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La obra de Gustav Meyrink

El Rostro Verde (2). Gustav Meyrink. 1916. Capítulo I

CAPÍTULO I

El forastero de vestimenta distinguida, que se había detenido en la acera de la calla Jodenbree, leyó una curiosa inscripción en letras blancas, excéntricamente adornadas, en el negro rótulo de una tienda que estaba al otro lado de la calle:

Salón de artículos misteriosos
de
Chidher el Verde

Por curiosidad, o por dejar de servir de blanco al torpe gentío que se apiñaba a su alrededor y se burlaba de su levita, su reluciente sombrero de copa y sus guantes —todo tan extraño en ese barrio de Amsterdam—, atravesó la calzada repleta de carros de verdura. Lo siguieron un par de golfos con las manos hondamente enterradas en sus anchos y deformados pantalones de lona azul, la espalda encorvada, vagos y callados, arrastrando sus zuecos de madera. La tienda de Chidher daba a un estrecho voladizo acristalado que rodeaba el edificio como un cinturón y se adentraba a derecha e izquierda en dos callejuelas transversales. El edificio, a juzgar por los cristales deslucidos y sin vida, parecía un almacén de mercancías cuya parte posterior daría seguramente a un Gracht (uno de los numerosos canales marítimos de Amsterdam destinados al tráfico comercial).

La construcción, en forma de dado, recordaba una sombría torre rectangular que hubiera ido hundiéndose paulatinamente en la blanda tierra turbosa, hasta el borde de su pétrea golilla —el voladizo acristalado—. En el centro del escaparate, sobre un zócalo revestido de tela roja, reposaba una calavera de papel maché amarillo oscuro. Su aspecto era muy poco natural, debido a la excesiva longitud de la mandíbula superior, a la tinta negra de las cuencas de los ojos y a las sombras de las sienes; entre los dientes sostenía un As de picas. Encima había una inscripción que decía: "Het Delpsche Orakel, of de stem uit het Geesteryk" (El oráculo de Delfos, la voz del reino de los fantasmas).

Del techo pendían grandes anillos de lata engarzados como eslabones de cadena, de los que colgaban guirnaldas de chillonas postales, postales en las que podían verse rostros de suegras salpicados de verrugas y con candados en los labios, o esposas malvadas amenazando con la escoba. Había otras estampas de colores más transparentes, exuberantes señoritas en camisa, sujetándose púdicamente la pechera, y más abajo la leyenda: "Tegen het Licht te bekijken. Voor Gourmands" (Para mirar a contraluz, para gourmets).

Reparó en unas esposas para delincuentes denominadas "el famoso ocho de Hamburgo". Había libros egipcios de sueños expuestos en filas, chinches artificiales y falsas cucarachas (para echárselas al vecino de taberna en la jarra de cerveza), unas alas de goma para la nariz, frascos como retortas llenos de un zumo rojizo que se anunciaban como un "exquisito termómetro de amor", cubiletes con monedas de lata. "El terror del cupé" era una dentadura que podía fijarse debajo del bigote (un medio infalible para que los señores viajantes establecieran contactos duraderos en sus largos periplos por ferrocarril). Y por encima de todo este lujo se estiraba desde el fondo negro mate una mano femenina de cera, con un puño de encajes de papel en la muñeca, impartiendo la bendición.
Fue menos por el deseo de comprar que por escapar del olor a pescado que emanaba de sus dos jóvenes acompañantes por lo que el forastero penetró en la tienda.

En un sillón arrinconado, un caballero de tez morena, barba violeta y la coronilla brillante de grasa —el prototipo de una cara balcánica—, estudiaba el periódico, el pie izquierdo calzado con zapato de charol adornado de arabescos y echado sobre el muslo. Escrutó al recién llegado con una mirada rápida y tajante. Alguien bajó con estrépito una especie de ventanilla de tren, de un tabique alto como un hombre, que separaba la estancia para los clientes del interior del local. Tras la abertura apareció el busto de una señorita escotada, de seductores ojos azul celeste y rubia melena.

—Comprar, lo que sea, cualquier cosa.

Por el acento de su holandés entrecortado, la señorita advirtió al instante que tenia delante a un compatriota, un austríaco, y, en lengua alemana, empezó su explicación acerca de un juego de prestidigitación a realizar con tres corchos de botella que había cogido rápidamente. Ponía en juego todo el encanto de una feminidad bien entrenada en todos sus matices, empezando por clavar los senos a su interlocutor masculino, y continuando con la emanación discreta, casi telepática, del perfume de su piel, cuya eficacia sabía aumentar aireando las axilas de vez en cuando.

—Aquí ve tres tapones, ¿verdad, señor?. Pongo el primero en mi mano derecha, ahora el segundo, y cierro la mano. Bien. El tercero, lo meto —sonrió, sonrojándose— en mi bolsillo. Y entonces, ¿cuantos tengo en la mano?.

—Dos.

—No, tres.

Era verdad.

—Este juego de manos se llama El Corcho Volante y sólo cuesta dos florines, señor.

—Bueno, enséñeme el truco, por favor.

—¿Puede pagarme primero, señor?. Es la costumbre de esta casa.
El forastero le dio los dos florines y pudo ver la repetición del experimento, que se basaba en la pura habilidad manual. Percibió nuevamente los efluvios de la piel femenina, y se guardó en el bolsillo los tapones de corcho, lleno de admiración por la perspicacia comercial de la empresa de Chidher el Verde y completamente convencido de que nunca sería capaz de imitar el mágico juego.

—Aquí tiene tres anillos de hierro para cortinas, señor —recomenzaba la señorita—, pongo el primero… —su discurso se vio interrumpido por un fuerte jaleo de voces y estridentes silbidos que venía de la calle. En el mismo instante se abrió bruscamente la puerta, cerrándose inmediatamente con vehemencia.

Asustado, el forastero se dio la vuelta y divisó una persona cuyo extraño atavío le causó una enorme sorpresa. Era un cafre zulú gigantesco, de barba negra rizada y gruesos labios, vestido únicamente con una gabardina de cuadros; tenía un anillo rojo alrededor del cuello, y su pelo, que rezumaba de sebo de carnero, estaba peinado hacia arriba con tanto arte que parecía llevar una fuente de ébano en la cabeza. En la mano sujetaba una lanza.

La cara balcánica saltó enseguida del sillón, le hizo una profunda reverencia al salvaje, le quitó servicialmente la lanza para depositarla en un paragüero, y descorriendo una cortina con gesto obsequioso lo incitó a entrar en un gabinete contiguo, diciendo cortésmente: «Por favor, Mijnheer; ¿cómo está Usted, Mijnheer?».

—Si quiere hacer el favor de seguirme —la señorita volvió a dirigirse al forastero— y de sentarse un poco, hasta que se haya tranquilizado el gentío…

Entonces corrió hacia la puerta de cristal que se había abierto de nuevo, y con una avalancha de insultos, «lárgate, maldito", empujó hacia atrás a un tipo grosero, que despatarrado en el umbral, escupía hacia adentro. Luego echó el cerrojo. El interior del local, donde entretanto había penetrado el forastero, consistía en un cuarto dividido por armarios y cortinas turcas, con varios sillones y taburetes en los rincones. En el centro había una mesa redonda, en la que dos viejos y corpulentos señores —al parecer comerciantes hamburgueses u holandeses—, clavaban la vista en unas pequeñas cajas ópticas que zumbaban como aparatos cinematográficos, a la luz de una lámpara de estilo oriental. A través de un pasillo oscuro, formado por estanterías de mercancías, se podía ver un pequeño despacho cuyas ventanas de vidrio opalino daban al callejón lateral; en él se encontraba un viejo judío con aspecto de profeta, de larga barba blanca y bucles en las sienes, vestido con un caftán y un gorrito redondo de seda en la cabeza. La sombra ocultaba su rostro. Estaba de pie, inmóvil, ante un pupitre, haciendo anotaciones en un libro.

—Dígame, señorita, ¿quién es ese negro tan raro que acaba de entrar? —preguntó el forastero cuando se le acercó la dependienta para proseguir su demostración con los anillos de cortina.

—¿Ese?, oh!, es un tal Mr. Usibepu. Es una atracción, forma parte de la tropa zulú que actúa en el circo Carré. Un señor muy especial —añadió con brillo en los ojos—, en su patria es medicinae doctor…

—Ah!, sí, entiendo, curandero.

—Eso, curandero. Por eso aprende trucos mejores con nosotros, para poder impresionar a sus compatriotas cuando vuelva a encaramarse al trono en cuanto se presente la ocasión. Ahora mismo está dando clases con el catedrático de Neumatismo, el señor Zitter Arpad de Presburgo.

Entreabrió ligeramente la cortina y dejó que el forastero echara un vistazo a un gabinete tapizado de naipes de whist. La cara balcánica se tragaba un huevo de gallina, con la garganta atravesada por dos puñales cruzados cuyas puntas salían por detrás, y un hacha manchada de sangre profundamente hundida en un tajo abierto en su cráneo. Poco después sacó el huevo de la oreja del cafre zulú, que mudo de estupor, se hallaba delante de él con sólo una piel de leopardo por vestido. Al forastero le hubiera gustado ver más, pero el señor catedrático dirigió una mirada reprobatoria a la señorita y ésta soltó rápidamente la cortina. Además, el teléfono la reclamó con un timbrazo estridente.

—La vida se torna extremadamente variada cuando uno se toma la molestia de mirarla de cerca, dando la espalda a las cosas tenidas por importantes, que sólo traen sufrimientos y disgustos —dijo el forastero, al tiempo que tomaba una cajita destapada de un estante repleto de toda clase de juguetes baratos. La olió distraídamente.

Estaba llena de diminutos objetos tallados, como vacas y arbolillos cuyo follaje estaba hecho de lana vegetal barnizada de verde. El peculiar perfume a resina y pintura lo cautivó completamente por unos instantes. Navidad!, infancia!, momentos de espera con la respiración contenida ante el ojo de la cerradura; una silla coja, revestida de reps* rojo y con una mancha de aceite en la tela. Un lu-lú —cómo se llamaba, ah, sí!, Durudeldutt!— gruñendo debajo del sofá y arrancándole la pierna de un mordisco al centinela articulado. Luego salió arrastrándose muy contrariado y con el ojo izquierdo cerrado: uno de los muelles del mecanismo se había soltado dándole en la cara. Crujían las hojas de abeto y las rojas velas que ardían en el árbol de Navidad tenían largas barbas de cera. No hay nada como el olor a pintura de unos juguetes de Nüremberg para resucitar tan rápidamente el pasado. El forastero se sacudió el hechizo. «El recuerdo no trae nada bueno, todo empieza muy bonito y de repente la vida muestra su severo rostro de maestro de escuela, su facha sanguinaria y diabólica… No, no quiero pensar en eso!». Se volvió hacia el estante giratorio de al lado. «Vaya, todos los tomos tienen cantos dorados».

*. Tela de seda o de lana, fuerte y bien tejida, que se usa en obras de tapicería.

Cabeceando, descifró los extraños títulos grabados en los lomos, títulos que no cuadraban en absoluto con el ambiente: "G. Leindinger, Historia del Orfeón académico de Bonn". "Fr. Aken, Esbozo de la teoría del tiempo y el modo en la lengua griega". "K.W. Neunauge, La terapéutica de las hemorroides en la antigüedad clasica". «Bueno, al menos no hay nada de política, gracias a Dios» —se dijo. Tomó uno de un tal Aalke Pott, "Del aceite de hígado de bacalao y su creciente popularidad, tercer tomo" y empezó a hojearlo.

La impresión miserable y el pésimo papel contrastaban asombrosamente con la lujosa encuademación.

—¿Me habré equivocado?. ¿Será tal vez otra cosa que un himno al aceite rancio? —el forastero abrió el libro por la primera página y lo que leyó le divirtió bastante:

Biblioteca de Sodoma y Gomorra.
Una colección para solterones.
(Edición conmemorativa).
Confesiones de una alumna viciosa.
(Continuación de la famosa obra: El caracol púrpura).

—Uno creería de veras haber dado con los "Fundamentos del siglo XX"; por fuera se las dan de intelectuales ásperos y gruñones, y por dentro piden a gritos dinero o mujeres —murmuró alegremente y soltó una carcajada.

Preso de un súbito nerviosismo, uno de los dos corpulentos comerciantes se apartó de golpe de su caja óptica (el otro, el holandés, incómodo, pero sin alterarse, farfulló algo sobre "magníficas vistas de grandes ciudades"). Tenía la intención de alejarse rápidamente, hacía esfuerzos desesperados por devolver a su cara, que el deleite óptico había transformado en algo parecido a una cabeza de cerdo dilatada, su habitual expresión de comerciante respetable, siempre centrado en una rígida y rectilínea concepción de la vida.

En ese momento, el satánico tentador de todos los malintencionados, en forma de azar malicioso, le gastó una broma extremadamente indecorosa, sin duda para abrirle los ojos del alma al honesto caballero y hacerle reparar en la frivolidad del lugar donde se encontraba.

Al enfundarse el comerciante su abrigo con un movimiento demasiado apresurado, la manga puso en marcha el péndulo de un gran reloj de pared. Enseguida se abrió una puertecilla pintada con íntimas escenas familiares; pero en lugar del esperado cuco apareció la cabeza de cera y el tronco escasamente vestido de una mujer cuya mirada era de una desfachatez exagerada. Al son ceremonioso de las campanadas del mediodía, cantó con voz viscosa:

Los carpinteros sierran
Muy atrevidos, Desbastan con fervor,
Fina y pulida Quedará la tabla.

De repente no se oyó más que la última palabra, "tabla, tabla, tabla", repetida siempre al mismo ritmo como un graznido. O el diablo había tenido compasión o un cabello se había introducido en el mecanismo del gramófono.

Como ya no estaba dispuesto a seguir siendo víctima de unos duendes bromistas, el jefe de los mares se largó a la desbandada, croando un indignado «¡qué escandaloso!». A pesar de conocer bien la pureza moral de los pueblos nórdicos, el forastero no logró explicarse del todo la enorme confusión del viejo caballero, hasta que brotó en él la sospecha de haberlo conocido en alguna parte. Probablemente le habría sido presentado en sociedad. Una imagen fugitiva vinculada a tal recuerdo vino a confirmar su hipótesis —una señora mayor de rasgos finos y tristes y una hermosa joven— pero no consiguió acordarse del sitio ni del apellido.

Tampoco le ayudó a aclarar la memoria el rostro del holandés, que acababa de levantarse y que, después de examinarlo de la cabeza a los pies con la mirada despectiva de sus ojos azul marino, se alejó lenta y pesadamente. El holandés era para él un perfecto desconocido de aspecto brutal y pretencioso. La dependienta continuaba hablando por teléfono. A juzgar por sus respuestas, se trataba de importantes encargos para una despedida de soltero.

«En realidad podría irme yo también —pensó el forastero—, ¿a qué estoy esperando?». Lo invadió una sensación de cansancio; bostezó y se dejó caer en un sillón.

Una reflexión se libraba en su mente: «Es un milagro que a uno no le estalle la cabeza o que no pierda el juicio por cualquier circunstancia, con todas esas locuras que el destino levanta alrededor!. ¿Por qué sentirá uno nauseas en el estómago cuando los ojos observan cosas desagradables?. Por el amor de Dios, ¿qué tendrá que ver con esto la digestión?. No, el desagrado no puede ser la causa —seguía cavilando—. Las repentinas ganas de vomitar también atacan cuando uno permanece demasiado tiempo en las galerías de arte. Tiene que haber algo, como un mal de museo, del que los médicos no saben nada aún. ¿O será por ese aroma a muerto que se desprende de todas las cosas hechas por el hombre, sean feas o hermosas?. Que yo sepa nunca me he mareado a la vista de un paisaje, por muy monótono que fuera, así que ese puede ser el motivo. Un sabor a lata de conservas está ligado a todo lo que se llama "objeto". Da escorbuto».

No pudo menos que sonreír al recordar una expresión barroca de su amigo el barón Pfeill, con quien había quedado para esa misma tarde en el café "El Turco de oro", y que odiaba con toda su alma cualquier forma de pintura que tuviera relación con la perspectiva: «El pecado original no fue comerse la manzana, eso es pura superstición. La caída se produjo cuando empezaron a colgar cuadros de las casas. Apenas acaba el albañil de dejarte las cuatro paredes bien lisas, viene el diablo disfrazado de "artista" y te pinta encima unos "agujeros con perspectiva". De ahí hasta el llanto y el crujir de dientes sólo hay un paso; algún día se contempla uno a sí mismo comiendo desde la pared, en frac o condecorado, al lado de Isidoro el Hermoso o algún otro idiota coronado, de cráneo piriforme y hocico de Botocudos».

«Sí, sí —continuó el forastero el curso de sus pensamientos—, uno debería estar preparado para reírse siempre y por cualquier cosa; por algo será que las estatuas de Buda sonríen y las caras de los santos cristianos están cubiertas de lágrimas. Si los hombres sonrieran más a menudo quizá hubiese menos guerras. Llevo ya tres semanas paseando por Amsterdam; me empeño en no retener los nombres de las calles, no pregunto qué edificio es éste o aquél, adonde va este o aquel barco ni de dónde viene, no leo los periódicos para no enterarme de que la "última noticia" es algo que lleva milenios sucediendo. Vivo en una casa donde todo me es extraño, y seré casi el único particular al que conozco. Hace ya tiempo que he desistido de averiguar para qué sirven los objetos que se presentan ante mis ojos —¡no sirven en absoluto, sólo hacen servir!—. ¿Y por qué hago todo esto?. Porque estoy harto de seguir trenzando la rancia coleta de la cultura, primero la paz para preparar la guerra, luego la guerra para reconquistar la paz, etc.; porque quiero ver ante mí, al igual que Gaspar Hauser, una tierra nueva, totalmente desconocida; quiero aprender a maravillarme de una forma distinta, parecida a la de un crío que en una noche se transformase en un hombre maduro; porque quiero convertirme en un "punto final" en vez de ser eternamente una "coma". Renuncio a la "herencia espiritual" de mis antepasados en beneficio del Estado. Prefiero aprender a ver las viejas formas con ojos nuevos en lugar de mirar, como hasta ahora, las formas nuevas con viejos ojos, tal vez adquieran así la juventud eterna. El primer paso que he dado ha sido bueno, pero todavía me falta saber sonreir por todo, en vez de sorprenderme solamente». Nada provoca mayor somnolencia que las conversaciones en voz baja cuyo sentido escapa al oído. La charla apresurada y apenas perceptible que mantenían tras la cortina el zulú y la cara balcánica, había adormecido al forastero, el efecto hipnotizador de su incesante monotonía lo sumió por un momento en un sueño profundo.
Cuando al cabo de unos instantes se enderezó, tuvo la impresión de haber hallado en su interior una extraordinaria cantidad de explicaciones, pero su consciente únicamente había retenido la quintaesencia, en forma de frase seca —enlace fantástico de impresiones recién vividas y continuos pensamientos—: «Es más difícil ser capaz de sonreír constantemente que encontrar entre las innumerables tumbas de la tierra la calavera que uno llevó sobre los hombros en una vida anterior.
Para saber mirar el mundo con ojos nuevos y sonriendo, el hombre tendrá que perder los viejos a fuerza de llanto. Por muy difícil que sea, hay que buscar la calavera» —pensó el forastero, obstinado en proseguir el hilo de sus pensamientos y convencido de estar totalmente despierto, aunque en realidad había vuelto a dormirse profundamente—. «Forzaré a las cosas a hablarme con claridad y a revelarme su auténtico significado, y que lo hagan con un alfabeto nuevo, no como antes, cuando, dándose gran importancia, me susurraban al oido viejos chismes del tipo: "Mira, soy un medicamento y te curaré cuando te hayas hartado de comer, o, soy un estimulante para que puedas atiborrarte y volver a ingerir después otro medicamento". Ya he comprendido que el quid de la cuestión está en el dicho de la serpiente que se muerde la cola, como dice mi amigo Pfeill, y si la vida no sabe ofrecerme mejores lecciones me iré al desierto y comeré saltamontes y me vestiré de miel silvestre».

—¿Usted quiere ir al desierto para aprender alta magia, nebbich, y es tan tonto como para pagar al contado en monedas de plata un ridículo truco con tapones de corcho, e incapaz casi de distinguir una tienda de artículos de broma del mundo, y ni siquiera sospecha que los libros de la vida tienen contenidos diferentes de esos títulos de los lomos?. Es Usted quien debería llamarse Verde, no yo —una voz profunda y temblorosa contestó de repente a las reminiscencias del forastero, y cuando éste levantó la vista asombrado, advirtió que el viejo judio, el propietario de la tienda, había entrado en la estancia y lo miraba fijamente.

El forastero se estremeció, nunca había tenido ante sí un rostro semejante.

Era una cara lisa, con un vendaje negro en la frente, y no obstante poblada de hondos surcos, como un mar puede tener olas intensas sin estar jamás arrugado. Sus ojos parecían abismos sombríos y sin embargo eran ojos humanos, no cavernas. La piel de color cetrino tenía un aspecto metálico, como la de las razas prehistóricas que, según los cuentos, la tenían muy similar al oro verde-negruzco.

—Desde que la Luna, esa eterna viandante, gira por el cielo —continuó el judío—, vivo en esta tierra. He visto hombres que eran como simios y que llevaban hachas de piedra en la mano; de la madera venían y a la madera iban… —vaciló durante un segundo— de la cuna al ataúd. Hoy siguen siendo como simios y aún llevan hachas en la mano. Son seres que dirigen su vista hacia abajo, y pretenden averiguar la infinidad oculta en las pequeñas cosas. Han descubierto que en el aparato digestivo de los gusanos habitan millones de seres minúsculos, y en aquellos, otros miles de millones, pero todavía no saben que en este sentido no hay límites. Yo miro fijamente hacia abajo y hacia arriba. Ya no sé llorar, pero aún no he aprendido a sonreír. Mis pies se mojaron en el diluvio, pero nunca he conocido a nadie que tuviese razones para sonreír, puede que haya pasado delante de él sin prestarle atención. Ahora que un mar de sangre baña mis pies, ¿habrá alguno que se atreva a sonreír?. No lo creo. Probablemente tendré que esperar hasta que el mismo fuego se propague en oleadas.
El forastero tiró de su sombrero de copa hasta taparse los ojos, para no seguir viendo este rostro terrible que se incrustaba cada vez más hondamente en sus sentidos, cortándole la respiración. Por ello no se dio cuenta de que el judío había vuelto a su pupitre, y de que en su lugar estaba ahora la dependienta, que se acercó de puntillas, cogió del armario una calavera de papel maché parecida a la del escaparate y la depositó silenciosamente en un taburete. Cuando el forastero hizo caer su sombrero con un movimiento brusco de la cabeza, ella lo recogió velozmente, antes de que su propietario pudiera alcanzarlo, y comenzó inmediatamente su discurso: «Señor, aquí ve Usted lo que llamamos el Oráculo de Delfos. Gracias a él tenemos la posibilidad de vislumbrar en todo momento el futuro, e incluso de recibir respuestas para las preguntas que llevamos adormecidas —aquí, por alguna inexplicable razón, se miró de reojo el escote— en nuestro corazón. Por favor, pregúntese algo en silencio».

—Sí, sí, está bien —gruñó el forastero, confuso aún por los extraños sucesos.

—Mire, ya se está moviendo el cráneo.

Lentamente, la cabeza de muerto abrió la dentadura, masticó un par de veces y escupió un rollito de papel que la señorita atrapó con agilidad, para desenrollarlo. Después la calavera castañeteó aliviada.

¿Se realizará el ansia vehemente
De tu alma?.
Interven tú mismo con resolución
Y pon la voluntad en el lugar
Del deseo.

Estaba escrito con letras de tinta roja —¿o era sangre?— sobre la tira de papel.

«Qué lástima no haberme fijado en mi pregunta —pensó el forastero, y preguntó: ¿Cuánto?».

—Veinte florines, señor.

—Bien. Por favor —el forastero dudó si llevarse el cráneo en ese mismo momento, no, imposible, en la calle me tomarían por Hamlet— mándemelo a mi casa. Lo pago ahora.
Involuntariamente echó una mirada al despacho, el viejo judío se tenía ante su pupitre en una inmovilidad sospechosa, parecía no haber dejado ni un instante de hacer anotaciones en su libro. Luego el forastero apuntó su nombre y dirección en un bloc que la dependienta le había tendido

Fortunato Hauberrisser.
Ingeniero.
Hooigracht, 47.

Después abandonó el Salón de artículos misteriosos, todavía algo aturdido.

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