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La obra de Gustav Meyrink

El Rostro Verde (3). Gustav Meyrink. 1916. Capítulo II

Desde hacía meses, Holanda estaba inundada de extranjeros de todas las nacionalidades que habían abandonado su vieja patria. Apenas había acabado la guerra, y el escenario ya estaba poblado de luchas políticas internas cuyo número aumentaba constantemente. Muchos extranjeros se refugiaron en las ciudades holandesas, algunos pensaban quedarse definitivamente, otros solo se detuvieron para orientarse, para decidir en qué parte de la tierra se establecerían en lo sucesivo.

La fútil profecía de que al término de la guerra europea se produciría una oleada de emigrantes procedentes de las capas sociales más pobres y de las regiones más desvastadas, se vio totalmente desmentida por la realidad. Los barcos disponibles para navegar hacia el Brasil y otras regiones famosas por su abundancia, eran ciertamente insuficientes para transportar la gran multitud de pasajeros de entrepuente, gentes que vivían del trabajo de sus manos, y aún así su número era relativamente reducido en comparación con el de los emigrantes de otras clases sociales: había un buen número de gente acomodada que estaba harta de soportar la presión del fisco patrio, que apretaba más y más las clavijas y estrujaba sus rentas (éstos eran los no idealistas), y además muchísimos intelectuales que con sus medios no veían ninguna posibilidad de proseguir la lucha por la simple supervivencia, puesto que ésta se había vuelto excesivamente costosa. Ya en el curso de los atroces años que precedieron a la guerra, las rentas de un deshollinador o de un carnicero superaban con mucho el sueldo de un catedrático. La humanidad de Europa había llegado al punto culminante donde la vieja maldición "ganarás el pan con el sudor de tu frente" debía entenderse al pie de la letra más bien que de manera simbólica; los que sudaban el cerebro se veían sumidos en la miseria y perecían por ausencia de metabolismo.

El músculo era soberano, mientras que las secreciones de la mente humana se cotizaban cada día menos, y aunque el dios Dinero permanecía en su trono, su posición se había desestabilizado bastante: la cantidad de sucios pedazos de papel que se amontonaban a su alrededor contrariaban su sentido estético. Y la tierra estaba desierta y vacía, y la oscuridad reinaba en la superficie del abismo; el espíritu de los viajantes ya no podía flotar sobre el agua como antaño.

Asi ocurrió que la gran mayoría de los intelectuales europeos se hallaban de viaje, y desde las ciudades portuarias de los países menos afectados por la guerra, miraban hacia Occidente, tal como Pulgarcito subido a lo alto de los árboles tratando de descubrir a lo lejos la lumbre de un hogar.
Hasta la última habitación de los viejos hoteles, tanto de Amsterdam como de Rotterdam, estaba ocupada, y cada día surgían otros nuevos. En las calles más elegantes zumbaban toda clase de lenguas, y cada hora partían trenes especiales a La Haya atestados de políticos de ambos sexos y de todas las razas, deseosos de imponer sus opiniones en el Congreso permanente de la paz, donde se discutía sin fin acerca de la mejor manera de atrancar la puerta de un establo del que la vaca se había fugado ya para siempre. En los restaurantes distinguidos y en los salones de té, la gente, apretada, leía los periódicos de ultramar —los diarios europeos todavía se entregaban a las convulsiones de un prescrito entusiasmo cuando trataban de la situación actual—, pero incluso en los diarios de ultramar no había nada que no pudiera resumirse en la antigua fórmula filosófica: "Sé que no sé nada, pero ni siquiera esto lo sé seguro".

* * *

—¿Será posible que el barón Pfeill no haya llegado todavía?. Llevo ya una hora entera esperando —preguntaba una señora en el café "El Turco de oro", un local sombrío y lleno de humo, situado en un rincón de la Cruysgade, lejos del tráfico. Era una dama ya mayor, de rasgos afilados, labios apretados e inconstantes ojos descoloridos, el prototipo de mujer ajada con el pelo eternamente mojado que con cuarenta y cinco años empieza a parecerse a su atrabilioso perro, y que con cincuenta termina por gañir ella misma a la ajetreada humanidad. Rabiosa, le gritó al camarero:

—Inaudito!. Tsss. Si se cree que para una dama es un placer estar sentada en esta tabernucha con todos estos tipos que la miran a una con la boca abierta…

—¿El señor barón Pfeill?. ¿Por qué no me describe su aspecto?. Yo no lo conozco, Myfrouv —contestó fríamente el camarero.

—Naturalmente imberbe. Cuarenta, cuarenta y cinco, cuarenta y ocho, yo que sé. No he visto su partida de nacimiento. Alto. Delgado. Nariz puntiaguda. Sombrero de paja. Bronceado.

—Pero si hace mucho rato que está sentado ahí fuera, Myfrouv.

El camarero apuntó con gesto indiferente hacia la puerta, abierta a una pequeña terraza instalada en la acera, entre la calle y el café, protegida del exterior por rejas de hiedra trepadora y adelfas ennegrecidas de hollín.

—Gambas, gambas! —tronó la voz baja de un vendedor de crustáceos al otro lado de la ventana.

—Plátanos, plátanos! —chilló una voz femenina al mismo tiempo.

—Tsss. ¿No ve que este es rubio, con bigote corto y sombrero de copa?. Tsss. —la dama se puso más y más furiosa.

—Me refiero al señor sentado al lado, Myfrouv. Usted no lo puede ver desde aquí.

La dama se precipitó como un buitre sobre los dos caballeros y colmó de una lluvia de reproches al barón Pfeill, que se había levantado algo cortado para presentar a su amigo Fortunato Hauberrisser. Ella le dijo que lo había llamado sin éxito al menos doce veces, y que finalmente había pasado por su casa sin encontrarlo, y todo esto porque, Tsss, nunca solía estar en casa.

—En una época en la que todo el mundo está muy ocupado en consolidar la paz, en darle los consejos necesarios al presidente Taft, en persuadir a los renegados de que vuelvan a su trabajo, acabar con la prostitución internacional, reprimir el trato de blancas, fortalecer el sentido moral de los débiles y poner en marcha una recolección de cápsulas de estaño para ayudar a los mutilados de todos los pueblos —terminó indignada, mientras abría bruscamente un bolsito de mano para volver a estrangularlo tirando del cordón de seda—. Yo creía que en un momento como éste habría que estar en casa en vez de tomar copas —dirigió una mirada venenosa hacia las dos delgadas copas de irisados licores mezclados que reposaban sobre la mesa de mármol.

—Tienes que saber que la esposa del cónsul, Germaine Rukstinat, se interesa por la… bienhechoría —explicó el barón Pfeill a su amigo, disfrazando el doble sentido de sus palabras con una fingida torpeza en el manejo de la lengua alemana—. Ella es el espíritu que siempre afirma y sólo quiere lo bueno… como dice Goethe.

«Como para no darse cuenta…» —pensó Hauberrisser echando un cauteloso vistazo a la furia, que para su sorpresa, se limitó a sonreir aplacada—. Desafortunadamente, Pfeill tiene razón, la gente no solo desconoce a Goethe, sino que además lo venera. Cuanto más falsas son las citas más profundamente creen haber penetrado en su espíritu. Pfeill se dirigió de nuevo a la señora:

—Yo pienso, Myfrouv, que en su círculo sobreestiman mi filantropía. Mis provisiones de cápsulas de estaño, que tanta falta hacen a los inválidos, son sensiblemente inferiores de lo que podría parecer. Y aunque me he hecho miembro de un club de caridad —le aseguro que fue involuntariamente—, por lo que se me ha atribuido fama de buen samaritano, carezco muy a mi pesar del férreo vigor necesario para cortar la fuente de ingresos de la prostitución internacional, referente a la cual prefiero servirme de la divisa "Honni soit qui mal y pense". En cuanto a la abolición del trato de blancas, mis relaciones con los directivos de estas organizaciones brillan por su ausencia, ya que nunca tuve la oportunidad de conocer "íntimamente" a los altos funcionarios de la policía antivicio del extranjero.

—Pero al menos tendrá cosas inservibles para los huérfanos de guerra, ¿no, barón?.

—¿Tan alta es la demanda de cosas inservibles para los huérfanos de guerra?.

La dama no oyó o fingió que no oía la irónica pregunta.

—¿Pero seguramente se inscribirá en la gran "redoute" que se celebrará en Septiembre?, ¿verdad, barón?. El posible beneficio neto que se deducirá la próxima primavera, se destinará a ayudar a todos los mutilados de guerra. Será una fiesta sensacional, todas las damas enmascaradas, y los caballeros que hayan adquirido más de cinco invitaciones, serán condecorados con la Cruz de Misericordia de la duquesa de Lusignan.

—Sí, una fiesta de este tipo tiene muchos atractivos —asintió pensativo el barón—, sobre todo porque en estos bailes caritativos donde todos se disfrazan, el amor al prójimo, en un sentido muy amplio de la palabra, va tan lejos que a menudo la mano izquierda no sabe lo que hace la derecha. También es comprensible que los ricos hallen un placer permanente en el hecho de que el pobre tenga que esperar el gran arreglo de cuentas. Pero, por otra parte, no soy lo bastante exhibicionista como para lucir en mi ojal el comprobante de haber cedido cinco veces en público a mis sentimientos de compasión. No obstante, si la señora insiste…

—¿Puedo entonces reservarle cinco entradas?.

—Si me lo permite, solamente cuatro, Myfrouv.

* * *

—Señor, Señoría, señor barón —Pfeill oyó una voz apagada mientras una diminuta mano sucia le tiraba de la manga tímidamente. El barón se dio la vuelta y vio una chiquilla pobremente vestida de mejillas hundidas y pálidos labios, la cual habiéndose acercado sigilosamente por entre las macetas de adelfas, le tendió una carta. Inmediatamente Pfeill se registró los bolsillos en busca de algunas monedas.

—El abuelo, ahí fuera, quiere que le diga…

—¿Pero, quien eres tú, pequeña?, —preguntó Pfeill a media voz.

—El abuelo, el zapatero Klinkherbogk, manda decir, yo soy su hija —contestó la niña confundiendo la respuesta con el mandado— y el señor barón se ha equivocado, en vez de diez florines por el último par de zapatos había mil…

Pfeill se puso rojo como la sangre, y golpeando enérgicamente la mesa con su pitillera plateada para acallar las palabras de la pequeña, dijo con voz brusca y fuerte: «Toma, aquí tienes veinte céntimos por el viaje». En un tono más suave, añadió que todo estaba en orden, que volviera a casa sin perder el sobre. Por un segundo, asomó entre unos tallos de yedra la cara lívida de un anciano, prueba de que la niña no había venido sola, sino acompañada por su abuelo, para asegurarse de que no perdiera el sobre por el camino. Debía haber entendido las últimas frases y dejó escapar un débil balbuceo, incapaz de hablar a causa de la emoción.

Sin haber prestado ninguna atención a los sucesos, la caritativa dama había anotado en una lista las cuatro localidades de Pfeill, y se despidió con algunas frias palabras de cortesía. Los dos amigos estuvieron un rato callados, mutuamente se esquivaban la mirada y de vez en cuando tamborileaban con los dedos en los brazos de las sillas.

Hauberrisser conocía demasiado bien a su amigo para no saber exactamente que si le preguntaba ahora por lo que había ocurrido con el zapatero Klinkherbogk, le contaría irritado cualquier historia fantástica por no ser sospechoso de haber ayudado a un pobre infeliz en una situación de extrema necesidad. Deseoso de iniciar una conversación con otro rumbo, Hauberrisser intentó encontrar un tema que no guardase relación ninguna con obras de caridad ni zapateros, y sin que tal giro pareciera muy artificial. Aunque parecía una tarea ridiculamente fácil, a cada minuto que pasaba le resultaba más difícil. «Es un maldito problema eso de "idear" —meditó—, uno se cree que el cerebro genera los pensamientos, pero en realidad son ellos mismos los que lo manejan a su aire, y son más independientes que ningún ser vivo». Cobró animo.

—Oye Pfeill, dime —de repente se había acordado del rostro fantástico visto en el salón de artículos misteriosos—, tú que has leído tanto en tu vida, la leyenda del Judío Errante ¿no es originaria de Holanda?.

Pfeill le dirigió una mirada recelosa:

—¿Lo dices porque era zapatero?.

—¿Zapatero?, ¿cómo qué zapatero?.

—Pues se dice que el Judío Errante era en un principio Ahasverus, zapatero de Jerusalén, que injurió y echó a Jesús cuando éste quiso descansar en su camino al Gólgota, al Calvario; y que desde entonces está condenado a errar, sin poder morirse hasta que no vuelva Cristo a la tierra.

Al percatarse Pfeill de la expresión perpleja de Hauberrisser, siguió rápidamente con su relato, para desembarazarse cuanto antes del tema del zapatero.

—En el siglo XIII, un obispo inglés afirmó haber conocido en Armenia a un judío llamado Kartaphilos, el cual le había confiado que en determinadas fases lunares su cuerpo se rejuvenecía, convirtiéndole durante algún tiempo en Juan el Evangelista, del que dijo Cristo que no conocería la muerte.
»En Holanda, el Judío Errante se llama Isaac Laquedem; creyeron reconocerlo en un hombre que tenía este nombre porque se había detenido mucho rato ante una cabeza de Cristo, exclamando: «Es él, es él, asi era».

"En los museos de Basilea y Berna se exponen incluso dos zapatos, un derecho y un izquierdo, curiosos objetos hechos de trozos de cuero, que miden un metro de largo y pesan medio quintal. Fueron encontrados en distintos puertos montañosos de la frontera ítalo-suiza y por el misterio que encerraban se les atribuyó una incierta relación con el Judío Errante. Por lo demás —Pfeill encendió un cigarro—, es curioso que se te haya ocurrido la extraña idea de preguntar por el Judío Errante precisamente ahora; acabo de recordar hace unos minutos, y de una manera extraordinariamente viva, un cuadro que vi muchos años atrás en una galería privada de Leyden. Se le atribuye a un maestro desconocido y representa a Ahasverus: un rostro de color bronce oliváceo increiblemente aterrador, con un vendaje negro en la frente, los ojos sin blanco ni pupilas, como si fueran… qué diría yo… como gargantas. Me persiguió mucho tiempo, hasta en los sueños.

Hauberrisser se estremeció, pero Pfeill no se dio cuenta y continuó:

—El vendaje negro en la frente, según lo que leí más tarde, es tenido en Oriente por la marca característica del Judío Errante. Se dice que debajo oculta una cruz flameante cuya luz consume su cerebro cada vez que éste recobra cierto grado de perfección. Los sabios pretenden que se trata de alusiones a procesos cósmicos relacionados con la Luna y que por este motivo el Judío Errante se llamaría "Chidher", lo cual significa el "Verde", pero esto se me antoja pura imaginación. La manía de interpretar como signo del cielo todo lo que no se comprende de la Antigüedad ha vuelto a estar de moda; había cesado durante algún tiempo, después de que un francés bromista afirmara en un tratado satírico que Napoleón no había vivido nunca, sino que era un mito astral cuyo nombre verdadero era Apolo, dios del sol, y que sus doce generales se relacionaban con los doce signos del zodíaco.

»Creo que los misterios de la Antigüedad encerraban un saber mucho más peligroso que el mero conocimiento de los eclipses solares y las fases de la Luna, misterios que realmente necesitaban ser ocultados.

»Hoy ya no hace falta ocultar estas cosas porque de todas formas la masa imbécil no se las creería y se burlaría de ellas; son cosas que obedecen a las mismas leyes armónicas que el Universo, y que por tanto son análogas. Bueno, sea como sea, los sabios por el momento reparten golpes sin saber donde se encuentra el blanco.

Hauberrisser estaba profundamente sumido en sus pensamientos.

—¿Qué piensas tú de los judíos en general? —preguntó después de un largo silencio.

—Humm. ¿Lo que opino de ellos?. Pues, en gran parte me parecen unos cuervos sin plumaje, increíblemente ladinos, negros, con el pico torcido, sin que por ello sepan volar. Pero a veces se encuentran águilas entre ellos, eso está fuera de duda; Spinoza por ejemplo.

—¿Así que tú no eres antisemita?.

—Ni en sueños se me ocurriría. Por la sencilla razón de que estimo demasiado poco a los cristianos. A los judíos se les reprocha su falta de ideales. Los cristianos, en todo caso, sólo tienen ideales falsos. Los judíos exageran en todo: en cumplir las leyes y en violarlas, en la piedad y en la impiedad, en el trabajo y en la pereza; lo único que no exageran es el montañismo y las regatas que llaman "Gojjim nadies", y tampoco dan mucha importancia a lo patético. Los cristianos exaltan lo patético, y por consiguiente, minimizan casi todo lo demás. Yo, en cuestiones de fe, encuentro que los judíos se guian demasiado por lo espiritual, por las escrituras, y los cristianos ponen demasiado énfasis en los adornos.

—¿Crees que los judíos tienen una misión?.

—Desde luego, la misión de superarse a sí mismos. Todo en este mundo tiene la misión de superarse. Quien se deja vencer por otros ha malogrado su misión, o lo que es lo mismo, quien malogra su misión es vencido por otros. Cuando uno consigue vencerse a si mismo, los demás no se dan cuenta, pero cuando alguien consigue vencer a los demás el cielo se tiñe de… rojo. Los profanos llaman progreso a este fenómeno "luminoso". Es sabido que los tontos, ante una explosión, ven en el fogoso artificio lo esencial… Pero perdóname, tengo que dejarte ahora —concluyó Pfeill consultando su reloj—, primero debo irme a casa corriendo y segundo, mi sabiduría se te haría penosa a la larga. Así que "servus", como dicen los austríacos cuando piensan lo contrario, y si tienes ganas, ven a verme muy pronto en Hilversum.

Depositó sobre la mesa una moneda para el camarero, sonrió a su amigo, y diciéndole adiós con una seña, salió del café. Hauberrisser intentaba ordenar sus pensamientos. «¿Sigo soñando? —se preguntó muy extrañado— ¿qué ha ocurrido ahora?. Me gustaría saber si en cada vida humana existe este hilo de casualidades extraordinarias o soy yo el único al que le pasan tales cosas. Podría ser que los acontecimientos sólo se engarcen como anillos de una cadena cuando uno no impide su correlación, a fuerza de hacer proyectos y perseguir su realización obstinadamente, descuartizando así el destino en trozos aislados que de otra manera se hubiesen tejido en un continuo lago fantástico». Trató de explicarse la simultánea aparición de la misma imagen en su cerebro y en el de su amigo por el fenómeno de la transmisión de pensamientos; pero esta vez la teoría no parecía concordar con la realidad, como otras veces cuando solia tomar estas cosas a la ligera, intentando olvidarlas cuanto antes.

El recuerdo que Pfeill conservaba del rostro oliváceo con el vendaje negro en la frente tenía una base tangible: el retrato que decía haber visto en una galería privada de Leyden; ¿pero de donde había surgido la fantástica visión de ese rostro oliváceo que él acababa de tener en la tienda de Chidher el Verde?. «La repetición del curioso nombre "Chidher" en apenas una hora, primero en el letrero y más tarde como denominación legendaria de la figura del Judío Errante, no deja de ser extraña, —se dijo Hauberrisser— pero no serán pocos los hombres que hayan hecho observaciones de esta clase. ¿Por qué será que de repente un mismo nombre nunca oído lo bombardea a uno sin cesar?, ¿y por qué será que justamente cuando uno tropieza con gente que se parece a un amigo al que no vemos desde hace tiempo, éste aparezca de pronto doblando una esquina?. Y no se trata de un parecido imaginario, no, es un parecido fotográfico, una semejanza tal, que uno, lo quiera o no, no puede evitar pensar en la persona en cuestión. ¿De donde vendrá todo eso?.

»Y las personas que se parecen físicamente, ¿no tendrían también un destino similar?. ¡Cuántas veces lo habré constatado!. El destino parece ser un fenómeno inevitablemente relacionado con la constitución del cuerpo y la forma del rostro, ligado a una ley de correspondencias que rige hasta los menores detalles. Una bola sólo puede ir rodando; un dado sólo puede rebotar de forma irregular, ¿por qué entonces los seres vivos iban a escapar de estas rigurosas leyes sólo porque su existencia sea mil veces más complicada?.

»Entiendo muy bien que la vieja Astrología no caiga en desuso y que tenga hoy quizás más adeptos que nunca, y que una de cada diez personas se haga levantar su horóscopo; no obstante, pienso que los hombres se equivocan al creer que son las estrellas visibles del firmamento las que determinan el curso del destino. Debe tratarse de otros "planetas" que circulan en la sangre y tienen otros períodos de revolución que los cuerpos celestes como Júpiter, Saturno, etc. Si los factores decisivos fuesen el mismo lugar de nacimiento, la misma hora y el mismo minuto, ¿cómo explicar entonces que unas monstruosidades como las hermanas siamesas Braschek, que nacieron en el mismo segundo, hayan tenido destinos tan distintos?. Es sabido que una de ellas fue madre mientras que la otra quedó virgen».

Hacía rato que en una de las mesas más alejadas, había aparecido, tras un enorme periódico húngaro, un caballero en traje de franela blanca y corbata roja, con un sombrero ligeramente ladeado en la cabeza, los dedos sobrecargados de llamativos anillos y un monóculo pegado a un ojo oscuro y apasionado. Cambiando varias veces de sitio, como si le molestara una omnipresente corriente de aire, se habia acercado poco a poco a Hauberriser, sin que éste último, sumido en sus cavilaciones, se percatara. El extranjero no consiguió llamar la atención de Hauberrisser hasta que, con voz subida, pidió al camarero información sobre los lugares de diversión y otras curiosidades de Amsterdam. Una rápida mirada le bastó a Hauberrisser para darse cuenta de que aquel caballero tan obviamente empeñado en parecer completamente desorientado, como si acabara de bajar del tren, no era otro que el señor "catedrático" Zitter Arpad, del salón de artículos misteriosos.

Le faltaba el bigote, y la brillantina corría ahora por otros derroteros, pero la inequívoca facha picara del "prestidigitador de Presburgo" no perdía por ello su originalidad ni en lo más mínimo.

Hauberrisser estaba demasiado bien educado como para dejar entrever, ni siquiera con un pestañeo, que se acordaba del personaje; además le divertía confrontar la fina maña del hombre culto con el vasto artificio del inculto, que siempre se convence del éxito de su disfraz sólo por el hecho de que el engañado no reaccione inmediatamente adoptando un lenguaje mímico digno de ser estrenado en una comedia.
No dudó de que el "catedrático" lo había seguido furtivamente al café porque tramaba alguna pillería balcánica; no obstante, para estar seguro de que sólo él y no otra persona era el blanco de la mascarada, hizo el gesto de querer pagar e irse. Enseguida una viva consternación se dibujó en el semblante del señor Zitter. Hauberrisser se sonrió satisfecho, la empresa de Chidher el Verde, admitiendo que el señor catedrático fuera efectivamente socio de la misma, parecía disponer de múltiples medios para no perder de vista a su clientela: damas perfumadas y de melena corta, corchos volantes, viejos judíos fantasmas, calaveras proféticas y espías sin talento vestidos de blanco. ¡Un respeto!.

—¿No habrá por aquí cerca algún banco donde poder cambiar unos cuantos billetes ingleses de mil libras en moneda holandesa? —preguntó el catedrático con aire negligente subiendo la voz nuevamente. Al recibir la respuesta negativa, su rostro adquirió una expresión muy enojada—. Aparentemente es problemático conseguir moneda suelta en Amsterdam —añadió volviéndose a medias hacia Hauberrisser en un intento de entablar conversación—. Ya tuve dificultad por ello en el hotel.

Hauberrisser no contestó.

—Pues sí, bastantes dificultades, de verdad. —Hauberrisser seguía sin ablandarse.

—Afortunadamente, el gerente del hotel conocía mi casa solariega… Conde Ciechonski, si me permite que me presente. Conde Wlodzimierz Ciechonski.

Hauberrisser hizo una reverencia apenas perceptible, murmurando su apellido de la manera más incomprensible que pudo, pero el conde debía tener el oído sumamente fino, puesto que saltó de su silla vivamente emocionado, se acercó rápidamente a la mesa y sentándose inmediatamente en el asiento que Pfeill había dejado libre, exclamó con júbilo:

—¡Hauberrisser!, ¿el famoso ingeniero de torpedos Hauberrisser?. Yo soy el conde Ciechonski, conde Wlodzimierz Ciechonski… Usted permite, ¿verdad?.

Hauberrisser meneó la cabeza sonriendo:

—Se equivoca usted, nunca he sido ingeniero de torpedos «que idiota —pensó para sí—. Es una lástima que se las dé de conde polaco. Me habría gustado más como el catedrático Zitter Arpad de Presburgo, así por lo menos podría haberle sacado algunas informaciones sobre su socio Chidher el Verde».

—¿No?, ¡qué pena!, pero no importa. El apellido Hauberrisser por sí sólo despierta en mí unos recuerdos tan queridos —la voz del conde temblaba de emoción—. Este apellido y el nombre Eugéne Louis Jean Joseph están estrechamente vinculados con nuestra familia. «Ahora quiere que le pregunte quien es este Louis Eugéne Joseph. ¡Pues no!» —pensó Hauberrisser mientras aspiraba el humo de su cigarro.

—Es que Eugéne Louis Jean Joseph era mi padrino. Inmediatamente después se fue a África a morir. «Probablemente de remordimiento» —gruñó para sí Hauberrisser.

—¿Así que murió?. ¡Qué desgracia!.

—Pues sí, qué lástima, qué lástima pero qué lástima… ¡Eugéne Louis Jean Joseph!, podía haber sido emperador de Francia.

—¿Podía haber sido qué? —Hauberrisser creyó haber oido mal—. ¿Emperador de Francia?.

—¡Desde luego; —todo orgulloso mostró su triunfo—. El príncipe Eugéne Louis Jean Joseph Napoleón IV. Cayó el 1 de Junio de 1879 en un combate contra los zulúes. Incluso poseo un mechón de su cabello.

Extrajo de su bolsillo un reloj dorado del tamaño de un bistec y de un mal gusto francamente diabólico, levantó la tapa y enseñó el mechón de pelo negro y basto.

—El reloj me viene de él también. Un regalo de bautismo. Una maravilla de la técnica —explicó—. Si se aprieta aquí, da las horas, los minutos y los segundos, y al mismo tiempo, aparece en la parte trasera una pareja de amantes móviles. Con este botón se pone en marcha la aguja del cronómetro, con este otro se para. Presionándolo más se ve la fase actual de la Luna, empujando todavía más sale la fecha. Moviendo esta palanca hacia la izquierda salta una gota de perfume de almizcle, hacia la derecha se oye la Marsellesa. Es un verdadero regalo real. Sólo existen dos ejemplares en el mundo.

—Un consuelo en todo caso —admitió Hauberrisser ambigua y cortésmente. Le divertía mucho la mezcla que resultaba de su extremo descaro y su total ignorancia de los modales distinguidos.
El conde Ciechonski, alentado por la expresión amable del ingeniero, tomó más y más confianza. Habló de sus inmensas propiedades en la Polonia rusa, desafortunadamente devastadas por la guerra. Por suerte no las necesitaba para vivir, puesto que, gracias a sus íntimas relaciones con los círculos bursátiles americanos en Londres, ganaba unos cuantos miles de libras. Más tarde sacó el tema de las carreras hípicas, los jokeys corruptos, posibles novias multimillonarias que conocía por docenas, tierras que se podían comprar en el Brasil y el Ural a un precio ridículo, pozos petrolíferos aún desconocidos en el Mar Negro, inversiones fabulosas que le producirían un millón al día, tesoros enterrados cuyos propietarios habían muerto o huido, métodos infalibles para ganar a la ruleta… Habló de gigantescas sumas que el Japón ansiaba pagar a personalidades dignas de confianza a cambio de la aportación de datos confidenciales, de lupanares subterráneos en las grandes ciudades cuyo acceso estaba reservado a los iniciados. Habló incluso con lujo de detalles del país del oro, el Ophir del rey Salomón, que, como sabía por los papeles de su sobrino Eugéne Louis Jean Joseph, se hallaba en el territorio de los zulúes. Era más diverso que su reloj de bolsillo. Ponía mil anzuelos cada vez más torpes para engancharlo a su proa; como un ladrón miope que prueba sus ganzúas una tras otra en la cerradura de la casa sin dar con el ojo, así tentaba el alma de Hauberrisser, pero sin encontrar la ventana por la que podía haber entrado. Al fin se rindió exhausto, y pusilánime, pidió a Hauberrisser el favor de que lo introdujera en algún elegante club de juego. Pero sus esperanzas se vieron truncadas otra vez, ya que el ingeniero se disculpó alegando que él mismo era forastero en Amsterdam. Malhumorado, el conde sorbió su sherry-cobler.

Hauberrisser lo contempló pensativo. «¿No sería mejor decirle directamente que no es más que un prestidigitador? —reflexionó—. Me gustaría que me contara su vida. Debe haber sido bastante variopinta. Este hombre habrá vadeado por todo tipo de lodos. Pero, claro, lo negaría y terminaría por ponerse insolente. —Lo invadió un sentimiento de irritación—. Existir entre los hombres y las cosas de este mundo se ha vuelto insoportable. En todas partes hay montones de cáscaras vacías, y cuando por casualidad uno da con algo parecido a una nuez, resulta que, al cascarla, no es más que un guijarro inerte».

—¡Judíos!. ¡Chasides! —gruñó despectivamente el estafador señalando con el dedo a una tropa de desarrapados que atravesaban la calle deprisa y en silencio. Los hombres en cabeza, embutidos en caftanes negros y con las barbas revueltas, las mujeres detrás con sus hijos en bandolera, fijaban los ojos en el horizonte con una expresión demente.

—Emigrantes. Ni un céntimo en el bolsillo. Creen que el mar les abrirá paso cuando lleguen, ¡vaya tontería!. El otro día, en Zandvoort, todo un grupo se habría ahogado si no los hubieran sacado a tiempo.

—¿Lo dice en serio o está bromeando?.

—No, no, hablo totalmente en serio. ¿No lo ha leído en los periódicos?. Donde quiera que mire estalla el fanatismo religioso. Por el momento, los afectados son más bien los pobres, pero… —la fisonomía irritada de Zitter se serenó al pensar que pronto podría llegar el tiempo en que haría su agosto—… pero no tardarán mucho en contagiarse también los ricos. Yo conozco eso.
Contento de haber hallado otro tema de conversación, Hauberrisser lo había escuchado atentamente, se volvió de nuevo locuaz.

—No sólo en Rusia donde los Rasputines, los Juan Sergiew y otros santos han brotado siempre de la tierra, en el mundo entero se está extendiendo la locura de creer que el Mesías está de vuelta. La agitación reina hasta entre los zulúes, en África; allí por ejemplo hay un negro que hace milagros al que llaman el "Elias Negro". Lo sé de fuentes tan segura como Eugéne Louis… —se corrigió rápidamente—… un amigo que estuvo allí recientemente cazando leopardos. A propósito, yo mismo conocí en Moscú a un célebre cacique zulú —su rostro reflejó una súbita inquietud—. De no haberlo visto con mis propios ojos no lo hubiera creído nunca: el tipo, un completo imbécil para cualquier truco, sabe hacer brujerías, de verdad, de una manera tan real como que usted me está viendo aquí sentado. Sí, sí, ejerce la magia. No se ria, querido Hauberrisser, lo he visto yo mismo y a mí no me engaña nadie con trucos —por un instante se olvidó por completo de su papel de conde polaco—, yo me los conozco todos de memoria. El diablo sabrá cómo lo hace. Dice que tiene un fetiche que le permite resistir el fuego cuando lo invoca. El hecho es que después de calentar al rojo vivo grandes piedras, ¡lo he verificado yo mismo, señor!, anda despacio sobre ellas sin quemarse los pies.
La agitación le hizo morderse las uñas y murmurar para sus adentros: «Espérate muchacho, ya descubriré tu secreto». Asustado por la idea de haberse traicionado a causa de su negligencia, recuperó velozmente su máscara de conde polaco y vació su copa.

—¡A su salud, querido Hauberrisser!, ¡a su salud!. Quizás pueda verlo usted mismo. He oído decir que está en Holanda, actuando en un circo. Bueno, ¿qué le parece si tomáramos un aperitivo en el restaurante Amstelroom de aquí al lado?.

Hauberrisser se levantó de prisa. Zitter Arpad no le interesaba en absoluto como conde.

—Lo siento muchísimo, pero hoy no estoy libre. Otra vez será, quizás. Adiós. Encantado.

Perplejo por la súbita despedida, el estafador se quedó mirándolo con la boca abierta.

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