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La obra de Gustav Meyrink

El Rostro Verde (13). Gustav Meyrink. 1916. Capítulo XII

Soplo de descomposición en el aire. Días agonizantes con un calor de incubadora y noches brumosas. La hierba de los prados cubierta al amanecer de telas de araña como manchas blanquecinas de moho. Entre los terrones marrón-violeta, charcos de agua fría y oscura que han dejado de creer en el sol. Flores de color paja que carecen de fuerzas para erguir las cabezas hacia el cielo transparente. Titubeantes mariposas de alas rotas, descoloridas. En las alamedas de la ciudad, las crujientes hojas cuelgan de tallos mustios. Como una mujer ajada que no hallara colores lo suficientemente chillones para disimular su edad, la naturaleza comenzaba a acicalarse con los multicolores afeites del otoño.

* * *

Hacía tiempo que el nombre de Eva van Druysen había sido olvidado en Amsterdam.

El barón Pfeill la dio por muerta, y Sephardi se vistió de luto. Únicamente en el corazón de Hauberrisser su imagen no podía morir.

Sin embargo, no hablaba de ella cuando venían a verlo sus amigos o el viejo Swammerdam. Se había vuelto taciturno y reservado, sólo conversaba con ellos sobre cosas indiferentes.

No quería mostrar con sus palabras que se había refugiado en la secreta esperanza de volver a ver a Eva, una esperanza que crecía de día en día, pero que temía expresar como si al mencionarla destruyera una frágil redecilla.

Sólo delante de Swammerdam dejaba entrever su estado de ánimo, sin expresarlo con palabras.

Desde el momento que concluyó la lectura del rollo, se estaba operando en él una transformación que apenas si comprendía. Al principio practicaba el ejercicio de la inmovilidad cada vez que se le ocurría. Por una parte se dedicaba a ello con curiosidad, y por otra con la actitud incrédula de una persona que, de forma permanente, como una divisa de frustración y desengaño, arrastra la siguiente convicción en el fondo de su alma: «De todas maneras no servirá para nada».

Al cabo de una semana limitó la duración del ejercicio, de una hora o más en cualquier momento a un cuarto de hora por la mañana, pero entregándose a él con todas sus fuerzas, y practicándolo por el ejercicio mismo en lugar de hacerlo con la fatigosa y siempre decepcionante esperanza de que algo maravilloso debería producirse.

Pronto el ejercicio se le hizo indispensable, como un baño refrescante que esperaba con gozo cada vez que se acostaba. Cierto es que durante el día se sentía sacudido por violentos ataques de desesperación al pensar en la idea de haber perdido a Eva. Rechazaba combatir estos pensamientos tan dolorosos por medio de la magia, habría sido como una huida frente al recuerdo abrasador de Eva, una actitud egoísta, insensible, un autoengaño, pero a pesar de todo, un día que el sufrimiento se le hizo tan insoportable que sólo el suicidio aparecía como posible solución, lo intentó.

Se sentó derecho, como estaba descrito en las instrucciones, y trató de conseguir a la fuerza un estado de vigilia superior, para, al menos momentáneamente, escapar de la intolerable tortura de sus pensamientos. Para su asombro, el intento dio resultado a la primera. Lo penetró una incomprensible sensación de certeza donde rebotaba cualquier duda, internamente experimentaba la afirmación de que Eva vivía, de que no corría peligro alguno. Antes, siempre que su pensamiento se volcaba en Eva, cien o más veces al día, había sentido el azote de latigazos incandescentes, pero ahora interpretaba estos mismos pensamientos como la jubilosa noticia de que Eva, allá a lo lejos, pensaba en él y le enviaba saludos. Lo que había sido dolor, de golpe se convirtió en fuente de alegría.

Por medio del ejercicio había creado en su interior un refugio al que poder retirarse a cada instante, un refugio en donde hallar constantemente una renovada confianza, en donde conseguir ese crecimiento interior que para quienes no lo han experimentado no es más que una palabra desprovista de sentido. Antes de conocer este nuevo estado había pensado que sustraerse al dolor por Eva era cicatrizar aceleradamente las llagas de su alma, una aceleración del proceso de curación efectuado por el tiempo para calmar la pena de los seres humanos. Se había defendido con todas las fibras de su ser contra tal curación, como lo haría cualquiera al darse cuenta de que la atenuación de la pena causada por la pérdida de una persona amada conlleva siempre la difuminación de su imagen, de la cual no quiere separarse. Pero antre ambos escollos, un estrecho sendero cuya existencia no podía sospechar, todo sembrado de flores, se había abierto ante él: la imagen de Eva no estaba cubierta por el polvo del pasado, como él había temido, no, sólo el dolor se había esfumado. En lugar de una imagen velada por las lágrimas, Eva misma había resucitado para él. En los minutos de calma interna sentía su presencia con tanta nitidez como si estuviera ante él en carne y hueso. A medida que se retiraba del mundo, conseguía vivir horas de una felicidad tan profunda como nunca hubiese creído posible, horas durante las cuales iba de cognición en cognición, comprendiendo cada vez con mayor claridad que existían verdaderos milagros de experiencia interior, milagros que contrastaban con los hechos exteriores como la luz con la sombra, y no sólo de modo aparente, como antes había imaginado, sino efectivamente. La metáfora del Fénix le impresionaba cada día más hondamente. Siempre hallaba nuevos significados en ella, permitiéndole comprender con una plenitud insospechada la extraña diferencia que hay entre los símbolos vivos y los símbolos muertos. Todo cuanto buscaba parecía estar contenido en este símbolo inagotable. Solucionaba por él los enigmas, como un ser omnisciente al que sólo tenía que preguntar para conocer la verdad. Mientras luchaba por dominar los pensamientos, se había dado cuenta de que a veces, después de lograrlo y de creer saber exactamente de qué manera lo había logrado, al día siguiente no podía encontrar ni la menor traza de este conocimiento en su memoria. Estaba tan borrado de su cerebro, y aparentemente, tenía que partir de cero para descubrir de nuevo el método. «El sueño de mi cuerpo me robó los frutos que había cosechado», se solía decir en tales casos. Para evitarlo, decidió mantenerse despierto todo el tiempo que pudiera, pero una mañana lo iluminó la idea de que la extraña desaparición de todo recuerdo no era más que el fenómeno de las "ascuas que se consumen", de las cuales el fénix debía renacer sin cesar, rejuvenecido. Comprendió que el hecho de crearse métodos y pretender servirse de ellos, era algo terrestre y transitorio, que lo valioso no era el cuadro terminado, como había dicho Pfeill, sino la capacidad de pintar. Tras entender esto, la lucha por el dominio de sus pensamientos había pasado de ser un combate agotador a ser un continuo placer. Ascendía de grado en grado sin darse cuenta, hasta constatar un día con sorpresa que poseía la clave de un dominio con el que nunca hubiera osado soñar ni siquiera.

«Es como si hasta el presente yo hubiera estado rodeado por un enjambre de pensamientos similares a abejas que se alimentaran de mí, —había explicado a Swammerdam con el que, en aquella época, todavía solía hablar de experiencias interiores—. Ahora puedo alejarlos a voluntad y vuelven a mí cargados de ideas, como abejas cargadas de miel. En otro tiempo me saqueaban, hoy me enriquecen».

Unas semanas más tarde halló por casualidad en el pergamino la descripción de una experiencia análoga, casi en los mismos términos, y reconoció con alegría intensa que había elegido el buen camino del desarrollo interior sin haber recibido ninguna instrucción.

Las páginas en cuestión habían estado pegadas unas a otras a causa de la humedad y el moho; se soltaron gracias a los rayos solares que alcanzaban el rollo desde la ventana.

Tuvo conciencia de que en su pensamiento se había producido una operación idéntica.

En los últimos años, y ya antes de la guerra, había oído y leído muchas cosas acerca de lo que se denominaba mística, y de modo instintivo había vinculado todo lo relacionado con ella con la noción de "oscuridad". Cuanto pudo aprender sobre ella llevaba el sello de la confusión y recordaba los éxtasis de un opiómano. Y efectivamente, su juicio no era equivocado, porque lo que se entendía por mística en el lenguaje corriente no era en realidad más que un ir a tientas a través de la niebla. Ahora podía percatarse de la existencia de un auténtico estado místico, difícil de descubrir y aún más difícil de conquistar, un estado que no sólo quedaba por debajo de la realidad de las experiencias cotidianas, sino que la sobrepasaba con creces en vivacidad y vigor. No quedaba ya nada del entusiasmo de los "místicos" en éxtasis, ningún aullido de libertad en vista de una redención egoísta, que para realzar su brillo, necesita el sangriento espectáculo de los condenados a las penas eternas del infierno. También se había desvanecido como una pesadilla la ruidosa satisfacción de esa masa bestial que se cree de lleno en la realidad mientras digiere.

Tras apagar la luz, Hauberrisser se había sentado ante su mesa. Esperó en medio de la oscuridad. La noche se extendía como un paño colgado de la ventana, oscuro y pesado.

Sentía la proximidad de Eva, pero no podía verla.

Cuando cerraba los ojos, flotaban colores como nubes bajo sus ojos, disolviéndose y reconcentrándose. Por la experiencia que había adquirido sabía que esos colores constituían la materia con la cual podían crearse imágenes a voluntad, imágenes que en principo parecían rígidas e inertes, y que posteriormente, como animadas por una fuerza misteriosa, cobraban una vida autónoma, se transformaban en seres parecidos a él.

Hacía pocos días que había conseguido por primera vez formar y animar de esta manera el rostro de Eva. Creyó hallarse en el buen camino que lo llevaría a reunirse con Eva espiritualmente. Pero entonces recordó el párrafo referente a las alucinaciones de las brujas y comprendió que era allí donde comenzaba el reino ilimitado de los fantasmas, en el que bastaba entrar para no poder salir nunca más.

Sintió que cuanto más se desarrollara en él la facultad de transformar en imágenes los deseos secretos de su alma, más peligro correría de extraviarse en un sendero que no permitía el retorno.

Rememoró, con un sentimiento simultáneo de horror y de añoranza, los instantes durante los cuales había logrado evocar el fantasma de Eva; gris como una sombra al principio, y vistiéndose de color y de vida después, hasta hallarse ante él con toda la nitidez de un ser de carne y hueso.

Todavía sentía el frío glacial que se apoderó de su cuerpo cuando, impulsado por un instinto mágico, intentó involucrar los demás sentidos, el oído y el tacto, en la visión.

Desde entonces, se sorprendía deseando resucitar la imagen ante sus ojos, y siempre tenía que juntar todas sus fuerzas para resistir la tentación.

* * *

La noche avanzaba, pero no podía decidirse a dormir. Constantemente lo cercaba el confuso presentimiento de que tenía que existir algún medio para que Eva viniera hacia él, pero no bajo una forma vampírica animada por el soplo de su propia alma, sino en carne y hueso.

Emitió sus pensamientos para que retornaran a él cargados de nuevas inspiraciones acerca de la manera de lograr su propósito. Los progresos que había hecho en las últimas semanas le habían mostrado que este método consistente en emitir preguntas y aguardar pacientemente la respuesta, esta lúcida alternancia entre un estado activo y otro pasivo, ni siquiera fracasaba cuando se trataba de descubrir cosas que no hubieran podido ser desveladas por medio de procesos lógicos de pensamiento.

Las ideas le venían a la cabeza, una tras otra, y cada vez eran más fantásticas e inusuales; todas resultaron demasiado ligeras al pesarlas en la balanza de sus sentimientos.

Una vez más fue la clave del "estado de vigilia" la que le ayudó a abrir la cerradura secreta. Pero esta vez sintió instintivamente que también su cuerpo, y no sólo su conciencia, debía despertar en un nivel vital superior. Las fuerzas mágicas dormitaban en el cuerpo, eran ellas las que tenían que despertar para poder actuar sobre el mundo material.

Recordó, como un ejemplo instructivo, que la danza de los derviches árabes no tenía, en el fondo, otro fin que excitar el cuerpo para llevarlo al "estado de vigilia" superior.

Como bajo el efecto de una inspiración, posó las manos sobre sus rodillas y se irguió, imitando el ademán de las estatuas de los dioses egipcios, los cuales le parecieron de repente, por sus estáticos rostros, símbolos de un poder mágico. Impuso a su cuerpo una inmovilidad cadavérica mientras emitía una corriente de voluntad abrasadora a través de cada una de sus fibras. Al cabo de pocos minutos bullía dentro de él un incomparable huracán.

En su cerebro resonaba una insensata mezcla de voces humanas y animales, ladridos furiosos de perros, el canto estridente de innumerables gallos. En la habitación estalló un tumulto tal que parecía que la casa iba a explotar. Las metálicas vibraciones de un gong reverberaban en sus huesos, como si el infierno anunciara el día del Juicio Final, tuvo la impresión de convertirse en polvo. La piel le escocia como una túnica de Nessus, pero apretó los dientes y no consintió a su cuerpo ni el menor movimiento. Entretanto llamaba a Eva sin cesar, con cada uno de los latidos de su corazón.

Una voz apagada, apenas un murmullo y sin embargo capaz de atravesar el alboroto como la punta de una aguja, le advertía que no jugase con fuerzas cuyo poder desconocía, que no poseía la suficiente madurez para dominarlas, que de un momento a otro podían precipitarlo en una incurable locura. Hauberrisser no la escuchó.

La voz se hacía cada vez más potente, tanto que el ruido del entorno parecía estar muy lejano; la voz le pedía a gritos que volviese atrás. Eva vendría con toda seguridad si no cesaba de llamarla a través de esas oscuras fuerzas del infierno. Si viniera antes de cumplirse el tiempo de su evolución espiritual, su vida se apagaría en ese mismo momento, como la llama de una vela, y él mismo se cargaría así con un fardo de dolor que sería incapaz de soportar. Apretó los dientes y continuó sin escuchar. La voz intentó convencerle con argumentos racionales, diciéndole que Eva habría venido desde hacía tiempo o que le habría enviado un mensaje si le fuera posible; tenía pruebas suficientes de que estaba viva, constantemente le mandaba pensamientos llenos de amor y cada día experimentaba la certeza de su presencia muy cerca de él… Hauberrisser no escuchó, siguió llamando a Eva sin cesar.

Lo consumía el deseo de tenerla en sus brazos, aunque sólo fuera por unos instantes.

De pronto el tumulto enmudeció. Hauberrisser vio entonces que la habitación aparecía iluminada como en pleno día.

En el centro del cuarto, como surgido del suelo, se levantaba un poste de madera podrida que llegaba casi hasta el techo, rematado por una viga transversal, como una cruz decapitada.

Una serpiente de color verde claro, gorda como un brazo, estaba enroscada en el poste, mirándole con sus ojos sin párpados.

Su rostro, con la frente vendada por un trapo negro, era semejante al de una momia humana; la piel de los labios, disecada y fina como el pergamino, se veía muy estirada sobre los dientes amarillos y putrefactos.

A pesar de la deformación cadavérica de los rasgos, Hauberrisser reconoció en ellos un lejano parecido con el rostro de Chidher el Verde, tal como lo había visto en la tienda de la calle Jodenbree.

Con los cabellos erizados y el corazón parado por el horror, escuchó las palabras que surgían lentamente, sílaba a sílaba, como un silbido atenuado, de la boca descompuesta:

—¿Qué… qu… ieres… de… mí?.

Durante un instante lo paralizó un terror espantoso. Sentía la muerte detrás de él, acechándole; creyó ver una horrible araña negra deslizándose por la tabla de la mesa… Entonces su corazón gritó el nombre de Eva.

Enseguida, la habitación se vio nuevamente sumida en la oscuridad. Bañado de sudor, buscó a tientas el interruptor de la luz y lo apretó. La cruz decapitada, donde estaba instalada la serpiente, había desaparecido.

Tuvo la impresión de que el aire estaba envenenado. Casi no podía respirar, los objetos giraban ante sus ojos.

—¡Tiene que haber sido una alucinación provocada por la fiebre! —se dijo, intentando en vano calmarse. Pero era incapaz de deshacerse de la angustia que lo ahogaba, del miedo a que todo lo que acababa de contemplar hubiera ocurrido efectivamente en la habitación.

El cuerpo se le llenó de escalofríos al recordar la voz que lo había advertido. La sola idea de volver a escucharla gritándole que con sus locos experimentos de magia había puesto en peligro la vida de Eva le quemaba el cerebro. Creyó que se asfixiaba, se mordió la mano, se tapó los oídos, sacudió los sillones para volver en sí, abrió la ventana y respiró el aire frío de la noche… pero no sirvió de nada: la certidumbre interna de haber cometido un error irreparable en el dominio espiritual de las causas persistía a pesar de todo. Como bestias enfurecidas, se abalanzaron sobre él los pensamientos que, orgullosamente, creía haber dominado. Ninguna "voluntad de inmovilidad" le servía ya. El método del "despertar" fracasó también.

—Esto es una locura, locura, locura —repitió convulsivamente, con los dientes apretados y dando frenéticas vueltas por la habitación—¡no ha pasado nada!. ¡Fue una visión y nada más!. ¡Estoy loco!. ¡Imaginación!. ¡Fantasía!. ¡La voz me engañó, y tampoco la aparición era real!. ¿De dónde saldrían el poste, y la serpiente… y la araña?.

Se esforzó por soltar una fuerte carcajada con su boca torcida. —¡La araña!. ¿Por qué no está ya? —intentó burlarse de sí mismo.

Encendió una cerilla para buscar debajo de la mesa, pero no tuvo el valor de mirar por miedo a que pudiese estar allí, como un residuo del fantasmal acontecimiento.

Respiró aliviado al oír unas campanas dando las tres de la madrugada.

—Gracias a Dios, la noche se acaba.

Se acercó a la ventana, y asomándose, escudriñó largo rato la noche caliginosa, para ser testigo, como creía, de las primeras señales del crepúsculo. Súbitamente se dio cuenta de su verdadero motivo: estaba esperando, con los sentidos aguzados, que Eva viniese por fin.

«Deseo tanto volver a verla que mi imaginación me ha engañado estando yo despierto y consciente, con esta pesadilla de fantasmas»; trató de tranquilizarse atravesando de nuevo la habitación, pero la nostalgia volvía a apoderarse de él. Entonces su mirada se quedó fija en una mancha oscura que había en su suelo, una mancha que no recordó haber visto nunca antes.

Se agachó y vio que la madera estaba podrida justo en el sitio donde había estado el poste de la serpiente.

Se le cortó la respiración, ¡imposible que la mancha estuviera antes!.

Un golpe violento, como si alguien llamara a la puerta, lo arrancó de su hipnosis.

¿Eva?.

¡Allí, otra vez!.

¡No!. No podía ser Eva, era un puño recio el que aporreaba la puerta de la calle.

Corrió hacia la ventana y preguntó quién andaba por ahí, en la oscuridad.

No hubo respuesta.

Al cabo de unos instantes se repitieron los rudos e impacientes golpes en la puerta. Tiró de una cuerda que permitía abrir la puerta de abajo. El pestillo resonó estrepitosamente. Escuchó con atención… Nadie. Ni el menor ruido en la escalera.

Finalmente hubo un crujido apenas perceptible, como si una mano buscara la manivela.

La puerta se abrió y el negro Usibepu entró silenciosamente, iba descalzo y tenía el pelo mojado a causa de la humedad de la niebla.

Involuntariamente, Hauberrisser buscó un arma, pero el zulú no le hizo el menor caso, parecía no verlo siquiera, dio la vuelta a la mesa con pequeños y vacilantes pasos, su mirada estaba fija en el suelo, y su nariz dilatada temblaba constantemente, como la de un perro siguiendo un rastro.

—¿Qué hace usted aquí? —gritó Hauberrisser. El negro no le contestó, apenas giró la cabeza.

Su respiración profunda y jadeante era un indicio de que se hallaba completamente inconsciente, como un sonámbulo.

De golpe pareció haber encontrado lo que buscaba, porque cambió de dirección, y con la cara inclinada hacia el suelo, se acercó a la mancha podrida.

Entonces levantó la vista lentamente, como si siguiera una línea hacia el techo, hasta dejar la mirada suspendida en el aire. Su gesto era tan vivo, tan convincente, que Hauberrisser creyó ver por un momento surgir nuevamente la cruz decapitada.

Ya no le cabía duda de que era la serpiente lo que el negro miraba, sus ojos permanecían clavados en un punto de la altura y sus gruesos labios murmuraban, como si hablara con ella. La expresión de su fisionomía cambiaba incesantemente, pasando del deseo ardiente al hastío cadavérico, de la alegría salvaje a los celos flameantes y la rabia indomable.

La inaudible conversación había terminado. Dirigió la cabeza hacia la puerta y se acurrucó en el suelo.

Hauberrisser lo vio abrir la boca, estaba preso de un espasmo, sacó la lengua y la retiró de un golpe, tragándosela, a juzgar por el gutural ruido y los movimientos de los músculos de su garganta.

Sus pupilas comenzaron a temblar bajo los párpados abiertos y su rostro se tiñó de un color grisáceo, una palidez de muerte.

Hauberrisser quiso acercarse a él y sacudirlo para que se despertara, pero un cansancio inexplicable lo retuvo sobre la silla, como paralizado, apenas podía levantar el brazo. La catalepsia del negro se le había contagiado.

Como una pesadilla perpetua, inamovible, ajena al tiempo, se extendía la habitación ante sus ojos, con la sombría e inmóvil silueta del negro.

El péndulo monótono de su corazón era lo único que parecía continuar vivo. Hasta habían desaparecido sus temores por Eva.

Varias veces oyó campanarios dando la hora, pero era incapaz de contar las campanadas, el letárgico semi-sueño interponía entre los sones espacios casi eternos.

Debían haber pasado varias horas cuando, por fin, el zulú empezó a moverse. Como a través de un velo, Hauberrisser lo vio levantarse, y aún en trance, salir de la habitación. Juntó todas sus fuerzas para romper el estado de letargo y bajó corriendo tras el negro. Pero éste ya había desaparecido; la puerta de la casa estaba abierta de par en par y la espesa e impenetrable niebla había absorbido todo rastro de Usibepu.

Ya iba a volverse cuando escuchó de repente un paso ligero. Un instante después Eva emergía del vapor blanquecino y se dirigía hacia él.

Con un grito de júbilo la tomó en sus brazos, pero ella parecía totalmente extenuada, no recobró el conocimiento hasta que la llevó a la habitación y la depositó suavemente en un sillón. Entonces se mantuvieron abrazados durante largo tiempo, incapaces de concebir lo excesivo de su felicidad. Él estaba de rodillas ante Eva, sin poder articular palabra, y ella, llena de ternura, había cogido entre sus manos la cabeza de Hauberrisser, cubriéndolo de besos una y otra vez. El pasado ya era para él un mero sueño olvidado, cualquier pregunta acerca de los trágicos sucesos acontecidos, o sobre el paradero de Eva hasta ahora, habría sido como robar tiempo al precioso presente.

Un flujo de sonidos invadió la habitación: se habían despertado las campanas de la iglesia. Pero no las oyeron. La pálida luz de la mañana otoñal penetraba a través de los cristales. No repararon en ella. Sólo tenían ojos el uno para el otro. Hauberrisser le acariciaba las mejillas, le besaba las manos, los ojos, la boca, aspiraba el perfume de sus cabellos… todavía no podía creer que era verdad y que sentía latir el corazón de Eva contra el suyo.

—¡Eva, Eva!. ¡No me dejes nunca más!. ¡Dime que nunca más me dejarás, Eva!.

Ella lo abrazó, frotando su mejilla contra la de él.

—No, no, siempre estaré cerca de tí. Incluso en la muerte. ¡Soy tan feliz, tan indeciblemente feliz de haber podido venir a estar contigo!.

—¡Eva, no hables de la muerte! —gritó Hauberrisser al sentir que las manos de su amada se tornaban frías—. ¡Eva!. ¡Eva!.

Sus palabras fueron sofocadas por un torrente de besos.

—No tengas miedo… ya no puedo abandonarte, amado mío. El amor es más fuerte que la muerte. Él lo dijo y ¡él no miente!. Estaba muerta y él me devolvió la vida. Siempre me devolverá la vida, aunque muera.

Hablaba como si tuviera fiebre. Hauberrisser la levantó y la acomodó en la cama.

—Me ha cuidado durante todo el tiempo que he estado enferma. Durante semanas me volví loca, me agarraba al collar rojo que la muerte lleva en el cuello, colgaba en el aire, entre el cielo y la tierra. ¡El rompió el collar!. Desde entonces estoy libre. ¿No me sentiste a tu lado todo el tiempo, hora tras hora?. ¿Por qué, por qué pasan tan rápidamente las horas?…

Le faltó la voz.

—¡Déjame… déjame ser tu mujer!. Quiero ser madre cuando vuelva a estar contigo.

Se entregaron a un amor salvaje, infinito. Se sumergieron, los sentidos perdidos, en un océano de felicidad.

* * *

—¡Eva!. ¡Eva!. —No contestó.

—¡Eva!. ¿No me oyes?.

Hauberrisser abrió bruscamente la cortina de la cama.

—¡Eva!… ¡Eva!…

Cogió su mano, la soltó y cayó inerte; escuchó su corazón y había dejado de latir; sus ojos se habían quebrado.

—¡Eva, Eva, Eva! —dio un grito horrible, se enderezó y fue hacia la mesa, titubeante— ¡Agua, ir a por agua!.

Entonces se derrumbó, como alcanzado por un puñetazo en la frente.

—¡Eva!.

El vaso estalló cortándole los dedos. Se puso de pie de un salto y corrió hacia la cama, tirándose de los pelos.

—¡Eva!.

Quiso tenerla contra sí; observó la sonrisa de la muerte en su rostro rígido y recostó la cabeza sobre su hombro, gimiendo de dolor.

«Abajo en la calle alguien manipula unos recipientes metálicos… ¡La lechera!… Sí, sí, claro… Ruido metálico. La lechera… Ruido metálico…». De pronto se sintió incapaz de pensar. Oyó latir cerca de él un corazón y contó los latidos tranquilos y monótonos sin saber que eran suyos. Maquinalmente, acarició las sedosas y largas mechas de cabellos rubios extendidos sobre la almohada. «¡Qué hermosas son! ¿Por qué ya no se oye el tic-tac del reloj?». Elevó la mirada. «El tiempo se ha detenido. Naturalmente. Todavía no es de día. Sobre el escritorio hay unas tijeras, y las dos velas del candelabro están encendidas. ¿Por qué las habré encendido?. Me olvidé de apagarlas cuando se fue el negro. Claro. Y después ya no tuve tiempo de hacerlo porque vino Eva… ¿Eva?.

Está… ¡Está muerta!. ¡Muerta!" —gimió una voz en su interior; las llamas del dolor, un dolor terrible, intolerable, le envolvieron.

—¡Terminar!. ¡Terminar!. ¡Eva!. Tengo que seguirla. ¡Eva, Eva!. Espérame. ¡Eva, tengo que seguirte! —jadeante, se precipitó sobre el escritorio y quiso hundirse las tijeras en el corazón, pero se detuvo—. ¡No, la muerte es demasiado poco!. ¡Saldré ciego de este maldito mundo!.

Entreabrió las puntas para clavárselas en los ojos, loco de desesperación, cuando una mano le golpeó en el brazo con tanta violencia que las tijeras cayeron al suelo con estrépito.

—¿ Quieres ir al reino de los muertos a buscar a los vivos?. —Chidher el Verde se encontraba ante él, igual que aquel día en la tienda de Jodenbuurt, vestido con un talar negro y los rizos blancos cayéndole sobre las sienes.

—¿Crees que "allí" está la realidad?. No es más que un paraíso pasajero para los espectros obcecados, de la misma forma que la Tierra es un paraíso pasajero para los soñadores ciegos. Quien no aprende a "ver" en la Tierra tampoco lo hará en el otro lado. ¿Piensas que porque su cuerpo esté ahí tendido Eva no podrá resucitar?. Ella vive, eres tú quien todavía está muerto. Quien ha alcanzado la vida una vez, como ella, ya no puede morir, y el que está muerto, como tú, puede nacer a la vida.

Cogió el candelabro e invirtió la posición de las dos velas, la de la izquierda hacia la derecha y la de la derecha hacia la izquierda. Hauberrisser dejó de percibir los latidos de su corazón, como si de golpe hubiera desaparecido de su pecho.

—Tan cierto como que ahora puedes poner la mano en mi costado es que estarás unido a Eva cuando tengas la nueva vida espiritual. Que la gente la crea muerta, ¿qué te importa?. No se puede esperar de los dormidos que vean a los despiertos.

»Hiciste una invocación del amor pasajero —señaló el lugar en el que había surgido el poste de la serpiente, posó su pie sobre la mancha podrida y ésta desapareció—. Te he traído el amor pasajero porque no me quedé en la tierra para tomar. Me quedé para dar. A cada cual lo que desea. Pero los hombres no saben lo que su alma desea. Si lo supieran, serían videntes.

»En la tienda mágica del mundo deseaste unos ojos nuevos, para ver las cosas terrestres bajo una nueva luz. Recuerda, ¿no te dije que primero tendrías que perder los viejos ojos a fuerza de llanto antes de poder recibir unos ojos nuevos?.

»Deseaste conocimiento y te di el diario de uno de los míos que vivió en esta casa cuando su cuerpo era todavía perecedero. Eva deseó el amor inmortal. Se lo di, y te lo daré también a tí, por intermedio de ella. El amor efímero es un amor fantasmal. Cuando veo brotar en la Tierra un amor que se eleva por encima de lo fantasmal, extiendo sobre él mis manos como unas ramas protectoras, para preservarlo de la muerte, porque no sólo soy el fantasma del rostro verde, también soy Chidher, el árbol eternamente reverdecido».

* * *

Cuando el ama de llaves, la señora Ohms, llevó el desayuno a la habitación, contempló con espanto el cadáver de una bella joven tendido sobre la cama, y a Hauberrisser arrodillado ante ella, con la mano de la muerta apretada contra su mejilla.

Mandó un mensajero a buscar a sus amigos, a Pfeill y a Sephardi.

Cuando llegaron lo creyeron desmayado y se acercaron a él. Retrocedieron aterrados ante la expresión sonriente de su rostro y el brillo de sus ojos.

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