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La obra de Gustav Meyrink

El Rostro Verde (8). Gustav Meyrink. 1916. Capítulo VII

El coche cruzaba el barrio elegante de Hilversum. Por una avenida de tilos penetró en el parque que rodeaba la soleada villa Buitenzorg.

El barón Pfeill aguardaba en lo alto de la escalera. Al ver a su amigo Hauberrisser apearse del automóvil descendió alegremente los peldaños.

—Es magnífico que hayas venido, amigo, ya me estaba temiendo que mi telegrama no te hubiese hallado en tu gruta doméstica… ¿Te ha ocurrido algo?. Pareces maditabundo. Otra cosa: Dios te bendiga por haberme enviado a este maravilloso conde Ciechonski. Es un consuelo en estos tiempos tan desolados —Pfeill estaba de tan buen humor que ni siquiera cedió la palabra a su amigo, el cual protestó vivamente, intentando informar a Pfeill acerca del estafador—. Esta mañana ha venido a verme, y naturalmente, lo he invitado a almorzar. Si no me equivoco, faltan ya un par de cucharitas de plata. Se me ha presentado…

—¿… como ahijado de Napoleón IV?.

—Sí, claro. Además se ha referido a tí.

—¡Qué descaro!. A este tipo habría que propinarle un par de bofetones.

—Pero, ¿por qué?. Si lo único que desea es ser admitido en un club distinguido. Déjalo que satisfaga su capricho. Los deseos del hombre son su paraíso. En fin, si lo que quiere es arruinarse a toda costa…

—Eso es imposible, se trata de un prestidigitador profesional —interrumpió Hauberrisser.

Pfeill le dirigió una mirada compasiva.

—¿Tú crees que eso es suficiente, hoy en día, para tener éxito en un club de poker?. Pero si todos los jugadores saben hacer trampas. Perderá hasta los pantalones, eso es. A propósito, ¿has visto su reloj?.

Hauberrisser soltó una carcajada.

—Si me quieres —exclamó Pfeill— cómpraselo y regálamelo para Navidad —se acercó con cuidado a una ventana abierta, y tras hacer una señal a su amigo, dijo en voz baja— Mira esto, ¿no es fantástico?.

Zitter Arpad, vestido de frac a pesar de la hora que era y con un jacinto en el ojal, botas amarillas y corbata negra, se encontraba reunido en íntima charla con una señora de edad avanzada, la cual, muy excitada por haber capturado por fin a un hombre, tenía manchas rojas en las mejillas y jugaba a ser la niña coqueta.

—¿La reconoces? —cuchicheó Pfeill—. Es la señora Rukstinat. ¡Que Dios la llame pronto!. ¡Ahora le va a mostrar su reloj!. Apostaría que está intentando seducir a la vieja con el espectáculo de los amantes articulados. Es un
Don Juan de primera categoría, queda fuera de duda.

—Es un regalo de bautismo de Eugéne Louis Jean Joseph —se oyó la voz del conde, temblorosa por la emoción.

—¡Oh, Floohzimjersch! —susurró la dama.

—¡Vaya!. ¿Tan lejos ha llegado ya que incluso lo llama por su nombre? —Pfeill silbó entre dientes y se llevó a su amigo—. Venga, vamonos. Estamos estorbando. Es una lástima que sea de día, si no hubiera apagado la luz.
Por compasión hacia Ciechonski. ¡No, no entres ahi —retuvo a Hauberrisser frente a una puerta que acababa de abrir un criado—. Ahí dentro están hablando de política —por un instante se entrevio una numerosa sociedad, y en el centro, un orador calvo y barbudo que se apoyaba con los dedos sobre una mesa—. Es mejor que nos vayamos al "cuarto de las medusas".

Hauberrisser se sentó en un sillón de cuero marrón-rojizo, tan blando que casi se hundió en él. Contempló con sorpresa el entorno. Las paredes y el techo estaban revestidos de placas lisas de corcho, tan hábilmente colocadas que no se distinguía raya alguna. Las ventanas eran de vidrio curvo; los muebles, los rincones y los ángulos de las paredes, incluso los bastidores de las puertas, aparecían suavemente redondeados. No había cantos por ninguna parte; la alfombra era blanda como arena de playa y en toda la habitación reinaba el mismo tono pardo tenue.

—Es que he descubierto que una persona condenada a vivir en Europa necesita una celda de aislamiento más que ninguna otra cosa. Una hora de reposo en una habitación como esta es suficiente para transformar al hombre más furioso en un molusco inofensivo, suficiente para tranquilizarle los nervios por un buen período de tiempo. Te aseguro que, aunque esté hasta el cuello de obligaciones, basta el mero pensar en mi cuarto para que toda mis buenas intenciones se disipen. Gracias a esta inteligente disposición soy capaz de faltar diariamente a mis más importantes deberes sin ningún cargo de conciencia.

—Al oírte hablar de esa manera cualquiera pensaría que te has convertido en el sibarita más cínico que uno pueda imaginarse —dijo Hauberrisser con regocijo.

—Falso —contestó Pfeill mientras ofrecía a su amigo una caja de cigarros—. Totalmente falso. Mi escrupulosa conciencia guía todos mis pensamientos y mis actos. Sé que en tu opinión la vida no tiene sentido. Yo también fui presa de este error durante mucho tiempo, pero paulatinamente he ido abandonando semejante idea. Lo único que tienes que hacer es dejarte de vanos esfuerzos y volver a ser un hombre natural.

—¿Es eso lo que tú llamas "natural"? —Hauberrisser señaló las paredes de corcho.

—¡Claro!. Si yo fuera pobre estaría obligado a vivir en un cuarto plagado de chinches. Hacerlo voluntariamente significaría llevar la antinaturalidad a su mayor extremo. El destino sabrá el motivo por el que nací rico. ¿Para recompensarme quizás por algo que hice en una vida anterior y que, por supuesto, no recuerdo?. Esta explicación me huele demasiado a cursilería teosófica. Lo más probable, a mi modo de ver, es que el destino me haya impuesto la tarea de empalagarme de las delicias de esta vida hasta la saturación, hasta que desee comer pan duro para cambiar un poco. De ser así, no seré yo quien se eche atrás. En el peor de los casos me habré equivocado. ¿Regalar mi dinero a otros?. De acuerdo, pero antes quisiera comprender por qué. ¿Sólo porque lo dicen tantos libros?. No. Mis principios no coinciden con esa divisa socialista que reza: "Quítate de ahí para que me ponga yo". ¿Acaso tengo que darle una medicina dulce a quien la necesita amarga?. ¡Jugar con el destino, lo que me faltaba!.
Hauberrisser le hizo un guiño.

—Ya sé por qué te ríes, bribón —continuó Pfeill, irritado—. Piensas en esos malditos cuatro cuartos que le mandé al zapatero, por equivocación, claro está. El espíritu tiene buenas intenciones, pero la carne es débil… Vaya falta de tacto, reprocharme mis debilidades. Toda la noche he tenido remordimientos por mi falta de carácter. Si el viejo se vuelve loco, la culpa será mía.

—Ya que mencionas el asunto —dijo Hauberrisser— no deberías haberle dado tanto de una vez, sino…

—…haberlo dejado morirse de hambre poquito a poquito —completó Pfeill, con sarcasmo—. Todo eso son tonterías. El que actúa motivado por el afecto tendrá mucho perdón, por haber amado mucho, desde luego, pero exijo que al menos se me pregunte primero si quiero que se me perdone algo. Porque pienso pagar todas mis deudas, incluidas las espirituales, hasta el último céntimo. Tengo la impresión de que mi alma, mucho antes de nacer yo, fue lo bastante inteligente como para desear grandes riquezas. Como medida de seguridad. Para no entrar en el cielo por el ojo de una aguja. A mi alma no le satisfacen los constantes cánticos laudatorios, y a mí también me horroriza la música monótona. ¡Si por lo menos el cielo no fuese más que una vana amenaza!. Pero no. Estoy firmemente convencido de que existe una institución así después de la muerte. De modo que lo mío es un auténtico número de equilibrista, vivir de una manera recta y escaparse a la vez del futuro paraíso. Ya el difunto Buda se rompió la cabeza dándole vueltas a este problema.

—Y tú también, por lo que parece.

—Cierto. Vivir y nada más no es suficiente, ¿no crees?. No tienes ni la menor idea de lo atareado que estoy, y no me refiero a mis negocios y sociedades, de ello ya se encarga mi ama de llaves, me refiero al trabajo intelectual que suponen mis proyectos… la fundación… de un nuevo Estado… y de una nueva religión. Sí señor.

—¡Por el amor de Dios!. Un día te van a encarcelar.

—No te preocupes, no soy ningún revolucionario.

—¿Y tienes ya una parroquia numerosa? —preguntó Hauberrisser con una sonrisa, sospechando que se trataba de una broma más de su amigo.
Pfeill le dirigió una mirada recriminatoria, y tras un momento de silencio, le contestó:

—Desafortunadamente, y como de costumbre, me entiendes mal. ¿No sientes algo amenazador flotando en el ambiente. Profetizar el fin del mundo es una tarea ingrata, lo han vaticinado tantas veces en el curso de los siglos que ha perdido toda credibilidad. Sin embargo, creo que está en lo cierto quien afirme sentir la proximidad de un acontecimiento semejante. No es necesario que se trate de la destrucción total del planeta, el declive del concepto tradicional del mundo también es un apocalipsis.

—¿Crees que un cambio tan importante de los conceptos podría producirse de un día para otro? —Hauberrisser meneó la cabeza de un lado para otro en señal de duda—. Yo me inclinaría más bien por la idea de una catástrofe natural que lo destruya todo. Los hombres no cambian de la noche a la mañana.

—¿Acaso he dicho yo que excluya la posibilidad de una catástrofe externa? —exclamó Pfeill—. Todo lo contrario, siento cómo se acerca con cada fibra de mi ser. En lo que se refiere a la transformación interior de los hombres, espero que no tengas razón más que en apariencia. ¿Hasta donde se remontan tus conocimientos de la historia para sostener tal tesis?. A lo sumo a unos miserables milenios. Y además, ¿no han habido en este corto espacio de tiempo algunas epidemias espirituales cuya misteriosa aparición debería hacernos pensar?. Las cruzadas, las cruzadas infantiles, por ejemplo… Todo es posible, amigo mío, y cuanto más tiempo pasa, más probable es que se produzca algo inesperado. Hasta hoy los hombres se han desgarrado unos a otros a causa de ciertos fantasmas, tan invisibles como dudosos, llamados "ideales". Creo que finalmente ha llegado el momento de acabar con tales quimeras. Es como si llevara yo años preparándome para participar en esa lucha, para ser un soldado espiritual. Nunca antes había advertido tan nítidamente que se avecina una gran batalla contra esos malditos fantasmas. Te aseguro que una vez que empiezas a erradicar falsos ideales ya no puedes parar. Es increíble qué cantidad de impertinentes mentiras hemos ido acumulando por la vía de la herencia de las ideas.

»Verás, es a este arranque sistemático de las malas hierbas de mi interior a lo que denomino la fundación de un nuevo Estado: el Estado Libre, porque será un Estado absolutamente desinfectado de cualquier germen de falsos idealismos.

»Por consideración a los restantes sistemas existentes y al conjunto de la humanidad, a la cual no quisiera obligar a adoptar mis ideas, sólo he admitido un único subdito en este Estado: yo mismo. También soy el único misionero de mi fe, y no necesito adeptos de ninguna clase.

—De lo que dices deduzco que no te has convertido en ningún tipo de organizador —observó Hauberrisser, tranquilizado.

—Hoy en día cualquiera siente la vocación de organizar, lo cual basta para patentizar lo erróneo de tal vocación. Lo contrario de lo que hace la gran mayoría suele ser lo correcto.

Pfeill se levantó y comenzó a andar de un lado para otro.

—Ni siquiera Jesús se atrevió a organizar, se limitó a dar ejemplo. La señora del cónsul Rukstinat y consortes, esos sí que se atreverían a organizar. El derecho a organizar sólo le incumbe a la naturaleza o al espíritu universal. Mi Estado tiene que ser eterno, no necesita ninguna organización. Si la tuviera no alcanzaría a cumplir su cometido.

—Pero si tu Estado quiere servir para algo es indispensable que algún día comprenda a muchos ciudadanos. ¿De dónde los sacarás, querido Pfeill?.

—Escúchame: el hecho de que a una persona se le ocurra una idea significa que, simultáneamente, a muchos se les ha ocurrido lo mismo. El que no comprende esto, no sabe lo que es una idea. Los pensamientos son contagiosos, incluso cuando no los expresamos.

»O quizás cuando no los expresamos son todavía más contagiosos. Estoy persuadido de que en este momento ya se ha incorporado a mi Estado toda una multitud. Mi Estado terminará extendiéndose por el mundo. La higiene corporal, amigo mío, ha conocido grandes progresos; el miedo al contagio hace que desinfectemos hasta las manijas de las puertas, pero hay otras enfermedades bastante peores que las físicas, el racismo, el odio entre los pueblos, el patetismo, etc., estas sí que habría que esterilizarlas con una lejía mucho más potente que la de las manijas.

—Entonces, ¿lo que te propones es exterminar el nacionalismo?.

—Yo no pienso exterminar nada en los huertos ajenos que no perezca por sí mismo, pero en el mío propio puedo hacer lo que me plazca. Parece que el nacionalismo es una necesidad para la mayoría de los hombres. Va siendo hora de que surja un Estado donde no sean las fronteras y la lengua común lo que una a los ciudadanos, sino la manera de pensar, un Estado donde la gente pueda vivir como quiera.
»En cierto modo, tienen razón los que se ríen cuando oyen hablar de la reforma de la humanidad. Su único fallo consiste en olvidar que basta con que uno sólo se transforme profundamente. La obra de ese hombre nunca perecerá, lo advierta el mundo o no. Habrá abierto un boquete en lo existente, un hueco que ya no se podrá cerrar, independientemente de que los demás se percaten de ello enseguida o al cabo de un millón de años. Lo que se ha creado una vez no puede desvanecerse más que en apariencia. Así me gustaría desgarrar la red que tiene presa a la humanidad, sí, sin valerme de ningún tipo de sermón público, sino empezando por mí, sustrayéndome yo mismo de las ataduras.

—¿Ves tú alguna relación causal entre las catástrofes naturales que presientes y la posible modificación de las concepciones de la humanidad?.

—Siempre parecerá que es un gran cataclismo, un gran terremoto por ejemplo, lo que incita al hombre a "volver sobre sí", pero eso es sólo aparente. Lo de las causas y los efectos es otra historia, a mi modo de ver. Las causas no podemos reconocerlas nunca, todo lo que percibimos son los efectos. Lo que identificamos como causa en realidad no es más que un… presagio. Si suelto este lápiz, se caerá al suelo. Que el hecho de soltarlo constituya la causa de la caída puede creerlo un estudiante, pero yo no. Soltarlo es sencillamente el presagio infalible de la caída.

»Las causas son algo completamente distinto de lo que he llamado presagio. Nosotros nos imaginamos que provocamos efectos, pero esto es una conclusión errónea y fatídica, una conclusión producida por la engañosa luz bajo la que contemplamos el mundo. En realidad lo que provoca la caída del lápiz y lo que un instante antes me induce a soltarlo es la misma y misteriosa causa. Una repentina modificación de las concepciones humanas y un gran terremoto bien pueden tener la misma causa, pero es totalmente imposible que una cosa cause a la otra, por muy plausible que pudiera parecerle a una "sana razón". La primera es tanto un efecto como la segunda, y un efecto nunca genera otro, aunque puede, como ya he dicho, constituir un presagio en una cadena de acontecimientos, pero nada más. El mundo en que vivimos es un mundo de efectos. El mundo de las causas verdaderas permanece oculto. Cuando hayamos logrado penetrar en él será porque finalmente nos habremos convertido en magos.

—Y dominar los pensamientos, descubrir su secreto origen, ¿no es también una facultad mágica?.

Pfeill se detuvo de golpe.

—¡Evidentemente!. ¿Qué otra cosa sería si no?. Por eso precisamente sitúo el pensamiento en un grado más elevado que la vida. Los pensamientos nos conducen hacia una cumbre lejana en donde no sólo podremos abarcar todo con la vista, además será posible lograr la realización de todo cuanto deseemos. Hasta el momento, los hombres se limitan a la simple magia de las máquinas, pero creo que se va aproximando el momento en el que algunos conseguirán hechizar por medio de su fuerza de voluntad. Inventar aparatos maravillosos no es más que el gesto de un paseante que recoge las zarzamoras que crecen en los bordes de su camino hacia la cima. Lo valioso no es la invención en sí, sino la capacidad de inventar; lo valioso no es el cuadro, sino la capacidad de pintar. El cuadro puede deteriorarse, pero la capacidad de pintar nunca se perderá, aunque el pintor muera.
Persistirá como una fuerza sacada del cielo, quizás esté dormida durante mucho tiempo, pero siempre volverá a despertar cuando nazca el genio a través del cual pueda manifestarse. Me complace mucho que los comerciantes sólo puedan arrebatarle al inventor el plato de lentejas, y no lo esencial.

—Parece que hoy no estás dispuesto a dejarme hablar —Hauberrisser interrumpió a su amigo— llevo un buen rato con ganas de decirte algo.

—¡Adelante entonces!. ¿Por qué no hablas?.

—Antes, otra pregunta: ¿tienes algún indicio o… o presagio de que nos encontremos actualmente ante un… digamos… cambio?.

—Hmmm. Sí. Se trata más bien de una especie de presentimiento. Todavía estoy un poco como tanteando en las tinieblas. Sigo una pista tan frágil como una tela de araña. Creo haber descubierto unas marcas-límite en nuestra evolución interior, unas marcas que nos indican que estamos penetrando en un nuevo territorio. Un encuentro casual con una tal señorita van Druysen, la conocerás esta tarde, y lo que me contó de su padre, me han llevado a esta conclusión. Esta marca-límite debe ser la misma experiencia para todos los que se encuentren maduros para ella. Me estoy refiriendo, no te rías, por favor, a la visión de un rostro verde.

Hauberrisser reprimió un grito de sorpresa. Preso de la emoción, cogió del brazo a su amigo.

—Por Dios, ¿qué te pasa? —exclamó Pfeill.

Hauberrisser le contó en pocas palabras lo que le había sucedido. La conversación que entablaron sobre el tema los enfrascó hasta tal punto que casi no se apercibieron del criado, el cual, tendiéndoles una bandeja con dos tarjetas y una edición del diario de Amsterdam, les anunció la llegada de la señorita van Druysen y del doctor Sephardi.

* * *

Pronto la conversación sobre el rostro verde se halló en pleno apogeo.

Pfeill dejó que Hauberrisser hiciera el relato de su aventura en el Salón de artículos misteriosos, y la señorita van Druysen se limitó a añadir de vez en cuando alguna palabra a la descripción que el doctor Sephardi hizo de su visita a la casa de Swammerdam. No era la timidez lo que los mantenía en silencio, tanto Eva como Hauberrisser se encontraban inmersos en una especie de depresión que les hacía difícil hablar. Se esforzaban en no esquivarse mutuamente la mirada, pero ambos tuvieron conciencia de que se estaban empeñando en pronunciar palabras diferentes. Hauberrisser se sentía algo desconcertado por la total falta de coquetería femenina en Eva. Notó que ella evitaba cuidadosamente todo cuanto pudiera revelarle el menor interés por él. Al mismo tiempo estaba avergonzado por no conseguir ocultar que se daba cuenta de lo artificial de la calma de Eva, lo consideraba como una grosera falta de tacto. Adivinó que ella estaba leyéndole los pensamientos, por el modo con que sus manos jugaban con un ramo de rosas, por cómo fumaba un cigarillo y por multitud de otros pequeños detalles. Pero no halló el medio de ayudarla. Un comentario trivial habría bastado para devolverle a la joven la seguridad que simulaba, pero quizás también hubiera bastado para herirla profundamente, o para darle la impresión de ser un dandy poco delicado.

Al entrar Eva en la sala, su asombrosa belleza lo había dejado atónito, reacción que ella fingió interpretar como un testimonio de admiración al cual estaba acostumbrada.
Cuando Eva creyó advertir que el desconcierto de Hauberrisser no se debía únicamente a su presencia, sino también al hecho de que había interrumpido una charla interesante entre él y el barón, tuvo la penosa sensación de que él pudiese interpretar su actitud como vanidad femenina.

Hauberrisser comprendió instintivamente que la sensible muchacha consideraba su belleza como una carga. Deseaba decirle francamente cuánto la admiraba, pero temió no poder dar a su voz el necesario tono de desapego.
Había amado a demasiadas mujeres hermosas en el curso de su vida para perder la cabeza inmediatamente, por muy seductores que fueran los encantos de Eva. No obstante, ella lo atraía mucho más de lo que sospechaba.
Al principio pensó que sería la prometida de Sephardi. Cuando se dio cuenta de que no era el caso, sintió algo como un dulce júbilo recorriendo su cuerpo. Enseguida trató de combatirlo, inducido por un oscuro miedo a perder nuevamente su libertad y dejarse arrastrar por el típico huracán que este tipo de experiencias desencadenan. Pero a pesar de su prevención, despertaba en él un sentimiento de profunda y auténtica vinculación a Eva, un sentimiento que no podía compararse con todo lo que hasta ahora había llamado amor.

Las chispas eléctricas que se desprendían del mudo intercambio de pensamientos eran demasiado evidentes como para escapar a la observadora mirada de Pfeill. Le dolió advertir en los ojos de Sephardi un hondo sufrimiento difícilmente contenido, un dolor que impregnaba también cada palabra que pronunciaba; sus palabras contenían una especie de prisa convulsiva muy extraña en un sabio normalmente tan reservado.

Intuyó que este hombre solitario estaba enterrando una esperanza secreta, pero no por ello menos ardiente.

—¿Adonde cree usted, doctor —preguntó Pfeill al acabar el relato de Sephardi— que puede llevar ese extraño camino que se imaginan seguir los del "círculo espiritual" de Swammerdam y del zapatero Kjinkherbogk?. Temo que vayan a parar a un océano de visiones sin límite y…

—…y con esperanzas que nunca se cumplirán —Sephardi alzó los hombros con tristeza—. Es la vieja canción de los peregrinos en busca de la Tierra Prometida, que errando sin guía por el desierto, los ojos clavados en un espejismo, terminan muriéndose de sed. Siempre acaban gritando: "¡Dios mío, por qué me has abandonado!".

—Puede que tenga razón en lo que se refiere a todos los que creen en el zapatero y en sus profecías —interrumpió Eva con seriedad— pero en el caso de Swammerdam está usted equivocado. Estoy segura. ¡Piense en lo que nos contó de él el barón Pfeill!. ¡Fue capaz de encontrar el escarabajo verde!. No puedo menos que creer que también encontrará ese algo superior que está buscando.

Sephardi sonrió amargamente.

—Se lo deseo de todo corazón, pero en el mejor de los casos, y si no desesperara antes, llegará a decir lo que todos: "Señor, en tus manos encomiendo mi alma". Créame, señorita Eva, he reflexionado sobre las cosas del más allá más de lo que usted piensa. Durante toda mi vida me he torturado preguntándome si realmente hay un modo de escapar de esta prisión terrenal, y no, ¡no lo hay!. El sentido de la vida consiste en esperar la muerte.

—Entonces —objetó Hauberrisser— los más sabios serían aquellos que sólo viven por el placer.

—Cierto. Los que sean capaces de ello. Hay gente que no lo consigue.

—Y los que no lo consiguen, ¿qué pueden hacer? —preguntó Pfeill.

—Amar y cumplir los mandamientos, tal como dice la Biblia.

—¡¿Esto me lo dice Usted?! —exclamó Pfeill con sorpresa—. ¡Usted que ha estudiado todos los sistemas filosóficos desde Lao Tse hasta Nietzsche!. Pero dígame, ¿quién fue el inventor de esos "mandamientos"?. Un profeta de leyenda, un pretendido traumaturgo. ¿Está usted seguro de que era algo más que un simple poseído?. ¿No cree que alguien como el zapatero Klinkherbogk gozaría al cabo de cinco milenios del mismo resplandor legendario, suponiendo que para entonces no se haya olvidado su nombre?.

—Eso mismo. Suponiendo que para entonces no se haya olvidado su nombre —fue la sencilla respuesta de Sephardi.

—Usted, pues, ¿da por sentado que existe un Dios que reina sobre los hombres y dirige sus destinos?. ¿Puede darme alguna explicación que esté de acuerdo con la lógica?.

—No, no puedo. Y tampoco quiero. Soy judío, no lo olvide. Quiero decir que no sólo soy judío por la raza, sino también por la convicción, y como tal vuelvo siempre al Dios tradicional de mis antepasados. Lo tengo en la sangre, y la sangre puede más que cualquier lógica. Mi razón, evidentemente, me dice que estoy equivocado en cuanto a mi fe, pero mi fe me dice también que estoy equivocado en cuanto a mi razón.

—¿Y qué haría usted si, como el zapatero Klinkherbogk, se le apareciera un ser y le dictara sus actos? —inquirió Eva.

—Intentaría dudar de su mensaje. Así no tendría que seguir sus consejos.

—¿Y si no pudiera usted dudar del mensaje?.

—Pues, eso es obvio: obedecerle.

—Ni aún en tal caso lo haría yo —murmuró Pfeill.

—A usted, con las convicciones que tiene, no podría aparecérsele jamás un ser del más allá como el… llamémoslo "ángel" de Klinkherbogk. Pero a pesar de todo usted seguiría las instrucciones de un ángel tal, ¡estando convencido, claro, de actuar por su propia iniciativa y autoridad!.

—O lo contrario —objetó Pfeill—. Uno podría imaginarse que Dios le habla a través de un fantasma de rostro verde siendo uno mismo el que habla.

—¿Dónde vé usted la diferencia esencial entre ambas cosas? —preguntó Sephardi—. ¿Qué es comunicarse?. Es expresar en voz alta un pensamiento. Y ¿qué es un pensamiento?. Es una palabra pronunciada en voz baja. Así que, en el fondo, es lo mismo que comunicarse. ¿Está usted seguro de que las ideas que se le ocurren brotan realmente dentro de usted?. ¿No podría ser que se tratara de una comunicación que le viene de alguna parte?. A mi modo de ver, es igualmente probable que el hombre no sea el productor, sino tan solo el receptor, más o menos sensible, de todos los pensamientos generados por… digamos, la madre Tierra. La aparición simultánea de una misma idea que se da con tanta frecuencia es un argumento de peso a favor de mi teoría.

»Claro que usted, si le sucediese esto, siempre diría que la idea en cuestión era suya, y que se transmitía a los demás por contagio. A eso podría yo contestarle que usted sólo habría sido el primero en captar un pensamiento que flotaba en el aire, como un telegrama recibido a través de las ondas producidas por un cerebro más sensible. Los demás lo recibirían igualmente, aunque un poco más tarde que usted. Cuanta más energía y más fe en sí mismo posea uno, más tenderá a considerarse como el creador de una gran idea, y al contrario, cuanto más débil e influenciable sea una persona, más fácilmente creerá que otros se la han inspirado. En el fondo, ambos tendrán razón. Pero por favor, no me pregunte el "por qué". No quisiera perderme en la compleja explicación de la existencia de un Yo central colectivo.

»En cuanto a la visión de un rostro verde como transmisor de un mensaje o un pensamiento —lo cual, como ya dije antes, viene a ser lo mismo— quisiera recordarles el hecho científicamente comprobado de que existen dos categorías diferentes de personas: los que piensan en palabras y los que piensan en imágenes. Supongamos que a una persona acostumbrada a pensar en palabras le viene una idea totalmente nueva para la cual nuestra lengua todavía no tiene expresión, ¿Cómo podría esta idea manifestarse si no es a través de la visión de una imagen parlante?. En el caso de Klinkherbogk, del señor Hauberrisser, y en el suyo, la idea les fue comunicada mediante la forma de un rostro verde.

—Permítame una pequeña interrupción —pidió Hauberrisser—. Cuando relataba su visita a Klinkherbogk mencionó que el padre de la señorita van Druysen había denominado al hombre de rostro verde como el "hombre primordial"; en el salón de artículos misteriosos yo mismo pude escuchar como mi visión se autodesignaba de manera parecida, y Pfeill creyó haber visto un retrato del Judío Errante, es decir, un retrato de otro ser cuyo origen se remonta al pasado lejano. ¿Cómo explica usted tan extraordinaria coincidencia, doctor Sephardi?. ¿Como uno de esos pensamientos "nuevos", desconocidos para cada uno de nosotros, que no seríamos capaces de comprender con sólo palabras sino a través de una imagen que se ofreciese a nuestro ojo interno?. Aunque parezca ingenuo, yo creo que se trata de una aparición, una misma criatura fantástica que ha penetrado en nuestras vidas.

—Yo también lo creo así —aprobó Eva en voz baja.

Sephardi reflexionó durante un instante.

—Mi opinión es que la coincidencia confirma que se trata de un "nuevo" pensamiento que se les ha impuesto a Vds. para que comprendan algo. Tal vez continúe intentando hacerles comprender. El hecho de que el fantasma aparezca bajo la forma de un hombre primordial significa que se refiere a un saber, un conocimiento o quizás una facultad espiritual extraordinaria que la humanidad poseyó en tiempos remotos, pero que se ha ido olvidando. Ahora quiere renacer, y en forma de visión, anuncia su llegada a unos pocos elegidos. No me interpreten mal, no niego que el fantasma pudiera ser un ente de existencia independiente, todo lo contrario, incluso sostengo que cada pensamiento es un ente de esta clase. Por otra parte, el padre de la señorita Eva dijo que él, el precursor, era el único hombre que no era un fantasma.

—A lo mejor mi padre quiso decir que el tal precursor era un ser que había alcanzado la inmortalidad, ¿no cree?.

Sephardi balanceó la cabeza, pensativo.

—Una persona que alcanzase la inmortalidad, señorita Eva, subsistiría en forma de pensamiento eterno. No importa si puede o no puede penetrar en nuestros cerebros como una palabra o una imagen. No moriría aunque los hombres que viven en la Tierra fueran incapaces de captarlo, de concebirlo o de "pensarlo". Únicamente estaría fuera de su alcance.
»Volviendo a la discusión con Vd., barón Pfeill, insisto en que yo, como judío, no puedo apartarme del Dios de mis antepasados. La religión de los judíos es, en la raíz, una religión de debilidad voluntaria y elegida, la esperanza en Dios y en la llegada del Mesías. Sé que también existe el camino de la fuerza, el barón ha hecho alusión a él. La meta es la misma, pero en ambos casos dicha meta sólo se reconoce al llegar. Ninguno de los dos caminos es malo en sí, pero se tornan peligrosos cuando una persona débil, o un ser lleno de nostalgia como yo, escoge el camino de la fuerza, o cuando una persona fuerte elige la vía de la debilidad. Antaño, en los tiempos de Moisés, cuando no había más que los diez mandamientos, era relativamente fácil ser un "Zadik Tomim", un Justo Perfecto. Hoy es imposible, como saben todos los judíos piadosos que se esfuerzan por ello, observar las innumerables leyes rituales. Hoy es necesario que Dios nos ayude, porque sin esta ayuda, nosotros, los judíos, no podemos continuar avanzando. Los que se lamentan de las dificultades son unos locos, ya que el camino de la debilidad resulta así más sencillo y perfecto, en tanto que el de la fuerza resulta más claro, por el contraste… Los fuertes ya no necesitan la religión, caminan libremente y sin bastón; los que sólo piensan en comer y beber tampoco necesitan bastón, porque están estancados y no andan.

—¿Nunca ha oído hablar de la posibilidad de dominar los pensamientos, señor Sephardi? —preguntó Hauberrisser—. No me refiero a la capacidad de controlarse, en el sentido de la represión de las manifestaciones emotivas.
Lo digo pensando en ese diario que he encontrado y que Pfeill acaba de mencionar.

Sephardi se sobresaltó.

Parecía haber estado esperando e incluso temiendo la pregunta.

Dirigió una rápida mirada hacia Eva.

En su rostro volvía a dibujarse aquella expresión doliente que Pfeill ya le había notado en ocasiones anteriores.

Enseguida se recuperó, pero se advertía el esfuerzo que tenía que realizar para hablar.

—Dominar los pensamientos es un antiquísimo método pagano para llegar a ser un auténtico superhombre, pero no el superhombre del que habló Nietzsche. Sé muy poco sobre este asunto. Me da algo de miedo. En los últimos decenios han llegado a Europa diversas informaciones procedentes de Oriente acerca del "puente hacia la vida" —tal es la denominación de este peligroso sendero—. Afortunadamente, la información es tan escasa que sólo sirve a quienes poseen la clave básica. Pero esta escasez informativa ha sido suficiente para enloquecer a miles de personas, sobre todo ingleses y americanos que deseaban conocer este camino mágico, digo mágico porque no se trata de otra cosa que de magia. El fenómeno ha dado lugar a una amplia producción literaria y al revalorizamiento de diversos textos antiguos, además de a la proliferación de estafadores de toda índole que se las dan de iniciados. Pero, gracias a Dios, nadie sabe todavía donde se encuentra la campana cuyo repicar oímos. La gente peregrinó en masa a la India y al Tibet sin saber que también allí se había perdido el secreto hacía tiempo. Aún se resisten a aceptar tal pérdida. Es cierto que hallaron algo en Oriente, algo que tenía un nombre parecido, pero que no es lo mismo y que sólo los llevará nuevamente a la senda de la debilidad de que hablábamos antes, o incluso a aberraciones como las de Klinkherbogk.

»Los escasos textos originales que existen sobre el tema parecen haber sido escritos con total franqueza, pero en realidad, al estar privados de su clave, no son otra cosa que un buen medio de proteger el misterio.

»Se dice que en Oriente sigue existiendo una reducida comunidad cuyo origen se remonta a unos cuantos emigrantes europeos, unos discípulos de los Rosacruces, de los cuales se comenta que conservan el secreto en su totalidad. Se llaman a sí mismos "Parada", lo cual significa "uno que ha alcanzado la otra ribera".
Sephardi se calló, como si quisiera concentrar toda su fuerza para vencer un obstáculo que le impedía proseguir con el relato. Permaneció durante algún tiempo mirando al suelo, con las manos crispadas.

Finalmente incorporó la cabeza, y mirando alternativamente a Eva y a Hauberrisser, dijo con voz apagada:

—Es una suerte para el mundo el hecho de que un hombre consiga franquear el "puente hacia la vida". Casi diría que significa más que la llegada de un Mesías. Pero un hombre solo no puede alcanzar la meta, para ello le hace falta… una compañera.

»Únicamente puede alcanzarse uniendo las fuerzas masculina y femenina.

»Este es el sentido secreto del matrimonio que la humanidad ignora desde hace milenios.

Por un momento le faltó la voz. Se levantó y se acercó a la ventana para ocultar su rostro brevemente antes de continuar, aparentemente tranquilo:

—Si alguna vez puede serles útil a Vds. dos lo poco que sé sobre este asunto, no duden en disponer de mi…

Sus palabras hirieron a Eva como un rayo. De pronto comprendió lo que había ocurrido en él. Las lágrimas se agolparon en sus ojos. Era evidente que Sephardi, con la perspicacia propia de un hombre que había pasado toda su vida aislado del mundo, preveía el lazo de sentimientos que la unirían con Hauberrisser. Pero, ¿qué le habría inducido a abreviar de manera tan brusca el desarrollo de su naciente amor, casi obligándolos a tomar una decisión?. Si Eva hubiera dudado de la integridad de carácter de Sephardi, habría podido pensar en que todo era consecuencia de los astutos tejemanejes de un pretendiente celoso que intentase impedir la elaboración de una fina y delicada tela mediante su intervención calculada.

¿No se trataba más bien de la decisión heroica de un hombre que, sintiéndose falto de fuerzas para soportar la creciente indiferencia de la mujer secretamente amada, prefiere zanjar el tema en lugar de luchar en vano?.

Un presentimiento se apoderó entonces de ella, quizá existía otra razón que justificara su apresurada intervención, algo que guardaba una relación con lo que sabía acerca del "puente hacia la vida" y con la manifiestamente intencionada brevedad de sus comentarios sobre el asunto.

Recordó las palabras de Swammerdam acerca del destino que repentinamente podía echar a galopar, todavía resonaban en sus oídos.

La noche anterior, mientras contemplaba las negras aguas del canal del Zee Dijk, tuvo el valor necesario para, siguiendo el consejo del anciano, hablar con Dios.

Lo que ahora le estaba sucediendo, ¿eran ya las consecuencias de su decisión?. Se sintió atemorizada por la idea de que estaba en lo cierto. El recuerdo de la lúgubre Iglesia de San Nicolás, la casa con la cadena metálica y el hombre del barco ocultándose como si temiera ser reconocido, todas estas imágenes se insinuaron en su mente como una fantasmagórica pesadilla. Hauberrisser, de pie ante la mesa, estaba hojeando un libro, agitado, pero sin decir nada.

Eva intuyó que sólo ella podía romper el penoso silencio. Se acercó a Hauberrisser, y mirándolo firmemente a los ojos, le dijo con voz tranquila:

—Las palabras del doctor Sephardi no deberían causarnos confusión o timidez, señor Hauberrisser. Han sido pronunciadas por un amigo. Ninguno de los dos sabemos lo que el destino nos depara. Hoy todavía somos libres, al menos yo lo soy. Si la vida quiere unirnos, nosotros no podremos, ni querremos, evitarlo. Yo no hallo nada anormal o vergonzoso en que esto suceda. Mañana temprano volverá a Amberes. Podría aplazar el viaje, pero es mejor que dejemos de vernos durante algún tiempo. No quisiera arrastrar la incertidumbre de haber estrechado un lazo prematuramente y bajo la impresión de un breve instante, un lazo que luego no podría desatarse sin sufrimiento. Usted se siente solo, según he podido deducir del relato del barón Pfeill. Yo también me siento sola. Permítame llevarme la sensación de que ya no lo estoy, la sensación de que podré llamar amigo a alguien a quien me une la común esperanza de buscar y hallar un camino que bordee lo cotidiano.

»Y por lo que se refiere a nosotros —Eva sonrió al doctor Sephardi— conservaremos nuestra vieja y fiel amistad, ¿de acuerdo?.

Hauberrisser tomó la mano tendida de Eva y depositó en ella un beso.

—Eva —permítame que la llame por su nombre— no intentaré siquiera pedirle que se quede en Amsterdam. Será el primer sacrificio que haré: perderla el mismo día en que la…

—¿Quiere darme la primera prueba de su amistad? —Eva lo interrumpió rápidamente—. Entonces no siga hablando de mí. Sé que las palabras que iba a pronunciar no se las dictaba la cortesía o el formalismo, pero a pesar de todo le pido que no termine la frase. Quiero que sea el tiempo el que nos muestre si seremos algún día algo más que amigos…
En cuanto Hauberrisser comenzó a hablar, el barón Pfeill se incorporó con la intención de abandonar discretamente la habitación, para no estorbar a la pareja. Pero al percatarse de que Sephardi no podría seguirlo sin pasar muy cerca de ellos, optó por acercarse a la mesita que había junto a la puerta y coger un periódico.

Tras echar una ojeada a las primeras líneas, exclamó sobresaltado:

—¡Anoche se cometió un asesinato en el Zee Dijk!.

DESCUBIERTO EL AUTOR DEL CRIMEN.

Ampliamos la información de nuestra edición de mediodía. Cuando el científico Jan Swammerdam, vecino del Zee Dijk, quiso abrir la puerta de la buhardilla que él mismo, por razones que aún no ha revelado, había cerrado con llave, se la encontró abierta, hallando posteriormente en el interior el cadáver cubierto de sangre de la pequeña Katje. El zapatero Anselm Klinkherbogk había desaparecido, al igual que una importante suma de dinero que, según las declaraciones de Swammerdam, poseía todavía la noche anterior.

Las sospechas de la policía se centraron inmediatamente en la persona de un empleado de la casa, pretendidamente visto por una mujer cuando intentaba abrir a oscuras la puerta de la buhardilla. Fue detenido enseguida, y puesto en libertad poco después, cuando por iniciativa propia se entregó a la policía el verdadero autor del crimen.

Se supone que asesinó primero al anciano zapatero y luego a la nieta, que se habría despertado a consecuencia del ruido. Según parece, el cadáver fue arrojado al canal, a través de la ventana. El sondeo de las aguas aún no ha proporcionado resultados, dado que en ese lugar el fondo está formado por un barro blando que alcanza varios metros de profundidad.

No se excluye, aunque parece poco probable, que el asesino haya cometido el crimen en un momento de enajenación mental, ya que sus declaraciones al comisario son extremadamente confusas. Confiesa haberse apoderado del dinero —se habla de varios miles de florines— el cual había sido regalado a Klinkherbogk por un hombre de la ciudad famoso por ser un gran derrochador. El hecho constituye un buen ejemplo de lo poco apropiados que resultan a menudo tales caprichos caritativos. Así que en definitiva, el caso tiene tintes de ser un robo acompañado de homicidio…».

Pfeill dejó caer el periódico, cabeceando tristemente.

—¿Y el autor, qué dicen del autor? —preguntó de modo precipitado la señorita van Druysen—. Habrá sido aquel horrible negro, ¿no?.

—El asesino… —Pfeill pasó la hoja— El asesino es… aquí está: "El autor del crimen es un judío de origen ruso llamado Eidotter, el cual es propietario de un despacho de bebidas alcohólicas en el mismo inmueble. Ya va siendo hora de que el Zee Dijk…" etc., etc.

—¿Simón, el portador de la cruz? —exclamó Eva sobrecogida—. ¡No, no creo que haya sido capaz de cometer un crimen tan premeditado y repugnante!.

—Ni siquiera en estado de enajenación mental —añadió el doctor Sephardi.

—¿Piensa usted entonces que fue el empleado, Ezequiel?.

—Tampoco. Puede que intentase abrir la puerta con una llave falsa, para robar el dinero. Pero el asesino es el negro, es evidente.

—¿Pero qué puede haber incitado al viejo Lázaro Eidotter a confesarse culpable del crimen?.

El doctor Sephardi alzó los hombros:

—Quizá creyó, al ver llegar a la policía, que el asesino era Swammerdam, y quiso sacrificarse por él en un ataque de histeria. Nada más verlo noté que no era normal.

»¿Se acuerda usted, señorita Eva, de lo que dijo el viejo coleccionista de mariposas acerca de la fuerza oculta de los nombres?. En mi opinión, basta con que Eidotter se repitiera varias veces su nombre espiritual, Simón, para que se le ocurriese la idea de sacrificarse por otro a la primera oportunidad. Incluso se me ocurre que pudo ser el zapatero Klinkherbogk quien asesinara a la pequeña en un arrebato de fanatismo religioso, y antes de que fuera asesinado a su vez. Estuvo repitiendo el nombre de Abram durante muchos años, eso está demostrado. Si en lugar de Abram hubiera insistido en el nombre de Abraham, difícilmente se habría producido la catástrofe de la inmolación de Isaac.

—Lo que está usted diciendo me resulta totalmente incomprensible —interumpió Hauberrisser—. ¿El hecho de repetir constantemente una palabra para sí mismo puede acaso determinar o modificar el destino de una persona?.

—¿Y por qué no?. Los hilos que manejan las acciones humanas son muy sutiles. Lo que está escrito en el libro del Génesis sobre el cambio de nombres de Abram a Abraham y de Sarai en Sarah tiene que ver con la Cabala u otros misterios todavía más profundos. Poseo indicios de que es un error pronunciar los nombres secretos tal como se hace en el círculo de Klinkherbogk. Como ustedes sabrán, a cada letra del alfabeto hebreo le corresponde un valor numérico, por ejemplo: la letra S es igual al 21, la M a 13, la N a 14. Así podemos transformar un nombre en cifras, y a partir de tales cifras construir un cuerpo geométrico imaginario, un dado, una pirámide, etc. Son estas formas geométricas las que pueden convertirse en el sistema cristalino, por llamarlo de algún modo, de nuestro ser interior, amorfo hasta ese momento. Hay que imaginar el proceso de manera adecuada y con la suficiente concentración. De esta forma transformamos nuestra "alma" —no encuentro otra expresión— en un cristal y la colocamos bajo las leyes eternas que rigen la cristalización. Los egipcios atribuían una forma esférica al alma perfecta.

—En el caso de que fuese realmente el infeliz zapatero quien mató a su nieta, ¿qué fallo cometió en sus prácticas espirituales? —preguntó el barón Pfeill, dubitativo—. ¿Existe una diferencia tan esencial entre los nombres de Abram y Abraham?.

—Fue Klinkherbogk mismo quien se dio el nombre de Abram; el nombre nació en su propio subconsciente. ¡Ahí radica el fallo!. Le faltó, como decimos los judíos, la Neschamah enviada desde arriba, el soplo espiritual de la divinidad, en este caso la sílaba "ha". Fue a Abraham a quien se encomendó el sacrificio de Isaac, en tanto que Abram estaba destinado a convertirse en asesino, al igual que Klinkherbogk. En su ansia por obtener la vida eterna, Klinkherbogk no hizo sino llamar a la muerte. Antes dije que las personas débiles no deben elegir el camino de la fuerza. Klinkherbogk se apartó del camino de la debilidad, el camino de la esperanza, que era el suyo.

—¡Habrá que hacer algo por el pobre Eidotter! —exclamó Eva—. No podemos quedarnos con los brazos cruzados mirando como condenan a un ¡nocente, ¿no?.

—No condenan a nadie tan rápidamente —fue la tranquilizadora contestación de Sephardi—. Mañana iré a ver a Debrouwer, el psiquiatra del Tribunal. Lo conozco desde los tiempos universitarios. Hablaré con él.

—Y ¿crees que querrá ocuparse también del pobre y viejo coleccionista de mariposas?. Tiene Vd. que escribirme a Amberes para decirme como se encuentra —rogó Eva. Se levantó y únicamente tendió su mano a Pfeill y a Sephardi—. Adiós, hasta pronto —Hauberrisser comprendió enseguida que ella deseaba que la acompañara, por lo que la ayudó a enfundarse el abrigo que un criado acababa de traer.

* * *

El frescor del ocaso humedecía la fragancia de los tilos cuando Hauberrisser y Eva van Druysen atravesaban el parque. Blancas estatuas griegas centelleaban a través de las alamedas. Los chorros de plata de las fuentes murmuraban soñadoramente, reflejando las luces de las farolas.

—¿No podría ir a verla a Amberes de vez en cuando, Eva? —preguntó Hauberrisser casi con timidez—. Me pide usted que espere hasta que sea el tiempo el que nos una, pero ¿cree usted que nos unirá mejor si intercambiamos cartas en lugar de vernos?. Ambos concebimos la vida de otra manera que la masa, ¿por qué levantar un muro entre nosotros, un muro que podría llegar a separarnos?.

Eva apartó la vista.

—¿Está realmente tan seguro de que estamos destinados el uno para el otro?. La vida en común de dos seres puede ser algo muy hermoso. ¿Por qué ocurre entonces que con tanta frecuencia finaliza en aversión y amargura?. A veces pienso que para un hombre debe tener algo de antinatural el hecho de encadenarse a una mujer. Me imagino que para él será como si le quebraran las alas… Por favor, déjeme terminar, sé lo que quiere decir…

—No, Eva —Hauberrisser la interrumpió—. Está usted equivocada. Usted teme lo que yo pueda decirle, no quiere oír cuáles son mis sentimientos hacia usted, así que me callo. Las palabras de Sephardi, aunque hayan sido dichas con honestas intenciones, han levantado entre nosotros una barrera muy difícil de franquear. Deseo de todo corazón que se cumpla la promesa que encerraban, pero me duele el obstáculo que han supuesto. Si no hacemos un supremo esfuerzo para derribarlo, siempre se interpondrá entre nosotros.

»A pesar de todo, en el fondo me alegro de que las cosas hayan sucedido así. Usted y yo no corremos el riesgo de contraer un matrimonio basado en la pura conveniencia. Lo que nos amenazaba —permítame hablar en plural— era más bien una unión que sólo fuese impulsada por el amor y el instinto. El doctor Sephardi tenía toda la razón al decir que los hombres han perdido el verdadero sentido del matrimonio.

—¡Eso es precisamente lo que me atormenta! —exclamó Eva—. Me siento tan indefensa y desorientada frente a la vida como si esta fuese un horrible monstruo voraz. Todo es necio, todo está desgastado. Cada una de las palabras que utilizamos está llena de polvo. Soy como una niña que acude al teatro con la ilusión de contemplar un mundo de cuentos de hadas y no encuentra más que comediantes pintarrajeados. El matrimonio se ha convertido en una institución repugnante que priva al amor de su brillo y rebaja al hombre y a la mujer, reduciéndolos a la mera funcionalidad. Es como un hundimiento lento y desesperado en la arena del desierto. ¿Por qué los seres humanos no somos como las moscas efímeras? —se detuvo un instante y contempló con nostalgia una nube de mariposas que, como un velo encantado, rodeaban una luminosa fuente—. Durante años se arrastran por los suelos como gusanos, preparándose para las nupcias como para algo sagrado. Luego, tras celebrar un único y corto día de amor, se mueren —un estremecimiento la interrumpió.

Hauberrisser advirtió en sus ojos oscurecidos que se hallaba profundamente emocionada. Tomó su mano, acercándosela hasta los labios.

Durante un rato Eva se mantuvo inmóvil; luego alzó los brazos y, enlazando por el cuello a Hauberrisser, lo besó.

—¿Cuando serás mi esposa?. La vida es tan corta, Eva.

Ella no contestó. Se dirigieron en silencio hacia la entrada del parque donde los aguardaba el coche del barón Pfeill. Hauberrisser quiso repetir su pregunta antes de que se despidieran. Anticipándose, Eva se detuvo, y estrechándose contra él, le dijo suavemente:

—Te deseo, te añoro como a la muerte. Seré tuya, estoy segura, pero lo que los hombres entienden por matrimonio nos será ahorrado.

Hauberrisser apenas captó el sentido de sus palabras, estaba como aturdido por la felicidad de tenerla en sus brazos. Pero poco a poco fue transmitiéndosele el escalofrío de Eva, sintió que el pelo se le ponía de punta, como si un soplo sagrado estuviese envolviéndolos, como si el ángel de la muerte los protegiera con sus alas, alejándolos de la Tierra rumbo a las floridas llanuras de una eterna felicidad.

Cuando despertó de su inercia, el extraño éxtasis lo fue abandonando paulatinamente y en su lugar se instaló un dolor amargo, temió no volver a ver nunca más a Eva mientras el coche se perdía en la lejanía.

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