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La obra de Gustav Meyrink

El Rostro Verde (10). Gustav Meyrink. 1916. Capítulo IX

CAPÍTULO IX

Después de cenar, Hauberrisser permaneció durante una hora con el barón Pfeill y el doctor Sephardi. Estuvo distraído y taciturno. Su pensamiento estaba tan centrado en Eva que se sobresaltaba cada vez que se dirigían a él.

Pensó en los días venideros y de pronto le resultó insoportable su soledad en Amsterdam, pese a que poco tiempo atrás le había gustado tanto. Aparte de Pfeill y Sephardi, cuya personalidad lo atrajo desde el primer momento, no tenía amigos ni conocidos, y por otro lado, hacía mucho tiempo que había roto las relaciones con su patria. Ahora que conocía a Eva, ¿sería capaz de soportar su habitual existencia de ermitaño?.

Consideró la posibilidad de trasladarse a Amberes, en donde al menos podría respirar el mismo aire que ella. Y quizás pudiera verla de vez en cuando.

Sufría al recordar la frialdad con que le comunicó su decisión de dejar en manos del tiempo o del azar la última palabra en cuanto a si se establecería entre ellos un vínculo duradero, pero luego evocaba sus besos, y embriagado por la felicidad, se solazaba en la fortuna de que se hubieran encontrado.

Dependía de él, se dijo, que la separación durara sólo unos días. ¿Qué le impediría ir a verla la semana siguiente y pedirle que mantuvieran el contacto?. Según tenía entendido ella era totalmente independiente y no tenía que consultar con nadie sus determinaciones.

Pero por muy claro y llano que le pareciese el camino hacia Eva, evaluó todas las circunstancias y no pudo evitar que una confusa sensación de angustia se alzara como una barrera frente a sus esperanzas, un sentimiento irreductible que habia experimentado con nitidez por vez primera cuando se despidieron. Intentaba imaginar un futuro de color de rosa, se esforzaba a pensar en un desenlace satisfactorio, hacía esfuerzos convulsivos para contrarrestar el implacable "no" que resonaba en su corazón. Estaba al filo de la desesperación.

Una larga experiencia le había enseñado que, una vez despiertas esas raras certezas interiores acerca de la inminencia de una catástrofe, y aunque en apariencia fueran infundadas, era inútil querer acallarlas. Quiso apaciguarse diciéndose que su inquietud era una consecuencia natural del amor. Aguardaba con impaciencia el momento de enterarse de que Eva había llegado sana y salva a Amberes.

Sephardi y él descendieron en la estación de Westerpoort, que se hallaba más cerca del centro de la ciudad que la estación central. Acompañó al doctor hasta la calle Heerengracht y una vez allí echó a correr hacia el hotel Amstel con objeto de dejar un ramo de rosas para Eva, un ramo que Pfeill, adivinando sus pensamientos, le había ofrecido sonriente.

El conserje le comunicó que la señorita van Druysen acababa de partir, que si tomaba un taxi aún podía llegar antes de la salida del tren.

Un coche lo llevó rápidamente a la estación. Esperó.

Los minutos pasaron y Eva no llegaba.

Telefoneó al hotel y tampoco había vuelto allí. Le aconsejaron que preguntara en la consigna.

Las maletas no habían sido retiradas. Sintió oscilar el suelo bajo sus pies. Entonces, consumido de inquietud por Eva, comprendió cuánto la amaba. Ya no podría vivir sin ella.

El ultimo obstáculo que se interponía entre ellos, una leve sensación de ser aún extraños el uno para el otro, se derrumbó completamente bajo el peso de su preocupación. Sabía que si la hallara ahora, la cogería entre sus brazos y la cubriría de besos, y no la dejaría marcharse nunca más.

Faltaba un minuto. Ya apenas si le quedaban esperanzas de verla llegar. No obstante aguardaría hasta que el tren se pusiera en marcha.

Era evidente que le había sucedido algo. Tuvo que obligarse a permanecer tranquilo.

¿Qué camino podría haber tomado?. No tenía ni un minuto que perder. Si no había ocurrido ya lo peor todavía quedaba un recurso: sopesar la situación con espíritu frío y lúcido, que era un método cuya validez había constatado en sus viejos tiempos de ingeniero e inventor, un método que podía ser una fuente casi inagotable de ideas ingeniosas. Desplegando todo su potencial imaginativo, trató de desvelar el engranaje secreto de los acontecimientos, los cuales debían haberse producido antes de que Eva abandonara el hotel. Intentó ponerse en su lugar, especulando acerca de cuál sería su estado de ánimo mientras esperaba el momento de marcharse.

El hecho de que enviara previamente su equipaje en vez de utilizar el coche del hotel le hizo suponer que proyectaba ir a ver a alguien.

Pero… ¿a quien?… ¿y tan tarde?…

Súbitamente recordó que Eva había rogado a Sephardi que fuera a ver a Swammerdam lo antes posible.

El viejo coleccionista de mariposas vivía en el Zee Dijk —un barrio de criminales, según decía el artículo del asesinato—. ¡Sí!. No habia podido ir a ningún otro sitio.

Pensó en las terribles eventualidades que podían amenazarla en aquel barrio y le dieron escalofríos. Había oído hablar de tabernas en las que se robaba a los extranjeros y, tras asesinarlos, arrojaban sus cuerpos al canal… el pelo se le erizaba al imaginar que hubiera podido ocurrirle algo así a Eva.

Instantes después, el automóvil cruzaba velozmente el puente de Openharen, que llevaba a la Iglesia de San Nicolás. Se detuvieron. El chófer le explicó que era imposible entrar con el coche en los estrechos callejones del Zee Dijk, el señor debía ir a la taberna del "Príncipe de Orange", le dijo mientras señalaba hacia un rayo de luz, y preguntar al tabernero por la dirección que buscaba.

* * *

La puerta de la taberna estaba abierta y Hauberrisser entró precipitadamente. El local, excluyendo al hombre que estaba de pie detrás del mostrador y que lo miraba con disimulo, se hallaba vacío. A lo lejos estallaron fuertes gritos que parecían proceder de alguna pelea.

El tabernero, después de recibir una propina, le indicó que el señor Swammerdam vivía en el cuarto piso y, a regañadientes, le mostró una escalera bastante peligrosa.

—No, la señorita van Druysen no ha vuelto por nuestra casa —contestó el viejo coleccionista moviendo la cabeza después de que Hauberrisser le contara sus preocupaciones.

Aún no se había acostado y se hallaba completamente vestido. Una única vela, casi consumida, sobre la mesa vacía, y la expresión dolida de su rostro, daban a entender que había pasado horas en la habitación meditando acerca del terrible final de su amigo Klinkherbogk.

Hauberrisser le cogió la mano.

—Perdóneme, señor Swammerdam, por sorprenderlo así, en plena noche y sin ninguna consideración hacia su dolor. Sí, sé lo que acaba de perder… —se interrumpió al advertir la expresión perpleja del anciano— incluso conozco los detalles, el doctor Sephardi me lo ha contado todo hoy. Si a Vd. le parece bien, luego podemos hablar de ello detenidamente, pero en este momento toda mi preocupación es Eva. Si pensaba realmente venir a verle y la han asaltado por el camino… ¡Por el amor de Dios, no quiero ni pensarlo!.

Hauberrisser se incorporó de un salto, y totalmente fuera de sí a causa de la inquietud, se puso a dar vueltas por el cuarto. Swammerdam reflexionó durante un rato y con tono optimista le dijo:

—Por favor, no quisiera que interpretara mis palabras como una fórmula vacía y consoladora… La señorita van Druysen no ha muerto.

Hauberrisser se dio la vuelta vehementemente.

—¿Cómo lo sabe?.

El tono tranquilo y firme del anciano le había quitado un peso de encima.

Swammerdam vaciló un momento antes de contestar.

—Porque entonces la vería —dijo finalmente a media voz. Hauberrisser le cogió del brazo.

—¡Le suplico que me ayude si puede!. Sé que toda su vida ha estado presidida por la fe, quizás su mirada pueda ver más profundo que la mía. Una persona imparcial puede ver a menudo…

—No soy tan imparcial como Vd. cree, señor Hauberrisser —lo interrumpió—. Sólo he visto una vez a la señorita, pero no exagero si le digo que la quiero tanto como si fuese mi hija. No me dé las gracias, no hay de qué. Es absolutamente natural que haga todo lo que esté en mis débiles manos para ayudarles a ella y a Vd., aunque para ello tenga que verter mi vieja e inútil sangre. Ahora escúcheme tranquilamente, se lo ruego: probablemente está en lo cierto al suponer que le ha ocurrido algún accidente. No fue a ver a su tía, en tal caso yo lo hubiera sabido a través de mi hermana que acaba de regresar del convento. No puedo asegurarle que la encontremos hoy, pero lo intentaremos por todos los medios. Y si no la hallamos, por favor, no se preocupe, estoy totalmente seguro de que… alguien en comparación con el cual no somos nada, la protege. No quisiera emplear expresiones que le resulten enigmáticas… Tal vez un día llegue el momento de poder decirle por qué estoy tan firmemente convencido de que la señorita Eva habrá seguido un consejo que yo le di… Lo que le ha ocurrido hoy será posiblemente la primera consecuencia de ello. Mi amigo Klinkherbogk eligió en su día un camino similar al que ahora ha tomado la señorita Van Druysen. Yo había presentido su final desde hacía mucho tiempo, pero me aferraba a la esperanza de poder evitárselo con mis ardientes oraciones. La noche pasada me probó algo que yo sabía desde siempre: la oración es un medio para despertar de manera intensa las fuerzas que dormitan dentro de nosotros. Creer que los rezos pueden modificar la voluntad de Dios es una locura. Los hombres que han puesto su suerte en manos del espíritu que mora en ellos mismos se rigen por la ley espiritual. Se han emancipado de la tutela de la tierra, cuyos dueños serán un día. Los sucesos que les ocurren tienen un sentido, sirven siempre para impulsarlos hacia adelante. Todo cuanto les ocurre lo hacen en un momento y de una manera que jamás podría ser más propicio. Créame, señor, ése es el caso de la señorita Eva. Lo difícil es invocar al espíritu que debe guiar nuestro destino. Sólo oye la voz del que está maduro, y la llamada debe ser dictada por el amor al prójimo, en otro caso se despertarían en nosotros fuerzas tenebrosas.

»Los Judíos Cabalistas lo expresan así: "Hay seres del imperio sin luz del Sí, ellos interceptan las oraciones que no tienen alas". Con ello no se refieren a demonios que estén fuera de nosotros, sino a los mágicos venenos de nuestro interior, esos venenos que desintegran nuestro Yo cuando se despierta.

—¿Pero, no podría ser que como su amigo Klinkherbogk, Eva haya ido hacia su perdición? —exclamó Hauberrisser, agitado.

—¡No!. Déjeme terminar, por favor. Nunca habría tenido el valor de darle un consejo tan peligroso si en aquel momento no hubiera percibido la presencia de aquél a quien acabo de mencionar. Ni Vd. ni yo somos nada frente a él. Durante mi larga vida, y a través de indecibles sufrimientos, he aprendido a distinguir su voz de las insinuaciones de los deseos humanos.

El único peligro que corre la señorita Eva es el de escoger un mal momento para la invocación, y ese momento peligroso, gracias a Dios, ya ha pasado. ¡Hace apenas unas horas —Swammerdam sonrió con alegría— que ella ha sido escuchada!. Quizás… no quiero ufanarme por ello, porque tales cosas me suceden cuando estoy ausente y absorto, en trance… Quizás haya tenido yo la suerte de haber podido acudir en su ayuda.

Fue hacia la puerta y la abrió para su huésped.

—Ahora vamos a hacer lo que nos dicte la fría razón. En tanto que todo lo material no esté de nuestro lado, no tendremos derecho a esperar ayuda de lo espiritual. Bajemos a la taberna y ofrezca dinero a los marineros para que busquen a la señorita, prometa recompensar a quien la encuentre sana y salva. Podrá Vd. comprobar que son capaces de arriesgar sus vidas si fuera necesario. Estos hombres son mejores de lo que suele creerse, lo que pasa es que se han extraviado en la selva de sus almas y por ello dan la impresión de ser bestias salvajes. En ellos se oculta una porción de heroísmo que buena falta les haría a tantos burgueses decentes. Esta capacidad heroica se manifiesta en ellos como salvajismo porque no saben reconocer la naturaleza de la fuerza que los impele. No temen a la muerte, y los hombres valientes nunca son malos en el fondo. El signo más evidente de que alguien lleva dentro de sí la inmortalidad es su desprecio por la muerte.

Swammerdam y Hauberrisser penetraron en la taberna. La sala estaba repleta. En mitad de la misma, tendido en el suelo, yacía el cadáver del marinero chileno cuyo cráneo había sido destrozado por el negro.

A preguntas de Swammerdam, el tabernero respondió de manera evasiva, dijo que no había sido más que una de tantas peleas de las que se producían a diario en el puerto.

—¡El maldito negro de ayer…! —empezó a decir la camarera Antje, pero no pudo continuar porque el tabernero le propinó un violento golpe en las costillas.

—¡Cállate, guarra! —le gritó—. Era un fogonero negro de un barco brasileño, ¡¿entendido?!.

Hauberrisser llamó aparte a uno de los bribones, le dio una moneda y comenzó a interrogarle.

Enseguida se vieron rodeados por toda una banda de tipos salvajes que les ofrecían las más diversas descripciones de la forma en que habían ajustado las cuentas al negro. Sólo estaban de acuerdo en un punto: se trataba de un fogonero extranjero. El amenazador semblante del tabernero los mantenía a raya y sus gruñidos les recordaban que bajo ningún concepto debían dar ningún detalle que pudiera delatar al zulú. Sabían que, de habérseles ocurrido apuñalar a tan valioso parroquiano, el tabernero no hubiera movido ni siquiera el dedo meñique, pero también sabían que la sagrada ley portuaria los obliga a aliarse incluso con el enemigo cuando un peligro foráneo los amenazaba.

Hauberrisser escuchaba con impaciencia las fanfarronadas cuando de pronto oyó algo que hizo que su sangre se le agolpara en el corazón: Antje mencionó que el negro había asaltado a una dama joven y distinguida.

Se apoyó un momento sobre Swammerdam para no derrumbarse. Luego vació su cartera en la mano de la camarera, era incapaz de pronunciar una sola palabra, y la invitó mediante señas a que contara lo ocurrido.

Habían oído gritos de mujer, contaron todos juntos, y salieron a la calle.

—Yo la he tenido en mi regazo, estaba desmayada —exclamó Antje.

—¿Pero dónde está?. ¿Dónde está? —gritó Hauberrisser.

Los marineros se callaron, mirándose con perplejidad, como si acabaran de comprender. Nadie sabía dónde estaba Eva.

—Yo la he tenido en mi regazo —insistió Antje—. Se veía que no tenía ni la menor idea del lugar en el que Eva había desaparecido.

Todos salieron corriendo, Hauberrisser y Swammerdam iban en medio del grupo. Exploraron las callejuelas gritando el nombre de Eva e iluminando cada rincón del jardín de la iglesia.

—Por allí se subió el negro —explicó la camarera señalando hacia el tejado verde— y aquí la dejé sobre el adoquinado, yo también quería perseguirlo, luego llevamos el muerto a la taberna y me olvidé de ella.

Despertaron a los inquilinos de las casas vecinas para preguntarles si Eva se había refugiado en alguna de ellas, pero en ninguna parte había rastro alguno de la desaparecida.

Roto el cuerpo y el alma, Hauberrisser prometió todo lo que deseara al que fuese capaz de traerle noticias de Eva. Swammerdam intentó en vano tranquilizarlo. La idea de que Eva, desesperada por lo ocurrido, se hubiera suicidado tirándose al canal, le quitaba los últimos restos de sentido común. Los marineros se desplegaron a lo largo de toda la Nieuwe Vaart, hasta el muelle de Prins Hendrik, y volvieron sin el menor resultado.

Pronto el barrio entero participó en la búsqueda; los pescadores, apenas vestidos, sondearon los atracaderos con las farolas de sus barcos y prometieron que al amanecer rastrearían todos los canales.

A cada instante, Hauberrisser temía enterarse por boca de la camarera, que no cesaba de narrarle de mil maneras distintas los detalles del suceso, de que el negro había violado a Eva. Esa pregunta le quemaba el corazón sin que se atreviese a formularla. Finalmente se decidió, y balbuciendo, dio a entender lo que pensaba.

Los golfos, que trataban de consolarlo jurándole que despedazarían al zulú en cuanto lo hallaran, se quedaron callados, evitaron mirarlo a los ojos y algunos escupieron en silencio. Antje sollozó quedamente.

A pesar de habitar en aquella inmundicia, todavía era lo bastante mujer como para compadecerse del corazón roto de Hauberrisser. Sólo Swammerdam permanecía tranquilo y sosegado. La inquebrantable confianza que se reflejaba en su rostro, la amable paciencia con la que movía la cabeza, sonriendo suavemente, cada vez que alguien hacía la conjetura de que
Eva se hubiese ahogado, terminaron por inspirar una renovada actitud de esperanza en Hauberrisser. Finalmente siguió el consejo del anciano, marchándose a casa en su compañía.

—Ahora acuéstese y descanse —aconsejó Swammerdam cuando llegaron al piso—. No permita que las preocupaciones alteren su sueño. Se puede trabajar mejor con el alma cuando no es estorbada por las penas del cuerpo, se puede trabajar con ella mejor de lo que se imaginan los hombres. Déjeme que me encargue de todo lo que queda por hacer. Avisaré a la policía para que busque a su prometida. No es que espere mucho de ello, pero es necesario llevar a cabo todo lo que exige la razón sensata.
Por el camino, Swammerdam había tratado de desviar hacia otros temas la atención de Hauberrisser, de tal manera que el joven le contó brevemente el hallazgo del diario enrollado y le mencionó sus planes de emprender unos estudios que se habían visto truncados quizás para siempre.

El viejo, viendo que la desesperanza volvía a nacer en el semblante de Hauberrisser, cogió su mano y no la soltó durante un rato.

—Quisiera transmitirle la seguridad que siento con respecto a la señorita Eva. Si tuviera tan sólo una mínima parte de ella, Vd. mismo sabría lo que el destino espera que haga. Pero entretanto, lo único que puedo hacer es darle un consejo. ¿Seguirá Vd. mi consejo?.

—Puede estar seguro —prometió Hauberrisser, nuevamente perturbado por el recuerdo de las palabras de Eva en Hilversum en el sentido de que Swammerdam, gracias a su viva fe, sería capaz de encontrar lo más elevado—. Confíe en ello. Emana tanta fuerza de Vd. que a veces me da la sensación de hallarme protegido contra el huracán por un árbol milenario.
Cada palabra suya me reconforta.

—Quiero contarle un pequeño incidente —comenzó Swammerdam—que me ha servido de referencia en la vida, por muy insignificante que al principio me pareciera. En aquel entonces yo era aún bastante joven y acababa de sufrir una decepción tan grande que la tierra se me antojó durante mucho tiempo un lugar lúgubre e infernal. El destino me trataba como un verdugo implacable. Inmerso en tal estado de ánimo, sucedió que un día fui testigo de la manera en que se adiestraba a un caballo. Lo tenían atado a una larga correa, obligándolo a dar vueltas en círculo sin que se le permitiera ni un segundo de reposo. Cada vez que llegaba a un obstáculo que debía saltar, lo esquivaba y se ponía terco. Los latigazos llovían sobre su lomo durante horas, pero el caballo se negaba a saltar. El hombre que lo atormentaba no era cruel, sufría visiblemente a consecuencia del brutal trabajo que debía cumplir. Tenía una cara amable y bonachona, y cuando le reproché su comportamiento, me contestó: «Preferiría gastarme todo el jornal en comprarle terrones de azúcar si con ello comprendiera lo que quiero de él. Lo he intentado muchas veces, pero siempre sin resultado. Es como si el diablo habitara en este animal y le cegara el cerebro. Y eso que se le exige tan poca cosa». Vi un ansia mortal en los delirantes ojos del caballo cada vez que se acercaba de nuevo al obstáculo, el temor a recibir más latigazos hacía reverberar en ellos el miedo. Me rompí la cabeza intentando hallar otro medio de hacerse comprender por el pobre animal. Mientras le gritaba, primero con el espíritu y después con palabras, que saltase porque de esa manera todo se acabaría rápidamente, tuve que constatar, muy a mi pesar, que el doloroso sufrimiento era el único maestro capaz de hacerle llegar a la meta. Entonces reconocí súbitamente que yo actuaba lo mismo que el caballo: el destino me estaba golpeando y todo lo que yo sabía es que sufría.

»Odiaba a la fuerza invisible que me torturaba, pero hasta aquel momento no había acabado de comprender que todo aquello sucedía únicamente para que yo realizara algo, quizás salvar un obstáculo espiritual que se hallaba ante mí.

»Esta pequeña experiencia se convirtió en un hito en mi camino: aprendí a amar a los seres invisibles que me empujaban hacia delante a latigazos, porque sentía que hubiesen preferido darme azúcar si con ello consiguieran elevarme a un escalón superior al que ocupa la efímera humanidad.

»El ejemplo que cito está algo cojo, naturalmente —continuó Swammerdam con humor—. Cabe la pregunta de si el caballo progresaría realmente por haber aprendido a saltar, o de si hubiera sido mejor dejarlo en su estado salvaje. Pero sobra que le diga esto. Para mí contó sobre todo una cosa: hasta entonces había vivido en la errónea convicción de que todo lo malo que me sucedía era un castigo, atormentándome por descubrir la razón de merecerlo. De repente encontré un sentido para los rigores del destino y aunque a menudo no comprendía qué obstáculo debía saltar, me esforzaba por ser un caballo dócil.

»Pude experimentar en mí mismo el extraño y oculto sentido básico del versículo bíblico que habla del perdón de los pecados: con la noción del castigo había desaparecido igualmente la del pecado. Sustituí la caricatura de un Dios vengador por una fuerza benéfica, despojada de forma, que sólo deseaba instruirme, de la misma manera que el hombre quería instruir al caballo. A menudo he contado esta historia a otras personas, pero casi nunca caía en suelo fértil. La gente se persuadía de que, siguiendo mi consejo, podrían adivinar lo que el invisible "domador" esperaba de ellos. Y como los golpes del destino no cesaban inmediatamente, volvían a caer en la vieja rutina, volvían a cargarse con la misma cruz que antes, unos quejándose y otros refugiándose en una falsa humildad, "resignados". Le diré una cosa: el que está tan avanzado como para adivinar a veces lo que quieren de él los seres del más allá, ya ha realizado la mitad del trabajo. El sólo deseo de adivinarlo, por sí mismo, conlleva ya un cambio total en la concepción de la vida. La capacidad de adivinar, es algo más, es el fruto de esa semilla.

»¡Es tan difícil adivinar lo que debemos hacer!. Nuestros primeros pasos son un tanteo irrazonable, las acciones que llevamos a efecto recuerdan a las de los lunáticos, y no parecen estar relacionadas entre sí. Pero poco a poco vemos cómo emerge un rostro del caos, un rostro en cuyas facciones podemos leer la voluntad del destino. Al principio sólo hace muecas.
Así ocurre con todo lo grande. Cada nuevo invento, cada idea nueva que se manifiesta en el mundo es al comienzo una especie de mueca. El primer modelo de avión fue, durante mucho tiempo, y hasta que se convirtió en un auténtico aeroplano, una caricatura de un dragón.

—Quería Vd. decirme lo que cree que debería hacer —pidió Hauberrisser casi con timidez. Adivinaba que el anciano se había extendido tanto por temor a que su consejo, al que estimaba ostensiblemente como muy valioso, no fuese recibido con la debida consideración y pudiera ser desechado.

—Es cierto, señor. Pero tenía que poner antes los fundamentos para que no se extrañe por lo que voy a encomendarle. Tendrá que hacer algo que en su opinión significará más bien una interrupción del impulso natural que experimenta ahora. Sé, porque es humano y comprensible, que en este momento sólo desea buscar a Eva. No obstante, lo que debe hacer es lo que sigue: tiene Vd. que buscar la fuerza mágica que excluirá que en el futuro le suceda otra desgracia a su novia. De otro modo podría ser que la encuentre únicamente para volver a perderla, así como los humanos se encuentran en la Tierra para ser separados por la muerte. Es necesario que la encuentre, pero no como se encuentra a un objeto perdido, sino de una manera nueva, encontrarla doblemente. Usted mismo me dijo en el camino que su vida estaba cambiando paulatinamente, como un río amenazado de perderse en las arenas. Todo ser humano llega algún día a este punto, aunque no sea en una sola existencia. Conozco eso. Es como una muerte que sólo concierne al ser interior, dispensando al cuerpo.
Pero precisamente ese es el instante más valioso que poseemos, un instante que puede conducir a la victoria sobre la muerte. El espíritu de la tierra nota muy bien cuando está corriendo el peligro de ser vencido por el hombre, por eso no tiende sus trampas más pérfidas hasta ese momento. Plantéese a sí mismo la pregunta: ¿qué pasaría si ahora encontrara a Eva?. De tener el valor suficiente para afrontar la verdad, tendría que contestarse que el curso de sus respectivas vidas continuaría fluyendo aún durante algún tiempo, pero finalmente se secaría en las arenas de lo cotidiano. ¿No mencionó que Eva tenía mucho miedo de casarse?. Es precisamente porque el destino quiere preservarla de ello, por eso les ha reunido tan rápidamente como los ha separado.

»En cualquier otra época su vivencia no sería más que una mueca de la vida, pero en ésta, cuando casi toda la humanidad se halla frente a un enorme vacío, me parece imposible. No puedo conocer el contenido del rollo que le llegó de tan misteriosa forma. Sin embargo, le aconsejo que deje de lado lo externo y busque lo que necesita en las lecciones escritas por aquel desconocido. Se lo aconsejo muy vivamente. Pese a que tropiece en ellas con las muecas de una desconcertante caricatura; aunque las mismas lecciones fuesen engañosas acabaría encontrando en ellas lo que necesita.

»Quien busca correctamente no puede hallar una mentira. No existe mentira en la que no pueda descubrirse la verdad. Sólo es necesario que el que busca se encuentre en el punto justo. —Swammerdam se despidió de Hauberrisser con un rápido apretón de manos—. Y usted se encuentra hoy en ese punto exactamente. Podrá usted servirse sin peligro de temibles fuerzas que en otro momento lo conducirían irremediablemente hacia la locura, porque ahora es el amor quien las convoca.

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