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La obra de Gustav Meyrink

El Rostro Verde (4). Gustav Meyrink. 1916. Capítulo III

Hauberrisser caminaba por las calles preso de una furiosa agitación cuya causa ignoraba por completo. Al pasar ante el circo donde actuaba la tropa zulú de Usibepu, no podía ser otra que la mencionada por Zitter Arpad, reflexionó un momento sobre si debía asistir al espectáculo, pero desistió enseguida, ¿qué le importaba a él que un negro supiese emplear la magia?. No era la curiosidad de ver algo extraordinario lo que le impulsaba a errar y le provocaba semejante inquietud. Algo imponderable, amorfo, que flotaba en el aire, excitaba su sistema nervioso. Era el mismo hálito opresivo y misterioso que a veces, ya antes de emprender el viaje a Holanda, lo sofocaba con tanta vehemencia que no podía eludir la idea del suicidio.

Se preguntó de dónde provenía esta vez. ¿Acaso de los emigrantes judíos que había visto, en virtud de una especie de contagio?. «Debe ser la misma influencia inexplicable que hace recorrer el mundo a estos fanáticos religiosos y que a mí me ha expulsado de mi patria —intuyó. Únicamente son distintos nuestros motivos». Ya mucho antes de la guerra había experimentado esta sensación opresiva, pero antes aún le era posible dominarla, trabajando o distrayéndose. Solía interpretarla como la típica fiebre de los viajes, como un desvarío nervioso o como síntoma de un modo de vida equivocado. Más tarde, cuando la bandera de sangre comenzó a flotar sobre Europa, la interpretó como presagio de los acontecimientos. ¿Pero por qué seguía agravándose este malestar ahora que la guerra había terminado, día tras día, casi hasta la desesperación?. Y no sólo en él, casi todas las personas con las que había hablado de ello decían sentir algo similar. Todos ellos se consolaban igual que él, pensando que al final de la contienda la paz volvería al corazón de cada uno. Pero lo que ocurrió fue exactamente lo contrario.

La banal sabiduría de ciertas cabezas vacías que para cualquier cosa suelen tener a mano la explicación más fácil, ¿podía resolver acaso el misterio atribuyendo el paroxismo febril de la humanidad a la alteración del bienestar?. La causa era más profunda. Fantasmas gigantescos, surgidos de la mesa de operaciones de unos cuantos generales impasibles y ambiciosos, se habían cobrado millones de víctimas. Pero ahora se levantaba un fantasma aún más horrible. Su cabeza de medusa, ya enteramente fuera del abismo, se burlaba con cruel ironía de la humanidad, que se había imaginado que con una vuelta de la rueda de suplicio bastaría para asegurar la libertad de las generaciones venideras. En el curso de las últimas semanas Hauberrisser había conseguido olvidarse de su hastío existencial. Se le había ocurrido la extraña idea de que podría vivir como un ermitaño, como un extranjero, indiferente, en una ciudad que de la noche al día se había transformado en una especie de feria internacional. Hasta cierto punto había logrado sus objetivos. Pero el antiguo cansancio volvía a apoderarse de él, a la menor ocasión se instalaba de nuevo en su interior, multiplicado por el espectáculo de la multitud que se tambaleaba a su alrededor arrastrando su vacío. De repente, como si hubiera estado ciego hasta ese momento, se sintió espantado por la expresión que advertía en los rostros de la gente.

Estas ya no eran las caras de otro tiempo, aquellas caras que acudían a los espectáculos ávidas de diversión o para olvidar las penas cotidianas; ahora exhibían las primeras marcas de un incurable desarraigo, la simple lucha por la supervivencia traza otro tipo de surcos en la piel.

No pudo evitar pensar en ciertos grabados que mostraban las orgías y danzas medievales que la gente celebraba para olvidarse de la peste, o en esas bandadas de pájaros que silenciosamente y con sordo terror giran en el cielo cuando sienten la amenaza de un terremoto…

Una fila interminable de coches se extendía hacia el circo y las personas se precipitaban hacia el interior con febril apresuramiento, como si fuera cuestión de vida o muerte. Había damas de finos rasgos cubiertas de diamantes, baronesas francesas convertidas en "cocones", inglesas esbeltas y distinguidas que hasta hacía poco formaban parte de la mejor sociedad y que ahora se colgaban del brazo de cualquier bandido de ojos de rata y hocico de hiena, enriquecido de la noche a la mañana por un golpe bursátil. Se veían princesas rusas que temblaban hasta en sus más íntimas fibras debido a las noches en blanco y la vida agitada. No quedaba ninguna huella de la anterior impasibilidad aristocrática de estas gentes, todo había sido barrido por las olas de un diluvio espiritual. Una imagen del pasado se interpuso en la mirada de Hauberrisser: un circo ambulante, un oso tras las rejas de una jaula, con la pata izquierda atada, sin hacer otra cosa que balancearse incesantemente de una pata a otra, encarnando la desesperación más absoluta, día tras día, mes tras mes, e incluso años más tarde cuando volvió a verlo en otra feria.

«¿Por qué no lo compraste para liberarlo? —gritó algo dentro de Hauberrisser, un pensamiento que había reprimido al menos cien veces, y que no dejaba de asaltarlo como un abrasador reproche, siempre tan vívido e intransigente como el primer día. Era un hecho aparentemente insignificante y minúsculo en comparación con las enormes negligencias que se acumulan en la vida de un hombre, y sin embargo se trataba del único pensamiento que el tiempo no era capaz de borrar—. La sombra de los millares de animales torturados y asesinados pesa sobre nosotros como una maldición, y su sangre clama venganza, —pensó Hauberrisser confusamente—. ¡Ay de nosotros si el alma de un sólo caballo se encuentra entre los acusadores del Juicio Final!… ¿Por qué no lo compré y lo liberé en aquel momento?».

¡Cuántas veces se había colmado de amargos reproches por aquello, callándolo siempre con el argumento de que la liberación del oso no habría tenido más importancia que el movimiento de un grano de arena en el desierto! Pero, ¿había llevado a cabo jamás algo que tuviera más importancia?, se preguntaba pasando revista a su vida. Había estudiado, privándose del sol, para construir máquinas que estaban ya más que oxidadas, perdiendo así la oportunidad de ayudar a otros a disfrutar de ese mismo sol. Sólo había contribuido por su parte a aumentar el sinsentido universal. Se abrió camino penosamente entre la densa multitud y cuando llegó a una plaza desierta, paró un taxi y ordenó al taxista que lo condujera hasta las afueras de la ciudad. De golpe se había apoderado de él una necesidad imperiosa de resucitar los días de sol perdidos.

Las ruedas traqueteaban por el adoquinado con una lentitud desesperanzadora. El sol estaba a punto de ponerse. Impaciente por llegar de una vez al campo, su irritación se incrementaba más y más. Cuando divisó por fin el verde graso de la tierra, los millares de cabezas de ganado protegidos con mantas del frescor de la tarde, las campesinas holandesas con sus cofias blancas y sus cubos de ordeñar, tuvo la impresión de que la imagen se proyectaba sobre una inmensa pompa de jabón.
Mirando los canalillos donde se reflejaban los rayos rojos del sol poniente, creyó hallarse delante de un país de ensueño que nunca jamás debería pisar.

El olor a agua y prados sólo consiguió transformar su inquietud en melancolía y abandono. Luego, al oscurecer y ascender sobre la tierra una niebla plateada, le pareció que su cabeza era una cárcel dentro de la cual él mismo estaba sentado, observando a través de sus ojos como por unas ventanas cada vez más empañadas, un mundo de libertad que se despedía para siempre.

Al reaparecer las primeras hileras de casas, la ciudad estaba sumergida en una profunda penumbra.
El tañido de los innumerables campanarios vibraba en la neblina.

Despidió el taxi y echó a andar en dirección a su piso, atravesando callejuelas retorcidas y bordeando canales donde flotaban toscos e inmóviles barcos negros, hundidos en una marea de manzanas podridas y basura.

Ante las puertas de las casas había grupos de hombres sentados con pantalones azules y blusas rojas; las mujeres charlaban remendando las redes de pescar y bandadas de niños jugaban en la calle.

Pasó rápidamente ante los portales abiertos que emanaban un tufo a pescado, sudor y miseria cotidiana.

Le oprimía el pecho la inmensa desolación del puerto, con sus calles de adoquines refregados, y sus mugrientos canales, sus habitantes callados, sus estrechas fachadas y sus angostas tiendas de arenques y quesos, débilmente alumbradas por lámparas de petróleo.

Por un instante sintió nostalgia de las ciudades más serenas y soleadas donde había vivido. De repente le apetecía vivir nuevamente en ellas, todo lo pasado suele parecer más hermoso y agradable que el presente. Pero los más recientes recuerdos que conservaba de ellas, sobre todo su decadencia moral y física, un declive imposible de detener, sofocaron enseguida su incipiente nostalgia. Para acortar el camino cruzó un puente de metal que desembocaba en los barrios elegantes; atravesó una calle animada, muy iluminada y con suntuosos escaparates para, tras pocos pasos, encontrarse de nuevo en un sombrío callejón en donde, como si de una enfermedad crónica se tratara, había resucitado la vieja "Ness" de Amsterdam, una calle de prostitutas y chulos, tristemente célebre, que había sido destruida unos años antes. Todas aquellas personas que Londres, París, las ciudades rusas y belgas, habían vomitado, todos aquellos que abandonaron su patria huyendo a la desbandada, se reunían en estos "distinguidos" establecimientos.

Al paso de Hauberrisser, silenciosos conserjes uniformados con levitas azules, tricornios y bastones cuya empuñadura era una bola de metal, abrían y cerraban mecánicamente las puertas tapizadas. Del interior de los locales brotaba un estridente y deslumbrante rayo de luz, y durante un instante, como emergido de una garganta subterránea, desgarraba el aire un grito salvaje, de música negra, resonar de címbalos o de violines de gitanos. Más arriba, en las plantas altas, reinaba otra clase de vida, una vida callada, susurrante, felina, acechando tras de las cortinas rojas. Se oía como un tamborilear de dedos sobre los cristales; llamadas apagadas, en todas las lenguas del mundo. Distinguió un busto de mujer ataviada con un camisón blanco, la cabeza invisible a causa de la oscuridad, y más y más negras ventanas abiertas, fúnebres y taciturnas, como si la muerte habitara en aquellas habitaciones.

La casa de la esquina, al final de la callejuela, a juzgar por los carteles pegados en la pared tenía un carácter relativamente inocente, entre café-concierto y restaurante. Hauberrisser entró.
La sala se hallaba repleta de gentes que comían y bebían sentados en mesas redondas cubiertas por manteles de color amarillo. Al fondo, sobre un tablado, había una docena de cupletistas y cómicos que, sentados en semicírculo, esperaban su turno. Un anciano de vientre abombado, ojos saltones, barba blanca y delgadísimas piernas enfundadas en un "tricot" verde rana, estaba sentado al lado de una cantante francesa, con la que hablaba en voz baja de asuntos aparentemente muy importantes. Mientras tanto, el público escuchaba sin comprender un discurso pronunciado en alemán por un actor disfrazado de judío polaco. Lucía un caftán y unas botas altas y llevaba una jeringuilla en la mano; acababa cada estrofa bailando de manera grotesca y cantando con voz nasal:

"Tengo consulta
de tres a cuatro
y vivo en el segundo.
Especialista muy famoso
es el doctor Feiglstock…"

Hauberrisser buscó un asiento libre con la mirada. En todas partes, la gente se apretaba, holandeses de clase media burguesa en su mayoría. Únicamente en una mesa céntrica quedaban libres, cosa extraña, un par de sillas. Tres opulentas mujeres y una vieja de mirada severa y nariz aguileña, hacían punto alrededor de una cafetera cubierta con un capirote de lana multicolor, como en un islote de paz familiar.

Una señal amable de las cuatro damas le invitó a tomar asiento. En el primer momento había creído que se trataba de una madre con sus hijas enviudadas, pero enseguida se dio cuenta de que no podía haber ningún parentesco entre ellas: las tres más jóvenes eran las típicas holandesas rubias y gordas, de una edad aproximada de cuarenta y cinco años, mientras que la matrona de cabellos blancos debía ser originaria del sur.

El camarero sonrió maliciosamente al traerle el bistec. A su alrededor la gente hacia muecas burlonas, mirándolo de reojo, intercambiando observaciones a media voz. ¿Qué podía significar todo esto?. Hauberrisser no llegaba a entenderlo. A escondidas escudriñó a las cuatro mujeres. No, imposible, eran la encarnación misma del espíritu burgués. Su avanzada edad le pareció garantía de decencia. Acababa de subir al estrado un actor de barba roja, tocado con un sombrero de copa adornado con la bandera norteamericana y vestido con pantalones rayados en blanco y azul y un chaleco de cuadros amarillos y verdes del cual colgaba un despertador. Llevaba una oca estrangulada en el bolsillo. Terminó su actuación partiéndole el cráneo de un hachazo a su colega disfrazado de rana, acompañado por el sonido estridente de la canción "Yankee Doodle". Inmediatamente, un matrimonio de traperos de Rotterdam se puso a cantar al compás del piano la vieja y melancólica balada de la "desaparecida calle Zandstraat":

"Zeg Rooie, wat zal jij verschrikken
Ais jij's thuis gevaren ben;
Da zal je zien en ondervinden
Dat jij de Polder nie meer ken.
De heele keet wordt afgebroken,
De heeren krijgen nou d'r zin.
De meides motten uit d'r zaakies
De Burgemeester trekt erin".

El público, emocionado como si de una coral protestante se tratara, se unió al canto, y los ojos de las tres gordas holandesas brillaban humedecidos por las lágrimas:

"Ze gaan de Zandstraat netjes maken
't Wordtn kermenadebuurt
De huisies en de stille knippies
Die zijn al an de Raad verhuurt.
Bij Nielsen ken je nie meer dansen
Bij Charley zijn geen meisies meer.
En moeke Bet daar al'n hoedje
Die wordt nú zuster in den Heer".

Vivos y chillones como los arabescos de un caleidoscopio, los números del programa se sucedían sin cesar, sin ningún tipo de conexión entre ellos: muchachitas inglesas espantosamente inocentes, apaches con bufandas de lana roja, una bailarina de vientre siria, un imitador de campanas…
Esta mezcla de absurdos ejercía un efecto tranquilizador sobre los nervios. El tiempo pasaba sin que Hauberrisser se diera cuenta. Para la apoteosis final los artistas enarbolaban las banderas de todas las naciones del mundo, probablemente como símbolo de la paz restituida, mientras que un negro cantaba y bailaba:

Oh Susy Anna Oh dont cry for me
I'm going to Llosiana
My true love for to see…

Al final del espectáculo, Hauberrisser no salía de su asombro al percatarse de que el numeroso público había dejado la sala prácticamente vacía.

Sus cuatro compañeras de mesa también habían desaparecido silenciosamente, dejándole sobre su copa de vino un tierno recuerdo, una tarjeta de color rosa con dos palomas dándose el pico que decía:

Madame Gitel Schlamp.
Abierto toda la noche.
Waterloo Plein, nº 21.
15 señoritas
En su hotel particular.

¡Así que… efectivamente…!

—¿Desea el señor prorrogar su entrada? —preguntó el camarero en voz baja, mientras sustituía rápidamente el mantel amarillo por un blanco lienzo adamascado; luego depositó en el centro de la mesa un ramo de tulipanes y puso cubiertos de plata.

Un gigantesco ventilador empezó a zumbar aspirando el aire plebeyo.

Unos lacayos en librea perfumaron el ambiente con vaporizadores, deslizaron hasta el tablado un tapete rojo como una lengua e instalaron sillones de cuero gris en toda la sala. Empezaban a entrar damas ataviadas con elegantísimos trajes de noche y caballeros con frac, posiblemente miembros de la misma alta sociedad internacional que Hauberrisser había visto apiñándose en el circo. En pocos minutos la sala volvió a estar repleta, sin que quedara ni un solo asiento libre.

Ligero tintineo de cadenas de monóculos, risas sofocadas, frufrú de sedosos vestidos, perfumados guantes femeninos, ríos de perlas centelleantes, estallidos de corchos de champagne, ladridos furiosos de un lulú, hombros de mujer discretamente perfumados, penetrante olor de cigarrillos caucásicos… La imagen que presentaba la sala poco rato antes había cambiado por completo. La mesa de Hauberrisser fue nuevamente ocupada por cuatro damas: una señora mayor con un binóculo dorado y tres más jóvenes, a cual de ellas más hermosa. Eran rusas, de manos finas y nerviosas, pelo rubio y ojos oscuros; fingían no notar las miradas de los caballeros, aunque no pestañeaban ni las esquivaban. Un joven inglés cuya vestimenta desvelaba a distancia un magnífico sastre, se acercó a la mesa e intercambió unas palabras con ellas. Su rostro era fino y distinguido, y reflejaba un extremo cansancio. La manga izquierda, vacía hasta el hombro, pendía flácidamente alargando aún más su alta y delicada estatura. Hauberrisser se vio rodeado por gentes a las que el pequeño burgués de cualquier nación odia instintivamente, de la misma manera que los chuchos aborrecen a los perros de raza, criaturas que son y serán siempre un enigma para la masa, siendo para ella objeto de desprecio y envidia al mismo tiempo, seres capaces de vadear la sangre sin pestañear, pero que se desmayan al oír el chirrido de un tenedor en un plato, personas que echan mano de la pistola por una mirada despectiva y que sonríen tranquilamente al ser sorprendidos haciendo trampas en el juego, que consideran normales ciertos vicios que harían santiguarse al burgués y que preferirían pasar sed durante tres días antes de beber en un vaso previamente utilizado por otro, que creen en Dios como en algo evidente, pero que se alejan de él por considerarlo poco interesante. Son criaturas que ya no tienen alma y que por ello suscitan el rechazo de la chusma, que nunca la ha tenido, unos aristócratas que prefieren morir antes de humillarse y que poseen un olfato infalible para detectar al proletario en una persona, clasificándola en peor grado que a las bestias y no obstante arrojándose a sus pies si por casualidad estuviera sentada sobre un trono, gentes poderosas que se sienten más desamparados que un niño en cuanto el destino frunce las cejas… Unos instrumentos del diablo y a la vez sus juguetes.

Una orquesta invisible había dejado de tocar la marcha nupcial de Lohengrin.

Sonó una campana.

En la sala se hizo el silencio.

Sobre el escenario se podía leer una inscripción formada por diminutas bombillas:

¡La Force de l'Imagination!

De detrás del telón surgió un caballero con aspecto de peluquero francés, vestido de frac y guantes blancos, medio calvo y con una barba puntiaguda, las mejillas caídas, ojeras pronunciadas y una pequeña rosa roja en el ojal. Saludó y sin decir nada más se sentó en una silla situada en el centro del tablado.

Hauberrisser, suponiendo que escucharía uno de esos discursos de doble sentido tan habituales en los cabarets, apartó la vista con enojo en el instante en que el actor empezaba —¿por distracción o para acompañar alguna broma de mal gusto?— a desabrochar su vestimenta.

Al cabo de un minuto seguía reinando un silencio absoluto tanto en la sala como en el escenario.
Luego comenzaron a tocar dos violines de la orquesta y se oyó, como viniendo de muy lejos, el sonido nostálgico de un altavoz que entonaba la melodía de "Guárdete Dios, hubiera sido tan bonito que Dios te guarde, no ha podido ser". Sorprendido, Hauberrisser cogió sus prismáticos y los enfocó hacia el escenario. Lo que vio le espantó tanto que casi se le cayeron de las manos. ¿Qué ocurriría allí?. ¿Se había vuelto loco de repente?. Un sudor frío le cubrió la frente… No cabía duda, ¡tenía que estar loco!. Era imposible que el espectáculo que contemplaba pudiera realmente desarrollarse en el escenario, ante centenares de espectadores, damas y caballeros que poco tiempo atrás pertenecían a la mejor sociedad.

Tal vez en una taberna del puerto, en el barrio del Nieuve Dijk, o en un aula de la Facultad de Medicina a título de curiosidad médica… Pero ¿aqui?…

¿Acaso estaba soñando?. ¿A lo mejor se había producido un milagro que atrasara de golpe la aguja del tiempo, situándola en la época de Luis XV?.

El actor se cubría el rostro con ambas manos, apretándoselo como alguien que intenta imaginarse una cosa lo más vivamente posible, poniendo en juego toda la fuerza de su fantasía… Al cabo de unos minutos se levantó, saludó con una inclinación rápida y desapareció.
Hauberrisser echó un vistazo a las damas de su mesa y a los espectadores de su entorno. Nadie se habia inmutado en lo más mínimo.

Una princesa rusa fue la única que se permitió la desenvoltura de aplaudir.

Como si nada hubiera ocurrido, todos volvieron a charlar de la manera más natural del mundo.
De pronto, Hauberrisser tuvo la impresión de estar rodeado de fantasmas; pasó los dedos sobre el mantel y aspiró el perfume de almizcle que emanaba de las flores, pero la sensación de irrealidad no hizo más que incrementarse.

De nuevo se oyó el sonido estridente de la campana y las luces de la sala se apagaron.
Hauberrisser aprovechó la ocasión para irse. Una vez en la calle casi se avergonzó de su agitación. En el fondo, ¿qué había sucedido que fuese tan horrible?, se preguntó. Nada que no se hubiera repetido infinitamente en el curso de los siglos de historia de la humanidad, y de manera mucho peor. Una máscara había caído, una máscara que siempre ha ocultado la hipocresía consciente o inconsciente, la falta de temperamento disfrazada de virtud, monstruosidades generadas por los cerebros de monjes ascetas. Durante unos cuantos siglos una imagen morbosa, tan colosal como un templo, había tomado la apariencia de la cultura. Ahora se estaba desmoronando, dejando en evidencia la putrefacción. Un absceso que revienta, por muy nauseabundo que sea su aspecto, ¿acaso no es menos horroroso que su continuo crecimiento?. Sólo los niños y los locos, que no saben que los colorines del otoño son los colores de la descomposición, se lamentan cuando en lugar de la esperada primavera llega el mortal noviembre.

Por mucho que Hauberrisser se esforzaba tratando de recobrar su equilibrio y de sustituir el juicio prematuro de la emoción por el frío razonamiento, el terror no cedia ante los argumentos de la razón.
Poco a poco, como si una voz tenue le hablara al oído, sílaba a sílaba, con frases entrecortadas, terminó por percibir nítida y claramente que su terror no era más que ese miedo confuso y paralizador de algo que no podía definir, un miedo que conocía desde hacía mucho tiempo, como un repentino percatarse de que la humanidad se precipitaba hacia su perdición.

Lo que a uno le cortaba la respiración era el hecho de que una exhibición que ayer se habría considerado el colmo de lo imposible, le pareciera hoy al público un espectáculo completamente natural. Se internó en una de las callejuelas laterales que rodeaban el café-concierto, yendo a desembocar en una galería acristalada que le resultó familiar.

Al doblar la esquina se halló ante la tienda de Chidher el Verde. El local que acababa de abandonar no era otra cosa que la parte posterior del curioso edificio de la calle Jodenbree, con su torre circundada por un tejado plano que ya le había llamado la atención anteriormente.

Levantó la vista hacia las dos ventanas de cristal deslucidos, se le aguzó la impresión de irrealidad: en la oscuridad, el edificio presentaba una extraordinaria semejanza con un gigantesco cráneo humano que apoyara los dientes de la mandíbula superior sobre el adoquinado.

Camino de su casa se le ocurrió comparar el fantástico desorden del interior de aquel cráneo de piedra con la multitud de pensamientos que se embrollan en el cerebro de las personas. Los enigmas que seguramente se ocultaban tras aquella frente pétrea se condensaron en su pecho como un opresivo presentimiento de inquietantes sucesos que acechaban entre los pliegues del destino. ¿Seguro que la visión del rostro verde en el Salón de artículos misteriosos había sido un sueño y nada más que un sueño?, reflexionó.

La figura del viejo judío, inmóvil ante su pupitre, de pronto le pareció más cercana a un espejismo que a la realidad. Los pies del hombre, ¿habían tocado el suelo efectivamente?. Cuanto más intentaba representarse mentalmente la imagen, más dudaba de su veracidad.

De golpe recordó con nitidez haber visto los cajones del pupitre a través del caftán.

Una súbita desconfianza de sus sentidos y de la materialidad en apariencia tan bien establecida del mundo exterior brotó de su alma, alumbrándolo como un relámpago. Se acordó de algo que había aprendido de niño, algo como una llave que abriera el misterio de lo inexplicable: que la luz de ciertas estrellas de la Vía Láctea, situadas a unas distancias inconcebibles, necesitan setenta mil años para llegar a la Tierra; si aquellos mundos se pudieran observar con un potentísimo telescopio, se verían unos sucesos acontecidos setenta mil años atrás y ya sumergidos en el reino del pasado, como si estuviesen ocurriendo en el mismo instante. Esto significaba que la infinidad del espacio conservaría eternamente en la luz la imagen de cada acontecimiento. La idea lo amedrentaba. «Debe existir entonces una posibilidad de resucitar lo pasado, aunque sobrepase el poder humano» —concluyó para sí mismo. En ese momento, como si hubiese una relación entre esta ley del retorno fantástico y la visión del viejo judío ante su pupitre, le pareció que éste se materializaba junto a él y se sintió presa del pánico; era como sí caminara a su lado, invisible, y sin embargo, mucho más presente que aquella estrella brillante y lejana de la Vía Láctea que todos pueden ver noche tras noche y que no obstante, quizá lleve ya setenta mil años apagada.

* * *

Se detuvo frente a su vivienda, una casa pequeña, antigua y estrecha, con solo dos ventanas, precedida de un jardincillo. Abrió la maciza puerta de haya.

La sensación de estar acompañado era tan nítida que involuntariamente miró hacia atrás antes de entrar. Subió la escalera, que era justo lo bastante ancha para una persona —como en casi todas las casas holandesas— y tan empinada como una escalera de bomberos, y penetró en su dormitorio. Era un cuarto largo y estrecho, con el techo de artesonado; en el centro había una mesa y cuatro sillas. Todo lo demás, los armarios, las cómodas, el lavabo e incluso la cama, estaba empotrado en las paredes revestidas de seda amarilla. Tomó un baño y se acostó.

Al apagar la luz, reparó en un cartón de forma cúbica que se hallaba sobre la mesa.

«¡Ah!, el Oráculo de Delphos que he comprado en el Salón de artículos misteriosos» —recordó somnoliento. Al cabo de un rato un sobresalto lo sacó de su sueño; creyó haber oído un ruido extraño, como si una mano golpeara el suelo con unas varitas.

¡Debía haber alguien en la habitación!.

¡Pero si había echado el cerrojo de la puerta!. Se acordaba perfectamente.

Palpó la pared con cuidado en busca del interruptor cuando algo como una tablilla de madera le golpeó ligeramente en el brazo. En el mismo instante oyó un ruido en el muro y un objeto de poco peso le cayó sobre la cara.

Un segundo más tarde lo deslumhró la luz de la bombilla; sonaron de nuevo los golpes de las varitas.
Provenían del interior de la caja verde que estaba sobre la mesa. «Se habrá puesto en marcha el mecanismo de esa estúpida calavera de papel, eso será todo» —gruñó Hauberrisser con enojo—. Asió el objeto que le había caído encima. Todo lo que pudo discernir con sus ojos medio adormilados fue que se trataba de un rollo de folios repletos de letras finas y borrosas.

Lo arrojó al suelo, volvió a apagar la luz y cerró los ojos. «Tiene que haberse caído de alguna parte, o puede que haya tocado la puertecilla de algún armario secreto» —se dijo—. Se agolparon en su cerebro una serie de imágenes cada vez más fantásticas. Acabó soñando con un cafre zulú, que tocado con un capirote de lana y exhibiendo verdes membranas natatorias en los pies, tenía una tarjeta del conde Ciechonski, mientras que el calavérico edificio de la calle Jodenbree hacía guiños y muecas.

Lo último que captó del mundo real, antes de sumergirse en los abismos de un sueño profundo, fue el silbido tembloroso de una sirena de barco.

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3 comentarios

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