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La obra de Gustav Meyrink

El Rostro Verde (9). Gustav Meyrink. 1916. Capítulo VIII

Eva tenía intención de visitar a su tía, la señorita de Bourignon, a la mañana siguiente, para consolarla, y coger posteriormente un tren expreso hacia Amberes.

Pero una carta que encontró a su llegada al hotel, una carta redactada con prisa y salpicada de restos de lágrimas, la indujo a revisar su decisión.

La anciana señorita, totalmente derrumbada al parecer por el impacto de los acontecimientos del Zee Dijk, daba cuenta de su firme determinación de no salir del convento hasta que no se le calmara el dolor y se sintiera en condiciones de afrontar con renovado interés los asuntos de este mundo. En la última frase se quejaba de una insoportable jaqueca que le impedía recibir cualquier visita.

Eva se tranquilizó al comprobar que el equilibrio emocional de la vieja dama no se habia alterado en absoluto. Decidió mandar su equipaje a la estación y tomar el tren de la medianoche, el cual le había sido recomendado por el conserje porque, según decía, estaría menos atestado que los demás.


Se esforzó por liberarse de la penosa sensación que le había causado la carta.

¿De modo que así eran los corazones femeninos?. Ella había temido que "Gabriela" no pudiera sobreponerse al rudo golpe y en lugar de eso… ¡jaqueca!.

—Las mujeres hemos perdido el sentido de lo grande —se dijo, llena de amargura—. Lo abandonamos en la dulce época de nuestras abuelas, convirtiéndolo en esas miserables labores de ganchillo.

Angustiada, la muchacha se llevó las manos a la cabeza.

—¿Seré yo un día igual que ellas?. ¡Cómo deploro haber nacido mujer!.

Los tiernos pensamientos que la habían embargado durante todo el viaje se despertaron nuevamente. De pronto le pareció que la habitación se inundaba del sensual aroma de los tilos en flor. Hizo un esfuerzo por no pensar en ello y se sentó en el balcón a contemplar el cielo sembrado de estrellas. Antaño, en su época infantil, se sentía consolada por la idea de que un Creador, instalado allá arriba en su trono, se preocupaba por su minúscula persona. Ahora la apesadumbraba una especie de vergüenza por ser tan pequeña.

En el fondo de su corazón despreciaba el empeño de las mujeres por igualarse con los hombres en todos los sectores de la vida, pero no obstante, el hecho de no poder ofrecer al hombre amado otra cosa que su belleza se le antojaba demasiado poco, demasiado irrisorio.

Las palabras de Sephardi afirmando la existencia de un camino oculto en virtud del cual la mujer podía ser para el hombre más que una mera alegría terrenal, habían sido para ella como un rayo de esperanza que la iluminaba, un rayo que apuntaba a lo lejos. ¿Pero por dónde buscar la entrada?.

Llena de vacilación trató de reflexionar sobre el modo de poder hallar ese camino, pero no tardó en darse cuenta de que, en lugar de la lucha enérgica por la iluminación que un hombre libraría, su tanteo no era más que una débil e infructuosa súplica de luz dirigida a los poderes que se esconden tras de las estrellas.

Experimentaba el dolor más dulce y hondo que puede consumir a un corazón joven y femenino: encontrarse con las manos vacías frente al ser amado mientras se desea con toda el alma darle un mundo de felicidad. Se sintió triste y miserable. No había ningún sacrificio, por muy duro que fuese, que no hubiera heho con júbilo por él… Comprendía, gracias a su delicado instinto femenino, que lo máximo que una mujer podía dar era el sacrificio de sí misma, pero todo cuanto imaginaba poder ofrecer le parecía una vez más ridículo, efímero e infantil comparado con la dimensión de su amor.

Someterse a él en todo, ahorrarle cualquier preocupación, leer el menor deseo en sus ojos… ¡todo eso debía ser muy fácil!. Pero, ¿conseguiría con ello hacerlo feliz?. Tales dones no sobrepasaban el nivel humano, y lo que ella pretendía entregar tenía que situarse más allá de todo lo imaginable.

La amarga pena de ser rica como un rey en deseos de dar y pobre como un mendigo en cuanto a qué dar, una pena que hasta ahora sólo había sentido confusamente, creció dentro de ella hasta adquirir unas proporciones gigantescas, apoderándose de todo su ser con el mismo empuje que antes habría conducido a los santos hacia el martirio, por encima de las burlas y de los insultos de la masa.

En la cumbre de su sufrimiento, apoyó la frente en la baranda, y con los labios crispados, profirió una muda súplica: que se le apareciese el más pequeño de aquellos que cruzaron por amor el río de la muerte y le mostrara el sendero que lleva hacia la misteriosa corona de vida, para que pudiese recogerla y darla. Como si una mano le hubiera tocado los cabellos, levantó la cabeza y vio que el cielo había cambiado repentinamente: Una hendidura de luz pálida se dibujaba de un extremo a otro, en ella se precipitaron las estrellas como nubes efímeras empujadas por el viento. Entonces se abrió una gran sala donde unos ancianos vestidos con amplias túnicas se sentaban en torno de una larga mesa, con los ojos clavados en
Eva, como si estuvieran dispuestos para escuchar lo que iba a decir. El mayor de entre ellos tenía el perfil de una raza extranjera, llevaba entre las cejas una marca resplandeciente y de sus sienes brotaban dos rayos luminosos como los Cuernos de Moisés.

Eva comprendió que debía formular un voto, pero era incapaz de hallar las palabras. Quiso suplicar a los viejos que escucharan sus ruegos, pero su oración no pudo llegarles, porque se le había quedado atragantada en la garganta.

La sala y la mesa se difuminaron y desaparecieron. Paulatinamente fue disminuyendo la hendidura, hasta que la Via Láctea la cubrió como una cicatriz centelleante. Sólo el hombre de la señal en la frente permanecía visible.

Con un rictus de muda desesperación, Eva le tendió los brazos para rogarle que esperase y la escuchara, mas él deseaba ya apartar la vista.

Fue entonces cuando vio a un hombre montado en un caballo blanco que ascendía a galope a través del aire. Reconoció a Swammerdam.

Swammerdam saltó del caballo, se acercó al anciano, lo increpó rudamente y se lanzó sobre él con furia. Después, con un gesto autoritario, señaló a Eva. Ella supo lo que él estaba esperando.

En su corazón retumbó la palabra bíblica de que el Reino de los Cielos tenía que ser tomado a la fuerza… Abandonó entonces las súplicas, y tal como Swammerdam se lo había enseñado, plenamente consciente de su victoria, de su derecho a la autodeterminación, ordenó al señor del destino que la impulsara hacia la meta más alta que una mujer puede alcanzar, que la impeliera sin piedad hacia adelante, más veloz que el tiempo, dejando a un lado la alegría y la felicidad, sin perder un instante, aunque le costase mil veces la vida.

Por el brillo de la marca frontal del hombre, comprendió que debía morir. Cuando había pronunciado la orden, el brillo se tornó tan deslumbrante que ahogaba su capacidad de pensar. No obstante su corazón desbordó de alegría: podía vivir, puesto que había visto el rostro del hombre al mismo tiempo. Tembló bajo la inmensa fuerza que se estaba liberando en ella, quebrando los candados que la encerraban en una cárcel de servidumbre. Sintió oscilar el suelo bajo sus pies y creyó perder el conocimiento, pero sus labios continuaban murmurando sin cesar la misma orden, una y otra vez, incluso cuando ya el rostro celeste se había desvanecido.

Lentamente fue recobrando la consciencia de su entorno. Sabía que tenía que ir a la estación, recordó haber mandado las maletas; vio la carta de su tia sobre la mesa, la cogió y la rasgó en pequeños fragmentos. Todo era tan natural como antes y sin embargo, todo le parecía nuevo, diferente. Como si sus manos, sus ojos, todo su cuerpo no fuese más que una herramienta, como si ya no estuviese ligado de manera indisoluble a su Yo. Tuvo la impresión de estar viviendo simultáneamente en algún lugar lejano del universo, estar viviendo otra vida, indistinta y todavía poco consciente, parecida a la de un recién nacido. Los objetos que se hallaban en la habitación no se distinguían esencialmente de sus propios órganos, unos y otros eran objetos útiles al servicio de la voluntad, y nada más. Se acordó de la tarde pasada en el parque de Hilversum y experimentó una sensación alegre y tierna, como si se tratara de un entrañable recuerdo de la infancia, pero esos momentos eran insignificantes y minúsculos en comparación con la felicidad indecible que el futuro iba a proporcionarle.
Su estado de ánimo era semejante al de una ciega que solamente hubiera conocido la noche cerrada, y que un día, al enterarse de que podrá recuperar la vista, siente cómo dentro de su corazón palidecen todas las demás alegrías.

Quiso saber si era a causa del contraste con su reciente experiencia por lo que todo el mundo exterior le parecía de golpe tan secundario. Todo lo que le transmitían los sentidos no era sino un sueño, un espectáculo sin trascendencia para su Yo recién despierto. Al ponerse el abrigo y verse reflejada en un espejo, sus propios rasgos le resultaron extraños, necesitó recordar que era ella misma quien se encontraba allí.

Cuanto hacía estaba marcado por la misma calma casi cadavérica; miraba serenamente el porvenir, pese a su oscuridad impenetrable, como quien sabe que el barco de su vida ha echado el ancla y espera ecuánime la mañana siguiente, indiferente a las tormentas de la noche.

Pensó que ya iba siendo hora de ir a la estación, pero la retuvo el presentimiento de que no volvería nunca a Amberes. Cogió papel y tinta para redactar una carta a su amado y no pudo pasar el primer renglón, se sentía paralizada por la certeza de que todo lo que hiciera por su propia voluntad sería en vano, había mayores posibilidades de detener la trayectoria de una bala que de oponer resistencia al misterioso poder que se había apoderado de su destino.

* * *

El murmullo de una voz que venía de la habitación contigua, y al cual no había prestado ninguna atención, se apagó súbitamente. El silencio que siguió acentuó en ella la sensación de haberse vuelto sorda para todo sonido procedente del exterior. Al cabo de un rato creyó oír un cuchicheo persistente, tan lejano como si viniera de otro país. Paulatinamente fue aumentando de tono, pareciéndose cada vez más a los guturales sonidos de una lengua salvaje y extranjera. No entendía las palabras, pero supo, por la fuerza sobrenatural que la obligaba a dirigirse precipitadamente hacia la puerta, que el sentido de la comunicación era una orden, una orden que debía cumplir sin demora.

Descendiendo por la escalera se dio cuenta de que se había dejado olvidados los guantes, pero su intento de volver sobre sus pasos se vio frenado por una potencia desconocida y malévola, una potencia que no era otra que la suya propia.

Rápidamente, y no obstante sin prisa, se internó en las calles; no sabía si continuaría recto o doblaría en la próxima esquina, pero estaba segura de que en el último momento no tendría dudas acerca del camino a elegir.

Todos sus miembros temblaban a causa de la angustia mortal, todos sus miembros excepto su corazón, el cual pemanecía ajeno a todo. No era capaz de suprimir el miedo de su cuerpo, aunque lo contemplara desde fuera, como si sus nervios pertenecieran a otra persona.

Al llegar a una gran plaza en cuyo fondo se alzaba el edificio de la Bolsa, pensó durante un instante en dirigirse hacia la estación, pensó que todo había sido una mera fantasía. Entonces se sintió empujada hacia la derecha, hacia una red de calles estrechas y sinuosas.

Las escasas personas que encontraba se detenían, Eva se percató de que la seguían con la vista.

Dotada de una nueva facultad adivinatoria que nunca tuvo antes, fue capaz, de golpe, de descifrar los móviles profundos de las personas. En algunos percibía como una preocupación, como una corriente de cálida compasión hacia ella, aunque esas personas no notaran nada de lo que les estaba ocurriendo. No eran conscientes del por qué de sus miradas, si se les preguntara seguramente responderían que miraban por curiosidad.

Llena de asombro, tuvo conciencia de que un lazo invisible y secreto unía a los seres humanos, de que sus almas podían reconocerse fuera de sus cuerpos y comunicarse por medio de unas vibraciones muy sutiles, totalmente imperceptibles para los sentidos externos. Como bestias ávidas y salvajes, los seres humanos convertían la vida en un combate, quizás hubiese bastado una diminuta fisura en la cortina que tenían ante los ojos para que los más encarnizados enemigos se transformaran en amigos fieles. Las callejuelas se tornaban cada vez más solitarias e inquietantes. Estaba segura de que las próximas horas le acarrearían algo terrible —pensaba en la muerte a manos de un asesino— si no conseguía romper el hechizo que la impulsaba hacia adelante, pero no realizó intento alguno de luchar contra ello. Toleraba sin resistencia la extraña voluntad que le imponía este camino de tinieblas, imbuida de una confianza tranquila en que todo lo que sucediera constituiría un paso más hacia la meta.

Cuando franqueó el estrecho puente de un canal percibió entre los aquilones de las casas la silueta de la Iglesia de San Nicolás, cuyas dos torres se recortaban sobre el horizonte como oscuras manos levantadas en señal de advertencia. Respiró hondo de manera involuntaria, aliviada por la idea de que fuera Swammerdam quien, con el corazón apenado por la muerte de Klinkherbogk, la estuviera llamando.

La acechante hostilidad que captaba a su alrededor le hizo ver que estaba equivocada. Un odio tenebroso dirigido contra ella ascendía desde la tierra, la fría e implacable cólera que se desata contra el hombre en la naturaleza cuando éste osa sacudirse las cadenas de su servidumbre.

Por primera vez desde que había abandonado la habitación, fue consciente de que se hallaba indefensa, y tuvo miedo. Trató de detenerse, pero sus pies continuaban arrastrándola hacia delante, ya no tenía ningún poder sobre ellos. En su desesperación levantó la vista hacia el cielo; al contemplar las miríadas de estrellas se apoderó de ella un sentimiento de consoladora plenitud, eran como los ojos de un ejercito de todopoderosos salvadores que no permitirían que alguien le hiciera el menor daño. Pensó en los ancianos de la sala, en cuyas manos había puesto su destino, como en una asamblea de seres inmortales que con sólo abrir y cerrar un ojo reducirían el globo terrestre a polvo. Nuevamente oyó los extraños e imperativos sonidos guturales. Parecían estar muy cerca de ella, acuciándola, aguijoneándola. Reconoció de un golpe, en la oscuridad, la casa torcida donde Klinkherbogk había sido asesinado.

Un hombre se hallaba sentado sobre una baranda en la confluencia de dos canales, estaba inmóvil e inclinado hacia delante, como deseoso de escuchar aproximarse los pasos de Eva. Supo que la fuerza demoníaca que la había obligado a venir al Zee Dijk emanaba de él.

Una angustia fatal la paralizó, helándole la sangre en las venas. Supo, incluso antes de poder distinguir su rostro, que se trataba de aquel horrible negro que había visto en la buhardilla del zapatero.

Espantada, quiso pedir socorro, pero se había roto el vínculo entre su voluntad y su capacidad ejecutiva. Su cuerpo estaba sometido a un poder ajeno. Como si estuviera muerta, como si se hallara fuera de su cuerpo, vio acercarse al negro, lo vio titubear, detenerse cerca de ella.

El negro alzó la cabeza, sus pupilas estaban torcidas hacia arriba, como las de alguien que durmiera con los ojos abiertos. Eva se dio cuenta de que estaba tan rígido como un cadáver, de que sólo tendría que empujarlo levemente para que se cayera de espaldas al agua. Pero al mismo tiempo comprendió que no sería capaz de hacerlo. Se vio a sí misma como una víctima indefensa que se hallaría en manos del negro en cuanto despertara, podía contar los minutos que la separaban del mortal desenlace. Un calambre intermitente en la cara del negro le anunció que iba recobrando el conocimiento lentamente.

A menudo había oído decir que las mujeres, en particular las rubias, pese a su violenta aversión contra los negros, no podían evitar abandonarse completamente a ellos, como si la salvaje sangre africana ejerciera sobre ellas una mágica atracción que no podía ser combatida. Nunca lo había creído, y despreciaba tal actitud como propia de criaturas bajas y bestiales, pero ahora, horripilada, reconoció que realmente experimentaba un impulso así. El abismo aparentemente infranqueable que existe entre la aversión y la embriaguez de los sentidos, en realidad no era más que una delgada pared transparente, una pared que al derrumbarse convertía el alma de la mujer en un campo de batalla para los instintos animales.

¿Qué era lo que confería a la llamada mental del salvaje, medio bestia y medio hombre, esa fuerza inexplicable que la había conducido como una lunática a través de calles desconocidas?, ¿no era acaso la vibración inconsciente de su deseo, un deseo que, orgullosamente, había creído no tener?.

Temblando a causa del temor, se preguntó si no poseería el negro un poder diabólico capaz de arrastrar a las mujeres blancas, o si sería ella más baja y ruin que las demás, que no obedecían a su llamada porque ni siquiera la escuchaban.

No vio salvación posible. Toda la felicidad que había deseado para su amado y para ella misma se desvanecería con su cuerpo. Había querido apartarse de la tierra, pero la tierra retenía con mano de hierro aquello que le pertenecía. Como una encarnación de su impotencia se alzaba ante ella la descomunal figura del negro. Lo vio incorporarse de un salto y sacudirse la torpeza. Luego la cogió por los brazos y la atrajo hacia sí con vehemencia. Eva profirió un grito de socorro que repercutió en los muros de las casas. El negro le tapó la boca con la mano, presionando hasta casi asfixiarla.

Una cuerda de cuero rojo oscuro rodeaba el cuello descubierto del zulú, Eva se agarró a ella convulsivamente, para no ser arrojada al suelo. Por un instante consiguió librarse de la presión y reunió sus últimas energías con objeto de pedir socorro nuevamente. Alguien debió oirla, porque se escuchó el ruido de una puerta y la calle se llenó de luces y de voces confusas. Notó que el negro la empujaba salvajemente hacia la sombra de la iglesia de San Nicolás. Dos marineros chilenos ataviados con fajas naranjas los perseguían muy de cerca, casi pisándoles los talones. Eva vislumbró el brillo de las navajas abiertas, vio cómo se acercaban sus rostros valientes y bronceados.

Continuó instintivamente aferrada al collar, estirando la pierna todo lo posible para impedir la carrera del negro, que sin embargo, no parecía notar su peso, bruscamente la levantó del suelo y siguió corriendo pegado al muro del jardín. La muchacha observó ante sí los abultados labios del zulú, sus dientes similares a las fauces de una bestia. La bárbara expresión que incendiaba sus blancos ojos se le incrustó de tal modo en los sentidos que se quedó rígida, como hipnotizada, incapaz ya de oponer la más mínima resistencia.

Uno de los marineros se lanzó al suelo tratando de atrapar al negro. Quedó a sus pies, encogido como un gato, apuntándole desde abajo con la navaja. El zulú elevó la rodilla con la rapidez de un relámpago y la descargó en la frente del marinero, que se derrumbó totalmente, con el cráneo machacado. De pronto, Eva se sintió arrojada por encima del portal del jardín. Creyó que se le habían roto todos los huesos. A través de los barrotes, en los que se habían quedado enganchados algunos pedazos de su vestido, pudo contemplar al negro luchando contra su segundo adversario.

La lucha duró pocos segundos. El marinero, fuertemente proyectado contra un muro de la casa de enfrente, se estrelló contra una ventana, la cual se quebró estrepitosamente como consecuencia del impacto.

Eva, temblando de agonía, intentó escapar, pero el estrecho jardín carecía de salida. Se acurrucó bajo un banco como un animal perseguido, sabiéndose perdida de antemano; el color de su vestido, que brillaba en la oscuridad, la delataría de un momento a otro.

Al ver al negro saltando el muro buscó algo punzante para hundírselo en el corazón, no quería volver a caer viva en sus manos. Muda y desesperadamente, suplicó a Dios que la ayudara a encontrar algo con lo que darse muerte antes de que su verdugo la descubriera.

Entonces creyó haber perdido la razón. Estaba contemplando su propia imagen, la cual se encontraba en mitad del jardín, tranquila y sonriente.

El negro, que parecía verla también, se aproximó a ella, sorprendido.

La joven lo vio hablar con la aparición; no pudo entender las palabras, pero advirtió un repentino cambio en su voz, era la voz de un hombre tan paralizado por el terror que no hacía otra cosa que tartamudear.

Pese a que estaba persuadida de que todo era una alucinación y se creía enloquecida por el hecho de ser víctima del salvaje, no podía apartar la vista de la escena.

En ese instante tuvo la nítida certeza de que era ella misma y de que el negro, por alguna razón incomprensible, se hallaba en su poder.

Pero enseguida volvió a hundirse en la desesperación y reinició la búsqueda de un arma.

Juntó todo su aplomo para discernir si estaba o no delirando; clavó la vista en el fantasma y lo vio desvanecerse, como si hubiera sido aspirado por la intensidad de su mirada. Se esforzó por distinguirlo en la oscuridad y lo vio regresando a su propio cuerpo. Podia atraerla hacia sí y volver a expulsarlo, pero cada vez que se alejaba sentía un escalofrío corriéndola, como si la muerte se arrimara a ella. Al negro ya no parecían afectarle en absoluto las constantes apariciones y desapariciones. Hablaba para sí, a media voz, como en sueños.

Eva intuyó que había vuelto a caer en el extraño estado de inconsciencia en que se lo encontró cuando estaba sentado en la baranda del canal.

Temblando todavía, tuvo el suficiente coraje para abandonar su escondite.

Oyó voces que llamaban desde la calle. El reflejo de las linternas en las ventanas de las casas transformaba las sombras de los árboles en una especie de tropa de fantásticos saltarines. Contó los latidos de su corazón, ¡ahora!, ¡ahora debían estar muy cerca las personas que buscaban al negro!. Aunque se caía de agotamiento, se dirigió corriendo hacia el portal del jardín. Pidió auxilio con todas sus fuerzas.

Finalmente perdió el conocimiento, pero aún pudo ver a una mujer de falda corta y roja arrodillarse junto a ella y mojarle la frente. Siluetas multicolores, semidesnudas, trepaban por la tapia. Agitaban antorchas y tenían cuchillos centelleantes entre los dientes, parecían un ejército de increíbles diablos surgidos de la tierra para socorrerla. El resplandor de las antorchas circulando por el jardín animaba las imágenes de los santos en los vidrios de la iglesia. Brutales maldiciones, proferidas en español, se cruzaron en el aire: «¡Ahí está el negro!. ¡Arrancadle las tripas!". Vio marineros abalanzándose sobre el zulú, vociferando con furia, y vio cómo se derrumbaban bajo los golpes de sus terribles puños. El zulú se abrió camino entre la horda, oyó su grito triunfal hendiendo el aire, igual que un tigre que se hubiera liberado de sus cadenas. Se encaramó a un árbol y, con un salto tremendo, se lanzó sobre el tejado de la iglesia.

* * *

Cuando despertó de su desmayo, soñó durante un instante con un anciano que tenía la frente vendada y que se inclinaba sobre ella llamándola por su nombre. Creyó que se trataba de Lázaro Eidotter, pero enseguida percibió cómo sus rasgos se transformaban en los del negro, con sus blancos ojos y sus labios abultados, mostrando los dientes con ademán amenazador, tal como se le había quedado grabado en la memoria de manera indeleble. Su delirio febril le hizo perder nuevamente el conocimiento.

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