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La obra de Gustav Meyrink

El Rostro Verde (11). Gustav Meyrink. 1916. Capítulo X

El primer acto de Sephardi, la mañana siguiente a su visita a Hilversum, consistió en ir a ver al psiquiatra Debrouwer para informarse sobre el caso de Lázaro Eidotter.

Estaba demasiado convencido de la inocencia del viejo judío como para no sentirse obligado a intervenir en favor de su correligionario, más en cuanto que el doctor Debrouwer pasaba por ser un alienista extremadamente mediocre y de diagnóstico poco seguro.

Aunque Sephardi sólo había visto a Eidotter una vez en su vida, sentía gran simpatía por él.

El sólo hecho de que formara parte de un círculo de místicos cristianos siendo judío, permitía suponer que era un Chassid cabalístico, y todo lo referente a esta extraña secta judía le interesaba en el mayor grado.

* * *

No se había equivocado al suponer que el psiquiatra emitiría un juicio totalmente erróneo. Apenas había expresado su convicción de que Eidotter era inocente y de que sus confesiones se explicaban por un ataque de histeria, cuando fue interrumpido por el doctor Debrouwer, cuyo exterior delataba al pseudocientífico de cabeza hueca:

—El examen no ha revelado ninguna anomalía. Sólo lo tengo en observación desde ayer, pero está claro que no hay ningún síntoma patológico.

—¿Considera, entonces, que el viejo es un asesino consciente y que su confesión es verídica? —preguntó el doctor Sephardi con sequedad.

Los ojos del médico adoptaron una expresión de inteligencia sobrenatural. Se colocó hábilmente a contraluz, para que el reflejo de sus pequeñas gafas ovaladas realzara aún más, si cabía, su imponente rostro de pensador. Bajando la voz, como si de un secreto se tratara, dijo en tono misterioso:

—No es que Eidotter sea el asesino, pero sí es cómplice. Se trata de una conspiración.

—¿Ah, sí?. ¿Y en qué basa usted esa conclusión?.

El doctor Debrouwer se inclinó hacia delante y susurró:

—Su confesión coincide en ciertos puntos con los hechos, por consiguiente, debe conocerlos. Se denunció a sí mismo como asesino para que sus cómplices tuvieran tiempo de escapar.

—Se conocen, pues, todos los detalles del asesinato.

—Desde luego. Uno de nuestros más célebres criminalistas los descubrió a partir del dictamen pericial. El zapatero Klinkherbogk, en un ataque de… dementia praecox —Sephardi tuvo que contener la sonrisa— apuñaló a su nieta con una lezna, y cuando se disponía a abandonar el cuarto, fue asesinado por el criminal que acababa de entrar a la habitación. Después, el asesino tiró el cadáver por la ventana, al canal. Se ha encontrado una corona de papel dorado que pertenecía a Klinkherbogk flotando sobre el agua.

—¿Y el relato de Eidotter es exactamente igual?.

—¡Sí, precisamente! —el doctor Debrouwer soltó una carcajada—. Cuando los inquilinos supieron lo del asesinato, algunos de ellos quisieron despertar a Eidotter y lo encontraron desmayado, sin conocimiento. Está claro que fingía. Y por otra parte, de no haber participado en el crimen, no podía saber que la pequeña murió acuchillada por una lezna, no obstante lo mencionó expresamente en su confesión. El hecho de que también se haya declarado culpable del infanticidio tiene fácil explicación: lo hizo para confundir a la policía.

—¿Y de qué modo pretende haber sorprendido al zapatero?.

—Afirma que se subió por una cadena que cuelga desde el tejado hasta el agua del canal, y luego dice que le rompió el cuello a Klinkherbogk, que lo había recibido alegre y con los brazos abiertos. Puras tonterías, desde luego.

—Dice usted que es imposible que supiera lo de la lezna. ¿No podría habérselo dicho alguien antes de entregarse a la policía?.

—Imposible.

Sephardi se quedó muy pensativo. Su hipótesis inicial en el sentido de que Eidotter se había declarado culpable para cumplir una misión imaginaria que se correspondiese con su nombre de "Simón, el portador de la cruz", no se tenía en pie. Si el médico no mentía, ¿cómo era posible que Eidotter conociera el detalle de la lezna?. Sephardi intuyó que el caso del viejo tenía que ver con fenómenos de adivinación consciente.

Abrió la boca para expresar su sospecha de que el asesino podría ser el zulú, pero antes de que pudiera pronunciar una sola palabra, sintió, desde el fondo de su ser, un golpe violento que lo hizo callar enseguida.

Había sido casi como un contacto físico, pero a pesar de ello no concedió mayor importancia al asunto. Se limitó a preguntar si le estaba permitido hablar con Eidotter.

—En principio no debería consentirlo —respondió Debrouwer— sobre todo porque usted, según las informaciones del tribunal, estuvo con él poco antes de los acontecimientos, en casa de Swammerdam. Pero si insiste, y en atención a su inatacable reputación de sabio aquí en Amsterdam, excederé con gusto mis atribuciones —tocó el timbre y ordenó a un guardia que acompañara a Sephardi a la celda.

* * *

El viejo judío, tal como se le podía ver a través de la ventanilla de la puerta, estaba sentado ante la ventana enrejada, contemplando el cielo soleado.

Al oír la puerta se levantó con indiferencia.

Sephardi se acercó a él rápidamente y le apretó la mano.

—He venido a verle, señor Eidotter, primero porque lo considero un deber de correligionario…

—Correligionario —murmuró Eidotter respetuosamente, haciendo una reverencia.

—…y segundo, porque estoy convencido de su inocencia.

—Inocencia —repitió el anciano como un eco.

—Me temo que no confía en mí —continuó Sephardi tras un silencio—. No se preocupe, he venido como amigo.

—Como amigo —dijo Eidotter como una máquina.

—¿Acaso no me cree?. Me causaría mucha pena.

El viejo judío pasó la mano por la frente con lentitud, como si acabara de despertar.

Poniéndose la mano en el corazón, y articulando penosamente las palabras —se esforzaba por evitar todo rastro de dialecto— dijo:

—Yo… yo no tengo… enemigos. ¿Y entonces?… Y por lo que ha dicho de que viene como amigo, ¿de dónde sacaré el derecho de dudar de sus palabras?.

—Muy bien. Me alegro. Voy a poder hablarle con toda franqueza, señor Eidotter —Sephardi aceptó la silla que le ofrecía el viejo, y se sentó de manera apropiada para poder observar su fisonomía—. Si ahora le planteo algunas preguntas, no es por curiosidad, sino para ayudarle a salir de la fatal situación en que se encuentra.

—…Ayudarle… —murmuró Eidotter.

Sephardi se calló durante un rato. Contempló con atención el rostro del anciano, que aparecía inmóvil e impasible, sin la menor traza de emoción.

Advirtió a primera vista las profundas arrugas que surcaban su cara, debía haber sufrido horriblemente. Sin embargo, reparó en un extraño contraste, un brillo ingenuo en sus ojos abiertos, una claridad como nunca había visto en un judío ruso. En la habitación de Swammerdam, pobremente iluminada, no se había dado cuenta de ello. Había tomado al viejo por un sectario, influenciado por una religiosidad exagerada, que oscilaba entre el fanatismo y la autoflagelación. El hombre que ahora estaba frente a él era completamente distinto. Sus labios no eran toscos, ni tenían la expresión astuta y repugnante que solía caracterizar al típico judío ruso. En cada línea revelaban una extraordinaria potencia imaginativa.

Sephardi no podía imaginarse que esa mezcla de pueril inocencia y decadencia senil fuera capaz de llevar un despacho de licores en un barrio de criminales.

—Dígame —empezó con tono amable— ¿cómo se le ha ocurrido autoinculparse del asesinato de Klinkherbogk y de su nieta?. ¿Quería proteger a alguien?.

Eidotter negó con la cabeza:

—¿A quién tendría que proteger, si he sido yo el que los mató?.

Sephardi fingió que daba crédito a su afirmación:

—¿Y por qué los mató?.

—Pues… por los mil florines.

—¿Y dónde tiene guardado el dinero?.

—Eso ya me lo preguntaron los Gaónims —señaló hacia la puerta con el dedo pulgar—. No lo sé.

—¿No se arrepiente de lo que ha hecho?.

—¿Arrepentirme? —el viejo reflexionó—. ¿Por qué iba yo a arrepentirme?. Si no es culpa mía.

Sephardi se sorprendió. Aquello no era una respuesta de loco. Dijo sencillamente:

—Desde luego que usted no tiene la culpa. Porque no ha cometido el crimen. Usted estaba durmiendo en la cama, todo se lo ha imaginado. Tampoco se subió por la cadena. A su edad no hubiera podido hacerlo.

Eidotter vaciló.

—¿Quiere decir que yo no soy el asesino?.

—Naturalmente. Está más claro que el agua.

El anciano volvió a meditar durante un instante antes de gruñir con indiferencia:

—Bueno. Parece lógico.

En sus facciones no se esbozó ni la menor señal de alegría. Ni siquiera pareció sorprenderse.

El asunto le resultaba a Sephardi más enigmático cada vez. De haberse producido un cambio de conciencia en Eidotter, se reflejaría en sus ojos, los cuales, sin embargo, tenían todavía la misma mirada pueril de antes. Tampoco podía tratarse de una simulación intencionada, el anciano había aceptado el hecho de su inocencia como algo que no merecía ser comentado.

—¿Sabe lo que habría pasado de haber cometido usted el asesinato realmente? —preguntó Sephardi con insistencia—. ¡Lo habrían condenado a muerte!.

—¡Hm!. Condenado a muerte.

—Sí, señor. ¿No le asusta la idea?.

Evidentemente, la cuestión no producía ningún efecto en el viejo. Su rostro se volvió tan sólo algo más pensativo, como si lo iluminara un recuerdo. Alzó los hombros y dijo:

—Han ocurrido cosas mucho más terribles en mi vida, señor doctor.

Sephardi aguardó a que siguiera hablando, pero Eidotter se había sumido nuevamente en un silencio de muerte.

—¿Siempre ha sido comerciante de licores?.

El viejo sacudió la cabeza, asintiendo.

—¿Marcha bien su negocio?.

—No lo sé.

—Pues si es tan indiferente con su negocio, un día lo perderá todo.

—Claro, cuando uno se descuida —fue la ingenua respuesta de Eidotter.

—¿Y quién cuida de él?. ¿Usted?. ¿O tiene mujer e hijos que se ocupen de él?.

—Mi mujer murió hace mucho tiempo y… y los niños también.

Sephardi creyó ver un camino abierto hacia el corazón del anciano.

—¿No piensa de vez en cuando en los suyos con amor?. No sé si hará mucho tiempo desde que los perdió, pero es imposible que se sienta feliz con su soledad. Verá, yo tampoco tengo a nadie que se ocupe de mí, puedo ponerme en su lugar fácilmente. No se lo pregunto por curiosidad, ni por descifrar el enigma que representa usted para mí —dijo, olvidando sin darse cuenta el motivo de su visita— lo hago por pura humanidad y…

—…y porque su estado de ánimo lo necesita, y no puede evitarlo —completó Eidotter, transformado por un instante.

En el semblante hasta ahora apagado del viejo se reflejó por un momento un sentimiento de compasión y de profunda comprensión.

Un segundo después su cara volvió a ser la misma página en blanco del principio de la visita. Sephardi lo oyó murmurar, como ausente de espíritu:

—Rabbi Jochanan dijo: «Formar un matrimonio acertado entre los seres humanos es un milagro más grande que el realizado por Moisés en el mar Rojo».

Comprendió de pronto que, aunque sólo fuera por un instante, el viejo había compartido su dolor por la pérdida de Eva, un dolor del que él mismo no era plenamente consciente en este momento. Recordó una leyenda de los Chassidim según la cual existían algunas personas en esa comunidad, que sin estar locos, presentaban toda la apariencia de estarlo, personas que al ser despojadas de su Yo experimentaban las penas y alegrías de otros con tanta fuerza como si fuesen propias. Lo había tomado por una fábula. ¿Podría resultar que ese viejo de razón perturbada constituyera un vivo testimonio de la leyenda?. Su comportamiento, el hecho de que él mismo creyera haber matado a Klinkherbogk, su forma de actuar hasta el momento, visto así todo se situaba bajo una luz diferente.

—¿No recuerda si alguna vez se le ocurrió creer que había hecho algo determinado y luego resultó que en realidad era una acción de otra persona? —preguntó Sephardi con sumo interés.

—Nunca he reparado en ello.

—¿Es usted distinto de otras personas en cuanto a su modo de pensar, de sentir?. Distinto de mí, por ejemplo, o de su amigo Swammerdam. La otra tarde, cuando nos conocimos en su casa, no estuvo usted tan callado, señor Eidotter, sino mucho más vivo. ¿Tanto le ha afectado la muerte de Klinkherbogk? —lleno de compasión, cogió la mano del viejo—. Si está preocupado, o si necesita un descanso, confíese a mí, yo haré todo lo que pueda por ayudarle. Además, no creo que ese negocio en el Zee Dijk sea lo más apropiado para usted. Quizás pueda encontrarle otra ocupación más… digna. ¿Por qué rechazar la amistad que se le ofrece?.

Las cálidas palabras de Sephardi le cayeron bien al anciano. Sonreía con la felicidad de un niño alabado, aunque no parecía comprender lo que Sephardi le proponía.

—¿Fui… fui distinto la otra tarde? —preguntó al fin, balbuceante.

—Desde luego. Habló largamente conmigo y con los demás. Era como… más humano. Incluso llegó a discutir con Swammerdam acerca de la Cabala. Deduje de ello que se había dedicado usted mucho a la cuestión religiosa y a Dios.

Sephardi se interrumpió rápidamente, un cambio se estaba produciendo en el viejo.

—Cabala… Cabala —murmuraba Eidotter—. Sí, claro, estudié la Cabala. Mucho tiempo. Y Babli también y… y Jeruschalmi…

Sus pensamientos empezaban a perderse en el pasado lejano; los articulaba como si fueran ajenos, se expresaba como si estuviera enseñándole imágenes a otro, ahora despacio, ahora deprisa, conforme desfilaban por su memoria.

—Lo que dice la Cabala sobre Dios está equivocado. En la vida es completamente diferente. En aquella época, en Odessa, aún no lo sabía. En el Vaticano, en Roma, tuve que traducir pasajes del Talmud.

—¿Ha estado usted en el Vaticano? —exclamó Sephardi con asombro.

El viejo no lo oyó.

—Luego se me secó la mano.

Levantó el brazo derecho; los dedos de la mano aparecían encorvados y nudosos como raíces, a causa de la artritis.

—En Odessa los griegos ortodoxos me tomaron por un espía, por mis relaciones con los goyyím romanos… y de pronto ardió nuestra casa, pero Elias, su nombre sea alabado, nos salvó del peligro, y mi mujer Berurje, yo y los niños, tan sólo nos quedamos en la calle.

»Más tarde, tras la fiesta de los Tabernáculos, vino Elias y comió en nuestra mesa. Yo sabía que se trataba de Elias, pero Berurje pensaba que su nombre era Chidher el Verde.

Sephardi se sobresaltó. ¡El mismo nombre había sido mencionado la tarde anterior en Hilversum, cuando el barón Pfeill contó las experiencias de Hauberrisser!.

—En la comunidad se reían de mí. Siempre decían: «¿Eidotter?, Eidotter es un Nebbochant, anda por ahí como un demente». No sabían que Elias me instruía en la doble ley que Moisés transmitió a Josué, de la boca al oído —sus rasgos, iluminados por la revelación, se transfiguraron—. Tampoco sabían que El intercambió en mí las dos luces de los Makifim. Después hubo una persecución de judíos en Odessa. Tendí mi cabeza, pero el golpe fue a parar a Berurje, su sangre corrió por el suelo cuando intentaba proteger a los niños. Los niños murieron a golpes, uno tras otro.

Sephardi se levantó de un salto, se tapó los oídos, y espantado, clavó la vista en Eidotter, cuyo sonriente rostro no traslucía huella alguna de emoción.

—Ribke, mi hija mayor, gritaba pidiéndome ayuda cuando se abalanzaron sobre ella, pero me tenían agarrado. Entonces la rociaron con petróleo y… le prendieron fuego.

Eidotter se calló. Bajó la cabeza, pensativo, y se puso a arrancarse hilillos de las costuras de su kaftán. Parecía tener plena conciencia. Sin embargo, no debía experimentar ningún dolor, porque al cabo de un rato continuó con voz clara:

—Más tarde, cuando quise volver a estudiar la Cabala, no pude, porque tenía intercambiadas las luces de los Makifim.

—¿Qué quiere decir con eso? —preguntó Sephardi, tembloroso—. ¿Que el terrible dolor había trastornado su mente?.

—El dolor, no. Y tampoco mi espíritu está trastornado. Es como lo que se dice de los egipcios, que tenían una poción que provoca el olvido. De otra manera, ¿cómo podría haber sobrevivido?. Después de aquello, durante mucho tiempo no supe quién era, y cuando recobré la memoria, me faltaba lo que el hombre necesita para llorar, y también algunas cosas que hacen falta para pensar. Las Makifim estaban invertidas. Desde entonces tengo la cabeza en el corazón y el corazón en la cabeza, por decirlo de alguna manera. Sobre todo en determinados momentos.

—¿Podría explicármelo? —preguntó Sephardi suavemente—. Pero sólo si le apetece, por favor. No quisiera que crea que se lo pregunto por curiosidad.

Eidotter lo cogió de la manga.

—Mire, doctor. Cuando le doy un pellizco a la tela, usted no siente ningún dolor, ¿no?. Si le duele a la manga, ¿quién puede saberlo?. Pues lo mismo me sucede a mí. Lo sé muy bien, pero no lo siento. Porque mis sentimientos están en mi cerebro. Tampoco me es posible dudar de lo que se me dice, como solía hacerlo en mi juventud, en Odessa. Tengo que creerlo, porque mi cerebro está en mi corazón. Del mismo modo, no puedo reflexionar como antes, o se me ocurre algo o no se me ocurre nada. Si se me ocurre, entonces es que es así en realidad, lo percibo tan nítidamente que no podría distinguir si lo he vivido o no. Por eso ni siquiera trato de reflexionar sobre ello.

—¿Y sus quehaceres cotidianos?. ¿Cómo se las arregla para llevarlos a cabo?.

Eidotter señaló la manga nuevamente.

—Cuando llueve la ropa nos protege de la humedad, y cuando brilla el sol nos protege del calor. Que usted se preocupe o no de ello no importa, la ropa lo hace por sí sola. Mi cuerpo se ocupa del negocio, pero yo no sé nada sobre eso. Rabbí Simón ben Eleasar dijo: «¿Acaso visteis jamás un pájaro ejerciendo una profesión?. Y sin embargo se alimenta sin problemas. ¿No debería alimentarme sin problemas yo también?». Naturalmente, si las Makifim no estuvieran intercambiadas dentro de mi, no podría dejar solo a mi cuerpo, estaría atado a él.

Sephardi, reparando en la claridad del discurso, examinó los ojos del anciano y vio que, aparentemente, ya no se diferenciaban en nada de los de cualquier judío ruso. Al hablar, hacía gestos con las manos, y su voz tenía ahora un timbre persuasivo. Sus diferentes estados mentales se sucedían sin transición.

—Claro que un hombre no puede conseguir esto por sí mismo —continuó Eidotter—. No sirven para nada los estudios, ni las oraciones, ni tampoco el Mikwaóth —el bautismo por inmersión. Nosotros solos no podemos lograrlo, tiene que venir alguien del más allá para intercambiarnos las luces.

—¿Cree que fue alguien del "más allá" quien lo hizo por usted?.

—Claro que sí, fue Elias, el profeta, ya se lo he dicho. Cuando un día entró en nuestro cuarto, yo ya sabía que era él al escuchar sus pasos. Previamente, al pensar que algún día podía ser nuestro huésped, creía que todos mis miembros temblarían cuando lo viera ante mí. Usted sabe, doctor, que nosotros los Chassidim esperamos su llegada continuamente. Pero fue una cosa muy natural, como si cualquier judío ordinario entrara por la puerta. Ni siquiera mi corazón latió más deprisa. Lo único que noté fue que, aunque me esforzara, yo no podía dudar de que era él. Lo observé atentamente y su cara me pareció cada vez más familiar; de pronto supe que no había pasado ni una noche en mi vida sin que lo hubiera visto en sueños. Como me hubiera gustado averiguar cuándo lo vi por primera vez, escarbé en mis recuerdos y vi pasar toda mi juventud, y mi infancia, y todavía más temprano, me ví en otra vida anterior, como un hombre adulto, y nuevamente como un niño, y así seguía. Yo nunca había pensado que hubie ra vivido antes. El siempre estaba conmigo y siempre tenía la misma edad y el mismo aspecto que el forastero que en ese momento se sentaba en mi mesa. Naturalmente, me fijé en cada uno de sus movimientos, en todo lo que hacía. De no saber que era Elias nada me habría llamado la atención, pero sabiéndolo, cada gesto suyo adquiría un significado profundo. En el curso de la conversación intercambió la posición de los candelabros de la mesa, entonces percibí claramente que había invertido las luces dentro de mí. A partir de aquel instante fui otro hombre muy distinto, meschugge, como me decían en la comunidad. El motivo de que intercambiara las luces en mi interior lo conocí más tarde, cuando masacraron a mi familia. Usted quería saber el por qué de que Berurje creyera que se llamaba Chidher el Verde, ¿verdad, doctor?. Pues bien, ella pretendía que se lo había dicho.

—¿Y luego ya no volvió a encontrarlo?. Comentó antes que le instruyó en la Merkaba, es decir, en la segunda ley secreta de Moisés.

—¿Encontrarlo? —repitió Eidotter, pasándose la mano por la frente como si tuviera que entender lentamente de qué se estaba hablando—. ¿Encontrarlo?. Una vez conmigo, ¿cómo podría haberse marchado?. El está siempre conmigo.

—¿Y lo ve constantemente?.

—No lo veo en absoluto.

—Pero si dice que siempre está con usted. ¿Cómo hay que entender eso?.

—No puede entenderse con la razón, doctor.

—¿No podría explicármelo con un ejemplo?. ¿Le habla Elias cuando lo instruye, o qué hace?.

—Cuando usted se siente alegre… ¿está con usted la alegría?. Sí, naturalmente. Pero no puede verla ni oírla. Pues así es.

Sephardi se calló. Advirtió que entre él y el anciano se abría un abismo de incomprensión espiritual que era incapaz de franquear.

En conjunto, lo que el viejo acababa de decirle concordaba con sus propias teorías sobre la evolución interior de la raza humana. Él siempre había dicho, como el día anterior en Hilversum, que este camino evolutivo se hallaba en la religión y en la fe religiosa, pero ahora que tenía delante un ejemplo vivo en la persona del anciano, se sentía sorprendido y decepcionado a la vez por la realidad. Debía reconocer que Eidotter, por el hecho de no estar sujeto al dolor, era infinitamente más rico que los demás humanos, le envidiaba su facultad, pero no se hubiera cambiado por él. Una duda nació en él, la de si estaría o no en lo cierto con respecto a lo que había dicho en Hilversum sobre la vía de la debilidad y la búsqueda de un redentor.

Había pasado toda su vida solo, aislado, rodeado de un lujo inútil, absorbido por estudios de todas clases. Ahora le pareció haber pasado por alto muchas cosas y haberse perdido lo más importante.

¿Aspiraba efectivamente y con toda su alma a la llegada de Elias, como este pobre judío ruso?. No; a través de sus lecturas se había dado cuenta de que era necesario desearlo para que la vida interior despertara en él, y su deseo se limitaba a la imaginación. Ahora tenía delante a un ser de carne y hueso que realmente consiguió realizar un deseo así, y entonces él, Sephardi, el gran sabio, se confesaba a sí mismo que no quería estar en su lugar. Profundamente avergonzado, se prometió explicar en la próxima ocasión que viera a Hauberrisser, a Eva y al barón Pfeill, que en realidad no sabía prácticamente nada, que se veía obligado a confirmar la opinión de un comerciante de licores judío de mente perturbada acerca de las experiencias espirituales: "Esto no se comprende con la razón".

—Es como un viaje al reino de la plenitud —continuó Eidotter tras un silencio durante el cual había sonreído felizmente— y no de un retorno, como creía antes. Pero, hasta que no tenga las luces invertidas, todo lo que crea una persona es erróneo, tan erróneo que no puede ser concebido. Uno espera la llegada de Elias, y cuando llega, se da cuenta de que en realidad no es él quien ha venido, sino uno mismo quien ha ido a su encuentro. Uno cree tomar mientras está dando. Creemos estar parados, esperando, y estamos en movimiento, buscando. El hombre camina mientras que Dios permanece quieto. Elias vino a nuestra casa, ¿lo reconoció Berurje?. Ella no fue hacia él y por tanto, él no vino a ella, de modo que pensó que era un judío forastero que se llamaba Chidher el Verde.

Sephardi miró con emoción los ojos radiantes del anciano.

—Ahora he comprendido muy bien lo que quiere decir, aunque no pueda sentirlo. Se lo agradezco. Quisiera poder hacer algo por usted.

»Puedo garantizarle su libertad con toda seguridad, no será difícil convencer al doctor Debrouwer de que su confesión no guarda ninguna relación con el asesinato. Aunque… —añadió, más bien para sí mismo— por el momento, todavía no sé como voy a explicarle el caso.

—¿Puedo pedirle un favor, doctor?.

—Desde luego, naturalmente.

—Entonces no le diga nada a ese de ahí fuera. Que siga creyendo que he sido yo. No quiero tener la culpa de que descubran al asesino. Ahora sé quién fue. Entre nosotros: fue un negro.

—¿Un negro?. ¿Como lo sabe, de repente? —exclamó Sephardi perplejo y algo receloso.

—Es como sigue —explicó Eidotter con tranquilidad—: Cuando, tras haber estado unido a Elias como en un sueño no soñado, volví parcialmente en mí, en la bodega, había ocurrido algo entre tanto. Yo suelo creer que he presenciado las cosas, que he participado en ellas. Si alguien, por ejemplo, le ha pegado a un niño, creo que lo he hecho yo, y tengo que ir a consolarlo. Si alguien se olvida de darle de comer a su perro, creo que ha sido un olvido mío y voy a darle la comida. Y si luego, por casualidad, me entero de mi error, no tengo más que unirme un instante con Elias y volver enseguida para saber como sucedieron las cosas. Casi nunca lo hago, porque no tiene sentido, y además, cuando me separo de Elias me da la impresión de quedarme ciego. Pero como usted ha estado meditando durante tanto rato, lo he hecho, y he visto que era un negro el que mató a mi amigo Klinkherbogk.

—¿Cómo, cómo ha podido ver que era un negro?.

—Pues, volvía a ascender mentalmente por la cadena, mirándome por fuera, y he visto que era un negro con un collar rojo en el cuello, descalzo y vestido con un mono azul. Al examinarme interiormente, constaté que yo era un salvaje.

—Eso sí que habría de contárselo al doctor Debrouwer —exclamó Sephardi al levantarse.

Eidotter lo retuvo por la manga.

—¡Me prometió guardar silencio, doctor!. No debe verterse sangre, por el amor de Elias. Mía es la venganza… y además… —su semblante amable adoptó de pronto una expresión de fanatismo amenazador, profético— además, ¡el asesino es uno de los nuestros!. No un judío, como está usted pensando en este momento —explicó al percatarse de la cara de sorpresa que había puesto Sephardi— pero sí uno de los nuestros. Acabo de reconocerlo, viéndolo internamente. ¿Que sea un asesino?. ¿Quien tiene derecho a juzgarlo?. ¿Nosotros?. ¿Usted y yo?. Mía es la venganza. El es un salvaje, y tiene su fe. Dios nos preserve a todos de tener una fe tan espantosa como la suya, pero su fe es auténtica y viva. Estos son los nuestros, los que tienen una fe que no se derrite en el fuego de Dios. Swammerdam, Klinkherbogk, y también el negro. ¿Qué es eso de ser judío, cristiano, pagano?. Sólo nombres para quiénes tienen una religión en lugar de una fe. Así que le prohibo decir lo que sabe sobre el negro. Si tengo que morir por él, ¿podría usted privarme de realizar esta ofrenda?.

* * *

Conmovido, Sephardi volvió a su casa.

Le daba vueltas a la idea de que en el fondo, curiosamente, el doctor Debrouwer no se había equivocado al sostener que Eidotter participaba en una conspiración, y que aspiraba a ganar tiempo para el verdadero asesino. Todo concordaba, y sin embargo, el doctor Debrouwer no podía estar más alejado de la verdad. Sólo en ese momento comprendió perfectamente las palabras de Eidotter: «Todo lo que cree una persona es erróneo en tanto sus luces no hayan sido invertidas, tan erróneo que no puede ser concebido. Creemos tomar cuando damos, creemos estar parados, esperando, y en realidad estamos andando y buscando».

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