los dem&aacute;s.<br /><br /><br />Se esforz&oacute; por liberarse de la penosa sensaci&oacute;n que le hab&iacute;a causado la carta.<br /><br />&iquest;De modo que as&iacute; eran los corazones femeninos?. Ella hab&iacute;a temido que "Gabriela" no pudiera sobreponerse al rudo golpe y en lugar de eso&hellip; &iexcl;jaqueca!.<br /><br />&mdash;Las mujeres hemos perdido el sentido de lo grande &mdash;se dijo, llena de amargura&mdash;. Lo abandonamos en la dulce &eacute;poca de nuestras abuelas, convirti&eacute;ndolo en esas miserables labores de ganchillo.<br /><br />Angustiada, la muchacha se llev&oacute; las manos a la cabeza.<br /><br />&mdash;&iquest;Ser&eacute; yo un d&iacute;a igual que ellas?. &iexcl;C&oacute;mo deploro haber nacido mujer!.<br /><br />Los tiernos pensamientos que la hab&iacute;an embargado durante todo el viaje se despertaron nuevamente. De pronto le pareci&oacute; que la habitaci&oacute;n se inundaba del sensual aroma de los tilos en flor. Hizo un esfuerzo por no pensar en ello y se sent&oacute; en el balc&oacute;n a contemplar el cielo sembrado de estrellas. Anta&ntilde;o, en su &eacute;poca infantil, se sent&iacute;a consolada por la idea de que un Creador, instalado all&aacute; arriba en su trono, se preocupaba por su min&uacute;scula persona. Ahora la apesadumbraba una especie de verg&uuml;enza por ser tan peque&ntilde;a.<br /><br />En el fondo de su coraz&oacute;n despreciaba el empe&ntilde;o de las mujeres por igualarse con los hombres en todos los sectores de la vida, pero no obstante, el hecho de no poder ofrecer al hombre amado otra cosa que su belleza se le antojaba demasiado poco, demasiado irrisorio.<br /><br />Las palabras de Sephardi afirmando la existencia de un camino oculto en virtud del cual la mujer pod&iacute;a ser para el hombre m&aacute;s que una mera alegr&iacute;a terrenal, hab&iacute;an sido para ella como un rayo de esperanza que la iluminaba, un rayo que apuntaba a lo lejos. &iquest;Pero por d&oacute;nde buscar la entrada?.<br /><br />Llena de vacilaci&oacute;n trat&oacute; de reflexionar sobre el modo de poder hallar ese camino, pero no tard&oacute; en darse cuenta de que, en lugar de la lucha en&eacute;rgica por la iluminaci&oacute;n que un hombre librar&iacute;a, su tanteo no era m&aacute;s que una d&eacute;bil e infructuosa s&uacute;plica de luz dirigida a los poderes que se esconden tras de las estrellas.<br /><br />Experimentaba el dolor m&aacute;s dulce y hondo que puede consumir a un coraz&oacute;n joven y femenino: encontrarse con las manos vac&iacute;as frente al ser amado mientras se desea con toda el alma darle un mundo de felicidad. Se sinti&oacute; triste y miserable. No hab&iacute;a ning&uacute;n sacrificio, por muy duro que fuese, que no hubiera heho con j&uacute;bilo por &eacute;l&hellip; Comprend&iacute;a, gracias a su delicado instinto femenino, que lo m&aacute;ximo que una mujer pod&iacute;a dar era el sacrificio de s&iacute; misma, pero todo cuanto imaginaba poder ofrecer le parec&iacute;a una vez m&aacute;s rid&iacute;culo, ef&iacute;mero e infantil comparado con la dimensi&oacute;n de su amor.<br /><br />Someterse a &eacute;l en todo, ahorrarle cualquier preocupaci&oacute;n, leer el menor deseo en sus ojos&hellip; &iexcl;todo eso deb&iacute;a ser muy f&aacute;cil!. Pero, &iquest;conseguir&iacute;a con ello hacerlo feliz?. Tales dones no sobrepasaban el nivel humano, y lo que ella pretend&iacute;a entregar ten&iacute;a que situarse m&aacute;s all&aacute; de todo lo imaginable.<br /><br />La amarga pena de ser rica como un rey en deseos de dar y pobre como un mendigo en cuanto a qu&eacute; dar, una pena que hasta ahora s&oacute;lo hab&iacute;a sentido confusamente, creci&oacute; dentro de ella hasta adquirir unas proporciones gigantescas, apoder&aacute;ndose de todo su ser con el mismo empuje que antes habr&iacute;a conducido a los santos hacia el martirio, por encima de las burlas y de los insultos de la masa.<br /><br />En la cumbre de su sufrimiento, apoy&oacute; la frente en la baranda, y con los labios crispados, profiri&oacute; una muda s&uacute;plica: que se le apareciese el m&aacute;s peque&ntilde;o de aquellos que cruzaron por amor el r&iacute;o de la muerte y le mostrara el sendero que lleva hacia la misteriosa corona de vida, para que pudiese recogerla y darla. Como si una mano le hubiera tocado los cabellos, levant&oacute; la cabeza y vio que el cielo hab&iacute;a cambiado repentinamente: Una hendidura de luz p&aacute;lida se dibujaba de un extremo a otro, en ella se precipitaron las estrellas como nubes ef&iacute;meras empujadas por el viento. Entonces se abri&oacute; una gran sala donde unos ancianos vestidos con amplias t&uacute;nicas se sentaban en torno de una larga mesa, con los ojos clavados en <br />Eva, como si estuvieran dispuestos para escuchar lo que iba a decir. El mayor de entre ellos ten&iacute;a el perfil de una raza extranjera, llevaba entre las cejas una marca resplandeciente y de sus sienes brotaban dos rayos luminosos como los Cuernos de Mois&eacute;s.<br /><br />Eva comprendi&oacute; que deb&iacute;a formular un voto, pero era incapaz de hallar las palabras. Quiso suplicar a los viejos que escucharan sus ruegos, pero su oraci&oacute;n no pudo llegarles, porque se le hab&iacute;a quedado atragantada en la garganta.<br /><br />La sala y la mesa se difuminaron y desaparecieron. Paulatinamente fue disminuyendo la hendidura, hasta que la Via L&aacute;ctea la cubri&oacute; como una cicatriz centelleante. S&oacute;lo el hombre de la se&ntilde;al en la frente permanec&iacute;a visible.<br /><br />Con un rictus de muda desesperaci&oacute;n, Eva le tendi&oacute; los brazos para rogarle que esperase y la escuchara, mas &eacute;l deseaba ya apartar la vista.<br /><br />Fue entonces cuando vio a un hombre montado en un caballo blanco que ascend&iacute;a a galope a trav&eacute;s del aire. Reconoci&oacute; a Swammerdam.<br /><br />Swammerdam salt&oacute; del caballo, se acerc&oacute; al anciano, lo increp&oacute; rudamente y se lanz&oacute; sobre &eacute;l con furia. Despu&eacute;s, con un gesto autoritario, se&ntilde;al&oacute; a Eva. Ella supo lo que &eacute;l estaba esperando.<br /><br />En su coraz&oacute;n retumb&oacute; la palabra b&iacute;blica de que el Reino de los Cielos ten&iacute;a que ser tomado a la fuerza&hellip; Abandon&oacute; entonces las s&uacute;plicas, y tal como Swammerdam se lo hab&iacute;a ense&ntilde;ado, plenamente consciente de su victoria, de su derecho a la autodeterminaci&oacute;n, orden&oacute; al se&ntilde;or del destino que la impulsara hacia la meta m&aacute;s alta que una mujer puede alcanzar, que la impeliera sin piedad hacia adelante, m&aacute;s veloz que el tiempo, dejando a un lado la alegr&iacute;a y la felicidad, sin perder un instante, aunque le costase mil veces la vida.<br /><br />Por el brillo de la marca frontal del hombre, comprendi&oacute; que deb&iacute;a morir. Cuando hab&iacute;a pronunciado la orden, el brillo se torn&oacute; tan deslumbrante que ahogaba su capacidad de pensar. No obstante su coraz&oacute;n desbord&oacute; de alegr&iacute;a: pod&iacute;a vivir, puesto que hab&iacute;a visto el rostro del hombre al mismo tiempo. Tembl&oacute; bajo la inmensa fuerza que se estaba liberando en ella, quebrando los candados que la encerraban en una c&aacute;rcel de servidumbre. Sinti&oacute; oscilar el suelo bajo sus pies y crey&oacute; perder el conocimiento, pero sus labios continuaban murmurando sin cesar la misma orden, una y otra vez, incluso cuando ya el rostro celeste se hab&iacute;a desvanecido.<br /><br />Lentamente fue recobrando la consciencia de su entorno. Sab&iacute;a que ten&iacute;a que ir a la estaci&oacute;n, record&oacute; haber mandado las maletas; vio la carta de su tia sobre la mesa, la cogi&oacute; y la rasg&oacute; en peque&ntilde;os fragmentos. Todo era tan natural como antes y sin embargo, todo le parec&iacute;a nuevo, diferente. Como si sus manos, sus ojos, todo su cuerpo no fuese m&aacute;s que una herramienta, como si ya no estuviese ligado de manera indisoluble a su Yo. Tuvo la impresi&oacute;n de estar viviendo simult&aacute;neamente en alg&uacute;n lugar lejano del universo, estar viviendo otra vida, indistinta y todav&iacute;a poco consciente, parecida a la de un reci&eacute;n nacido. Los objetos que se hallaban en la habitaci&oacute;n no se distingu&iacute;an esencialmente de sus propios &oacute;rganos, unos y otros eran objetos &uacute;tiles al servicio de la voluntad, y nada m&aacute;s. Se acord&oacute; de la tarde pasada en el parque de Hilversum y experiment&oacute; una sensaci&oacute;n alegre y tierna, como si se tratara de un entra&ntilde;able recuerdo de la infancia, pero esos momentos eran insignificantes y min&uacute;sculos en comparaci&oacute;n con la felicidad indecible que el futuro iba a proporcionarle. <br />Su estado de &aacute;nimo era semejante al de una ciega que solamente hubiera conocido la noche cerrada, y que un d&iacute;a, al enterarse de que podr&aacute; recuperar la vista, siente c&oacute;mo dentro de su coraz&oacute;n palidecen todas las dem&aacute;s alegr&iacute;as.<br /><br />Quiso saber si era a causa del contraste con su reciente experiencia por lo que todo el mundo exterior le parec&iacute;a de golpe tan secundario. Todo lo que le transmit&iacute;an los sentidos no era sino un sue&ntilde;o, un espect&aacute;culo sin trascendencia para su Yo reci&eacute;n despierto. Al ponerse el abrigo y verse reflejada en un espejo, sus propios rasgos le resultaron extra&ntilde;os, necesit&oacute; recordar que era ella misma quien se encontraba all&iacute;.<br /><br />Cuanto hac&iacute;a estaba marcado por la misma calma casi cadav&eacute;rica; miraba serenamente el porvenir, pese a su oscuridad impenetrable, como quien sabe que el barco de su vida ha echado el ancla y espera ecu&aacute;nime la ma&ntilde;ana siguiente, indiferente a las tormentas de la noche.<br /><br />Pens&oacute; que ya iba siendo hora de ir a la estaci&oacute;n, pero la retuvo el presentimiento de que no volver&iacute;a nunca a Amberes. Cogi&oacute; papel y tinta para redactar una carta a su amado y no pudo pasar el primer rengl&oacute;n, se sent&iacute;a paralizada por la certeza de que todo lo que hiciera por su propia voluntad ser&iacute;a en vano, hab&iacute;a mayores posibilidades de detener la trayectoria de una bala que de oponer resistencia al misterioso poder que se hab&iacute;a apoderado de su destino.<br /><br />* * *<br /><br />El murmullo de una voz que ven&iacute;a de la habitaci&oacute;n contigua, y al cual no hab&iacute;a prestado ninguna atenci&oacute;n, se apag&oacute; s&uacute;bitamente. El silencio que sigui&oacute; acentu&oacute; en ella la sensaci&oacute;n de haberse vuelto sorda para todo sonido procedente del exterior. Al cabo de un rato crey&oacute; o&iacute;r un cuchicheo persistente, tan lejano como si viniera de otro pa&iacute;s. Paulatinamente fue aumentando de tono, pareci&eacute;ndose cada vez m&aacute;s a los guturales sonidos de una lengua salvaje y extranjera. No entend&iacute;a las palabras, pero supo, por la fuerza sobrenatural que la obligaba a dirigirse precipitadamente hacia la puerta, que el sentido de la comunicaci&oacute;n era una orden, una orden que deb&iacute;a cumplir sin demora.<br /><br />Descendiendo por la escalera se dio cuenta de que se hab&iacute;a dejado olvidados los guantes, pero su intento de volver sobre sus pasos se vio frenado por una potencia desconocida y mal&eacute;vola, una potencia que no era otra que la suya propia.<br /><br />R&aacute;pidamente, y no obstante sin prisa, se intern&oacute; en las calles; no sab&iacute;a si continuar&iacute;a recto o doblar&iacute;a en la pr&oacute;xima esquina, pero estaba segura de que en el &uacute;ltimo momento no tendr&iacute;a dudas acerca del camino a elegir.<br /><br />Todos sus miembros temblaban a causa de la angustia mortal, todos sus miembros excepto su coraz&oacute;n, el cual pemanec&iacute;a ajeno a todo. No era capaz de suprimir el miedo de su cuerpo, aunque lo contemplara desde fuera, como si sus nervios pertenecieran a otra persona.<br /><br />Al llegar a una gran plaza en cuyo fondo se alzaba el edificio de la Bolsa, pens&oacute; durante un instante en dirigirse hacia la estaci&oacute;n, pens&oacute; que todo hab&iacute;a sido una mera fantas&iacute;a. Entonces se sinti&oacute; empujada hacia la derecha, hacia una red de calles estrechas y sinuosas.<br /><br />Las escasas personas que encontraba se deten&iacute;an, Eva se percat&oacute; de que la segu&iacute;an con la vista.<br /><br />Dotada de una nueva facultad adivinatoria que nunca tuvo antes, fue capaz, de golpe, de descifrar los m&oacute;viles profundos de las personas. En algunos percib&iacute;a como una preocupaci&oacute;n, como una corriente de c&aacute;lida compasi&oacute;n hacia ella, aunque esas personas no notaran nada de lo que les estaba ocurriendo. No eran conscientes del por qu&eacute; de sus miradas, si se les preguntara seguramente responder&iacute;an que miraban por curiosidad.<br /><br />Llena de asombro, tuvo conciencia de que un lazo invisible y secreto un&iacute;a a los seres humanos, de que sus almas pod&iacute;an reconocerse fuera de sus cuerpos y comunicarse por medio de unas vibraciones muy sutiles, totalmente imperceptibles para los sentidos externos. Como bestias &aacute;vidas y salvajes, los seres humanos convert&iacute;an la vida en un combate, quiz&aacute;s hubiese bastado una diminuta fisura en la cortina que ten&iacute;an ante los ojos para que los m&aacute;s encarnizados enemigos se transformaran en amigos fieles. Las callejuelas se tornaban cada vez m&aacute;s solitarias e inquietantes. Estaba segura de que las pr&oacute;ximas horas le acarrear&iacute;an algo terrible &mdash;pensaba en la muerte a manos de un asesino&mdash; si no consegu&iacute;a romper el hechizo que la impulsaba hacia adelante, pero no realiz&oacute; intento alguno de luchar contra ello. Toleraba sin resistencia la extra&ntilde;a voluntad que le impon&iacute;a este camino de tinieblas, imbuida de una confianza tranquila en que todo lo que sucediera constituir&iacute;a un paso m&aacute;s hacia la meta.<br /><br />Cuando franque&oacute; el estrecho puente de un canal percibi&oacute; entre los aquilones de las casas la silueta de la Iglesia de San Nicol&aacute;s, cuyas dos torres se recortaban sobre el horizonte como oscuras manos levantadas en se&ntilde;al de advertencia. Respir&oacute; hondo de manera involuntaria, aliviada por la idea de que fuera Swammerdam quien, con el coraz&oacute;n apenado por la muerte de Klinkherbogk, la estuviera llamando.<br /><br />La acechante hostilidad que captaba a su alrededor le hizo ver que estaba equivocada. Un odio tenebroso dirigido contra ella ascend&iacute;a desde la tierra, la fr&iacute;a e implacable c&oacute;lera que se desata contra el hombre en la naturaleza cuando &eacute;ste osa sacudirse las cadenas de su servidumbre.<br /><br />Por primera vez desde que hab&iacute;a abandonado la habitaci&oacute;n, fue consciente de que se hallaba indefensa, y tuvo miedo. Trat&oacute; de detenerse, pero sus pies continuaban arrastr&aacute;ndola hacia delante, ya no ten&iacute;a ning&uacute;n poder sobre ellos. En su desesperaci&oacute;n levant&oacute; la vista hacia el cielo; al contemplar las mir&iacute;adas de estrellas se apoder&oacute; de ella un sentimiento de consoladora plenitud, eran como los ojos de un ejercito de todopoderosos salvadores que no permitir&iacute;an que alguien le hiciera el menor da&ntilde;o. Pens&oacute; en los ancianos de la sala, en cuyas manos hab&iacute;a puesto su destino, como en una asamblea de seres inmortales que con s&oacute;lo abrir y cerrar un ojo reducir&iacute;an el globo terrestre a polvo. Nuevamente oy&oacute; los extra&ntilde;os e imperativos sonidos guturales. Parec&iacute;an estar muy cerca de ella, acuci&aacute;ndola, aguijone&aacute;ndola. Reconoci&oacute; de un golpe, en la oscuridad, la casa torcida donde Klinkherbogk hab&iacute;a sido asesinado.<br /><br />Un hombre se hallaba sentado sobre una baranda en la confluencia de dos canales, estaba inm&oacute;vil e inclinado hacia delante, como deseoso de escuchar aproximarse los pasos de Eva. Supo que la fuerza demon&iacute;aca que la hab&iacute;a obligado a venir al Zee Dijk emanaba de &eacute;l.<br /><br />Una angustia fatal la paraliz&oacute;, hel&aacute;ndole la sangre en las venas. Supo, incluso antes de poder distinguir su rostro, que se trataba de aquel horrible negro que hab&iacute;a visto en la buhardilla del zapatero.<br /><br />Espantada, quiso pedir socorro, pero se hab&iacute;a roto el v&iacute;nculo entre su voluntad y su capacidad ejecutiva. Su cuerpo estaba sometido a un poder ajeno. Como si estuviera muerta, como si se hallara fuera de su cuerpo, vio acercarse al negro, lo vio titubear, detenerse cerca de ella.<br /><br />El negro alz&oacute; la cabeza, sus pupilas estaban torcidas hacia arriba, como las de alguien que durmiera con los ojos abiertos. Eva se dio cuenta de que estaba tan r&iacute;gido como un cad&aacute;ver, de que s&oacute;lo tendr&iacute;a que empujarlo levemente para que se cayera de espaldas al agua. Pero al mismo tiempo comprendi&oacute; que no ser&iacute;a capaz de hacerlo. Se vio a s&iacute; misma como una v&iacute;ctima indefensa que se hallar&iacute;a en manos del negro en cuanto despertara, pod&iacute;a contar los minutos que la separaban del mortal desenlace. Un calambre intermitente en la cara del negro le anunci&oacute; que iba recobrando el conocimiento lentamente.<br /><br />A menudo hab&iacute;a o&iacute;do decir que las mujeres, en particular las rubias, pese a su violenta aversi&oacute;n contra los negros, no pod&iacute;an evitar abandonarse completamente a ellos, como si la salvaje sangre africana ejerciera sobre ellas una m&aacute;gica atracci&oacute;n que no pod&iacute;a ser combatida. Nunca lo hab&iacute;a cre&iacute;do, y despreciaba tal actitud como propia de criaturas bajas y bestiales, pero ahora, horripilada, reconoci&oacute; que realmente experimentaba un impulso as&iacute;. El abismo aparentemente infranqueable que existe entre la aversi&oacute;n y la embriaguez de los sentidos, en realidad no era m&aacute;s que una delgada pared transparente, una pared que al derrumbarse convert&iacute;a el alma de la mujer en un campo de batalla para los instintos animales.<br /><br />&iquest;Qu&eacute; era lo que confer&iacute;a a la llamada mental del salvaje, medio bestia y medio hombre, esa fuerza inexplicable que la hab&iacute;a conducido como una lun&aacute;tica a trav&eacute;s de calles desconocidas?, &iquest;no era acaso la vibraci&oacute;n inconsciente de su deseo, un deseo que, orgullosamente, hab&iacute;a cre&iacute;do no tener?.<br /><br />Temblando a causa del temor, se pregunt&oacute; si no poseer&iacute;a el negro un poder diab&oacute;lico capaz de arrastrar a las mujeres blancas, o si ser&iacute;a ella m&aacute;s baja y ruin que las dem&aacute;s, que no obedec&iacute;an a su llamada porque ni siquiera la escuchaban.<br /><br />No vio salvaci&oacute;n posible. Toda la felicidad que hab&iacute;a deseado para su amado y para ella misma se desvanecer&iacute;a con su cuerpo. Hab&iacute;a querido apartarse de la tierra, pero la tierra reten&iacute;a con mano de hierro aquello que le pertenec&iacute;a. Como una encarnaci&oacute;n de su impotencia se alzaba ante ella la descomunal figura del negro. Lo vio incorporarse de un salto y sacudirse la torpeza. Luego la cogi&oacute; por los brazos y la atrajo hacia s&iacute; con vehemencia. Eva profiri&oacute; un grito de socorro que repercuti&oacute; en los muros de las casas. El negro le tap&oacute; la boca con la mano, presionando hasta casi asfixiarla.<br /><br />Una cuerda de cuero rojo oscuro rodeaba el cuello descubierto del zul&uacute;, Eva se agarr&oacute; a ella convulsivamente, para no ser arrojada al suelo. Por un instante consigui&oacute; librarse de la presi&oacute;n y reuni&oacute; sus &uacute;ltimas energ&iacute;as con objeto de pedir socorro nuevamente. Alguien debi&oacute; oirla, porque se escuch&oacute; el ruido de una puerta y la calle se llen&oacute; de luces y de voces confusas. Not&oacute; que el negro la empujaba salvajemente hacia la sombra de la iglesia de San Nicol&aacute;s. Dos marineros chilenos ataviados con fajas naranjas los persegu&iacute;an muy de cerca, casi pis&aacute;ndoles los talones. Eva vislumbr&oacute; el brillo de las navajas abiertas, vio c&oacute;mo se acercaban sus rostros valientes y bronceados.<br /><br />Continu&oacute; instintivamente aferrada al collar, estirando la pierna todo lo posible para impedir la carrera del negro, que sin embargo, no parec&iacute;a notar su peso, bruscamente la levant&oacute; del suelo y sigui&oacute; corriendo pegado al muro del jard&iacute;n. La muchacha observ&oacute; ante s&iacute; los abultados labios del zul&uacute;, sus dientes similares a las fauces de una bestia. La b&aacute;rbara expresi&oacute;n que incendiaba sus blancos ojos se le incrust&oacute; de tal modo en los sentidos que se qued&oacute; r&iacute;gida, como hipnotizada, incapaz ya de oponer la m&aacute;s m&iacute;nima resistencia.<br /><br />Uno de los marineros se lanz&oacute; al suelo tratando de atrapar al negro. Qued&oacute; a sus pies, encogido como un gato, apunt&aacute;ndole desde abajo con la navaja. El zul&uacute; elev&oacute; la rodilla con la rapidez de un rel&aacute;mpago y la descarg&oacute; en la frente del marinero, que se derrumb&oacute; totalmente, con el cr&aacute;neo machacado. De pronto, Eva se sinti&oacute; arrojada por encima del portal del jard&iacute;n. Crey&oacute; que se le hab&iacute;an roto todos los huesos. A trav&eacute;s de los barrotes, en los que se hab&iacute;an quedado enganchados algunos pedazos de su vestido, pudo contemplar al negro luchando contra su segundo adversario.<br /><br />La lucha dur&oacute; pocos segundos. El marinero, fuertemente proyectado contra un muro de la casa de enfrente, se estrell&oacute; contra una ventana, la cual se quebr&oacute; estrepitosamente como consecuencia del impacto.<br /><br />Eva, temblando de agon&iacute;a, intent&oacute; escapar, pero el estrecho jard&iacute;n carec&iacute;a de salida. Se acurruc&oacute; bajo un banco como un animal perseguido, sabi&eacute;ndose perdida de antemano; el color de su vestido, que brillaba en la oscuridad, la delatar&iacute;a de un momento a otro.<br /><br />Al ver al negro saltando el muro busc&oacute; algo punzante para hund&iacute;rselo en el coraz&oacute;n, no quer&iacute;a volver a caer viva en sus manos. Muda y desesperadamente, suplic&oacute; a Dios que la ayudara a encontrar algo con lo que darse muerte antes de que su verdugo la descubriera.<br /><br />Entonces crey&oacute; haber perdido la raz&oacute;n. Estaba contemplando su propia imagen, la cual se encontraba en mitad del jard&iacute;n, tranquila y sonriente.<br /><br />El negro, que parec&iacute;a verla tambi&eacute;n, se aproxim&oacute; a ella, sorprendido.<br /><br />La joven lo vio hablar con la aparici&oacute;n; no pudo entender las palabras, pero advirti&oacute; un repentino cambio en su voz, era la voz de un hombre tan paralizado por el terror que no hac&iacute;a otra cosa que tartamudear.<br /><br />Pese a que estaba persuadida de que todo era una alucinaci&oacute;n y se cre&iacute;a enloquecida por el hecho de ser v&iacute;ctima del salvaje, no pod&iacute;a apartar la vista de la escena.<br /><br />En ese instante tuvo la n&iacute;tida certeza de que era ella misma y de que el negro, por alguna raz&oacute;n incomprensible, se hallaba en su poder.<br /><br />Pero enseguida volvi&oacute; a hundirse en la desesperaci&oacute;n y reinici&oacute; la b&uacute;squeda de un arma.<br /><br />Junt&oacute; todo su aplomo para discernir si estaba o no delirando; clav&oacute; la vista en el fantasma y lo vio desvanecerse, como si hubiera sido aspirado por la intensidad de su mirada. Se esforz&oacute; por distinguirlo en la oscuridad y lo vio regresando a su propio cuerpo. Podia atraerla hacia s&iacute; y volver a expulsarlo, pero cada vez que se alejaba sent&iacute;a un escalofr&iacute;o corri&eacute;ndola, como si la muerte se arrimara a ella. Al negro ya no parec&iacute;an afectarle en absoluto las constantes apariciones y desapariciones. Hablaba para s&iacute;, a media voz, como en sue&ntilde;os.<br /><br />Eva intuy&oacute; que hab&iacute;a vuelto a caer en el extra&ntilde;o estado de inconsciencia en que se lo encontr&oacute; cuando estaba sentado en la baranda del canal.<br /><br />Temblando todav&iacute;a, tuvo el suficiente coraje para abandonar su escondite.<br /><br />Oy&oacute; voces que llamaban desde la calle. El reflejo de las linternas en las ventanas de las casas transformaba las sombras de los &aacute;rboles en una especie de tropa de fant&aacute;sticos saltarines. Cont&oacute; los latidos de su coraz&oacute;n, &iexcl;ahora!, &iexcl;ahora deb&iacute;an estar muy cerca las personas que buscaban al negro!. Aunque se ca&iacute;a de agotamiento, se dirigi&oacute; corriendo hacia el portal del jard&iacute;n. Pidi&oacute; auxilio con todas sus fuerzas.<br /><br />Finalmente perdi&oacute; el conocimiento, pero a&uacute;n pudo ver a una mujer de falda corta y roja arrodillarse junto a ella y mojarle la frente. Siluetas multicolores, semidesnudas, trepaban por la tapia. Agitaban antorchas y ten&iacute;an cuchillos centelleantes entre los dientes, parec&iacute;an un ej&eacute;rcito de incre&iacute;bles diablos surgidos de la tierra para socorrerla. El resplandor de las antorchas circulando por el jard&iacute;n animaba las im&aacute;genes de los santos en los vidrios de la iglesia. Brutales maldiciones, proferidas en espa&ntilde;ol, se cruzaron en el aire: &laquo;&iexcl;Ah&iacute; est&aacute; el negro!. &iexcl;Arrancadle las tripas!". Vio marineros abalanz&aacute;ndose sobre el zul&uacute;, vociferando con furia, y vio c&oacute;mo se derrumbaban bajo los golpes de sus terribles pu&ntilde;os. El zul&uacute; se abri&oacute; camino entre la horda, oy&oacute; su grito triunfal hendiendo el aire, igual que un tigre que se hubiera liberado de sus cadenas. Se encaram&oacute; a un &aacute;rbol y, con un salto tremendo, se lanz&oacute; sobre el tejado de la iglesia.<br /><br />* * * <br /><br />Cuando despert&oacute; de su desmayo, so&ntilde;&oacute; durante un instante con un anciano que ten&iacute;a la frente vendada y que se inclinaba sobre ella llam&aacute;ndola por su nombre. Crey&oacute; que se trataba de L&aacute;zaro Eidotter, pero enseguida percibi&oacute; c&oacute;mo sus rasgos se transformaban en los del negro, con sus blancos ojos y sus labios abultados, mostrando los dientes con adem&aacute;n amenazador, tal como se le hab&iacute;a quedado grabado en la memoria de manera indeleble. Su delirio febril le hizo perder nuevamente el conocimiento.<br /></p>]]></description><pubDate>Tue, 22 Dec 2009 16:02:00 +0000</pubDate></item></channel></rss>
