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La obra de Gustav Meyrink

Murciélagos (I) Nota Preliminar

Murciélagos (I) Nota Preliminar

Corre el año 1909, tres jóvenes estudiantes de arquitectura se instalan en un atelier de Dresde. Son Kirchner, Heckel y Schmidt-Rottluf; sus ideas son simples: "dejarse seducir por todas las audacias, por todas las veleidades revolucionarias". Este es uno de los elementos excepcionales del panorama

alemán: la pintura precede a la literatura, la imagen a la palabra. Ha nacido el expresionismo. Los artistas actúan casi por instinto, las telas son invadidas por la brutalidad de los colores y la violencia de los paisajes. Munch, Ensor, Rols, Redon y Kubin arrastran a los escritores y a los músicos, quienes comienzan los primeros experimentos que acabarán en el atonalismo. Todos los marcos del realismo y el romanticismo son desbordados, Wagner deja lugar a Schoenberg. Esto acaba con un largo período de literatura realista producto de la reacción contra el romanticismo.

Los primeros esbozos de literatura fantástica alemana debemos buscarlos en los pequeños textos místicos del siglo XIII, pero no se puede, sin embargo, hablar de fantasía en sentido estricto hasta fines del siglo XVIII. Es necesario llegar a Goethe para poder elaborar, si bien no conscientemente, la idea de la novela.

La magia, las consideraciones alquímicas, las reflexiones astrológicas, inundan las páginas del autor de Fausto y se proyectan sobre sus contemporáneos: Fleist, Hólderlin, Arnim. Así aparece otro de los grandes alemanes: E. T. A. Hoffman, heredero directo de Goethe y Novalis, con el que surge otra característica importante de lo fantástico alemán: su interconexión con la música, que también alcanzaría a Eichendorff, Chamisso y Brentano, quien no vaciló en afirmar que su "alma era una danzarina apasionada".

La música, la poesía y la fantasía marcan una época única del romanticismo, una floración de lo invisible, una búsqueda apasionada del Naturgeist (la esencia, la naturaleza íntima), que provocaría, que precipitaría la reacción necesaria. La búsqueda de un mundo ideal que no existía, error trágico de la mayor parte de los románticos alemanes, daría lugar a un período realista a ultranza. La  fantasía se refugia en algunas de las obras de Storm, Keller o Hauptmann. Sin embargo los ángeles no habían muerto, con el auge expresionista, renacen en Gustav Meyrink.

Gustav Meyer (luego Meyrink) nació en Viena el 19 de enero de 1868. Fue hijo natural de Marie Meyer, actriz de la corte del teatro de Munich, y de Carl Preiherr von Varnbühler, ministro de Estado.

Esta circunstancia sin duda le debe haber causado innúmeras humillaciones, lo que luego cimentaría su odio acérrimo contra la burguesía. Estudió en lo Academia Comercial de Praga, ciudad que lo iba a marcar para siempre, y a los veinte años ingresó como empleado al Banco Morgenstern. Su primer matrimonio data de 1892, a éste le sigue una época de desavenencias afectivas que preceden a su divorcio y posterior casamiento con Philoméne Bernt en 1905. En 1903 había ingresado como redactor en la revista de humor y sátira Lieber Augustin, donde publica sus primeros textos, para luego colaborar en Simplicissimus.

Der heisse Soldat (El soldado ardiente, 1903), Orchideen (Orquídeas, 1904) y Das Wachsfiguren kabinett (El museo de cera, 1908), publicados primero en forma separada, son reunidos bajo el título común de Des deutschen Spiesser Wunderhorn (El cuerno encantado del pequeño burgués alemán) en 1913, precediendo la aparición de su obra maestra, Der Golem (El Golem, 1915).

Gracias al suceso de esta última, Meyrink puede adquirir una pequeña propiedad cercana al lago de Starnberg, en Baviera, y dedicarse con tranquilidad al estudio de las ciencias ocultas y la parapsicología.

Explorando los archivos de su familia descubre que desciende en línea directa de un oficial bávaro de nombre Meyrink. Lo adopta de inmediato y en 1917 pasa a ser su apellido legal por decreto del rey de Baviera. Casi todos sus biógrafos hacen notar un hecho: Meyrink odiaba a su madre a quien reprochaba su nacimiento irregular y el fracaso de su primer matrimonio. Eso explicaría el rol nefasto que juegan las mujeres en sus relatos. Sin embargo, sus inclinaciones homosexuales también podrían justificar su visión del sexo como algo mezquino y sucio.

A partir de 1916 y casi hasta 1932, año de su muerte, se dedica a actividades secretas del más diverso orden (la telepatía, por ejemplo) y no cesa de publicar. Der grüne Gesicht (El rostro verde, 1916), Walpurgisnacht (Noche de Walpurgis, 1917), Derweisse Dominikaner (El dominico blanco, 1921), Der violette Tod (La muerte violeta, 1922), An der Schwelle des Jenseits (En el umbral del más allá, 1923) y Goldmachergeschichten (Cuentos de un alquimista, 1925) son obras en las cuales se mezclan las prácticas esotéricas, la exploración de subconsciente, los fenómenos visibles e invisibles. Todo esto y su gran amistad con Alfréd Kubin (autor de otro clásico, Die Andere Seite), lo inducen a abandonar la religión protestante y abrazar el budismo mahayana. Murió en Starnberg, su pequeña propiedad cercana a Munich, el 4 de diciembre de 1932, un año antes de la llegada del nazismo al poder.

Su obra está estructurada sobre cuatro temas mayores:

–la visión apocalíptica de la Primera Guerra Mundial, que se plasmaría en su novela El rostro verde y en muchos de sus relatos.

–El tema del zombi, el hombre mecanizado, el servidor privado de alma y de voluntad. (El Golem).

–El tema de la historia invisible: detrás de la historia alocada de los hombres existe otra, secreta, que está regulada por ciclos inmutables (La noche de Walpurgis).

–El tema del tiempo trascendental. Meyrink creía que había una especie de concentración del espacio y el tiempo (la duración del pasado, presente y futuro se confunden en una visión simultánea), idea que luego Borges (y antes que él Cyrano) desarrollaría en "El Aleph".

Su obra maestra, El Golem, está inspirada en una variante del relato de la creación según el Génesis. En los principios de nuestra era ciertos rabinos habían elaborado la hipótesis de poder construir, mediante artificios mágicos, un ser dotado de vida e inteligencia. Como la impronta divina había  sido la Palabra, creían poder hallar la fórmula fonética adecuada. En el siglo XII una secta judía imaginó 221 combinaciones de signos alfabéticos; con ellos era posible moldear una imagen humana de arcilla roja e infundirle vida. En el Renacimiento la leyenda del Golem cobra un aspecto diferente: destinado a fines domésticos, se transforma en servidor de los hombres. Su única particularidad es su crecimiento desmesurado que lo torna peligroso. Para poder matarlo es necesario borrar la primera letra de la fórmula escrita en su frente (emeth – verdad) y transformarla en muerte (meth). Este mito, en sus más diversas formas, es explotado por los escritores alemanes del siglo XIX: Archim von Arnim, E. T. A. Hoffmann, Hebbel y más tarde por algunos franceses, como Villiers de l'Isle Adam, si bien el tema está muy modificado.

Fledermaüse (Murciélagos, 1916) es su libro de relatos más importante. "Maese Leonhard", un relato que por su extensión es una verdadera "nouvelle", es uno de los más logrados. La fusión de dos historias, una de incesto y crimen –morosa y convincente–, y otra que lleva a Leonhard a la búsqueda de Jacobo de Vitriaco, mítico Gran Maestre de la Orden de los Templarios –mística y obsesiva–, es muy lograda y más tarde serviría de modelo a toda una generación de autores ingleses cultivadores del horror.

En el mismo nivel se ubican "La visita que J. H. Oberheit hace a las tempijuelas", "El cardenal Napellus" y "Los cuatro hermanos lunares", relato que contiene un curioso resumen, por así decirlo, de sus cuatro temas mayores.

"El juego de los grillos", "De como el Dr. Job Paupersum le trajo rosas rojas a su hija" y "Amadeo Knodlseder..." pertenecen, en cambio, al ciclo de obras satíficas y apocalípticas, producto de la influencia de la guerra sobre su alma mórbida.

Según Borges, "Meyrink creía que el reino de los muertos entra en el de los vivos y que nuestro mundo visible está, sin cesar, penetrado por el otro invisible". Nosotros agregaríamos que Meyrink, prefigurando a Freud, había descubierto que Tanatos está íntimamente relacionado con Eros.

Jorge A. Sánchez

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