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La obra de Gustav Meyrink

El Ángel de la ventana de Occidente. Gustav Meyrink (I Parte)

¡Qué sentimiento tan turbador! ¡Tener en la mano, atado y sellado, el legado de un muerto! Es como si tenues e invisibles hilos, parecidos a los de las telas de araña, se escapasen de él, para conducirte mucho más allá, en un imperio de tinieblas.

El sabio cierre del paquete, el papel azul cuidadosamente plegado sobre el papel de embalaje, prueban, con un silencioso testimonio, la intención y el gesto premeditado de alguien vivo que sentía acercarse la muerte. Reúne, clasifica y envuelve: cartas, notas, cajitas impregnadas de su importancia antigua y a la vez de su decadencia actual, vacías de recuerdos ya ha mucho desvanecidos; al hacer esto, imagina venir un heredero, un lejano personaje, casi un extraño —¡yo!— un hombre que no conocerá su desaparición y sólo se afectará si el paquete cerrado, abandonado en el reino de los vivos, encuentra el camino hasta él.

Está constelado de imponentes sellos rojos, los de mi primo John Roger, con las armas de mi madre y de su familia. Desde ya hacía mucho los primos y las tías llamaban a este hijo de un hermano de mi madre: «El último de su raza», y estas palabras, aparte de las consonancias extranjeras de su nombre, resonaban en mi oído como un título solemne, cuando, con un orgullo un poco risible, las pronunciaban con sus labios secos y arrugados, exhalando en una pequeña tos el resto de una raza casi extinguida.

El árbol genealógico —en mi imaginación por la imagen heráldica— está curiosamente ramificado en tierra extranjera. Se ha enraizado en Escocia, ha prosperado en toda Inglaterra, pasa por estar emparentado de cerca con una de las más importantes familias del País de Gales. Vigorosos brotes se han multiplicado en Suecia, en América, finalmente en Estiria y en Alemania. En todas partes se han debilitado y en Gran Bretaña el tronco se está secando. Un último renuevo resistía todavía, aquí, en el sur de Austria: mi primo John Roger.

Y este último renuevo, Inglaterra lo ha segado.

«Su Señoría», mi abuelo materno, todavía tenía en mucho las tradiciones y los títulos de sus antepasados.

¡Y tan sólo era un simple ganadero de Estiria!. John Roger, mi primo, había tomado otros caminos; se dedicó a las ciencias naturales y a una especie de medicina diletante de la psicopatología moderna, hizo grandes viajes y se instruyó con una gran perseverancia en Viena y Zurich, Alep y Madras, Alejandría y Turín, cerca de maestros diplomados o no, cubiertos del polvo de Oriente o enarbolando la camisa almidonada de los Occidentales, pero eminentes conocedores de los abismos del alma.

Algunos años antes de declararse la guerra se instaló en Inglaterra: debió de ir para investigar sobre la existencia y el origen de nuestra familia. No sé nada más, sólo que allí habría descubierto algún raro y profundo secreto. Fue entonces cuando la guerra le sorprendió, y como era oficial de reserva austríaco, se le internó; cuando salió del campo, al cabo de cinco años, era un hombre acabado. Ya no cruzó el canal de la Mancha y murió en algún lugar de Londres, dejando tras él unos pocos bienes sin importancia, y a partir de ahora dispersados entre los diversos miembros de la familia.

Me toca en suerte, además de algunos recuerdos, el paquete recibido hoy, en el cual, escrito por su propia mano, ha puesto mi nombre. ¡Muerto es el árbol, excluido el blasón!

Pero es sólo un pensamiento vano por mi parte: ningún heraldo procede con semejante proclamación tan solemne y sombría.

Excluido el blasón, murmuraba mientras rompía los sellos rojos. Ya nadie más los pondrá.

Son majestuosas, espléndidas armas que… ¿que yo rompo? Extraña impresión: ¿no es como si de golpe yo dijera una mentira?

Sí, yo rompo estas armas, pero quién sabe, ¡quizá las despierte de un largo sueño! El escudo, bifurcado en su base, lleva a la derecha sobre un campo de azur una espada de plata en palo sobre una colina de sinople —alusión al señorío de Gladhill de nuestros antepasados en Worcester. A la izquierda, en un campo de plata, un árbol verde; entre sus raíces nace una fuente de plata, a causa de Mortlake en Middlesex. Y, en la parte verde que se termina en punta, una lámpara encendida recuerda las lámparas de los primeros cristianos: símbolo insólito, que los heraldistas han considerado siempre con gran asombro.

Dudo en romper el último sello, tan bellamente puesto para el placer de los ojos. ¿Pero qué es eso?

Debajo del escudo. ¡No es del todo una lámpara encendida! ¡Es un cristal! ¡Un dodecaedro regular, aureolado de gloriosos rayos! ¡Sí, es un carbúnculo radiante, no una humilde lámpara de aceite! y de nuevo se apodera de mí una extraña turbación, una emoción que querría abrirse paso hasta mi conciencia, y que habría dormido desde, sí, desde hacía siglos.

Lapis sacer sanctificatus et praecipuus manifestationis* (*En latín en el texto: «piedra sagrada santificada y principio de la manifestación»).

Observo moviendo la cabeza esta incomprensible novedad en el viejo blasón tan familiar. ¡Un sello que estoy seguro de no haber visto jamás! O mi primo John Roger lo ha hecho componer, o… sí, está claro: el corte, tan limpio, es moderno, indudablemente: John Roger ha hecho fabricar en Londres un nuevo sello.

¿Pero por qué? —¡A causa de la lámpara! Lo descubro de pronto como una cosa que cae por su propio peso: la lámpara sólo era una corrupción tardía y estrambótica. Desde siempre el blasón ha llevado un cristal radiante. —¿Pero y la inscripción?— Descubro una singular complicidad entre este cristal y mi mundo interior. ¡Cristal de roca! Recuerdo que en una leyenda, un carbúnculo resplandecía con todos sus destellos en el cénit, pero la he olvidado.

Una última duda. Al final rompo el último sello, deshago los nudos. Delante mío se esparcen viejas cartas, actas, archivos, extractos, amarillentos pergaminos cubiertos de caracteres rosacrucianos, diario íntimo, imágenes, pentáculos herméticos más o menos podridos, algunas sucias encuademaciones con viejos cobres, un montón de cuadernos atados juntos de todas las maneras; y también pequeños cofres de marfil llenos de sorprendentes telas, monedas, fragmentos de madera incrustados de plata y oro, a manera de reliquias; y luego, huesecillos pulidos y tallados en caras como cristales, muestras del mejor carbón fósil de Devonshire, y buen número de objetos heteróclitos. Emerge una nota, con la austera y acompasada escritura

de John Roger:

¡Lee o no leas! ¡Quema o persevera! Añade polvo al polvo. Nosotros, de la raza de Hoël Dhat, príncipes de Gales, estamos muertos. Mascee.

¿Me son destinadas estas frases? Me pregunto. Es probable. No comprendo nada, pero no me siento impelido a romperme la cabeza en ella. Semejo un niño que de todo se dijera: «¡Qué necesidad tengo de saberlo ahora! ¡Ya lo aprenderé más tarde por mí mismo!» ¿Pero, a pesar de todo, qué significa esta palabra «Mascee»? Pica mi curiosidad. Abro el diccionario y leo:

«Mascee = expresión anglo-china que quiere decir poco más o menos: ¡Qué importa! Un sentido muy cercano al del Nitchevo ruso.»

* * *

Ya era muy entrada la noche cuando ayer me levanté de la mesa, después de una larga meditación sobre la suerte de mi primo John Roger y sobre la fugacidad de nuestras esperanzas y de todas las cosas, dejando para mañana un inventario más detallado de mi herencia. Me puse en la cama y me dormí rápidamente.

Aparentemente la idea del cristal en el blasón me había seguido hasta en mi sueño; en todo caso, nunca creo haber tenido un sueño tan singular.

En alguna parte, sobre mí, relucía el carbúnculo arriba en las tinieblas. Un rayo emanado de su palidez golpeó mi frente y tuve la neta percepción que así se establecía, entre mi cabeza y la piedra preciosa, una ligazón importante. Intentaba sustraerme de ella, pues una angustia me había asido, moviendo mi cabeza de un lado a otro, pero era imposible escapar al rayo. Mientras me esforzaba girando y volviendo a girar la cabeza, tuve una experiencia desconcertante: por decirlo de alguna manera, me pareció que el rayo del carbúnculo todavía permanecía clavado en mi frente cuando hundía mi rostro en la almohada. Y tuve la precisa sensación que un nuevo rostro se moldeaba detrás de mi cabeza: me crecía una segunda faz. No sentía ningún espanto; pero era molesto no poder ya de ninguna manera escapar al rayo.

La cabeza de Jano, me decía, pero en mi sueño sabía que eso era simplemente una reminiscencia de mis humanidades latinas, ya que intentaba tranquilizarme; por lo tanto, no estaba tranquilo. ¿Jano? —No, es estúpido: ¡Jano! ¿Pero qué, entonces? Con una insistencia irritante, mi conciencia onírica se paraba en este «y entonces qué». Además no llegaba a definir «quién era yo». Después, pasó otra cosa: el carbúnculo descendió de sus lejanas alturas hasta tocar la parte superior de mi cabeza. Experimentaba una sensación de extrañeza impensable, tanto, que no sabría formularla. Un objeto, caído de un lejano astro, no me habría podido sorprender más. No sé por qué cuando reflexiono sobre este sueño, pienso siempre en la paloma que descendió del cielo en el bautismo de Jesús por el asceta Juan. Cuanto más se acercaba el carbúnculo, más derecho caía el rayo sobre mi cabeza, quiero decir, sobre la línea que partía mis dos cabezas. Poco a poco experimentaba una sensación de ardor, comparable a la del hielo, y esta sensación nueva para mí, me despertó.

He pasado todo el día siguiente rumiando este sueño.

Dudoso, perezoso, un medio recuerdo emergía de las brumas de mi primera infancia. Se trata de una fábula, de un cuento, de una ficción o de una lectura —quizá de cualquier otra cosa— donde aparecían un carbúnculo y un rostro, o una forma, que no se llamaba «Jano». Una imagen muy vaporosa emergía de las profundidades de mi memoria:

Cuando, en mi infancia, me sentaba sobre las rodillas de mi abuelo, el que se llamaba «Su Señoría» y que a pesar de todo no era más que un pequeño propietario estiriano, el viejo sire, mientras yo aseguraba mi posición a horcajadas sobre sus rodillas, me contaba a media voz todo tipo de historias.

Todo lo que he retenido de la leyenda se desarrollaba sobre las rodillas de este abuelo, él mismo medio legendario. Hablaba de un sueño: «Los sueños, hijo mío, son títulos más grandiosos que los de la nobleza y de los señoríos. No lo olvides. Si te conviertes en el heredero digno de este nombre, te legaré quizá un día nuestro sueño: el sueño de Hoël Dhat.» Y entonces, con una voz apagada, cargada de misterio, en un susurro sobre mi oreja, como si temiera que el aire de la habitación hubiera de sorprender sus palabras, mientras continuaba haciéndome saltar en sus rodillas, me habló de un carbúnculo en un país al que ningún mortal puede llegar a menos de ser introducido en él por quién ha vencido la muerte y poseer una corona de oro y un cristal sacado del doble rostro de… ¿de? Creo recordar que hablaba de esta criatura ambivalente del sueño como de un antepasado o de un genio tutelar de nuestra familia. Pero ahí mi memoria ya falla: todo flota en una niebla claroscura.

De todos modos, nunca había soñado nada semejante hasta hoy. ¿Era el sueño de Hoël Dhat? Comentar más no serviría de nada. Por otra parte me ha interrumpido la visita de mi amigo Serge Lipotine, el viejo anticuario de Werrengasse.

Lipotine —apodado en la ciudad «Nitchevo»— antiguo anticuario titular de Su Majestad el Zar, sigue siendo, a pesar de sus vicisitudes, un personaje notable y típico. Antes millonario, conocedor, experto de fama mundial en el arte asiático; hoy un pobre viejo revendedor que espera una muerte cierta mientras vende baratijas más o menos chinas; siempre zarista, hasta la médula de los huesos. Debo a su olfato infalible la posesión de algunas piezas incomparables, y, cosa curiosa, cada vez que me apasiono por un objeto particular, que creo difícilmente asequible, cada vez, Lipotine viene a verme casi inmediatamente y me trae un objeto similar.

Hoy, como no había nada interesante, le muestro el envío de mi primo de Londres. Alabó un poco las viejas ediciones y las declaró «rarísimas». Dos especies de medallones llamaron rápidamente su interés: buen Renacimiento alemán denotando más que las cualidades del oficio. Vio finalmente el blasón de John Roger, tuvo un movimiento de sorpresa y se perdió en reflexiones. Le pregunté lo que le intrigaba. Alzó los hombros, encendió un cigarrillo y guardó silencio.

Un poco más tarde charlábamos de bagatelas. Poco antes de retirarse me dijo: «¿Sabéis, querido amigo, que nuestro buen Michel Arangelovitch Stroganof no durará mucho más que su último paquete de cigarrillos?

Sigue la norma. ¿Qué podría hipotecar en el monte de piedad? Poco importa. Este es el fin, para nosotros los rusos: vamos en el sentido del sol, nacidos en el este para naufragar en el oeste. ¡Qué os vaya bien!»

Lipotine se marchó, yo seguía perdido en mis pensamientos. Así Michel Stroganof, el viejo barón, una de mis buenas relaciones de café se preparaba a emigrar al verde reino de los muertos, al país verde de Perséfona. Desde que le conocí sólo vivía de té y de cigarrillos. Había huido de Rusia y embarrancado aquí, no poseía nada más que lo que llevaba encima, a saber, media docena de sortijas adornadas de brillantes y el mismo número, más o menos, de grandes relojes de oro: todo lo que había podido meter en sus bolsillos antes de cruzar las líneas bolcheviques. Vivía de estas joyas, con la insolencia y las maneras de un gran señor, sólo fumaba cigarrillos de los más caros, que hacía traer de Oriente váyase a saber por qué medio. «Transformar las cosas de la tierra en humo, le gustaba decir, puede ser el único placer que podemos dar a Dios.» Lo que no le impedía morir lentamente de hambre, y cuando no estaba sentado en la pequeña tienda de Lipotine, helarse en su buhardilla de algún barrio bajo.

Así el barón Stroganof, antiguo plenipotenciario de Su Majestad Imperial en Teherán, agonizaba. «Poco importa. Sigue el orden», como dice Lipotine.

Con un suspiro pensativo, por ociosidad, me vuelvo con los manuscritos y los libros de John Roger. Cojo esto o aquello al azar y me absorbo en su lectura.

* * *

He pasado la jornada compulsando los documentos dejados por mi primo, y he concluido que era inútil esperar poder ordenar en un conjunto coherente estos fragmentos de antiguos estudios y estas viejas notas: nada se puede edificar de estos escombros. «Lee o quema», me murmuraba sin cesar una voz interior. «¡El polvo al polvo!»

En suma, ¿qué tengo yo que ver con esta historia de un cierto John Dee, barón de Gladhill? ¿Qué era un viejo inglés inclinado al tedio y según todo parece un antepasado de mi madre?

A pesar de todo no puedo decidirme a enviar este fárrago al diablo. A veces las cosas tienen más poder sobre nosotros del que nosotros tenemos sobre las cosas: tienden a los vivos una especie de trampa al hacerse pasar por monstruos. No, no me decido a interrumpir una lectura que, de hora en hora, sin saber decir por qué, me cautiva más. Del seno de este caos fragmentario emerge una forma crepuscular, bella y triste: la de un espíritu superior. De un hombre atrozmente extraviado que brilló en la mañana de su vida para ver amontonarse las nubes en su madurez: perseguido, burlado, crucificado, reconfortado con hiél y vinagre; un hombre que rozó el infierno, un elegido por tanto, que a fin de cuentas fue elevado a las altas esferas del cielo ya que era un alma noble, un «sapiente» audaz, un espíritu ardiente.

No, la historia de John Dee, descendiente de uno de los más nobles linajes de la isla, de los viejos príncipes y condes de Gales, mi antepasado por sangre materna, no ha de hundirse en el olvido.

Pero no puedo escribir como querría lo que veo en ella. Me faltan casi todas las condiciones previas: la posibilidad de un estudio personal y el eminente saber de mi primo en un dominio que unos califican de «oculto»; del que algunos creen desembarazarse poniéndole el término de «parasicología». Carezco, en esta materia, de experiencia y de criterios. No puedo hacer nada más que intentar, con un cuidado escrupuloso, aportar a este embrollo de vestigios un orden y un plan racional: «Preservar y transmitir, siguiendo las palabras de mi primo John Roger.

Ciertamente, esto no es más que disponer un frágil mosaico. ¿Pero los restos de unas ruinas no son a menudo más emocionantes que una casa coqueta? Enigmática esa sonrisa de los contornos de una boca que desmiente la profunda melancolía ligada a la nariz: enigmática, esa mirada fija bajo una frente ausente; enigmático ese relámpago de frescor de pronto rosa, sobre un fondo que se esteriliza. Enigmático, enigmático…

Me costará semanas, si no meses, de fatigoso trabajo desenmarañar, primera etapa indispensable, esta madeja ya medio podrida. Dudo: ¿Debo hacerlo? Si tuviera una onza de certeza, si un invisible consejero interior me soplase esta decisión, dejaría con toda irreverencia que este bazar se hiciera humo para «dar placer al buen Dios».

Cada vez se imponía más en mí el pensamiento del barón Michel Arangelovitch Stroganof, que está a punto de morir y ya no puede fumar sus cigarrillos, quizá porque el buen Dios tiene escrúpulo de que un hombre le testimonie tanta cortesía.

* * *

Hoy, otra vez, el sueño del carbúnculo. Ha sucedido como en la noche precedente, pero la sensación de frío debida al descenso del cristal hasta mi doble cabeza ya no me era dolorosa en absoluto, de manera que no me he despertado. ¿Es esto debido a que el carbúnculo ha tomado posesión definitiva de mi cabeza? No lo sé. Ha sido en el instante en que el rayo luminoso ilumina a la vez los dos rostros de mi cabeza, cuando he visto que era esta criatura de dos cabezas —y por consiguiente, otro. Me he visto, como es el caso de «Jano», mover los dos labios de uno de los rostros, mientras que el otro permanecía inmóvil. Y este mudo indudablemente era «yo». El «otro» se libraba a largos y vanos esfuerzos para emitir un sonido, luchando para salir de un profundo sueño y pronunciar una palabra.

Finalmente los labios modelaron un aliento y exhalaron esta frase dirigida a mí: «¡No ordenes! ¡No te creas capaz! Donde la razón pone orden, provoca una inversión de las causas primeras y prepara la destrucción. Lee y déjate guiar por la mano y no siembres estragos. Lee y déjate guiar por mí…»

Sentí cual martirio, en mi «otra» cabeza, el esfuerzo de estas palabras, lo que, según parece, me despertó. Es extraño mi estado de espíritu. ¿Qué sucederá? ¿Un espectro se libera en mí? ¿Un espejismo nacido en el sueño quiere mezclarse en mi vida? ¿Soy objeto de un desdoblamiento de conciencia y me volveré loco? Al contrario, me encuentro en perfecto estado de salud, lúcido, sin la menor propensión a sentirme «doble» y mucho menos coaccionado, ya sea en el pensar o en el actuar. Soy absolutamente dueño de mis emociones, de mis intenciones. ¡Soy libre!…

Todavía un trozo de recuerdo de mis cabalgadas sobre las rodillas de mi abuelo, viene a mi memoria; me decía que el genio tutelar era mudo, pero que un día hablaría. Entonces llegaría el fin de los días de la sangre; la corona ya no se cerniría por encima de su cabeza, sino que replandecería en su Doble Frente. ¿Jano empezaba a hablar? ¿Es el fin de los días para los de nuestra sangre? ¿Soy el último heredero de Hoël Dhat?… No importa, las palabras impresas en mi memoria tienen un claro sentido: «¡Lee y déjate guiar por mí!» Y, «la razón provoca una inversión de las causas primeras»… Sea pues, obedeceré la orden dada; pero no, no es una orden; por otra parte, me negaría a dejarme mandar, es un consejo, sí, un consejo, ¡un simple consejo! ¿Y por qué razón no lo seguiría? No lo clasificaré. Transcribiré al azar aquello que mi mano atrape.

He tomado, sin mirar, una hoja del montón; reconozco la abrupta escritura de mi primo John Roger y leo: Todo ha terminado desde hace mucho. Muertos desde hace mucho tiempo están los hombres que aparecen en estos documentos biográficos, con sus envidias y pasiones: en su polvo, yo, John Roger. me atrevo a escudriñar, de la misma manera como ellos habían actuado en relación a otros hombres que habían desaparecido mucho antes que ellos, como ellos han desaparecido para mí, hoy violador de sus cenizas. ¿Qué es lo que está muerto? ¿Qué es lo que ha sucedido? Lo que he pensado, hecho, antaño, todavía es hoy acto y pensamiento: todo lo que tiene poder está vivo. Seguramente, todos nosotros no hemos encontrado lo que habíamos buscado; la verdadera llave del tesoro de vida, la llave misteriosa, la búsqueda de la cual basta para magnificar el sentido y la obra de toda una vida. ¿Quién ha visto por encima suyo la corona del carbúnculo? ¿Nosotros, los descubridores, qué hemos encontrado? Nada más que la desgracia inconce
bible y la visión de la muerte, ¡de la que, además, es dicho que debe ser vencida! Pero sabe que la llave reposa en el abismo de las aguas tumultuosas. Quien no se sumerge en sí mismo no la obtiene. ¿El Último Día de la Sangre no había sido el objeto de un oráculo para nuestro linaje? Ninguno de entre nosotros ha visto este último día. ¿Debemos felicitarnos? Acusarnos también, sin duda.

El personaje de las dos cabezas no se me ha mostrado, a pesar de todas mis evocaciones. No he visto el carbúnculo. Así debe ser. A quien el diablo no vuelve la cabeza violentamente hacia atrás, se dirigirá irresistiblemente hacia la tierra de los muertos y no verá nunca levantarse la luz. ¿Pero a quién de entre nosotros, los de la sangre de John Dee, el Baphomet ha hablado? John Roger

Este nombre, «Baphomet», me dio como un martillazo. Por el amor de Dios, ¡el Baphomet! ¡Sí, es el nombre que no quería venirme a la memoria! ¡Es el Coronado de doble rostro, el dios del sueño hereditario de mi abuelo! Son las sílabas que me murmuraba en la oreja, desprendiéndolas al ritmo de un aliento como si quisiera hundírmelas en el alma mientras que, cual pequeño caballero, cabalgaba de arriba a abajo y de abajo a arriba sobre su falda.

¿Baphomet? ¿Baphomet?

¿Pero, qué es el Baphomet?

Es el símbolo hermético de la antigua Orden secreta de los Caballeros del Temple; lo singular por excelencia, más próximo para el Templario que todo lo que le es próximo y permaneciendo por esta misma razón, un dios desconocido.

¿Los barones de Gladhill fueron Templarios? Me hacía la pregunta. Era posible, al menos para uno u otro, ¿quién sabe? Lo que dicen los manuales y los rumores públicos es abstruso: Baphomet sería el «bajo demiurgo», ¡sutileza de la degenerada jerarquía gnóstica! ¿Pero por qué dos rostros? ¿Y por qué. además, soy yo quien desarrolla en sueños estos dos rostros? Un hecho, entre los demás, es cierto: yo, último retoño de esta familia inglesa de los Dee de Galdhill, me encuentro «en el fin de los Días de la Sangre». Y siento confusamente que estaría presto a obedecer si el Baphomet se dignase a hablar…

En ese instante Lipotine interrumpió mis especulaciones. Me traía noticias de Stroganof. Mientras tranquilamente se liaba un cigarrillo me contaba que las hemólisis agotaba al barón y que quizá un médico no sería inútil, aunque sólo fuera para dulcificar su fin.

—Pero… —Lipotine hizo, con un despreocupado encogimiento de hombros, el gesto de contar dinero.

Comprendí, iba a abrir un cajón del escritorio en el cual guardo lo mío.

Lipotine puso su mano sobre mi brazo, levantó sus espesas cejas con una expresión indefinible, como si quisiera decir: «Sobre todo no me dé caridad», y mordisqueó su cigarrillo:

—Espere, estimado señor. —Sacó de su gabán una pequeña caja atada con bramante y me la tendió

refunfuñando:

—El último bien de Michel Arangelovitch. Os pide que tengáis la bondad de aceptarlo. Os pertenece.

Tomé el objeto dudando. Era una pequeña arca de plata maciza muy simple, provista de un sistema de cerraduras secretas a la vez que decorativas y eficaces. A juzgar por los montantes y las cerraduras, era un modelo ejecutado por un orfebre de Toula de la época remota. Una pieza con un trabajo interesante. Di a Lipotine una suma que creía correspondía a su valor. Arrugó negligentemente los billetes y los metió sin contarlos en el bolsillo de su chaleco.

—Michel Arangelovitch podrá morir decentemente—. El asunto quedó arreglado sin otro comentario.

Poco después me dejó.

Poseo ahora un cofre de plata maciza cerrado que no puedo abrir. Lo he intentado durante horas sin resultado. Haría falta una sierra o al menos unos señores alicates para triunfar sobre estos montantes, y para estropear el bello cofre. Dejémoslo tal como está.

* * *

Dócil a la orden recibida en el sueño, he tomado luego el primer fascículo que me ha venido a la mano y empiezo a resumir el manuscrito de la historia de John Dee, mi antepasado. Redacto en el orden exacto que las diversas hojas me vienen a la mano.

El Baphomet debe saber lo que resultará. Pero siento una gran curiosidad por ver cómo se desarrollarán los sucesos de una vida y especialmente por encontrar de nuevo los caminos de un destino, de una existencia acabada desde hace muchos, muchos años (si la voluntad personal no interviene y si la inteligencia no intenta «corregir la fortuna»). La primera toma de la mano «obediente» ya habría de haberme vuelto desconfiado. He de comenzar por la copia de una carta de un informe, el contenido del cual, a primera vista, no tiene nada que ver con John Dee y su historia. Se refiere a una tropa de Ravenheads («cabezas de cuervos») que parecen desempeñar un cierto papel en las disensiones religiosas de 1549 en Inglaterra. He aquí el contenido literal del

escrito:

Informe del agente secreto, marca )+( a S.S.* el obispo Bonner, su superior en Londres.

*. Su Señoría. (N. del T.)

El año de Gracia de 1550.

Vuestra Señoría sabe qué difícil es desenmascarar, tal como me lo ha ordenado, total o parcialmente, las herejías demoníacas y la apostasía galesa de un alto personaje tan sospechoso como el llamado John Dee. Ella también sabe que Su Señoría el gobernador se expone cada día más a estas ignominiosas suposiciones, desgraciadamente muy bien fundadas. A pesar de todo me atrevo a enviar mediante un hombre seguro a Vuestra Señoría este informe secreto redactado en la agencia que yo asumo, a fin que Ella mida mi celo en satisfacer sus deseos y en agrandar así mis méritos para el cielo. Vuestra Señoría me ha amenazado con Su cólera, con el banco y la tortura, si no conseguía prender en mis redes el o los instigadores de las recientes impudencias del populacho contra nuestra santa religión. Le ruego encarecidamente desvíe todavía un poco Sus rayos de su pobre pero abnegado servidor, al considerar los hechos que hoy le mando, los cuales evidencian la culpabilidad de dos malvados.

Vuestra Señoría conoce muy bien la escandalosa actitud de S.S. el protector actual; también sabe cómo, por la negligencia —por no decir más— de este último, la hidra venenosa de la insubordinación, de la rebelión, de la profanación de los santos sacramentos, de las iglesias y de los claustros, puede, de manera alarmante, levantar cabeza una vez más en Inglaterra. Así pues, a fines de Diciembre del Año de Gracia 1549 bandas enteras de chusma sediciosa han aparecido en el País de Gales, como si naciesen del suelo. Se trata de bateleros desterrados, vagabundos ,y ya se les suman algunos campesinos y artesanos frenéticos. Una banda constituida al azar, sin disciplina y sin objetivo, que se ha hecho componer un pendón en el cual figura, pintado en negro, una espantosa cabeza de cuervo, análogo al símbolo secreto de los alquimistas. Es por ello por lo que se llaman a sí mismos Ravenheads.

Delante hay un feroz camorrista, de oficio maestro carnicero en Welshpool y llamado Bartlett Green. Se comporta como capitán y jefe de la banda, defiende espantosos propósitos contra Dios y el Salvador, pero especialmente profiere horribles blasfemias contra la Santísima Virgen María, diciendo que nuestra santa reinade los Cielos no es más que un doble y una copia de la Gran Diosa, o mejor del ídolo e insigne demonio que él llama «Isaís la Negra».

Si este Bartlett Green no posee naturalmente el descaro y el coraje que manifiesta en público, no se puede negar que su condenado ídolo e hija del infierno, Isaís, no le haya dotado; él habría recibido como regalo un zapato de plata que lo conduce, donde quiere, a la victoria y al triunfo. Hay que lamentar por Dios que el hombre y su banda parecen gozar en todas partes de una protección tan evidente de Beelzebuth y de sus secuaces que hasta ahora ni mosquetes, ni veneno, ni emboscada, ni refriega han conseguido causarle el menor arañazo.

Falta mencionar un segundo punto, aunque no quiera tenerlo todavía por cierto. Los golpes, las razias, los tratos con los señores malintencionados de la provincia, así como las salidas de la banda de los Ravenheads no serían dirigidos por el siniestro y repelente Bartlett. sino por un señor oculto que dispone de toda suerte de medios eficaces, dinero, cartas y consejos secretos, para acelerar los asuntos como un verdadero vicario de Satán.

Quizá habría de buscarse este mentor entre la gente de cualidad, entre los grandes personajes del reino.

¡Sucede justamente que el susodicho John Dee es de ésos!

Estos últimos días, a fin de atraer al pueblo de Gales al lado del diablo, se ha atacado al más santo de los lugares de gracia y de milagro, la tumba del santo obispo de Dunstan de Brederock. La han devastado hasta sus cimientos, saqueado, han dispersado indignamente las santas reliquias a los vientos, en una palabra, una abominable catástrofe a señalar. Esto es debido a que el pueblo creía a pies juntillas en la inviolabilidad de la tumba de San Dunstan. Según la tradición, la cólera y el rayo celeste debían pulverizar a cualquiera que osase acercarse con mano sacrílega. Es fácil imaginar con que sarcasmos y burlas este Bartlett ha ridiculizado el lugar santo y aliado a su causa un buen número de insensatos.

Aún otra noticia que en estos mismos instantes llega a mis oídos: un nómada moscovita, un raro cómplice, conocido un poco en todas partes por diversos alborotos y rumores, después de haberse encontrado con Bartlett Green en secreto, ha tenido con él varias entrevistas que no inspiran confianza.

No se le llama de otro modo que Mascee, algún apodo del que ignoro el sentido. Se le intitula: «Maestro del Zar de Rusia». Es un hombre seco y gris que ha superado en mucho la cincuentena, de un acusado tipo tártaro. En el país ha debido hacerse pasar por comerciante dedicado al tráfico de todo tipo de curiosidades y objetos raros rusos y chinos, hasta el presente día de hoy se ha dedicado a este comercio. Un buen pájaro sospechoso que nadie sabe de donde sale.

Desgraciadamente, hasta ahora no ha sido posible apoderarse del dicho maestro Mascee, visto que llega y se evapora como el humo.

Un detalle, todavía, que podría permitirnos cogerlo en el más breve espacio de tiempo: niños de Brederock habrían visto, poco después del drama, a este Moscovita irse hacia la cripta profanada de San Dunstan, introducirse entre las losas rotas, y salir con dos bolas ya limpias, una blanca y una roja, de un volumen análogo al de las pelotas de juego normales y que parecían torneadas en un marfil reluciente y precioso.

Entonces las habría contemplado con alborozo, antes de meterlas en su bolsillo y de abandonar el lugar a toda prisa. Además de esto tengo buenas razones para creer que el maestro habrá querido tomar él mismo las bolas a causa de su rareza y que bajo las apariencias de comerciante de tales curiosidades, intentará llevarlas rápidamente a su hombre. En consecuencia, he hecho proceder a una encuesta apremiante en lo que hace a dichas bolas, a pesar que no puedo suministrar ningún dato sobre el ladrón.

Me queda un último escrúpulo, y no quisiera disimularlo a Vuestra Señoría, que Dios me ha designado por confesor. Hace poco tiempo me ha caído entre las manos una correspondencia de mi superior oficial, S.S. el Gobernador. He visto en ello un signo del cielo, y secretamente la he confiscado. He encontrado en este dosier el informe de un cierto doctor, actual preceptor de Su Gracia lady Elizabeth, princesa de Inglaterra, el contenido del cual es al menos singular. Adjunto en el presente informe, en su forma original, un trozo de pergamino que creo haber sustraído del conjunto sin levantar ninguna sospecha. He aquí lo que el preceptor manda a S.S. el Señor Gobernador:

Hasta el momento de cumplir sus catorce años todo ha sido lo mejor para lady Elizabeth. Luego, de manera sorprendente, la princesa ha abandonado los hábitos que eran antes los suyos para volverse hacia ocupaciones peculiares en una mujer. En particular, boxear, trepar, pellizcar o divertirse con sus sirvientas o compañeras de juego, torturar, cortar vivos ratoncillos y ranas, ya no puede decirse que la princesa se ocupa de la plegaria y se aplica en el estudio de las santas Escrituras, se diría que el diablo y su séquito la incitan.

Además lady Ellionor, la hija de lord Huntington, de dieciséis años, se queja de tener en el pecho manchas verdes y azules, mientras la princesa desplega ardor en el juego. En la pasada Santa Gertrudis, lady Elizabeth de Inglaterra decidió una salida con sus compañeras por las landas de Uxbridge y esta tropa desordenada, sin ninguna protección, galopó hasta más allá de la landa —como si fuera una brigada infernal— sin orden ni concierto. ¡Hasta se las ha comparado con las condenadas Amazonas paganas!

Lady Ellionor, ya mencionada, informó el otro día que lady Elizabeth había visitado en el bosque de Uxbridge a una vieja bruja y había ordenado a esa vieja ramera, con una arrogancia bien principesca, informarle sobre su destino, como ya lo hizo anteriormente su noble abuela la reina Macbeth.

Lady Elizabeth, princesa de Inglaterra, obtuvo de la bruja no sólo todo tipo de sentencias, murmullos y profecías, sino también un desagradable brebaje, que haría pensar en un diabólico filtro de amor y que se habrá bebido. La bruja ha escrito sus oráculos en un pergamino; adjunto este corpus delicti, del que no puedo decir nada, sino que está escrito por la bruja, pues soy incapaz de comprender una sola palabra, a mis ojos es un maldito galimatías. Adjunto igualmente la ficha concerniente al pergamino.

Quiera Vuestra Gracia Episcopal tomar buena nota de las observaciones de su siempre solicito a servirlo y perseverante.

Firmado: )+(  Agente secreto.

El fragmento de pergamino que el agente secreto adjuntaba en 1550 en su carta a Bonner, impertinentemente apodado el «Obispo Sangriento», está redactado en los términos que a continuación se leerá; mi primo John Roger ha añadido un comentario como si se tratase, según todo parece, de una profecía de la bruja de Uxbridge a la princesa Elizabeth, más tarde reina de Inglaterra:

Fragmento de pergamino.

He hostigado a Gaea la Madre Negra.

He descendido en la hendidura más de setenta veces siete peldaños.

«¡Animo, reina Elizabeth!» ha dicho la Madre.

«¡Has bebido tu salvación!» oí gritar a la guardiana.

Él separa, él une de nuevo, mi brebaje;

Él separa la mujer del hombre.

El interior está sano, el exterior todavía está enfermo.

El todo subsiste mientras que la mitad perece.

¡Yo protejo —y yo dispongo— y yo hechizo!

Al lecho nupcial te conduzco el novio.

¡Sed Uno en la noche! Sed Uno en el día que vendrá.

¡Basta de distinguir por ilusiones el yo y el tú!

Basta de separar, uno aquí, otro allá, los que trepan la cuesta real.

En fin, el sacramento de mi elixir, hecho de Dos Uno, quien ve en la noche delante y detrás, que nunca duerme, que vela para la eternidad y los Eones para él son como los que velan un día.

¡No temas! ¡Ánimo, Elizabeth!

¡El cristal negro ha salido de su ganga! Está prometido.

Que restablecerá la corona de los Ángulos, aquella —¡Mira!—

Que se rompió en los orígenes —y después permaneció rota.

Una mitad para ti, otra para el de la espada de plata que se recrea en la colina verde.

El horno del fundidor espera, también el crisol nupcial,

¡Que el oro unido al oro

Restaure la ancestral obra maestra y la vieja corona!

Al fragmento de pergamino de la bruja se ha añadido el siguiente post-scriptum del agente secreto )+(.

Notifica sucintamente que el conductor de los Ravenheads del que se hacía alusión en la carta al obispo Bonner, «Bastlett Green», ha sido hecho preso y encarcelado. Helo aquí:

Post-scriptum: Lunes después de la resurrección de Nuestro Señor.

La gentuza de Bartlett Green ha sido masacrada; a él se le ha capturado sin la menor herida, cosa que parece increíble si tenemos en cuenta los terribles golpes que ha recibido. Este granuja, este salteador de caminos, este hereje se encuentra ahora cargado de buenas cadenas de seguridad, vigilado noche y día, de manera que ninguno de sus demonios ni incluso su Isaís la Negra, pueda sacarlo de allí. Además el exorcismo de Satán ha sido pronunciado en sus dos palmas, por tres veces, reforzándolos con signos de la cruz y de agua bendita, para asegurar su salvación…

El autor de esta carta pone en Dios la esperanza de que la profecía de San Dunstan se confirmará plenamente y que perseguirá, atormentará y castigará a los profanadores y los instigadores de la profanación
—John Dee, quizá— hasta que la muerte fatal les llegue. Amén.
Firmado: )+(Agente secreto.

El legajo, que mi ciega mano tomó después de la herencia de mi primo John Roger, contiene —descubro inmediatamente— un diario íntimo de nuestro antepasado sir John Dee. Trae, es evidente, la conclusión de la carta del agente secreto y las fechas son casi las mismas. El cuaderno anuncia:

Fragmentos del diario de John Dee de Gladhill, a partir del día en el que se festejó su nominación de Maestro.

En la fiesta de San Antonio, 1549.

Una nominación de Maestro debe comportar una enorme fiesta ante el Señor. ¡Bien! Veremos iluminarse los rostros de los mejores espíritus de Inglaterra. ¡Pero yo quiero mostrarles bien pronto quien es el maestro entre ellos!

¡Oh! ¡Maldito día! ¡Maldita noche! —No. me engaño: ¡Oh! ¡Noche de bendición! —Mi pluma chirria de manera lastimera, porque, por así decirlo, mi mano todavía está ebria, ¡sí, ebria!— Pero ¿mi espíritu? ¡Claro y diáfano! Y una vez más: ¡a la cama, cerdo! ¡No desciendas por debajo de ti mismo!— Un hecho es más resplandeciente que el sol: yo soy el maestro del futuro. Veo en una continuación sin fin ¡reyes! ¡Reyes sentados en el trono de Engelland!

Mi cabeza se torna lúcida. Pero tengo el sentimiento de que va a estallar, mientras pienso en la noche última y de lo que me ha colmado. Conviene reflexionar y proceder con un informe exacto. De casa de Guilford Talbot donde tuvo lugar la fiesta, un sirviente me ha conducido a mi casa. Dios sabe cómo. Al menos no sería la más aspaventada cocción que se haya tomado desde la fundación de Inglaterra, yo… Bien.

Baste decir que estaba tan borracho, que Noé en su vida no pudo estarlo más. La noche era tibia y lluviosa, lo que, para empezar, favorecía la acción del vino. He debido caerme cada cuatro pasos como lo atestiguan mis manchadas vestiduras.

Cuando me encontré en mi dormitorio, envié el sirviente al diablo, diciendo que no quería ser tratado como un niño en el momento en que debía combatir los demonios del vino y despojarme de mis vestiduras para acostarme, al igual que anteriormente hizo el viejo Noé.

En una palabra, intenté desnudarme solo. Lo conseguí y me abalancé ferozmente sobre el espejo. Entonces vi gesticular ante mí el más miserable, el más lastimoso, el más abyecto de los rostros: un bribón de alta pero huidiza frente, sobre la que, además, caían algunos raros mechones morenos, como para subrayar la irrupción de los más bajos instintos fuera de un cerebro degenerado. Los ojos azules pequeños, insolentes, que en lugar de expresar dignidad, transpiraban los vapores del vino. Una boca larga, abierta, como la de un sucio chivo, donde hubiérase debido esperar los finos labios, moldeados por el mando, de un descendiente de Roderick; un grueso cuello, hombros caídos, en una palabra ¡una buena caricatura, una abominación de Dee,
de Gladhill!

Una rabia fría me embargó; me enderecé bien recto y aullé contra el individuo del cristal:

—¡Cerdo! ¿Quién eres? Cachivache embadurnado de arriba a abajo por el barro de los caminos, ¿no tienes vergüenza de ofrecerte a mis ojos? No has oído el precepto: «¡Qué sean dioses!» Mírame: ¿tienes el más mínimo parecido conmigo, el descendiente de Hoël Dhat? ¡No, especie de fantasma nocturno, malogrado, encorvado y sucio de un joven noble! ¡Especie de espantajo de gorrión desinchado, alias magister liberarum artium*! ¡Ya no podrás burlarte de mi figura por mucho más tiempo! ¡Vas a caer ante mí en mil pedazos al mismo tiempo que este espejo!

*. En latín en el texto: maestro en artes liberales. (N. del T.).

Y levanté el brazo para golpear. También él lo levantó, con un aire compasivo, al menos así me lo pareció a través de los vapores de la embriaguez.

Una repentina y profunda piedad hacia mi compañero del espejo me embargó, y continué:

—John, si todavía así mereces ser llamado, ¡puerco! ¡John, te conjuro por el Hoyo de San Patricio, vuelve en ti! ¡Debes reformarte, debes renacer en espíritu si has de conservar mi amistad! ¡Levántate, condenado bergante…!

Y al instante la imagen del espejo tuvo un movimiento de orgullo, el cual, es cierto, considerándolo a sangre fría, venía de mí; pero en mi estado de embriaguez, tomé el pulso repentino del personaje por una decisión de mejorarse y proseguí colmado de emoción:

—Al menos vés, miserable hermano, que no puedes continuar así. Y me alegro, querido, de verte aspirar al renacimiento en espíritu; en efecto…

Y las lágrimas de la piedad más profunda surgieron de mis ojos.

—En efecto, ¿qué otra cosa podía esperarse de ti?

Mi interlocutor del espejo también derramaba abundantes lágrimas, lo que en mi inconcebible locura, afianzó en mí la idea de que había pronunciado palabras fabulosamente importantes, y exhortaba así a mi pecador arrepentido:

—Es un favor del cielo hacia ti, mi hermano caído, me hayas mostrado hoy tu miseria, cara a cara.

Despiértate al fin y haz todo lo que puedas, pues yo te digo, sin considerar tu futuro, yo… —Un enorme hipo, seguido de náuseas, debido al vino del que estaba lleno hasta el cogote, me privó del uso de la voz. Entonces —¡oh glacial escalofrío!— me llegó la voz de mi interlocutor, dulce y regular, pero como transmitida a través de un largo tubo:

—No tendré reposo ni descanso hasta que no haya conquistado las costas de Groenlandia detrás de las cuales luce la luz boreal, hasta que no haya puesto el pie en Groenlandia y sometido Groenlandia bajo mi poder. A quien le es dado Groenlandia en feudo, a éste le pertenece el imperio de más allá del océano y la corona de Engelland.

Luego la voz se calló.

Cómo he llegado a mi cama, con tal borrachera, no lo sé. Era presa de vertiginosos pensamientos que no podía impedir y que me cruzaban casi sin tocarme.

Me sumergían y sin embargo los controlaba.

Del cristal del espejo salía un rayo, como si constituyese el hogar de todos esos torbellinos de pensamientos, ¡estrellas fugaces! Este rayo me tocó y tocó detrás de mí, en la trayectoria de lo que vendrá, todos mis descendientes. ¡Una causa era echada al mundo por los siglos! Con una mano titubeante, anotaba algunas palabras en mi diario. Luego, en el curso de mi sueño, fui admitido a contemplar el largo linaje de reyes salidos de mi sangre y misteriosamente enterrados en mí.

Hoy sé cuándo seré rey de Inglaterra, y ¿qué obstáculo me impedirá realizar esta sorprendente apoteosis sobrenatural y sin embargo prometida a mi espíritu? ¡Cuando sea rey de Inglaterra, mis hijos, mis nietos, los hijos de mis nietos se sentarán en el trono que yo habré conquistado! ¡Bien! ¡He aquí mi salvación! ¡Por el estandarte de San Jorge! ¡También yo veo el camino, yo, John Dee!

En la fiesta de San Pablo, 1549

He reflexionado largamente en las vías de acceso a la corona.

Grey, Boleyn son nombres de mi árbol genealógico. Soy de sangre real. Eduardo, el rey, está enfermo. Bien pronto terminará de escupir sus pulmones. El trono es herencia compartida de dos mujeres. ¡El dedo de Dios! ¿María? Entre las manos de los papistas. Estoy a matar con los curas, ¡desde siempre! Pero sobre todo, María tiene en su pecho el mismo gusano envenenado que su hermano Eduardo. Tose. ¡Puaj! Que se vaya al diablo. Tiene las manos frías y húmedas.

Así pues, asunto concluido con Dios y el destino: ¡Elizabeth! Su estrella sube, a pesar de las trampas tendidas por el Anticristo.

¿Qué ha sucedido hasta ahora? Nos hemos conocido. Dos encuentros en Richmond. Uno en Londres. En Richmond. para cogerle un nenúfar he echado a perder mis zapatos y mis medias en la ciénaga.

En Londres, a pesar de todo, he atrapado una cinta de su cintura, me lo ha agradecido con una bofetada en pleno rostro. Suficiente para un primer contacto, pensé yo.

He despachado a Richmond mensajeros seguros. Hay que encontrar una ocasión.

Buenas noticias referentes a las ideas y disposiciones de lady Elizabeth. Se ha cansado de los maestros y busca la aventura. ¡Si tan sólo supiera dónde encontrar a Mascee el Moscovita!

Hoy me llega de Holanda un mapa de Groenlandia dibujado por mi amigo y maestro en cartografía:

Georges Mércalo.

En la fiesta de Santa Dorotea.

De repente hoy, Mascee, aparece en el umbral de mi puerta. Me ha preguntado si necesitaba algo. Tiene unas nuevas curiosas piezas de Asia. No poco ha dejado de sorprenderme su visita pues bien recientemente he intentado informarme de él sin ningún resultado. También me ha jurado que nadie le había visto llegar. Su presencia en mi casa, en las circunstancias actuales, no es ningún chiste. Puede costarme la cabeza. El obispo Bonner tiene ojos en todas partes.

Me ha mostrado dos bolas de marfil, una roja y otra blanca constituidas por dos hemisferios atornillados uno a otro. No hay nada particular en el interior. Se las he comprado tanto por impaciencia como para ponerlo de buen humor. Me ha prometido hacer todo lo que le sea posible. Le he pedido un poderoso filtro mágico que otorgue amor y felicidad al que abastezca la carga encantadora. Me ha dicho que él no podía prepararlo pero que podía conseguírmelo. Ello me es indiferente. La vía más corta. Rápido a la meta. En cuanto a las bolas de marfil, me he puesto a zurrarlas por una especie de capricho. De pronto, es absurdo, me han dado miedo y las he tirado por la ventana.

Mascee el maestro del «Zar» me ha pedido para la confección del filtro cabellos, sangre, saliva, y… ¡Puaj! Ahora ya tiene lo que necesita. Asqueroso, ¡pero si sólo eso podía llevarme a la meta!

En la fiesta de Santa Gertrudis, 1549

Hoy me sucede que de ningún modo puedo apartarme de singulares pensamientos amorosos por lady Elizabeth. Esto es lo que hay de nuevo. En verdad, hasta el presente era totalmente indiferente a mi corazón. Ahora debo conformarme en la profecía del espejo. Ciertamente, no había ningún engaño en el interior. El fuego inaudito encendido por el suceso me devora el alma, tan alegre como su mañana.

Pero hoy todos mis pensamientos dan vueltas. Por San Jorge, escribía abajo de esta página: ¡…por mi prometida! ¡¡¡Elizabeth!!!

¿Qué sabe ella de mí? Casi nada. Eventualmente que me mojé los pies pescando los nenúfares, quizá que poseo una bofetada de su mano.

Nada más.

¿Y qué sé yo de lady Elizabeth?

Es una niña extraña. Dura y tierna a la vez. Directa y franca, pero cerrada como un libro viejo. Sueño con su libertad de modales, con sus camareras y sus compañeras. Tengo un poco la impresión de encontrarme delante de un tunante vestido de muchacha que haría falta corregir.

Pero la osadía y el poder de su mirada me placen. Si no me equivoco pisa de buena gana los cuernos de ciertos miembros eclesiásticos y no manifiesta gran respeto a nadie.

Pero es capaz, cuando quiere, de mendigar como una gata. ¿Me habría, si no, enlodado en la marisma?

Y la bofetada no tenía nada de benigna, sino la acariciadora dulzura de una pata de gato con todas sus uñas extendidas.

In sumiría*, como dice la lógica, ¡es real!

*. En latín en el texto: en resumen. (N. del T.)

No, no es una vil pieza la que acecho, y hoy este pensamiento me mantiene animado.

Mascee ha desaparecido de nuevo.

Un hombre de confianza me informa hoy del paseo a caballo de la princesa el día de Santa Gertrudis.

Día milagroso también para mí. La princesa cabalgaba por el bosque de Uxbridge y el maestro Mascee le ha indicado, pues ella se había perdido, el camino de la guarida de la madre Brigitte en la landa.

¡Elizabeth ha bebido el filtro del amor! La bendición del cielo está con nosotros. Lady Ellionor de Huntington bien daría su salvación eterna para demoler el matrimonio. ¿No intentó, con su inconveniente arrogancia, hacer caer la copa de la mano de la princesa? Pero falló su golpe.

Odio esta orgullosa Ellionor de corazón frío.

Por encima de todo ardo de deseos de irme a Richmond. Tan pronto estén arreglados algunos asuntos, rotos ciertos compromisos, encontraré el pretexto.

Así pues, ¡hasta pronto Elizabeth!

En la fiesta de los Siete Dolores.

Estoy preocupado. Los últimos asuntos de los Ravenheads me desagradan en sumo grado.

En la fiesta de San Quirico.

No llego a explicarme la endeblez de S.S. el gobernador de Gales. ¿Por qué no hace nada para proteger, o al

menos reemplazar a los Ravenheads?

El movimiento evangélico toca a su fin. ¿El lord protector traiciona a sus partidarios?

Quizá he sido un imbécil. No sirve de nada hacer causa común con la gentuza. Si no arrasáis con un solo golpe, la inmundicia se engancha a vuestra medias.

No. No merezco ninguna censura. Las noticias que tengo del campo reformado son seguras. No hay ningún medio posible para ellos de recular.

El lord protector —(aquí la hoja ha sido desgarrada)— para la conquista de Groenlandia. ¿Para qué me encarnizaré en buscar otra tropa de marinos capaces de todo y de jornaleros despedidos cuándo se imponga esta poderosa expedición al norte de Irlanda?

¡Obedezco a mi estrella! Perderse en cogitaciones inútiles no lleva a nada.

En la fiesta del Jueves Santo.

¡Esta condenada angustia! Aquí las cosas se vuelven día a día más inquietantes. Verdaderamente si un hombre pudiera desprenderse de todo tipo de miedo y de inquietudes secretas que se albergan en su conciencia, creo que estaría bien a punto para ser un taumaturgo. Y todavía sin noticias del «maestro del zar», ni noticias de Londres.

Los últimos donativos a la caja de guerra de Bartlett Green —¡ojalá no hubiera oído ese nombre en mi vida!— han agotado mis recursos y todavía más. ¡Sin un apoyo de Londres no podré continuar! Hoy conozco la más insolente incursión operada por este Bartlett en un nido de papistas. ¡El diablo puede haberlo modelado y acorazado pero a su gente todavía no! ¡Una empresa absurda! Si resulta vencedor, María la tísica no reinará. Así pues, Elizabeth, ¡vuelo hacia ti!

Viernes santo.

¿El cerdo de detrás del espejo se despertará? ¿El borracho me mira todavía con sus ojos esparrancados?

¿De qué estás ebria, alma vil?

¿De borgoña?

¡No, confiésalo, lastimoso harapo, estás ebrio de angustia! ¡Dios mío, Dios mío! ¡Tenía el presentimiento!

Es el fin de los Ravenheads. Se les ha cercenado.

El gobernador, le escupo en el rostro, le escupo entre los dientes, Su Señoría.

¡Repórtate, sé un hombre! A pesar de todos, los Ravenheads obedecerán a mi puño. Ravenheads, hijos míos, ¡hurra! ¡hurra!

¡Adelante, viejo Johnny, adelante!

¡Adelante!

Día de Pascua 1549.


¿Qué haré ahora…?

Esta tarde estaba sentado, a punto de estudiar el mapa de Mercator, cuando la puerta de mi habitación se abrió y un desconocido entró.

Ningún signo distintivo, ninguna arma, ningún indicio me permitía identificarlo. Se dirigió a mí y me dijo:

—John Dee: ha llegado el momento de batirse en retirada. El país es malsano para ti. Todos tus caminos están cerrados por tus enemigos. Tu meta te ha hecho perder la cabeza. Sólo te queda abierta una vía; pasa el mar.

El hombre se fue sin saludar, yo me quedé sentado, petrificado.

Finalmente me levanté, salí al corredor, bajé la escalera: ningún signo de mi tan poco ardiente visitante.

Pregunté al portero: «¿Bellaco, a quién has introducido en mi casa en hora semejante?»

El portero me respondió:

—¡Nadie que yo sepa, mi señor!

Entré de nuevo en la casa sin decir palabra, y permanecí ahí, sentado, perdido en mis pensamientos.

Lunes después de la santa fiesta de la Resurrección de Nuestro Señor.

No puedo decidirme a huir. ¿Pasar el mar? Esto significa: adiós Inglaterra, adiós a mis planes, mis esperanzas y desde luego diría ¡adiós Elizabeth!

La advertencia era buena. Sé que los Ravenheads han traído la desgracia. ¡La profanación de la tumba de Dunstant ha desencadenado el desastre!, dirán los católicos. ¿Causará mi perdición?

¿Y cómo sería ello posible? ¡Tengamos coraje! ¡A quién se le ocurrirá decir que he conspirado con bandidos, yo, el barón John Dee de Gladhill!

Lo confieso, fue una imprudencia, una necedad por mi parte. ¡Ya no temas, Johnny! ¡Estoy sentado en mi refugio, cultivo las letras, soy un honorable gentilhombre y un sabio!

No me desembarazo de mis dudas. ¿Cuántas monedas comporta todavía el equipamiento del ángel «Temor»?

¿No valdría más abandonar por un tiempo el país?

¡Que maldición, estar desprovisto de mis últimos subsidios! Sin embargo, si me dirigiera a Guilford me prestaría.

¡De acuerdo! Mañana por la mañana…

¿Por el amor de Dios y de todos los santos, qué sucede ahí fuera? ¿Qué significa ese chischás de armas delante de la puerta? ¿No es la voz del capitán Perkins que da órdenes, el capitán Perkins, de la policía del Obispo Sangriento?

Aprieto los dientes: me obligo a escribir hasta el último minuto. Golpean mi puerta con mazas. La calma vuelve, esta puerta no es tan fácil de hundir, y quiero, quiero, debo escribir hasta el fin.

Sigue una nota de la mano de mi primo John Roger mencionando que nuestro antepasado Dee fue arrestado por el capitán Perkins, tal como se infiere del documento original adjunto, cuyos términos son:

Carta original del capitán Perkins de la policía episcopal a Su Señoría el obispo Bonner en Londres, relativa a la denuncia y a la entrega a las autoridades de John Dee.

Fecha ilegible.

Es para informar a Vuestra Señoría, que hemos detenido a sir John Dee, buscado por la policía en su casa de Deestone. Lo hemos sorprendido ante un tintero abierto y una pluma de oca húmeda, inclinado sobre un mapa geográfico. Pero no hemos encontrado ningún escrito.

El traslado a Londres ha tenido lugar por la noche.

He puesto el detenido en la celda interior n.° 37, que es la más sólida y la más segura de la Torre. Creo así haber prevenido toda posibilidad de contacto entre el prisionero y sus cómplices, que son numerosos, influyentes y difíciles de desenmascarar. Pero por si acaso digo que su número de calabozo es el 73 en lugar del 37, ya que el poder de ciertos amigos del prisionero llega muy lejos. Tampoco se puede confiar absolutamente en el carcelero, visto la codicia de este tipo de gente y la cantidad de dinero que distribuyen los herejes.

La connivencia de John Dee con la infame banda de los Ravenheads ya está por así decirlo establecida y las preguntas en el potro acabarán por desvelar bien pronto el resto.

El Obediente servidor de V.S. GUY PERKINS, m.p. capitán.

El Hoyo de San Patricio

Mientras terminaba de leer estas últimas palabras en el diario de John Dee, un estridente timbrazo sonó en la puerta de la calle. Abro. Un muchacho me da una carta de parte de Lipotine. No me gusta ser interrumpido en mi trabajo, y puesto de mal humor, falto a una costumbre nacional: ¡olvido la propina! ¿Cómo solucionarlo ahora? Son tan raras las ocasiones en que Lipotine me dirige comunicados a través de un mensajero y éste nunca es el mismo. Lipotine debe tener entre los jóvenes de la ciudad innumerables amigos serviciales.

Veamos la nota. Lipotine me escribe:

1,° de mayo. San Socius.

Michel Arangelovitch os agradece por el médico. Se siente aliviado.

A propósito, lo había olvidado: os pide que orientéis con la mayor precisión el arca de plata siguiendo el meridiano del lugar, de manera que las líneas onduladas que componen el motivo chino cincelado en la tapa le sean paralelas.

El por qué de esta precaución no sabría decírselo, pues Michel Arangelovitch ha sido presa de un nuevo ataque de hemolisis en el momento en el que me daba esta comisión para usted y ya no he podido interrogarlo más.

Parece ser que la vieja arca de plata desea verse situada paralelamente al meridiano y que es en esta posición donde se encuentra mejor. ¡Dadle tanto como podáis este placer! Esto puede pareceres un sueño absurdo, excusadle, pero cuando se ha, como yo, pasado toda la vida en intimidad con viejas cosas desusadas, se conoce un poco sus hábitos y se adquiere esa habilidad que permite responder a las secretas plegarias de estos objetos hipocondríacos y maniáticos. Nosotros los rusos somos sensibles a estos matices.

¿Pensáis que ni la Rusia actual ni nuestra antigua Rusia han dado lugar a manifestaciones tan delicadas? Ciertamente, es un hecho notorio: los hombres desprecian los valores del alma y les parece natural maltratarlas. Pero las bellas y viejas cosas son sensibles.

No ignoréis por lo demás que la susodicha banda de líneas onduladas de estilo chino del arca de Toula representa el viejo símbolo taoísta del Indefinido, incluso en ciertos casos de la eternidad. Nota totalmente
personal.

Vuestro servidor LIPOTINE.

Tiré la carta a la papelera.

Hum, el «regalo» del agonizante barón Stroganof toma ante mis ojos un aspecto temible. Me veo forzado a ir a buscar mi brújula y determinar en detalle las exactas coordenadas del meridiano: naturalmente mi escritorio está al sesgo. ¡Este vigoroso mueble, por venerable que sea, nunca ha reivindicado nada ni ha llegado a exigir su orientación conforme el meridiano, bajo la pretensión de su buena salud!

¡Qué secreta usurpación cometemos respecto a todo lo que nos viene de Oriente! He orientado correctamente el arca de Toula. ¡Todavía hay locos —yo por ejemplo— para mantener que los hombres son dueños de su voluntad! ¿Pero cuál es el fruto de mis buenas disposiciones? Todo lo que hay sobre mi escritorio, mi mismo escritorio, toda la habitación, incluyendo el orden familiar que le es propio, todo me salta a los ojos, desde ahora todo está al sesgo. ¡Este honorable meridiano parece dar el tono a mi situación!

Él o el arca. ¡Todo se encuentra situado, puesto y enganchado al sesgo, al sesgo a causa de este condenado producto de Asia! Paseo mi mirada del escritorio a la ventana, ¿y qué veo? Dentro y fuera, todo está «al sesgo».

Esto no durará mucho; el desorden me pone nervioso. O esta arca desaparece de mi mesa, o… ¡Por el amor de Dios! ¡No puedo trastocar toda mi casa en función de este objeto y de su meridiano! Me siento, miro fijamente este Kobold de Toula y suspiro: es esto —¡por el Hoyo de San Patricio!— y no otra cosa: el arca está «en el orden», está «orientado»; mi escritorio, mi habitación, toda mi existencia, van al azar, no corresponden a una orientación deliberada, y ¡no lo sabía hasta hoy mismo! ¡Es un pensamiento desagradable!

Para escapar a la creciente obsesión de tener que, como un estratega, pensar en la reorganización de todos mis muebles a partir del escritorio y orientarlos de una manera nueva, me precipito a los papeles de Roger.

Me viene a la mano una hoja de notas, de su altiva escritura, titulada arriba:

El Hoyo de san Patricio.

¿Qué sucede en mi alma para que haya puesto en mis labios, en el momento preciso, este juramento que hasta hoy mismo me era totalmente desconocido? Lo tenía en la punta de la lengua. ¡Sin que tuviera la menor suposición de su origen! ¡Un momento! Todo se esclarece de pronto— hojeo de prisa hacia atrás el manuscrito que tengo ante mí—esto se halla en el diario de John Dee: «¡John, yo te conjuro por el Hoyo de san Patricio, vuelve en ti! Has de ser mejor, has de renacer en espíritu, si quieres conservar mi amistad», grita el joven señor a su doble del espejo, «¡por el Hoyo de san Patricio, vuelve en ti!».

Extraño. Muy extraño. ¿Acaso seré la réplica de John Dee? ¿O bien soy mi propio reflejo y me contemplo a mí mismo al amparo del descuido, de la suciedad y de una nube de humo? ¿Ya se vive en estado de embriaguez cuando, cuando se vive en una casa no orientada según el meridiano? ¡Y ahora me pongo a soñar y a divagar en pleno día! ¡El olor de moho del montón de documentos me sube a la cabeza! ¿Qué hay en relación a este Hoyo de San Patricio? Atrapo en el legajo —con una especie de escalofrío— la hoja que me informará. Relata una vieja leyenda:

El santo obispo Patricio, antes de abandonar Escocia por Irlanda, escaló una montaña para ayunar y rezar.

Miró en la lejanía y vio que el país hervía de serpientes y reptiles venenosos. Levantó su vara y amenazó con tal premura a esa laya que desapareció babeando y silbando. Allí arriba llegaron las gentes del lugar para burlarse de él. Él habló para oídos sordos e imploró a Dios un signo que espantase esos hombres, y golpeó con su vara la roca sobre la que estaban. La roca se abrió formando un hoyo redondo del que se escaparon fuego y humo. Y la sima se abrió hasta el corazón de la tierra, y los clamores de blasfemia, que son el Hosannah de los Condenados, subieron y se esparcieron fuera del hoyo. Los habitantes se horrorizaron, pues vieron sin engaño, que san Patricio había abierto el infierno para ellos.

Y san Patricio habló: quien entra ahí, dice, no ha de buscar penitencia, ya no tiene necesidad de nada. Será constituido de oro macizo y fundirá como glucosa, de una mañana a la otra. Numerosos son los que entran, raros son los que vuelven. Pues el fuego del destino sublima o devora a cada uno según su naturaleza.

Este es el Hoyo de san Patricio; todos pueden saber lo que hay en el vientre y ver si es capaz de sufrir el bautismo del Diablo para acceder a la vida eterna. Pero todavía hoy corre el rumor entre el pueblo que el hoyo permanece siempre abierto; sin embargo, sólo lo puede ver un candidato erguido y designado para esta experiencia, nacido el l.° de Mayo, de una bruja o de una puta. Y cuando el disco negro de la luna nueva pasa sobre la vertical del hoyo, entonces suben hacia él las imprecaciones, arrancadas del corazón de la tierra, de los condenados, la ferviente súplica del mundo infernal que se invierte; caen sobre el lugar como una lluvia fina y tan pronto como tocan tierra se cambian en espectros de gatos negros.

* * *

¡Meridiano, me repito, banda ondulada! ¡Símbolo chino de la eternidad! ¡El Hoyo de san Patricio! ¡La advertencia de mi antepasado John Dee a su compañero del espejo en el caso de que quisiera mantener su amistad! Y «numerosos son lo que entran y raros los que vuelven.» ¡Gatos negros fantasmas! Todo ello da vueltas en mi pensamiento aterrorizado y engendra en mi cabeza un torbellino insensato de representaciones y aspectos. Sin embargo, un estado de espíritu muy agudo y doloroso, parpadea para abrirse paso como un rayo de sol detrás de una nube galopante. Pero siento que para condensar este estado hasta el momento de la fórmula debo tomar conciencia de mi embotamiento y sacudirlo.

* * *

Así pues, en el nombre de Dios, está decidido, mañana «orientaré» mi habitación «según el meridiano», ya que debe ser así, y por fin encontraré la calma.

¡Un bonito trajín en perspectiva! ¡Condenada arca de Toula!

* * *

Vuelvo a mis hojas. Tengo ante mí un pequeño volumen encuadernado en tafilete verde. La encuademación data más o menos de finales del XVII. La escritura del texto debe ser la del mismo John Dee; la forma de las letras, la grafía responden a la del diario. El pequeño volumen muestra señales de fuego y algunas páginas están completamente destruidas.

En la página de portada encuentro una observación redactada con minúsculos caracteres y por una mano extraña. Bien conciso:

«A quemar cuando Isaís la Negra esté al acecho de la luna menguante. ¡Para la salvación de tu alma, quema!»

Supongo que un desconocido propietario del volumen ha debido seguir este consejo al pie de la letra. Quizá ha contemplado «Isaís la Negra» inclinada en el balcón de la luna menguante y de golpe lo ha tirado tal cual en el fuego para desembarazarse de él. ¿Quién, quién puede haberlo retirado antes de que se haya carbonizado enteramente? ¿Quién ha sido el que se ha quemado los dedos con esta finalidad?

Ningún signo, ninguna nota lo precisa.

La advertencia misma seguro que no es de la mano de John Dee. Debe haberla escrito un hereje después de una experiencia fastidiosa.

Los fragmentos legibles del tafilete verde están acompañados de esta nota de Roger:

«Libro de notas de John Dee, fechado del 1553, así pues, tres o cuatro años más tarde que el Diario.»

El zapato de plata de Bartlett Green.

Este relato, después de innumerables días de tribulaciones está redactado por mí, maestro John Dee, que anteriormente me conduje como un pobre fantoche y un marmitón demasiado curioso, ante mi propio espejo y mi propia memoria, y pudiera esta saludable advertencia grabarse en el espíritu de todos los de mi sangre que vendrán después de mí. Deberán llevar la corona calentada al blanco, hoy lo sé con más certeza que nunca. Con todo la corona les hará morder el polvo como yo lo he mordido, si se complacen en la frivolidad y la presunción, si no ven el enemigo que los acecha rastreramente, hora a hora y busca cómo devorarlos.

Cuanto más alta la Corona más feroz la irrisión del infierno.

Sigue el relato de lo que me ha sucedido, por la gracia de Dios al día siguiente del santo día de Pascua de finales de abril de 1549:

Por la tarde de ese día, mientras mis inquietudes y mis dudas sobre mi destino llegaban a su punto más álgido, el capitán Perkins y los hombres armados del Obispo Sangriento, como correctamente se ha apodado a este monstruo de forma humana que hacía estragos en Londres bajo los rasgos del obispo Bonner, se abrieron paso hasta mí y me detuvieron en nombre del rey, ¡en nombre de Eduardo, el niño tísico! Mi amargo reír aumentó el enojo de los esbirros que me condujeron con malos modos.

Conseguí, antes de la estrepitosa entrada del coco, hacer desaparecer las hojas que acaba de llenar con mis reflexiones y disimularlas en el seguro escondrijo de la muralla, donde, por suerte, ya se encontraba al abrigo de las sospechas todo lo que, en esas horas tormentosas, podría haberme traicionado. Por suerte también había tirado ya hacía mucho las bolas de marfil de Mascee por la ventana, lo que después no me fue un pequeño consuelo, cuando, en el transcurso de la noche, oí al capitán episcopal Perkins preguntarse pesadamente por ciertas bolas que tenía especial consigna de buscar. Las cosas, en lo que concierne a las «curiosidades asiáticas» han debido presentarse bajo un aspecto singular, y eso me mostró que no se podía fiar plenamente en el maestro del zar.

La noche era pesada; una rápida cabalgada junto a una escolta muy ruda nos permitió llegar a Warwick al amanecer. Inútil describir las etapas del día en habitaciones enrejadas o torreones. Finalmente, al caer la noche en la vigilia del 1° de mayo, llegamos a Londres y el capitán Perkins me puso en una celda semisubterránea. Todas estas y otras precauciones, tomadas a mi alrededor, me permitieron darme cuenta que se esforzaban en mantener mi traslado en el más absoluto secreto, con el temor constante de una emboscada intentada para mi liberación. Me preguntaba, en ese tiempo, de qué lado habría podido venir.

El capitán en persona me introdujo en la mazmorra; y cuando los cerrojos fueron echados desde el exterior con un ruido herrumbroso, me encontré de pronto pasablemente embrutecido, en un silencio y una oscuridad profunda, y mi paso a tientas resbaló en un barro fofo.

Nunca hubiera podido imaginar que algunos minutos en una cárcel pudieran despertar en un corazón humano un sentimiento de abandono tan total. Nunca en mi vida había oído ese débil zumbido de la sangre en la oreja que me invadía a cada instante como la tumultuosa resaca de un mar de soledad.

De repente me heló el sonido de una voz firme y burlona que parecía venir a mi encuentro desde el muro invisible, como un saludo de la horrible oscuridad:

«¡Bendita sea tu llegada, maestro Dee! ¡Bienvenido al oscuro reino de los dioses infernales! ¡Así tropieces en el umbral, señor de Gladhill!»

Una risa lacerante siguió este diluvio de sarcasmos, acompañada a fuera por el murmullo lejano de una tormenta que de repente estalló con tanta violencia como para ensordecer y engullir esta siniestra risa en su crepitante algazara.

En el mismo instante, un rayo rasgó la oscuridad de la mazmorra y lo que vi, en el resplandor azufrado del fuego celeste, me traspasó como una aguja helada desde la coronilla hasta el hueso sacro: no estaba sólo en el calabozo; en el muro de piedra tallada, enfrente de la puerta por la cual había sido echado, había colgado un hombre, cargado de pesadas cadenas, los brazos y las piernas separadas en la posición de la cruz de san Patricio.

¿Estaba realmente colgado ahí? Le había visto el tiempo de una pulsación al resplandor del relámpago. Y rápidamente se lo había tragado la oscuridad. ¿No era una simple ilusión? En un abrir y cerrar de ojos había visto llamear ante mí esta terrorífica imagen, como si nunca hubiera tenido realidad fuera de mí, como si hubiera salido de mi cerebro para tomar posesión de mi alma sin tener sustancia corporal. ¿Cómo un hombre vivo, dislocado por este abominable suplicio de la cruz, podía tener esos imperturbables y burlones propósitos, risa de ese reír sarcástico? Hubo un segundo asalto de relámpagos; fueron tan seguidos y rápidos que sus ondas palpitantes iluminaron la bóveda con una luz falsa. Verdaderamente, Dios justo, un hombre estaba ahí colgado, no había duda: tenía el aspecto de un gallo, el rostro casi cubierto de mechones rojizos, la boca ancha, por así decirlo, sin labios, entreabriéndose por encima de una barba roja y enzarzada, presta a dejar escapar una nueva risa. Su expresión no mostraba el menor s
ufrimiento, a pesar del suplicio de los anillos que apretaban sus manos y sus pies. Sólo pude balbucear estas palabras dirigidas a él: «¿Quién eres tú, ése, el del muro?» Un trueno me interrumpió. «Ya habrías debido reconocerme en la oscuridad, joven señor», me respondió una voz clara y burlona. «¡Quien ha prestado dinero, se dice, reconoce a un deudor por el olor!»

El frío del espanto me cruzó. «¿Quieres decir que tú eres…?»

«¡Pues claro! Soy Bartlett Green, cuervo de los maestros cuervos, protector de los impíos de Brederock, este triunfador que ha hecho cerrar la boca al mismo San Dunstan y que aquí cumple ahora las funciones del hospedero con insignia de frías cadenas y del buen fuego de leña para viajeros perdidos a altas horas de la noche tales como tú, alto y poderoso protector de los Reformados por la cabeza y los miembros.»

Una risa salvaje que hizo estremecer el cuerpo del crucificado, sin que él experimentara, lo que parece milagroso, el menor dolor, concluyó ese espantoso discurso.

«Entonces estoy perdido», balbuceé para mí mismo y me desplomé sobre un pequeño taburete de madera carcomida que acababa de apercibir.

La tormenta había llegado al paroxismo de su violencia, ninguna conversación era posible en medio de ese cielo desencadenado, pero no me hallaba en estado de poder hablar más. Veía ante mis ojos mi muerte ineludible, y no una muerte dulce y rápida, pues debía saberse abiertamente que era yo quien movía los hilos de los Ravenheads. No conocía mucho de los métodos que el Obispo Sangriento, sólo lo que se comentaba, juzgaba necesarios «para preparar a sus víctimas, según sus disposiciones al arrepentimiento, a ver el paraíso de lejos».

Una loca angustia me cerraba la garganta. No era la aprehensión de una muerte rápida y caballerosa, ¡era el indecible y corrosivo terror de las repugnantes manipulaciones del verdugo, del problemático potro, invisible, exalando sus vapores de sangre! La angustia del sufrimiento que precede a la muerte es lo que enreda a los seres en los hilos de la vida terrestre: si este sufrimiento fuera suprimido, el temor desaparecería igualmente de este mundo.

La tormenta estaba en pleno auge, pero yo no la oía. A veces, del muro que estaba frente a mí salía ungrito, una risa ruidosa, tan cercana en la oscuridad, que me golpeaba en la oreja; no le prestaba atención. Me había abandonado a mi pánico, a mis dementes esfuerzos para no pensar más que en mi liberación.

No recé ni un minuto.

Cuando la tormenta, al cabo de una hora quizá, no lo sé bien, se calmaba, mis pensamientos también tomaron un cauce más sereno, más ordenado, más lúcido. Una primera certidumbre fue constatar que estaba a merced de Bartlett Green, admitiendo que todavía no me hubiera traicionado. Mi salvación más inmediata estaba supeditada a sus palabras o a su silencio, y sólo a eso.

Resolví pues considerar con una precavida tranquilidad la posibilidad de conducir a Bartlett a mis puntos de vista y de persuadirlo a que se calle puesto que ya no tiene nada que ganar ni nada que perder, y al mismo tiempo temblaba al ver la espantosa coyuntura en la que me hallaba, al ver mis proyectos, mis esperanzas y mi inteligencia derrumbarse unos sobre otros, bajo el empuje de un horror insuperable.

Bartlett Green imprimió a su gigantesco cuerpo un lento balanceo, como si quisiera danzar entre los grillos que aprisionaban sus articulaciones. Estos balanceos se fueron haciendo más y más fuertes y ligeros; se hubiera dicho, en la siniestra claridad de ese amanecer de mayo, que el bandido crucificado disfrutaba del mismo placer que si se hallara oscilando en una hamaca entre dos jóvenes abedules, esto después que sus tendones y sus huesos crujieran más y mejor, como si hubieran sido sometidos al esfuerzo de cien potros.

Entonces se puso a cantar a todo pulmón, sin embargo su canto se convertía en el clamor de un grito escocés adaptado a las intenciones de su grosero embrujo:

¡Hurra! ¡Que tibio es el aire

Después del tiempo de la muda, en mayo!

¡Hurra!

¡Maulla gata mía! ¡Maulla gato mío!

Preparaos para seguir el rastro

¡Hurra!

¡Hurra! ¡En el césped florece la violeta

Después del tiempo de la muda, en mayo!

¡Hurra!

El año pasado os escaldaron el vientre

Cuando el gran concierto de gatos

¡Hurra!

¡Hurra! ¡El estornino canta en la rama

Después del tiempo de la muda, en mayo!

¡Hurra!

En el más alto mástil, balanceándonos, cantamos

¡Oh, Madre Isaís!

¡Hurra!

No puedo describir el espanto a que me lanzó esta salvaje melopea del jefe de los Ravenheads. Sólo podía pensarse esto: su suplicio había desencadenado en él una repentina crisis de locura. Hoy todavía, al querer describir la escena, mi sangre se hiela.

Entonces los cierres de la puerta fueron quitados con gran ruido metálico y entró un guardián seguido de dos ayudantes. Desataron al crucificado del muro y lo dejaron caer al suelo como una inmundicia. «Las seis pasadas, señor Bartlett, se burló groseramente el guardián. Sabed apreciar el duradero placer que vuestro balanceo del muro os procurará bien pronto. Quizá os será concedido el permiso de daros ese placer todavía una vez más, con la ayuda del diablo, luego empezareis vuestro viaje al cielo, como Elias, en un carro de fuego. ¡Mirad un poco quien os conduce, haciendo un gran gancho, hasta el fondo del Hoyo de san Patricio de donde no se vuelve!»

Con un gruñido de satisfacción Bartlett Creen se arrastró hacia un montón de paja y replicó vigorosamente:

«Te lo digo en verdad, David, especie de carroña celeste de cabo de varas que tú eres: ¡hoy estarías conmigo en el paraíso, si me apeteciera el ir a dar una vuelta en él! ¡Pero no lo esperes, sucederá de otro modo para ti, según tus pobres concepciones papistas! ¡Dónde debo con premura citarte para tu bautismo, querido niño de mi corazón!»

Vi a la sucia turba persignarse de espanto. El guardián reculó, lleno de un temor supersticioso, hizo con la mano el gesto de los irlandeses para conjurar el mal de ojo y chilló: «¡Desvía de mí tu condenado Ojo Blanco, primer Nacido del Infierno! San David de Gales, que ya era mi buen patrón y protector en el tiempo en que estaba aún en pañales, me conoce. Devolverá, fríos a la tierra, tus maléficos encantamientos.»

Luego salió tropezando de la celda con sus acólitos, perseguido por la sonora risa de Bartlett Green. Detrás de él dejó agua fresca y una hogaza de pan.

Hubo un momento de calma.

Con la luz del día gris que se levantaba, vi el rostro de mi compañero de cautiverio. Su ojo derecho, blanco mezclado de opalescencia lechosa, relucía en la luz de la mañana como si tuviera una mirada fija y de una insondable maldad. Era la mirada de un muerto… De uno que, al pasar de la vida a la muerte, ha visto el horror. Este ojo blanco estaba ciego.

Aquí empieza una serie de hojas deterioradas por el fuego. El texto está totalmente confuso. Luego todo el conjunto vuelve a ser legible.

«¿Agua? ¡Es malvasía!» bramó Bartlett; alzó el pesado cántaro, a pesar de sus articulaciones rotas, y bebió tanto que temí por mi pequeña parte, pues tenía mucha sed, «¡para mi lúcido espíritu esto no es más que una fiesta —huc— no siento ningún dolor —huc— ni temor! ¡Dolor y temor son gemelos! Quiero confiarte una cosa, maestro Dee, que no te han enseñado en ninguna escuela superior —huc— cuando sea desembarazado de mi cuerpo solo seré más libre —huc— y soy invulnerable a lo que vosotros llamáis muerte hasta mis treinta y tres años cumplidos —huc— es decir, hoy. El 1.° de mayo, cuando las brujas proceden al aquelarre de los gatos, mi tiempo se acaba. ¡Oh si mi madre me hubiera guardado en su calor un mes más, no me encontraría en este mal momento y aún tendría tiempo de vengarme de ese zarramplín obispo sangriento! Al obispo tu…» (Señales de fuego en el documento.)

…después de lo que Bartlett Green me golpeó debajo del cuello —mi jubón había sido desgarrado por los soldados y tenía el pecho medio descubierto—, me tocó la clavícula y me dijo: «Helo aquí, este es el misterioso huesecillo del que quiero hablar. Se le llama hipófisis del Cuervo. Segrega la sal secreta de la vida.

No se descompone en la Tierra. Es por lo que los Judíos han desatinado un poco en lo referente a la resurrección en el juicio final, hay que comprenderlo de otra manera, los que estamos iniciados en el secreto de la luna nueva, hemos resucitado hace mucho tiempo. ¿Y cómo lo he aprendido, maestro? No me parece que estés muy avanzado en el Gran Arte, a pesar de tus numerosos conocimientos latinos y universales. Te lo diré, maestro: porque este pequeño hueso luce en una luz que los otros no pueden ver…» (Señales de fuego.) …Como se comprenderá sin dificultad, el discurso de este salteador de caminos hizo subir en mí el frío del horror, de manera que encontré gran dificultad en articular con una voz átona: «¿Así yo llevo un signo, yo también, que en mi vida no he supuesto?» «Si, señor, respondió Bartlett con gran seriedad, tú estás marcado.

Llevas la marca del signo de los Grandes Vivientes Invisibles, en la cadena de los cuales nadie penetra, pues nadie de entre los que la componen desde el principio ha sido abandonado nunca; y nadie más puede descubrir el acceso antes del fin de los Días de la Sangre, ten pues confianza, hermano Dee, que aunque tú quizá procedes de otra Piedra y evoluciones en un círculo adverso, no te venderé nunca a la gentuza que husmea debajo de nosotros. ¡Nosotros somos, desde el origen, superiores al gentío que ve el Exterior y se queda tibio por la eternidad de las eternidades!» (Señales de fuego en el manuscrito.)

…Y lo confieso, al escuchar estas palabras de Bartlett animadas por un aliento interior que no cedía, empezaba, pero en secreto, a enrojecer de angustia ante este rudo compañero, que se tomaba tan a la ligera la perspectiva de ver multiplicado por diez su suplicio, quizá más allá de los límites del horror, para asegurar mi salvación al precio de ese silencio que me prometía.

«Soy hijo de un sacerdote, prosiguió Bartlett. Mi madre era una persona de calidad, la Señorita Lendenzart, como se la llamaba, pero podría suponerse que sólo era un apodo. ¿De dónde venía? ¿En qué se ha convertido? Es todavía un misterio hoy para mí. Pero era un espécimen de mujer honorable, que respondía al nombre de María, antes que los méritos de mi padre la hubieran arrastrado a la perdición.» (Señales de fuego en el manuscrito.)

…Aquí explotó la extraña risa de Bartlett, su extraña risa insensible; después de una pausa continuó: «Mi padre era el sacerdote más fanático, más despiadado y más cobarde a la vez que haya jamás encontrado. Me había recogido por compasión de mi miserable estado, y yo debía expiar los pecados de mi desconocido padre, decía él, sin sospechar que yo sabía secretamente que este padre era él mismo. Había hecho de mí su criado y su monaguillo».

«Muy pronto me ordenó hacer penitencia y me obligó a estar durante horas, noche tras noche, en la iglesia, en roquete a pesar del riguroso frío, rezando sin descanso en los escalones de piedra del altar, para obtener para mi "padre" el perdón de sus faltas. Y cuando me derrumbaba por la debilidad y el sueño, tomaba un látigo y golpeaba hasta hacerme sangrar. Un espantoso odio invadió entonces mi corazón contra El que

estaba ahí colgado de la cruz por encima del altar, y de pronto, sin que me diera cuenta de como había sucedido, contra las letanías que había de recitar, que se giraban en mi cerebro y salían de mi boca al revés. Giraba así los rezos, lo que me llenaba el alma de una cálida y desconocida voluptuosidad. Durante mucho tiempo mi padre no se dio cuenta, pues yo refunfuñaba en voz baja, hasta que un día descubrió el secreto, aulló de cólera y de temor de ser suspendido de sus funciones, maldijo el nombre de mi madre, se persignó y corrió a buscar un hacha para matarme. Pero yo me adelanté a él y le partí el cráneo hasta la mandíbula, uno de sus ojos cayó en la losa cerca de mí y me miró fijamente por debajo. Y supe que mis oraciones invertidas se habían hundido hasta el centro de la tierra, en lugar de subir, lo que hacen, al decir de los Judíos, las lamentaciones de los hombres piadosos.»

«He olvidado decirte, estimado hermano John Dee, que antes mi propio ojo derecho fue cegado una noche por un espantoso resplandor que vi de repente ante mí, es totalmente posible que fuese resultado de un latigazo de mi padre, no lo sé. En cualquier caso abriéndole la cabeza había justificado el precepto: ojo por ojo y diente por diente. ¡Sí, amigo, este Ojo Blanco, que horroriza tanto a la chusma, lo he altamente merecido por la oración!» (Señales de fuego en el manuscrito.)

«Tenía catorce años recién cumplidos cuando dejé a mi señor padre con la cabeza dividida en dos, en un mar de sangre delante del altar; por un sinfín de caminos hui a Escocia, donde entré como aprendiz de un carnicero; creía, en efecto, que conseguiría sin dificultad golpear los bueyes y los becerros en pleno cerebro, con la maza, después de haber hendido con tanta precisión la tonsura de mi padre. Lejos de conseguirlo, cada vez que levantaba el hacha, la escena de la iglesia se dibujaba con fuerza ante mis ojos hasta rozarme, como si a cualquier precio no hubiera de prostituir ese bello recuerdo al abatir los animales. Seguí mi camino hasta hundirme en el corazón de las montañas de Escocia, errando de pueblo en pueblo, millas y millas. Con una cornamusa robada tocaba para los habitantes cantos de trueno, que les hacían poner la piel de gallina sin saber por qué. El porqué yo lo sabía muy bien: les servía el texto de las letanías que por fuerza había devanado ante el altar y que, en estas ocasiones, siempre al revés y el sentido de arriba abajo, volvían a enloquecer mi corazón con su ritmo implacable. ¡También cuando andaba de noche por la landa soplaba la cornamusa! En particular, cuando la luna llena brillaba, el placer me embargaba y era como si las melodías resbalaran bajando a lo largo de mi espinazo, como si esa oración del Revés ganara rápidamente mis pies viajeros, para llegar, a través de ellos, hasta las entrañas de la tierra. Una vez, a medianoche —justamente era el 1.° de mayo y la fiesta de los Druidas, la luna llena empezaba a menguar— una mano invisible que salió del negro suelo me tomó firmemente por el pie, de manera que no podía dar un paso más. Quedé ahí como fascinado y también al instante dejé de tocar. Entonces se levantó un viento glacial que salía, me parece, de un hoyo redondo en el suelo sito muy cerca de mí; fui paralizado de la coronilla a los dedos de los pies, lo percibí igualmente en la nuca, lo que me hizo volver: entonces vi de pie detrás mío a alguien, se hubiera dicho que era un pastor, pues tenía en la mano un largo bastón bifurcado en forma de Y mayúscula. Detrás de él un rebaño de corderos negros. Antes yo no había visto ni al rebaño ni a él, pues debería de haber pasado a su lado, pensaba yo, con los ojos cerrados, medio durmiendo, pues ciertamente no era una aparición, como se hubiera podido suponer, sino una persona de carne y hueso como también su rebaño; mi nariz, al oler el olor a lana mojada que exhalaba el rebaño, también lo testificaba.» (Señales de fuego). Señaló mi Ojo Blanco y dijo: «Porque tú eres llamado». (Señales de fuego).

Un espantoso secreto mágico debía de estar expuesto aquí, pues la mano de una tercera persona, en lo alto de la página carbonizada, ha escrito con tinta roja: «¡Tú, que no tienes el corazón suficientemente sólido para resistir, no leas más! ¡Tú, que dudas de la fuerza de tu alma, escoge: aquí resignación y reposo, allí, curiosidad y perdición!»

Siguen en el tafilete verde hojas casi totalmente destruidas. De citas aisladas, se puede deducir que el pastor había revelado a Bartlett misterios que debían relacionarse con el culto de una oscura diosa de la antigüedad, bajo la influencia mágica de la luna. Este conjunto de espantosos ritos todavía vive hoy en Escocia, en los cuentos populares, con el nombre de «Taighearm». Más lejos se comprende que Bartlett Green, hasta su encarcelamiento en la torre, había guardado una castidad absoluta, lo que parece mucho más milagroso, pues un bandolero no acostumbra especialmente a destacar por su virginidad sexual. ¿Se trataba de una determinación o de una aversión congénita hacia la mujer? Nada en las escuetas citas del texto permiten saberlo. A partir de ahí, los desmanes del fuego van atenuándose y se puede leer claramente lo que sigue: «Sólo comprendí a medias los propósitos del pastor referentes al don que me haría un día Isaís la Negra — entonces, ciertamente, sólo era un "Semi" iniciado— ¡cómo podía ser que un objeto material surgiera del mundo invisible! Le pregunté cómo podría conocer que había llegado el tiempo de esa concesión; me dijo:

"Oirás el gallo cantar". No había ganado nada, los gallos cantan cada mañana en los pueblos. No vi tampoco el interés de un punto que me señaló como importante: que ya no conocería ni el temor terrestre ni el dolor.

Esto me pareció secundario, pues tenía la convicción de ya ser un atrevido bastante endurecido. Pero los años y la madurez llegan, oí el canto del gallo del que me había querido hablar, es decir, en mi mismo. Hasta entonces no sabía que todo debe comenzar en la sangre de los hombres antes de concretizarse en el exterior por un hecho positivo. Después he recibido el presente de Isaís, el "zapato de plata"; hasta entonces, en el transcurso de una larga espera, tuve extrañas visiones, mi vida fue sembrada de fenómenos: palpamientos de invisibles dedos húmedos, gusto de amargo en la lengua, quemaduras en la coronilla, como si un fuego al rojo me moldeara una tonsura en el cuero cabelludo, picazón y picadas en la superficie de las manos y los pies, maullidos en el oído interno. Signos escritos que no podía leer, pero que se parecían a los de los judíos, aparecieron en mi piel como en una erupción para desaparecer inmediatamente después, con sólo que el sol brillara encima. A veces también me invadía un ardiente deseo de mujer, que me devoraba como un fuego interior y que me parecía tanto más extraordinario, puesto que siempre he tenido horror por esas mujeres y por las porquerías que saben tan bien intrigar en todas partes con los hombres. Luego, cuando oí el canto del gallo subir por mi espina dorsal, después de haber sido mojado hasta los huesos, como por un bautismo, por una lluvia helada, cuando no había ni una nube encima mío, volví, la noche druídica del 1.° de mayo, a la landa, la recorrí en zig zag y me encontré, sin haberlo buscado, ante el Hoyo…» (Señales de fuego.)

«Siguiendo las instrucciones del pastor había arrastrado tras de mí el carro que llevaba los cincuenta gatos negros. Encendí un fuego y cuando hube terminado las imprecaciones de la luna llena, mi sangre se puso a circular en mis venas cargada de un indescriptible frenesí, hasta el punto que me salía espuma de la boca.

Tomé el primer gato, lo ensarté y empecé el "Taighearm" girándolo lentamente para asarlo. Alrededor de media hora sus horribles maullidos me martillearon las orejas, una media hora que me pareció durar meses, de tal modo empezó a alargar el tiempo la intolerable empresa a la que obedecía. Me pregunté primero cómo podría soportar ese juego espantoso repetido cincuenta veces, pero sabía que me estaba prohibido aflojar antes del último gato y que debía vigilar severamente para impedir cualquier interrupción del grito. Sin tardanza los de la caja habían comprendido su parte y respondían a coro. De pronto sentí despertarse en mí los espíritus de la demencia que dormitan en el cerebro de todo hombre, y mi alma se arrancó por trozos. Y estos espíritus, lejos de permanecer en mí, se escaparon de mi boca como un aliento en la noche helada y subieron para formar en la luna un halo tornasolado. La idea propia del "Taighearm" era, me había dicho el pastor, extirpar todas las raíces del miedo y del dolor que se escondían en el fondo de mí, al hacerme proceder con el suplicio de los animales sagrados de la diosa, los gatos negros: el número de raíces se elevaba a cincuenta. A la inversa, suponiendo que el Nazareno haya querido tomar sobre él todo el sufrimiento de las criaturas, ha olvidado los animales. Y cuando el temor y el dolor, exudados de mi sangre, hayan llegado al mundo de las apariencias, el de la luna, de donde sacan su origen, entonces mi verdadero Yo quedará desnudo y la muerte será vencida para siempre con sus consecuencias, a saber, el olvido del "¿Quién soy yo?" y la pérdida de toda conciencia. "Más tarde, añadió, las llamas devorarán tu cuerpo como han devorado la de los gatos, pues hay que pagar lo que es debido a la ley de la tierra, ¿pero qué importa?"»

«El "Taighearm" ha durado dos noches más un día. He aprendido a percibir, de manera palpable, la naturaleza del tiempo; todo mi alrededor, por más lejos que mi mirada pudiera extenderse, el matorral estaba desecado, negro de duelo por la horrible calamidad. Ya en el transcurso de la primera noche mi Sentido interior empezaba a manifestarse; primero fui capaz, en medio del horrible concierto de pánico al que se libraban los gatos de la caja, de distinguir todas y cada una de las voces. Las cuerdas de mi alma vibraban detrás como en eco hasta que una se rompió, luego otra y otra. Mi oreja se había pasado al diapasón de la música de las esferas abismales; desde entonces sé lo que significa "Entender". No es necesario que te tapes las orejas, hermano Dee: de ahora en adelante ni una palabra más sobre los gatos. Ahora se dedican a jugar, quizá en el cielo, "al gato y al ratón" con las almas de los curas.»

«Sí. Y la luna llena brillaba arriba, y el fuego estaba apagado. Mis rodillas temblaban, mientras yo oscilaba como un junco. Debí de permanecer algún tiempo así, mientras la tierra giraba, pues vi a la luna voltear aquí y allá en lo alto para hundirse finalmente en el cielo. Constaté también que mi otro ojo se había vuelto ciego, pues ya no encontraba los bosques y las lejanas montañas, sólo una muda oscuridad. No sé como sucedió, pero de pronto vi, con mi Ojo Blanco, que hasta entonces estaba muerto, un mundo extraño: en el aire volaban unos singulares pájaros azules con rostro de hombres barbudos, estrellas con largas patas de araña surcando el cielo, árboles fósiles caminando, peces provistos de manos se comunicaban con signos mudos; había muchos otros objetos bizarros, el contacto de los cuales me sorprendía y a la vez me parecía familiar, como si ya hubiera asistido ahí abajo al nacimiento de todo el Recuerdo y solamente lo hubiera olvidado.

"Antes" y "Después" habían cambiado de aspecto para mí, pudiera decirse que el tiempo había sufrido enteramente un desplazamiento lateral… (Señales de fuego)… En la lejanía un humo negro se levantaba del suelo, llano como una plancha, ensanchándose siempre hasta formar en el cielo un triángulo de profundas tinieblas con la punta hacia abajo; el triángulo estalló, una fisura carmesí la entreabrió de arriba a abajo: un monstruoso huso daba vueltas a una velocidad frenética… (Señales de fuego)… vi finalmente la repugnante madre Isaís la Negra hilar en la rueca, con sus mil manos, la carne de los hombres… por la fisura la sangre rezumaba hacia abajo… algunas gotas, saltando del suelo, me hisopearon, de manera que tuve el cuerpo moteado, como un enfermo atacado de la peste roja. Era el misterioso bautismo de la sangre… (Señales de fuego) gracias al cual el grito del nombre de la Gran Madre ha despertado a su hijita que hasta entonces dormía en mí el sueño de la simiente y que se ha mezclado en mí para la vida eterna y yo atado a ella para siempre, en la participación de la ambivalencia del ser. Desde entonces no he conocido el celo del hombre, le soy invulnerable para siempre. ¿Cómo podría la maldición tomar a quien ha encontrado su propia parte femenina y la lleva en él? Más tarde, cuando recobré el uso de mis ojos de hombre, una mano salió de las profundidades del hoyo en la landa y me tendió un objeto que lucía como la plata mate. Sabía que no hacía falta cogerlo con los dedos de la tierra, pero la hija de Isaís en mí alargó su bella pata de gato y me ofreció el zapato, "El zapato de plata", que desembaraza de todo temor a quien lo lleva. Luego me uní a una compañía de saltimbanquis en calidad de bailarín de la cuerda floja y de domador… Jaguares, leopardos y panteras huían a un rincón de la jaula llenos de miedo cuando les clavaba mi Ojo Blanco… (Señales de fuego)… Ignoraba igualmente todo el arte del funámbulo y no tuve nunca necesidad de aprenderlo ya que, gracias al "zapato de plata", el cual me había quitado todo temor, caídas y vértigos eran imposibles, tanto más cuando mi  "prometida" oculta reunía en ella el peso de mi cuerpo. Ya te veo, hermano Dee, te preguntas: ¿por qué este Bartlett Green, a pesar de todo, no ha sido nada mejor que un saltimbanqui y que un bandolero? Quiero responderte ya: "No seré una fuerza liberada hasta después del bautismo del Fuego, cuando haya padecido el "Taighearm". Entonces me convertiré en el capitán de los Ravenheads invisibles, y en el Más Allá, les tocaré a los papistas un canto que les hará resonar durante siglos sus tímpanos. ¡Se esforzarán en vano en disparar sus flechas, no podrán herir con eso!… ¿Dudas, joven maestro, que tenga el Zapato de plata? ¡Mira, hombre de poca fe!" Y Bartlett apoyó la punta de su boca contra su talón izquierdo a fin de sacarlo, pero de repente se detuvo, ensanchó sus fosas nasales a modo de un carnívoro, mostró sus puntiagudos dientes y resopló.

Entonces, con un tono burlón: "¿Hueles, hermano Dee? ¡La pantera viene!" Yo retuve mi aliento y también a mí me pareció oler en el aire el olor de la pantera. Al instante oí un paso fuera, ante la puerta del calabozo…»

«Un minuto después quitaban los pesados cerrojos de hierro.»

Aquí se interrumpe el relato consignado en el tafilete verde de mi antepasado John Dee, y yo me abandono a una meditación pensativa.

* * *

¡El olor de la pantera! Leí una vez, no sé donde, que las cosas viejas pueden contener una maldición, un encantamiento, un sortilegio capaz de actuar sobre quien las llevaba a su casa y se ocupaba de ellas. ¿Quién sabe lo que se desencadena cuando se silba a un caniche polvoriento encontrado en el transcurso de un paseo tardío? Se le acoge por compasión en una habitación caliente y luego un buen día el diablo aparece en su negro pelaje.

¿Me sucederá a mí, descendiente de John Dee, lo que sucedió anteriormente al doctor Fausto? ¿He penetrado, por la emmohecida herencia de mi primo John Roger, en el aura de una iniciación completa? ¿He atraído fuerzas, conjurado poderes que tácitamente residen en ese fárrago de reliquias, como gusanos que gestan en la madera?

* * *

Interrumpo la redacción de mi resumen del cuaderno verde de John Dee para mencionar lo que acaba de suceder. Confieso hacerlo a regañadientes. Una extraña curiosidad, un impulso de proseguir, adentrándome en la lectura del relato del encarcelamiento de mi antepasado, me posee. Ardo en deseos, como un lector de novelas excitado, de conocer la continuación de los eventos en la prisión de Bonner, el Obispo Sangriento, y de saber qué entendía Bartlett Green por esa singular exclamación: «¡Huele a pantera!».

Hablemos francamente: desde hace días no puedo desembarazarme del sentimiento que todo este asunto de la herencia de John Roger ha empezado «por mandato». Experimento hasta en la punta de mis dedos la necesidad de no proceder, en la redacción de esta singular biografía de mi antepasado inglés, ni según mi fantasía, ni según mi elección, sino de obedecer como el «Jano» o, si se prefiere mi versión, el «Baphomet» de mi sueño me ha ordenado: leo y escribo dejándome guiar por él. No sabría decir cómo actúa esa voluntad directora ni de qué emana.

Tomo de nuevo la pluma, animado por un singular estado de ánimo. Desde el momento en que me decidí a restablecer la palabra de Bartlett Green y de John Dee en el cuaderno medio consumido, a penas si ha transcurrido media hora. Sin embargo, ya no pdría decir con exactitud si en ese lapso de tiempo guardo presente en mi espíritu el recuerdo real de percepciones verdaderas, o si debo tenerlas por simples alucinaciones, por sombras de eventos fugitivos y ficticios que traidoramente hubieran invertido mi conciencia medio despierta. Resumiendo: mi habitación olía a «Pantera», es innegable; tenía más justamente la vaga sensación de un olor a fiera, en mí había la visión de una jaula en un circo y de grandes gatos que iban y venían sin cesar detrás de los barrotes alineados hasta el infinito.

Sobresaltado. Golpeaban precipitadamente la puerta de mi despacho.

Mi «¡Entre!» que era, menos amable, cualquier cosa —ya he hecho alusión a mi horror a ser molestado de improvisto en mi trabajo— fue seguido de la apertura de la puerta. Vi el rostro ansioso, espantado de mi vieja pero buena gobernanta, formada por mí, que me presentaba por así decirlo, excusas mudas; y al mismo tiempo, casi tocándola, me caía impetuosamente del cielo, como proyectada, pudiera decirse, por un resorte, una dama, alta, muy delgada, vestida con un traje oscuro y tornasolado.

¿Cómo podría describir, sin forzar las palabras, la entrada de esta mujer, la cual daba la impresión de una cierta esencia aristocrática pero demasiado segura en verdad para no haberse vuelto un reflejo? Surgió de la manera más romántica, pudiera creerse que salía de mi papel. Pero apenas restablecido de mi primera impresión me digo: esta mujer me es totalmente extraña. Una mujer de mundo. Su porte no permite suponer ninguna duda al respecto. Inclinó su pálida bella cabeza, como si buscara alguna cosa ante ella, caminaba, o más bien se deslizaba levantando la frente uniformemente hacia mí, se detuvo al lado de mi escritorio. Su mano palpó los bordes de la mesa, tal como ve hacerse a los ciegos expertos, para encontrar, con la punta de los dedos, un lugar donde apoyarse. Luego esa fuerte mano cerrada se posó calmadamente y todo el cuerpo de la extranjera pareció recibir apoyo y serenidad.

Muy cerca, estaba el arca de Toula.

Con esa inimitable facilidad que no se aprende, dominó la embarazosa, o mejor dicho, la extraña situación, pronunciando dos frases de excusa mientras sonreía, se le notaba un innegable acento eslavo, y rápidamente remitió mis desordenados pensamientos hacia una dirección precisa, mediante estas palabras:

—Brevemente, señor, he venido a haceros una súplica. ¿Me la concederéis?

Ante semejante demanda, formulada con una sonrisa por una mujer de una belleza tan excepcional, que por una vez quiere descender de su natural altivez, un hombre bien nacido sólo podrá encontrar una respuesta:

—Con sumo gusto, si está en mi poder…

Debí responder alguna cosa semejante, pues una rápida mirada de una dulzura inexpresable, de una complicidad casi cariñosa, se paseó sobre mí. Al mismo tiempo, una risa suave, indolente, extraordinariamente agradable, coloreaba esas palabras que me interrumpieron con vivacidad:

—Os lo agradezco. No debéis temer por un deseo extravagante. Mi petición es muy simple. Su éxito sólo reposa en vuestra inmediata buena voluntad.

Ella titubeaba de manera curiosa.

Yo me apresuraba:

—En ese caso, si os entiendo bien, señora…

Percibió la lentitud con la que me salían las palabras y exclamó:

—¡Si mi carta está sobre vuestro escritorio! —Y se puso a reír con su risa benéfica e insinuadora.

Seguí con los ojos la dirección de su mano, singularmente estrecha, no pequeña, sino moldeada en una sustancia blanda y dura a la vez. Efectivamente, vi una carta, situada en el ángulo de mi escritorio, junto al arca de ilusionista ruso de Lipotine; en ningún momento pensé cómo podía haber llegado ahí. La tomé.

ASSIA CHOTOKALOUGUINE

El nombre estaba grabado, coronado con una extravagante corona de príncipe. En el Cáucaso, todavía hay nombres principales y armas circasianas que llevan, bajo la dominación tanto de Rusia como de Turquía, el título de príncipe.

Observaba sin error posible, en los rasgos de la dama, ese acusado corte que se acerca tanto al tipo oriental como al tipo griego, recordando los cánones de la belleza en Persia.

Luego me incliné ligeramente hacia mi visitante, que ahora estaba sentada con la espalda suavemente apoyada en el respaldo del sillón al lado de mi escritorio, mientras sus indolentes dedos acariciaban de tiempo en tiempo el arca de Toula. La vigilaba, presa de la repentina inquietud que sus dedos no la desplazaran, pero no hizo nada.

—Vuestra súplica es una orden para mí, princesa.

Sin transición realzó un poco su talla altiva en el sillón y empezó a hablar, no sin dedicarme aún una vez esa mirada de oro tornasolado, indescriptiblemente cálida, electrizante:

—Serge Lipotine me es un viejo conocido, quizá lo ignoráis. Él es quien compuso la colección de mi padre en Iekaterinodar. Él es quien ha despertado en mí el amor por los objetos antiguos bellos y singulares.

Yo colecciono cosas de mi país natal, los tejidos, los hierros forjados, los… especialmente las armas. Y especialmente, entre las armas, ciertas que son, me atrevería a decir, muy preciadas entre nosotros. Tiene entre otras…

Su voz, su acento extranjero, musical, maltrataba maravillosamente los sonidos alemanes, titubeaba sin parar, rimaba las palabras como si fuera mediante una mecedora, y me parecía sentirla pasar a mi sangre, luego refluir por una especie de resaca apenas perceptible. Lo que decía no me importaba, al menos en ese instante; pero la cadencia de sus palabras engendraba en mí un estado de embriaguez ligera que supe descubrir al momento y al que acusaba yo de haber dado, una vez pasado, a casi todo lo que se había dicho, hecho o sólo pensado entre nosotros, el aspecto de un sueño. Aquí la princesa dio fin a la descripción de su manía, y saltando al motivo principal, dijo:

—Lipotine me envía a usted. Sé por él que estáis en posesión de una pieza muy rara, muy noble y muy preciosa que pasa por ser muy antigua: una lanza, quiero decir el hierro de la lanza, de un trabajo único. Un temple excelente, por lo que sé. Estoy exactamente informada, Lipotine me ha dado la descripción. Quizá la habéis adquirido por su mediación. No importa… (oponía una sorprendente resistencia a toda objeción que pudiera formular), no importa, deseo adquirir esa lanza. ¿Queréis cedérmela? ¡Os lo ruego!

Farfulló, por así decirlo, las últimas palabras. Estaba muy tirada hacia delante, a punto de saltar, pensé: y me asombré, hasta tuve una fugitiva sonrisa interior por esa desconcertante avidez del coleccionista que puede ponerse al acecho y recogerse antes del salto desde que ve o sólo huele una presa codiciada, como una pantera cazando.

—¿Una pantera!

Otra vez esa palabra que me hacía estremecer, ¡pantera! En la vida de John Dee, Bartlett Green es un buen personaje de novela, me parece. ¡Sus sentencias se graban en la memoria!

En previsión del motivo que ahora se abordaba, mi princesa circasiana se balanceaba en el borde de su sillón, y en su bello rostro se marcaban las arrugas, de ningún modo disimuladas, de la espera, de una gratitud presta, de una aprehensión nerviosa y de una mimosidad elocuente.

Apenas si estaba en estado de disimular mi sincera y triste decepción, así que decidí sonreír y responder con todo el dolor posible:

—Princesa, en verdad me volvéis desgraciado. Vuestra demanda es tan pequeña y la ocasión de poder satisfacer el deseo de una persona de vuestro rango y tan encantadora, tan rara, que apenas si tengo fuerzas para decepcionaros: no poseo el arma que me habéis descrito y jamás la he visto.

Contra todo lo esperado la princesa estalló en un reír candido, y con la indulgente paciencia de una joven madre a quien su adorable hijo acaba de decir por descuido una mentira, se inclinó todavía un poco más hacia mí:

—Lipotine lo sabe. Yo lo sé: vos sois el feliz poseedor de esa lanza, que ardo en deseos de adquirir. Ibais a vendérmela. Os lo agradezco de todo corazón.

—¡Siento desesperadamente, señora, teneros que decir que Lipotine se engaña! ¡Que Lipotine se ha equivocado! ¡Que Lipotine. de una manera o de otra, comete una equivocación, en una palabra…

La princesa se levantó con un balanceado movimiento de todo su cuerpo. Vino hacia mí. Su paso… ¡ah, su paso! de pronto se proyecta en mi memoria. Su paso era silencioso, como si se ondulara en la punta de los pies, elástico, a veces casi fugitivo, sin un ruido, con una gracia… ¡A donde me arrastran mis pensamientos!

¡Estoy loco!

La princesa respondió:

—Es posible. Naturalmente, Lipotine se habrá confundido. La lanza no está en vuestra posesión. No tiene importancia, pero habéis prometido… dármela.

Sentí como el desespero me arrancaba los pelos. Al mismo tiempo me esforzaba, mediante cada fibra de mi ser, en no disgustar esta bella criatura que estaba allí de pie ante mí, tensa por la espera. Su extraordinarios ojos bordados de oro totalmente abiertos, me aprisionaban en el incomparable embrujo de su sonrisa. Apenas si conseguía retenerme de tomarla por las manos o de dejarle caer una lluvia de besos o de lágrimas de rabia, de mi rabia por no poder satisfacerla. Febrilmente me realcé en toda mi altura, la miré directamente a la cara con franqueza y poniendo en mi voz toda la entristecida probidad de la que era capaz, le dije:

—Por última vez, princesa, os lo repito: no soy el poseedor de la lanza, o del hierro de la lanza que  buscáis, no puedo serlo, pues en mi vida he tenido, es verdad, diversos gustos particulares, he sucumbido a tal o cual inclinación de coleccionista, pero nunca en el dominio de las armas o de las partes de las armas, ni de una manera general en los hierros, de donde y de cualquier carácter que sean…

Me detuve lleno de un espanto interior mientras que a pesar mío se me subían los colores a la cara por una falsa vergüenza, pues, ante mí esta mujer de alta cuna estaba de pie, sonriendo con gracia, en absoluto irritada, y su mano derecha se deslizaba tocando sin cesar el arca de Toula de Lipotine, este elocuente espécimen de trabajo metálico que revocaba mis protestas al rango de la más grosera mentira, como si fuera a conferir a su plata ya trabajada, líneas magnéticas. ¿Cómo encontrar de pronto una explicación? Buscaba las palabras. La princesa, con su mano levantada, me lo impidió:

—Os creo de corazón, señor, no os apenéis. No he deseado forzar el secreto de vuestros gustos particulares. Seguramente Lipotine se equivoca. También yo puedo equivocarme. Pero os pido una vez más  todavía con toda… la obstinación, con toda la… torpeza de una esperanza quizá demasiado… extravagante, esta arma de la que Lipotine me ha…

Caí a sus pies. Ya me sentía de un humor un poco teatral; me pareció, por un momento, que no tenía a mi disposición ninguna actitud más fuerte ni a la vez más tierna para expresar mi impaciencia, mi embarazo y mi enojo. Reuní mis pensamientos para una arenga que concluiría finalmente en mi victoria. Abrí la boca y quise empezar: «Princesa», con una risa suave, dulce. Sí, debo escribir: fascinante, se deslizó ante mí hacia la puerta, se volvió aún una vez para decir:

—Señor, veo cómo batalláis. Creedme, os comprendo y comparto vuestros sentimientos. ¡Repensaos!

¡Resignaos a la decisión que me satisfará! Volveré otra vez. Pues me concederéis mi demanda. Me daréis el hierro de la lanza. —Ya se había eclipsado.

* * *

Ahora, la habitación está impregnada del ligero perfume característico de su presencia. Un perfume que me es desconocido: suave, fugaz… Un extracto de flores insólitas, y sin embargo: un hálito, entre los otros, áspero, singularmente excitante, en todo caso, no sé cómo salir de él, en todo caso -salvaje- indeciblemente excitante-absurdo-voluptuoso-opresor-manipulador-esperanzas sin objeto-un malestar y -un temor, sólo ahora lo confieso, que va al fondo del ser. ¡Qué visita!

Hoy, lo siento, no estoy en estado de ponerme al trabajo. Me propongo ir a casa de Lipotine en Werrengasse.

Debo anotar todavía dos pequeños hechos que en este preciso instante recuerdo: cuando la princesa Chotokalouguine ha penetrado en mi despacho, la puerta se hallaba en la espesa oscuridad de las oscuras cortinas dobles medio corridas en la ventana de detrás del escritorio. ¿Porqué ahora quiero imaginar que he visto, durante una fracción de segundo en el momento en que entraba, resplandecer sus ojos en la oscuridad como los de ciertos animales que brillan con el fulgor de una piedra fosforescente? ¡Sin embargo, sé perfectamente que no es el caso! Y luego: la princesa llevaba un vestido de seda negra rayada de plata, me ha parecido; en su textura se creía ver fluir hilos y olas del estallido del metal ensordecido. Ya estoy ensoñando,  dejo errar involuntariamente mi vista sobre el arca de Toula. Este negro incrustado de plata… creo que el vestido da mucho que pensar.

* * *

Ya caía la tarde cuando dejé la casa, para ir al encuentro de Lipotine en su tienda de Werrengasse.

Esfuerzo inútil. El establecimiento estaba cerrado, vi un pequeño cartel puesto en la reja de hierro con la siguiente nota: «De viaje».

No estaba en absoluto satisfecho. Al lado una puerta daba acceso a un patio interior, donde podía verse detrás de la tienda el domicilio privado de Lipotine. Crucé el patio; la persiana de su triste ventana estaba cerrada, pero mis reiterados golpes consiguieron que una puerta vecina se abriera; una mujer me preguntó lo que quería. Me confirmó que el ruso se había ido esa misma mañana. No sabía cuando volvería.

Había hecho alusión a un fallecimiento de algún barón ruso en la miseria y ahora que había muerto, Lipotine debía de arreglar sus asuntos. Creo que sabía suficiente para comprender que el barón Stroganof se había fumado su último cigarrillo y despedido. Estas tristes circunstancias habían obligado a Lipotine a abstenerse… ¡Es molesto! La vista de ese postigo cerrado redoblaba la fuerza y la urgencia de mi deseo: el de poder hablar de la princesa con el viejo anticuario, obtener de él aclaraciones y si es posible un consejo referente a ese desventurado hierro de lanza. Me parecía verosímil que Lipotine me hubiera confundido con otro comprador de esas curiosidades, o que teniendo el objeto aún en su posesión, se imaginó, confundido por el hábito, habérmelo vendido. En ambos casos quizá todavía sería posible conseguir ese hierro de lanza; y debo confesarlo, estaba dispuesto a pagar una suma desproporcionada si lo encontraba y podía comprarlo, a fin de ofrecerlo a la princesa Chotokalouguine. Me sorprendo de cómo giran mis pensamientos alrededor de la aventura de hoy. También siento que me sucede alguna cosa que no puedo elucidar como yo quisiera. ¿Por qué no quiere alejarse de mí el pensamiento de que Lipotine no está en absoluto de viaje, sino que está tranquilamente sentado en su tienda, y que ha oído perfectamente las preguntas sobre ese hierro de lanza que le hice mentalmente mientras estaba de pie ante su ventana y que incluso me respondió, aunque yo lo haya olvidado ahora? ¿O quizá fui finalmente a su tienda, conversé largo y tendido con él, y ya no sabría nada más? También podría venirme a la mente un suceso que yo habría vivido hace… hace un siglo, suponiendo que ya hubiera estado en este mundo…

Todavía quiero hacer notar que para volver he seguido los viejos baluartes desde donde se ve una hermosa vista sobre los prados, las colinas y las montañas cercanas. El anochecer era muy agradable y el paisaje a mis pies se extendía lejos bajo el claro de luna. Incluso había tal claridad que con mis ojos buscaba maquinalmente el disco de la luna que debía de esconderse en alguna parte entre las cimas majestuosas de los castaños. En ese mismo instante apareció, casi llena, difundiendo una extraña luminosidad verdosa en un halo rojo, entre los troncos que sobrepasaban el muro. Mientras contemplaba con sorpresa su luz cargada de vapores y la extraña comparación me atormentaba como una herida sangrante —y esto, una vez más todavía, desencadenó en mí un estado de alma que se formuló esta pregunta: ¿Todo esto es real, o sólo se trata de un muy viejo recuerdo?— vi el creciente de la luna subir bastante alto fuera de la perpendicular del baluarte. Y en ese mismo minuto se recortó sobre el disco reluciente la precisa silueta de una esbelta mujer, que parecía venir a mi encuentro, hacia el baluarte, en el curso de un paseo vespertino. Creí ver acercarse su forma todavía más, flotar entre los castaños, sí, flotar: es el término exacto… y esto despertó en mí la impresión que la princesa, surgida de la luna menguante, en su vestido negro tejido de plata, venía hacia mí…

Luego, a medida que esa forma disminuía, también yo sentí disminuir mi conocimiento, y quedé prosternado contra el parapeto, como un estúpido, hasta el momento en que, habiendo recobrado mis sentidos, me di un golpe en la frente y me consideré candidato al manicomio.

Retomé, turbado, el camino de retorno. Al caminar me puse a canturrear las palabras de una confusa melodía que tenía en la cabeza, y que intentaba reconstruir a la cadencia de mi paso, sin saber ni el porqué ni el cómo…

En la noche reluciente de plata

En la noche reluciente de plata

Contémplame

Contémplame

Tú que frecuentas mi pensamiento

Tú que permaneces siempre ahí abajo…

Este insípido ritornelo me ha perseguido hasta aquí, a mi habitación y he tenido dificultades en expulsar de mí su lacerante monotonía. ¿Pero por qué todo se resume tan singularmente en estas palabras:

En la luna menguante?…

Me los traen, pienso. Se agazapan en mí como… como gatos negros.

En resumidas cuentas, hay muchos puntos singularmente significativos en lo que me ha sucedido. ¿A menos que sólo sea el espectador? Todo ha empezado, si no me equivoco, desde que me ocupo de los papeles de mi primo John Roger.

Pero qué diablos tiene la luna menguante… Un escalofrío me recorre y sé, de pronto, porqué estas dos palabras me vienen a la lengua… ¡La advertencia añadida en el diario de John Dee, por una mano extranjera!

… ¡En el cuaderno de tafilete verde!

Y sin embargo lo repito: ¿Qué relación podría haber entre la enigmática amonestación de un supersticioso del siglo XVII contra los misterios del diablo escocés, en todo el horror de su iniciación, y mi paseo crepuscular con su pintoresca salida de la luna por encima del baluarte de nuestra buena y vieja ciudad?

¿Qué he de hacer de ello, y qué me sucede a mí, que vivo en el siglo XX?

* * *

La noche de ayer todavía pesa en mis miembros. He dormido mal. Confusos sueños me han atormentado.

Su Señoría mi abuelo me hacía saltar sobre sus rodillas y me repetía incansablemente en la oreja una palabra doble, que he olvidado, pero que tenía alguna cosa que ver con «círculo» y «lanza». También volví a ver el «otro rostro» detrás mío; me daba una orden terminante de estar atento, casi debería decir de permanecer alerta. Pero ya no puedo acordarme de cuál era el peligro contra el cual debía de prevenirme. La princesa apareció también entre las imágenes de esos sueños —¡naturalmente!— pero tampoco sé nada más de ese encuentro. ¡Además, es de locos hablar de encuentros a propósito de visiones tan delirantes!

Sea lo que sea tengo la cabeza pesada y me siento particularmente feliz de encontrarme ante una tarea tan acaparadora para desembarazarme completamente de mis pensamientos nocturnos. Con esa disposición de espíritu, es agradable compulsar viejos manuscritos. Tanto más agradable cuanto que el diario de John Dee, más de lo que se puede juzgar a primera vista, está, desde el punto y aparte en el que ayer me detuve hasta el fin, en un estado pasable. Me pongo pues a mi traducción y a mi transcripción.

El zapato de plata de Bartlett Green

En nuestra celda, débilmente iluminada por los primeros rayos del alba, entró, solo, un hombre de negro, de una talla un poco por encima de la media, y a pesar de su corpulencia, con un paso y unos gestos prodigiosamente ágiles. Percibí un fuerte olor que emanaba del movimiento dado a su sotana por su rápida entrada, ciertamente un olor a carnicero. Este pastor de almas de rostro redondo, de mejillas agradablemente florecidas —un confortable tonel de vino de misa, se le hubiera podido suponer— tenía la mirada característica, fija, medio imperiosa, medio desconfiada, de ojos amarillos, sin ningún signo particular sobre sus vestidos y sin escolta, al menos si estaba presente permaneció siempre invisible, era, lo supe de buenas a primeras, Su Señoría sir Bonner, el Obispo Sangriento de Londres en persona. Bartlett Green estaba agachado, mudo, delante mío. Sus globos oculares giraron lentamente, calmadamente y siguiendo con atención cada movimiento del visitante. Mientras tanto yo observaba los acontecimientos, todo temor había desaparecido extrañamente en mí, y acordé mi conducta con la del martirizado jefe de los Ravenheads, inmóvil en mi asiento, como si no hiciera el menor caso de nuestro huésped de paso silencioso.

Este último se giró bruscamtente, caminó hacia Bartlett, le empujó ligeramente con el pie, y sin transición, rugió con una ruda voz ordenando:

«¡De pie!»

Apenas si Bartlett Green movió las pupilas. Su mirada se alzó sesgadamente hacia el verdugo de su carne y respondió con una voz cavernosa, que dejó en ridículo el tono de su interlocutor:

«¡Demasiado pronto, ángel-trompeta del juicio! Todavía no es la hora de la resurrección de los muertos.

¡Ves, todavía estamos vivos!»

—«¡Lo constato con disgusto, monstruo del infierno!» escupió el obispo con una voz extraordinariamente dulce, de una benignidad sacerdotal que contrasta singularmente con el sentido de sus palabras, así como con el rugido de pantera usado antes.

Y Su Señoría prosiguió con el mismo tono dulzón:

«Escucha. Bartlett, la insondable misericordia ha previsto entre sus decretos la eventualidad de tu contricción y confesión. Haz una confesión general, y el principio del descenso a los infiernos en la pez ardiente te será diferido, quizá evitado. Tu tiempo de penitencia terrestre no puede ser reducido.»

Una risa, o más bien una especie de trueno medio retenido fue la única respuesta de Bartlett. Vi una sacudida de cólera reprimida perturbar al obispo hasta lo más hondo, pero guardó un sorprendente control sobre sí mismo. Avanzó un paso hacia el miserable montón de carne humano sacudido, sobre un montón de inmundicias, por una risa silenciosa, y continuó:

«¡Eh! veo, Batlett que eres de buena constitución. La búsqueda de la verdad mediante la tortura sólo ha podido domaros un poco, allí donde otros ya habrían salido de su piel con su alma hedionda. Dios quiera que el estimable barbero, sí, el médico mismo, a quien la necesidad os confía, sepa recomponeros… Mi clemencia, al igual que mi rigor, cree firmemente que dentro de algunas horas saldréis de este agujero con —la voz del obispo se convertía aquí en un ronroneo de los más íntimos y de los más amables— vuestro compañero de miseria y de infortunio en este lugar, sir Dee, vuestro fiel amigo.»

Era la primera vez que el obispo me aludía. Al oír ahora pronunciar mi nombre me dio un golpe de esos que te despiertan con sobresalto de un sueño cualquiera y te conducen a la realidad. En efecto, durante un momento, tuve la impresión de asistir a una muy lejana fantasmagoría o a una grotesca comedia sin ninguna relación con mi persona y mi existencia. Ahora ya era un hecho; por la puntilla tan dulce como horrible del obispo, estaba implicado en el número de los actores. ¡Si Bartlett confesaba que me conocía, estaba perdido! Pero cuando el horror repentino que desencadenó en mí la conciencia de mi situación apenas si había tenido tiempo de expulsar la sangre de mi corazón a mis ardientes venas, Bartlett, con una flema y una imperturbabilidad indescriptibles, giró la cabeza a mi lado y refunfuñó:

«¿Un gentilhombre que comparte mi lecho? Gracias por este honor, hermano obispo. Yo creía que habías querido darme por compañero algún sastre, a fin de que aprenda de vuestra buena escuela cómo el miedo le puede sacar el alma por los calzones.»

Este insultante discurso de Bartlett, tan inesperado, me hirió de improvisto en mi orgullo de antaño, hasta el punto de darme el impulso —bien pronto refrenado— de saltar. La cólera normal y la desconfianza me compusieron una expresión que de ningún modo escapó a los ojos observadores del obispo Bonner. Al instante comprendí la intención del valeroso Bartlett; una confiada gran paz llenó mi corazón, de manera que decidí interpretar bien mi papel en la comedia y a replicar, en toda causa, tanto a Bartlett como al obispo, de la manera más adecuada.

Mientras tanto sir Bonner disimulaba su decepción de tener que esperar a otra ocasión para saltar sobre sus dos presas como una pantera, detrás de un ronroneante bostezo que, de hecho, recordaba en demasía el expresivo mal humor de un gran gato.

«¿No quieres pues conocer a éste, ni de vista ni de nombre, buen maestro Bartlett?» dijo el obispo, zalamero, inaugurando una nueva manera.

Pero Bartlett Green se contentó con gruñir.

«¡Quisierais que conociera al señorito, apenas salido de las mantillas, que me habéis metido en mi nicho, señor loco! ¡Quisiera vivir todavía suficientemente para ver con mis ojos al tal especie de joven perro lloraduelos deslizarse por la puerta de pez hirviente de vuestro cielo; pero no soy, como vos, amigo y hermano de leche de ningún vil gentilhombre, compadre Bonner!»

«¡Lengua de víbora, condenada carne de cañón!» gritó el obispo por una vez espontáneo, pues su fuerza de contención había llegado al límite. Se oyó entonces ante la entrada del calabozo un sugetivo chischás de armas. «¡La madera y la pez son fruslerías para ti, primer nacido de Belcebú! ¡Hay que construirte una hoguera de azufre para darte un aperitivo del que te espera en la casa de tu padre!»

El obispo vociferaba, el rostro enrojecido por una cólera creciente, y rechinaba de dientes mientras que sus palabras se ahogaban. Pero Bartlett Green replicó con un estallido de risa, empezó a balancearse cada vez con más fuerza de un lado a otro sobre sus dislocados miembros, espectáculo que me heló de espanto.

«¡Te equivocas, hermano Bonner! cortó por lo bajo. ¡No sirve para mi belleza, como tú esperas, el azufre! Los baños de azufre son buenos para los franceses; no quiero decir con ello que no tengas necesidad de una cura de esta especie de agua termal, ¡ja! ¡ja! escucha, pobre aprendiz, allá donde deberás acurrucarte, llegado tu tiempo, el olor del azufre pasará por almizcle y aliento embalsamado de Persia.»

«Confiesa, demonio con cabeza de cerdo, rugió el obispo Bonner, que este gentilhombre, John Dee, es tu hermano de rapiña y de asesinato, si no…»

«¿Si no?» repitió Bartlett Green con un eco burlón.

«¡Rápido, las esposas!» jadeó el obispo.

Y los criados se precipitaron al interior de la celda con todos sus arreos. Este Bartlett tullido alzó entonces  su mano derecha con una risa silbante: hundió su pulgar entre sus poderosas mandíbulas y de un solo golpe se mordió la falange hasta ver el hueso y escupió al rostro del obispo con una segunda risa infernal, al punto la sangre y la baba regaron las mejillas y la sotana del horrible sacerdote. «¡Ahí!», una terrible risa estalló después del golpe, y Bartlett lanzó contra el obispo, con una lengua tan locuaz, una tal cantidad de injurias y de imprecaciones que me parece imposible reproducirlas aunque mi memoria fuese capaz de recordar la más pequeña parte. Resaltaba, del total, la muy horrible y garantizada promesa de recibirlo fraternalmente «ahí abajo» cuando él, Bartlett, saliendo de las llamas de la hoguera, hubiera atrapado al vuelo la tierra del Más Allá, que él llamaba «Verde». No quería atormentarle ni hacerle zarandear en la pez y el azufre, ¡oh! no, quería tornarle bien por mal y enviarle —a él su querido hijo— pequeñas diablesas de la más olorosa y original manera, el emperador del cual, además, bien podía ser francés. Así quería sazonarle cada hora de su estancia en la dulzura del infierno y en la amargura del infierno, pues en el Más Allá…

«En el Más Allá, mi bebé, así habló Bartlett para concluir su monstruosa predicción, te corregirás con aullidos y gemidos, y nos dedicarás la hediondez de tu barrizal a nosotros los príncipes de la Piedra Negra, a nosotros los coronados con la impasibilidad coronada.»

Sería vano querer describir los espantosos pensamientos, el desencadenamiento de una jauría de pasiones o sólo las sombras de horror que, durante este diluvio de invectivas, se animaban a lo largo del rostro del obispo Bonner. Este robusto hombre permanecía ahí de pie como si hubiera echado raíces; detrás suyo la insolencia de los verdugos y los soldados había quedado reducida a las dimensiones del rincón más oscuro donde se amontonaban, pues cada uno de ellos tenía un temor supersticioso que el «mal de ojo» del Ojo Blanco no les hiriera con un mal del que hubieran de sufrir toda su vida.

Finalmente sir Bonner se arrancó de su atontamiento y limpió con su manga de seda las manchas de las que estaba cubierto. Luego, muy calmo, casi dulce, pero con una especie de ardor contenido en la voz, dijo:
«No me enseñas nada nuevo sobre el virtuosismo del espíritu del mal, del Enemigo y del Mentiroso, aprendiz de brujo. Pero me incitas a acelerar las cosas, con el fin de que un demonio tan realizado no reciba por más tiempo los rayos del sol celeste.»

«Date prisa», respondió Bartlett, con un tono seco y brusco: «lejos de mi nariz, carroña, son necesarias fumigaciones para sanear el aire en el que tú has respirado.»

Con mano soberana el obispo hizo un gesto y los esbirros se acercaron para tomar a Bartlett. Pero se acurrucó para escapar a su asalto, se volvió sobre su larga espalda y les mostró la planta de su pie desnudo:
saltaron, conjuntamente, hacia atrás.

«¡Mirad! gritó, he aquí el zapato de plata que me ha dado la abuela Isaís. Después de llevarlo tanto tiempo, ¿cómo el dolor y el temor podían haber hecho mella en mí? ¡Yo escapo a esas minúsculas enfermedades!…» Constaté con horror que a ese pie le faltaban todos los dedos; el muñón desnudo parecía un gran zapato de metal: la lepra resplandeciente lo había raído. Batlett era semejante a ese leproso de la Biblia del cual está escrito que era blanco como la nieve reluciente…

«¡Peste y lepra!» aullaron los soldados; tiraron sus picas y las esposas y se precipitaron en loca huida por la puerta abierta del calabozo. Sir Bonner se quedó, el rostro pálido de horror y de repulsión, dudando entre el orgullo y el temor, pues la lepra plateada es reputada entre la gente avisada y los sabios como un mal eminentemente contagioso. Reculó lentamente, él, que había venido a gustar el placer de saborear sobre nosotros, pobres prisioneros, sus instintos de poder; paso a paso reculó ante Barlett que se arrastraba persiguiéndolo, rechazándolo con su pie leproso, vomitando siempre sus sarcasmos y blasfemias más allá de toda medida contra el príncipe de la Iglesia. Sir Bonner, la bravura del cual no aumentaba, puso punto final en la puerta diciendo con una voz entrecortada, mientras que se deslizaba fuera:

«Hoy mismo esta peste será quemada en fuego séptuple. Pero tú cómplice del último círculo del infierno —este insulto se dirigía a mí—debes gustar el sabor de las llamas que nos liberarán de este monstruo, para experimentar con aplicación, por ti mismo, que todavía pueden purificar tu alma perdida. ¡Por gracia te liberaremos de la hoguera de los herejes inmediatamente!»

Éstas fueron las últimas bendiciones que recogí de la boca del Obispo Sangriento. Confieso que por un instante me precipitaron en un abismo, en todos los horrores de la angustia y en las representaciones más espantosas. En efecto, se dice de sir Bonner que sobresale en el arte de matar tres veces a sus víctimas: la primera vez por su sonrisa, la segunda por sus propósitos, la tercera por su verdugo; esto debe ser cierto, pues este hombre me ha hecho sufrir el más terrible suplicio antes que el increíble milagro de mi liberación me haya ahorrado la tercera muerte que su mano me destinaba…

Apenas me quedé solo de nuevo con Bartlett, él rompió el silencio en el que se había sumido nuestro calabozo por los cloqueos de su risa; casi bonachón, se arrastró hacia mí:

«Déjalo correr, hermano Dee. El espanto te descompone como si tuvieras un millar de piojos y de garrapatas debajo de los pelos, por lo que veo. Pero también es verdad que he hecho lo que he podido para cortar por lo sano con toda complicidad entre tú y yo — bien veo que te has dado cuenta—, también es verdad que tú saldrás sano y salvo de esta aventura, a lo más mi asunción te quemará un poco la barba. Esto, sopórtalo como hombre.»

Incrédulo, levanté mi cansada cabeza en la que zumbaba dolorosamente el eco de todos los tormentos, de todos los horrores a los cuales había asistido. Además, como es habitual cuando el alma está agotada debido a un exceso de emociones y de tribulaciones, me encontraba con una disposición casi indiferente y por así decirlo desprendida de toda preocupación; recordaba con satisfecha sonrisa el vil terror del obispo y sus secuaces cuando vieron el «zapato de plata» de la lepra en mi compañero de condena y me acerqué por una especie de desafío, hacia el hombre marcado con ese signo.

Bartlett se dio cuenta y gruñó según su extraña manera habitual, de donde concluí que este salvaje compañero estaba conmocionado por un sentimiento que, en un hombre de cualquier otra naturaleza, se habría podido interpretar como un toque de emoción humana.

Abrochó lentamente su casaca de cuero sobre su velludo pecho al que no cubría ninguna camisa, y sin más me dijo:

«Avanza sin segundas intenciones, hermano Dee; el don de mi graciosa Dama es tal, que cada uno debe ganárselo por sus propios medios. No puedo transmitírtelo, aunque yo bien lo quisiera.»

Todavía cloqueó una vez más con su risa medio reprimida, lo que me produjo un escalofrío. Pero bien pronto prosiguió:

«Así pues, lo he hecho de la mejor manera para fastidiar al sacerdote el placer de descubrir que estábamos confabulados; pero, querido mío, no hacía nada por amor a ti; actué así porque debía en función de algo que yo sé y que no puede ser de otra manera. Pues tú eres el joven príncipe real de este tiempo, señor Dee; a ti te está prometida la corona del País Verde, la Dama de los tres imperios te espera.»

Casi me desvanezco al oír esas palabras en la boca del bandido y salteador y apenas si pude mantener mi sangre fría. Con todo, rápidamente supuse lo que había podido suceder, y creí, no sin emoción, descubrir una relación entre Bartlett ese nacido vagabundo, ese mago negro, y la bruja de la landa de Uxbridge, incluso con el mismo Mascee.

Como si hubiera adivinado mi pensamiento, Bartlett continuó:

«Conozco perfectamente a la hermana Zeire de Uxbridge, y también al maestre del zar moscovita. ¡Ten cuidado! Es un alcahuete; pero tú, hermano, ¡debes reinar, con pleno conocimiento y determinación! Las bolas roja y blanca que tú has tirado por la ventana de tu casa…»

Solté una risa rebelde:

«Estás bien informado Bartlett, ¿así el llamado Mascee trabaja también bajo el pendón de la cabeza de cuervo?»

Bartlett respondió tranquilamente:

«Que diga: "Te equivocas", o que diga: "Pueda ser", no ganarás ninguna inteligencia con ello. Pero voy a enseñarte…» y el bandido me expuso hora por hora, minuto por minuto mis hechos y gestos durante la noche en que los esbirros del obispo me habían arrestado; me indicó el lugar y la manera en que se abría el escondrijo en el que había metido todo tipo de escritos secretos con una gran prudencia y múltiples precauciones, hasta el punto de no querer confiarlos ni a mi diario. Riendo me rindió detallada cuenta de todos mis actos, tan naturalmente como si fuera yo mismo, o bien hubiera estado presente a mi lado; ningún hombre en el mundo y de ninguna manera habría podido mostrar semejante doble vista.

Ya no supe dominar mi sorpresa ni mi impresión de horror delante del martirizado jefe Ravenhead, tan superior a los dones más extraordinarios, a las prácticas y a los poderes que dominaba como jugando; le miré a la cara sin decir palabra, luego balbuceé: «Tú que no conoces el dolor, que triunfas sobre los dolores visibles del cuerpo, que, según tus propias palabras, tienes la poderosa ayuda de tu soberana y diosa, Isaís la Negra, a tu lado, tú. finalmente, que puedes ver incluso las cosas más escondidas… ¿Cómo estás ahí. Yaciendo miserablemente, cargado de cadenas, con los miembros rotos y a punto de ser presa de las llamas? ¿Cómo no escapas de estos muros mediante una operación mágica?»

En el intervalo, Bartlett había sacado de su pecho un pequeño saco de cuero que ahora tenía en su mano libre y balanceaba ante mis ojos como un péndulo. Riendo me dijo:

«¿No te he prevenido, hermano Dee, que en los términos de nuestra ley mi tiempo se ha cumplido? He ofrecido los gatos en oblación al fuego, debo a mi vez ser la víctima propiciatoria del fuego, puesto que hoy cumplo mis treinta años. Hoy soy todavía este miserable Bartlett Green a quien se puede torturar, desgarrar, quemar, y te hablo como el hijo de una puta y de un sacerdote; pero mañana, se acabó: el hijo del hombre es elevado al rango de prometido en la casa de la Gran Madre. Pues el tiempo de mi dominio ha llegado.

¡Hermano Dee, todos vendréis en compañía a fisgonear cómo gobierno en la vida eterna!… Pero para que siempre recuerdes mis palabras, para que encuentres mi camino, recibe en herencia mi tesoro terrestre y…»

Destrucciones intencionadas interrumpen aquí la continuidad del relato. Parece como si esta destrucción sea imputable a la propia mano de John Dee. La naturaleza del regalo hecho por Bartlett Green al señor Dee destaca claramente en las primeras frases de la continuación del diario que ya se halla en buen estado.

(Señales de fuego)… de manera que, hacia la cuarta hora de la tarde todos los preparativos para el desarrollo de la venganza imaginada por el Obispo Sangriento estaban terminados.

Vinieron a llevarse a Bartlett Green; y yo, John Dee, después de una media hora ya estaba sentado solo en el calabozo; muchas veces tuve en mis manos el regalo poco visible de Bartlett para examinarlo. Era un pequeño trozo de carbón puro, negro, del grueso de un dedo, tallado en forma de octaedro casi regular y normalmente pulido. Según las explicaciones y la palabra de su antiguo propietario, con tan sólo un poco de magia negra, podré ver aparecer en las caras relucientes de esta especie de espejo ya sea la imagen de un evento actual que se desarrolla en la lejanía, ya sea la representación de futuras peripecias de mi destino. Pero no vi nada semejante; sin duda a causa de la turbación de mi espíritu. El mismo Bartlett me había dicho que era totalmente contrario y nefasto en tales experiencias.

Finalmente agucé el oído y oí el ruido del cerrojo de mi calabozo. Rápidamente retorné el misterioso carbón al abrigo del viejo saco de cuero de Bartlett y éste en el forro de mi casaca.

Inmediatamente entró una escolta de soldados del obispo armados hasta los dientes y pensé, con un escalofrío de horror, que se trataba nada menos que de conducirme a la muerte sin ni tan siquiera juicio en el más corto espacio de tiempo. Se había decidido de otra manera: debía, a fin de preparar mejor y de ablandar mi alma endurecida, ser conducido muy cerca de la hoguera para que mis cabellos se chamuscasen y viera arder a Bartlett Green. Es muy posible que Satanás haya empujado al obispo a forzar por este medio, aprovechando los sufrimientos del condenado a muerte y del horror que yo manifestaría, una confesión suya o mía referente a nuestra asociación, o de obligarnos de alguna manera a traicionarnos. No podría insistir en este drama que se ha impreso en mi memoria para toda la vida, dejando en mi alma una marca como grabada  con hierro candente. Sólo quiero hacer notar, resumiendo, que el obispo Bonner recogió del espectáculo del suplicio de Bartlett Green, unos frutos totalmente distintos de los que habí
a imaginado en la voracidad de su repugnante curiosidad.

Hacia la quinta hora Bartlett puso el pie en la hoguera, tan alegre como si se le hubiera dicho que subiera al lecho nupcial; por el capricho de mi pluma reencuentro en mi espíritu sus propias palabras, le oí confiarme que hoy esperaba ser el prometido de su Gran-Madre, manera un poco irreverente de presumir su retorno al país de su alma, cerca de Isaís la Negra.

Cuando hubo subido al patíbulo, gritó fuertemente al obispo riendo: «¡Cuídese, señor cura, cuando entone el canto del retorno, en proteger su cráneo calvo, puesto que quiero humedecerlo con una gota de pez y de azufre en llamas que os trabajará el cerebro hasta vuestro cercano viaje al infierno!»

La hoguera había sido construida con un esmero y un refinamiento de una crueldad tan impensable, como nunca jamás antes se había visto, y quiera Dios que no se vea jamás otra igual en este mundo miserable. Para precisar, se había erigido sobre un húmedo montón de madera de pino que ardía muy mal, una pértiga a la que Bartlett estaba atado mediante grapas de hierro. Pero este árbol del martirio estaba rodeado hasta arriba de mechas de azufre, y una corona de pez y azufre muy voluminosa había sido enganchada encima de la cabeza del pobre pecador.

Cuando el verdugo hubo prendido la madera, un poco en todas partes, con su antorcha, las mechas de azufre se incendiaron todas a la vez y condujeron las oleaginosas llamas hasta la corona que cubría la cabeza del culpable, de manera que una larga lluvia de azufre y de pez en llamas empezó a caer gota a gota sobre él. Pero, a despecho de este abominable espectáculo, se puede decir que para este sorprendente hombre, atado a su poste, se trataba sólo de un refrescante chaparrón de primera, de un maná. No dejó en todo ese tiempo de mancillar al obispo con los más ultrajantes y virulentos sarcasmos, de manera que el pontífice sentado en su trono de terciopelo estaba mucho más en la picota que su víctima en la hoguera. Y, si hubiera podido encontrar un pretexto decente para escabullirse del papel de acusación pública, la víctima de la cual conocía sus faltas más secretas y no se privó lo más mínimo en exponerlas, sir Bonner lo habría hecho con gran alegría, renunciando con gusto a alimentarse con esta ejecución. Parecía herido por una inconcebible fascinación, incapaz de hacer otra cosa que temblar de rabia y de vergüenza contenidas y dar, con la boca espumeante, orden tras orden a sus servidores de acelerar por todos los medios una faena que primero había pensado prolongar de la más horrible manera. Sin embargo, era extraordinario ver cómo ninguno de los proyectiles que finalmente fueron copiosamente lanzados a modo de granizo sobre el supliciado lograron acallarle, era como si toda su persona fuera indestructible, invulnerable. Finalmente se amontonó madera seca y fagotes mezclados con estopa en la hoguera a fin de hacer crecer el brasero y Bartlett desapareció entre las llamas y el humo. Pero entonces se puso a cantar con una atronadora voz de regocijo, como algunas horas antes en la prisión cuando se balanceaba en el muro, y con el crepitar de la madera resonó, lúgubre y radiante a la vez, su salvaje melopea:

¡Hurra! El chorlito canta en la rama.

Después de la muda de mayo.

¡Hurra!

Nosotros cantamos, totalmente balanceado en lo alto del mástil.

¡Hurra! ¡Madre Isaís!

¡Hurra!

Un silencio de muerte había invadido el lugar del suplicio; el espanto y el horror se habían apoderado del verdugo y de los soldados, de los jueces, de los sacerdotes y de los señores que temblaban de pies a cabeza.

Era un espectáculo casi risible. Debía verse, sobre todo, a Su Señoría el obispo Bonner sentado sobre su trono semejante a un fantasma pálido, petrificado, las manos crispadas en los brazos de su sillón. Con sus huraños ojos fijos en las llamas. Cuando el último sonido de la queja expiró en la boca de Bartlett Green que ardía, vi al obispo titubear mientras lanzaba un grito de condenado. ¿Se levantó una ventolera de la hoguera? Lo cierto es que un chorro de llamas, parecidas a lenguas de un amarillo rojizo, se levantó de golpe de la hoguera, revoloteó, se dispersó en chispas y se arremolinó, subiendo oblicuamente en el cielo crepuscular hacia el trono episcopal, justo sobre la cabeza de Sir Bonner. Si una gota de azufre infernal tocó y ardió en esa cabeza, como lo había profetizado Bartlett pocas horas antes, no sabría decirlo. Se habría podido creer a juzgar por la cara revulsiva del Obispo Sangriento, y si su grito apenas fue perceptible, es quizá porque el caos de la masa de hombres que llenaba la empestada plaza impidió oírlo.

Debo añadir, para ser fiel en mi relación, que, mientras me llevaba la mano a la frente para borrar los horrores de esas horas, cuando recuperé mis cabales, un mechón de cabellos que había ardido en mi cabeza cayó a mis pies…

La noche siguiente a los horribles sucesos de ese día la pasé en mi solitaria cárcel; sólo puedo confiar a mi diario una pequeña parte de las circunstancias tan extraordinarias por las que estuvo marcada; lo que quiero decir es, pero, que esa noche permanecerá para mí siempre inolvidable, como todo lo que me ha sucedido en la prisión del Obispo Sangriento en Londres.

Durante el anochecer y la primera parte de la noche, no sólo esperaba un nuevo interrogatorio sino también la discusión en el tribunal del obispo Bonner. Mi confianza referente a las palabras proféticas de Bartlett era mediocre, lo confieso, aunque hubiera tomado una y otra vez su negro cristal para intentar descubrir, en las pulidas caras de ese insignificante mineral, una imagen de mi futuro. Pronto la oscuridad había invadido el calabozo, y a diferencia de la noche precedente, el guardián no juzgó necesario —o quizá se trataba de una prohibición formal— traer una luz a mi celda.

Después de haberme instalado para meditar, no sé hasta qué hora, sobre mi destino y el del bandido, a quien suspirando envidiaba por haber terminado, sea lo que sea, con toda especie de males y cautiverio ulterior, me hundía hacia medianoche en la pesada somnolencia del agotamiento.

Me pareció entonces que la pesada puerta de mi in pace se abría de una manera totalmente inexplicable y que Bartlett entraba sin ninguna ceremonia o preparativo particular, bien plantado, derecho, de estatura casi imponente, muy alegre y desbordante de facultades, lo que me llenó del más profundo estupor, tanto más que mi conciencia, que permanecía despierta, no dejaba de tener en cuenta ni un instante el hecho que había sido, pocas horas antes, juzgado y quemado. Rápidamente le hablé con un calmado tono y le preguntaba, en nombre de la Trinidad, si se reconocía por un fantasma o por Bartlett Green en persona, aunque despachado a aquí de manera sorprendente por otro mundo.

Sobre ello, Bartlett, con su risa habitual, que le subía de lo más profundo de su pecho, respondió que no era ningún fantasma, sino el verdadero Bartlett Green sano y floreciente, que además no venía de otro mundo, sino de este, el actual, del que en adelante habitaba el revés, pues no hay «Más Allá», sino que en todas partes donde la vida se desplega, hay un mundo único que reviste muchos, sino innumerables aspectos y medios de penetración, de manera que el suyo difería evidentemente un poco del mío.

Esto no son más que balbuceantes proposiciones muy por debajo de la claridad, de la simplicidad de la evidencia que habría querido describir y que, en ese instante de lucidez semiconsciente, me imaginaba poseer; pues mi comprensión de la realidad de la que hablaba Bartlett se bañaba por así decirlo en la luz del sol, de manera que los secretos del espacio, del tiempo, de la constitución del ser, aparecían diáfanos y se ofrecían a mi espíritu. Bartlett me inculcó en esas horas un muy notable conocimiento de mí mismo y de mi futuro que he conservado preciosamente hasta el último detalle.

Y si esa noche todavía podía dudarlo, temer una ilusión, si podía creerme el juguete de un sueño mentiroso, ahora ya estoy tan plenamente instruido por el cumplimiento extraordinario y perfectamente irracional de sus profecías que al contrario, estaría loco si hoy concediera menos crédito a lo que me ha anunciado para el mañana. Sólo un punto permanece para mí insoluble: el motivo que empujaba a Bartlett Green a ocuparse de mis asuntos con esa conciencia y a tomarme totalmente bajo su benefactora dirección; pues hasta este día jamás ha manifestado ninguna veleidad de perjudicarme ni tomado aires de corruptor infernal; por otra parte yo habría sido un hombre capaz de chillarle un potente y enérgico vade retro Satanás, para que sea engullido por ese infierno al cual habría pretendido arrastrarme.

Desde la eternidad su vía no es la mía; y siempre tomo buena nota que no actúa para hacerme bien, sino para ajustarse a un programa que se le ha, por así decirlo, indicado con el dedo.

Instado por mis preguntas, me declaró, esa famosa noche, que quedaría libre a la mañana del día siguiente.

Y mientras que, totalmente incrédulo, dadas las circunstancias y la gratuidad de sus afirmaciones, le hacía sufrir un estrecho interrogatorio, queriéndole demostrar la patente absurdidad y la inverosimilitud de lo que me prometía, él cloqueó con su característica risa, exactamente como en vida, y dijo:

«¡Hermano Dee, eres un imbécil. Ves el sol de cara y rechazas el testimonio de tus ojos! Pero ya que sólo eres un novicio en el Arte, un trozo de mineral puede tener para ti más valor que una palabra viva. Toma pues mi regalo cuando estés despierto y contempla lo que tu conciencia no es capaz de atrapar al vuelo.»

Indicaciones importantes, que yo no sé formular, concernientes a la conquista de Groenlandia y la urgencia, incluso la imperiosa necesidad de esta empresa para el conjunto de mi futuro destino, constituyeron lo esencial de su enseñanza. También debo mencionar que Bartlett Green, en el curso de sus visitas ulteriores —y todavía me visita a menudo— no ha dejado de mostrarme, con una constancia y una firmeza siempre mayores, esta vía y no otra para llegar a mi meta suprema, al objeto de mis esfuerzos más ardientes; en primer lugar, me afirmó, obtendré la corona de Groenlandia; ¡y ya empiezo a comprender la advertencia!… Luego me desperté: la luna menguante lucía alta en el cielo de manera que un cuadrado de luz de un blanco azulado se proyectaba desde la pequeña ventana hasta mis pies. Poseído por un creciente deseo saqué de su saco el  cristal de carbón y lo puse en ese haz de luz lunar, presentando una de las caras del espejo oscuro a la claridad del astro. Se produjeron reflejos azulados, luego de un negro ca
si violeta y durante largo rato, aparte de esta observación, no pude descubrir nada. Pero de pronto subió a lo largo de mi cuerpo una singular calma, perceptible, y el cristal negro dejó de temblar en mi mano, pues mis dedos se habían tornado firmes y seguros así como el resto de mi persona.

La luz de la luna sobre el cristal se cargó de iriscencias, luego se elevaron volutas de opalescencia lechosa, que siempre iban deslizándose hasta formar, en la cara del espejo, un contorno luminoso, una especie de imagen, primero minúscula, semejante a un juego de gnomos a la claridad de la luna. Con rapidez, sin embargo, la imagen se extendía en anchura y en profundidad, la visión escapó al espacio permaneciendo concreta, y yo me encontraba dentro. Y vi…» (Señales de fuego).

Una vez más el texto del diario ha sido aquí destruido cuidadosamente, pero el pasaje suprimido no es largo. Según puedo juzgar, mi antepasado, con su propia mano, ha hecho de manera que sea ilegible. Parece que le ha venido la idea, después de haberlo redactado, de no dejar su secreto en manos de un lector inoportuno, pues podía ser peligroso después de su aventura en la Torre. Hay un fragmento de carta insertado en este lugar. Sin duda alguna mi primo Roger lo ha sacado de otra parte y puesto ahí en el curso de su trabajo, pues lleva sin error posible una nota de su escritura.

Todo lo que queda de un documento relativo al secreto de la liberación de John Dee después de su encarcelamiento en la Torre.

En cuanto al destinatario de esta carta, el estado actual del fragmento no permite determinarlo, lo que tampoco tiene importancia, pues echando una mirada en la vida de John Dee, a la luz de este fragmento, muestra que nuestro héroe debe su liberación a la princesa Elizabeth.

Doy aquí el contenido integral:

«…siendo cierto para mí (John Dee) que os confío, como único hombre en la tierra digno de ello, el secreto más sublime y a la vez más peligroso de mi vida. Y aunque no tuviera otro motivo, debo obrar así en todas mis empresas pasadas y futuras, para el honor y la gloria temporal de nuestra graciosa Soberana, Su Virginal Majestad Elizabeth, mi Gran reina.

Seré, pues, muy breve.

Cuando la princesa real tuvo conocimiento de mi desesperada situación, hizo llamar —con una bravura y una prudencia que ciertamente no hubiera podido esperarse en una niña de su edad— a nuestro amigo común Leicester; pidió que le dijera, palabra de caballero, hasta donde llegaban sus buenas disposiciones, su amor y su lealtad hacia mí. Cuando hubo constatado que estaba dispuesto a todo, resuelto a sacrificarse él mismo si era necesario, se puso en acción, con un coraje inaudito, para asegurar mi liberación. También quisiera poner simplemente en evidencia, minimizando mi importancia y no sabiendo fundar mejor mi admiración, un hecho que bien puedo atestiguar: saber que el desprecio del peligro, su juvenil presunción, incluso su loca audacia, rasgos de su naturaleza que a veces se le han podido reprochar, le han empujado a hacer lo que parecía imposible y que sin embargo, era el único medio de lograr mi salvación. Sirviéndose de llaves verdaderas y falsas —¡el cielo sabe quién se las había puesto en las manos!— se introdujo durante la noche en la cancillería de Estado del rey Eduardo, el cual, justamente en esa época, mantenía con el obispo Bonner unas buenas relaciones de amistad y trabajo.

Encontró y abrió el cofrecillo que contenía el papel oficial con el anagrama del rey y redactó, imitando con osadía su escritura y rúbrica, la orden de liberarme inmediatamente; puso el sello privado de Eduardo, siempre guardado bajo llave con celosas precauciones, y que había, por un prodigio inconcebible, descubierto.

Todo fue ejecutado con una circunspección, una astucia, y al mismo tiempo una audacia tan sorprendentes que nunca la menor duda pudo levantarse sobre el documento. Sí, el mismo rey Eduardo, cuando más tarde vio este autógrafo, quedó tan trastornado por el escalofriante testimonio de la magia de ese espécimen de su escritura —del que no tenía la menor idea— que ha preferido callarse y reconocerlo por suyo. Nos podemos preguntar si no descubrió la falsificación y si no prefirió resignarse sin decir palabra, para no verse obligado a confesar que semejante acto se había podido perpetrar con tanta impudencia y premeditación desde su entorno inmediato. En resumen, a la mañana del día siguiente, al levantarse el sol. Robert Dudley —más tarde duque de Leicester—produjo gran alboroto en el despacho del obispo Bonner y presentó la carta que le calificaba para sustraer inmediatamente al prisionero del tribunal eclesiástico en los términos que daba la orden. ¡Y la cosa resultó!

Nunca he podido saber, ni nadie, lo que contenía el pretendido escrito de la mano del rey Eduardo, ¡concebido y redactado por una infanta de dieciséis años! Sé que el Obispo Sangriento, pálido y con todo el cuerpo temblando, dio la orden a su guardia personal, ante la presencia de Dudley, quien representaba al rey, de devolverme la libertad. Es todo lo que me atrevo a confiaros, mi muy querido amigo. Y comprenderéis a través de estas veladas confidencias, que os confío dudando, el carácter de este "lazo eterno" del que ya os he hablado diversas veces referente a nuestra muy graciosa y serenísima reina…»

Aquí termina el fragmento de la carta.

En el diario de John Dee, en el dorso de las frases tornadas ilegibles, figura solamente este párrafo:

Esa misma mañana, la predicción de Bartlett se cumplió en todos sus puntos; fui sacado de mi molesta postura sin tergiversaciones ni dilación, y conducido, por mi amigo de juventud y compañero Leicester, de la Torre a un lugar seguro donde el obispo Bonner difícilmente podía suponer mi presencia, aún menos irme a buscar, en el caso que la natural versatilidad de su persona le hubiera hecho lamentar su conducta. Hasta aquí llegaré con mis comentarios, y no cometeré la temeridad de pretender explicar el fin del fin y dar la secundam rationem a las impenetrables vías de Dios. Sólo revelo que la maravillosa y casi increíble audacia de mis salvadores, su destreza, fue ayudada, además de una evidente asistencia divina, por la turbación que se apoderó del alma del obispo Bonner después del suplicio de Bartlett Green. Para precisar, sé directamente de su capellán, poco importa cómo, que esa noche el obispo no había pegado ojo; que empezó a pasearse a lo largo y a lo ancho de su gabinete durante horas, dando muestras de la confusión más total: que después había caído en una especie de delirio muy extraño en el curso del cual había manifestado un espanto indescriptible.

En un tono casi suplicante había mantenido con un visitante invisible discursos incomprensibles y sostenido contra toda suerte de imaginarios demonios un horrible combate de varias horas: finalmente chilló muy fuertemente: «Reconozco que no tengo poder sobre ti, reconozco que el fuego me devora, ¡el Fuego! ¡el Fuego!» después de ello el capellán, que se había precipitado hacia él, lo encontró en el suelo, desvanecido. No insistiré sobre otros rumores que me han llegado referentes al presente caso. Lo que he sabido es tan abominable que mi alma y conciencia temerían morir de espanto si solamente intentase reunir mis fuerzas y ponerlo sobre el papel.

Así termina la relación de John Dee consagrada al Zapato de plata de Bartlett Green.

* * *

Dos días de vida campestre y de vagar por la montaña me han rehecho. De repente resolví abandonar mi escritorio y su orientación así como el meridiano, las reliquias comidas por los gusanos del antepasado Dee, y me he arrancado, como si de una cárcel se tratara, de la influencia de mi casa y de mi trabajo.

¿No es placentero, me decía, durante la primera hora que con mi paso hacía sonar los matorrales de los contrafuertes, que sienta las exactas sensaciones que debió experimentar John Dee cuando se paseaba en el llano escocés, después de haber escapado de su prisión? Y sonreí ante la idea que me pasaba por la cabeza:

John Dee debía sentir el corazón tan alegre, tan exaltado, casi saltando de su pecho por el sentimiento de su nueva libertad, como yo, aproximadamente trescientos cincuenta años más tarde, cuando pisó el suelo de una landa análoga a la que hoy correteo en Alemania del Sur. Debía ser en Escocia, más o menos en la región de Sidlaw Hills, de la que he oído hablar muy a menudo a mi abuelo. Esta asociación de ideas no tiene nada de sorprendente, pues, en nuestra infancia, este abuelo anglo-estiriano nos subrayaba muy a menudo la afinidad del carácter, las analogías que existían entre los altos llanos escoceses y los que anuncian las regiones montañosas de Alemania.

Y mi ensueño seguía su curso.

En mi casa me veía enclaustrado, pero no como alguien que se encierra para escrutar el pasado, no; yo estaba allí, sentado en mi mesa, en vilo, semejante a una piel vacía, a una larva de insecto que, después del invierno y la metamorfosis, permanece pegada al lugar de su muerte, de donde alegremente me escapé para transformarme en retozona mariposa acabada de nacer, y aprovechar allá arriba en los brezos rosas mi libertad totalmente nueva. Era tan fuerte la representación engendrada por ese sentimiento que experimentaba un verdadero horror ante la idea de volver a la vida cotidiana de mi casa. Se me ponía la carne de gallina imaginando la piel realmente vacía e instalada para siempre en mi mesa, y a la que debía reintegrarme, como un doble gris, para sumergirme de nuevo en mi pasado.

Esas caprichosas fantasmagorías se desvanecieron rápidamente cuando llegué a mi casa, pues en la escalera choqué con Lipotine que bajaba después de una visita infructuosa. No quise dejarlo marchar, sino que, aunque la fatiga del viaje me abrumaba, lo conduje al punto a mis apartamentos. A quemarropa, con su habitual vivacidad, sació el deseo que había en mí de hablar con él acerca de la princesa, de Stroganof, y para decirlo todo, de…

Ciertamente, Lipotine me acompañó y permaneció toda la tarde cerca de mí.

¡Una tarde memorable!. O, para ser más exacto, una memorable conversación degenerada en tarde, pues Lipotine estaba más hablador que de costumbre y daba libre curso a cierto humor chistoso, que a veces había notado, de modo que me aparecían en él muchos rasgos nuevos o, al menos, diferentes de los que mostraba de ordinario.

Me habló de la muerte del barón Stroganof, tan rico en resonancias filosóficas, y de sus propios tráfagos, en tanto que ejecutor testamentario de una herencia que consistía en dos o tres piezas de ropa que habían permanecido colgadas en su habitación como… larvas de mariposa. Me impresionó ver usar a Lipotine una imagen idéntica a la que no abandonó mi espíritu durante mis días de peregrinaciones. Y pensamientos rápidos, fugaces, hacían desfilar en mí su procesión de hormigas; me preguntaba si la aventura de la muerte no se dirige un poco a franquear una puerta dando acceso a la libertad mientras permanece donde estaba el capullo vacío —vestido del que se desembaraza— piel, que ya en el curso de nuestra vida —como lo había aprendido en mi reciente experiencia— a veces abandonamos como una envoltura extranjera que nos inspira horror, el horror que experimentaría un muerto si fuera invitado a volver a entrar en su cadáver…

En el ínterin, Lipotine hablaba de unas y otras cosas, con su descosida manera un poco irónica, pero esperaba en vano que dirigiera por él mismo la conversación hacia la princesa Chotokalouguine. Una rara timidez me retuvo mucho tiempo a incitarle sobre ello pese a mi deseo; finalmente la impaciencia pudo más, y mientras preparaba el té, le pregunté sin más rodeos cual había sido su intención al enviarme la princesa y cómo se le había ocurrido decirle que me había vendido una antigua arma.

—¿Y por qué no os habría vendido una? —respondió Lipotine con toda la serenidad.

Ese tono me irritó; repliqué, con más vivacidad de la que hubiera deseado:

—¡Pero, Lipotine, debéis saber, sin embargo, si me habéis vendido o no algún antiguo hierro de lanza persa o Dios sabe de donde! Es más: sabéis perfectamente que nunca no…

Me interrumpió con, en el tono, una inalterable indiferencia: «No es necesario decir, noble amigo, que os he vendido la lanza».

Sus párpados se bajaron: sus dedos amontonaban briznas de tabaco para meterlas en la punta del cigarrillo. Todo en su actitud expresa la evidencia. Pero comencé de nuevo:

—¡Bromeáis, amigo mío! Nunca os he comprado una cosa semejante. ¡Nunca he visto en vuestra casa sea lo que sea que se parezca! ¡Os equivocáis de un modo tal que apenas si puedo comprenderlo!

—¿Seguro? respondió Lipotine indolentemente. Entonces, es que os he vendido el arma anteriormente.

—¡Nunca! !Ni ahora ni antes! !Recobraos! !Antes! !Qué queréis decir! ¿Cuánto hace que nos conocemos
en total? ¡Seis meses! ¡Ciertamente debéis, para un lapso de tiempo tan corto, ser capaz de reunir vuestros recuerdos!

Lipotine me dirigió por lo bajo una mirada oblicua y declaró:

—Cuando dije «anteriormente», quise decir: en una vida anterior, en otra encarnación.

—¿Qué queréis decir? ¿En una…?

—En una encarnación precedente, —repitió claramente. Creí descubrir un matiz de burla en su voz; y le repliqué en el mismo tono de rechifla:

—¡Ah! ¡Seguramente! —Lipotine guardó silencio.

Pero quería saber porqué me había lanzado la princesa encima, y volví a la carga:

—También os agradezco el haberme permitido conocer una dama que…

Él meneó la cabeza. Yo proseguí:

—Desgraciadamente la mistificación que habéis considerado necesaria me ha puesto en un embarazo.

Quisiera, en lo que esté en mi poder, ayudar a la princesa Chotokalouguine a procurarse el arma que desea…

—¡Pero si está en vuestra posesión! —aseguró Lipotine con una hipócrita serenidad.

—¡Lipotine, hoy hablaros es imposible!

—¿Por qué, imposible?

—¡Es para volverse loco! Mentís a una dama, le dais la falaciosa esperanza de hallar en mi posesión un arma…

—Que yo os he procurado.

—¡Que hombre! Me habéis dicho hace un instante…

—Que era en el curso de una encarnación precedente. ¡Eso puede ser! —Lipotine puso cara de volver a sus reflexiones y gruñó:

—Puede suceder que se inviertan los siglos.

Vi que no había nada que hacer esta tarde para hablar seriamente con el anticuario. Estaba, sin decirlo, un poco irritado. Pero necesitaba sus consejos y le dije, en un tono de broma un poco seco:

—¡Lástima que no pueda enviar a la princesa a la encarnación precedente del precioso objeto que ella busca con tanto ardor!

—¿Por qué no? —interrogó Lipotine.

—Porque la princesa no aprobaría ciertamente vuestra escapatoria tan cómoda como filosófica.

—¡No digáis eso! (Lipotine soltó una risa). La princesa es rusa.

—¿Y qué?

—Rusia es joven. Muy joven aún, para lo que piensan algunos de vuestros compatriotas. Más joven que todos nosotros. Pero Rusia también es vieja. Muy vieja. Nadie se sorprende de ello. Nosotros podemos llorar como recién nacidos y computar los siglos como los tres viejos de la barba de plata en su isla en medio del mar.

Conocía este orgullo eslavo. No pude reprimir un acento burlón:

—Ya sé, los Rusos son el pueblo de Dios en la tierra.

Y Lipotine riéndose burlonamente:

—Quizá. En efecto, están a la entera disposición del diablo. Por lo demás, todo ello no hace más que un mundo.

Mi necesidad de dejar en ridículo esta filosofía forjada a base de té y de cigarrillos, que es la enfermedad nacional rusa, se duplicó. Respondí:

—¡Sabiduría digna de un anticuario! Las cosas del pasado, no importa de qué época sean, cuando caen en nuestras manos hoy vivas, nos enseñan la nada del espacio y del tiempo, que sólo estamos sujetos…

Tenía la intención de contarle precipitadamente un cúmulo de banalidades semejantes, encadenadas sin ningún orden unas detrás de otras para cortarle sus alas de filósofo, pero me interrumpió sonriendo y con un leve movimiento hacia adelante de su cabeza de pájaro:

—Puede ser, me dijo, que las antigüedades me hayan instruido. Por otra parte, la más venerable antigüedad que yo conozco, soy yo mismo. En realidad me llamo: Mascee.

No hay palabras para describir el espanto en el que me sumergió esta declaración. Por un instante me pareció que mi cabeza se transformaba en una masa nebulosa y flotante. Una agitación casi imposible de dominar me poseía y sólo conseguí imponer a mi fisonomía una banal expresión de sorpresa y curiosidad mientras le preguntaba:

—¿De dónde conocéis este nombre, Lipotine? ¡No podéis imaginaros hasta qué punto me interesa! En verdad este nombre no me es totalmente desconocido.

—¿De verdad? —dijo lacónicamente Lipotine. Su rostro se mantuvo impenetrable.

—Si. Este nombre y quien lo lleva, debo confesarlo, me preocupan mucho desde hace un cierto tiempo…

—¿Desde vuestra más tierna infancia? —se burló.

—¡Sí, seguro! —me apresuré a responder. Desde que tengo estos… estos…

Di involuntariamente dos pasos hacia mi escritorio en el cual se hallaban escampados en desorden los materiales de mi trabajo; Lipotine vio todo ello y no tuvo dificultad en sacar sus conclusiones. Me interrumpió con una evidente expresión de satisfacción:

—¿Queréis decir desde que tenéis en vuestra posesión estos documentos y notas sobre la vida de un cierto John Dee, Mago negro e Iluminado del tiempo de la reina Elizabeth? Es cierto, Mascee también ha conocido a ese personaje.

Sentí cómo la impaciencia me dominaba.

—¡Oídme ahora, Lipotine! —dije—, ya os habéis burlado bastante de mí por esta tarde. Os transijo los otros jeroglíficos, pongámoslos en la cuenta de vuestro buen humor, pero ¿cómo habéis llegado, cómo habéis descubierto este nombre: Mascee?

—Pero, si yo creía habéroslo ya confiado… dijo impasible e indolentemente Lipotine.

—Sí, un ruso. El «maestro del zar», así le llaman en ocasiones los documentos.

—¿Pero vos? ¿Qué tenéis que ver con él? —Lipotine se levantó, encendió un nuevo cigarrillo:

—¡Chanza, querido! Se conoce al maestro del zar en… nuestro círculo. ¿Qué habría de imposible en que una familia de anticuarios como la mía descienda de ese Mascee? Pero naturalmente no es más que una suposición, mi muy noble amigo, ¡una simple suposición!

Y tomó su abrigo y sombrero.

—He aquí algo en verdad divertido, exclamé. El «maestro del zar». ¿Conocéis por la historia de vuestropaís esta singular figura? Surge también de viejos textos y documentos ingleses, y por así decirlo, se introduce en mi vida…

Las palabras me venían a la boca sin hacerlo expresamente.

Pero Lipotine me tendió la mano derecha mientras con la izquierda asía el picaporte de la puerta:

—Por así decirlo en vuestra vida, mi muy noble protector. Ciertamente, sois, en la espera, simplemente inmortal. Pero él… (Lipotine dudó, guiñó el ojo y me apretó otra vez la mano.) Él, digamos para más simplicidad «yo», sabedlo, yo soy eterno. Toda criatura es inmortal, sólo que no lo sabe o lo olvida y cuando viene al mundo o lo deja es porque no puede sostener que posee la vida eterna. Quizá otra vez volveremos a hablar de ello. Espero que durante mucho tiempo todavía nos mantendremos codo a codo. Así que, ¡hasta pronto!

Y bajó la escalera.

Yo quedé ahí turbado y aturdido. Meneando la cabeza me esforzaba en reflexionar. ¿Estaba Lipotine ebrio? Un cierto destello en su mirada me había hecho suponer varias veces que había bebido. Pero propiamente ebrio nunca lo había visto. Tenía el espíritu un poco trastornado, pero lo tiene desde que lo conozco. ¡Con un destino de destierro y setenta años, hay con qué perturbar las energías del alma! ¡Como mínimo es singular que también sepa algo sobre el «maestro del zar», y que le esté, a fin de cuentas, emparentado, si tenemos en cuenta sus palabras! ¡Me gustaría que me dijera qué sabe realmente de este hombre! Pero, ¡maldición! En el asunto de la princesa no he dado ni un paso.

Esperemos un día más favorable y disposiciones más sensatas. Lipotine habrá de facilitarme esclarecimientos y una mejor respuesta. ¡No me dejaré tratar más como a un burro! ¡Y ahora al trabajo!

* * *

Fiel a mi resolución, meto la mano sin mirar en lo hondo del cajón que contiene el envío de John Roger, y saco un cuaderno encuadernado en cartón. Presumo, al abrirlo, que, según todas las apariencias, debe formar parte de una serie de cuadernos semejantes, pues el relato empieza directamente sin título. De tiempo en tiempo, se señala una fecha. La escritura, aunque muy cambiada con relación a la del Diario, es incontestablemente la de John Dee.

Empiezo la transcripción:

Memorias de John Dee, esq, escritas durante el período de su madurez. En el año de gracia 1578

Hoy, día de la fiesta de la Resurrección de Nuestro Señor, yo John Dee, he abandonado de buena mañana mi cama y me he deslizado sin ruido fuera de mi habitación para no turbar el sueño de mi mujer Jane —mi mujer actual, mi segunda mujer— y de Arthur, mi muy querido hijo.

Algo me ha empujado a escaparme de nuestra alquería, en la dulzura plateada de esta primavera que se despertaba, pero no sabría dar la razón de este algo, sino que estaba ligada al trágico recuerdo de esta misma mañana de Pascua, tal como había empezado para mí hace veintiocho años.

Tengo numerosos motivos para agradecer aquí, sinceramente y desde el fondo del corazón, la suerte impenetrable, o para decirlo mejor, al Dios misericordioso, cuya Providencia me permite hoy, a mis casi cincuenta y siete años, saborear, en posesión de todas mis facultades físicas y espirituales, la dulzura de la vida, y contemplar cómo en el horizonte se levanta el sol en su majestad.

La mayor parte de los que antes querían mi vida han muerto, y sir Bonner, el Obispo Sangriento, tan sólo es un objeto de repulsión para el pueblo cuando se evocan las historias del pasado, o un coco con el que las nodrizas amenazan a los niños malos.

¿Pero qué me ha sucedido? ¿Qué ha sido de la profecía y de los ardorosos deseos concebidos por mi espíritu en los días de mi fogosa juventud…? Apenas si puedo imaginar el paso de los años con su contenido de proyectos, de ilusiones y de fuerzas prodigadas.

Removiendo semejantes pensamientos, que por otra parte se imponían en mí desde hacía tiempo, andaba por el borde del pequeño curso de agua que dio un día su nombre a nuestro tronco: el rio Dee; o más modestamente el arroyo Dee, que mucho me recuerda, con su cómico fluir de prisa, el curso acelerado de todos nuestros asuntos humanos. Llegué, con estos pensamientos, al lugar donde el arroyo encierra con su multiplicado serpenteo la colina de Mortlake; luego sus aguas se expanden en la oquedad de una antigua cantera de arcilla, hasta formar una especie de estanque cubierto de cañas que se desposaba con la pendiente del ribazo. A primera vista parece que el Dee acabe ahí su curso y se complazca en ese charco donde se pierde.

Me paré, en contemplación, ante las cañas dulcemente agitadas que cubrían ese paraíso de los sapos. No sé cuánto tiempo duró mi ensoñación. Reflexiones que no tenían nada de agradables se impusieron en mí y tomaron la forma de una pregunta lacerante que sentía detrás de mi frente: ¿no era ese el destino de John Dee, mi destino, el que reflejaba el rio Dee, como para poner el símbolo ante mis ojos? Una rápida carrera, y prematuramente, una ciénaga, una agua estancada, culebras de agua, sapos, ranas, juncos, y arriba, en la tibieza de la luz del sol, las vueltas y revueltas de una libélula de alas tornasoladasy suntuosas como una pedrería:

atrapad al vuelo esta ilusoria maravilla, tendréis en la mano un vil gusano de alas vidriosas.

Mientras así soñaba, mi mirada se cruzó con una gran larva gris oscura, que con el creciente calor de la primaveral mañana, estaba justamente a punto de despuntar en una joven y todavía húmeda libélula. Bien pronto, el insecto, tiritando, se despegó de su lecho de cañas amarillentas, en el cual quedó abandonada la crisálida, espectral, casi lacerada por ese combate que se asemejaba a la angustia de la muerte y la del nacimiento. Los cálidos rayos del sol secaron bien pronto sus frágiles alas. Después de varios intentos tomó impulso, se expandió con gracia, mediante un continuado y fantástico frotamiento de sus patas traseras, se  puso a vibrar con ardor, y con un último esfuerzo el pequeño y zumbador elfo alzó el vuelo, resplandeciente, y se perdió un instante después, con un vuelo tembloroso entre las felices profundidades de la atmósfera.

Pero la larva muerta permaneció rígida en las cañas marchitas que flotaban en el cieno del estanque.

«Este es el secreto de la vida, pronuncié en voz alta. Así el principio inmortal ha cambiado una vez más de piel, así la triunfante voluntad se ha arrancado, una vez más, de su prisión para seguir su vocación.»

Y me vi de pronto llevado hacia atrás en medio de una larga serie de imágenes que llenaban mi pasado; me vi en la Torre, agachado cerca de Bartlett Green; leyendo viejos papeles y cazando liebres en la montañosa guarida de Robert Dudley en Escocia; en Greenwich confeccionando un horóscopo para la joven Elizabeth, la feroz, la irreductible; en Ofen, en Hungría, componiendo sentencias y elogios para el emperador Maximiliano; urdiendo, durante meses, secretos a voces con Nicolás Grudius, secretario oculto del emperador Carlos y con adeptos rosacruces más ocultos aún. Me vi en carne y hueso, enredado en miles y miles de burlescas aventuras, miles y miles de devoradoras angustias que me reducían al desespero y me cegaban el espíritu: enfermo en Nancy, cuando era huésped del duque de Lorraine; en Richmond, ardiendo de deseos amorosos, en un delirio de proyectos y de esperanzas para esta criatura ardiente y fría a la vez, pronta a decidirse como el relámpago o a eternizarse en supuestas dudas, por ella… por ella…

Y me vi en la cabecera de la cama de mi primera mujer, de mi enemiga, la funesta Ellionor, mientras ella se debatía contra la muerte; vi cómo la abandonaba a su agonía para correr en el parque de Mortlake, hacia ella, hacia ella, hacia Elizabeth.

¡Larva! ¡Disfraz! ¡Fantasma!. Yo soy todo eso; no soy nada de todo eso; soy el gusano grisáceo que se corrompe en la tierra entre sus rabiosas garras, tanto aquí como allá, para dar nacimiento al Otro, al Arcángel, al verdadero John Dee, el conquistador de Groenlandia, el hacedor de mundos, el joven príncipe real! ¡Una y otra vez ese gusano retorciéndose, y nunca la prometida! ¡Oh juventud! ¡Oh fuego! ¡Oh mi reina!

Este paseo matinal, era el paseo crepuscular de un viejo hombre de cincuenta y siete años que a los veintisiete había creído poder apoderarse de la corona de Inglaterra y subir al trono del Nuevo Mundo.

¿Y qué ha sucedido a lo largo de estos treinta largos años, desde que ocupé en París la silla más apreciada, teniendo por discípulos a sabios y por asiduos oyentes a un rey de Francia y a un duque? ¿En qué trampa el águila se ha cogido las alas, cuando tendía hacia el sol? ¿En qué redes se ha enredado, de manera que comparte su suerte con los mirlos y las codornices, la suerte de las aves de corral? ¡Debe agradecer todavía al cielo el no haber acompañado a los zorzales fritos en la sartén!

En la serenidad de esta mañana de Pascua, he visto pasar toda mi vida ante mí: pero no de la manera que ordinariamente se habla de los recuerdos del pasado; no, me he visto en carne y hueso «detrás de mí» habitando el envoltorio larvario de cada periodo, y he sufrido la tortura de volver a entrar en cada una de esas formas corporales abandonadas desde el principio de mi vida consciente hasta hoy. Esta vuelta a través del infierno de mi inanidad no ha sido sin embargo inútil, ya que de repente he sentido la estupefacción de ver claro, como si un sol cegador iluminase el sendero de mis vagabundeos. Y he juzgado saludable sacar provecho de la lección de hoy y contar lo que he visto. He aquí, pues, la recapitulación de lo que me ha sucedido durante los últimos veintiocho años.

Retrospectiva.

Roderick el Grande, de Gales, es mi bisabuelo y Hoël Dhat el Bueno, elogiado desde siglos en las canciones populares, es la gloria de nuestra raza. Así mi sangre es más antigua que la de las «dos Rosas» de Inglaterra, y tan real como la de todos los príncipes que han podido solicitar el trono.

Que los dominios del conde de Dee, al tiempo que su título, hayan sido dispersos, troceados y perdidos no quita nada a la gloria de nuestra sangre. Mi padre, Rowland Dee, barón de Gladhill, hombre de costumbres liberales y de carácter feroz, sólo había sabido conservar de la herencia ancestral la fortaleza de Deestone y una hacienda de pasable extensión, la renta de la cual bastaba apenas para satisfacer sus brutales pasiones, al tiempo que su singular ambición: educarme, a mí, su único hijo y el último de la vieja raza, para dotar a nuestra casa de una nueva sangre y de una nueva gloria.

Quería reparar conmigo las faltas de su padre y de sus ancestros. También, en lo que se trataba de mi futuro, hizo todo lo que estaba en su mano; sólo me conocía someramente, éramos tan dispares de temperamento y carácter como el agua y el fuego, le debo la expansión de mis tendencias y la realización de mis deseos, que le eran bien extraños. Este hombre que execraba los libros y que no tenía suficientes sarcasmos para todo tipo de ciencia, favoreció tanto como pudo mis dones intelectuales; un repentino orgullo le llevó a concederme la educación más escogida que pudiera darse en Inglaterra a un hombre rico y de alto rango. En Londres y en Chelmesford me puso entre las manos de los más eminentes maestros de la época.

Completé mi instrucción en St-John's College, en el círculo de los espíritus más distinguidos y versados en las artes. Y cuando, a la edad de veintitrés años y no sin honor, hube obtenido el título de bachiller de Cambridge, que no se puede comprar ni obtener fraudulentamente, mi padre dio una fiesta en Deestone, y no temió tener que hipotecar un tercio de sus bienes para poder pagar las deudas verdaderamente reales que había contraído para la ocasión. Poco después murió.

Mi madre, una mujer tranquila, fina, melancólica, había muerto ya hacía mucho; me vi de pronto, con veinticuatro años, heredero único e independiente de unos dominios todavía imponentes y de un título de brillo secular.

Si más arriba he subrayado tan netamente el contraste de nuestras dos natrualezas, es sólo para hacer resaltar el milagro sucedido en el alma de un hombre al que sólo le gustaban las armas, el juego, la caza, el vino y que pudo conceder suficiente valor a las siete artes liberales, aunque las despreciara, para esperar —y esperar de mi inclinación por ellas— un incremento de la gloria de nuestra casa, suficientemente probada por la desgracia de los tiempos. Pero no quiero decir que no haya heredado una buena parte de la salvaje, indomable y desenfrenada naturaleza de mi padre. Las pendencias y la bebida, y muchos rasgos menos confesables de mi carácter, ya me habían puesto, apenas pasada la adolescencia, en situaciones a veces muy  escabrosas, hasta hacerme correr graves peligros. Entre esas aventuras a las que me lanzaba con la exhuberancia de la juventud más que con la audacia, mi relación con los Ravensheads no fue quizá la más penosa, pero dio a mi vida una orientación fatal.

Sin preocuparme por el mañana, mi deliberada preferencia por la vida aventurera me incitó, desde la muerte de mi padre, a confiar la casa y las tierras a mi regidor, para viajar como un señor, sobrepasando con mucho mis modestas rentas. La gran vida, las universidades —y también, para decir verdad, la gran fama de conocimientos oficiales y ocultos que entonces se les asociaba— me llevaron a Lovaina y a Utrecht, a Leyden y a París.

El gran matemático Cornelius Gemma. Frisius, el digno continuador de Euclides en el país del Norte. El muy famoso Gerhardus Mercator, el primero entre los geógrafos y los astrónomos de mi tiempo, fueron ahí mis maestros. Volví a mi casa con la reputación de un físico y de un astrónomo al lado del cual nadie en Inglaterra podía compararse. ¡Y tenía veinticuatro años! No me sentía poco orgulloso, y mi orgullo, tanto el natural como el hereditario, encontraban en esta constatación el alimento que deseaban.

El rey no quiso fijarse en mi juventud ni en mis extravagancias y me nombró profesor de griego en el colegio de la Santa Trinidad en Cambridge, al que tenía una afición y protección particular: ¿qué distinción habría halagado más mi vanidad que la de enseñar en la misma cátedra que anteriormente había penado como escolar?

Maestro, entre jóvenes de mi edad cuando no mayores, mi collegium graeciae* habría sido mejor llamarlo collegium Bacchi et Veneris**. Y ciertamente me pongo a sonreír cuando evoco hoy esa representación de la Paz de Aristófanes el Viejo, el dios de la comedia; fue representada por mis alumnos y compañeros y puesta en escena milagrosamente por mí mismo. Construí, siguiendo las indicaciones del poeta, un gigantesco coleóptero de un aspecto terrible, en el interior del cual había disimulado un mecanismo tan ingenioso que el animal se elevó directamente a los aires por encima de la cabeza de los espectadores que gritaban presos de un espanto supersticioso, y huyó zumbando hacia el cielo, acompañado de una algazara maloliente, a llevar su mensaje ante el trono de Júpiter.

*. En latín en el texto: colegio griego. (N. del T.)

**. En latín en el texto: colegio de Baco y de Venus. (N. del T.)

Valía la pena ver cómo los buenos profesores y magistri*, junto con los honorables ciudadanos y noblezas, levantaron la cabeza, y luego, de golpe, se precipitaron bajo sus asientos presas de terror, aflicción y horror ante el tenebroso prodigio del impertinente, joven y mil veces demasiado hábil mago John Dee.

*. En latín en el texto: maestros. (N. del T.)

El tumulto, las risas, los clamores y los gritos de esa jornada habrían podido instruirme, si hubiese estado más atento sobre lo que es este mundo en el que he nacido y en el que estoy condenado a vivir. Ya que este mundo, así como el pueblo que le da su ley, responde a una digresión de petulancia, a una farsa inofensiva, por el odio feroz y la seriedad mortal de su venganza.

Esa misma noche asaltaron mi casa para apoderarse del agente del diablo que yo era, y arrastrarme ante su imbécil y demente tribunal. El decano y el superior de la facultad entonaron, semejantes a negros buitres, los anatemas que repetía la multitud para denunciar este «ultraje ante la faz de Dios» con un mechanicus* animado.

Y sin mi amigo Dudley-Leicester, sin la dignidad y la inteligencia del rector del colegio, quién sabe si desde esa noche esa turba sabia y profana, en algunas horas, no me habría hecho pasar de la vida a la muerte para saciar, con la última gota de mi sangre, sus apetitos malsanos.

*. En latín en el texto: mecánico. (N. del T.)

Pero huí en un rápido caballo y pude ganar mi castillo de Deestone; de ahí, crucé el mar y me fui a Lovaina, célebre por su universidad. Dejé detrás de mí un honorable cargo, un salario nada despreciable, un nombre arrastrado y vuelto a arrastrar en el barro de las suposiciones por los cuidados de esas almas justas y piadosas.

En esa época poco me inquietaban el silbido de las calumnias, inoperantes, según me parecía, ya que amenazaban aquí y allá a gente de un rango muy inferior al mío. Todavía no había adquirido la completa experiencia del mundo, que se resume en esto: ¡no hay ningún personaje por alto que sea ni ningún calumniador por pequeño y despreciable que sea su nacimiento, que no puedan ser asociados en un momento dado por la hostilidad de alguien más grande, para preparar con la más mala baba de todas las criaturas un veneno para la sangre noble!

¡Oh vosotros, los hombres de mi casta, al precio de qué amarguras he aprendido desde entonces a conoceros!

En Lovaina tuve el placer de estudiar la química y la alquimia y de sondear la naturaleza de las cosas, en la medida en que se puede aprender de un maestro. Después, siempre en Lovaina, construí con grandes gastos mi propio laboratorio y anduve solo, pacientemente, siguiendo las huellas de los misterios naturales y divinos.

Esto me valió adquirir conocimientos y luces sobre los elementa naturae*.

*. En latín en el texto: elementos de la naturaleza. (N. del T.)

En este momento se me llamó magister liberarum artium*. Y como los simples y venenosos rumores que corrían en mi país no podían prenderme ni incluso seguirme hasta aquí, bien pronto me gané un inmenso prestigio entre los eruditos y los no eruditos; cuando en otoño, tomé posesión de la cátedra de astronomía en Lovaina, contaba entre mis alumnos a los duques de Mantua y de Medinaceli, que venían a caballo para seguir mis cursos, un día por semana, desde Bruselas donde el emperador Carlos V tenía su campamento. Diversas veces su misma Majestad me honró con su presencia y no permitió que las costumbres, el ceremonial del collegii** fuese modificado lo más mínimo por su causa. Sir William Pickering, honorable letrado gentilhombre de mi país, Mathias Haco y Johanes Capito, danés, fueron igualmente asiduos oyentes de mis conferencias. Fue entonces cuando aconsejé al emperador Carlos que abandonase sin demora los Países Bajos, ya que sabía por ciertos infalibles indicios, resultado de un minucioso estudio, que una epidemia se preparaba para ese invierno, que sería húmedo, y yo me sentía obligado a mostrarle lealmente esa amenaza. El emperador, muy sorprendido, se puso a reír y no quiso dar crédito a la predicción; más de uno de los señores de su séquito aprovecharon esta buena ocasión para intentar, mediante sus bromas y burlas, hacerme perder el visible favor de Su Majestad: desde ya hacía tiempo los celos y el furor los roían. Pero el duque de Medina Coeli, con muchas recomendaciones, le aconsejó que no tuviera por banalidad esta advertencia. En efecto, yo había explicado al duque, cuyas buenas disposiciones conocía, sobre qué innegables pruebas fundaba mis previsiones.

*. En latín en el texto: maestro de las Artes liberales. (N. del T.)

**. En latín en el texto: colegio. (N. del T.)

Desde el inicio del año los síntomas de la epidemia se multiplicaron, de manera que Carlos V levantó su campamento de Bruselas y abandonó rápidamente el país, no sin invitarme a seguirlo; otros urgentes proyectos me obligaron a declinar este honor, pero me compensó ofreciéndome una suma principesca y una cadena de oro que, además de su valor como metal, demostraba su más que halagadora intención. Poco después, la «muerte de la tos» se declaró en Holanda y se desencadenó con una tal violencia que en dos meses se contabilizaron treinta mil muertos en la ciudad y sus alrededores.

Yo me puse al abrigo del flagelo transportando mi morada a París. Allí tuve por alumnos en geometría euclidiana y en astronomía a Turnebus y Petrus Remus, el filósofo, Rançon y Fernet, dos grandes médicos, el matemático Petrus Nonus. Bien pronto vino también a escucharme el rey Enrique II que me hizo el honor, como el emperador Carlos V, de sentarse a mis pies. Por mediación del duque de Montluc, se me propuso la plaza de rector de una academia que sería creada especialmente para mí, o una cátedra de profesor en la universidad de París, con las mejores promesas para el futuro. Pero todo ello para mí sólo era un juego, y por orgullo lo rechacé riéndome. Mi negra estrella me devolvió a Inglaterra. En Lovaina, en efecto, un fantasmagórico brujo escocés —quizá era el inquietante pastor de Bartlett Green— que Nicolás Grudius, camarero secreto del emperador Carlos, había sacado de no sé donde, me había anunciado formalmente que estaba destinado a subir en Inglaterra a la cima de los honores y del éxito. Estas palabras se hundieron en mi alma como si tuvieran un sentido mágico, reservado solamente para mí, aunque no me apareció claramente.

Desde entonces resuenan en mi oído y estimulan mi loca ambición. Volví pues a mi país y me dejé arrastrar en la terrible y sangrienta confrontación entre los partidarios del Papa y los de Lutero, eran los tiempos de la Reforma, y que, empezando por la familia real hasta acabar por el pueblo más bajo, levantaba unos contra otros, hermanos y parientes. Yo abracé la causa de los reformados y me imaginaba conquistar con gran lucha el amor y la mano de Elizabeth, que le era favorable. He contado fielmente en otro diario íntimo cómo todo fracasó, y no es mi intención volver sobre ello.

* * *

Robert Dudley, conde de Leicester, el mejor amigo que he tenido en mi vida, volvió, después de mi liberación —debería decir mejor: después de mi evasión de la torre donde el obispo Bonner me tenía entre sus garras— más cortos los días de retiro que pasé en su castillo escocés de Sidlaw Hills, contándome, diversas veces, las deliberaciones y las peripecias de la misma. Y mis ávidos oídos nunca estaban satisfechos de oír describir la infantil temeridad, y la decisión que la princesa Elizabeth había manifestado en esa circunstancia. Pero yo sabía más, mucho más de lo que Dudley podía suponer. Sabía, sabía, con una desenfrenada alegría que me subía hasta hacerme un nudo en la garganta, que la princesa Elizabeth había  hecho por mí tanto o más de lo que habría hecho por ella misma, ¡ya que había bebido el filtro de amor preparado a partir de mi sustancia por Mascee y la bruja de Uxbridge!

Este pensamiento, junto a la certidumbre de que el filtro actuaba, de lo que la increíble audacia desplegada por la princesa en este asunto me parecía una prueba evidente, me exaltó en el más alto grado. Gracias al poder mágico, era el maestro: por la virtud de ese brebaje me había deslizado en el alma y en la voluntad de Lady Elizabeth, ya nada nunca me desalojaría de ahí, y en verdad, nada me ha desalojado hasta hoy, a pesar de los incomprensibles contratiempos de mi destino.

«¡Yo impongo!» Esta había sido la divisa de mi padre durante su vida, después que la hubiera recibido de su padre, como éste la había recibido del suyo; me parece que era tan vieja como la raza de los Dee. Y «Yo impongo» fue también el principio de mis aspiraciones y de mi voluntad desde mi juventud, el estímulo de todas mis empresas, de todos mis éxitos, tanto en mi vida de hombre de armas como en mi vida de sabio.

«¡Yo impongo!» esto ha hecho de mí en mi juventud un maestro y un consejero de emperadores y de reyes, y me atrevo a decir, uno de los hombres más célebres por sus dones naturales y su cultura, de mi tiempo y de mi país. «¡Yo impongo!» esto me ha librado de las garras de la Inquisición, y «¡Yo impongo?»

…¡Pobre loco! ¿Qué he «impuesto» durante estos treinta años? ¿En los diez años de mi mayor poder como hombre? ¿Dónde está la corona de Engelland? ¿Qué ha sido del trono de Groenlandia y de esos Estados del Oeste que hoy llevan el nombre de un marinero de agua dulce, Américo Vespucci?

Pasaré por encima de los cinco tristes años que un veleidoso e insensato destino todavía reservaba a la tísica María de Inglaterra para poder arrojar a la Gran Bretaña en una nueva y vana confusión y conceder a los papistas una nefasta ocasión para restablecer su herética y sectaria hegemonía.

Para mí estos años representaron un sabio favor de la Providencia que puso un freno a mis pasiones, pues empleé este periodo de forzada inactividad estudiando y preparando con el mayor cuidado mis planes de Conquista de Groenlandia. Sabía, con un calmado sentimiento de triunfo, que mi hora, que nuestra hora, llegaría; la hora de la gloriosa reina y la mía; yo, su esposo designado por la profecía y por el destino.

Cuando vuelvo a pensar en esta profecía, me parece que desde que nací estaba mezclada en mi sangre, quiero decir que desde entonces hasta hoy nada ha cambiado: ya la íntima certeza de mi real destino impregnaba mi infancia; y quizá esta certeza, exagerada por mi sangre, sea la causa de que nunca se me haya ocurrido examinar de más cerca los fundamentos.

Todavía hoy, infinitas desilusiones, fracasos sin paliativos no han hecho perturbar lo más mínimo esta convicción, esta fe anclada en lo más profundo de mi alma, sea cual sea el testimonio que los hechos me muestren.

¿Pero los hechos dan testimonio contra mí?

Hoy vuelvo a sentir la necesidad de hacer como los comerciantes un recuento de mis bienes, escribiendo con justicia las reivindicaciones de mi alma y de mi voluntad, y los resultados de mi vida en las hojas del Debe y del Haber del libro de mi destino. Ya que he sentido la terminante orden de una voz interior que me invitaba a establecer este balance sin demora.

Soy incapaz de precisar, ya sea mediante documentos, ya sea mediante recuerdos, lo que justificaba la creencia, enraizada desde mi más tierna infancia como algo que caía por su propio peso, en mi predestinación a un trono. ¡Y no podía ser otro que el trono de Inglaterra! me repetía incansablemente, y algo en mí me impedía dudarlo. Como hacen los gentilhombres venidos a menos que representan para su casa un fin sin gloria, mi padre Rowland, a menudo me había vanagloriado, con pomposos términos, el rango y el prestigio de nuestra familia, insistiendo en nuestro parentesco con los Green y los Boleyn; especialmente cuando un ujier real se aprestaba a tomar un jornal de tierra o un trozo de bosque. El recuerdo de esos humillantes incidentes quizá ha contribuido a exaltar, por contraste, mis sueños de futuro.

Sin embargo, el primer testimonio, la primera predicción de mis proezas futuras se remonta, si puedo decirlo, a la famosa noche después de la fiesta de mi nominación en el grado de Maestro, en la que borracho me contemplé en el cristal de mi espejo. Las palabras de entonces, las palabras que fueron pronunciadas por mi imagen espectral, resuenan todavía hoy en mis oídos: ni la imagen, ni las palabras parecían venir de mí, pues mi aspecto reflejado difería de mi aspecto tangible, y los propósitos que oía no emanaban de mí, sino de mi doble y vibraban en el espejo. No he podido dejarme engañar ni por los sentidos ni por la memoria, ya que mientras el espejo me hablaba, desembriagado de golpe, me hallaba totalmente lúcido, de pies a cabeza.

Luego vino la extraña profecía de la bruja de Uxbridge a Lady Elizabeth. Más tarde la princesa me hizo llegar una copia secreta, mediante nuestro común amigo Robert Dudley, en la cual había añadido tres palabras que llevo, hoy como entonces, en mi corazón: verificetur in acternis*. Después el singular Bartlett Green, gran iniciado, actualmente tengo la plena convicción de ello, en terribles místenos que en la Alta Escocia tienen algunos adeptos o discípulos, me reveló en la torre, mediante promesas y alusiones aún más claras, un destino del que él era valedor y del que los signos eran patentes. Me había saludado como el «joven príncipe real», expresión que por otra parte me he inclinado a veces a interpretar alquímicamente. Además, a menudo me ha venido la idea  de que debía comprender la «corona» que me es destinada, en un sentido que no tiene nada de  terrestre…

*. En latín en el lexto: a verificar en la eternidad. (K. del T.)

Ese inculto carnicero me abrió los ojos a la importancia de la nórdica Thule, de Groenlandia, que se extendía como un puente abierto a los territorios y a los inmensos tesoros de las Indias, las cuales sólo habían sido descubiertas y puestas bajo el cetro español por el aventurero Colón y Pizarro en su menor y menos interesante parte. Me mostró, quebrada, la corona del mar Occidental, de Inglaterra y de América del Norte, un día ambas partes serán reunidas: entonces el rey y la reina, unidos por el matrimonio reinarán en el trono de las Islas y de las Nuevas Indias.

Una vez más me asedió este pensamiento: ¿realmente hay que tomarlo en un sentido terrestre? Y fue él —no sólo en la Torre, sino después, cuando por dos veces se me apareció en carne y hueso y me habló cara a cara— quien consolidó en mi pecho como si fuera con una nueva grapa de hierro, la divisa de Roderick: «¡Yo impongo!»

Fue él, fue él quien en una de sus visitas me sacudió para obtener de mí el supremo esfuerzo —la última violencia— y que por la terrible persuasión de su elocuencia, luminosa como una razón omnisciente y bienhechora como agua helada en un fuego ardiente, me incitó, me sedujo y me decidió a forzar a hacer a mi reina lo que ante su naturaleza llena de dudas y enigmas parecía tener siempre que diferir.

Una vez más todavía: ¿hay que lomar todo esto en el sentido terrestre?

Hablaré de ello cuando llegue el momento, y continúo interesándome aún en esos años muertos esperando descubrir, al hacerlo, el escondido vicio de mi ardiente esfuerzo.

Después de la muerte de María de Inglaterra, tenía entonces treinta y tres años cumplidos, me pareció que mi tiempo había llegado. Por otra parte, los planes que había elaborado con el mayor cuidado para la expedición militar y la ocupación de Groenlandia, así como para su puesta en práctica en tanto que base y cabeza de puente de una metódica conquista de América del Norte, estaban finalmente listos. No había descuidado el menor detalle que fuera suceptible de adelantar o de atrasar, ya sea bajo el aspecto geográfico y náutico, ya sea bajo el aspecto militar, una empresa concebida a una escala tan vasta. Así pues lo tenía todo a punto para una inminente entrada en acción del poderío inglés, una acción que cambiaría la faz del mundo.

Además, las cosas habían tomado el viento más favorable. Ya en noviembre de 1558, mi joven reina me había hecho pedir a través del fiel Dudley, desde entonces conde de Leicester, el levantamiento del horóscopo  correspondiente al día de su coronación en Westminster. Con razón interpreté el requerimiento como un saludo, un gesto amigable y ardorosamente me puse a pedir a los astros y a la misma voluntad divina que atestiguaran por su gloria creciente, por la mía, consagrada por la profecía, y por nuestra común misión real.

El horóscopo, cuya espléndida constelación anunciaba efectivamente un incomparable período de florecimiento y cosecha para Inglaterra y para la reina Elizabeth, me valió, además de un apreciable regalo monetario, calurosos elogios que mostraban indicios de algo que era más que una política real. Acepté el dinero con repugnancia, pero las diversas promesas de su favor, llenas de misterio, que me hacía llegar por el canal de Leicester, me confirmaban en mi más firme esperanza de ver bien pronto realizarse todos mis sueños.

Sin embargo, ¡nada se realizó!

La reina Elizabeth se puso a jugar conmigo y hasta hoy no ha habido un desenlace pausible a este juego.

Todo ello forzosamente me ha costado serenidad de espíritu, confianza en Dios y en las potencias celestes, tensión de mi voluntad y de toda mi naturaleza, superior e inferior, ninguna descripción podría dar cuenta. He desperdiciado en ello energías capaces de edificar un mundo y luego destruirlo.

En primer lugar, parece que el halagador título de «Reina Virgen» que de repente en todas partes acariciaba el oído de Elizabeth hasta el punto que el buen tono ya no quiso otro para Su Majestad, le plujo en tal grado que la sola expresión le daba vueltas en la cabeza, y resolvió conformarse al ideal que le proponía. Por desgracia su indomable carácter, su independencia y su orgullo natural la llevaron a otra cosa, así las fuertes exigencias de su temperamento carnal bien pronto reclamaron las satisfacciones del sexo, aunque por vías un tanto singulares, de las que la inversión no estaba excluida.

Y una vez —poco antes de nuestra primera discusión violenta— aunque es imposible que hubiera habido desprecio, cuando me invitó a Windsor Castle, donde podríamos reunimos con más libertad, yo decliné la invitación en un arranque de cólera, pues no me resignaba tan sólo a pasar una noche con una doncella en celo; lo que yo quería, era ver levantarse el día de nuestra común y real gloria.

Así pues, es posible que el rumor según el cual mi amigo Dudley, menos exigente, habría aceptado con alegría lo que yo me había negado a mí mismo como lo negué a la bien amada de mi deseo intemporal, no carezca de fundamento. Sólo Dios sabe si me he equivocado.

Lo que hice mucho más tarde, empujado por las formales advertencias de Bartlett Green —el No-Nacido, el Nunca-Muerto. El que Va y Viene— terminó por atraer sobre mi cabeza el rayo de una maldición, que desde ya hacía tiempo rondaba a mi alrededor para aniquilarme, y que tarde o temprano me habría golpeado; quizá me estaba reservada por un insondable decreto. Y si he resistido a ese rayo —aunque haya irremediablemente socavado mi fuerza vital y la paz de mi alma— no quiere ello decir que en otra época o bajo otra conjunción de astros, su violencia no me habría aniquilado.

Hoy, sin embargo, sólo soy el vestigio de mi poderío de antaño; sólo hoy sé ¡contra qué lucho! La conducta cruel y equívoca de Elizabeth hacia mí hizo que —en mi cólera de ver día tras día faltar a su promesa de llamarme a Windsor Castle, no para horas de charlas zalameras o burlonas, sino para deliberaciones serias— abandonara una vez más Inglaterra y fuera a encontrarme con el emperador Maximiliano en Hungría, con la intención de someter a este osado emperador mis planes de conquista y de colonización de América del Norte.

Mientras iba de camino, un curioso remordimiento se apoderó de mí, me pareció que me aprestaba a traicionar mi más íntimo secreto, el que me ataba a mi reina, algo me advirtió y me hizo echarme atrás, como si un cordón umbilical me ligase mágicamente a su naturaleza materna.

Me contenté con exponer al emperador algunas de mis teorías sobre la astrología y la alquimia, a resultas de lo que fui rápidamente ligado a su Corte como matemático y astrólogo imperial. Sólo a esto se limitaron nuestras relaciones.

Al año siguiente (el cuarenta de mi vida) volví a Inglaterra e hice las paces con una Elizabeth más seductora y a la vez más rígida que nunca en su frialdad real. Fui su huésped en Greenwich: días de grave emoción, pues por primera vez prestó una despierta atención a mi exposición y me agradeció muy sinceramente por el fruto de mis trabajos científicos. Me prometió con calor su protección contra la hostilidad de espíritus timoratos y me introdujo en la confidencia de sus propios planes, deseos y preocupaciones más íntimas.


1 comentario

Cezary Novek -

Excelente iniciativa. La obra de Meyrink me marcó profundamente.
Ojalá pueda subir el resto del libro. El Angel de la Ventana de Occidente es una obra particularmente importante dentro de su bibliografía.
Saludos cordiales,

Cezary.